16/08/2026

nobel saramago

 

    José Saramago va guanyar el Premi Nobel de Literatura el 1998. L'Acadèmia Sueca va premiar l'ús de paràboles, imaginació, compassió i ironia per mostrar una realitat difícil de veure. 
   
    Va ser el primer autor en llengua portuguesa a rebre aquest guardó. Aquest va ser el discurs d'acceptació del Premi davant de l'Acadèmia sueca:

    “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo.

    
    Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.

    Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera".

 
    Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la vía láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: " Y después?". Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.

    Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

    Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. "Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día.

    

Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas". Y terminaba: "Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de África, otro abuelo pastor de cerdos, ¿una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato qué otra genealogía puede importarme? en qué mejor árbol me apoyaría?". Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido.

    Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central. También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos. En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.

    Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía. De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra h., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada Manual de pintura y caligrafía, que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces. Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No m compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio.

  
     
Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime. Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mau-Tempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que di el título de Alzado del suelo y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos. No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida.

    Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.

    Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las Rimas y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de Os Luisiadas, que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra Literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Super-Camoens de ella? Ninguna lección a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoens en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos. Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoens, aunque no escriban las redondillas de Sobolos rios. Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada Que farei con este livro? (¿Qué haré con este libro?), en cuyo final resuena una otra pregunta, aquélla que importa verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: " Qué haréis con este libro?". Humildad orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá no estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.

    Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. Él se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra. Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto. Son tres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que escondido estaba. Y también se aproxima una multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío. Los sonidos que estamos oyendo son del clavicordio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia del Memorial del convento, un libro en que el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: "Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita.

    Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo". Que así sea. De las lecciones de poesía, sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poético en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre. Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde El año de la muerte de Ricardo Reis comenzó a ser escrito.

  

 
Allí encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista Atena era el título en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis. No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de las letras saber lo que ella significaba. Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis ("Para ser grande sé inteiro / Poe quanto és no mínimo que fazes"), pero no podía resignarse, pesar de tan joven e ignorante a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: "Sábio e o que se contenta com o espectáculo do mundo". Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela para mostrar al poeta de las Odas algo de lo que era el espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese diciéndole: "He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría".

    El año de la muerte de Ricardo Reis terminaba con unas palabras melancólicas: "Aquí donde el mar acabó y la tierra espera". Por tanto, no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo, mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro. Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí La balsa de piedra separó del continente europeo a toda la península Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, "masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y sus animales", camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes. Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur de manera que, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo. Es decir, Europa finalmente como ética. Los personajes de La balsa de piedra dos mujeres, tres hombres y un perro viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta.

    Se acordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en La balsa de piedra hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría Historia do cerco de Lisboa, en la que un revisor trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un "sí" un "no", subvirtiendo la autoridad de las "verdades históricas". Raimundo Silva, así se llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa.

    De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador. Así: "Les recuerdo que los revisores ya vieron mucho de literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura. La historia también. La historia, sobre todo, sin querer ofender.

       Y la pintura, y la música. La música va resistiéndose desde que nació, unas veces otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que, por envidia, pero regresa siempre a la obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir. Conoce el refrán, si no tienes, pero caza con el gato, o dicho de otra manera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños. Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era. Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas.

    Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo. Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico, sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia.

    Entonces usted cree, profesor, que la historia es la vida real. Lo creo, sí.

    
    Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor". Escusado será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era hora. Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir El Evangelio según Jesucristo. Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del revisor el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del Nuevo Testamento la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones. Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los inocentes y habiendo leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que tuviese que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia. Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: El simple sentido común, que, a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes. En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar su cuenta con el mundo. El Evangelio del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de ella la culpa que nunca lo abandonará, incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: "Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo", refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque quien sabe si recordando todavía, en esta última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró. Como se ve, el aprendiz ya había hecho un largo viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: "La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba. Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo Jesús. Entonces sólo falta que devore a ti. Y tú, en tu vida, fuiste comido o devorado. No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba".

    

    Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1.200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa ópera que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló In nomine Dei. Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar. Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios.

    Ciegos por sus propias creencias los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en El creían. La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo. Ciegos. El aprendiz pensó "estamos ciegos", y se sentó a escribir el Ensayo sobre la ceguera para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante. Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que pedir a un ser humano. El libro se llama Todos los nombres. No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos. 

    Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdóneseme si les pareció poco esto que para mí es todo.”








    L'olivera sota la qual resten les cendres de José Saramago està situada  la plaça del Campo das Cebolas (Lisboa) , just davant de la seva Fundació.














07/08/2026

el llibre de setembre, context

 



La història que hi ha darrera del llibre d’aquest mes:

    El viatge de l’Eelefant, de José Saramago, és real. Es basa en un esdeveniment insòlit ocorregut a l'Europa de mitjans del segle XVI i protagonitzat per un elefant asiàtic.

    Aproximadament l'animal va néixer cap a 1540 als estables reials de Ceilan, sent enviat per vaixell a Lisboa en 1542, com a exòtic present per al rei Joan III de Portugal i la seva esposa, Catalina d'Àustria.

    El 1551, el rei portuguès va decidir desfer-se de l'elevat cost del seu manteniment utilitzant-lo com a regal de casament per al seu cosí, l'arxiduc Maximiliano II d'Àustria (net de Joana la Boja i futur emperador del Sacre Imperi Romà Germànic), que en aquell moment es trobava a Valladolid actuant com a Regent. El viatge per lliurar el regal va començar a Lisboa i va durar uns quants mesos, creuant la Península Ibèrica caminant fins arribar a Valladolid. Des d'allà, la comitiva reial de l'arxiduc Maximilià va continuar el camí a peu fins al port de Roses (Girona), on van embarcar rumb a Gènova (Itàlia). Un cop efectuat el desembarcament, van creuar el nord d'Itàlia i es van enfrontar al repte de travessar els Alps sota la neu en ple hivern amb l'elefant. Finalment, la comitiva va entrar a Viena el març de 1552, provocant la sorpresa massiva de la població que mai no havia vist criatura semblant.

    Tot i sobreviure a l'extenuant travessia alpina, l'animal no va resistir gaire temps a la seva nova terra i va morir el 1553. Per immortalitzar el record de la criatura, l'arxiduc va ordenar dissecar parts de l'animal: les potes del darrere es van convertir en caixes per guardar-hi objectes i la seva pell va ser emplenada.

    Saramago va topar amb aquest fet històric per casualitat durant un viatge a la ciutat de Salzburg (Àustria). En un restaurant anomenat L’Elefant, va veure una sèrie de petites escultures de fusta que relataven la ruta del paquiderm des de Lisboa fins a Viena. L'autor va quedar fascinat per l'absurd de la burocràcia, els capricis del poder de l'època i l'esforç humà i animal invertit en una ocurrència real com aquesta.

A la pàgina "Taximerdidades" llegim el destí final del protagonista de la nostra història;

    “Los restos de Solimán corrieron distinta suerte. Los huesos de su esqueleto se dispersaron por Europa en forma de obsequios. El húmero, el radio, el cúbito y el omóplato de la pata delantera derecha fueron donados a la alcaldía de Viena, que mandó construir una silla, que en la actualidad -desde 1678- se conserva en la abadía de Kremsmünster, y en cuyo asiento está grabada la historia del elefante. Por su parte la piel se rellenó y montó con los colmillos originales, y Solimán se conservó disecado en el castillo de Kaiserbersdorf hasta que en 1572 el emperador de Austria se lo regalara a su cuñado el duque Alberto V de Baviera. El paquidermo permaneció durante siglos en las colecciones reales de Wittlesbach y en la Kuntskammer de la Residencia de Munich, y más tarde trasladado al Museo Nacional de Baviera, en cuyos sótanos sobrevivió al bombardeo de la ciudad de 1943 durante la Segunda Guerra Mundial. Con la piel ya enmohecida por la humedad, el 28 de noviembre de 1950 terminó vendiéndose para ser empleada en la fabricación de suelas de zapatos. Triste final el de Solimán.

    Algunas curiosidades. Se cuenta la anécdota -que recogió Saramago en su libro- de que durante el ajetreo del recibimiento vienés una niña cayó al suelo y Solimán la recogió suavemente con la trompa y la devolvió a su madre. El padre, agradecido, mandó pintar el elefante en la fachada de su domicilio. La casa del elefante, que se encontraba en la céntrica calle Graben, fue demolida en el siglo XIX. En la actualidad un par de centenarias posadas, una en Bresanona y otra en Graz, mantienen desde hace siglos su nombre de Elefante en recuerdo del paso de Solimán. También para conmemorar aquel acontecimiento, el alcalde de Linz de la época mandó esculpir en la fachada de su domicilio particular un relieve con el elefante, una escultura que en la actualidad puede verse en el número 21 de la Hauptplat.”

A la pàgina "Cualia.es" llegim:

    “En el Kunsthistorisches Museum de Viena se conserva un curiosísimo bajorrelieve del siglo XVI, obra del artista alemán Severin Brachmann, que representa, con toda probabilidad, la primera casa de fieras vienesa, antecedente de los actuales zoológicos. Una antigua fortificación medieval, reconstruida por Maximiliano I como pabellón de caza, que su bisnieto Maximiliano II transformó en residencia de Süleyman, el elefante indio que, desde el lejano reino de Kotte, en Ceilán, había llegado a la corte lisboeta en 1542.


(…)

    Cuentan las crónicas que el cardenal de Milán disfrutó del espectáculo que suponía ver a Süleyman en acción, ejecutando fielmente las órdenes de sus cuidadores. Fue allí donde uno de los sabios de la época, Girolamo Cardano, pudo verlo y estudiarlo a fondo: “Vidimus nos elephantem reginae Mariae Bohemorum, filiae Caroli Quinti Caesaris”, escribió en la segunda edición de su De subtilitate (Basilea, 1554). Quizás pudo, entonces, ratificar su doctrina teleológica, su creencia en una naturaleza entendida como un poder activo que, a su modo de ver, había elegido cuatro entes como símbolos máximos de la creación: el hombre, como divina adaptabilidad a la realidad; el elefante, como campeón del conocimiento y la longevidad; el diamante, como ejemplo de la resistencia a los agentes externos; y el oro, por su presencia eterna y durabilidad.

    Y fue en el castillo de Kaiserebersdorf, a las afueras de aquella Viena renacentista, donde Süleyman encontró su última morada. Y, quizás, fue un balcón de aquel castillo el que sirvió de modelo a Brachmann para hacer su bajorrelieve famoso, donde aparece Maximiliano junto a su esposa María, asomados a un exótico jardín donde puede verse un paquidermo, un camello, varios pavos reales, un pozo con su maquinaria para la extracción de agua y una fuente decorativa.

    Una infanta española, María, que aparece con su melena recogida en un garvín y con un abanico en su mano izquierda. El mismo abanico que muestran sus hermanas y primas, símbolo de poder, la señal que hace de ellas madres de futuros herederos a los tronos de la dinastía Habsburgo. Abanico japonés y elefante índico que recalcan el papel como dominus mundi de una familia que fue centro de poder durante toda la Edad Moderna.”

02/08/2026

l'autor del mes de setembre: José Saramago

 


    “Nací en una familia de campesinos sin tierra, en Azinhaga, un pequeño pueblo ubicado en la provincia de Ribatejo, en la margen derecha del río Almonda, a unos cien kilómetros al noreste de Lisboa. Mis padres se llamaban José de Sousa y Maria da Piedade. José de Sousa también habría sido mi nombre si el funcionario del registro civil, por iniciativa propia, no hubiera agregado el apodo por el que se conocía a la familia de mi padre en el pueblo: Saramago. (Cabe aclarar que el saramago es una planta herbácea espontánea, cuyas hojas, en aquellos tiempos, en tiempos de necesidad, servían de alimento en la cocina de los pobres). Sólo cuando tenía siete años, cuando tuve que presentar un documento de identidad en la escuela primaria, se supo que mi nombre completo era José de Sousa Saramago… Sin embargo, este no fue el único problema de identidad que tuve que enfrentar en la cuna. Aunque vine al mundo el 16 de noviembre de 1922, mis documentos oficiales señalan que nací dos días después, a los 18 años: fue gracias a este pequeño fraude que la familia escapó al pago de la multa por falta de declaración de nacimiento. dentro del plazo legal.

    Quizás porque participó en la Gran Guerra, en Francia, como soldado de artillería, y conocía otros entornos, distintos al pueblo, mi padre decidió, en 1924, dejar el trabajo de campo y trasladarse con su familia a Lisboa, donde se inició. ejercer la profesión de policía de seguridad pública, para la cual ya no se requería “titulación literaria” (expresión común entonces…) que la de leer, escribir y contar. A los pocos meses de instalarnos en la capital, fallecería mi hermano Francisco, dos años mayor que yo. Aunque las condiciones en las que vivíamos habían mejorado un poco con el cambio, nunca llegaríamos a conocer un avance económico real. Tenía 13 o 14 años cuando finalmente vivimos en una casa (muy pequeña) solo para nosotros: hasta entonces siempre habíamos vivido en partes de la casa, con otras familias. Durante todo este tiempo, y hasta la mayoría de edad, fueron muchos, y a menudo prolongados, períodos en los que viví en el pueblo con mis abuelos maternos, Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha.

    Fui un buen alumno en la escuela primaria: en la segunda clase ya escribía sin errores de ortografía, y la tercera y cuarta clases se hicieron en un año. Luego pasé al bachillerato, donde permanecí dos años, con excelentes notas en el primero, mucho menos buenas en el segundo, pero estimado por compañeros y profesores, hasta el punto de ser elegido (tenía 12 años…) tesorero de la asociación académica… Sin embargo, mis padres habían llegado a la conclusión de que, por falta de medios, no podían seguir reteniéndome en el bachillerato. La única alternativa que se ofrecía era ingresar a una escuela de formación profesional, y así se hizo: durante cinco años aprendí el oficio de cerrajero mecánico. Lo más sorprendente fue que el plan de estudios de la escuela en ese momento, aunque obviamente orientado a la formación técnica profesional, incluía, además de francés, una asignatura de Literatura. Como no tenía libros en casa (mis libros, comprados por mí, incluso con dinero prestado por un amigo, solo pude tenerlos a los 19 años), eran libros escolares portugueses, por su carácter “antológico”. , que me abrió las puertas al disfrute literario: aún hoy puedo recitar poesía aprendida en esa época lejana. Después de terminar el curso, trabajé durante unos dos años como cerrajero mecánico en un taller de reparación de automóviles.

    También fue por esa época cuando comenzó a asistir a una biblioteca pública en Lisboa durante las horas nocturnas de funcionamiento. Y fue allí, sin ayuda ni consejo, solo guiado por la curiosidad y las ganas de aprender, donde se desarrolló y afinó mi gusto por la lectura.

    Cuando me casé, en 1944, ya había cambiado de actividad, comencé a trabajar en una organización de la Seguridad Social como empleado administrativo. Mi esposa, Ilda Reis, entonces mecanógrafa en Caminhos de Ferro, se convertiría, muchos años después, en una de las grabadoras portuguesas más importantes. Fallecería en 1998. En 1947, año del nacimiento de mi única hija, Violante, publiqué el primer libro, una novela que titulé La viuda, pero por conveniencia editorial saldría con el nombre Terra do Pecado. Escribí otra novela, Clarabóia, que permanece inédita hasta hoy, y comencé otra, que no pasaba de las primeras páginas: se llamaría O Mel y Fel o quizás Luís, hijo de Tadeu ... El tema era resuelto cuando dejé el proyecto: me estaba empezando a aclarar que no tenía que decir nada que valiera la pena. Durante 19 años, hasta 1966, cuando publiqué Os Poemas Possíveis, estuve ausente del mundo literario portugués, donde debió de ser muy poca la gente que advirtiera mi ausencia.

    Por razones políticas estuve en el paro en 1949, pero gracias a la buena voluntad de mi antiguo profesor en el momento de la escuela técnica, pude encontrar una ocupación en la empresa metalúrgica de la que él era administrador. A finales de la década de 1950, comencé a trabajar en una editorial, Estúdios Cor, como responsable de producción, volviendo así, pero no como autor, al mundo de las letras que había dejado años atrás. Esta nueva actividad me permitió conocer y entablar relaciones amistosas con algunos de los escritores portugueses más importantes de la época. Para mejorar el presupuesto familiar, pero también por placer, comencé, a partir de 1955, a dedicar parte de mi tiempo libre al trabajo de traducción, actividad que continuaría hasta 1981: Colette, Pär Lagerkvist, Jean Cassou, Maupassant, André Bonnard, Tolstoi , Baudelaire, Étienne Balibar, Nikos Poulantzas, Henri Focillon, Jacques Roumain, Hegel, Raymond Bayer fueron algunos de los autores que traduje. Otra ocupación paralela, entre mayo de 1967 y noviembre de 1968, fue la de crítico literario. Sin embargo, en 1966 publique Os Poemas Possíveis, una colección poética que marcó mi regreso a la literatura. A este libro le siguió, en 1970, otra colección de poemas, Probablemente Alegría, y luego, en 1971 y 1973 respectivamente, con los títulos Deste Mundo e do Outro y A Bagagem do Viajante, dos colecciones de crónicas publicadas en la prensa, que la crítica ha considerado esencial para la comprensión completa de mi trabajo posterior. Divorciado en 1970, inicié una relación, que duraría hasta 1986, con la escritora portuguesa Isabel da Nóbrega.

    Dejé la editorial a finales de 1971, trabajé los dos años siguientes en el Diário de Lisboa por la tarde como coordinador de un suplemento cultural y como editorialista. Publicado en 1974 bajo el título Las opiniones que tenía DL, estos textos representan una “lectura” muy certera de los últimos tiempos de la dictadura que vendría a ser derrocada en abril de ese año. En abril de 1975 comencé a desempeñarme como subdirector del diario matutino Diário de Notícias, cargo que ocupé hasta noviembre de ese año y que fui destituido como consecuencia de los cambios provocados por el golpe político-militar del 25 de diciembre. ese mes, que puso fin al proceso revolucionario. Dos libros marcan esta época: El año de 1993, un largo poema publicado en 1975, que algunos críticos ya se plantearon anunciar las obras de ficción que dos años después comenzarían con la novela Manual de pintura y caligrafía, y, bajo el título Os Apontamentos. , los artículos de contenido político que publiqué en el periódico del que había sido director.

    Sin trabajo una vez más y, considerando las circunstancias de la coyuntura política que se vivía entonces, sin la menor posibilidad de encontrarlo, tomé la decisión de dedicarme de lleno a la literatura: era el momento de saber qué podía valer realmente como un escritor. A principios de 1976, me instalé en Lavre, un pueblo rural de la provincia de Alentejo, durante unas semanas. Fue este período de estudio, observación y registro de información el que dio lugar, en 1980, a la novela Levantado do Chão, en la que nace la forma de narrar que caracteriza mi novela novelesca. Mientras tanto, en 1978, había publicado una colección de cuentos, Objecto casi, en 1979 la obra A Noite, que siguió, unos meses antes de la publicación de Levantado do Chão, una nueva obra teatral, ¿Qué haré con este libro? ?. A excepción de otra obra de teatro, titulada La segunda vida de Francisco de Assis y publicada en 1987, la década de los ochenta estuvo íntegramente dedicada a la novela: Memorial do Convento, 1982, El año de la muerte de Ricardo Reis, 1984, A Jangada de Pedra. , 1986, Historia del Sitio de Lisboa, 1989. En 1986 conocí a la periodista española Pilar del Río. Nos casamos en 1988.

    A raíz de la censura ejercida por el Gobierno portugués sobre la novela El Evangelio según Jesucristo (1991), vetando su presentación al Premio Literario Europeo con el pretexto de que el libro era ofensivo para los católicos, nos trasladamos, mi esposa y yo, en febrero de 1993 a la isla de Lanzarote, en el archipiélago canario. A principios de ese año publiqué la obra In Nomine Dei, todavía escrita en Lisboa, de la que se extraería el libreto de la ópera Divara, con música del compositor italiano Azio Corghi, estrenada en Münster (Alemania), en 1993. Esta no fue mi primera colaboración con Corghi: también es suya la música de la ópera Blimunda, sobre la novela Memorial do Convento, estrenada en Milán (Italia) en 1990. En 1993 comencé a escribir un diario, Cadernos de Lanzarote, de que se publican cinco volúmenes.

        
    Como resultado de la concesión del Premio Nobel, mi actividad pública se ha incrementado. Viajé por los cinco continentes, impartiendo conferencias, obteniendo títulos académicos, participando en reuniones y congresos, tanto de carácter literario, social y político, pero, sobre todo, participé en acciones que demandan la dignificación del ser humano y el cumplimiento de la Declaración de Derechos Humanos mediante la consecución de una sociedad más justa, donde la persona sea una prioridad absoluta, y no el oficio o las luchas por un poder hegemónico, siempre destructivo.

    Creo que he trabajado duro durante los últimos años. Desde 1998, he publicado Hojas políticas (1976-1998) (1999), La Caverna (2000), La flor más grande del mundo (2001), El hombre duplicado (2002), Ensayo sobre la lucidez (2004), Don Giovanni o el Absoluto Disoluto (2005), Las intermitencias de la muerte (2005) y Las pequeños memorias (2006). Ahora, este otoño de 2008, aparecerá un nuevo libro: El viaje del elefante, un cuento, una narración, una fábula.

    En 2007, decidió crear una Fundación con mi nombre en Lisboa, que asume, entre sus principales objetivos, la defensa y difusión de la literatura contemporánea, la defensa y la exigencia de cumplir con la Carta de Derechos Humanos, además de la atención. que le debemos, como ciudadanos responsables, al cuidado del medio ambiente. En julio de 2008 se firmó un protocolo de concesión de Casa dos Bicos, en Lisboa, para la sede de la Fundación José Saramago, donde seguirá intensificando y consolidando los objetivos marcados en su Declaración de Principios, abriendo puertas a la vida. proyectos de descontento cultural y propuestas transformadoras para la sociedad.

    Nota - Después de El Viaje del Elefante, José Saramago escribió Caín, El Cuaderno I y II, publicados en 2009 y que no añadió a su Autobiografía.

    Póstumamente se publicaron Claraboia (terminada en 1953 y publicada en 2011) y Alabardas, alabardas (2014), novela incompleta que escribía José Saramago en 2010."





01/07/2026

presentació Apnea, la crònica

 


    Ahir, a l’Ateneu, vam organitzar la primera presentació del llibre “Apnea”, de la Goretti Sánchez Colomé.

    La nostra companya Joana, encarregada de la introducció a l’autora i la seva obra, va destacar la formació acadèmica (en imatge i so) de la Goretti, remarcant que la autora conjumina la seva activitat d’il·lustradora amb el seu amor i cultiu de la l’escriptura.


    En la primera lectura del recull, ens va comentar, li va quedar un pòsit de tristesa i incomoditat. En lectures posteriors -seguint en el nivell de “impressions de lectura”- va trobar “espurnes de llum “i trets d’esperança.

    Per la Joana, “Apnea” és un recull de textos poètics que verbalitzen tot un món de sensacions, pors i dubtes de manera crua, despullada de artificis i molt directa. Aquest textos, moltes vegades enigmàtics, ens atansen, amb un lloc de paraules viu , a la nuesa, vulnerabilitat i sensibilitat amb que l’autora s’enfronta a les seves pors més intimes.



  Per part seva, l'autora ha afirmat que l’escriptura, per ella, és un acte com respirar, intuïtiu , vital per superar els moments de “apnees vitals” involuntàries. Per la Goretti, escriure li permet expressar-se amb total llibertat i, rotundament, amb un component terapèutic de primer ordre.

    El recull aplega tot un treball de més de deu anys d’escriptura a raig, sense gaire sistematizació ni reflexió en moments molt durs per l’autora, enfrontada a la presencia angoixant d’un mateix. Una vegada superat l’enfrontament amb els jos que ens habiten, Goretti pot afrontar posar ordre a aquest vast “mar” de deu anys d’escriptura. D’aquest procés neix “Apnea”, “una vida, un mar” amb múltiples camins on emergir i mostrar al món la metamorfosi que s’ha produït des de la immersió a la foscor fins a la llum de l’acceptació.

RIU, SI US PLAU

Jo vull ser l’aigua que fuig de la neu de les muntanyes.
Que escapa del fred i es torna fluir, buscant l’escalfor 
del mar.

Jo vull ser l’aigua clara com el gel i el cel, com la
Música del torrent, com la bassa de l’estiu rogent.

Jo vull ser l’aigua que cura, que san, que viu.
Jo sóc l’aigua que neix del riu.

(el subratllat és nostre)



Apnea
Goretti Sánchez Colomé
Ediciones Passer
Pàg. 28




    En finalitzar l'acte, vam fer entrega a la Fina i el Juan Antonio d'un petit regal, de part del grup, en homenatge a les seves atencions i hospitalitat a la nostra recent sortida a terres de Lleida.



cloenda cursos català

 



    El passat dijous, 25 de juny, vam participar a la cloenda dels cursos d’enguany que ofereix el Servei Local de Català de Cerdanyola del Vallès

    Com entitat col·labora del programa de Voluntariat per la Llengua, companyes i companys del grup van participar a l’acte, donant a conèixer la nostra entitat als alumnes del cursos i vam intercanviar inquietuds i desitjos amb altres entitats.

    Una jornada profitosa i molt agradable.



 



28/06/2026

presentació llibre Apnea

 

    La seva autora, Goretti Sánchez Colomé, diu a d’introducció del recull:


“Aquets escrits neixen sempre, des de la voluntat
d’expressar.


Quan, per quelcom sent la teva paraula emmudida,
més s’aferra la necessitat de dir.

La corda es destensa a vegades, però és un recull
que neix d’una època convulsa i complicada.”
(,,,)


Apnea
Goretti Sánchez Colomé
Ediciones Passer
Pàg. 9



    El proper dimarts 30 de juny de 2026, l’Associació Cultural Vespres Literaris organitza la presentació del llibre Apnea, de la il·lustradora barcelonina i col·laboradora de Vespres Literaris Goretti Sánchez Colomé.

    Amb la presència de l’autora, la presentació anirà a càrrec de la nostra companya Joana Moreno.

    L’acte tindrà lloc a la sala 22 de l’Ateneu de Cerdanyola del Vallès, a les 18,30h.








LA VERITABLE BELLESA

És aquella que no es veu, com perfum, com
sentiment profund.

La veritable bellesa és la intuïció dels dies que
vindran.

La veritable bellesa resta amagada en un sospir, un
alè, en el vol d’un ocell, en el coratge
i el crit de la gent.

La veritable bellesa està a dins.
Ets tu i jo, i nosaltres, junts.





Apnea
Goretti Sánchez Colomé
Ediciones Passer
Pàg. 75

23/06/2026

presentació llibre relats poètics il·lustrats

 


    El proper dimarts 30 de juny de 2026, l’Associació Cultural Vespres Literaris organitza la presentació del llibre Apnea, de la il·lustradora barcelonina i col·laboradora de Vespres Literaris Goretti Sánchez Colomé.

    Amb la presència de l’autora, la presentació anirà a càrrec de la nostra companya Joana Moreno.

    L’acte tindrà lloc a la sala 22 de l’Ateneu de Cerdanyola del Vallès, a les 18.30 hores.

L’autora:

    Goretti Sánchez Colomé (Barcelona, 1983) és il·lustradora i escriptora, una creadora profundament vinculada al món de l’art des de la infantesa. Va créixer entre llapis, llibretes i càmeres fotogràfiques, moguda per una sensibilitat primerenca cap a la imatge i la paraula com a formes inseparables d’expressió.

    Es va formar en Imatge i So, un àmbit que li va permetre comprendre la narrativa des de la llum, l’enquadrament i el ritme visual.

    Més endavant, va ampliar la seva formació amb una especialització en il·lustració creativa, publicitària i editorial, consolidant un llenguatge propi on conviuen la delicadesa i la força expressiva. Durant molts anys va desenvolupar la seva carrera com a freelance, col·laborant en projectes diversos i explorant múltiples formats, sempre fidel a la seva mirada íntima i poètica.




    
L’any 2021 va publicar el seu primer llibre infantil, Els colors de la vida, una obra que ja deixava entreveure el seu univers sensible i el seu interès pels matisos emocionals que habiten en allò quotidià.





    L’escriptura ha estat una constant en la seva trajectòria, entrellaçada amb la pintura, el dibuix i la fotografia. La seva obra es caracteritza per una recerca honesta de la bellesa en la imperfecció i per una exploració sincera de la fragilitat humana.

L’obra:

    En aquest llibre de relats poètics il·lustrats, Goretti reuneix textos i imatges gestats al llarg d’una extensa etapa vital. L’obra deixa entreveure les esquerdes de moments difícils, marcats per la intermitència i la duplicitat emocional, on la llum i l’ombra conviuen en tensió. Apnea és un testimoni artístic que transforma la vulnerabilitat en llenguatge i l’experiència en creació, consolidant una veu madura, introspectiva i profundament autèntica.