21 de nov. 2019

república cituja




En la cuenca media del río Reconquista, en la provincia de Buenos Aires,  se ubica el depósito de basura a cielo abierto más grande del país y, muy cerca también, se encuentra el penal de máxima seguridad de José León Suárez. Esta zona es la que se autodenomina República Ciruja.




20 de nov. 2019

imatges el cònsol de barcelona



Notcicia de la presentació al Cerdanyola Info





los oesterheld


“Mi nombre es Elsa Sánchez de Oesterheld y soy la mujer de Héctor Germán Oesterheld, famoso en el mundo por haber escrito la historieta de El Eternauta. En la época trágica de este país desaparecieron a mis cuatro hijas, mi marido, mis dos yernos, otro yerno que no conocí, y dos nietos que estaban en la panza. Diez personas desaparecidas en mi familia. Pero prefiero recordar los años en los que fui feliz.”

Elsa Oesterheld, viuda del gran historietista argentino, murió en 2015 a los noventa años. Antes de morir habló con las periodistas Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami, autoras del libro Los Oesterheld (Sudamericana, 2016) en el que se reconstruye minuciosamente y con gran pulso narrativo la tragedia vital  de esa familia. Elsa tuvo que convivir durante cuatro décadas con el recuerdo de aquel tormentoso tiempo en que vivía atemorizada y sola, esperando cada día la notificación de una nueva pérdida familiar. Los grupos de tareas no descansaban nunca. La aparición en una calle del siniestro Falcon —el automóvil utilizado habitualmente por esas fuerzas paramilitares— era preludio de una matanza o un secuestro ilegal. La dictadura instaurada en Argentina en marzo de 1976 bajo el mando del general Jorge Videla se había fijado como objetivo la eliminación física del «enemigo». Y para no dejar rastros de su estrategia, los militares idearon la fórmula de la «desaparición» de los activistas de la guerrilla de Montoneros y otras fuerzas revolucionarias. Las organizaciones pro derechos humanos estiman que unas treinta mil personas desaparecieron en Argentina entre 1976 y 1983.

Para escribir Los Osterheld, sus autoras recabaron más de doscientos testimonios, tuvieron acceso a cartas inéditas y escudriñaron archivos y hemerotecas durante cinco años. El resultado es una biografía coral con una estructura fragmentada en la que la historia de la familia es atravesada por multitud de relatos de los personajes menos conocidos de esos años de violencia política. Nicolini y Beltrami tenían claro que no querían escribir un libro sobre la «tragedia» ya conocida. «La intención original —explica Beltrami— fue desarmar esa foto estática que existía de las chicas Oesterheld: cuatro mujeres bellas, angelicales, educadas en buenos colegios de la zona norte». Pero la obra va más allá de esa primera intención. Como si se tratara de un homenaje al propio Oesterheld, las autoras han construido un andamiaje narrativo por el que transitan decenas de personajes secundarios que antes de pasar a engrosar la larga lista de desaparecidos vivieron sus propias vidas anónimas, se enamoraron, tuvieron hijos, estudiaron o trabajaron mientras ejercían la militancia de base.

La familia Oesterheld no fue la única de esa época que sufrió una casi total extinción, pero sí fue la más emblemática. El patriarca, autor de obras maestras de la historieta como El Eternauta, Bull Rocket,  Mort Cinder,  Ernie Pike o Sargento Kirk, fue detenido en abril de 1977. Antes habían caído ya dos de sus hijas, Beatriz (nacida en 1955) y Diana (1953). Y más tarde seguirían el mismo destino Estela (1952) y Marina (1957). Junto a ellas también serían ejecutados o desaparecidos sus tres yernos: Raúl Mórtola, Raúl Araldi y Alberto Seindlis, y la pareja de Beatriz, Carlos Della Nave. Todos ellos militaban en Montoneros. Y todos ellos, al contrario que gran parte de la cúpula de la organización armada, se quedaron en Argentina para hacer frente a un régimen que terminaría aniquilando cualquier foco de resistencia.

Pero antes de esos años de plomo hubo —como recordaba Elsa— una época feliz para los Oesterheld, allá por las décadas de 1950 y 1960. Los tiempos en que en el chalet de Beccar —unos kilómetros al norte de Buenos Aires— Héctor iba esculpiendo algunos de los personajes legendarios del cómic en español. De esa época quedan las bucólicas imágenes de un padre jugando con sus hijas pequeñas en el jardín de la casa, las reuniones con amigos y colegas de profesión, la algarabía de las adolescentes… Unos años en los que la familia sufría altibajos económicos por la insistencia de Héctor en vivir exclusivamente de su trabajo como historietista, renegando de su profesión de geólogo.


De padre alemán y madre española, Héctor Germán Oesterheld (Buenos Aires, 1919) había estudiado Geología en la universidad, una carrera que en realidad solo le interesaría por el contacto que implicaba con la naturaleza. Apenas trabajó como geólogo. Desde joven, sabía que su vida estaría marcada por la escritura. Seguidor de clásicos como Verne, Salgari o Stevenson y cinéfilo empedernido, Héctor Oesterheld (al que llamaban «Sócrates» por su erudición) no había leído historietas nunca. Pero su vasta cultura y su talento fueron suficientes avales para convencer al guionista italiano Alberto Ongaro, quien le abrió las puertas de la editorial Abril, donde se estrenó en 1951 con Cargamento Negro. Allí Oesterheld, que ya había hecho sus pinitos literarios en revistas infantiles, trabajaría con el grupo de dibujantes italianos entre los que descollaba Hugo Pratt, con quien daría vida a ese renegado sargento Kirk que Héctor imaginó primero como un cowboy de la Pampa. El cómic transcurriría finalmente en su hábitat natural, el Lejano Oeste norteamericano, pero Oesterheld ya reflejaba ahí su mirada humanista a la hora de crear antihéroes.

Culto, políglota, ingenioso… Poco a poco se ganó la confianza de unos editores que sabían que la marca Oesterheld era sinónimo de calidad. Los dibujos de Pratt y la pluma de Oesterheld hicieron las delicias de los cientos de miles de lectores que tenía la historieta en Argentina a mediados del siglo pasado. El italiano, que con el tiempo se distanciaría de Héctor por un choque de egos, inmortalizará en 1957 al guionista en Ernie Pike, una historieta bélica cuyo personaje principal, con el rostro de Oesterheld, estaba inspirado en un corresponsal de guerra. El primer gran éxito del escritor sería Bull Rocket, un piloto de pruebas aventurero y erudito, otro héroe al estilo Oesterheld, humanizado y realzado por los personajes secundarios.

A mediados de los cincuenta Argentina vivía un boom de la historieta. Se publicaban decenas de revistas y algunas de ellas, como Misterix (de la editorial Abril, donde Oesterheld era ya el principal guionista), vendía más de doscientos mil ejemplares por semana. Pese al éxito de sus obras y el trabajo a destajo para varias editoriales, Oesterheld apenas conseguía cubrir sus necesidades vitales con una familia numerosa que atender. Sin un lugar propio donde escribir en su casa de Beccar (sus cuatro hijas nacerían en la década de los cincuenta), el historietista solía escribir de madrugada en el salón de la casa para entregar sus trabajos a tiempo.


Oesterheld se plantea entonces editar sus historias en un sello propio. Fundará la editorial Frontera en 1957 y allí cobijará a los dibujantes más brillantes de su generación: Pratt, Alberto Breccia, Eugenio Zoppi, Julio Schiaffino, Francisco Solano López…, a los que promete mejores retribuciones y el reconocimiento de los derechos de autor, una prerrogativa que hasta ese momento les habían negado las grandes editoriales. Así nacieron las revistas Frontera y Hora Cero. En esta última se publicaría ese mismo año la obra cumbre del escritor argentino: El Eternauta, donde se narra la historia de Juan Salvo, el viajero eterno que ha sobrevivido a la invasión de Los Ellos y aparece de repente en la casa de un historietista, Germán, trasunto de Oesterheld, para contarle cómo empezó todo, con aquella nevada «luminiscente» y el anuncio de una explosión en el océano Pacífico. Un preámbulo de la invasión extraterrestre que tendrá a Buenos Aires como escenario. Con dibujos del joven Solano López, la historieta fue publicada entre 1957 y 1959 y arrasó en los quioscos. Ciencia ficción en Buenos Aires. A Borges, enamorado del género, le fascinaba la idea que Oesterheld le había anticipado en sus visitas al autor de «El Aleph» cuando estaba al frente de la Biblioteca Nacional. La obra se reeditaría en 1969, y en 1975 aparecería la segunda parte, en la que Germán es ya el protagonista de una historia con un tono mucho más ideologizado.

Pese a la buena recepción de Hora Cero, la editorial no acababa de despegar. Oesterheld y su hermano Jorge eran un desastre para los negocios y tampoco controlaban las tiradas que hacía la imprenta. Ese desaguisado financiero llevó a muchos dibujantes a emigrar a Europa, donde su trabajo ya era reconocido (como en el caso de Pratt, que en 1967 revolucionaría la historieta con su memorable Corto Maltés). Oesterheld se endeudó y tuvo que volver pronto al trabajo rentado para varias editoriales. Noches en vela y guiones a granel para llegar a fin de mes.

En Los Oesterheld, Nicolini y Beltrami bucean también en la transición personal que experimenta Héctor Oesterheld. Entregado en cuerpo y alma a su trabajo y a sus hijas, el escritor vivió durante muchos años inmerso en su burbuja de creatividad. Sin embargo, aunque no tuvo filiación política, su formación —explica Nicolini— era humanista, lo que le acercaba a posiciones progresistas: «Desde las historietas previas a los años de militancia, él se proponía contar la historia argentina desde las voces de aquellos que habían sido ninguneados: los gauchos, los soldados desertores, los líderes rebeldes, los aborígenes, el pueblo, aquellos que no estaban consagrados en los libros escolares como héroes».

Elsa fue la primera sorprendida cuando Héctor le comentó que iba a publicar una historieta sobre el Che Guevara, referente de la generación de jóvenes revolucionarios que se estaba gestando en Argentina. Vida del Che salió a la luz en la editorial Ediko en enero de 1969 (con ilustraciones de Alberto Breccia y su hijo Ernesto) y marcaría un hito en la carrera de Oesterheld: su iniciación en la historieta política. Seis años más tarde confesaría en su última entrevista —mantenida en marzo de 1975 con los guionistas Guillermo Saccomano (hoy escritor consagrado) y Carlos Trillo— que el Che Guevara era uno de sus intelectuales de cabecera. A Saccomano, que acababa de llegar de España, le habían hecho el encargo de entrevistar a Oesterheld los editores de la revista catalana Bang!, especializada en el mundo de la historieta.

La fascinación de Oesterheld por el Che era compartida por sus hijas. Talentosas y creativas, Estela, Beatriz, Diana y Marina pronto comenzaron a militar en la Juventud Peronista (JP) y a realizar trabajo social en las villas-miseria de la capital argentina, antesala de su ingreso a Montoneros, la organización que acabaría absorbiendo a toda una generación de jóvenes contestatarios. Las cuatro chicas antepondrían la militancia a cualquier otro aspecto de sus vidas y su compromiso político marcaría también el giro ideológico de su padre con su adscripción a Montoneros.

El regreso del peronismo al poder en mayo de 1973 de la mano de Héctor Cámpora y el retorno del propio general desde su exilio madrileño cambiarían el destino de Oesterheld y sus hijas. La militancia acabaría distanciándoles de Elsa, contraria a la lucha armada que defendían Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) para la toma del poder. Héctor y sus hijas pasarían a ser protagonistas de esos agitados años. La historia los reconoce el 20 de junio de 1973 en los predios de Ezeiza, en aquella caótica llegada de Perón, cuando los pistoleros de la Triple A (la facción ultraderechista del Partido Justicialista) recibieron a tiros a las columnas de la JP. O en el estadio Atlanta, escuchando decir a Mario Firmenich, líder de Montoneros, aquello de «no rompan las bolas, Evita hay una sola», para referirse a la candidatura de Isabel Perón en la fórmula presidencial que encabezaría el general. O en la Plaza de Mayo, aquel 1 de mayo en el que las columnas de Montoneros y la JP abandonaron la plaza después de haber escuchado las palabras de su líder: «Hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más mérito que los que durante veinte años lucharon». El general estaba enfurecido tras el asesinato de José Ignacio Rucci, el jefe sindical tiroteado por activistas de Montoneros. «¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va!», coreaban los jóvenes mientras se iban de la plaza. Poco después Perón moriría, Montoneros proclamaría su paso a la clandestinidad y el Gobierno de María Estela Martínez de Perón, tutelado por José López Rega, El Brujo, exsecretario personal del general e ideólogo de la Triple A, intensificaría  la guerra sucia contra los militantes del ala izquierdista del peronismo. La violencia política se multiplicó. A excepción de Elsa, todo el clan Oesterheld redobló su compromiso con la militancia. Héctor y sus hijas abandonaron la casa de Beccar definitivamente en 1975 para pasar a la clandestinidad.

Oesterheld nunca dejó de escribir historietas. Lo había hecho antes del golpe en varias editoriales y en las publicaciones de Montoneros: Noticias, El Descamisado, Evita Montonera. Y lo seguiría haciendo durante los meses que pasó en la clandestinidad. A partir de 1975 fue entregando a la imprenta la segunda parte de El Eternauta.

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 no amilanó a los Oesterheld. Ahora eran soldados de Montoneros. Habían pasado en pocos años de organizar lúdicas tertulias culturales en el jardín del chalecito de Beccar a seguir los códigos de seguridad de una organización armada clandestina que se regía por métodos militares bajo una férrea disciplina interna. Para Montoneros, Héctor, que ya  había pasado la cincuentena, era ideal para hacer tareas de enlace. Algunos de los entrevistados en Los Oesterheld recuerdan haberle visto deambulando por Buenos Aires con gabán y sombrero, el pelo teñido de negro y un bigote crecido. Si se cruzaba con algún conocido, desviaba la mirada. Vivió en varias casas de seguridad y apenas se dejaba ver ya por las editoriales. Enviaba a través de terceros sus historias, como los nuevos capítulos de El Eternauta II, o las dictaba por teléfono. Solano López, molesto con el sesgo político del nuevo Eternauta, decidió exiliarse en Madrid. Oesterheld también pudo haber seguido ese camino. No le habría faltado trabajo en Europa. Pero como si fuera un Juan Salvo antifascista, decidió quedarse en aquel infierno como una muestra de fidelidad a sus hijas, consciente de que ellas no abandonarían jamás la lucha armada. 

La exposición de las cuatro Oesterheld fue cada vez mayor en una organización acorralada por los militares y diezmada por la sevicia de los grupos de tareas. Su caída era solo cuestión de tiempo. La primera víctima fue Beatriz. Un día de junio de 1976 se había reunido con su madre en una confitería a tomar café. Poco después sería secuestrada en la localidad de San Isidro, cerca de Beccar. Alguien le informaría más tarde a Elsa que su hija había muerto en un enfrentamiento. Un familiar reconoció el cadáver. Fue la única hija a la que Elsa pudo enterrar. Montoneros había enviado a  Diana en 1975 a la provincia de Tucumán para reforzar la organización en la zona más caliente del país, plaza fuerte del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), la guerrilla comandada por Mario Roberto Santucho que practicaba el foquismo guevarista en las zonas rurales. Diana y Raúl Araldi, su marido, serían secuestrados a finales de julio de 1976. Su pequeño hijo Fernando sería entregado más tarde a sus abuelos paternos. Estela y su esposo, Raúl Mórtola, caerían abatidos en julio de 1977 en una emboscada de un grupo de tareas en la zona suroeste de Buenos Aires. La pareja ocupaba puestos de dirección en la Columna Sur de Montoneros. Unos meses antes había sido secuestrada también Marina, la menor de las Oesterheld.



La perversidad del régimen militar le depararía a Héctor un destino todavía más cruel, si cabe. El escritor había sido secuestrado en la ciudad de La Plata en abril de 1977. Para entonces ya habían desaparecido dos de sus hijas. Pasó por varios centros de detención clandestinos (Campo de Mayo, El Vesuvio, El Sheraton…) y su estado de salud se fue deteriorando progresivamente, pese a lo cual nunca dejó de escribir historias. Gracias a los testimonios de varios supervivientes —algunos de los cuales hablaron con Nicolini y Beltrami tras años de silencio—, se pudo saber que Oesterheld estuvo con vida probablemente hasta principios de 1978 y que sus torturadores se deleitaban informándole sobre el destino de cada una de sus hijas. Cuando las cuatro chicas ya habían muerto o desaparecido, le tocó el turno a Héctor. En Oesterheld, viñetas y revolución, Hugo Montero, autor de una biografía del escritor publicada en 2013 en la editorial Sudestada, revela que la segunda parte del Eternauta siguió publicándose, curiosamente, hasta abril de 1978, varios meses después de la muerte de su autor, que había entregado sus materiales antes de ser detenido.

Solo Elsa y sus dos nietos, Martín Mórtola (hijo de Estela) y Fernando Araldi (hijo de Diana), sobrevivieron a la extinción de toda una familia. Dos nietos más están desaparecidos. Diana y Marina estaban embarazadas cuando fueron secuestradas. Sus bebés seguramente serían entregados a familias afines al régimen, una práctica habitual de los torturadores. Elsa trató de localizarlos sin éxito durante toda su vida.

Tras la desaparición de Héctor Oesterheld, su leyenda traspasó las fronteras y su caso fue reivindicado por varios Gobiernos europeos… El Eternauta, la aventura del héroe colectivo, es considerada hoy la mejor historieta de ciencia ficción escrita en español. Y su creador, el más grande narrador de aventuras que Argentina haya alumbrado en toda su historia.”

César G. Calero
Revista Jot Down


18 de nov. 2019

el librero molist

Enrique Molist

La librería Molist fue fundada a principios de los años cuarenta del pasado siglo. En la actualidad es la librería más antigua de A Coruña; la fundó Luis Molist, continuó con ella su hijo Enrique y ahora es su nieta la que está al frente del establecimiento.

Noticia aparecida en el diario La Opinión, de A Coruña, el tres de noviembre de 2012, con motivo del fallecimiento del librero Enrique Molist:

por Gemma Malvido

Adiós al decano de los libreros

“Fallece Enrique Molist, el hombre que vendía ejemplares que nadie tenía en la ciudad y que organizaba tertulias de intelectuales en la trastienda de su negocio

"Yo quería abrir la tienda porque, si me viese mi padre, me reñiría", explicaba ayer Mercedes Molist, la hija del librero Enrique Molist, que falleció la madrugada del jueves al viernes, con 88 años tras dos de enfermedad. En un día de despedida como el de ayer, los que le conocían se acordaban de su amor a los libros, de que siempre encontraba lo que los lectores ni sabían que buscaban y de que, en la trastienda, en los tiempos difíciles de la dictadura, organizaba tertulias con sus amigos para poner un poco de color al día a día.

Dice de él su hija, Mercedes Molist, que era un hombre de esos que puede estar en una conversación callado todo el rato y que, con solo abrir la boca, la gente "se mea de la risa", de esos que se enamoran del mundo en el que viven y que saben cómo conseguir que los demás entren en sus fantasías.


El decano de los libreros coruñeses, Enrique Molist, fundador junto a su padre de la librería que lleva el apellido familiar, falleció la madrugada del jueves al viernes. Tenía 88 años y los dos últimos los pasó "muy mal", según explica su hija que asegura, que los 86 restantes, sin embargo, estuvo "perfectamente" y que fue feliz.

"Yo quería abrir la tienda porque, si me viese mi padre me reñiría", recordaba ayer la heredera de un apellido que, desde hace unos setenta años está ligado inevitablemente a la literatura y a la búsqueda de paraísos escritos en la ciudad.

En un día de despedida, los que le conocían se acordaban de las cosas alegres, de que vivía "por y para los libros", de que su librería fue para él como "otra hija" y de que trataba a las historias que vendía como si fuesen de su familia, buscándoles unos ojos que las leyesen con el mismo cariño con el que él las recomendaba, las buscaba y las sentía. En los tiempos de la censura tuvo algún ejemplar de esos que no habían recibido el visto bueno del franquismo pero no tantos como cuenta la leyenda y es que parte de la fama de vendedor de libros prohibidos, su familia defiende que se la crearon los fieles al régimen, porque Molist nunca compartió sus ideas, sino las del bando vencido.
La librería, que se forjó cuando el padre de Enrique Molist empezó a traer ejemplares de Madrid para complacer las peticiones de sus amigos, tuvo varias ubicaciones y, finalmente, se ha quedado en la avenida de La Habana.

De los antiguos locales se acordaba Enrique Molist en la última entrevista que le concedió a este diario hace ya cuatro años, de la parte de venta al público pero, sobre todo, de la trastienda, donde organizaba tertulias y el mundo era menos gris. "Nos reuníamos con facilidad y sin temor porque éramos unos inconscientes. Éramos cinco o seis, no siempre los mismos, pero estaba señalado como un lugar de reunión de gente opuesta al régimen: Francisco Pillado, Manuel Santiago, Domingo Quiroga, que había sido masón y republicano y había estado en la cárcel; Arturo Taracido, Aneiros, Alonso Montero... También venían por allí García Sabell, Seoane, Dieste, que era el mejor... Puedo presumir de que en aquel momento yo era el librero que tenía más novedades. O Lugrís, que me compraba las pinturas. Siempre se portó bien conmigo y me pagó. Compraba las pinturas más baratas pero los mejores pinceles". Así recordaba Molist sus años detrás del mostrador, buscando lo que nadie más podía encontrar y sus tardes de trastienda.”



17 de nov. 2019

concert santa cecilia 2019




El proper dissabte, 23 de noviembre de 2019- 16 hores- , l’ Agrupació Musical de Cerdanyola del Vallès, organitza el tradicional concert de Santa Cecília, patrona dels músics.

Enguany interpretaran el Concert número 1 per a trompa de Richard Strauss amb el solista Pau Torres a l’ Ateneu de Cerdanyola (Carrer de la Indústria, 38-40).

La entrada es gratuïta, però s’han de retirar amb anticipació les localitats a Internet: al web

14 de nov. 2019

premi cervantes 2019




El poeta Joan Margarit i Consarnau ha estat premiat avui amb el Premi Miguel de Cervantes



Paisatge

Hem arribat a aquest últim refugi.
Aquí comença
el que no sé si tu en dius soledat.
El primer pas per oblidar qui som
i fer-nos companyia al peu mateix
de la roca gelada que ens vigila.
Tot és als nostres ulls.
I el desencís, un riu fins a la mort.
Ha faltat poc, molt poc, per ser feliç.

Joan Margarit
Misteriosament feliç, 2008

13 de nov. 2019

presentació llibre




El proper dimarts, 19 de novembre de 2019,  Vespres Literaris, organitza la presentació del llibre de l’Andreu Claret,  “El cònsol de Barcelona”.  Amb la presencia de l’autor, l’acte el presentarà Rafael Bellido Cardenas  i estarà conduit per la nostra companya  Eva Torralba,  tenint lloc a l'Espai Enric Granados,  de la Biblioteca Central de Cerdanyola del Vallès (Plaça d'Enric Granados, 1), a les 19.00 hores.

Llegir l’article “Los pasos de la diplomacia soviética para establecer el consulado de la URSS en Barcelona”, per Josep Puigsech Farràs, de l’Universitat Autònoma de Barcelona.





12 de nov. 2019

verdad y mentira en sentido extramoral


por Friedrich Nietzsche  




“En un apartado rincón del universo donde brillan innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que unos animales inteligentes descubrieron el conocimiento. Fue el minuto más engreído y engañoso de la «historia universal», aunque, a fin de cuentas, no dejó de ser un minuto. Tras un breve respiro de la naturaleza, aquel astro se heló y los animales inteligentes hubieron de morir. Aunque alguien hubiera ideado una fábula así, no habría ilustrado suficientemente el estado tan sombrío, lamentable y efímero en que se encuentra el intelecto humano dentro del conjunto de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existió, y cuando desaparezca, no habrá ocurrido nada, puesto que ese intelecto no tiene ninguna misión que vaya más allá de la vida humana. Únicamente es humano, y sólo su creador y poseedor lo considera tan patéticamente como si fuera el eje del mundo. Pero si pudiéramos comunicamos con un mosquito sabríamos que también él se halla poseído por ese mismo pathos cuando surca el aire, y que se considera el centro alado del mundo. Y es que no hay un ser en la naturaleza, por insignificante y despreciable que parezca, que, al más pequeño soplo de esa capacidad de conocer, no se hinche enseguida como un odre; lo mismo que cualquier mozo de cuerda quiere tener admiradores, el filósofo, que es el más engreído de los hombres, está convencido de que el universo tiene puesta telescópicamente su mirada en sus actos y en sus pensamientos.

Resulta curioso que se comporte así el intelecto cuando sólo representa una ayuda de que dispone la criatura más desfavorecida, vulnerable y efímera para conservar la vida, de la que, por otra parte, sin ese aditamento, desaparecería tan rápidamente como el hijo de Lessing  (murió a los dos días de nacer- nota del traductor-), por toda clase de motivos. Semejante orgullo, junto al conocimiento y a la sensación, que son como una niebla que ciega los ojos y los demás sentidos de los hombres, hace que éstos se engañen sobre el valor de su existencia, dado que dicho orgullo valora el conocimiento del modo más halagüeño. El efecto más general de esto es el engaño, aunque sus efectos particulares se caracterizan en buena medida por lo mismo.

Con vistas a la conservación del individuo, el intelecto ejerce su fuerza principal en el acto de fingir, pues este es el medio que tienen los individuos más débiles y menos fuertes de sobrevivir, ya que no disponen de cuernos ni de dientes afilados como los animales de presa para defenderse en la lucha por la vida. Este arte de fingir llega en el hombre a su punto culminante; en él, el disimulo, la adulación, la mentira, el fraude, la calumnia, el engaño, la apropiación de brillos ajenos, el disfraz, el convencionalismo encubridor, la representación de un papel ante sí mismo y ante los demás, en suma, el revoloteo constante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada más incomprensible como que el hombre tienda sinceramente a la verdad pura. Por el contrario, se halla profundamente inmerso en ilusiones y ensueños, su mirada resbala por la superficie de las cosas de las que sólo percibe «formas»; su sensibilidad no le lleva en modo alguno a la verdad, sino que se limita a recibir estímulos como si jugara a palpar el dorso de las cosas. Por otra parte, durante toda su vida el hombre es engañado cada noche por sus sueños, sin que su sentido moral trate de impedirlo, pese a que ha habido hombres que han dejado de roncar a fuerza de voluntad. Pero, de hecho, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Acaso puede percibirse alguna vez como si estuviera expuesto en una vitrina iluminada? ¿No le oculta la naturaleza las cosas más importantes, incluyendo sus propios procesos fisiológicos, de modo que queda sumido y encerrado en una conciencia soberbia y engañosa, sin saber nada de las circunvoluciones de sus intestinos, ni de su rápida circulación sanguínea, ni de las complejas vibraciones de sus fibras nerviosas? La naturaleza arrojó la llave de ese recinto, ¡y ay de aquél que, movido por una funesta curiosidad, se ponga a mirar por una hendidura lo que hay fuera de esa celda que es la conciencia y vislumbre sobre qué está construida, porque descubrirá que el hombre, en su ignorante indiferencia, duerme aferrado a sus sueños sobre el lomo de un tigre —valga la expresión—, es decir, sobre un fondo de crueldad, codicia e instintos insaciables y homicidas! ¿De dónde iba a surgir, en semejantes condiciones, el impulso hacia la verdad?

En el estado de naturaleza., el individuo utiliza el intelecto para conservarse frente a los demás individuos, aunque las más de las veces lo haga sólo con la finalidad de engañar; pero como tanto por necesidad como por aburrimiento el individuo tiende a asociarse con otros individuos y a llevar una vida gregaria, necesita acordar un tratado de paz que haga desaparecer de su entorno el aspecto más brutal de la «lucha de todos contra todos». Este tratado de paz implica una cosa que parece ser el primer paso en la satisfacción de ese misterioso impulso hacia la verdad. En ese momento se determina lo que a partir de entonces ha de considerarse «verdadero», es decir, se inventa una forma universalmente válida y obligada de designar las cosas, y el código lingüístico suministra asimismo las primeras leyes de la verdad, pues en este terreno aparece por vez primera la oposición entre verdad y mentira. Mentiroso es quien utiliza esas designaciones válidas que son las palabras para hacer pasar por real lo que no lo es; dice por ejemplo, «soy rico», cuando la designación correcta de su estado sería «soy pobre»; de este modo, atenta contra las convenciones asumidas introduciendo sustituciones arbitrarias, cuando no invirtiendo palabras. Si hace esto en provecho propio y perjudicando a otros, perderá la confianza de la sociedad, que le expulsará de su seno. Los hombres rehúyen al mentiroso, no tanto por su engaño cuanto por el perjuicio que éste pueda ocasionarles; en este sentido, no detestan realmente el engaño, sino las consecuencias nefastas y nocivas de cierto tipo de mentiras. Asimismo, no desea la verdad sino en el siguiente sentido restringido: busca las consecuencias favorables de la verdad, en la medida en que contribuyan a conservar su vida; frente al conocimiento puro, que no tiene consecuencias para la vida, se muestra indiferente, llegando incluso a manifestarse hostil ante verdades que pueden tener para él efectos perjudiciales y destructivos. ¿Son, entonces, estas convenciones lingüísticas productos del conocimiento y del sentido de la verdad? ¿Responden las designaciones a las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de toda realidad?

Sólo mediante el olvido puede el hombre llegar a pensar alguna vez que posee una verdad en el sentido que acabo de reseñar. A menos que se contente con meras tautologías, esto es, con cascaras vacías de contenido, estará constantemente tomando ilusiones por verdades. ¿Qué es una palabra? La transcripción en sonidos de una excitación nerviosa. Ahora bien, deducir de una excitación nerviosa que existe fuera de nosotros una causa de la misma supone ya una utilización abusiva e injustificada del principio de razón. Si en el origen del lenguaje la verdad fuera el único factor determinante y la certeza el criterio definitivo para designar todas las cosas, ¿de qué manera podríamos, entonces, decir con propiedad que «la piedra es dura», como si captáramos lo «duro» de una forma distinta a la mera excitación subjetiva? Por otra parte, dividimos las cosas en géneros, y decimos que el árbol es masculino y la planta femenina. ¡Qué analogía tan arbitraria!¡Qué extralimitación del canon de la verdad! Cuando hablamos de una «serpiente», estamos designando sólo el hecho de «serpentear», por lo que podríamos aplicar la misma palabra al gusano. ¡Qué determinación más caprichosa! ¡Qué parcialidad cuando elegimos una u otra propiedad para designar una cosa! Si comparamos entre sí los diferentes idiomas obtendremos la evidencia de que las palabras no alcanzan nunca la verdad ni la expresión adecuada, pues, de lo contrario, no existirían tantos idiomas. La «cosa en sí» (que sería precisamente la verdad pura y sin consecuencias) resulta totalmente inaccesible, aunque tampoco lo desea quien crea un idioma, pues éste se limita a designar las relaciones que guardan las cosas con los hombres y a expresarlas mediante las metáforas más audaces: transpone una excitación nerviosa a una imagen (primera metáfora); y convierte a su vez esa imagen en un sonido (segunda, metáfora); y en cada caso salta de una esfera a otra diferente. Imaginemos que un hombre que fuese totalmente sordo y que nunca hubiese experimentado ninguna sensación sonora ni musical, contemplara en la arena las figuras sonoras de Chladni (Nietzsche se refiere a Ernst Florens Friedrich Chladni, físico alemán (1756-1824), autor de notables trabajos de acústica: sus «figuras sonoras» (láminas metálicas espolvoreadas de fina arena, sobre las cuales se producen figuras por efecto de las vibraciones sonoras), sirven para demostrar la formación de las líneas nodales ); cuando saliese de su asombro y descubriese que su causa son las vibraciones de la cuerda, aseguraría que en adelante ya sabía qué es lo que los hombres llaman «sonido». Lo mismo nos sucede a nosotros con el lenguaje. Cuando hablamos de árboles, colores, nieve o flores, creemos saber algo de las cosas mismas, pero sólo poseemos metáforas de las cosas que no corresponden en modo alguno a su ser natural. Así como el sonido se representa en la arena mediante figuras, esa x enigmática que es la cosa en sí se presenta primero como una excitación nerviosa, segundo como una imagen, y, por último, como un sonido. Por consiguiente, el nacimiento del lenguaje no sigue un proceso lógico y todo el material del que parte y que utiliza el buscador de la verdad, el investigador, el filósofo, procede, si no de Cucópolis de las Nubes (Es decir: «si no del país de los mentirosos». Cucópolis de las Nubes es el nombre que asigna Aristófanes a Atenas en Las aves, con un matiz despectivo, esto es, como ciudad de cucos-ave que, entre los griegos, simbolizaba al necio y al frívolo- y de nubes -vanidosos y mentirosos-),  tampoco del ser de las cosas.

Pensemos ahora en la formación de los conceptos. Una palabra se convierte en concepto en la medida en que no recuerda de ninguna manera la experiencia original, única y totalmente singular a la que debe su aparición, sino que ha de aplicarse a la vez a una multitud de cosas más o menos similares, es decir, que no son idénticas en un sentido estricto, sino, por consiguiente, diferentes. Todo concepto se forma identificando cosas que no son idénticas: como no existen dos hojas totalmente idénticas, es evidente que el concepto de «hoja» se ha formado abandonando arbitrariamente los rasgos característicos y olvidando las diferencias individuales. Surge entonces la idea de que en la naturaleza hay algo, aparte de las hadas, que es «la hoja» en sí, es decir, un modelo primigenio a partir del cual se han tejido, diseñado, recortado, coloreado, ondulado y pintado todas las hojas aunque por unas manos tan torpes, que ningún ejemplar resulta una copia lo bastante correcta y fiel del modelo original. Decimos que un hombre es «honrado». «¿Por qué ha obrado hoy tan honradamente?», preguntamos. Nuestra respuesta suele ser: «Por su honradez.» ¡La honradez! Pero esta respuesta equivale a decir que la hada es la causa de las hadas. Nada sabemos de esa cualidad esencial a la que llamamos «honradez»; sólo conocemos una serie muy numerosa de actos individuales, y por tanto diferentes, a los que, prescindiendo de las desigualdades que contienen, equiparamos para designar a todos ellos con la denominación de «honrados». Por último, concebimos que todos ellos tienen una cualidad oculta a la que damos el nombre de «honradez».

Elaboramos el concepto prescindiendo de lo individual y real, y del mismo modo obtenemos la forma, pero la naturaleza no sabe de formas ni de conceptos, como tampoco de géneros; en ella sólo existe una x a la que no podemos acceder ni definir. Igualmente antropomórfica es nuestra oposición entre individuo y especie, que no procede del ser de las cosas, aunque no me atrevo a decir que no se ajusta a ella pues estaría formulando una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan indemostrable como su contraria.

¿Qué es, entonces, la verdad? Un dinámico tropel de metáforas, metonimias y antropomorfismos; en suma, un conjunto de relaciones humanas que, realzadas, plasmadas y adornadas por la poesía y la retórica, y tras un largo uso, un pueblo considera sólidas, canónicas y obligatorias; las verdades son ilusiones cuyo carácter ficticio ha sido olvidado; son metáforas cuya fuerza ha ido desapareciendo con el uso; monedas que han perdido su troquelado y que ya no son consideradas como tales sino como simples piezas de metal. Seguimos sin saber de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora sólo hemos hablado de la obligación que ha establecido la sociedad para garantizar su existencia: la obligación de ser veraz; lo que equivale a decir: de utilizar las metáforas en uso. Por consiguiente, hablando en términos morales, sólo hemos prestado atención a la obligación de mentir, en virtud de un pacto, de mentir de una forma gregaria, de acuerdo con un estilo universalmente válido. Ahora bien, el hombre olvida esta situación y, por ello, miente de un modo inconsciente y a causa de un uso secular —y merced a ese modo inconsciente, esto es, a ese olvido accede al sentimiento de la verdad—. A partir del sentimiento de estar obligado a llamar «roja» a una cosa, «fría» a otra y «muda» a una tercera, se suscita una inclinación moral hacia la verdad. En oposición al mentiroso, en quien nadie confía y al que todos rehúyen, el hombre comprueba lo honorable, seguro y beneficioso que es decir la verdad. Desde ese momento, el hombre, como ser racional, somete sus actos al imperio de la abstracción; ya no se deja llevar por impresiones rápidas ni intuiciones pasajeras, sino que generaliza éstas convirtiéndolas en conceptos más pálidos y más fríos para uncirlos al carro de su vida y de su comportamiento. Todo lo que sitúa al hombre por encima del animal se debe a esta capacidad suya de volatilizar en esquemas las metáforas intuitivas, de disolver, en suma, las imágenes en conceptos. En el terreno de tales esquemas cabe hacer algo que nunca podría realizarse bajo el dominio de las primitivas impresiones intuitivas: elaborar un orden piramidal de divisiones y niveles, establecer un nuevo mundo de leyes, precedencias, subordinaciones y delimitaciones, que se opone desde ese momento al mundo de las primitivas impresiones intuitivas como más sólido, más general, mejor conocido y más humano; por consiguiente, como una instancia reguladora e imperativa. Mientras que todas las metáforas intuitivas son individuales y ninguna resulta idéntica a otra, por lo que no son susceptibles de clasificación, el gran edificio de los conceptos ofrece la severa regularidad de un columbario romano y dota a la lógica del rigor y de la frialdad propios de la matemática. Quien se halla envuelto por esa atmósfera fría apenas creerá ya que el concepto, óseo y cúbico como un dado —e igualmente versátil— no es sino el residuo de una metáfora, y que la ilusión de la plasmación artística de una excitación nerviosa en imágenes es, si no la madre, al menos la abuela de todo concepto. Pues bien, en este juego de dados de los conceptos, se considera «verdadero» el uso de cada dado según su designación, el recuento exacto de sus puntos, la formación correcta de las clasificaciones y el hecho de no alterar nunca el orden de las divisiones ni la sucesión jerárquica de las posiciones. Así como los etruscos y los romanos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y asignaban el espacio delimitado por ellas a un dios, como si fuera un templo, cada pueblo tiene sobre sí un cielo de conceptos similar, matemáticamente dividido, y entonces considera que amar a la verdad es tender a buscar a cada dios (es decir, a cada concepto) sólo en la casilla que le corresponde. En este sentido, cabe admirar el poderoso genio constructor del hombre, que es capaz de levantar sobre cimientos tan inestables (sobre una corriente de agua, por así decirlo) una catedral de conceptos extremadamente compleja: aunque, claro está, para encontrar apoyo en tales cimientos, esa construcción ha de ser una especie de tela de araña lo suficientemente flexible para acomodarse a las olas y lo bastante sólida para que no se la lleve el viento a placer. Como genio de la arquitectura, el hombre está muy por encima de las abejas, pues éstas construyen con la cera que recogen de la naturaleza, mientras que el hombre lo hace con conceptos, es decir, con un material mucho más frágil que ha de empezar por fabricarse él mismo. Esto es lo que hace al hombre digno de una gran admiración, y no tanto su inclinación a la verdad, al conocimiento puro de las cosas. Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral y luego la busca en ese sitio y la encuentra, su descubrimiento no le da motivo para vanagloriarse demasiado; sin embargo, esto es precisamente lo que supone buscar y descubrir la «verdad» dentro del ámbito de la razón. Si defino lo que es un mamífero y luego aplico esa denominación a un camello, es evidente que habré formulado una verdad, pero el valor de ésta será reducido, pues se tratará de una verdad enteramente antropomórfica, que en ningún aspecto podrá considerarse «verdadera en sí», esto es, real y universal independientemente del hombre. En última instancia, quien busca tales verdades sólo trata de humanizar el mundo, de comprenderlo en términos humanos, y, en el mejor de los casos, consigue el sentimiento de una asimilación. Lo mismo que el astrólogo observa las estrellas creyendo que están al servicio de los hombres y que guardan una relación con su felicidad y su desdicha, un investigador semejante considera que el mundo entero está vinculado al hombre, que es el eco, infinitas veces repetido, de ese sonido originario que es el hombre; la copia, infinitas veces reproducida, de ese modelo que es el hombre. Su procedimiento consiste en considerar que el hombre es la medida de todas las cosas, con lo que parte del error de pensar que tiene ante si tales cosas de una forma inmediata, como objetos puros. Es decir: olvida el carácter metafórico de las intuiciones originarias, y las toma por las cosas mismas.

Sólo en virtud de este olvido del primitivo mundo de metáforas, sólo en virtud del endurecimiento y de la petrificación de la impetuosa corriente de imágenes surgidas de su fantasía, sólo en virtud de su creencia inamovible de que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí; en suma, sólo en virtud del hecho de que el hombre se olvida que es un sujeto, y un sujeto que actúa como creador y como artista, vive con cierta tranquilidad, seguridad y coherencia; si pudiera atravesar, aunque sólo fuera por un instante, los muros de esa creencia que le aprisiona, desaparecería al punto su «autoconciencia». Ya le cuesta bastante reconocer que el insecto y el pájaro perciben un mundo completamente distinto al suyo y que preguntar cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta constituye una cuestión carente de sentido, pues sólo podría resolverse utilizando como medida la «percepción correcta», es decir, según una medida de la que no se dispone. Por otra parte, hablar de la «percepción correcta» —es decir, de la expresión adecuada de un objeto en el sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, pues entre dos esferas absolutamente distintas, como son las del objeto y el sujeto, no hay ningún vínculo de causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión posible, sino, a lo sumo, una conducta estética, es decir, una transcripción alusiva, una traducción balbuceante a un lenguaje completamente extraño, para lo que se requeriría, en todo caso, una esfera intermedia y una fuerza mediadora que dispusieran de libertad para poetizar e inventar. La palabra (fenómeno» implica muchas seducciones, por lo que procuro evitarla, habida cuenta de que no es cierto que el ser de las cosas «se manifieste» en el mundo empírico. Un pintor sin manos que quisiera expresar cantando el cuadro que ha concebido podría revelarnos, en este tránsito de una esfera a otra, mucho más que el mundo empírico sobre el ser de las cosas. Aún más, la relación entre una excitación nerviosa y la imagen en que ésta se plasma no tiene, de suyo, un carácter necesario, pero citando se produce la misma imagen millones de veces, se transmite en herencia a lo largo de muchísimas generaciones y, sobre todo, se da en todo ser humano como consecuencia siempre de la misma circunstancia, acaba adquiriendo para el hombre el mismo significado que si fuera la imagen única y necesaria, como si la relación entre la excitación nerviosa originaria y la imagen producida guardase una estrecha relación de causalidad; del mismo modo que un sueño que se repitiera eternamente sería considerado, percibido y juzgado como una realidad absoluta. Sin embargo, el endurecimiento y la petrificación de una metáfora no garantiza en modo alguno la necesidad y la legitimidad exclusivas de dicha metáfora.

Todo hombre familiarizado con estas consideraciones habrá experimentado necesariamente una profunda desconfianza hacia cualquier forma de idealismo, a la vez que estará convencido de manera bastante clara del carácter consecuente, universal e infalible de las leyes naturales y habrá llegado a la siguiente conclusión: en el mundo de las alturas que alcanza el telescopio y en el de las profundidades adonde llega el microscopio, todo es tan seguro, elaborado, infinito, regular e indefectible, que la ciencia podrá explotar eternamente esas minas con éxito, y todo lo que descubra concordará entre sí y estará exento de toda contradicción interna. Esto no se parece nada a un producto de la imaginación, pues, si lo fuese, quedaría forzosamente al descubierto en algún momento su carácter aparente e irreal Ahora bien, frente a esta conclusión hay que decir que si cada uno de nosotros tuviera una percepción sensible diferente, sólo podríamos percibirnos unas veces como pájaros, otras como lombrices, otras como plantas; o que si uno de nosotros percibiera una excitación visual como roja y otro como azul, mientras que para un tercero fuera una excitación auditiva, nadie diría que la naturaleza se encuentra regulada por tales leyes, sino que la concebiría sólo como un producto sumamente subjetivo. Por consiguiente, ¿qué es para nosotros, a fin de cuentas, una ley de la naturaleza: algo que no conocemos en sí mismo, sino sólo por sus efectos; es decir, por sus relaciones con otras leyes de la naturaleza que, a su vez, no conocemos sino como relaciones añadidas a otras. Así pues, todas estas relaciones no hacen más que remitir constantemente unas a otras, mientras que su esencia nos resulta totalmente incomprensible. En realidad, únicamente conocemos lo que aportamos a ellas: el tiempo y el espacio, es decir, las relaciones de sucesión y los números. Sin embargo, todo lo que nos maravilla y asombra de las leyes de la naturaleza, lo que reclama nuestra explicación y lo que podría hacernos desconfiar de ese idealismo no radica más que en el rigor matemático y en la inviolabilidad de las representaciones del tiempo y del espacio, y en ninguna otra parte más. Ahora bien, esas representaciones las producimos en nosotros y las proyectamos fuera de nosotros tan necesariamente como teje la araña su tela; si estamos constreñidos a no concebirlo todo más que bajo esas formas, no es de admirar que sólo captemos realmente en las cosas dichas formas, pues todas ellas implican necesariamente las leyes del número, y el número es precisamente lo más admirable que tienen las cosas. Toda esa legalidad del curso de los astros y de los procesos químicos que tanto nos impone coincide en el fondo con esas propiedades que añadimos a las cosas, de forma que, con esto, somos nosotros mismos quienes nos infundimos respeto. De ello resulta, sin duda, que esta formación artística de metáforas, que marca en nosotros el principio de toda percepción, presupone ya esas formas y, por consiguiente, se efectúa como consecuencia de ellas; sólo la persistencia inmutable de estas formas originarias explica que luego pueda construirse un edificio conceptual basándose a su vez en dichas metáforas. Efectivamente, este edificio es una réplica de las relaciones de tiempo, espacio y número, elaborada sobre la base de las metáforas.

Como hemos visto, en la elaboración de los conceptos actúa originariamente el lenguaje y más tarde la ciencia. Al igual que la abeja construye las celdas y al mismo tiempo las llena de miel, la ciencia trabaja sin descanso en ese gran columbario de los conceptos, en el cementerio de las intuiciones; construye sin parar nuevos pisos más elevados, apuntala, limpia y renueva las celdas antiguas, y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese enorme entramado con todo el mundo empírico, es decir, con el mundo antropomórfico, introduciéndolo en él para ordenarlo. Si hasta el hombre activo vincula su vida a la razón y a sus conceptos para no ser arrastrado y perderse a sí mismo, el investigador construye su choza al pie de la torre de la ciencia para prestarle ayuda y encontrar a la vez protección bajo ese bastión ya existente. En efecto, necesita protección pues le amenazan fuerzas terribles que oponen constantemente a la verdad científica «verdades» de tipo muy distinto con las etiquetas más diferentes.

Ese instinto que impulsa a la formación de metáforas y que es fundamental en el hombre ya que no puede prescindir de él ni un solo instante, pues si lo hiciera prescindiría del hombre mismo, no se halla verdaderamente sometido y apenas si se encuentra domado por el hecho de haber construido ese nuevo mundo regular y rígido que le sirve de fortaleza con esos evanescentes productos suyos que son los conceptos. Busca un nuevo ámbito y otro cauce para su actividad, y lo encuentra en el mito y, en suma, en el arte. De continuo confunde los títulos y las celdas de los conceptos, introduciendo nuevas transcripciones, metáforas y metonimias; constantemente muestra su deseo de dar al mundo que se ofrece a los ojos del hombre despierto una forma tan abigarradamente irregular, inconexa, sugestiva y siempre nueva, que se parece al mundo de los sueños. De suyo, el hombre en estado de vigilia sólo tiene efectivamente conciencia de que está despierto gracias al entramado rígido y regular de los conceptos; por eso, cuando alguna vez el arte desgarra repentinamente ese entramado de conceptos, llega a creer que está soñando. Tiene razón Pascal cuando afirma que si todas las noches tuviéramos el mismo sueño, lo consideraríamos como las cosas que vemos cada día: «Si un artesano tuviera la seguridad de soñar todas las noches durante doce horas que era un rey, creo —dice Pascal— que sería casi tan dichoso como un rey que soñara todas las noches durante doce horas que era un artesano».  Gracias al milagro constante que se produce, según el mito, el estado de vigilia de un pueblo que se halla estimulado por éste, como los antiguos griegos, por ejemplo, se parece, de hecho, más al sueño que a la vigilia del pensador que se ha desengañado de la ciencia. Cuando cada árbol puede hablar como una ninfa o un dios bajo la apariencia de un toro puede raptar doncellas, o cuando se puede ver de pronto a la propia diosa Atenea en un bello carro tirado por caballos —como creía el honrado ateniense—, entonces todo es posible, como sucede en un sueño, y la naturaleza entera rodea al hombre aturdiéndole como si sólo juera una comparsa de máscaras compuesta por dioses para quienes engañar a los hombres con todas las formas de las cosas no sería sino una broma.

No obstante, el propio hombre tiene una tendencia invencible a dejarse engañar, y parece feliz y contento cuando el rapsoda le recita leyendas épicas como si fueran ciertas o cuando un actor que interpreta el papel de rey se muestra más majestuoso que un monarca auténtico. El intelecto, maestro en el arte de fingir, se siente libre y descargado de su habitual esclavitud cuando puede engañar sin hacer daño alguno; entonces celebra sus saturnales y nunca resulta tan exuberante, tan rico, tan soberbio, tan ágil y tan audaz. Embebido por el placer de crear, lanza desordenadamente metáforas y desplaza los límites de la abstracción hasta el extremo de designar al río como un camino en movimiento que lleva al hombre a donde habitualmente se dirige. Entonces se ha desembarazado del signo de la esclavitud: entregado habitualmente a la oscura tarea de indicar a un pobre individuo que ansia vivir el camino y los medios de conseguirlo, y de ir tras la presa y el botín, al servicio de su amo, ahora se convierte en señor y puede borrar de su rostro la expresión de indigencia. En comparación con su anterior actividad, todo lo que hace ahora implica fingimiento, como lo que hacía antes entrañaba deformación. Reproduce la vida del hombre, pero la considera algo bueno y parece mostrarse satisfecho de ella. Ese entramado, ese tablón gigantesco de conceptos al que el hombre indigente se aferra durante toda su vida para salvarse no es a los ojos del intelecto liberado más que un armazón y un juguete a utilizar en sus obras de arte más audaces; y cuando lo rompe, lo desmonta y lo reconstruye ensamblando irónicamente las piezas más desiguales y separando las que mejor se ajustan revela que no necesita ese recurso de la indigencia y que ya no se guía por conceptos sino por intuiciones. No hay ningún camino regular que lleve de esas intuiciones al país de los fantasmales esquemas, al país de las abstracciones; aún no se ha forjado un lenguaje para ellas; el hombre enmudece cuando las veo sólo dice metáforas severamente prohibidas y encadenamientos conceptuales inauditos para responder de forma creadora a la impresión que le causa la poderosa intuición presente, o, al menos, para burlarse de las viejas barreras conceptuales y destruirlas.

Hay épocas en que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan codo con codo, el uno temiendo a la intuición, el otro despreciando la abstracción; la irracionalidad del segundo corre pareja con la insensibilidad que el primero muestra hacia el arte. Ambos desean dominar la vida: el primero sabiendo responder a las necesidades más imperiosas con previsión, sensatez y regularidad; el segundo como «héroe desbordante de alegría» que es, no viendo esas mismas necesidades y considerando que sólo es real la vida disfrazada de apariencia y de belleza. Allí donde, como en la antigua Grecia, el hombre intuitivo maneja sus armas con más fuerza y con mayor éxito que su adversario, puede formar una cultura, si las circunstancias lo propician, e imponer el dominio del arte sobre la vida. Ese disimulo, ese rechazo de la necesidad, ese esplendor de las intuiciones metafóricas y, en general, esa inmediatez del engaño acompañan a todas las manifestaciones de una vida de esta clase. Ni la vivienda, ni los andares, ni la ropa, ni la tinaja de barro revelan que los ha creado la necesidad: parece que todo ello hubiera de expresar una felicidad sublime y una serenidad olímpica y, en cierto modo, un jugar con la seriedad. Mientras que el hombre guiado por conceptos y abstracciones no utiliza éstos más que para protegerse de la desgracia, sin obtener de esas abstracciones ningún tipo de felicidad, y aspirando a librarse lo más posible de sus sufrimientos, el hombre intuitivo, asentado en una cultura, además de protegerse de la desgracia, cosecha, como fruto de sus intuiciones, una iluminación, animación y liberación abundantes y permanentes. Bien es cierto que cuando sufre y padece más intensamente, e incluso que sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza siempre en la misma piedra. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad; se desgañita sin encontrar consuelo. ¡Qué distinta es la actitud del estoico, instruido por la experiencia y dueño de sí mismo gracias a los conceptos, ante esa misma desgracia! El, que de ordinario sólo busca la sinceridad y la verdad, superar las ilusiones y protegerse de los ataques por sorpresa de la seducción, logra, ante la desgracia, como aquél ante la alegría, una forma de fingir que es una verdadera obra maestra: no ofrece un rostro humano conmovido y trastornado, sino que lleva una especie de máscara, de rasgos admirablemente simétricos; no grita y ni siquiera cambia el tono de voz. Cuando un buen nublado se descarga sobre él, se envuelve en su manto y se aleja lentamente bajo la lluvia.”


traducción de 
Enrique López Castellón

11 de nov. 2019

de verdades o mentiras




La mentira tiene una cara moral, ética, que todos conocemos y con la que nos topamos a diario;  y otra extra moral mucho menos conocida y sumamente poderosa. El macabro uso que se ha hecho de la mentira desde el punto de vista moral, especialmente en política, ha eclipsado los aspectos constructivos de la mentira. En el sentido extra moral la mentira fue y es el gran motor del cambio, nada podría cambiar o ser creado sin ese poder transformador de la mentira. Mentir es inventar, imaginar, fingir, actuar; mentir es crear, y en este sentido el mentiroso es un creativo; mentir requiere un esfuerzo, es mucho más simple contar la verdad; mentir requiere, además, mucha imaginación. Mentimos para zafar de una situación, mentimos para no asumir responsabilidades, mentimos para obtener algún beneficio o para perjudicar a otro. Pero también miente el actor, el novelista, el científico, el religioso o el poeta. La mentira es un instrumento increíblemente eficaz y versátil y presenta varias aristas que no siempre son exploradas.

No debemos confundir el error con la mentira. El primero es involuntario; la mentira, en cambio, implica intencionalidad. Esto es lo que hace prácticamente imposible probar que alguien ha mentido; podemos probar que no ha dicho la verdad, pero no que ha mentido; esto es algo que sólo el mentiroso puede admitir (e incluso podría estar mintiendo al afirmar que ha mentido). Contrariamente a lo que la mayoría de la gente cree, lo opuesto a la mentira no es la verdad (ni tampoco la realidad) sino la veracidad, o en todo caso lo que pienso (aun cuando esto sea falso). Supongamos que estoy absolutamente convencido que Colón llegó a América en 1392; entonces, cuando sostengo esta posición, aunque sea falsa, no estoy mintiendo porque digo lo que pienso. Pero si en cambio digo que Colón llegó a América en 1492 (cuando sigo convencido que fue en 1392), entonces estoy mintiendo aunque lo que diga sea verdad. La mentira consiste en alterar deliberadamente lo que creo o pienso con un propósito determinado. Puedo perfectamente proponer un enunciado falso porque creo en él, y por lo tanto con la sincera intención de decir la verdad; es decir que no necesariamente miento al decir algo falso. En cambio puedo decir algo verdadero con la clara intención de engañar o confundir al otro.

La mentira consiste entonces en utilizar la imaginación para alterar deliberadamente lo que yo creo que es la realidad. Y esto es precisamente lo que permite el cambio y la transformación; la mentira transforma la realidad (o lo que yo creo que ésta es) con un propósito determinado. Es en este sentido en el que podemos afirmar que la mentira es el origen de todo. El símbolo, origen del lenguaje y elemento básico del pensamiento abstracto, es una mentira; pero una mentira socialmente aceptada, una mentira en la que todos nos ponemos de acuerdo. Convenimos en llamar “oso” a esa cosa peluda, de cuatro patas, que come pescado, inverna, y gruñe espantosamente. Pero todos sabemos que la palabra “oso” (o su sonido) no se parecen en nada al oso; la única manera “realista” de hablar de un oso sería tener uno cerca cada vez que queramos referirnos a él y, eventualmente, señalarlo. El símbolo nos permite alejarnos de la realidad, hablar del oso aunque éste no esté presente. El símbolo es una mentira que nos permite referirnos a la realidad. No sabemos aun cómo surgió el lenguaje, pero podemos hacer alguna hipótesis al respecto. El homo mentirocutecus, ubicado cronológicamente entre el homo rhodensis y el homo sapiens sapiens, logró, haciendo uso de su imaginación, asociar un símbolo (un sonido, un dibujo, una marca) con un fragmento de su realidad que en nada se le parece. Fue el primer gran mentiroso. Podemos imaginar al homo mentirocutecus gritando “udtcha” al divisar un león que se acercaba peligrosamente. Sus compañeros escucharon el “udtcha”, vieron al animal y entendieron de qué se trataba; todos estuvieron de acuerdo en que aquella mentira (el símbolo) correspondía a una “realidad” (el león). Tal fue el acuerdo que a partir de entonces si alguien gritaba “udtcha” un temor espantoso se apoderaba del grupo y mientras algunos corrían a refugiarse otros buscaban sus lanzas para enfrentar al león. Lo curioso, era que nadie había visto, escuchado u olido al león, sólo habían oído el símbolo (la mentira). Aquella mentira socialmente aceptada se había convertido en una verdad mucho más poderosa que el león mismo; ahora podían hacerse bromas (alertar sobre un león que no existe), hablar del león en ausencia de éste, planificar su caza, asociarlo con algún demonio o maleficio, utilizarlo como ofrenda (te daré tres leones) o como amenaza (te echaré a los leones). Vale la pena diferenciar aquí el símbolo (en este caso el “udtcha”) de las señales de alerta de otros animales. Éstas últimas suelen ser de carácter genético, mientras que el símbolo sólo puede transmitirse a la siguiente generación a través de la educación. La aparición del manejo simbólico en el hombre permitió el desarrollo del lenguaje, y éste a su vez impulsó la formación de conceptos abstractos imposibles de aprehender mediante la percepción sensorial. La belleza, el futuro, la amistad, la justicia, el deseo, son conceptos asociados al lenguaje. El desarrollo del lenguaje hizo posible la aparición del mito, la religión, la ciencia y el arte. Como señala Savater en Las preguntas de la vida, “Las selvas humanas por las que vagamos están hechas de símbolos”; es decir de mentiras. Quizás el principal valor de la mentira es que nos permite construir verdades, que se convierten en tales cuando logramos olvidar que fueron mentiras.

Todos tenemos una irresistible fascinación por la mentira y el engaño. A quien no le gusta dejarse sorprender por un buen mago. Todos sabemos que esa magia es en definitiva un engaño, una mentira; pero incluso llegamos a pagar una entrada al teatro para dejarnos  engañar. La única razón por la que un mago nos sorprende es porque sabemos que nos está mintiendo. Si pudiera de hecho hacer desaparecer cosas o leernos el pensamiento, entonces ya no tendría ninguna gracia; es más, el simpático mago, ahora devenido en brujo, nos provocaría miedo, aversión y rechazo, y probablemente terminaría quemado en la hoguera (porque las hogueras no desaparecieron con la inquisición, sino que siguen existiendo de forma mucho más sutil). Si no fuese por la mentira este mundo sería bastante triste; porque es la mentira la que permite que exista la ficción, es la mentira la que permite que exista la religión, el arte y la ciencia. La mentira nos ayuda a comprender el mundo. Picasso solía decir que “el arte es una mentira, pero una mentira a través de la cual podemos descubrir la verdad, al menos la verdad que nos es posible comprender”.  Y es que la mentira es un producto de la imaginación que hace posible que podamos comprender lo que nos rodea.

Todo pareciera indicar que el hombre, en su necesidad biológica de preservarse como especie, está dispuesto a aceptar mentiras por verdades en aras de comprender el mundo, a fin de asegurar su subsistencia y hacer la vida un poco más soportable. El conocimiento sería entonces una ilusión , un instrumento de la evolución para asegurar la continuidad de la especie.  De hecho el hombre ha abrazado siempre aquellas ficciones que ponían un poco de orden en el caos de su existencia, aquellas que parecían asegurar su subsistencia, aquellas que prometían (unas en el más acá, otras en el más allá) una vida feliz.

 La mentira puede existir aun cuando no exista siquiera una sola verdad; la mentira no sólo es anterior a la verdad, sino que la conforma; la mentira es el material primigenio con el que se construyen las verdades; y cuando logramos olvidarnos de que la mentira estuvo involucrada, sólo nos queda la verdad; y esa verdad (devenida en arte, religión o ciencia) nos hace sentir seguros y nos da la tranquilidad necesaria para que la existencia sea mínimamente soportable.

10 de nov. 2019

mentira, 5 – fragmento-




“La hoja arrancada de la libreta del faro es uno de los pocos papeles que Julio ha guardado en su vida, por no decir el único. Yo nunca he espiado a nadie, ni acostumbro cotillear. No me gusta hurgar en las intimidades ajenas. Si cayó en mis manos fue sólo porque lo quiso el azar. Fue hace poco más de cuatro años, cuando confirmamos que la enfermedad de Julio era irreversible. Eso lo convertía en candidato a una pensión de invalidez permanente para cuya obtención había que actualizar y presentar una serie de papeles oficiales. Nos volvimos todos locos, porque él tenía esa clase de ineptitud para la burocracia que se le supone a los artistas. Nada de papeles. Vade retro al orden. Viva la improvisación. Le preguntábamos y él sonreía. Le insistíamos en que era importante y contestaba:  ¿Cotizaciones? Vaya, vaya, así que cotizaciones.» Me tocó hurgar en los lugares que siempre había respetado, amontonar bocetos y bitácoras antiguas, clasificar hojas sueltas que, en la mayoría de los casos, no servían para nada, porque Julio sólo conservaba lo que le apetecía, no lo que pudiera ser útil algún día. Un lío monumental. Ese papel apareció en una antigua libreta de dibujo. Una en la que sólo había bocetos. Julio dejó de pintar en el 73. Yo encontré el papel en el 97. Además, conozco bien los cuadros de mi marido. Ninguno de aquellos bocetos estaba fechado, pero conozco incluso a la mayoría de las personas retratadas en ellos, de modo que el cálculo es fácil y doloroso: aquel documento estaba en su poder desde 1969. Hay una prueba más contundente. A mediados de los años 70, cuando la curiosidad de Serena se volvió demasiado peligrosa, Julio le habló de la libreta de tempestades del faro; la animó a consultarla pero, con la excusa de que ya él lo había hecho antes, le advirtió que no encontraría la página del 11 de enero del 22. Al enterarme, le pregunté por qué lo había hecho, por qué enviaba a su hija en busca de algo cuya inexistencia no haría sino reforzar su frustración. «Para que descanse», me contestó. Tenía su lógica. Poner a Serena en la vía muerta. Dejar que su tren descarrilado de preguntas llegara extenuado al fin de la carrera. Funcionó. Fue el último chasco, la última pelea. Poco después, cuando Serena agotó las posibilidades de encontrar esa hoja de la libreta, se terminó la guerra de las preguntas sobre Simón. O se volvió subterránea, no sé. Lo que sí sé es que aquellas razones de Julio eran falsas. Lo que de verdad quería era convertir a su hija en testigo involuntario de la mentira. Por eso la envió al faro. Porque él mismo había estado allí antes. Porque fue Julio quien arrancó la hoja de la libreta. Y luego, en vez de reconstruir su vida, escogió dejar las cosas como estaban. Supongo que supo que escogía por nosotros.

Fue uno de los peores episodios de mi vida. Creo que me lo hubiera tomado mejor si llego a encontrar una prueba de que Julio tenía una amante, o un hijo secreto; cualquiera de esas mentiras ridículas de los culebrones me hubiera parecido menos dañina que aquélla. No recuerdo haber tenido jamás una bronca igual. En fin, no exactamente una bronca, porque no obtuve de él ni media palabra. Yo le preguntaba desde cuándo sabes esto y cómo puede ser, te das cuenta de lo que has hecho, nunca pensaste en tus hijos, nunca se te ocurrió pensar lo que significa para ellos Simón… Julio sostenía el papel y lo miraba como si no supiera leer y no decía nada. Luego rompió a llorar y, la verdad, hasta hoy no he conseguido saber si lloraba por lo que había hecho o si tal vez no lo entendió nunca, si aquellas lágrimas eran sólo una respuesta a mi ansiedad, a la violencia desconocida con que lo estaba acosando. Era desesperante. Como cuando lloran los bebés en mitad de la noche y no consigues saber qué les pasa. Qué enfermedad tan oportuna. O qué astuto el azar, revelando las pruebas del delito sólo cuando ya el criminal estaba mudo.

Nunca dije nada a nadie. Claro que tuve la tentación. Tal vez hubiera sido mejor reunirlos a todos y decírselo: «Chicos, no hubo muertos ni náufragos en Malespina el 11 de enero de 1922. Todo es mentira. Simón no existió nunca.» Estuve a punto, pero enseguida imaginé las preguntas que provocaría aquel descubrimiento a mis hijos, las mismas que me estaba haciendo yo, y me di cuenta de que no iba a tener respuestas. Indicios sí, sospechas, intuiciones, incluso alguna certeza. Pero no respuestas. Por eso me callé. ¿Hice mal? Sinceramente, creo que no. Creo que mi único error fue no deshacerme de aquella hoja suelta. Debí quemarla. Tirarla al mar. La guardé porque me consta que mis hijos han heredado mi respeto por la intimidad. Ninguno de ellos se atrevería a abrir un solo cajón de mi archivo sin pedirme permiso. Claro que para que te pidan permiso has de estar viva.”

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Mentira
Enrique de Hériz
Edhasa, 2004
Página 367-369