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01/01/2025

discurs nobel literatura 2024

 



La luz y el hilo

por Han Kang

    "En enero del año pasado, cuando estaba vaciando un trastero para una mudanza, me encontré una vieja caja de zapatos. Al abrirla, descubrí unos diarios que había llevado de niña. Fue entre esos diarios donde encontré un cuadernillo encuadernado a mano con la palabra Poemario escrita a lápiz en la portada. Eran cinco hojas de papel reciclado tamaño A5, dobladas por la mitad y grapadas. Debajo del título había dos líneas irregulares dibujadas una al lado de la otra: una escalera de seis peldaños que subía por la izquierda y otra de siete peldaños que bajaba por la derecha. ¿Era una especie de ilustración de portada? ¿O se trataba solo de un garabato? En la contraportada figuraban el año 1979 y mi nombre, y dentro había ocho poemas, todos escritos a lápiz con la misma letra que el título de la portada. En la parte inferior de cada página aparecían ocho fechas distintas siguiendo un orden cronológico. Y entre las inocentes y torpes frases propias de una niña de ocho años, me llamó la atención un poema fechado en abril que comenzaba con estos versos:

¿Dónde está el amor?

Dentro de mi pecho palpitante.

¿Qué es el amor?

El hilo dorado que une nuestros corazones.

    En ese instante, dando un salto atrás en el tiempo de cuarenta años, recordé la tarde que pasé elaborando ese cuadernillo: el lápiz gastado al que le puse una tapa de bolígrafo para hacerlo más largo, las migajas de la goma de borrar, la grapadora metálica que cogí a escondidas de la habitación de mi padre… Íbamos a mudarnos pronto a Seúl y quise reunir los poemas que había garabateado en trozos de papel, en márgenes de cuadernos y libros de texto y en diarios. Recuerdo también que no quise enseñarle a nadie ese Poemario.

    Antes de volver a guardar los diarios y el cuadernillo en la caja de zapatos y ponerle la tapa, tomé una foto con mi móvil a ese poema en particular, pues sentí que había cierta conexión entre las palabras que había usado aquella niña de ocho años y la mujer que soy ahora: el corazón dentro del pecho palpitante, lo que une nuestros corazones, el hilo que los conecta, ese hilo dorado y brillante que emana luz.

    Catorce años más tarde, con la publicación de mi primer poema y de un relato corto al año siguiente, me convertí formalmente en escritora. Pasaron otros cinco años hasta que publiqué mi primera novela, que tardé unos tres años en llevar a su término.

    Disfruto escribiendo poesía y relatos cortos, pero hay algo especial en escribir novelas. El proceso de completar cada una de ellas me ha llevado entre uno y siete años, por lo que se corresponden con periodos importantes de mi vida personal. Esta es precisamente la razón que más me atrae de ellas. Las novelas permiten que me demore en ellas el tiempo necesario para formularme preguntas lo suficientemente importantes y urgentes como para que no me importe entregar a cambio esos años de mi vida.

    Cada vez que escribo una novela, sobrellevo esas preguntas y habito en ellas. Y, cuando llego al fondo de esas preguntas —no de las respuestas—, doy fin a la novela. Transformada por el proceso de escribirla, ya no soy la misma persona que era al comenzarla, y al alcanzar ese nuevo estadio puedo empezar una nueva. Las preguntas se unen como cadenas, se superponen como fichas de dominó, y dan comienzo a una nueva novela.

    De 2003 a 2005, mientras escribía La vegetariana, mi tercera novela, habité en el interior de algunas preguntas dolorosas: ¿Puede una persona ser completamente inocente? ¿Podemos rechazar la violencia en todas sus formas? ¿Qué ocurre cuando alguien desea dejar de formar parte de la especie humana para rehuir de la violencia?

    Es por estas razones por las que Yeonghye se niega a comer carne, termina por creerse una planta y se niega a tomar otro alimento que no sea agua. Y se produce la paradójica situación de que, en su deseo de rechazar la violencia, se acerca cada vez más a la muerte. Tanto Yeonghye como su hermana Inhye, la otra protagonista de la novela, gritan en silencio, sufren pesadillas y pasan por momentos demoledores hasta que finalmente quedan ellas solas. Mi deseo era que Yeonghye siguiera con vida, por eso la escena final transcurre en una ambulancia. Esta avanza a toda velocidad entre los árboles de flameante verdor mientras la hermana mayor se queda mirando fijamente por la ventanilla, como esperando una respuesta, como protestando contra algo. Toda la novela es una permanente interrogación, una mirada inquisitiva, una especie de resistencia en espera de una respuesta.

    Mi siguiente novela, El viento sopla, vete, profundiza en estas preguntas. Si no podemos rechazar la vida y el mundo para rehuir de la violencia, y tampoco podemos convertirnos en plantas, ¿cómo seguir adelante? En esta novela, que se organiza como una trama de misterio en la que se confrontan y contradicen oraciones en redonda y en cursiva, la protagonista, que lleva mucho tiempo luchando contra la sombra de la muerte, arriesga su vida para demostrar que la repentina muerte de su amiga no fue un suicidio. Mientras escribía la escena final, en la que la protagonista se arrastra a duras penas por el suelo para alejarse de la muerte y la violencia, me pregunté si no deberíamos finalmente sobrevivir, si no deberíamos dar testimonio de la verdad con nuestras vidas.

    En La clase de griego, mi quinta novela, seguí ahondando en estas cuestiones. Una mujer que ha perdido el habla y un hombre que está perdiendo gradualmente la vista se abren paso a través del silencio y la oscuridad de sus respectivos mundos hasta que sus caminos se cruzan. Al escribir esta novela, me concentré en los momentos táctiles. La novela avanza lentamente hasta una escena en que la mujer escribe unas palabras en la palma del hombre con su dedo índice. En ese instante luminoso que se dilata como la eternidad, ambos se muestran mutuamente las partes más tiernas de sí mismos. La pregunta que me hice fue si el contemplar la parte más tierna de un ser humano, acariciar su innegable calidez, no es finalmente lo que hace que podamos vivir en este mundo fugaz y violento.

    Al llegar al fondo de esa pregunta, empecé a pensar en lo que escribiría a continuación. Fue en la primavera de 2012. Quería hacer una novela que diera un paso más hacia la luz y la calidez. La llenaría de sensaciones deslumbrantes y transparentes que abrazaran por fin la vida y el mundo. Pero, después de ponerle un título y escribir las primeras veinte páginas, tuve que dejarla porque me di cuenta de que había algo en mí que me impedía seguir adelante con ella.

    Hasta ese momento nunca se me había pasado por la cabeza escribir sobre la masacre de Gwangju. Cuando empezaron las matanzas, en mayo de 1980, yo tenía nueve años y solo cuatro meses antes nos habíamos mudado a Seúl. Años después, cuando ya tenía doce, me topé con un libro puesto boca abajo en una estantería de la biblioteca. Su título era Álbum de fotos de Gwangju, y, sin que se enteraran los adultos, lo abrí y lo hojeé. Contenía fotografías de civiles y estudiantes asesinados con porras, bayonetas y balas por resistirse a la dictadura militar instaurada mediante un golpe de Estado. El libro había sido publicado y distribuido en secreto por los supervivientes y los familiares de los masacrados con el fin de dar testimonio de cómo el gobierno de facto falseaba los hechos mediante el férreo control de los medios de comunicación. En aquel entonces yo era pequeña y no podía entender las implicaciones políticas de esas imágenes, pero aquellos rostros destrozados quedaron grabados en mi mente como un interrogante fundamental acerca de la naturaleza humana: ¿Los seres humanos eran capaces de hacer cosas tan horribles a sus semejantes? Al mismo tiempo, al ver en el mismo libro otras fotografías que mostraban a gente haciendo colas interminables frente a un hospital universitario para donar sangre a los heridos, me hice otra pregunta: ¿Los seres humanos eran capaces de mostrar tanta nobleza hacia sus semejantes? Estas dos preguntas incompatibles chocaban entre sí y acabaron convirtiéndose en un enigma irresoluble.

    Así pues, aquel día de la primavera de 2012, cuando intentaba escribir esa “novela deslumbrante y transparente que abraza la vida”, me encontré de nuevo confrontada a preguntas para las que nunca había tenido respuestas. Hacía tiempo que había perdido mi fe en la humanidad y no podía abrazar el mundo. Comprendí que, si quería seguir adelante, primero tenía que hacer frente a ese enigma imposible, y que únicamente la escritura podía ayudarme a penetrar en él.

    A lo largo de todo ese año esbocé una novela en la que lo ocurrido en Gwangju era solo una de las capas de la narración. Y luego, una tarde de diciembre, fui al cementerio de Mangwol-dong. El día anterior había caído una fuerte nevada, y al anochecer, cuando salía del cementerio helado con la mano sobre el corazón, decidí que escribiría una novela que abordara la masacre de Gwangju de frente, no de soslayo como una mera capa de la narración. Conseguí un libro que contenía más de novecientos testimonios y durante todo un mes dediqué nueve horas diarias a su lectura. También leí sobre otros casos de violencia de Estado y genocidios que el ser humano ha perpetrado repetidamente en distintos lugares del mundo a lo largo de la historia.

    Mientras realizaba esa labor de documentación, tenía en mente dos preguntas. Eran las mismas preguntas que, a mis veintitantos años, escribía en la primera página de todos los diarios que empezaba:

¿Puede el presente ayudar al pasado?

¿Pueden los vivos salvar a los muertos?

    Y cuanto más leía, más imposible me parecía responder a esas preguntas. Me estaba enfrentando a las zonas más oscuras del ser humano, y mi fe en la humanidad, ya de por sí resquebrajada, se hizo añicos. Cuando casi me había resignado a no poder avanzar con la novela, leí el diario de un joven profesor de escuela nocturna. Se llamaba Park Yong-joon y era un hombre tímido y callado que había participado en los diez días de autogobierno que se instauró en Gwangju después de que los soldados se retiraran brevemente de la ciudad. Fue asesinado en el edificio de la YWCA, cerca del Ayuntamiento, donde había decidido quedarse aun sabiendo que los soldados regresarían al amanecer. Esa última noche escribió lo siguiente: “Dios mío, ¿por qué tengo una conciencia que me hostiga y daña de esta manera, cuando yo lo que quiero es vivir?”.

    En cuanto leí esta frase, fue como si cayera un rayo que iluminara la dirección que debía tomar mi novela. Entonces supe que tenía que darles la vuelta a esas dos preguntas y formularlas de otro modo:

¿Puede el pasado ayudar al presente?

¿Pueden los muertos salvar a los vivos?

    Más tarde, mientras escribía lo que se convertiría en Actos humanos, hubo momentos en los que realmente sentí que el pasado ayudaba al presente, que los muertos salvaban a los vivos. De vez en cuando volvía a aquel cementerio y, curiosamente, siempre hacía un día claro y despejado. Cerraba los ojos y el resplandor anaranjado del sol inundaba el interior de mis párpados. Podía sentir la luz de la vida. Sentía que la luz y el aire envolvían mi cuerpo en una indescriptible calidez.

    Las preguntas que me han perseguido desde que vi aquel álbum de fotos a los doce años fueron: ¿Cómo pueden los seres humanos ser tan violentos? ¿Cómo pueden resistir y enfrentar una violencia tan abrumadora? ¿Qué significa pertenecer a esa especie que llamamos humana? Para cruzar el abismo insalvable que se abre entre el horror humano y la dignidad humana, hacía falta la ayuda de los muertos, de la misma manera que el joven Dongho, el protagonista de la novela, camina hacia la luz del sol llevando de la mano a su madre.

    Naturalmente, no podía revertir lo que les había sucedido a los muertos, los deudos y los supervivientes. Lo único que podía hacer era prestarles las sensaciones, las emociones y la vida que pulsaban a través de mi cuerpo. Quería encender una vela al principio y al final de la novela, así que situé la primera escena en la Sala del Comercio, que era el lugar adonde llegaban los cadáveres y se celebraban los funerales de los masacrados. Allí vemos cómo Dongho, un muchacho de quince años, tiende paños blancos sobre los cadáveres y enciende velas, al tiempo que mira fijamente su centro, el corazón azulado de la llama.

    El título en coreano de esta novela es Viene el chico. En el momento en que es llamado, el muchacho despierta en medio de la tenue oscuridad y camina hacia el presente. Lo hace con el paso propio de las almas. Se aproxima cada vez más hasta que el momento se convierte en presente. Mientras escribía este libro, comprendí que cuando llamamos Gwangju a un lugar en que la crueldad y la dignidad humanas existieron simultáneamente en formas extremas, ese término deja de ser el nombre propio de una ciudad para convertirse en un sustantivo común. Es un presente que, a través del tiempo y el espacio, viene hacia nosotros una y otra vez. Incluso en este mismo momento.

    Cuando Actos humanos se publicó en la primavera de 2014, me sorprendió que los lectores me confesaran lo mucho que les dolía leer la novela. Eso me hizo pensar en la relación que existe entre el dolor que yo había sentido al escribirla y el que la gente decía sentir al leerla ¿Cuál es la razón de ese dolor? ¿Es porque queremos creer en la humanidad y nos destruye ver que esa creencia se tambalea? ¿Es porque queremos amar a la humanidad y nos duele que ese amor se haga añicos? ¿El sufrimiento nace del amor? ¿El sufrimiento es una prueba de amor?

    En junio de ese mismo año, tuve un sueño. Soñé que caminaba por una llanura mientras caía una nieve rala. Había miles y miles de troncos negros plantados y, detrás de cada uno de ellos, se levantaba un túmulo funerario. De repente sentía agua bajo mis zapatillas y, al mirar hacia atrás, en lugar del horizonte, veía el mar que subía rápidamente. “¿Por qué están estas tumbas en este lugar?”, me preguntaba. Los huesos de las tumbas de más abajo ya habían sido arrastrados por el agua, y pensé que había que trasladar los de las tumbas superiores antes de que fuera demasiado tarde. Pero ¿cómo hacerlo? Ni siquiera tenía una pala y el agua ya me llegaba a los tobillos. Cuando me desperté y miré hacia la ventana todavía a oscuras, sentí que ese sueño me estaba diciendo algo importante. Una vez que lo anoté, supe que podría ser el principio de mi próxima novela.

    Sin saber aún qué tipo de obra sería, escribí y borré los inicios de diversas historias que podían derivarse de ese sueño. Finalmente, en diciembre de 2017, me fui a vivir a la isla de Jeju, donde permanecí durante más de dos años al tiempo que iba y venía de Seúl. La novela se fue perfilando mientras caminaba por los bosques, las playas y las calles de los pueblos de la isla, mientras sentía la intensidad de su clima a través del viento, la luz y las nevadas. De forma similar a como escribí Actos humanos, leí testimonios de supervivientes y estudié numerosas fuentes y archivos, y así fue como, conteniéndome al máximo y haciendo frente a detalles tan atroces que no creí capaz de poner en palabras, por fin publiqué Imposible decir adiós. Habían transcurrido alrededor de siete años desde la mañana en que soñé con aquellos troncos negros y el mar que iba subiendo.

En los cuadernos que utilicé mientras escribía la novela, hice anotaciones como estas:

La vida quiere vivir. La vida es cálida.

Morir es volverse frío. La nieve acumulada sobre la cara no se derrite.

Matar es enfriar.

El hombre en la historia y el hombre en el universo.

Vientos y corrientes marinas. El ciclo del agua y del viento que conecta al mundo. Estamos conectados. Conectados sí o sí.

    Imposible decir adiós se estructura en tres partes. La primera es el viaje horizontal que emprende Gyeongha desde Seúl hasta la casa de su amiga Inseon en las montañas de Jeju, atravesando una fuerte nevada para salvar la vida de un pájaro. La segunda parte es un viaje vertical a los abismos del mar, en el que Gyeongha e Inseon descienden juntas a la noche de la humanidad, a los días de la masacre de civiles en la isla de Jeju en el invierno de 1948. En la tercera y última parte, ambas encienden una vela en el fondo de ese oscuro mar.

    Aunque la novela avanza gracias a las dos amigas, de igual modo que se turnan para sostener la vela, la verdadera protagonista es Jeongsim, la madre de Inseon. Tras sobrevivir a la masacre de la isla de Jeju, la mujer lucha por encontrar los restos de sus seres queridos, aunque solo sea el más mínimo trozo de hueso, con el fin de darles un entierro digno. Es alguien que se niega a poner fin al duelo. Alguien que abraza el dolor y lucha contra el olvido. Alguien que se niega a decir adiós. Al contemplar su vida, donde durante tanto tiempo han hervido el dolor y el amor a la misma densidad y temperatura, me preguntaba: ¿Cuánto podemos amar? ¿Dónde están nuestros límites? ¿Cuánto tenemos que amar para seguir siendo humanos después de todo?

    Han pasado tres años de la publicación de Imposible decir adiós y aún no he terminado mi siguiente novela. Cuando la haya acabado, tengo otra esperándome desde hace tiempo. Formalmente se relacionaría con Blanco, una obra que escribí con el deseo de prestarle mi vida a mi hermana, que murió a las dos horas de nacer, y con el fin de indagar en aquello que hay de indestructible en todos nosotros. No sé cuándo la terminaré, pero seguiré escribiendo, aunque sea a ritmo lento. Dejaré atrás lo que he escrito hasta ahora y avanzaré lo más lejos que me permita la vida, hasta que un día doblaré una esquina y ya no podré ver los libros que escribí en el pasado.

    Mientras continúo avanzando lo más lejos posible, mis libros, que tienen vida propia, también viajarán siguiendo su propio destino. Al igual que las dos hermanas que permanecen juntas para siempre en una ambulancia mientras, más allá de la ventanilla, los árboles parecen arder en llamas de un intenso verdor; al igual que la mujer que no tardará en recuperar el lenguaje pero que, rodeada de oscuridad y silencio, escribe con su dedo en la palma de un hombre; y al igual que mi hermana, muerta a las dos horas de nacer, y que mi joven madre, que no dejó de decirle a aquel bebé: «No te mueras, por favor». ¿Hasta dónde llegarán todas esas almas de color naranja intenso que se agolpaban bajo mis párpados y me envolvían en un calor indescriptible? ¿Hasta dónde llegarán las velas de quienes juran no decir nunca adiós, encendidas en todos los lugares donde se ha cometido una matanza, en todos los tiempos y espacios asolados por una violencia abrumadora? ¿Viajarán en un hilo de oro de mecha en mecha, de corazón en corazón?

    En aquel cuadernillo que encontré en una vieja caja de zapatos en enero del año pasado, mi yo de abril de 1979 se hacía dos preguntas:

¿Dónde está el amor?

¿Qué es el amor?

    Entretanto, hasta el otoño de 2021 en que publiqué Imposible decir adiós, siempre había considerado que las dos preguntas que constituían el núcleo de mi obra eran:

¿Por qué el mundo es tan violento y doloroso?

¿Y cómo es posible que aun así sea tan bello?

    Durante mucho tiempo creí que la tensión y la lucha interior que desencadenaban en mí esas dos preguntas habían sido el motor de mi escritura. Desde mi primera novela hasta la más reciente, mis preguntas se habían ido desarrollando y cambiando de forma, pero en el fondo se habían mantenido constantes. Sin embargo, hace dos o tres años, empecé a dudar de ello. ¿Realmente fue a partir de la publicación de Actos humanos cuando me pregunté por primera vez sobre el amor y el dolor que nos unen? Desde mi primera novela hasta la última, ¿la capa más profunda de todas mis preguntas no ha estado siempre dirigida hacia el amor? ¿No ha sido este el matiz más antiguo y fundamental de mi vida? El amor se sitúa en un lugar muy íntimo: “Dentro de mi pecho palpitante”, escribió la niña de abril de 1979. Y a la cuestión de qué es ese amor, respondió: “El hilo dorado que une nuestros corazones”.

    Cuando escribo, utilizo todo mi cuerpo. Utilizo todos los detalles sensoriales que me proporcionan el ver, el oír, el oler, el saborear, el sentir la suavidad, el calor, el frío, el dolor, la sed y el hambre, el latir del corazón, el caminar y el correr, el tomarse de las manos, el notar sobre la piel el viento, la nieve y la lluvia. Como ser mortal que posee un cuerpo de sangre caliente, intento infundir en mi escritura estas vívidas sensaciones como una corriente eléctrica, y me asombro y emociono cuando siento que esa corriente traspasa al lector. Cuando me doy cuenta de que el lenguaje es el hilo que nos conecta, y de que mis preguntas llegan a través de ese hilo por el que fluyen la luz y la corriente de la vida, me siento profundamente agradecida hacia todos los que se han conectado conmigo y hacia todos los que lo harán en el futuro."

© The Nobel Foundation, 2024
© Han Kang, 2024
© Sunme Yoon, por la traducción, 2024.

Discurso de aceptación del premio Nobel de literatura 2024
en El País
19/12/2024

10/10/2024

premi nobel literatura 2024

 


    L’autora sud-coreana Han Kang és la guanyadora del premi Nobel de literatura d’enguany. El jurat de la Acadèmia ha destacat la seva “intensa prosa poètica que confronta traumes històrics i exposa la fragilitat de la vida humana”.






Dos poemes de la flamant premi Nobel:

Negrísima casa de luz

Aquel día en Ui-dong
caía el aguanieve
y mi cuerpo, compañero de mi alma,
tiritaba con cada lágrima derramada.

Sigue tu camino.

¿Está dudando?
¿Qué estás soñando, flotando así?

Casas de dos pisos encendidas como flores,
debajo de ellas aprendí la agonía
y hacia una tierra de alegría aún sin tocar
como una tonta extendí una mano.

Sigue tu camino.

¿Qué estás soñando? Sigue caminando.

Hacia los recuerdos que se formaban sobre la farola, caminé.
Allí miré hacia arriba y dentro de la pantalla de luz
había una casa negrísima. Una negrísima
casa de luz

El cielo estaba oscuro y en aquella oscuridad
las aves residentes
volaron deshaciéndose del peso de sus cuerpos.
¿Cuántas veces tendría que morir para volar así?
Nadie sostendría mi mano.

¿Qué sueño es tan hermoso?
¿Qué recuerdo
brilla con tal fulgor?

El aguanieve, como las puntas de los dedos de la madre,
se amontona en mis cejas despeinadas
golpea las heladas mejillas y de nuevo
acaricia ese mismo lugar,

Date prisa y continúa tu camino.


Invierno a través de un espejo

1.

Mirar la pupila de una llama.
Azulado
corazón
ojo moldeado
lo más caliente y brillante
eso que lo rodea
la llama interior naranja
lo que parpadea más
eso que rodea de nuevo
la llama externa semitransparente
mañana por la mañana, la mañana
que parto a la ciudad más alejada
esta mañana
el ojo azulado de una llama
mira más allá de mis ojos.

2.

Ahora mi ciudad es mañana de primavera, si traspasas el centro de la tierra, taladras recto hasta el centro sin vacilar, esa ciudad aparece, la diferencia horaria allí exactamente doce horas menos, la estación exactamente medio año atrás de modo que aquella ciudad es ahora una tarde de otoño, como si siguiéramos en silencio a alguien a quien la ciudad sigue detrás de la mía, para cruzar la noche para cruzar el invierno espero en silencio, mientras mi ciudad deja atrás a aquella como alguien que te adelanta en silencio

3.

Dentro del espejo el invierno está esperando
Un lugar frío
Un lugar totalmente frío
tan frío
que los objetos no pueden temblar
tu cara (congelada una vez)
no puede hacerse añicos
No extiendo mi mano
tú tampoco
quieres extender la mano
Un lugar frío
Un lugar que se mantiene frío
tan frío
que las pupilas no pueden vacilar
los párpados
no saben cómo cerrarse (juntos)
Dentro del espejo
el invierno espera y
dentro del espejo
no puedo evitar tus ojos y
tú no quieres extender la mano

4.

Dijeron que volaríamos durante un día entero.
Dobla bien veinticuatro horas métetelas en la boca y
entra en el espejo dijeron.
Cuando haya deshecho el equipaje en una habitación de esa ciudad
debería tomarme un momento para lavarme la cara.
Si el sufrimiento de esta ciudad en silencio me sobrepasa
en silencio me quedaré rezagada y
cuando no estés mirándola durante un instante
me apoyaré en la espalda escarchada del espejo
y canturrearé despreocupada.
Hasta que, habiendo doblado bien veinticuatro horas
y habiéndolas escupido empujadas por tu lengua caliente
vuelvas y me observes

5.

Mis ojos son dos cabos de vela que deslizan gotas de cera mientras consumen la mecha, no es abrasador ni doloroso, dicen que el temblor del núcleo de la llama azulada es el advenimiento de las almas, las almas se sientan en mis ojos y tiemblan, canturrean, la llama externa que se balancea en la distancia oscila para llegar más lejos, mañana partes hacia la ciudad más lejana, aquí estoy yo ardiendo, ahora pones las manos en la tumba del vacío y esperas, la memoria te muerde los dedos como una serpiente, no te abrasas ni te duele, tu inquebrantable rostro no se quema ni se hace añicos.

Poemes pertanyents a Stowed Evening in the Drawer, traduïts per Eva Gallud des de la versió anglesa realitzada per Sophie Bowman.



L’autora sud-coreana Han Kang és la guanyadora del premi Nobel de literatura 2024. En 117 edicions, és el primer cop que un autor de Corea del Sud guanya el Nobel. A més, Kang és, només, la divuitena dona en rebre’l.

El jurat va destacar la seva “intensa prosa poètica que confronta traumes històrics i exposa la fragilitat de la vida humana”. Segons va declarar Mats Malm, secretari permanent de l’Acadèmia Sueca. Com passa sovint, la guanyadora no estava entre els candidats destacats per endur-se el premi Nobel, dotat amb 11 milions de corones sueques, al voltant de 948.000 euros.

L’autora sud-coreana Han Kang és la guanyadora del premi Nobel de literatura 2024. En 117 edicions, és el primer cop que un autor de Corea del Sud guanya el Nobel. A més, Kang és, només, la divuitena dona en rebre’l.

El jurat va destacar la seva “intensa prosa poètica que confronta traumes històrics i exposa la fragilitat de la vida humana”. Segons va declarar Mats Malm, secretari permanent de l’Acadèmia Sueca. Com passa sovint, la guanyadora no estava entre els candidats destacats per endur-se el premi Nobel, dotat amb 11 milions de corones sueques, al voltant de 948.000 euros.

14/07/2024

lectures d'estiu i 14

 

Fuego la sed

María Sánchez


La Bella Varsovia, 2024

Lumen, 2024

pàgines: 114

SINOPSI:

    "Un cuerpo habita un lugar: un cuerpo con sus circunstancias y su historia, en un lugar también con sus circunstancias, también con su historia. Ese lugar no es un decorado, porque tiene la vida de los fantasmas y las estrellas fugaces, la sequía, la hierba, un rebaño de cabras, las huellas que deja en la tierra todo lo que también fue. En los poemas de Fuego la sed toman la palabra los cuerpos y los lugares, sí, para contarnos la historia de un peligro: el que acecha a un mundo —el nuestro— que se extingue. María Sánchez ha escrito un libro militantemente político, militantemente lírico, sobre nuestra relación con nuestro entorno: sobre la forma en la que las decisiones humanas repercuten en el curso de un arroyo o en el vuelo de un pájaro, sobre la desmemoria por la que nos imponemos al territorio, y borramos la posibilidad de otras experiencias.

    La publicación de Cuaderno de campo, el primer libro de poemas de María Sánchez, supuso una revolución en nuestra literatura: una visión del medio rural lejos de los estereotipos, que abrió caminos y planteó un debate. En tiempos de emergencia climática, Fuego la sed ensancha la conversación, reflexiona y nos incluye, apela a la escucha para el conocimiento propio."

L’ AUTORA :

    María Sánchez (Córdoba, 1989) es veterinaria y trabaja con razas autóctonas en peligro de extinción, defendiendo otras formas de relación con la tierra como la agroecología, el pastoreo y la ganadería extensiva.

    Ha publicado los poemarios Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017 y Fuego la sed (La Bella Varsovia, 2024), el ensayo Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019) y Almáciga (Geoplaneta, 2020; con ilustraciones de Cristina Jiménez), un pequeño vivero de palabras del medio rural de las diferentes lenguas de nuestro territorio. 

    Sus poemas han sido publicados en revistas y antologías, y se han traducido al alemán, eslovaco, francés, inglés, italiano, polaco, portugués y rumano.

    Colabora con el suplemento Comer de La Vanguardia y coordina los proyectos Almáciga, que ensancha el libro homónimo, y Las entrañas del texto, con reflexiones sobre el proceso de creación. 

    Entre otros, ha obtenido los premios Orgullo Rural 2019 de la Fundación de Estudios Rurales, Nacional de Juventud 2019 en la categoría de Cultura, Fademur 2019, Fundación Princesa de Girona 2021 en la categoría de Artes y Letras, y la Medalla de Andalucía al Mérito Medioambiental 2023. 

    Ha disfrutado de las residencias literarias de Villa Waldberta (2021) y Escrita no remoto (2023).

     Vive en una aldea en Galicia.



Nadie lo registró

decían que estaban más que acostumbrados
a mirar a la muerte una y otra vez
a la cara

sin memoria
así puedes maldecir un lugar
y despoblarlo

pero una rabia silenciosa
siempre nacerá de los vestigios
de la historia

cuando alguien muere
lloramos
formamos parte del ritual
nos abrazamos nos entregamos
sin mesura
a la despedida

por qué no puedo hacer lo mismo
con un arroyo
un sendero un pantano
una dehesa una familia de árboles
un rebaño un árbol
un ser que se desvanece

ya no llora este paisaje

a nosotros nos cosieron los párpados
para que los muertos no supieran
no contaran

ellos siempre señalaron:

renegad de la nostalgia
en ella también se esconden

el poder
la violencia
la sequía

Fuego la Sed
María Sánchez

13/07/2024

lectures d'estiu, 13

 

Poesía completa

Ana María Moix

Lumen, 2024

pàgines: 208

    Coincidiendo con el décimo aniversario de su fallecimiento, Lumen recupera e incorpora a su catálogo la poesía completa de Ana María Moix, junto con material inédito.

    Ana María Moix fue una poeta excepcional: irónica y tierna, melancólica y provocadora, intensamente moderna. 

    En vida, Moix publicó los libros Baladas del Dulce Jim, No time for ­ owers y Call me Stone, reunidos por Lumen en 1983 con el título de A imagen y semejanza. 

    Ese corpus es el que abre esta Poesía completa al cuidado del editor y crítico literario Andreu Jaume, en la que ven la luz por primera vez dos poemarios inéditos, Palabras, por ejemplo y Cancionero para una dama , escritos entre 1966 y los primeros años de la década de los setenta. La escritora y traductora fue la única mujer que formó parte de la mítica antología de los Nueve novísimos poetas españoles (1970) preparada por Josep María Castellet.

12/07/2024

lectures d'estiu, 12

 

Tengo algunas preguntas para usted

Rebecca Makkai


traductora: Aurora Echevarría

Sexto Piso, 2024

pàgines: 552  


SINOPSI:

    Bodie Kane, autora de un podcast de gran éxito, es invitada a regresar como profesora a Granby School, el internado de élite de New Hampshire en el que se graduó en 1995. En el taller que imparte, sus alumnos proponen crear un true crime sobre el célebre caso que tuvo lugar en Granby durante su época de estudiante, y que durante dos décadas Bodie ha preferido relegar al olvido: el asesinato de Thalia Keith, una de sus antiguas compañeras del instituto. Pese a que en su día un hombre –Omar Evans, el entrenador de atletismo del centro– fue condenado y encarcelado por el crimen, con el tiempo se han ido acumulando evidencias que ponen en duda su culpabilidad. A medida que Bodie vuelve a recorrer el majestuoso campus de Granby, los recuerdos afloran y las dudas comienzan a cercarla: ¿es posible que durante todos estos años ella dispusiera inadvertidamente de información clave para resolver el caso?

    Hipnótica y tremendamente actual, la novela de Rebecca Makkai reflexiona sobre el género del true crime y aborda algunos temas acuciantes de nuestro tiempo: el Me Too y la superación solo aparente de las actitudes machistas, el poder destructor de las redes sociales y la cultura de la cancelación, los mecanismos que articulan la memoria individual y la colectiva…

FRAGMENT:

    "«Has oído hablar de ella», digo, como un desafío, una certeza. A la mujer sentada en el taburete de al lado en el bar del hotel, que ha cometido el error de entablar conversación; al dentista, que se queda sin preguntas sobre mis hijos y se interesa por lo que he estado haciendo. 

    A veces saben a quién me refiero de inmediato. Otras preguntan: «¿No fue ese en el que el tipo la tuvo encerrada en el sótano?». 

    ¡No! No. Ese no. 

    ¿Ese en el que la apuñalaban? No. ¿En el que se subía a un taxi con…? Esa era otra chica. ¿Ese en el que ella iba a la fiesta de la fraternidad, en el que él usaba un palo, en el que utilizaba un martillo, en el que ella lo conocía en un centro de rehabilitación y él…? No. ¿Ese en el que él la miraba correr todos los días? 

    ¿Ese en el que ella cometió el error de decirle que no le venía la regla? ¿El del tío paterno? Espera, ¿el otro del tío paterno? 

    No, el de la piscina. El del alcohol en el…, el pelo de ella alrededor de…, con el tipo que confesó… Exacto. Ese. 

    Asienten, reconfortados por… ¿Por qué? 

    La mujer del taburete de al lado saca el tallo de apio de su Bloody Mary y lo mordisquea. El dentista me pide que me enjuague. Le dan vueltas a su nombre en la lengua, en la memoria. 

    –De ese me acuerdo perfectamente –dicen. 

    «Ese», porque ¿qué es ella ahora sino un caso? Un caso que se conoce o no, un caso con un conjunto limitado de detalles, un caso que, para dominarlo, requiere memorizar mapas y cronologías. 

    –¡El del internado! –exclaman–. Claro que me acuerdo, el del vídeo. ¿Tú la conocías? 

    Es la de la foto que sale si se busca «asesinato en New Hampshire», al lado de otras fotografías policiales de las tragedias relacionadas con las metanfetaminas de los últimos años. La foto –ella riéndose con la boca, no con los ojos, un signo de profunda infelicidad– suele derivar en clickbait. Solo es un recorte de la fotografía del equipo de tenis que sale en el anuario escolar; quien conoció a Thalia puede ver que no estaba realmente disgustada, simplemente le sonreía sin ganas a la cámara. 

    Fue el caso ese del que se habló tanto. 

    Ese en el que ella era suficientemente joven, blanca, guapa y rica como para que la gente le prestara atención. 

    Ese en el que todos éramos suficientemente jóvenes para pensar que alguien más listo que nosotros tendría las respuestas. 

    Ese en el que quizás nos equivocamos. 

    Ese en el que todos, colectivamente, cada uno soportando solo el peso de una pluma, quizás nos equivocamos."

Pàgines 7 i 8

11/07/2024

lectures d'estiu, 11

 

A les dues seran les tres

Sergi Pàmies

Quaderns Crema, 2023

pàgines: 144

per Carlota Rubio
Quadern, El País
14/12/2023

    "Un cop l’any, a les dues són les tres, i no és igual. Cada vegada que el canvi d’hora evidencia que ni tan sols el temps és una certesa inexpugnable, tot trontolla una mica. No es pot evitar el somriure irònic quan és Sergi Pàmies qui titula així un recull de relats sobre la relació atzarosa amb la memòria. Cinc anys després de L’art de portar gavardina (Quaderns Crema, 2019), Pàmies continua barrejant passat, present i imaginació, tot confiant, diu, que els recursos de la narrativa breu l’ajudaran a entendre el que encara és una incògnita. Un llibre troba lectors si el context ho permet, i A les dues seran les tres és el millor del 2023 perquè ve de gust que la narrativa torni a importar tant com la veritat.

    Si els contes de L’art de portar gavardina depuraven literàriament el desamor, la vellesa dels pares i els fracassos adults, A les dues seran les tres serveix a l’autor per preguntar-se sobre què escriure quan tot està relativament bé. És un Pàmies menys ficcional i més autobiogràfic que el dels primers llibres, però sota una façana aparentment senzilla hi ha una estructura narrativa complexa sostenint cada relat. I el Pàmies/narrador ho va avisant. A ‘Dies històrics’, la història d’un conte que no ho arriba ser, explica que volia escriure sobre dos homes que tenen la seva primera cita de Tinder el dia de l’atemptat a les Rambles. Quan descobreix que la cançó ‘Jueves’ de La Oreja de Van Gogh parteix d’una idea semblant, conclou que ha comès un error de judici, i que cal “mantenir-se al marge de l’intent —definitivament demagògic— de posar la realitat al servei de la ficció en comptes de posar la ficció al servei de la realitat”. A ‘La segona persona’, un Pàmies jove vol ser poeta i demana consell a un poeta sènior —que signa amb tres consonants—. Aquest li diu que “la poesia, al meu entendre, també és un artifici”. La recomanació li serveix per passar dels versos narcisistes adolescents a “aplicar un criteri més artesanal per transformar en prosa les turbulències que els havien inspirat”.

    Cal certa violència contra un mateix perquè l’autoficció no es conformi amb justificacions autocomplaents o l’enaltiment de l’autenticitat. Ho explica Vivian Gornick a La situació i la història, un assaig sobre la literatura del jo que Mar Molero ha traduït al català per a L’Altra Editorial: “Tota obra literària té una situació i una història. La situació és el context o les circumstàncies, a vegades la trama; la història és l’experiència emocional que interessa a qui escriu: el discerniment, la saviesa, la cosa que un ha vingut a dir. (...) Qui escriu narrativa personal, com el poeta o el novel·lista, s’ha d’implicar amb el món, perquè aquesta implicació crea experiència, l’experiència crea coneixement i al final és el coneixement —o potser el moviment cap al coneixement— el que compta”. Entre muntanyes de llibres que confonen l’experiència pròpia amb la literatura, A les dues seran les tres sobresurt perquè el jo de Pàmies ens arriba elaborat en forma de coneixement. El desig individual de comprendre es transforma i esdevé una eina útil també per al lector indeterminat. “Llegir a través de la necessitat pròpia, limitada però aclarida, vaig concloure, era ensenyar-se a un mateix a com escriure més bé, i com ensenyar més bé a escriure”, diu Gornick.

    Tant en la narrativa com en els seus articles, Sergi Pàmies escriu contra la grandiloqüència i l’afectació, perquè la realitat no necessita paraules grandiloqüents i afectades que la defensin. El que ens diuen aquests contes és que hi ha molta més riquesa en la digressió artesanal que en el discurs prefabricat, i que la literatura serveix per aprofitar-se de l’atzar i imaginar desenllaços possibles. Tanquem un any prolífic, on s’ha premiat, elogiat i qüestionat la necessitat de la literatura de l’experiència. I per això és bonic fer-ho encapçalant la llista del que ens hem de quedar amb un llibre que celebra l’ofici d’escriptor i el procés laboriós de trobar les paraules correctes per a les coses."

10/07/2024

lectures d'estiu, 10

 

Los Escorpiones

Sara Barquinero


Lumen, 2024

páginas: 816


Los Escorpiones, de Sara Barquinero: chifladura genial sobre el desvalimiento

    En la novela, la huida hunde a los personajes en infiernos narrados con una solvencia visual y plástica pasmosa y una libertad de estilo que elevan el libro a experimento genialoide de una escritora superdotada para la narración de las intimidades averiadas

por Jordi Gracia
Babelia, El País
17/04/2024

    "Ignoro la fortuna comercial que este 23 de abril le esperan a las tropecientas páginas de Los Escorpiones, de Sara Barquinero, pero solo por el hecho de existir sería una buena noticia que anduviese en alguna lista. Su extravagancia no está en sus 800 páginas de extensión, sino en la complejidad de la narración, la sutileza y la trabazón interna de una multitud de historias que no se separan de la voluntad de explorar por tierra, mar y aire el desvalimiento de múltiples personajes en busca de ansiosa y falsa solución a sus desmoronamientos. Ni consiguen explicación ni consiguen rampa de salida, o quizá sí, porque el suicidio casi siempre está ahí revoloteando. La concepción unitaria de una historia que abarca desde las conspiraciones políticas de D’Annunzio y el fascio en 1922 hasta más allá del presente (el tiempo de la narración termina en 2025) no se resiente si el lector se deja mecer por la trama mullida y detecta y anuda las alusiones, los guiños, las pistas de historias entrelazadas que no quieren melodramatizar la angustia vital y el desnortamiento sino narrarlo desde la evidencia de una normalidad rutinaria, dolorosa y persistente.

    Sara es como se llama la autora y la Sara protagonista comparte algunos datos externos con ella: junto a Thomas, lleva los mandos de un relato que tiene muchos portavoces porque así es la realidad material del desvalimiento individual y colectivo. No hay una condición previa ni material ni estructural ni moral ni biológica, no hay una clase tampoco escogida que predetermine una vida sumida en el sentimiento de la desgracia y la impotencia para estabilizar la cabeza, el deseo, las fantasías y la tristeza. Las adicciones son parte sustancial de la existencia de los personajes en forma de alcohol, hierba, cocaína, farmacopea, drogas sintéticas (o foros de internet y videojuegos) sin que nada llame la atención más allá de la autojustificación crónica de otro autopermiso, una raya más, otra pasti, o no, ahora no, pero va a ser que sí, mientras la huida hunde un poco más a los personajes, o a algunos de los personajes, en infiernos a menudo narrados con una solvencia visual y plástica pasmosa y una libertad de estilo, recursos y métodos que elevan el libro a experimento genialoide de una escritora superdotada para la narración de las intimidades averiadas sin grasa sobrante, tensa y precisa, sin digresiones predicativas, sin sermonear casi en ningún momento (quizá alguna vez hacia el final), sintiéndose dueña y señora de un cosmos de historias sin limitación geográfica ni temporal.

    Pero quizá el don más alto de este experimento está en urdir un equilibrio caprichoso y paradójicamente vitalista entre la autonomía de las múltiples historias del libro y la única historia que cuenta, un poco al modo de la historia de historias que es el Quijote: la tentación de atribuir a teorías conspirativas y marcianas los daños íntimos que padece cada cual según sus aficiones y sus delirios, sus fantasías y sus ansiedades, en particular cuando una determinada gama de videojuegos parece estar en el centro de todos los males sin que llegue a saberse si sí o si no (aunque todos sepamos que la cuenta de resultados es la causa que justifica la existencia de cualquier empresa). El músico que no ha vuelto a encontrar la ruta a la creación o la perpetuación de una metáfora musical —la turbación irrevocable que causa la exposición a un determinado sonido, incluidas las camareras— a lo largo de todo el libro contienen dosis poderosas de verdad moral para iluminar existencias perdidas o arruinadas, y sin que asome ni la autocompasión ni el arrepentimiento, sino solo la voluntad de explorar vidas fronterizas pero también sus recursos de supervivencia. La disrupción de introducir un episodio con hechos históricos relacionados con el fascismo (como narcótico tan poderoso como la más poderosa de las drogas o el más destructivo de los videojuegos) tampoco tiene nada de caprichoso y hace sentido en la exploración de Sara Barquinero en torno a la autodestrucción y el poder: tanto la deriva infernal y propiamente dantesca de algunos de esos episodios como el diario narrativo que cuenta otra vida malograda encajan en la historia de forma fluida.

    Como cualquier experimento original y único, también esta novela impone sus propias condiciones de lectura, pero seguramente la primera de ellas consiste en aceptar embarcarse en una ruta plagada de vueltas y revueltas, con mucho tiempo por delante y la gratificación cierta de una prosa segura de sí misma, sin cabriolas pero con momentos de gran brillantez, con atrevimientos libérrimos y una naturalidad de voz desprejuiciada y consistente para las drogas, el sexo y el miedo a la vida, a la pura vida, que obligan a sacarse el sombrero o el cráneo ante el talento y el poder narrativo de Barquinero. El gigantismo del libro es lo de menos, evidentemente, sea la que sea la pereza de los críticos con prisa y “mala fama”, como titula su propia columna Alberto Olmos, experto perdonavidas incluso ante escritores de 30 años con el talento de esta mujer. Los Escorpiones pide la libertad de tiempo de lectura que Sara Barquinero se ha dado a sí misma para escribirlo, aunque no todo el mundo la tenga: una chifladura genial, intrigante y convincente, sea o no sea hoy el día del libro."

09/07/2024

lectures d'estiu, 9

 

La casa tapiada

Julià de Jòdar


Comanegra, 2024

pàgines: 492

Julià de Jòdar: un capità de la seva ànima

La casa tapiada ens explica com esdevenir escriptor sense tenir mestres, com ser novel·lista en una llengua sense públic lector de novel·la

per Ponç Puigdevall
Quadern, El País
16/03/2024

"Mireu aquest home d’edat avançada que un dia clar, fred i ventós del mes de març baixa de l’autobús i s’està uns instants a la parada de la carretera Nova, a Badalona: és alt, flac i carregat d’espatlles, va cofat amb un barret tou de color marró, un fulard estampat amb volutes negres i vermelles s’esforça per dissimular-li la papada, i, sota l’americana de llana freda, l’estridència del verd oliva del jersei de coll ajustat s’afanya per conjuntar amb la camisa de seda pistatxo. Si us entusiasma Joseph Conrad, el relacionareu —hi ajuda el bastó colonial que du per pal·liar una lleu coixesa— amb algun d’aquells personatges seus que no s’han pogut alliberar del feix de renúncies, traïcions i fracassos del passat; si sou devots de Faulkner, potser hi descobrireu un posat altiu —el sustenta, segurament, el potencial de recursos que subministra l’orgull. Sembla el vell propietari d’una hisenda de la zona que no sap treure’s de sobre l’estranyesa de tornar a casa i, mentre contempla la incúria del pas del temps, per vèncer el dolor que li provoca la ruïna del present, convoca un seguit d’estampes emotives del passat que li confirmin que el paisatge que l’agredeix, anys enrere, quan era jove, havia sigut diferent. Si sou cinèfils, però, potser us estimareu més trobar en el rostre d’aquest home una màscara impertèrrita que ja s’encamina cap a l’ajuntament de la Vila com qui s’encamina cap a l’oficina de xèrif en un poblat de l’Oest, solemne i sense por —deu ser la manera de camuflar el múltiple sentiment de descontent, falta de coratge i mala fe que violenta el seu ànim—, alguna semblança amb l’heroi de qualsevol western de Sergio Leone. Si fos així, no us avergonyiu de taral·lejar la balada d’Ennio Morricone que més us plagui, perquè aquest home, Gabriel Caballero, ho fa tot sovint al llarg de La casa tapiada (Comanegra, 2024), la nova novel·la de Julià de Jòdar (Barcelona, 1942), que protagonitza amb el mateix ímpetu amb què protagonitzava L’atzar i les ombres (Comanegra, 2022). Allà, l’art de novel·lar es convertia en una teoria del coneixement i vèiem de quina manera les dades biogràfiques del Gabriel Caballero real eren manipulades, deformades, tergiversades i exagerades pel Gabriel Caballero escriptor, que en transformar-les en literatura no feia altra cosa que atorgar més força a la veracitat del relat.

    De seguida ens centrarem en els motius que l’han conduït als despatxos de la regidoria de Cultura. Ara deixem-lo aquí, assegut en un bar, mentre medita les entrevistes mantingudes amb les autoritats —però mireu: s’ha tret el barret i pel cap se li escampen crostes, cicatrius i màcules, les erosions d’un càncer de pell. Quan Julià de Jòdar va publicar L’àngel de la segona mort (1997), la primera part de L’atzar i les ombres, va ser rebut com un escriptor social: era el primer que parlava de la immigració del sud d’Espanya, no seguia el corrent de moda del moment —la literatura urbana havia tret, a la fi, el protagonisme a la narrativa rural—, i hi reconstruïa, a frec de l’èpica o del mite, la vida quotidiana a Guifré i Cervantes, el barri perifèric i industrial on neix Gabriel Caballero. No el busqueu enlloc, és una realitat tan literària, fictícia i irreal com la Yoknapatawpha de Faulkner o la Santa María d’Onetti. Massa reduccionistes, no vam prestar prou atenció a la manera que Julià de Jòdar tenia de fer circular la informació dins la novel·la: no ens vam adonar que, en contra de l’habitual en l’anàlisi de les formes socials i ideològiques, on el final és sempre el que sol donar el sentit, ell no donava mai per tancada una conclusió, avançant cap a la construcció d’un món on la ficció era el punt d’arribada. La seva aposta consistia a identificar la ficció amb l’ambigüitat per dir-nos que les coses reals no són mai ni senzilles ni clares.

    I vet aquí que, quan crèiem saber-ho tot sobre Gabriel Caballero, Julià de Jòdar publica La casa tapiada i fa un pas de volta destinat a demolir la seva obra anterior, erigit en un capità de la seva ànima literària. No només mina els fonaments sobre els quals Gabriel Caballero s’havia inventat la seva vida a L’atzar i les ombres, unes vivències, uns records i uns sentiments que nosaltres acceptàvem —que fàcilment ens deixem enredar, els lectors— com si hi duguessin impresos la garantia de l’autenticitat: desmunta també la ficció d’una altra novel·la seva, L’home que va estimar Natàlia Vidal (Edicions 62, 2003). Julià de Jòdar en recupera la protagonista, aquella reconeguda actriu de tea­tre semblant a una esfinx enigmàtica al voltant de la qual s’organitzava la trama. Aleshores, sabem que l’home que va estimar Natàlia Vidal, posseïdor d’un profund coneixement de l’economia de l’amor perquè disposava de prou talent per saber que els homes, a través de les dones, poden accedir a un estrat social que no els pertany, era Gabriel Caballero, tan inestable, vanitós, inconstant i egoista com el seu marit a la ficció, Alexis Robles.

    A La casa tapiada el retrobem de nou, vell i cansat i sense “esma per escriure”. El decep el destí de la seva novel·lística, allunyat de les il·lusions que la van forjar —fer fructificar la memòria històrica del barri, originar un terratrèmol en la tradició literària—; i, transformada la frustració en audàcia, vol intervenir contra l’oblit buscant suports entre les autoritats locals per ­crear­ un museu del treball que honori “la memòria de la gent deixada de costat per la història”. L’excusa és impedir que el seu barri es consolidi com un racó de globalització forçada on del passat només queden ombres fugisseres, un espai impersonal amb edificis de construcció nova i sense caràcter com a substituts de les fàbriques industrials enderrocades, una ciutat habitada per gent que n’ignora la idiosincràsia. La raó de fons —un dels atributs ineludibles de la vellesa— és l’ànsia de sentir-se reconegut com a escriptor, la construcció d’un monument a si mateix, la justificació d’una joventut i una maduresa que valora com a sòrdides, desèrtiques i hostils. ¿Cal dir que no convenç ningú de la idoneïtat del seu projecte? Com si fos una conseqüència de les úniques certeses immutables que té, la consciència de la pròpia mediocritat, no triga a córrer la notícia que s’ha trobat el seu cadàver en el soterrani d’una casa tapiada. És la llar familiar, la casa batejada com a Rancho Grande en la ficció de L’atzar i les ombres, arrasada per les flames d’un incendi, el lloc on es van localitzar entre les cendres els cossos calcinats de ­dues dones, un esquer narratiu que es revelava com “un macguffin de manual” de la mateixa manera que ho és també aquí la mort de Gabriel Caballero. Què devia passar?, i què passarà ara? Les respostes a les dues preguntes són el combustible de qualsevol novel·la: tots som com el marit de Xahrazad perquè volem saber què succeeix a continuació, proclamava E. M. Forster.

    A La casa tapiada se’ns ofereix una cascada inesgotable de fets àcids i corrosius. Ambientada entre el 1962 i el 1977, amb desviacions fins a l’octubre del 2017 i inclús a la pandèmia, Julià de Jòdar ens explica l’extinció de les il·lusions covades durant l’antifranquisme, la pèrdua del patrimoni cultural i sentimental, la deserció de la gauche divine d’unes maneres de pensar i viure a canvi del cinisme i del pragmatisme burocràtic. Cartografia l’aprenentatge de la decepció, el desclassament vertiginós de la vida intel·lectual i política, el pas de la tragèdia de la dictadura a la tragicomèdia de la Transició, vista com un conglomerat de conformisme, d’absència d’imaginació i de falta d’intrepidesa. És, en fi, una sàtira exasperada sobre la deriva de la memòria col·lectiva, un diagnòstic sever de l’estructura social de Catalunya a la dècada dels seixanta i setanta, la celebració i la denigració alhora del fulgor i la misèria de la progressia, una glorificació portentosa del pas del temps, un rèquiem pels amors perduts. I, com que el centre de la novel·la l’ocupa Gabriel Caballero, es pot repetir el que Pere Gimferrer diu de Terenci Moix: La casa tapia­da també ens explica com esdevenir escriptor sense tenir mestres, com ser novel·lista en una llengua sense públic lector de novel·la, com fer cultura en un país on s’havia intentat extirpar tota cultura pròpia.

    Julià de Jòdar narra uns fets, però són uns fets nus i innocus, que res no signifiquen perquè, en el fons, el que busca és esbrinar què contenen, què s’amaga rere seu, què hi ha en el fons infinit d’un fet i que mai ningú no arribarà a tocar. A La casa tapiada la múltiple memòria del passat s’obre de bat a bat gràcies a la biografia de Gabriel Caballero que ha d’escriure un vell conegut nostre, el senyor Lotari —sí, aquell home tranquil que en un altre llibre de Julià de Jòdar, Zapata als Encants (Quaderns Crema, 1999), compra a un parracaire un manuscrit de Gabriel Caballero, el mateix home que a la tercera part de L’atzar i les ombres vol delimitar la realitat de la ficció en la seva obra.

    Arreu de la novel·la, que en essència és això, l’intent de copsar “l’aterridora ambigüitat del jo, la manera amb què un escriptor fa un mite de la seva persona i, especialment, per què”, Julià de Jòdar exhibeix a consciència els seus referents literaris: la mirada compassiva de Dickens, la lluita amb el costat fosc de l’humà de Conrad, l’absurd dels esforços de cada dia contra l’adversitat de Kafka; a la manera de Robert Musil o Hermann Broch, entén la pràctica de la novel·la com una rapsòdia del pensament, i Faulkner i Onetti l’ajuden a insuflar alè vital a la ficció i a convertir la novel·la en un cúmul de relats antagònics que es disgreguen en direccions múltiples. No cita, però, dues influències cinematogràfiques d’Orson Welles: com a Ciutadà Kane i Mr. Arkadin, La casa tapiada també agafa com a punt de partida la voluntat de saber la veritat al voltant d’un home, i comparteix amb elles el mateix esquelet argumental, una investigació detectivesca que acumula testimonis contradictoris i complementaris, com si els amics i coneguts de Gabriel Caballero entrevistats pel senyor Lotari ho haguessin oblidat gairebé tot i tan sols recordessin uns pocs detalls borrosos, o com si aquestes minúcies fossin el que, en el moment del seu esdeveniment, van creure dignes de memoritzar. Molts d’anys després, quan cal mirar enrere, astora adonar-se que són els únics possibles de recordar, potser perquè, una vegada memoritzades, les coses es comporten com un cordó de seguretat, o potser perquè recordar implica un fort mecanisme de mitocrea­ció: recordar sembla satisfer l’impuls secret que tenim per crear mites sobre nosaltres mateixos i la gent que vam conèixer, i el senyor Lotari constata de seguida que, una vegada creat el mite, és difícil enderrocar-lo. No triga tampoc gaire a entendre que tan sols podrà obtenir un retrat difús del seu biografiat perquè s’hi sobreposen sense pausa les màscares de la literatura amb què s’havia anat coneixent —enganyant a tothom i a si mateix?— al llarg dels anys."

08/07/2024

lectures d'estiu, 8

 

Baumgartner

Paul Auster

Seix Barral, 2024

páginas: 264


Baumgartner’, de Paul Auster: una elegía sobre el ocaso vital

Escrita durante su lucha contra el cáncer, la nueva novela del escritor estadounidense teje un reconfortante entramado de melancolía merced a un viejo profesor que rehúye el desconsuelo de la soledad de la vejez

por Javier Aparicio Maydeu
El País
28/02/2024

    "Siete años después de que viera la luz 4321, el intrincado y caleidoscópico relato de cuatro posibles vidas de un mismo hombre, Paul Auster, el autor de La Trilogía de Nueva York, regresa de la mano de Sy Baumgartner, el culto septuagenario viudo que, desolado a un tiempo por el inquietante recuerdo de su mujer y del amor que le profesó (“ya no recuerda los detalles salvo que miró a Anna y se dijo ‘recuerda este momento, chico, acuérdate de él durante el resto de tu vida”), y por el ineluctable memento mori de quien afronta la senectud, protagoniza esta novela elegíaca y crepuscular que envuelve al lector con las nieblas de la evocación y la memoria y los guiños a su universo literario y al proceso mismo de la escritura.

    Se nos relata cómo Sy, “un fenomenólogo de cierta edad, un viajero solitario que, hundido hasta la cintura, avanza penosamente por las misteriosas ciénagas ontológicas de la percepción humana”, escribe su libro Misterios de la rueda, cómo se esmera en la composición de una monografía que no por azar pero sí con ironía se consagra a los seudónimos de Kierkegaard o cómo redacta, “suprimiendo erratas, mejorando el ritmo de la prosa”, una crónica acerca de cómo fue su viaje a Ucrania a una reunión del Pen Club Internacional o una “de las muchas fábulas breves que ha ido escribiendo a lo largo de los años, naderías sin consecuencia” que contribuyen a componer su retrato y que tal vez “ayuden al lector a entender el estado de ánimo de nuestro héroe” (y el de su autor, piensa ese mismo lector) en un momento de la existencia en que cumple ya sopesar las facultades, cavilar acerca de “la pérdida de memoria a corto plazo. Antes lo llamaban senectud”, y celebrar que “todavía es capaz de pensar, y como puede pensar, puede seguir escribiendo”, siendo la escritura acicate de la memoria y el infalible bálsamo de Fierabrás.

    Y Auster disfruta sirviéndose del viejo recurso de las cajas chinas cuando también inserta en la novela los escritos autobiográficos de la que fuera esposa del protagonista, la escritora y traductora Anna, que Baumgartner descubre en una caja conforme al tópico del manuscrito hallado, y lee ante el lector: “Allá en los albores de la infancia…”. Auster desdobla su estilo inventándose el de su personaje, que relata su vida en primera persona en los textos que se asoman a esta novela de perspectiva múltiple que muestra vestigios de aquellos juegos metaliterarios y especulares tan cervantinos por los que el autor se ha visto siempre seducido, y que tiene en su dominio del estilo indirecto libre y en su narrador autoconsciente, con un punto de ironía trágica y de una extrema proximidad cómplice al protagonista —”prescindiremos de un relato detallado de esos meses”, “concluiremos el capítulo con Baumgartner sentado en su escritorio, pluma en mano”— uno de sus mayores logros.

    Es éste un texto sereno y recopilatorio que trae a la memoria personajes del autor, como el escritor Sidney Orr de La noche del oráculo y sus cuadernos azules, el anciano Míster Blank, bajo el influjo de Malone muere de Beckett, recuperándose con los fantasmas de la literatura de su amnésica soledad, Anna Blume de El país de las últimas cosas, y en mayor o menor medida se emparenta con algunas novelas de la pérdida y la soledad de la edad tardía, Senectud de Italo Svevo, Una pena en observación de C. S. Lewis, Elegía de Philip Roth, ¡Oh, esto parece el paraíso! de John Cheever, Maestros antiguos de Thomas Bernhard o Lecciones de McEwan. Y tal vez no resulte desatinado vincular al artista Auster abrazado a la creación literaria en su esperanzado desánimo con el artista Eugene Pota que, luchando también por alcanzar la complacencia literaria en el invierno de su vida, concibió Joseph Heller en Retrato del artista adolescente, viejo. No únicamente la nostalgia que impregna sus páginas, también su ritmo moroso y su naturaleza libresca invitan a recordar aquella pregunta primordial que se formuló Edward W. Said en Sobre el estilo tardío: ¿De qué modo influye el ocaso vital en la obra de un artista?

    Baumgartner, escrita con pesadumbre durante su lucha contra el cáncer y que enriquece con la textura de la ficción la experiencia introspectiva de su Diario de invierno, teje un reconfortante entramado de melancolía y de denuedo merced a un viejo profesor de filosofía que rehúye el desconsuelo de la soledad de la vejez y lucha por la vida sustentándose en una “laxitud cargada de recuerdos”, como reza un verso de Mallarmé que Auster tradujo, de un pasado idílico que se truncó y en la convicción de que la vida se obliga a transformar el amor y a proscribir el dolor, componiendo así una consolación de la memoria que trae consigo un nuevo libro de las ilusiones. De forma que Auster concibe a Sy a modo de apoderado que no sabe que lo es y ejerce de confidente revelándonos cómo se siente el autor en esta delicada tesitura de su vida, en la que minúsculas epifanías cotidianas generan mayúsculos alivios anímicos e impera la incertidumbre. No en vano, por lo menos desde que en 1987 lo mencionó en una entrevista recogida más tarde en Experimentos con la verdad, está persuadido el autor de que “en el proceso de escribir o pensar sobre uno mismo, uno se convierte en otro”.




07/07/2024

lectures d'estiu, 7

 

Ocàs i fascinació

Eva Baltasar

Club Editor, 2024

pàgines: 160

Les dones d’Eva Baltasar

No tenen cap lligam amb la comunitat ni, encara menys, amb elles mateixes

per Núria Bendicho
Catoorze, cultura viva

    "Cada vegada que llegeixo una novel·la d’Eva Baltasar, tinc la sensació de caure en un abisme. L’edifici moral vacil·la perquè la façana s’esquerda i s’esbocina. L’autora descriu l’ésser humà com una serpent amarga enroscada dalt d’un campanar, que amb els ulls endormiscats busca preses allà on clava la mirada. Les dones de Baltasar no tenen cap lligam amb la comunitat ni, encara menys, amb elles mateixes. Estan mig mortes com les fruites caigudes sobre l’herbam que encara no s’han desintegrat i busquen, desconsoladament, consumir els cossos de la resta per sentir-se vives. El seu univers és fet de paraules. Hi ha una massa tan espessa de pensament entre el seu interior i l’exterior que són persones incapaces d’observar res amb claredat i serenor. Per a elles, tota acció simple és un fenomen complex. Sotmeten qualsevol gesta a la follia pròpia. Així, una activitat tan planera com beure orxata es converteix en un símbol esbalaïdor: “Escuro el got amb un xarrup escandalós. Si soc capaç de fer tant soroll és que dec estar molt viva”. I també, per altra banda, la soledat en què naveguen les protagonistes provoca que alterin l’ús social i banal d’un objecte qualsevol i el transformin en quelcom personal i santificable: “decideixo que la columna formada per la campana i els fogons serà l’altar, i que tota la resta, els marbres, els armaris, la taula, la nevera i la gran prestatgeria metàl·lica que fa de rebost, miraran cap a ella”.

    Des de Permagel fins a Ocàs i fascinació, el lector s’endinsa en una veu desesperada i comuna que només es diferencia pel fet d’inserir-se en una trama i una composició divergents: com que el desordre de pensament d’una suïcida difereix de la voluntat ordenadora d’una dona que planifica un naixement, Baltasar ens brinda fragments arreplegats a corre-cuita a Permagel i una organització endreçada a Mamut, decisions que ens demostren la seva capacitat com a narradora per sotmetre la forma al contingut. L’encantament davant del món que ens havia lliurat a Boulder –una novel·la que, al meu parer, tenia ben merescut endur-se l’International Booker Prize– torna a aparèixer a Ocàs i fascinació, una peça que, ara per ara, és la més significativa de totes, perquè manté el to desolador i d’inadaptació social de les antigues obres però, al mateix temps, ens sorprèn amb una mena d’enlluernament i adoració, tot i que d’una forma exagerada i macabra, cap al gènere humà.

    La unió amb la societat que Baltasar havia exterminat a Mamut –després que la protagonista del drama es desprengués de la vida creada– torna a renéixer amb força a Ocàs i fascinació i s’entortolliga amb la passió i l’eufòria que la protagonista sent de compartir la vida amb un altre ésser, malgrat que ho faci des d’un lloc absolutament insà i dement. Si bé l’atmosfera de mort i desesperació provoca que aquesta última novel·la s’insereixi de manera natural a les temàtiques de l’anomenat Tríptic, considero que Baltasar, en aquesta història, ha volgut desprendre’s del caràcter més existencialista de les obres anteriors per aproximar-se a una crítica més ferotge de la societat de classes: aquesta vegada ja no ens trobem amb una dona satisfeta i orgullosa del seu aïllament, sinó amb una estudiant que és desnonada de casa seva i obligada a viure al carrer, expulsada de la col·lectivitat i embogida per culpa de l’orfenesa."

06/07/2024

lectures d'estiu, 6

 

Un animal salvaje

Jöel Dicker

Alfaguara, 2024

páginas:448


SINOPSI:

    El 2 de julio de 2022, dos delincuentes se disponen a robar en una importante joyería de Ginebra. Un incidente que dista mucho de ser un vulgar atraco. Veinte días antes, en una lujosa urbanización a orillas del lago Lemán, Sophie Braun se prepara para celebrar su cuadragésimo cumpleaños. La vida le sonríe: vive con su familia en una mansión rodeada de bosques, pero su idílico mundo está a punto de tambalearse. Su marido anda enredado en sus pequeños secretos. Su vecino, un policía de reputación irreprochable, se ha obsesionado con ella y la espía hasta en los detalles más íntimos. Y un misterioso merodeador le hace un regalo que pone su vida en peligro. Serán necesarios varios viajes al pasado, lejos de Ginebra, para hallar el origen de esta intriga diabólica de la que nadie saldrá indemne.

    Un thriller con ritmo y grandes dosis de suspense.