23 de maig 2010

El placer de leer

Gustavo, miembro del grupo, nos hace llegar un escrito del escritor José Luis Sampedro en defensa de la labor de divulgación y fomento de la lectura realizado por la red de bibliotecas públicas y en contra de la pretensión de la SGAE de imponer un cánon al préstamo de libros :



POR LA LECTURA

"Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un maestro nacional llamado don. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a una bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos.
Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas.
Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.
Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.
Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña."

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

José Luis Sampedro

19 de maig 2010

Alice Munro, fragmento


“Ahora todos estos nombres que he estado reuniendo se relacionan con las personas vivas en mi mente, y con las cocinas perdidas, el lustroso borde niquelado en los amplios fogones de presencia dominante, los escurrideros de madera verde que nunca se secaban del todo, la luz amarilla de las lámparas de petróleo. Las lecheras en el porche, las manzanas en el sótano, los tubos de las estufas atravesando los agujeros del techo, el establo calentado en invierno por los cuerpos y el aliento de las vacas: esas vacas a quienes todavía hablábamos con palabras que eran corrientes en los tiempos del rey que rabió. “¡Sus! ¡Sus!” El salón frío y encerado donde se ponía el ataúd cuando alguien moría. Y en una de esas casas - no recuerdo de quién -, una cuña mágica para sostener la puerta, una gran concha de nácar que yo reconocía como un heraldo venía de cerca y de lejos, porque podía acercármela al oído - cuando no había allí nadie para impedírmelo - y descubrir el tremendo latido de mi propia sangre. "

fragmento de: La vista desde Castle Rock, RBA 2008

Alice Munro

17 de maig 2010

14 de maig 2010

La autora del mes, semblanza

por ANTONIO MUÑOZ MOLINA,
El País 06/08/2005

"Alice Munro tiene una espléndida corola de pelo blanco luminoso y revuelto y una gran sonrisa que se convierte fácilmente en carcajada durante las entrevistas que le hacen en la radio. A los 74 años, no es una de esas mujeres de las que se dice que han debido de ser muy guapas: es una mujer muy guapa, con una cara de expresión tan intensa como las aventuras de su vida, con unos ojos brillantes en los que se mantiene intacta la curiosidad por el mundo que la llevó a concebir para sí misma una resuelta vocación literaria desde el principio de su adolescencia. Las coordenadas de su biografía son las mismas que las de su literatura: nacida en 1931, en una zona rural de la provincia de Ontario, conoció de niña la exaltación de la naturaleza y de los espacios abiertos y también las penurias de la Depresión. Los paisajes canadienses en los que transcurrió su infancia aún conservaban una parte del espíritu de frontera, promesa de aventura y dureza brutal de la existencia que habían conocido no mucho tiempo atrás los pioneros recién llegados, los hombres y mujeres de la generación de los abuelos de Alice Munro. El principio de su vida adulta coincidió con el salto del pasado rural a la prosperidad suburbana y al primer consumismo de los años cincuenta. La niña aventurera y lectora, aficionada a inventar para sí misma novelas y porvenires fabulosos, atada al aislamiento y a la escasez de la granja familiar y al mismo tiempo empapada en las impresiones paradisiacas de una infancia en estrecho contacto con una naturaleza todavía parcialmente indomada, se convirtió primero en estudiante pobre y con beca en una universidad provinciana y luego en ama de casa, atrapada fatalmente en una vida de obligaciones domésticas, embarazos, crianza de hijos, subordinación a la carrera o al negocio del marido, en su caso una librería en Vancouver.

En la universidad, Munro había empezado a publicar algunos cuentos en revistas y a recibir alguna atención. Su retirada hacia la vida familiar la redujo durante años a un silencio que seguramente tenía mucho de capitulación. Desde niña se había sabido rara y distinta, y había comprendido que para no sufrir el escarnio de los demás tendría que disimular, fingir que acataba las expectativas permitidas a una mujer. Preferir secretamente la vocación de la literatura a la de la maternidad tenía algo de impulso de perdición.

De esos años en los que se debió de ver a sí misma atrapada por la invisibilidad y la renuncia, encerrada en la vida de conformidad y confort que retrataban las películas -el marido, los hijos, la casa con jardín, los electrodomésticos- procede un tipo de personaje que se repite mucho en las historias de Alice Munro: la mujer que guarda sus sentimientos y sus pasiones para sí, debajo de una superficie apacible, y que de pronto un día se atreve a hacer algo que le provoca remordimiento pero de lo que no se arrepiente, porque sabe que no podría haber actuado de otra manera. Su último libro de cuentos -que apareció en Canadá y en Estados Unidos el otoño pasado- se llama Runaway (Huida), pero ese título se podría también aplicar a un número considerable de las historias que ha ido publicando desde hace más de treinta años. Las mujeres de Alice Munro huyen de pronto, desertan, se entregan a aventuras eróticas que saben insensatas pero a las que no quieren renunciar, abandonan a sus familias y renuncian a la respetabilidad social y a la solidez económica para instalarse en ciudades lejanas, en baratos apartamentos alquilados. Obtienen trabajos mediocres, escriben cartas, resisten a cuerpo limpio el cerco de la soledad y el desasosiego de la culpa. No son víctimas del abuso físico, cargadas de razones, o mujeres de una altura intelectual o de romanticismo que sus romos maridos no aceptan ni entienden. No son exactamente buenas, ni positivas, a la manera de esas heroínas como de realismo socialista soviético que abundan en la literatura considerada canónicamente de mujeres. Sus maridos las aman y les tienen respeto, pero ellas no están interesadas en el respeto ni en el amor de sus maridos, y les son infieles con mala conciencia, pero también con perfecta convicción, con una distancia fría que es la misma que a veces dedican a sus hijos. Cuidan a esposos o a padres enfermos, cumpliendo antiguas deudas de ternura, y a la vez sienten la molestia inmensa de esa obligación, y desearían salir huyendo de ella.

En las historias de Alice Munro las protagonistas saben que elegir tiene un precio muchas veces muy alto, y que lo más deseado, lo que más se corresponde con la verdad íntima de uno mismo, puede ser dañino o cruel para otros. Su atención cuidadosa y escrutadora a los sentimientos es un cristal transparente que no se empaña nunca de complacencia ni de sentimentalismo. Sus mujeres tienen la tentación urgente del porvenir y el legado de una memoria que las vincula a un ayer extinguido, opresor y mezquino, marcado por la pobreza y las tristes sombras familiares, pero también iluminado por las sensaciones de la infancia. Dice Alice Munro que tiene muy buena memoria: que al ver al cabo de 50 años una foto en blanco y negro de los alumnos de su clase podía acordarse de los colores de la ropa que cada uno llevaba. En su escritura, tan limpia, está esa claridad en las percepciones, esa capacidad de revivir los pormenores de un objeto vulgar o de una planta o del plumaje de un pájaro y de transmitir el tono de una voz y las singularidades del habla de alguien.

La oí decir hace poco, en la radio, que muchas veces ha empezado historias que le parecían destinadas a convertirse en novelas, pero que siempre acaban siendo relatos más o menos cortos, con frecuencia sutilmente conectados entre sí. Lo decía riéndose, como aceptando una fatalidad contra la que no puede hacer nada. Pero los relatos de Alice Munro contienen muchas veces novelas enteras, abarcan amplitudes temporales y saltos de generaciones que uno no imaginaba que pudieran caber en el espacio de unas pocas decenas de páginas. "Veo la vida como piezas separadas que no acaban de encajar entre sí", decía en esa entrevista: pero esas piezas, en la trama de sus relatos, muy detallados y a la vez despojados de lazos precisos de continuidad, trazan perspectivas temporales que nos sobrecogen con ese sentimiento de duración, de aprendizaje y de pérdida, que parece privativo de la novela. Hay cuentos de Alice Munro que contienen una novela río en la limpia brevedad de un vaso de agua.

Su mundo es limitado, en el espacio y en el tiempo, en el repertorio de sus temas y de sus imágenes, y a la vez parece prácticamente infinito. Desde la primera línea uno sabe que ha ingresado en un cuento de Alice Munro y agradece esa familiaridad, y al mismo tiempo se mantiene alerta para apresar los nuevos matices, los quiebros, los espacios en blanco, las sorpresas con las que sin duda va a encontrarse. En la literatura los márgenes se convierten en el centro. Lugares y vidas dejados de la mano de Dios resultan contener un mapa preciso y palpitante y completo del mundo: el Sur de Faulkner, la Trinidad de las primeras novelas de V. S. Naipaul, los barrios judíos de Varsovia y las aldeas del Este de Europa de Bashevis Singer, la Santa María provinciana de Juan Carlos Onetti. A ese gran planisferio de la literatura moderna Alice Munro ha añadido su rincón apartado de la provincia de Ontario, habitado por mujeres tan bravas y rectas como ella, por seres ásperos, pintorescos y perdidos de un mundo que ya no existe. Su naturalidad es tan perfecta, sus personajes parecen tan comunes, que no siempre se advierte a primera vista la magnitud de su talento. Esa señora canadiense de pelo blanco, de voz educada e irónica, de risa fácil, es uno de los grandes en la literatura de ahora mismo."


11 de maig 2010

Una página amiga

En el apartado de espacios fraternos y en el brogoll, hemos enlazado el blog de MaríaTeresa Fuentes "La hora Violeta". Teresa es una educadora, formadora y dinamizadora cultural, especialmente en el colectivo de las mujeres. Afincada desde hace tiempo en el sur, es una gran amante de la lectura y los libros, además de gran amiga de algunos de los miembros de Vespres Literaris.
Desde este espacio de lecturas y encuentros, ¡un saludo Teresa!
¡Qué disfrutéis de los blogs de Teresa!.

9 de maig 2010

Votaciones temporada 2010-2011

Este es el resultado de las votaciones de las propuestas de lecturas para la temporada próxima. Recordad que han salido elegidos nueve títulos porque el libro de Gustavo Nerín, Un guardia cívil en la selva, elegido, en principio, para la presente temporada, pasa a ser la primera lectura de la próxima. En cuanto al calendario, os lo haremos saber lo antes posible.

Clasif.TítuloAutorPuntos
1Señora de rojo sobre fondo grisMiguel Delibes169
2 Digues que m’estimes encara que sigui mentida: sobre el plaer solitari d’escriure i el vici compartit de llegir Montserrat Roig156
3Un saco de canicas Joseph Joffo 152
4Tres mujeres fuertes Marie Ndiaye 152
5Las dos ancianasVelma Wallis152
6SolitudCaterina Albert (Victor Català)150
7 El desajuste del mundo: cuando nuestras civilizaciones se agotan Amin Maalouf 148
8 La sombra del ciprés es alargada Miguel Delibes148
9El tiempo entre costurasMaria Dueñas147
10Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentíaJosé Antonio Marina143
11Confieso que he vividoPablo Neruda132
12 La hija de Robert Poste Stella Gibbons 131
13Vida y destinoVasili Grossman124
14La amante en guerraMaruja Torres121
15El caballero de la armadura oxidadaRobert Fisher121
16La bodegaNoahGordon118
17Una mañana perdida Gabriela Adamesteanu 113
18Tiempo de silencioLuís Martín Santos104
19Olor de colòniaSilvia Alcàntara104
20SicarioAlberto Vázquez Figueroa103
21HamelinJuan Mayorga102
22Duelo de noche María Antonieta Mendívil Gámez 98
23Una habitación en BabelEliancer Cansino96
24El silenci dels arbrersEduard Màrquez92
25Surrealismo, eros y políticaAlyce Mahon87
26El país del miedoIsaac Rosa85
27Maldito KarmaDavid Safier80