“La voz del patriarca rompe al fin el silencio:
—Hoy ha venido Fochon. La herencia de su madre no lo ha dejado muy satisfecho... Esperaba recibir la mansión de la Vendée, pero la ha heredado su hermana. Su madre sólo le ha dejado el piso de la rue de Rivoli. ¡Escaso premio de consolación!
El cabeza de familia no ha levantado la vista del plato. Ahora que ha hablado él, los demás pueden tomar la palabra. Eugénie le echa un vistazo a su hermano, quien, sentado frente a ella, mantiene la cabeza inclinada sobre la cena, así que aprovecha la oportunidad.
—En París se comenta que Victor Hugo está muy débil. ¿Sabes tú algo, Théophile?
Sin dejar de masticar la carne, su hermano la mira sorprendido.
—Tanto como tú.
Su padre la mira a su vez, sin advertir la chispa de ironía que le ilumina los ojos.
—¿Dónde, de París, has oído eso?
—En los puestos de periódicos. En los cafés.
—No me gusta que andes por los cafés. Es vulgar.
—Sólo voy a leer.
—Me da igual. Y no menciones el nombre de ese individuo en esta casa. Es cualquier cosa menos republicano, por mucho que digan algunos.
La chica, que tiene diecinueve años, reprime una sonrisa. Si no lo provocara, su padre no se dignaría mirarla. Sabe que al patriarca sólo le interesará su existencia cuando la pretenda alguien de buena familia, es decir, de una familia de abogados o notarios. Ése será el único valor que tendrá a ojos de su padre: el valor de esposa. Eugénie imagina lo mucho que se enfurecerá cuando le diga que no quiere casarse. Lo decidió hace tiempo. No está dispuesta a llevar la misma vida que su madre, sentada a su derecha, una vida confinada entre las paredes de un hogar burgués, sometida a los horarios y las decisiones de un hombre, una vida sin ambiciones ni pasión, sin ver otra cosa que su imagen en el espejo —suponiendo que aún se reconozca en él—, una vida sin otro objeto que tener hijos ni otra preocupación que elegir el atuendo del día. Justo todo lo que ella no desea. Es decir, que desea todo lo demás.
A la izquierda de su hermano, su abuela paterna le dedica una sonrisa. Es el único miembro de la familia que realmente la ve tal como es: optimista y orgullosa, pálida y morena, con la mente despejada y unos ojos curiosos —el izquierdo, con una pinta oscura en el iris—, que lo observan todo y toman nota de todo en silencio. Y, por encima de cualquier cosa, con la necesidad de no sentirse limitada, ni en su saber ni en sus aspiraciones, una necesidad tal que a veces le forma un nudo en la boca del estómago.
El señor Cléry mira a Théophile, que sigue comiendo con apetito. Cuando se dirige a su primogénito, su tono se suaviza.
—¿Has podido estudiar los nuevos libros que te di, Théophile?
—Todavía no, voy un poco retrasado con las lecturas. En cuanto comience marzo, me pongo a ello.
—Dentro de tres meses empiezas como pasante en el bufete, para entonces quiero que hayas acabado de revisar todo lo que tienes.
—Delo por hecho. Y ahora que caigo, mañana a mediodía no estaré. Voy a un salón de debate. Y estará Fochon hijo, por cierto.
—No menciones la herencia de su padre, o le darás la puntilla. Pero, claro, sí, ve a ejercitar la mente. Francia necesita jóvenes que reflexionen.
Eugénie alza los ojos hacia su padre.
—Cuando habla de jóvenes que reflexionen, se refiere a chicos y chicas, ¿verdad, padre?
—Te lo tengo dicho: el sitio de las mujeres no está en la vida pública.
—Es triste imaginar París sólo con hombres...
—Para, Eugénie.
—Los hombres son demasiado serios, no saben divertirse. Las mujeres, en cambio, saben ser serias, pero también reír.
—No me contradigas.
—No le contradigo. Hablamos. Es precisamente lo que usted le anima a hacer mañana a Théophile con sus amigos...
—¡Basta! Te lo he dicho muchas veces: en mi casa no tolero la insolencia. Puedes levantarte de la mesa.
El padre golpea el plato con los cubiertos y lanza una mirada desafiante a su hija. Los nervios crispados le erizan los pelos de las patillas y el poblado bigote que le delinean el rostro. La frente y las sienes se le han puesto rojas. Al menos, esta noche Eugénie ha conseguido provocarle alguna emoción.
La chica deja los cubiertos dentro del plato y la servilleta sobre la mesa, se levanta, se despide de todos con un movimiento de la cabeza y, en absoluto arrepentida por la discusión, abandona el comedor bajo la mirada consternada de su madre y divertida de su abuela.
—Hoy no has podido aguantarte, ¿eh?
Ha anochecido. En uno de los cinco dormitorios de la casa, Eugénie ahueca los cojines y las almohadas. Detrás de ella, en camisón, su abuela espera a que acabe de prepararle la cama.
—Necesitábamos divertirnos un poco. La cena estaba siendo triste a más no poder. Venga, abuela.
Eugénie coge la arrugada mano de la anciana y la ayuda a sentarse en la cama.
—Tu padre ha estado de mal humor hasta el postre. Deberías procurar no enfadarlo. Y lo digo por ti.
—No se preocupe, papá ya no podría apreciarme menos.
Eugénie levanta las delgadas piernas desnudas de su abuela y la ayuda a deslizarlas bajo las sábanas.
—¿Tiene frío? ¿Le echo otra manta?
—No, cariño, estoy bien así.
La chica se pone de cuclillas ante el bondadoso rostro de la mujer a la que arropa todas las noches. La mirada de sus ojos azules la reconforta; su sonrisa, que le alza las arrugas y le pliega los párpados, rebosa ternura. Eugénie la quiere más que a su propia madre; quizá, en parte, porque su abuela la quiere más que si fuera su propia hija.
—Mi pequeña Eugénie... Tu mayor cualidad se convertirá en tu peor defecto: eres libre.”
((El subratllat és nostre)
El baile de las locas
Victoria Mas
traduit per José Antonio Soriano Marco
Salamandra, 2021
Páginas 26-29








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