28 de des. 2007

El origen perdido (2)

Matilde Asensi, al hilo de la trama de la novela, nos va desgranando una serie de hipótesis o teorías ¿científicas? sobre la existencia de una civilización perdida anterior al inicio de " nuestra historia". Para avivar el debate dentro del grupo, enlazo en este artículo una serie de videos encontrados en YouTube sobre los hallazgos realizados sobre estos "origenes perdidos". Se ha de tener presente que muchas de estas teorías no están aceptadas por la comunidad científica y su difusión, mayoritariamente, se realiza a través de Internet y de revistas, digamos, de "divulgación" o "mistéricas".









22 de des. 2007

En navidad



La imágen que ilustra este artículo, extraída de la edición digital del diarío El País de hoy, muestra a unos niños palestinos jugando con sus armas de juguete.
No voy a comentar aquí el artículo del medio- para aquel que lo desee aquí dejo el enlace- sino las sensaciones que me ha producido la contemplación de esta imágen.
Me sorprende, en primer lugar, la ausencia de risas o alegria en el juego. El semblante de los muchachos - diría que niños entre siete y once años- es adusto; su mirada afilada, tremendamente fria - contemplad la del segundo muchacho, empezando por la izquierda. En el juego no falta ningún detalle. El prisionero es convenientemente intimidado por los gritos de su captor y, ¡como no!, privado de toda referencia de su situación por una venda negra. Una mano, ¿amiga, enemiga?, trata de retenerlo. El resto de compañeros están en una actitud de prevengan militar muy profesional.
La imágen trasluce rabia, odio, desesperación, ¿tal vez impotencia?... dolor. Los niños juegan a imitar a los adultos y sus juguetes son los instrumentos de aprendizaje.
Jugar, vivir, en el mundo.


16 de des. 2007

Aziz Salama en la UAB



Como la mayoría del grupo estaba en el ensayo de nuestra próxima representación, el amigo Aziz nos hace llegar sus palabras y reflexiones en torno a esta nueva exposición de su trabajo. Un saludo ¡artista!.

EL SEMEJANTE

Puedo caminar hacia el Muro de las Lamentaciones, puedo caminar hacia Santiago de Compostela, y puedo caminar hacia la Mekka, como puedo caminar en dirección a.. . . . . . . .

No tengo porque parar, ni para retroceder. No tengo porque odiar, ni para rechazar, ni para romper un diálogo. Son símbolos de mis semejantes de unas épocas lejanas. Cada uno ha expresado su ser a través de los instrumentos de su tiempo, a través del interés del espacio humano de entonces y de sus exigencias cotidianas.

No tengo porque expresar lo mismo, ni hacer mío el pensamiento del antiguo semejante. Ni usar sus argumentos ideológicos, para dañar a mi actual semejante.

No es mi herencia, ni mi continuidad cultural ni intelectual.

Yo soy heredero del antiguo en lo noble, en el universal, y en lo humano.

Tengo mis instrumentos, mi lenguaje, tengo mi espacio y mi tiempo.

Fabrico mi mundo y creo mi espacio del día a día. El producto caducado, no lo consumo, no lo adopto, no lo uso como argumento para afirmar una identidad errónea, ni para herir a mi semejante. Lo miro, lo respeto y puedo inspirarme de ello.

Como humano soy anterior al Muro de las Lamentaciones, a Santiago de Compostela y a la Mekka. Quedan las palabras que marcaran a los posteriores y que se usaran para marcar las diferencias. Huellas de unas personas semejantes a nosotros que hoy hacen el paraíso de la impotencia y de la intolerancia. No necesito buscar mi imagen en el imaginario del otro, ni tengo razón para dar explicación al otro sobre mi propia imagen.

El otro soy yo. Soy Beethoven, soy Averroes, soy Kandinsky, soy Von braun.

Quiero guardar mi esencia de hombre libre, de un ser que mira mas allá del rostro que puede reflejar cualquier espejo, deseo comunicar con este semejante que usa la lógica, el respeto y el perdón como indicadores para construirse un sitio bajo el sol de las/os humanas/os.

El artista,

Aziz Salama

Diciembre 2007

12 de des. 2007

RECUERDOS DE INFANCIA (3)



Nueva entrada de esta serie. Nuestra compañera Carme Guil nos hace participes de sus recuerdos de infancia en su pueblo "adoptivo". Esto me lleva a hacerme una pregunta, ¿cómo se define y moldea nuestra identidad y pertenencia a un lugar?: ¿por los lugares que compartimos y "vivimos" con los amigos, como sugiere Miguel Arnas en su narración?, ¿por tradición familiar, de sangre, genética, irracional?. En estos días que el debate sobre la identidad y las diferencias "nacionales" está en pleno debate, ¿qué opinaís del tema?
"Yo nací y mi crié en un barrio de Barcelona . Mis padres, emigrantes, como tantos otros, vinieron a la ciudad en época de posguerra sin dejas atrás, en sus respectivos pueblos, otros vínculos más que sus recuerdos. Así que yo no podía decir, como muchos otros niños y niñas de mi barrio, que me iba a pasar las vacaciones de verano al pueblo a casa de los abuelos. Yo no tenía pueblo.

Pero..., lo que son las cosas. Ya de jovencita, un pequeño pueblo me convirtió, o al menos así lo sentí yo, en una especie de " hija adoptiva". Lo cierto es que durante los muchos años que he estado yendo lo he considerado un poco mio.

Llegué allí por primera vez el verano del 79 y fue, sinceramente, como transportarse un poco al pasado. Una estrechísima carretera te llevaba hacia el pueblo y se transformaba de asfalto a tierra en cuanto rozaba la primera casa. Al llegar a la plaza unos grandes olmos custodiaban un abrevadero que todo el mundo conocía como " el pilón" y que era punto de encuentro para todos pues en las casas no había agua corriente y además en aquellos años allí aún se seguían trabajando los campos con caballerías, así que era paso obligado de mulos, burros, ovejas y cabras antes de recogerse en sus respectivas cuadras.

Otro lugar de encuentro era el Teleclub, en aquel entonces único lugar del pueblo que contaba con una televisión, donde podías tomar algo, echar una partida de cartas o simplemente charlar con la gente. Eso sí, salvo la mujer que se ocupaba del bar, rara vez veías mujeres allí.

Para las fiestas de la Virgen, pasacalles con acordeón, guitarrico, botella de anís y algún que otro utensilio de versatilidad indudable. Por la noche baile en el granero que previamente habíamos vaciado. El músico, un hombre orquesta que pasaba del pasodoble a la rumba intercalando de vez en cuando un vals o una canción de moda.

En esos años en que no podíamos imaginarnos que un día no demasiado lejano llevaríamos el teléfono colgado todo el día, la única comunicación con el exterior era un teléfono público gestionado por una persona del pueblo que dependía, a su vez, de otra centralita de un pueblo cercano; así que llegabas al locutorio y pedías conferencia a Barcelona, dabas el número de teléfono y te ibas al teleclub , que estaba enfrente, hasta que te avisaban de que tu conferencia estaba disponible, lo cual podía tardar un promedio de 30 minutos.

El día a día para nosotros, habituados a la ciudad, se convertía en una auténtica aventura. En lugar de ducha un barreño y un cazo, en lugar de lavadora unos lavaderos públicos que estaban a 10 minutos de casa, dos barreños sobre los poyetes eran la alternativa a la fregadera, la cuadra sustituía al lavabo y en la mayoría de las casas cocina económica y fuego a tierra.

Poco tiempo después todo empezó a cambiar y a modernizarse, cosa que sin duda agradecieron sus habitantes porque no es lo mismo pasar unos días de vacaciones que vivir todo el año en esas condiciones.

En cualquier caso yo siempre tendré un especial recuerdo de ese verano"
Carme Guil

Nueva exposición Aziz Salama

Nuestro amigo Aziz está que se sale, el prósimo viernes, día 14, inaugura nueva exposíción en la Universidad Autónoma de Barcelona. Aquí os dejo la información por si alguno desea acercarse a la misma:
OTRA MIRADA, del artista-pintor Aziz Salama
Vestibulo de la Facultad de Ciencias de la Comunicación (Edificio I), del 14 al 21 de diciembre de 2007.
La obra prosigue con su investigación con materiales de la cultura occidental.

10 de des. 2007

Un nuevo medio de comunicación



Hoy ha visto la luz ciberespacial Cerdanyola TV, una televisión hecha en nuestra ciudad y con noticias de nuestra ciudad. Como muestra, un botón, en este enlace podeís ver el reportaje de la inauguración de la exposición de Aziz Salama en el Ateneu el pasado día siete.

9 de des. 2007

Entrevista a Miguel Delibes




¿Casualidad, causalidad, como diría nuestra amiga Mabel, una feliz coincidencia?. El caso es que hoy, en el diario "El País" se publica una larga entrevista al autor de "El camino", novela recientemente leída por el grupo. Para los curiosos e interesados ahí va el enlace al artículo firmado por Juan Cruz:
"Me cansa pensarme"

8 de des. 2007

RECUERDOS DE INFANCIA (2)



Queridos amigos y amigas de Vespres Literais, en esta entrada os ofrecemos los recuerdos y anécdotas infantiles de nuestro nuevo y, espero, habitual amigo Miguel Arnas Coronado.
Vamos, lo que yo les diga, un paraíso.

Dicen que la infancia es el Paraíso perdido, el lugar de la felicidad. Pues si lo dicen, será verdad. Cada uno es cada uno. Yo soy feliz ahora, a mi edad casi provecta, casi tercera, aún no del todo madura, feliz.
No hay uno ni dos motivos, sino muchos, para ese recuerdo agridulce de mi infancia. No sé si por suerte o por desgracia, pasó. Diré más, pasó me guste o no. Pero en fin, ustedes lo que están pidiendo a gritos son anécdotas y no reflexiones. Vayamos a por ello.

Me gustaban las fiestas de barrio, que en el que yo vivía, por ser tan céntrico y comercial, se convertían en fiestas de calle. La mía, cutre y sucia, se engalanaba a principios de otoño, cuando aún no había comenzado el colegio, y ponían mesas ocupando todo el adoquinado por el que habría pasado justo un coche, y sin poder aprovechar las aceras porque eran tan estrechas que apenas cabía una persona, y si era gruesa, ni eso. La calle sigue así, no vayan a creer ustedes, sólo que antes vivíamos en ella inmigrantes de otras regiones, murcianos, aragoneses, andaluces y algunos catalanes de toda la vida, y ahora viven inmigrantes de otras naciones, nigerianos, marroquíes, ecuatorianos y algunos murcianos de toda la vida. La calle se llama Estruch, al parecer por los estucaires que vivían en sus casas sempiternamente oscuras, despintadas, leprosas. Eso dicen. Hablaba de las fiestas. Farolillos, una orquestina, las parejas bailando castamente separados, los niños correteando, los churros y las sardinas en aceite. Mi escalera no es que fuese diferente de las demás, igual de oscura, mugrienta, estrecha, y por ella me caí teniendo siete u ocho años porque, nervioso por la expectativa de diversión, bajé demasiado rápido y perdí pie. Siempre fui patoso, es ahora que tengo agilidad. El costalazo fue tremendo. No me llevaron a urgencias porque no se habían inventado aún, y la Casa de Socorro estaba lejos y tampoco fue para tanto. Comedido hasta en eso. Sólo un chichón y la amargura de que me hicieron acostarme con todo el ruido del baile allá abajo.
Más tarde, entré en el colegio de La Salle. Ya era el repelente niño Vicente. Hijo de trabajadores, convencido inconscientemente de que debía superar la condición de mi padre, que por aquel entonces y para pagar la escuela, tenía, creo, tres empleos uno detrás de otro, y aun liaba cigarrillos para la calle los domingos y después de cenar (él no fumó nunca) con una maquinita curiosísima que no hace mucho descubrí en el expolio del piso cuando ellos fallecieron, para completar un salario nunca completo del todo, por todo eso yo cumplía celosamente con mi deber e incluso, si hacía falta, me extralimitaba. Y de veras que lo conseguí porque ahora vivo como un príncipe y sólo tengo un empleo, porque esto de la literatura es una afición como la del que le da por volar en globo. La Salle. ¡Qué facilidad tenemos los plumíferos de irnos por los cerros de Úbeda!
Ya para entonces estudiaba también música (lo del pluriempleo se aplicaba hasta en los estudios), solfeo, de forma que entonaba bastante bien aunque mi voz nunca fue la de Kraus ni la de Marcos Redondo. El hermano Julián era cojo, maestro de coro y de la cáscara amarga. Cada uno tiene sus debilidades. Lo malo es que uno no tenga derecho siquiera a reconocérselas a sí mismo. Se pasaba por las clases haciéndonos cantar y escuchando la voz de cada uno de los niños, poniendo su cara siempre barbuda y siempre recién rasurada al lado de nuestras boquitas angelicales, parando atención a cada uno con una oreja derecha (siempre la derecha, nunca supe por qué) un tanto repulsiva. Ningún año me eligió para el coro, y siempre he estado traumado por ello. Se lo cuento a ustedes como se lo confesaría al psiquiatra. Hasta que comprendí los motivos de su pasar por mi lado como se escucharía el croar de una rana: yo era feo. Siempre lo he sido, y de pequeño más. En cambio, ¿ven?, eso no me trauma en absoluto, y al percatarme de las verdaderas causas de que yo no cantase en el coro de la Salle, superé el complejo de inferioridad y sonreí. Sigo sonriendo.
¡Y cómo olían los urinarios de La Salle! Casi tan mal como el dispensario del Seguro Obligatorio de Enfermedad (se llamaba así, SOE) de la calle de San Antonio Abad, pintado de ocre y con un zócalo de esmalte pringoso y desconchado de igual color pero más oscuro. Allí me llevaba mi madre por los constipados. Uno de ellos tuvo consecuencias que aún arrastro: me operaron de amígdalas, pillé una neumonía y me quedó asma bronquial para toda la vida. Lo gracioso es que entonces, los médicos normales, o sea los que no eran de pago, no conocían siquiera el nombre de esa dolencia.
Tanto es así que años más tarde, cuando fui algo más que un adolescente y me examiné de peritaje industrial, me encontré con que, entre otras pruebas de Gimnasia, debía correr cuatrocientos metros en el mes de junio, aún en plena efervescencia de polvo y ácaros, humedad, polen y demás efluvios, a causa de la cual galopada caí en redondo a los trescientos cincuenta para pasmo del señor Antonovich, profesor de la escuela de Peritos, un croata refugiado en España tras la Segunda Guerra Mundial y que fue medalla de bronce en no sé qué disciplina en los Juegos de Berlín, pero que a estas alturas era incapaz siquiera de mantener en buenas condiciones físicas una mísera partida de parchís, y aún menos de hablar un español reconocible. Me percaté de que jamás aprobaría Educación Física y empecé a pensar cómo podría librarme de la asignatura por enfermedad. A los matasanos del Seguro les sonaba de algo eso del asma, pero no les sonaba de nada que pudiesen hacer un certificado de enfermedad inexistente, ilegal, por llamarla de alguna forma. Me dijeron que en Falange. No pongan ustedes esa cara de sorpresa, sí, Falange. Conocida es la sabiduría médica de los Sánchez Mazas, los Primo o los Ledesma Ramos. Y sobre todo de sus pancistas herederos. El caso es que allá me fui, al pasaje Méndez Vigo o al Permanyer, no recuerdo, aunque me temo que es el mismo donde mucho más tarde y muerto ya aquel señor bajito que era gallego, Bellmunt rodó La orgía, lo que no se me negará es de una asimetría literaria notable y preciosa. El falangista tras la mesa gastaba un uniforme impecable donde cabía hasta la caspa, leyó el informe médico, que eso sí podían hacerlo (los médicos y él, por extraño que parezca), y firmó casi con desconsuelo porque supo que yo nunca llegaría a ser de aquella juventud sanísima y castísima que íbamos a hacer la España Grande. Claro que él tampoco porque ya no estaba para trotes y la última tabla de sueca que había hecho se perdía en la noche de los tiempos, la misma noche temporal en la que se perdía la última vez en que se subió a los caballitos con su santa esposa.
Pero volvamos a la Salle, volvamos. El hermano Dionisio, prefecto, nos examinaba de catecismo. No era broma el asunto. El catecismo constaba de más de cien preguntas y respuestas con su respectiva numeración cada una. El hermano Dionisio, alto como un san Pablo, nos disponía a todos los de ingreso alrededor del aula, señalaba al que más rabia le daba y decía, con voz estentórea, ¡la setenta y siete!, y ¡hala!, a recordar cuál era esa pregunta, y el siguiente a recordar cuál era la respuesta, y el otro a recordar cuál era la siguiente pregunta. Vivimos tan traumados con esas cosas que cuando empecé a trabajar con quince años, recordaba de memoria los doscientos y pico teléfonos necesarios para hacer los pedidos telefónicos que me exigían mi empleo y mi sexo y conozco a un colega, librero de antiguo y un portento de inteligencia, bonhomía y memoria, capaz de recitarle a ustedes la lista completa de reyes hispanos con los respectivos años de acceso al trono y derrocamiento o deceso. No es coña.
Yo no fallaba ni una de esas preguntas del catecismo. Fallaba en matemáticas porque recuerdo una vez en que el profesor iba formulando preguntas de quebrados, haciendo levantar a quienes acertaban, de manera que nos fuésemos, digamos, eliminando y quedando sentados los más torpes. Finalmente fui el único sentado. Otro trauma. Tal fue la vergüenza que empecé a amar las matemáticas y las de peritaje las pasé con sobresalientes aun examinándome por libre. Eso, entre otras cosas, me hicieron convertirme en el repelente niño Vicente y ganarme algún cogotazo de mis compañeros. Más traumas. Por eso soy pacifista y tranquilón, y jamás me he peleado a peñazos con nadie.
Les explico esto, no por contradecir, no, sino por el aquel de demostrar que como se dice en catalán “les coses van com van i son com son”.
En plena efervescencia adolescente cumplí con mi deber vernáculo y me hice montañero, excursionista, como se decía entonces, evitando majaderías como el trekking y otros disparates. El aprecio por mis compañeros y por el paisaje me demostró, o al menos así me lo demuestra en el recuerdo, que la patria, como dijo aquel polaco a pesar de ser un romántico, consiste en tres lagos, algunos árboles, dos montañas y unos cuantos amigos.
¿Retrato de una generación? ¡Ca!, ni siquiera autorretrato porque he pintado uno de aquellos reflejos que hacían los espejos de Montjuich. Pero miren ustedes, para estupefacción de psicólogos y demás científicos, con tanto trauma, hicimos una transición cuya máxima virtud fue provocar pocos muertos, aunque metiéramos la basura bajo la alfombra (pero ¿no habíamos quedado en que éramos pacifistas?, ¿es que fueron pocos muertos?), hemos convertido al país en el octavo más rico del planeta, y encima, ¡caray!, soy feliz.

Miguel Arnas Coronado

7 de des. 2007

Inauguración exposición de Aziz Salama

Hoy ha tenido lugar la inauguración de la exposición , en el Ateneu de Cerdanyola, Sensaciones de nuestro amigo Aziz Salama. Para los que no habeís podido acudir a la misma os mostramos un reportage del evento.





Presentación:

Nuestro amigo, Aziz Salama, titula la exposición que hoy nos propone SENSACIONES. “Sensaciones” es el resultado de las impresiones producidas en los sentidos del artista por un estimulo que viene del exterior y que hace suyo en su interior. Puedo afirmar, sin riesgo a equivocarme, que la obra que hoy contemplareis es fruto de esa intensa mirada interior hacia todo lo que le rodea. El autor posa sus sentidos sobre todo aquello que le ofrece una intensa comunicación: la inmensidad del mar, el misterio del bosque, la majestad de la orgullosa montaña, un atardecer, o, porque no, la posa sobre nosotros, sobre tu rostro, y te dice: te siento, estoy cerca de ti, te pertenezco. No te miro, te quiero aprehender y hacerte mío. Conocerte.

Porque el autor de esta obra viene del otro lado de nuestro común mar Mediterráneo. Nacido en Tánger, es licenciado en Artes Plásticas y Diseño de Interiores, así como profesor de arte e historia de la Arquitectura. Ha expuesto, tanto colectiva como individualmente, en Tánger y Rabat desde los años setenta y, una vez entre nosotros, ha expuesto su obra en Vilassar de Mar, Barberà del Vallès y Sabadell y, recientemente, en la sala TEArt de nuestra ciudad.

Aziz Salama es un artista y un formador de artistas, cuyo ideal y vocación- para ello está trabajando y formándose en temas de intermediación intercultural - es la de un artista-pintor, como a él le gusta denominarse, con deseos de comunicarse con todo aquel que desee y quiera dejarse emocionar a través de las sensaciones que nos brinda el lenguaje universal de las formas y los colores de la pintura. Un lenguaje que al pintor le brinda la oportunidad de ser puente de unión, de entendimiento mutuo entre unas culturas tan cercanas y, a la vez, tan empecinadas en ignorarse. Un lenguaje alejado de falsos prejuicios, de barreras culturales y de muros de incomprensión. Su deseo, el de todos, espero, es simplemente comunicarse, entenderse e intentar vivir en armonía y con una mano tendida.

6 de des. 2007

RECUERDOS DE INFANCIA


Como veo que nadie se anima, ahí va mi relato.


La historia de Daniel, el Mochuelo, nos ha trasladado - ¿inconscientemente, de forma consciente?-a los recuerdos de nuestra infancia. Recuerdos, recordar... pero, ¿qué son los recuerdos?: ¿una suma de aquello que nuestros familiares nos han querido contar, más las escenas que nuestra imprevisible memoria ha querido retener y un cierto poso cultural que, queramos o no, siempre nos queda? o, por el contrario, recuerdos, realmente recuerdos, ¿son aquellos que, pasados los años, nos retornan una y otra vez a nuestra presente cotidianeidad, en forma de una maraña de jirones de nuestro pasado que viven en nosotros? Yo, sinceramente, no lo se, no tengo la respuesta, pero de lo que si estoy seguro es que tengo recuerdos míos y de otros. Una sopa hecha de escenas recordadas en toda reunión familiar y escenas solamente mías. Todo ello forma el recuerdo, una suma del familiar, del colectivo y del individual, y forma parte de la argamasa que moldea muchos de nuestros sueños.
Vaya por delante, antes de iniciar el relato, mi falta absoluta de identidad con cualquier lugar o símbolo. Mis orígenes son levantinos, en consecuencia, me considero “mediterráneo”, que cada cual saque sus conclusiones. Nací cuando las cartillas de racionamiento eran un viejo recuerdo y el “boom” inmobiliario era una realidad, en una industriosa ciudad cercana a la eterna Barcelona, Sabadell, famosa por su industria textil y dar trabajo a todo aquel que lo quisiera. Era tal el interés por tener techo en Sabadell en aquellos años, que mis conciudadanos vivían- años más tarde lo pude comprobar por mi mismo- como trogloditas en los márgenes del río. Mis papás, tras un azaroso viaje en una moto con sidecar, recalaron en una habitación, hecha de cañas y cal, constantemente rezumando agua y, supremo placer, el derecho a utilizar una cocina económica -para los pequeños que no sabéis lo que es una cocina económica, preguntar al abuelito-. Yo no nací allí, sino en unos “maravillosos” pisos aluminósicos de 35-40 metros cuadrados (¡maldita sea¿por qué me parece que estoy narrando una noticia de actualidad?) que el Régimen construía para los trogloditas (¿recordáis?). El no recuerdo siguiente es que la gente trabajaba en dos y tres sitios porque la vida era muy cara y un sueldo no te permitía vivir. En casa practicábamos la consigna del plato único religiosamente y, los domingos, un palomo o un conejo criado por nosotros. En toda reunión familiar no faltaban estas sentencias: “siempre ha habido ricos y pobres” –conformista-; “la vida está muy ‘achucha’”-economicista- ; y, las más de las veces, “¡callate, estoy cansado!”,- realista- .
Mi siguiente recuerdo, este ya mío, es en una casa al lado de una inmensa fábrica textil. Recuerdo el vértigo que me producía contemplar el vértice de la chimenea desde los pies de la fábrica. Recuerdo el martilleo ininterrumpido de los telares. Era mi nuevo barrio, un barrio de obreros textiles de los años veinte. Las calles, si se las podía denominar así, en otoño se transformaban en torrenteras. En las venas abiertas en la tierra navegaban nuestros barcos de papel. El primer año que estuve en “mi calle” llovió más que de costumbre y - estos no son mis recuerdos- la gente de las cuevas fue arrastrada por el agua y colgaba de las copas de los árboles. Fue el año de la “gran nevada”.
En esa, “mi calle”, transcurrió toda mi infancia y juventud. Ahora, al tiempo que escribo, me pregunto, ¿qué recuerdos míos, míos me quedan de aquellos años? En primer lugar los olores. El olfato es el sentido que más me trae recuerdos. El recuerdo de la masa fermentando en el obrador de la panadería que atravesaba para ir al colegio. El de la botella de leche americana que destapábamos a primera hora. El de las interminables tardes de verano explorando los millones de rincones del río y, como no, sus olores y colores: hoy de tintura añil, ayer bermellón, mañana verde (ventajas de vivir en una ciudad como la nuestra)

El recuerdo del tacto. No se por qué razón, fuera verano o invierno, siempre nos vestían con unos pantalones cortos, exiguos. En invierno pasabas un frío del demonio y yo, personalmente, siempre llevaba las rodillas en carne viva, amen los cardenales y arañazos diversos que lucía con orgullo. Unos años más tarde este sentido se agudizo sobremanera cuando jugábamos a los médicos- recuerdo estrictamente científico-
El recuerdo del sabor. El sabor acre de la pólvora la noche de San Juan, la noche de las noches de nuestra infancia. El sabor del primer cigarrillo compartido y consumido al abrigo de las sombras de la fábrica, al final de “mi calle” De la “Coca Cola”, tras la sesión matinal de cine de los domingos y antes de la partida al futbolín.
El recuerdo de la vista. De un aula llena de muchachos de todas las edades alborotadores, bullangueros, caóticos. De un grupo de muchachos con todo el verano por delante, la mirada inquieta y todo un mundo por descubrir. De una calle sin coches, de gente hablando, riendo, chillando, viviendo…en la calle, en “mi calle”
El recuerdo del oído. Del silbato del tren al arribar y alejarse hacia lejanas tierras: Barcelona, el Maresme, Vilanova, Terrassa… El ruido sin fin de los telares. Noche y día. Día y noche. Constante, monótono, ininterrumpido. El de unas palabras susurradas al oído,…pero ese recuerdo mejor no os lo cuento.

2 de des. 2007

Recuerdos


La lectura de "El camino" de Miguel Delibes nos ha traido a todos recuerdos de nuestra infancia, como se pudo comprobar en las distintas aportaciones que se hicieron ayer en la tertulia. Por ello, os animo a todos y todas a retomar esas evocaciones y plasmarlas, de forma escrita, en este medio. Si teneís dificultades para publicarla, enviarme vuestro escrito a mi correo eletrónico (con una fotografía de vuestra infancia, si así lo quereís) y los editaré.



Para ir abriendo boca, un poema de Antonio Machado:


Antonio Machado, niño. Retratado por su abuela Cipriana Alvarez Durán

XCVII
RETRATO


Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Manara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario,,
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago;
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Antonio Machado, Campos de Castilla (1907-1917)

30 de nov. 2007

Exposición Aziz Salama en el Ateneu



Entre el día 1 y el 30 de diciembre de 2007, nuestro amigo Aziz Salama expone en el B'Art del Ateneu.
La exposición la titula SENSACIONES. La inauguración tendra lugar el día 7 de diciembre a las 21 horas.


Palabras del artista-pintor:



una mirada
una sensación
y llega la euforia del
contacto con la vida
bajo diferentes formas nos
sentimos en armonía.

29 de nov. 2007

Premio Cervantes 2007

Juan Gelman

El poeta argentino Juan Gelman ha sido galardonado con el Premio Cervantes de este año. Ampliar la noticia y conocer al autor.

ORACIÓN DE UN DESOCUPADO

Padre,
desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena
,rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.
Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma, mírame
el corazón,!yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello

Juan Gelman

28 de nov. 2007

Una simbiosis feliz

Hace unas semanas estuvieron en Cerdanyola del Vallès, en el marco de la IIª bienal de poesía "Còdols", organizada por los compañeros del Ramat de Pedres. La comunión de la música con la poesía siempre ha ofrecido brillantes espectáculos, tan solo se trata de dejarse llevar por el ritmo de las palabras, de la rima y el acompañamiento de la música. Eso fue, en una brillante y desaforada actuación, lo que nos ofrecieron con su espectáculo "La manera mès salvatge" el músico Pascal Comelade y el poeta Enric Casasses. Para los compañeros de Vespres Literaris que no estuvieron en el acto, allá va un pequeño sorbo... de poemúsica


26 de nov. 2007

Nuevas experiencias


Hoy iniciamos una nueva experincia en el blog: la introducción de documentos sonoros. Para empezar lo haremos con textos del antipoeta chileno Nicanor Parra y música del director de cine y músico serbio Emir Kusturica.
Con todos ustedes, cita con las letras:


25 de nov. 2007

El camino (y7). La obra


La noche de insomnio que sufre el protagonista de la novela, Daniel, el Mochuelo, porque al día siguiente parte a la ciudad para continuar sus estudios y para "progresar", le permiten a Miguel Delibes mostrarnos todo un mundo rural que, en aquellos años, estaba en franca agonía. Una Castilla que se despoblaba inexorablemente, que perdía el nervio de sus tierras: sus gentes.
Si en las dos obras anteriores, La sombra del ciprés es alargada (1948) y Aún es de día (1949), hay una tendencia a un lenguaje recargado y saturado de descripciones, en la presente obra nuestro autor encuentra su "lenguaje"y el "tono" de sus obras que ya no le abandonará . El camino se caracteriza por la sencillez y precisión del lenguaje. Se habla como se vive y, en el valle, cada persona, cada animal y cada accidente del paisaje tiene su nombre, su lugar en el valle. Con un estílo que se ha venido en denominar "realismo poético", los personajes de la novela forman un todo inextricable con el paisaje, están enraizados en una forma de vida armónica con el entorno. Como hemos ido desgranando a lo largo de los anteriores artículos por boca de su mismo autor, esto no se traduce en una visión inmovilista de la vida sino que los personajes, el autor, se preguntan que ganan y que pierden si "progresan" y se "modernizan".
Delibes, con maestria, nos ofrece una galería de personajes entrañables. Todos ellos forman un todo ,porque.. "un pueblo lo hacían sus hombres y su historia. Y Daniel, el Mochuelo, sabía que por aquellas calles cubiertas de pastosas boñigas y por las casas que las flanqueaban, pasaron hombres honorables, que hoy eran sombras, pero que dieron al pueblo y al valle un sentido, una armonía, unas costumbres, un ritmo, un modo propio y peculiar de vivir".. y , cincuenta y siete años después de su publicación, nosotros lloramos con el Mochuelo todo aquello que hemos ido dejando atrás, todo aquello que hemos perdido en el camino.

21 de nov. 2007

El camino (6) Miguel Delibes y sus personajes




En 1981 publica se decimocuarta novela, Los santos inocentes, ampliamente conocida por haber sido llevada al cine. Publica su séptimo libro de caza Las perdices del domingo.

El veintiuno de abril de 1982 obtiene el Premio Principe de Asturias de las Letras; galardón que comparte con Gonzalo Torrente Ballester. Publica el mismo año su sexto libro de viajes, Dos viajes en automóvil.

1983, publica su decimoquinta novela, Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso. Nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Valladolid.

1984, Premio de las Letras de la Juanta de Castilla y León. Es nombrado autor del año por los Libreros Españoles.

1985, ve la luz su decimosexta novela, El tesoro y un libro recopilatorio, La censura en la prensa en los años 40 y otros ensayos. El seis de diciembre es nombrado" Chevalier de l'ordre dels arts et des lettres" de Francia

1987. Decimoséptima novela Madera de héroe. Doctor Honoris Causa por la Universidad Complutense de Madrid.

1989. Publica su libro memorialístico Mi vida al aire libre.

1990. Publica Pegar la hebra, colección de artículos periodísticos. Doctor Honoris Causa por la Universidad de El Sarre (RFA)

1991, Premio Nacional de las Letras Españolas El dieciocho de noviembre publica Señora de rojo sobre fondo gris.

1992, octavo libro de caza: El último coto.

El veinticinco de abril de 1994 recibe el Premio Cervantes.

1995, ve la luz su Diario de un jubilado.

1998, publica su, de momento, última novela, El hereje.

Discurso de entrega del Premio Cervantes

"(…) Hay personas que no comprenden que yo sienta al recibir este Premio Cervantes por "una vida entregada" a la literatura, un poso de melancolía, cuando, bien mirado, no creo que pueda ser de otra manera. Entregada a la literatura o no, la vida que se me dio es una vida "ya" vivida y, en consecuencia, el premio, con un reconocimiento a la labor desarrollada, envuelve un agradecimiento por los servicios prestados que no es otra cosa que una honorable jubilación. Cuando Cecilio Rubes, hombre de negocios y protagonista de mi novela Mi idolatrado hijo Sisí habla en una ocasión de la edad de su contable dice: "Si yo tuviera setenta años me moriría del susto". Y he aquí que esta frase que escribí cuando yo contaba treinta y dos y veía ante mí una vida inacabable, se ha hecho realidad de pronto y hoy debo reconocer que ya tengo la misma edad que el contable de Cecilio Rubes. ¿Cómo ha sido esto posible? Sencillamente porque si la vida siempre es breve, tratándose de un narrador, es decir de un creador de otras vidas, se abrevia todavía más, ya que éste antes que su personal aventura, se enajena para vivir las de sus personajes. Encarnado en unos entes ficticios, con fugaces descensos de las nubes, transcurre la existencia del narrador inventándose otros "yos", de forma que cuando medita o escribe, está abstraído, desconectado de la realidad. Y no sólo cuando medita o escribe. Cuando pasea, cuando conversa, incluso cuando duerme, el novelista no se piensa ni se sueña a sí mismo; está desdoblado "en otros seres" actuando por ellos. ¿Cuántas veces el novelista, traspuesto en fecundo y lúcido duermevela, no habrá resuelto una escena, una compleja situación de su novela? Tendrá entonces que producirse en la vida particular del narrador una emoción muy fuerte (el nacimiento de un hijo, la enfermedad o la muerte de un ser querido) para que este estado de enajenación cese, al menos circunstancialmente.

Pero esos otros seres que el creador crea son seres inexistentes, de pura invención, mas el escritor se esfuerza por hacerlos parecer reales. De ahí que mientras dura el proceso de gestación y redacción de una novela, el narrador procura identificarse con ellos, no abandonarlos un solo instante. El problema del creador en ese momento es hacerlos pasar por vivos a los ojos del lector y de ahí su desazón por identificarse con ellos. En una palabra, el desdoblamiento del narrador le conduce a asumir unas vidas distintas a la suya pero lo hace con tanta unción, que su verdadera existencia se diluye y deja en cierta medida de tener sentido para él.

La imaginación del novelista debe ser tan dúctil como para poder intuir lo que hubiera sido su vida de haber encaminado sus pasos por senderos que en la realidad desdeñó. En cada novela asume papeles diferentes para terminar convirtiéndose en un visionario esquizofrénico. Paso a paso, el novelista va dejando de ser él mismo para irse transformando en otros personajes. Y cuando éstos han adquirido ya relieve y fuerza para vivir por su cuenta, otros entes, llamados a ocupar su puesto en diferentes obras, bullen y alimentan en su interior reclamando protagonismo.

Éste ha sido, al menos, mi caso en tanto que narrador. Pasé la vida disfrazándome de otros, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía aquélla más rica y variada. Disfrazarse era el juego mágico del hombre, que se entregaba fruitivamente a la creación sin advertir cuanto de su propia sustancia se le iba en cada desdoblamiento. La vida, en realidad, no se ampliaba con los disfraces, antes al contrario, dejaba de vivirse, se convertía en una entelequia cuya única realidad era el cambio sucesivo de personajes.

Pero este derroche de la propia vida en función de otros, no tenía una compensación en tiempo. Es decir, cuando yo "vivía por otro". Cuando vivía una vida "ajena a la mía", no se me paraba el reloj. El tiempo seguía fluyendo inexorablemente sin yo percatarme. Sentía, sí, el gozo y el dolor de la creación pero era insensible al paso del tiempo. Veía crecer a mi alrededor seres como el Mochuelo, Lorenzo el cazador, el viejo Eloy, El Nini, el señor Cayo, el Azarías, Pacífico Pérez, Gervasio García de la Lastra, seres que "eran yo" en diferentes coyunturas. Nada tan absorbente como la gestación de estos personajes. Ellos iban redondeando sus vidas a costa de la mía. Ellos eran los que evolucionaban y, sin embargo, el que cumplía años era yo. Hasta que un buen día al levantar los ojos de las cuartillas y mirarme al espejo me di cuenta de que era un viejo. En buena parte, ellos me habían vivido la vida, me la habían sorbido poco a poco. Mis propios personajes me habían disecado, no quedaba de mí más que una mente enajenada y una apariencia de vida. Mi entidad real se había transmutado en otros, yo había vivido ensimismado, mi auténtica vida se había visto recortada por una vida de ficción. Y cuando quise darme cuenta de este despojo y recuperar lo que era mío, mi espalda se había encorvado ya y el ácido úrico se había instalado en mis articulaciones. Ya no era tiempo. Yo era ya tan viejo como el viejo contable de Cecilio Rubes pero, en contra de lo que temía, no me había muerto del susto por la sencilla razón de que se me había escamoteado el proceso.

Y si las cosas son así, ¿cómo mostrarme insensible al obtener este Premio Cervantes merced a la benevolencia de un jurado de hombres ilustres? ¿Cómo no sentir en este momento un poso de melancolía? Los amigos me dicen con la mejor voluntad: que conserve usted la cabeza muchos años. ¿Qué cabeza? ¿La mía, la del viejo Eloy, la del señor Cayo, la de Pacífico Pérez, la de Menchu Sotillo? ¿Qué cabeza es la que debo conservar? En cualquier caso en el mundo de la literatura todo es relativo. Hay obras de viejos verdaderamente "admirables" y otras que "no" debieron escribirse nunca. Entonces antes que a conservar la cabeza muchos años a lo que debo aspirar ahora es a conservar la cabeza suficiente para darme cuenta de que estoy perdiendo la cabeza. Y en ese mismo instante frenar, detenerme al borde del abismo y no escribir una letra más.

El arco que se abrió para mí en 1948 al obtener el Premio Nadal, se cierra ahora, en 1994, al recibir de manos de Su Majestad -a quien agradezco profundamente esta deferencia- el Premio Cervantes. En medio quedan unos centenares de seres que yo alenté con interesado desprendimiento. Yo no he sido tanto yo como los personajes que representé en este carnaval literario. Ellos son, pues, en buena parte, mi biografía."
Miguel Delibes

18 de nov. 2007

Excursiones y senderismo



Nuestra amiga Carmen G. anuncia la próxima excursión del CER - Centre Excursionista de Ripollet- que cierra el presente año.
El día 15 de diciembre de 2.007- sábado- se realizará la Segunda Etapa del GR-192 Ruta del Vent ( Mare de Dèu de la Roca-Masboquera) de 18 kilómetros.
Animamos a todos los compañeros y compañeras de Vespres a realizar un agradable paseo por tierras tarraconenses.
Asimismo os anunciamos que el CER ha abierto una puerta de comunicación y diálogo con todos sus miembros y simpatizantes a través de un Blog. En el mismo encontrareís la programación del próximo año 2008 así como documentos gráficos y la crónica de las últimas excursiones.
Aquí os pongo un enlace a la página y, en el apartado de "Otros enlaces", uno permanente.

¿Extinción o robótica?


En el seno del grupo surge, de vez en cuando, el debate sobre el futuro de la raza humana desde el punto de vista de su actual dinámica de desarrollo técnico y científico y, como no, en su relación con el entorno natural.
En el periódico El País de hoy viene un interesante artículo sobre una reunión de expertos, convocados por el Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL), en la ciudad alemana de Heidelberg. En la misma se les invitaba a reflexionar sobre el futuro del Homo Sapiens enfrentado a una extinción segura, como los miles de especies animales que se extinguen cada año en el planeta y a un cambio climático seguro que, como a ocurrido en los anteriores, ha supuesto la extinción de la mayoría de la biodiversidad planetaria. Las respuestas de los expertos fueron múltiples, pero tienen una nota en común, nada va a ser igual de aquí a poco tiempo (hablando en términos biológicos). Nos enfrentamos a una extinción cierta, ¿podremos evitarla?. Internet y la robótica serán nuestra salvación.

16 de nov. 2007

El camino (5) Miguel Delibes, obra y ética




1970. Publica su tercer libro de caza, Con la escopeta al hombro y el tercero de relatos La mortaja, compuesto de nueve relatos.


1972. Cuarto libro de caza, La caza en España.


1973. El uno de febrero es nombrado miembro de la Real Academia Española de la Lengua (sillón "e" minúscula). El siete de diciembre es elegido miembro de la Hispania Society of America. Publica su undécima novela El principe destronado.


1974. El veintidos de noviembre muere su esposa Ángeles.. José A, Páramo adapta para TVE su novela corta La mortaja, presentada con gran éxito en el festival de Montecarlo. En España no se podrá ver hasta el año 1993 a causa de la censura.
1975. El veinticinco de mayo pronuncia su discurso de ingreso a la RAE. Publica su decimosegunda novela, Las guerras de nuestros antepasados.
1977. Quinto libro de caza, Las alegrías de la caza.Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo y el primer y único libro sobre la pesca: Mis amigas las truchas.
1978. Decimotercera novela: El disputado voto del señor Cayo.

En el colofón de su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua ,de 1975, nuestro autor reflexiona sobre sus serias inquietudes hacia el ser humano en su relación con la Naturaleza y la importancia de las mismas en su obra.



"EL SENTIDO DEL PROGRESO EN MI OBRA

A la vista de cuanto llevo expuesto, no necesito decir que el actual sentido del progreso no me va, esto es, me desazona tanto que el desarrollo técnico se persiga a costa del hombre como que se plantee la ecuación Técnica-Naturaleza en régimen de competencia.

El desarrollo, tal como se concibe en nuestro tiempo, responde a todos los niveles, a un planteamiento competitivo. Bien mirado, el hombre del siglo XX no ha aprendido más que a competir y cada día parece más lejana la fecha en que seamos capaces de ir juntos a alguna parte.

Se aducirá que soy pesimista, que el cuadro que presento es excesivamente tétrico y desolador y que incluso ofrece unas tonalidades apocalípticas poco gratas. Tal vez sea así: es decir puede que las cosas no sean tan hoscas como yo las pinto, pero yo no digo que las cosas sean así, sino que, desgraciadamente, yo las veo de esa manera.

Por si fuera poco, el programa regenerador del Club de Roma con su fórmula del «crecimiento cero» y el consiguiente retorno al artesanado y «a la mermelada de la abuelita», se me antoja, por el momento, utópico e inviable. Falta una autoridad universal para imponer estas normas. Y aunque la hubiera: ¿cómo aceptar que un gobierno planifique nuestra propia familia? ¿Sería justo decretar un alto en el desarrollo mundial cuando unos pueblos los menos- lo tienen todo y otros pueblos -los más- viven en la miseria y la abyección más absolutas? Sin duda la puesta en marcha del programa restaurador del Club de Roma exigiría unos procesos de adaptación éticos, sociales, religiosos y políticos, que no pueden improvisarse.

O sea, hoy por hoy, la Humanidad no está preparada para este salto. Algunas gentes, sin embargo, ante la repentina crisis de energía que padece el mundo, han hablado, con tanta desfachatez como ligereza, del fin de la era del consumismo. Esto, creo, es mucho predecir. El mundo se acopla a la nueva situación, acepta el paréntesis; eso es todo. Mas, mucho me temo que, salvadas las circunstancias que lo motivaron, la fiebre del consumo se despertará aún más voraz que antes de producirse. Cabe, claro está, que la crisis se prolongue, se haga endémica, y el hombre del siglo XX se vea forzado a alterar sus supuestos. Mas esta alteración se soportará como una calamidad, sin el menor espíritu de regeneración y enmienda. En este caso, la tensión llegará a hacerse insoportable.

A mi entender, únicamente un hombre nuevo, humano, imaginativo, generoso sobre un entramado social nuevo, sería capaz de afrontar, con alguna probabilidad de éxito, un programa restaurador y de encauzar los conocimientos actuales hacia la consecución de una sociedad estable. Lo que es evidente, como dice Alain Hervé, es que a estas alturas, si queremos conservar la vida, hay que cambiarla.

Pero a lo que iba, mi actitud ante el problema -actitud pesimista, insisto- no es nueva. Desde que tuve la mala ocurrencia de ponerme a escribir me ha movido una obsesión antiprogreso, no porque la máquina me parezca mala en sí, sino por el lugar en que la hemos colocado con respecto al hombre.

Por eso, mis palabras no son sino la coronación de un largo proceso que viene clamando contra la deshumanización progresiva de la Sociedad y la agresión a la Naturaleza, resultados, ambos, de una misma actitud: la entronización de las cosas. Pero el hombre, nos guste o no, tiene sus raíces en la Naturaleza y al desarraigarlo con el señuelo de la técnica, lo hemos despojado de su esencia.

Esto es lo que se trasluce, imagino, de mis literaturas y lo que quizás indujo a Torrente Ballester a afirmar que para mi «el pecado estaba en la ciudad y la virtud en el campo». En rigor antes que menosprecio de corte y alabanza de aldea, en mis libros hay un rechazo de un progreso que envenena la corte e incita a abandonar la aldea. Desde mi atalaya castellana, o sea, desde mi personal experiencia, es esta problemática la que he tratado de reflejar en mis libros. Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble.

Y la destrucción de la Naturaleza no es solamente física, sino una destrucción de su significado para el hombre, una verdadera amputación espiritual y vital de éste. Al hombre, ciertamente, se le arrebata la pureza del aire y del agua, pero también se le amputa el lenguaje, y el paisaje en que transcurre su vida, lleno de referencias personales y de su comunidad, es convertido en un paisaje impersonalizado e insignificante.

En el primero de estos aspectos, ¿cuántos son los vocablos relacionados con la Naturaleza, que, ahora mismo, ya han caído en desuso y que, dentro de muy pocos años, no significarán nada para nadie y se transformarán en puras palabras enterradas en los diccionarios e ininteligibles para el Homo tecnologicus? Me temo que muchas de mis propias palabras, de las palabras que yo utilizó en mis novelas de ambiente rural, como ejemplo aricar, agostero, escardar, celemín, soldada, helada negra, alcor, por no citar más que unas cuantas, van a necesitar muy pronto de notas aclaratorias como si estuviesen escritas en un idioma arcaico o esotérico, cuando simplemente han tratado de traslucir la vida de la Naturaleza y de los hombres que en ella viven y designar al paisaje, a los animales y a las plantas por sus nombres auténticos. Creo que el mero hecho de que nuestro diccionario omita muchos nombres de pájaros y plantas de uso común entre el pueblo es suficientemente expresivo en este aspecto.

¿Qué sentido tiene un paisaje vacío?

Y por otro lado, ¿qué será de un paisaje sin hombres que en él habiten de continuo y que son los que le confieren realidad y sentido? A este respecto, Frederic Ulhman, refiriéndose a la creación de la reserva de Cévennes, escribe en Le Nouvel Observateur: «¿Qué interés tiene preservar la Naturaleza en un parque nacional si luego no se puede encontrar allí a los que, desde siempre, han vivido la intimidad de su país; si no se encuentra allí a los que saben dar su nombre a la montaña y que, al hacerlo, la dan vida?

»Cada vez que muere una palabra de "patois", que desaparece un caserío solitario en pleno campo o que no hay nadie para repetir el gesto de los humildes, su vida, sus historias de caza y el mito viviente, entonces es la Humanidad entera la que pierde un poco de su savia y un poco más de su sabor.»

«El chopo del Elicio», «El Pozal de la Culebra» o «Los almendros del Ponciano», a que me refiero en mi relato Viejas historias de Castilla la Vieja, son, en efecto, un trozo de paisaje y de vida, imbricados el uno en la otra, como los trigales de Van Gogh o nuestra propia casa animada por la personalidad de cada uno de nosotros y enteramente distinta a todas las demás incluso en el más pequeño de los desconchones. Cada una de esas parcelas del paisaje alberga historias o mitos que son vida, han sido vivificados por el Elicio o el Ponciano y, a la vez, hablan a los demás; el día que pierdan su nombre, si es que subsisten todavía físicamente, no serán ya más que un chopo, unos almendros o un pozal reducidos al silencio, objetivados, muertos, no más significantes que cualquier otro árbol o rincón municipalmente establecido.

Y este destino, como añade Ulhman, nos advierte inequívocamente que nos estamos aproximando a uno más, y no el menos pavoroso, de los resultados de nuestra incontrolada tecnología: la pasión y muerte de la Naturaleza.

El éxodo rural, por lo demás, es un fenómeno universal e irremediable. Hoy nadie quiere parar en los pueblos porque los pueblos son el símbolo de la estrechez, el abandono y la miseria. Julio Senador advertía que el hombre puede perderse lo mismo por necesidad que por saturación. Lo que no imaginaba Senador es que nuestros reiterados errores pudieran llevarle a perderse por ambas cosas a la vez, al hacer tan invisible la aldea como la megápolis.

Los hombres de la segunda era industrial no hemos acertado a establecer la relación Técnica-Naturaleza en términos de concordia y a la atracción inicial de aquélla concentrada en las grandes urbes, sucederá un movimiento de repliegue en el que el hombre buscará de nuevo su propia personalidad, cuando ya tal vez sea tarde porque la Naturaleza cómo tal habrá dejado de existir.

En esta tesitura, mis personajes se resisten, rechazan la masificación. Al presentárseles la dualidad Técnica-Naturaleza como dilema, optan resueltamente por ésta que es, quizá la última oportunidad de optar por el humanismo. Se trata de seres primarios, elementales, pero que no abdican de su humanidad; se niegan a cortar las raíces. A la sociedad gregaria que les incita, ellos oponen un terco individualismo. En eso, tal vez, resida la última diferencia entre mi novela y la novela objetiva o behaviorista.

Ramón Buckley ha interpretado bien mi obstinada oposición al gregarismo cuando afirma que en mis novelas yo me ocupo «del hombre como individuo y busco aquellos rasgos que hacen de cada persona un ser único, irrepetible». Es ésta, quizá, la última razón que me ha empujado a los medios rurales para escoger los protagonistas de mis libros. La ciudad uniforma cuanto toca; el hombre enajena en ella sus perfiles característicos. La gran ciudad es la excrecencia y, a la vez, el símbolo del actual progreso.

De aquí que el Isidoro, protagonista de mi libro Viejas historias de Castilla la Vieja, la rechace y exalte la aldea como último reducto del individualismo: «Pero lo curioso -dice- es que allá, en América, no me mortificaba tener un pueblo y hasta deseaba que cualquiera me preguntase algo para decirle: "Allá, en mi pueblo, al cerdo lo matan así o asá." O bien: "Allá en mi pueblo, la tierra y el agua son tan calcáreas que los pollos se asfixian dentro del huevo sin llegar a romper el cascarón..." Y empecé a darme cuenta entonces de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero, y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillos y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y, con los años, no quedaba allí un sólo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.»

Esto ya expresa en mis personajes una actitud ante la vida y un desdén explícito por un desarrollo desintegrador y deshumanizador; el mismo que induce a Nini, el niño sabio de Las ratas, a decir a Rosalino el Encargado que le presenta el carburador de un tractor averiado, «de eso no sé, señor Rosalino, eso es inventado».

Esta respuesta displicente no envuelve un rechazo de la máquina, sino un rechazo de la máquina en cuanto a obstáculo que se interpone entre los corazones de los hombres y entre el hombre y la Naturaleza. Mis personajes son conscientes, como lo soy yo, su creador, de que la máquina, por un error de medida, ha venido a calentar el estómago del hombre pero ha enfriado su corazón.

Así, cuando Juan Gualberto el Barbas, protagonista de La caza de la perdiz roja, se dirige a su interlocutor el cazador, y le dice: «Desengáñese, Jefe, los hombres de hoy no tienen paciencia. Si quieren ir a América, agarran el avión y se plantan en América en menos tiempo del que yo tardó en aparejar el macho para ir a Villagina. Y yo digo, si van con estas prisas, ¿cómo van a tener paciencia para buscar la perdiz, levantarla, cansarla y matarla luego, después de comerse un taco tranquilamente a la abrigada charlando de esto y de lo otro?» Cuando el Barbas dice esto, repito, con su filosofía directa y socarrona, está exaltando lo natural frente al artificio avasallador de la técnica, está condenando los apremios contemporáneos, el automatismo y la falta de comunicación. En una palabra, está rechazando una torpe idea de progreso que, para empezar ha dejado su pueblo deshabitado.

El Barbas, como el resto de mis personajes, buscan asideros estables y creen encontrarlos en la Naturaleza. El viejo Isidoro regresa de América con la ilusión obsesiva de encontrar su pueblo como lo dejó. A su modo, intuye que el verdadero progresismo ante la Naturaleza, como dice Aquilino Duque, es el conservadurismo. En rigor una constante de mis personajes urbanos es el retorno al origen, a las raíces, particularmente en momentos de crisis: Pedro, protagonista de La sombra del ciprés, refugia en el mar su misoginia; Sebastián, de Aún es de día, escapa al campo para ordenar sus reflexiones; Sisi, el hijo de Cecilio Rubes, descubre en la Naturaleza el sentido de la vida; a la Desi, la criada analfabeta de La Hoja Roja, la persigue su infancia rural como la propia sombra.

Esta actitud se hace pasión en Lorenzo, cazador y emigrante, quien en un rapto de exaltación, ante el anuncio de una nueva primavera, escribe en su «Diario»: «El campo estaba hermoso con los trigos apuntados. En la coquina de la ribera había ya chiribitas y matacandiles tempranos. Una ganga vino a tirarse a la salina y viró al guiparnos. Volaba tan reposada que la vi a la perfección el collarón rojo y las timoneras picudas. Era un espectáculo. Así, cómo nosotros, debió de sentirse Dios al terminar de crear el mundo.»

Solitarios a su pesar

Mis personajes hablan poco, es cierto, son más contemplativos que locuaces, pero antes que como recurso para conservar su individualismo, como dice Buckley es por escepticismo, porque han comprendido que a fuerza de degradar el lenguaje lo hemos inutilizado para entendernos. De ahí que el Ratero se exprese por monosílabos; Menchu en un monólogo interminable, absolutamente vacío; y Jacinto San José trata de inventar un idioma que lo eleve sobre la mediocridad circundante y evite su aislamiento.

Mis personajes no son, pues, asociales, insociables ni insolidarios, sino solitarios a su pesar. Ellos declinan un progreso mecanizado y frío, es cierto, pero, simultáneamente, este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineludiblemente en la cuneta a los viejos, los analfabetos, los tarados y los débiles.

Y aunque un día llegue a ofrecerles un poco de piedad organizada, una ayuda -no ya en cuanto semejantes sino en cuanto perturbadores de su plácida digestión- siempre estará ausente de ella el calor.

«El hombre es un ser vivo en equilibrio con los demás seres vivos», ha dicho Faustino Cordón. Y así debiera ser pero nosotros, nuestro progreso despiadado, ha roto este equilibrio con otros seres y de unos hombres con otros hombres. De esta manera son muchas las criaturas y pueblos que, por expresa renuncia o porque no pudieron, han dejado pasar el tren de la abundancia y han quedado marginados. Son seres humillados y ofendidos -la Desi, el viejo Eloy, el Tío Ratero, el Barbas, Pacífico, Sebastián...- que inútilmente esperan, aquí en la Tierra, algo de un Dios eternamente mudo y de un prójimo cada día más remoto.

Estas víctimas de un desarrollo tecnológico implacable, buscan en vano un hombro donde apoyarse, un corazón amigo, un calor, para constatar, a la postre, como el viejo Eloy de La Hoja Roja, que «el hombre al meter el calor en un tubo creyó haber resuelto el problema pero, en realidad, no hizo sino crearlo porque era inconcebible un fuego sin humo y de esta manera la comunidad se había roto».

Seguramente esta estimación de la sociedad en que vivimos es lo que ha movido a Francisco Umbral y Eugenio de Nora a atribuir a mis escritos un sentido moral. Y en verdad, es este sentido moral lo único que se me ocurre oponer como medida de urgencia, a un progreso cifrado en el constante aumento del nivel de vida.

A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo, y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la Naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. Esta conciencia moral universal, fue, por encima del dinero y de los intereses políticos, la que detuvo la intervención americana en el Vietnam y la que viene exigiendo juego limpio en no pocos lugares de la Tierra. Esta conciencia, que encarno preferentemente en un amplio sector de la juventud que ha heredado un mundo sucio en no pocos aspectos, justifica mi esperanza.

Muchos jóvenes del Este y del Oeste reclaman hoy un mundo más puro, seguramente, como dice Burnet, por ser ellos la primera generación con DDT en la sangre y estroncio 90 en sus huesos.

Porque si la aventura del progreso, tal como hasta el día la hemos entendido, ha de traducirse inexorablemente, en un aumento de la violencia y la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de la Naturaleza; del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura; de la explotación del hombre por el hombre y la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana: «¡Que paren la Tierra, quiero apearme!»
Miguel Delibes"

14 de nov. 2007

El camino (4) Miguel Delibes y la Naturaleza



En 1961 publica su segundo libro de viajes, Por esos mundos: Sudamérica con escala en Canarias. En marzo aparece un nuevo suplemento en "El Norte de Castilla" títulado "El Caballo de Troya", que quiere ser un medio de discusión y debate abierto frente a la censura franquista imperante. En 1962 muestro autor gana el Premio de La Crítica con su obra Las Ratas. Ana Mariscal dirige una versión cinematográfica de El Camino


El ocho de junio de 1963 dimite como director de "El Norte de Castilla" por sus reiterados enfrentamientos con el Ministro de Información y Turismo de la época, Manuel Fraga Iribarne Publica su primer libro de caza: La caza de la perdiz roja y el tercero de viajes Europa: parada y fonda. Al año siguiente ,1964, publica el libro de relatos Viejas historias de Castilla la Vieja y el segundo libro de caza El libro de la caza menor.


El año 1966 ve la luz uno de sus libros más celebres y que ha sido llevado reiteradamente a la escena: Cinco horas con Mario. Publica su cuarto libro de viajes: USA y yo. Su décima novela se publica en 1969 Titulada Parábola del náufrago, está dedicada "a todos los oprimidos, a los del Este y a los del Oeste)


En la continuación de su discurso ante la RAE, Miguel Delibes habla de un tema recurrente en su obra y que ha marcado su forma de pensar y actuar: la naturaleza y el medio natural.

"LA NATURALEZA, CHIVO EXPIATORIO

Esta sed insaciable de poder; de elevarse en la jerarquía del picoteo, que el hombre y las instituciones por él creadas manifiestan frente a otros hombres y otras instituciones, se hace especialmente ostensible en la Naturaleza.

En la actualidad la abundancia de medios técnicos permite la transformación del mundo a nuestro gusto, posibilidad que ha despertado en el hombre una vehemente pasión dominadora. El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro.

La Naturaleza se convierte así en el chivo expiatorio del progreso. El biólogo australiano Macfarlane Burnet, que con tanta atención observa y analiza la marcha del mundo, hace notar en uno de sus libros fundamentales que «siempre que utilicemos nuestros conocimientos para la satisfacción a corto plazo de nuestros deseos de confort, seguridad o poder; encontraremos, a plazo algo más largo, que estamos creando una nueva trampa de la que tendremos que librarnos antes o después».

He aquí, sabiamente sintetizado, el gran error de nuestro tiempo. El hombre se complace en montar su propia carrera de obstáculos. Encandilado por la idea de progreso técnico indefinido, no ha querido advertir que éste no puede lograrse sino a costa de algo. De ese modo hemos caído en la primera trampa: la inmolación de la Naturaleza a la Tecnología. Esto es de una obviedad concluyente. Un principio biológico elemental dice que la demanda interminable y progresiva de la industria no puede ser atendida sin detrimento por la Naturaleza, cuyos recursos son finitos.

Toda idea de futuro basada en el crecimiento ilimitado conduce, pues, al desastre. Paralelamente, otro principio básico incuestionable es que todo complejo industrial de tipo capitalista sin expansión ininterrumpida termina por morir. Consecuentemente con este segundo postulado, observamos que todo país industrializado tiende a crecer; cifrando su desarrollo en un aumento anual que oscila entre el dos y el cuatro por ciento de su producto nacional bruto. Entonces, si la industria, que se nutre de la Naturaleza, no cesa de expansionarse, día llegará en que ésta no pueda atender las exigencias de aquélla ni asumir sus desechos; ese día quedará agotada.

La novelista americana Mary Mc Carthy hace decir a Kant redivivo, en una de sus últimas novelas, que «la Naturaleza ha muerto». Evidentemente la novelista anticipa la defunción, pero, a juicio de notables naturalistas, no en mucho tiempo, ya que para los redactores del Manifiesto para la Supervivencia, de no alterarse las tendencias del progreso «la destrucción de los sistemas de mantenimiento de la vida en este planeta será inevitable, posiblemente a finales de este siglo, y con toda seguridad, antes de que desaparezca la generación de nuestros hijos».

Robert Heilbroner, algo más optimista, aplaza este día terrible, que ya ha dado en llamarse «el Día del Juicio Final», para dentro de unos siglos> en tanto Barry Commoner lo reduce a unos lustros: «Aún es tiempo -dice éste-, quizás una generación, dentro del cual podamos salvar al medio ambiente de la violenta agresión que le hemos causado.»

A mi juicio, no importa tanto la inminencia del drama como la certidumbre, que casi nadie cuestiona, de que caminamos hacia él. Michel Bosquet dice, en Le Nouvel Obserbateur, que «a la Humanidad que ha necesitado treinta siglos para tomar impulso, apenas le quedan treinta años para frenar ante el precipicio».

Como se ve, el problema no es baladí. Lo expuesto no es un relato de ciencia-ficción, sino el punto de vista de unos científicos que han dedicado todo su esfuerzo al estudio de esta cuestión, la más compleja e importante, sin duda, que hoy aqueja a la Humanidad.

La Naturaleza ya está hecha, es así. Esto, en una era de constantes mutaciones, puede parecer una afirmación retrógrada. Mas, si bien se mira, únicamente es retrógrada en la apariencia. En mi obra El libro de la caza menor, hago notar que toda pretensión de mudar la Naturaleza es asentar en ella el artificio, y por tanto, desnaturalizarla, hacerla regresar. En la Naturaleza, apenas cabe el progreso. Todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente, es retroceder.

Empero, el hombre se obstina en mejorarla y se inmiscuye en el equilibrio ecológico, eliminando mosquitos, desecando lagunas o talando el revestimiento vegetal. En puridad, las relaciones del hombre con la Naturaleza, como las relaciones con otros hombres, siempre se han establecido a palos. La Historia de la Humanidad no ha sido otra cosa hasta el día de hoy que una sucesión incesante de guerras y talas de bosques.

Y ya que, inexcusablemente, los hombres tenemos que servirnos de la Naturaleza, a lo que debemos aspirar es a no dejar huella, a que se «nos note» lo menos posible. Tal aspiración, por el momento, se aproxima a la pura quimera. El hombre contemporáneo está ensoberbecido; obstinado en demostrarse a sí mismo su superioridad, ni aun en el aspecto demoledor renuncia a su papel de protagonista.

En esta cuestión, el hombre-supertécnico, armado de todas las armas, espoleado por un afán creciente de dominación, irrumpe en la Naturaleza, y actúa sobre ella en los dos sentidos citados, a cuál más deplorable y desolador; desvalijándola y envileciéndola."
"UN MUNDO QUE SE AGOTA

La pueril idea de un mundo inmenso, inabarcable e inagotable, que acompaña al hombre desde su origen, se esfuma a mediados de este siglo con la aparición de aviones supersónicos que ciñen su cintura -la del mundo- en unas horas y con el primer hombre que pone su pie en la Luna.

Las fotografías tomadas desde los cohetes lunares muestran al planeta Tierra como un pequeño punto azul en el firmamento, lo que equivale a reconocer que 100.000 millones de otras galaxias pueden albergar, cada una, cientos de miles de sistemas solares semejantes al nuestro. La técnica, que puede mucho, evidencia que somos poco. Esto supone para el orgullo del hombre, en cierto modo, una humillación, pero también una toma de conciencia: la de estar embarcado en una nave cuya despensa, por abastecida que quiera estar, siempre será limitada.

Esta convicción destruye la idea peregrina de la infinidad de recursos y presenta, a cambio, de cara al futuro, el posible fantasma de la escasez. Merced al perfeccionamiento de las técnicas de prospección, el hombre empieza a tocar ya las tristes consecuencias del despilfarro iniciado con la era industrial.

La advertencia de la Oficina de Minas de los Estados Unidos al respecto es sumamente precisa: las reservas mundiales de plomo, mercurio y platino durarán unos lustros; pocos más, las de estaño y cinc; el doble, más o menos, las de cobre, y las de hierro y petróleo apenas un par de siglos. ¿Qué suponen estos plazos en la vida de la Humanidad? En rigor algo tan insignificante que sobrecoge pensarlo.

Pues bien, estos recursos, vitales para nuestra economía, se acaban y no son recuperables. ¿Qué hará nuestro flamante hombre industrial el día que los yacimientos de mercurio, plomo, cobre, cinc, estaño, hierro y petróleo se hayan agotado? Es difícil imaginarlo, pero por lo que atañe a este último -el oro negro- ya hemos podido vislumbrarlo en Europa durante las crisis de abastecimiento que con frecuencia padecemos.

Una pregunta clave se impone, sin embargo: este consumo exagerado de recursos esenciales ¿es excesivo por exigencias normales de la industria o por una tendencia a la dilapidación que despierta el elevado nivel de vida de las sociedades evolucionadas? Por de pronto, hoy sabemos que Norteamérica, con sólo un 6 % de la población mundial, consume un 40 % del total del papel, un 36 % de combustibles fósiles y un 25 % del acero, mientras produce el 70 % de los desperdicios sólidos del mundo. Entre Europa y Estados Unidos, con un 16 % de la población mundial, devoran el 80 % de los recursos del globo limitados e irrecuperables.

En lo atañedero a la agricultura ha llegado a afirmarse que los 200 millones de americanos causan al planeta una destrucción pareja a la que podrían provocar, si existiesen, cinco mil millones de indios. Como puede observarse, gasto y daño van en razón directa con el grado de evolución.

Por mi parte puedo decir que mi estancia en los Estados Unidos, hace unos años, me abrumó, entre otras cosas, por el dispendio que observaba a mi alrededor. Con los excesos americanos, pensaba yo entonces, podrían salir de pobres varios países subdesarrollados. Diariamente, en las primeras horas de la mañana, llamaban mi atención los millares de poderosos automóviles de veinte o treinta caballos, desplazando cada uno a una sola persona a su lugar de trabajo. Daba la impresión de que los transportes colectivos, bien organizados y confortables, estaban allí de más.

En otras palabras, cada americano malgastaba diariamente en acudir a su trabajo y en regresar de él treinta o cuarenta litros de gasolina.

Pues bien, este alegre y despreocupado derroche, si que con una importante corrección respecto al número de caballos, se ha trasladado a Europa y, más concretamente, a España. Los pies ya no sirven, en ninguna parte, dentro de ese mundo que hemos dado en llamar civilizado, para desplazarnos, sino para acelerar y desembragar. Como diría González Ruano, el hombre del siglo xx ha perdido la alegría de andar. Malgasta así, no sólo las riquezas naturales comunes, sino su dinero y su salud.

Mas, ¿qué importancia tiene esto -se argumentará- frente al tiempo que se gana? Y yo me pregunto: ¿de veras gana algo con tales apremios el hombre contemporáneo? ¿No será más exacto afirmar que la mecanización le ha desquiciado? ¿No resulta obvio que el hombre protegido por unos cristales y una chapa de hierro, con un pedal en el pie derecho capaz de impulsarle a cien kilómetros a la hora, se torna duro, insolidario, hermético y agresivo? El gasto de combustibles fósiles, tiene, pues, sobre el gasto en si, un elevado precio.

La civilización, en sus últimas etapas, viene presidida por el signo de la prodigalidad. En treinta años hemos multiplicado por diez el consumo de petróleo.

Damos la impresión de no querer enterarnos de que nuestra próspera industria y nuestra comodidad dependen de unas bolsas fósiles que en unos pocos años se habrán agotado. El problema, en un próximo futuro, no radicará en hacer nuevas prospecciones y abrir nuevas calicatas. Eso sí, llegado el caso, el hombre podrá jactarse de una nueva proeza, en esta época de culto hacia las marcas: haberse bebido en un siglo una riqueza que tardó 600 millones de años en formarse.

Cabe una esperanza: la inseguridad de las previsiones en lo que se refiere a nuestras reservas. Pese a los modernos sistemas de prospección, son, en efecto, aleatorios los cálculos de nuestras disponibilidades de metales y combustibles. Amplias extensiones de Africa, Asia y Sudamérica están prácticamente inexploradas.

Sin embargo, dado el ritmo de consumo, parece razonable pensar que nunca, por muchas sorpresas que la geología puede depararnos, los plazos señalados más arriba puedan aumentar más allá de cuatro veces. En cualquier caso, augurar para el plomo y el mercurio una duración de ochenta años y de ciento para el estaño y el cinc, no es precisamente abrir para la Humanidad unas perspectivas halagüeñas."

12 de nov. 2007

El camino (3) Conocer al autor


El nueve de febrero de 1.944 inicia su actividad como redactor firmando críticas de cine con el seudónimo de Max. En 1945 gana la cátedra de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de Valladolid, compaginando su labor docente con la periodística. El ventitres de abril de 1.946 se casa con Ángeles de Castro.
Su primera novela ve la luz en 1.948, La sombra del ciprés es alargada, con la cual obtiene el Premio Nadal de novela.
Al año siguiente publica su segunda novela, Aún es de día, fuertemente recortada por la censura. Gana la cátedra de Historia de España en la Escuela de Comercio; al no encontrar manuales de su agrado el mismo publica una Historia de España . 1.950 es el año de publicación de su tercera novela, El camino, novela que estamos leyendo y que le dará la fama literaria. En 1.952 es nombrado subdirector de "El Norte de Castilla". En 1.953 publica Mi idolatrado hijo Sisi y, al año siguiente, su primer libro de relatos La partida, que contenía diez cuentos. En 1.955 consigue el Premio Nacional de Literatura con la novela Diario de un cazador. Su primer libro de viajes, Un novelista descubre América- Chile en ojo ajeno-, se publica en 1.956. Al año siguiente publica su segundo libro de relatos "Siestas con viento Sur", premio Fastenrath de la Real Academia Española. La obra contiene cuatro relatos: La mortaja, El Loco, Los nogales y Los raíles. En 1.958 es nombrado director de "El Norte de Castilla" y publica la novela Diario de un emigrante. En 1.959 publica la novela La hoja roja.
Nuestro autor, en esta larga reflexión que traemos aquí junto a su biografía, analiza en este punto las servidumbres del hombre moderno:
"HOMBRES ENCADENADOS

Para nuestra desgracia, el culatazo del progreso no sólo empaña la brillantez y eficacia de las conquistas de nuestra era. El progreso comporta -inevitablemente, a lo que se ve- una minimización del hombre. Errores de enfoque han venido a convertir al ser humano en una pieza más -e insignificante- de este ingente mecanismo que hemos montado. La tecnocracia no casa con eso de los principios éticos, los bienes de la cultura humanista y la vida de los sentimientos.

En el siglo de la tecnología, todo eso no es sino letra muerta. La idea de Dios, y aun toda aspiración espiritual, es borrada en las nuevas generaciones -seguramente porque la aceptación de estos principios no enalteció a las precedentes- mientras los estudios de Humanidades, por ceñirme a un punto concreto, sufren cada día, en todas partes, una nueva humillación. Es un hecho que las Facultades de Letras sobreviven en los países más adelantados con las migajas de un presupuesto que absorben casi íntegramente las Facultades y Escuelas técnicas.

En este país se ha hablado de suprimir la literatura en los estudios básicos -olvidando que un pueblo sin literatura es un pueblo mudo- porque, al distraer unas horas al alumnado, distancia la consecución de unas cimas científicas que, conforme a los juicios de valor vigentes, resultan más rentables. Los carriles del progreso se montan, pues, sobre la idea del provecho, o lo que es lo mismo, del bienestar. Pero, ¿en qué consiste el bienestar? ¿Qué entiende el hombre contemporáneo por «estar bien»?

En la respuesta a estas interrogantes no es fácil el acuerdo. Ello nos desplazaría, por otra parte, a ese otro complejo problema de la ocupación del ocio. Lo que no se presta a discusión es que el «estar bien» para los actuales rectores del mundo y para la mayor parte de los humanos, consiste, tanto a nivel comunitario cómo a niveles individuales, en disponer de dinero para cosas. Sin dinero no hay cosas y sin cosas no es posible «estar bien» en nuestros días.

El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo; llegado el caso, incluso al hombre. Con dinero se montan grandes factorías que producen cosas y con dinero se adquieren las cosas que producen esas grandes factorías. El hecho de que esas cosas sean necesarias o superfluas es accesorio. El juego consiste en producir y consumir; de tal modo que en la moderna civilización, no sólo se considera honesto sino inteligente, gastar uno en producir objetos superfluos y emplear noventa y nueve en persuadirnos de que nos son necesarios.

Ante la oportunidad de multiplicar el dinero -insisto, a todos los niveles-, los valores que algunos seres aún respetamos, son sacrificados sin vacilación. Entre la supervivencia de un bosque o una laguna y la erección de una industria poderosa, el hombre contemporáneo no se plantea problemas: optará por la segunda. Encarados a esta realidad, nada puede sorprendernos que la corrupción se enseñoree de las sociedades modernas. El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre tiene su precio alcanza así un sentido literal, de plena y absoluta vigencia, en la sociedad de nuestros días.

Esta tendencia arrolladora del progreso se manifiesta en todos los terrenos. Yo recuerdo que allá por los años 50, un ridículo concepto de la moral llevó a este país a la proscripción de las playas mixtas y la imposición del albornoz en los baños públicos para preservar a los españoles del pecado. Se trataba de una moral pazguata y atormentada, de acuerdo, pero, era la moral que oficialmente prevalecía. Fue suficiente, empero, el descubrimiento de que el desnudismo aportaba divisas para que se diera paso franco a la promiscuidad soleada y al «bikini». El dinero triunfaba también sobre la moral.

Y ¿qué decir de los trabajos rutinarios, embrutecedores, sobre los que se organiza hoy la gran industria?

La eficacia, la producción espectacular -o, lo que es lo mismo, el dinero- se antepone igualmente a la integridad y la dignidad humanas. Fabricar un hombre es una actividad infinitamente más sencilla y agradable que fabricar un automóvil, con lo que nunca ha de faltar el recambio para un hombre inutilizado. Sobre esta base, nace y se extiende la fabricación en serie, en cadena, dónde no cuentan más que los resultados. Las nobles advertencias de Charles Chaplin al respecto, en el primer tercio del siglo, es decir cuando aún era tiempo de reflexión, quedaron como una obra de arte, sin ninguna trascendencia práctica.

Así, paralelamente a la producción de cosas, se iban produciendo frustraciones también en cadena. La serie facilita una compensación pendular: si, por un lado, destruye al hombre al anular su amor por la obra bien hecha, por el otro, facilita la consecución de esa obra y esto, cerrar el ciclo, es lo que en definitiva interesa al orden económico de nuestro tiempo. El hecho de que la serie fabrique, de rechazo, hombres en serie y la cadena, hombres encadenados, no nos desazona porque no interrumpe la marcha del progreso.

Simultáneamente, el desarrollo exige que la vida de estas cosas sea efímera, o sea, se fabriquen mal deliberadamente, supuesto que el desarrollo del siglo XX requiere una constante renovación para evitar que el monstruoso mecanismo se detenga. Yo recuerdo que antaño se nos incitaba a comprar con insinuaciones macabras cuando no aterradoramente escatológicas: «Este traje le enterrará a usted», «Tenga por seguro que esta tela no la gasta».

Hoy no aspiramos a que ningún traje nos entierre, en primer lugar porque la sola idea de la muerte ya nos estremece y, en segundo, porque unas ropas vitalicias podrían provocar el gran colapso económico de nuestros días.

Con la superfluidad es, por tanto, la fungibilidad la nota característica de la moderna producción, porque, ¿qué sucedería el día que todos estuviéramos servidos de objetos perdurables? La gran crisis, primero, y, después el caos. Apremiados por esta exigencia, fabricamos, intencionadamente, telas para que se ajen, automóviles para que se estropeen, cuchillos para que se mellen, bombillas para que se fundan.

Es la civilización del consumo en estado puro, de la incesante renovación de los objetos -en buena parte, innecesarios- y, en consecuencia, del desperdicio. Y no se piense que este pecado -grave sin duda- es exclusivo del mundo occidental puesto que, si mal no recuerdo, Kruschev declaraba en sus horas altas de 1955 que la meta soviética era alcanzar cuanto antes el nivel de consumo americano. El primer ministro ruso venía a reconocer así que si el delirio consumista no había llegado a la URSS no era porque no quisiera sino porque no podía. Sus aspiraciones eran las mismas.

En rigor, ambas sociedades, la oriental y la occidental, no son fundamentalmente diferentes, en este punto.

Aceptado lo antedicho, no parece gratuito afirmar que, salvo en unos millares de científicos y hombres sensibles repartidos por todo el mundo, el progreso se entiende hoy de manera análoga en todas partes. El desarrollo humano no es sino un proceso de decantación del materialismo sometido a una aceleración muy marcada en los últimos lustros.

Al teocentrismo medieval y al antropocentrismo renacentista ha sucedido un objeto-centrismo que, al eliminar todo sentido de elevación en el hombre le ha hecho caer en la abyeccíón y la egolatría."