29 de març 2019

los hijos de los días, dos




Setiembre

7




El visitante


En estos días del año 2000,  ciento ochenta y nueve países elaboraron la Declaración del Milenio,  que los comprometía a resolver todos los dramas del mundo.

El único objetivo que se ha cumplido no figuraba en la lista: se ha logrado multiplicar la cantidad de expertos necesarios para llevar adelante tan difíciles tareas.

Según escuché decir en Santo Domingo,  uno de esos expertos estaba recorriendo las afueras de la ciudad cuando se detuvo ante el gallinero de doña María de las Mercedes Holmes,  y le preguntó:

—Si yo le digo, exactamente, cuántas gallinas tiene, ¿usted me da una?

Y encendió su computadora tablet con pantalla táctil,  activó el GPS,  se conectó a través de su teléfono celular 3g con el sistema de fotos satelitales y puso en funcionamiento el contador de píxeles:

—Usted tiene ciento treinta y dos gallinas.

Y atrapó una.

Doña María de las Mercedes no se quedó callada:

—Si yo le digo en qué trabaja usted, ¿me devuelve la gallina? Entonces,  le digo: Usted es un experto internacional. Yo me di cuenta porque vino sin que nadie lo llamara,  se metió en mi gallinero sin pedir permiso,  me dijo algo que yo ya sabía y me cobró por eso.


Los hijos de los días
Eduardo Galeano
Siglo XXI, 2012
pág: 287


26 de març 2019

dia mundial del teatre a cerdanyola del vallès



ACTIVITATS


día mundial del teatro


El Instituto Internacional del Teatro ha dado a conocer el Mensaje del Día Mundial del Teatro correspondiente a 2019,  cuyo autor es el director de escena,  dramaturgo,  educador teatral y profesor cubano Carlos Celdrán.


Mensaje por el Día Mundial del Teatro

27 marzo 2019


“Antes de mi despertar en el teatro, mis maestros ya estaban allí.  Habían construido sus casas y sus poéticas sobre los restos de sus propias vidas. Muchos de ellos no son conocidos o apenas se les recuerda: trabajaron desde el silencio,  desde la humildad de sus salones de ensayo y de sus salas llenas de espectadores y,  lentamente,  tras años de trabajo y logros extraordinarios,  fueron dejando su sitio y desparecieron.  Cuando entendí que mi oficio y mi destino personal sería seguir sus pasos,  entendí también que heredaba de ellos esa tradición desgarradora y única de vivir el presente sin otra expectativa que alcanzar la transparencia de un momento irrepetible. Un momento de encuentro con el otro en la oscuridad de un teatro,  sin más protección que la verdad de un gesto,  de una palabra reveladora.

Mi país teatral son esos momentos de encuentro con los espectadores que llegan noche a noche a nuestra sala, desde los rincones más disímiles de mi ciudad, para acompañarnos y compartir unas horas,  unos minutos.  Con esos momentos únicos construyo mi vida,  dejo de ser yo,  de sufrir por mí mismo y renazco y entiendo el significado del oficio de hacer teatro: vivir instantes de pura verdad efímera,  donde sabemos que lo que decimos y hacemos,  allí, bajo la luz de la escena,  es cierto y refleja lo más profundo y lo más personal de nosotros.  Mi país teatral,  el mío y el de mis actores,  es un país tejido por esos momentos donde dejamos atrás las máscaras,  la retórica,  el miedo a ser quienes somos, y nos damos las manos en la oscuridad.

La tradición del teatro es horizontal.  No hay quien pueda afirmar que el teatro está en algún centro del mundo,  en alguna ciudad o edificio privilegiado.  El teatro,  como yo lo he recibido,  se extiende por una geografía invisible que mezcla las vidas de quienes lo hacen y la artesanía teatral en un mismo gesto unificador.  Todos los maestros de teatro mueren con sus momentos de lucidez y de belleza irrepetibles,  todos desaparecen del mismo modo sin dejar otra trascendencia que los ampare y los haga ilustres.  Los maestros de teatro lo saben,  no vale ningún reconocimiento ante esta certeza que es la raíz de nuestro trabajo: crear momentos de verdad,  de ambigüedad, de fuerza, de libertad en la mayor de las precariedades.  No sobrevivirán de ellos sino datos o registros de sus trabajos en videos y fotos que recogerán solo una pálida idea de lo que hicieron.  Pero siempre faltará en esos registros la respuesta silenciosa del público que entiende en un instante que lo que allí pasa no puede ser traducido ni encontrado fuera,  que la verdad que allí comparte es una experiencia de vida, por segundos más diáfana que la vida misma.

Cuando entendí que el teatro era un país en sí mismo,  un gran territorio que abarca el mundo entero,  nació en mí una decisión que también es una libertad: no tienes que alejarte ni moverte de donde te encuentras,  no tienes que correr ni desplazarte.  Allí donde existes está el público.  Allí están los compañeros que necesitas a tu lado.  Allá, fuera de tu casa,  tienes toda la realidad diaria, opaca e impenetrable. Trabajas entonces desde esa inmovilidad aparente para construir el mayor de los viajes, para repetir la Odisea, el viaje de los argonautas: eres un viajero inmóvil que no para de acelerar la densidad y la rigidez de tu mundo real. Tu viaje es hacia el instante,  hacia el momento,  hacia el encuentro irrepetible frente a tus semejantes.  Tu viaje es hacia ellos,  hacia su corazón,  hacia su subjetividad.  Viajas por dentro de ellos,  de sus emociones,  de sus recuerdos que despiertas y movilizas.  Tu viaje es vertiginoso y nadie puede medirlo ni callarlo.  Tampoco nadie lo podrá reconocer en su justa medida,  es un viaje a través del imaginario de tu gente,  una semilla que se siembra en la más remota de las tierras: la conciencia cívica,  ética y humana de tus espectadores.  Por ello, no me muevo,  continúo en mi casa,  entre mis allegados,  en aparente quietud,  trabajando día y noche,  porque tengo el secreto de la velocidad.”

Carlos Celdrán


25 de març 2019

sobre el arte de un escritor


por Eduardo Galeano

“El mío ha sido un largo camino hacia el desnudamiento de la palabra: desde las primeras tentativas de escribir, cuando era jovencito en una prosa abigarrada, llena de palabras que hoy me dan vergüenza, hasta llegar a un lenguaje que yo quisiera que fuera cada vez más claro, sencillo, y por lo tanto más complejo, porque la sencillez es la hija de una complejidad de creación que no se nota ni tiene que notarse.

Uno siente primero que el trabajo intelectual consiste en hacer complejo lo simple, y después uno descubre que el trabajo intelectual consiste en hacer simple lo complejo. Y un caso de simplificación no es una tarea de embobamiento, no se trata de simplificar para rebajar de nivel intelectual, ni para negar la complejidad de la vida y de la literatura como expresión de la vida. Por el contrario, se trata de lograr un lenguaje que sea capaz de transmitir electricidad de vida suprimiendo todo lo que no sea digno de existencia.

Para mí siempre ha sido fundamental la lección del maestro Juan Carlos Onetti, un gran escritor uruguayo muerto hace poco, que me guió los primeros pasos.

Siempre me decía:  “Vos acordate aquello que decían los chinos (yo creo que los chinos no decían eso, pero el viejo se lo había inventado para darle prestigio a lo que decía); las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio”.  Entonces cuando escribo me voy preguntando: ¿estas palabras son mejores que el silencio?, ¿merecen existir realmente?

Hago una versión, dos o tres, quince, veinte versiones, cada vez más cortas, más apretadas: edición corregida y disminuida.

Inflación palabraria

El problema de la inflación monetaria en América Latina es muy grave,  pero la inflación palabraria es tan grave como la monetaria o peor;  hay un exceso de circulante atroz. Algunos países han tenido éxito en la lucha contra la inflación monetaria pero la inflación palabraria sigue ahí,  tan campante.  Lo que me gustaría,  modestamente, es ayudar un poquito a esa lucha contra la inflación palabraria.  O sea,  poder ir desnudando el lenguaje.  Es el resultado de un gran esfuerzo,  y no concluido, porque nace cada vez: a mí me cuesta escribir ahora tanto como cuando tenía 15 ó 16 años y lloraba ante la hoja de papel en blanco porque no podía.

¿Función social?

La literatura tiene siempre una función,  aunque no sepa que la tiene, y aunque no quiera tenerla.  A mí me hacen gracia los escritores que dicen que la literatura no tiene ninguna función social. A partir del momento que alguien escribe y publica está realizando una función social, porque se publica para otros.  Si no,  es bastante simple:  yo escribo en un sobre y lo mando a mi  propia casa,  pongo “Cartas de amor a mí mismo” y me emociono al recibirlas. Pero es un círculo masturbatorio  (no quiero hablar mal de la masturbación,  tiene sus ventajas,  pero el amor es mejor porque se conoce gente,  como decía el viejo chiste).

Es imposible imaginar una literatura que no cumpla una función social.  A veces la cumple,  y es jodido,  en un sentido adormecedor,  a veces es una literatura del fatalismo,  de la resignación, que te invita a aceptar la realidad en lugar de cambiarla,  pero a veces es una literatura reveladora, reveladora de las mil y una caras escondidas de una realidad que es siempre más deslumbrante de lo que uno suponía. Por otro lado me parece que lo de la literatura social es una redundancia porque toda literatura es social.  Muchas veces una buena novela de amor es más reveladora y ayuda más a la gente a saber quién es,  de dónde viene y a dónde puede llegar,  que una mala novela de huelgas.  No comparto el criterio de una literatura política que además,  en general, es aburridísima.”

22 de març 2019

apuntes para un auto-retrato


“Al principio,  es la imagen.  La palabra,  después.  Soy incapaz de trasmitir una situación,  una emoción o una idea si primero no la veo cerrando los ojos; y siempre me cuesta mucho encontrar palabras que sean capaces de transmitir esa imagen, y que me parezcan dignas de su esplendor.  Creo que pinto escribiendo,  por falta de talento para pintar pintando.
Como no pude ser pintor,  no tuve más remedio que hacerme escritor.  La mujer que amas no te hace caso y te casas con la prima.

Evocación

A los catorce años recién cumplidos, publiqué por primera vez.  Era un dibujo,  una caricatura política,  en el semanario socialista de Montevideo.  Y desde entonces publiqué muchos dibujos más,  que firmaba Gius,  pronunciación castellana de Hughes,  apellido paterno que me viene de un tatarabuelo católico huido de Gales al Uruguay.  
Hasta los dieciocho años alterné los dibujos con algunas tentativas de periodismo escrito.  Publiqué crónicas de arte, con más osadía que conocimientos,  adolescente caradura,  y crónicas del movimiento sindical, que conocía bien por mi temprana vida de sieteoficios en fábricas y oficinas.
 A los dieciocho años sentí el primer pánico ante una hoja en blanco, e l mismo pánico que todavía,  hoy por ejemplo,  siento a menudo: quise escribir a fondo,  con todo, quise darme – y no pude.  Lo había intentado con pinceles,  y tampoco había podido.
 A los diecinueve años estuve muerto, pero nací de nuevo.  
A los veinte escribí una mala novela.  La firmé Galeano,  apellido materno que me viene de un tatarabuelo de Genova.  
Después volví a morir y a nacer varias veces. Hokusai, el deslumbrante artista japonés, eligió sesenta nombres diferentes para señalar sus sesenta renacimientos. Yo no tengo su audacia ni la sombra de su talento.

Revelación

Tatarabuelos de Gran Bretaña,  Italia,  España y  Alemania;  cara de cónsul sueco en Honduras.  Y sin embargo,  desde siempre supe que soy tan latinoamericano como las piedras de Machu Picchu o el más humilde guijarro de mi país. Y lo supe,  lo sé,  como se saben de verdad las cosas: viajando por mis adentros desde las entrañas hasta la cabeza,  y no al revés.
Pertenezco a una tierra que todavía se ignora a sí misma.  Escribo para ayudarla a revelarse –revelarse, rebelarse– y buscándola me busco y encontrándola me encuentro y con ella, en ella, me pierdo.

Conclusión

Ahora,  en estas líneas,  estoy escribiendo,  se supone,  algo así como un auto-retrato. Podría remontarme a mi infancia muy católica,  todos culpables a los ojos de Dios,  Dios Jefe Universal de Policía,  el alma y el cuerpo como la Bella y la Bestia; o podría hablar de mis posteriores conflictos con las versiones dogmáticas del marxismo,  que proclaman la Verdad Única y que divorcian al hombre de la naturaleza y a la razón de la emoción.  O podría contar que he jineteado diversas desventuras y que varias veces me ha volteado el caballo;  que he conocido por dentro algunos engranajes del terror y que el exilio no ha sido siempre fácil. Podría celebrar que al cabo de mucha pena y mucha muerte siga manteniendo viva mi capacidad de asombro ante la maravilla y mi capacidad de indignación ante la infamia,  y que continúe creyendo en la verdad del poeta que me aconsejó que no tome en serio nada que no me haga reír.
Un auto-retrato. Podría decir que detesto las óperas y los manteles de plástico y las computadoras,  que soy incapaz de vivir lejos del mar,  que escribo a mano y tacho casi todo, que me casé tres veces, que... Pero tanto hablar de mí,  me aburre.  Me aburre: lo compruebo, lo confieso y lo celebro.  Hace algún tiempo,  vi un pollo picoteando un espejo.  El pollo estaba besando su propia imagen.  Al rato,  se durmió. “

Eduardo Galeano
publicado el 30 de junio de 1987 en Página12

21 de març 2019

don Quijote de las paradojas


“Nació en prisión esta aventura de la libertad. En la cárcel de Sevilla, "donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace habitación", fue engendrado Don Quijote de la Mancha. El papá estaba preso por deudas.  Exactamente tres siglos antes,  Marco Polo había dictado su libro de viajes en la cárcel de Génova, y sus compañeros de prisión habían escuchado, y escuchándolo habían viajado.

***
Cervantes se propuso escribir una parodia de las novelas de caballería. Ya nadie,  o casi nadie,  las leía. Estaban pasadas de moda.  La tomadura de pelo fue un esfuerzo digno de mejor causa. Y sin embargo, esa inútil aventura literaria resultó mucho más que su proyecto original, viajó más lejos y más alto y se convirtió en la novela más popular de todos los tiempos y de todas las lenguas.  Merece gratitud eterna el caballero de la triste figura.  A don Quijote los libros de caballería le habían quemado la cabeza,  pero él,  que se perdió por leer,  salva a quienes lo leemos.  Nos salva de la solemnidad y del aburrimiento.

***
Famosos estereotipos: don Quijote y Sancho Panza, el caballero y su escudero, la locura y la cordura,  el soñador hidalgo con la cabeza en las nubes y el labriego rústico de pata en tierra. Es verdad que don Quijote se vuelve loco de remate cada vez que monta a Rocinante,  pero cuando desmonta suele decir frases que vienen del más puro sentido común, y en ocasiones pareciera que se hace el loco sólo por cumplir con el autor o el lector. Y Sancho Panza, el ramplón, el bruto,  sabe ejercer con ejemplar sutileza su gobierno de la ínsula de Barataria.

***
Tan frágil que parecía y fue el más duradero.  Cada día cabalga con más ganas, y no sólo por la manchega llanura. Tentado por los caminos del mundo, el personaje se escapa del autor y en sus lectores se transfigura. Y entonces hace lo que no hizo, y dice lo que no dijo. Don Quijote jamás pronunció la más famosa de sus frases. "Ladran, Sancho, señal que cabalgamos" no figura en la obra de Cervantes.  ¿Qué anónimo lector habrá sido el autor?

***
Metido en su armadura de latón,  montado en su rocín hambriento, don Quijote parece destinado a la derrota y al ridículo. Este delirante se cree personaje de novela de caballería y cree que las novelas de caballería son libros de historia. Sin embargo, no siempre cae despatarrado en sus lances imposibles, y a veces hasta aplica honrosas tundas a los enemigos que enfrenta o inventa. Y ridículo es,  qué duda cabe, pero entrañablemente ridículo.  Cree el niño que una escoba es un caballo,  mientras el juego dura,  y mientras dura la lectura los lectores acompañamos y compartimos los andares estrafalarios de don Quijote. Reímos de él,  sí,  pero mucho más reímos con él.

***
"No te tomes en serio nada que no te haga reír", me aconsejó alguna vez un amigo brasileño. Y el lenguaje popular se toma en serio los delirios de don Quijote y expresa la dimensión heroica que la gente ha otorgado a este antihéroe. Hasta el Diccionario de la Real Academia Española lo reconoce así.  Quijotada es,  según el diccionario,  "la acción propia de un quijote" y quijote es aquel que "antepone sus ideales a su conveniencia y obra desinteresada y comprometidamente en defensa de causas que considera justas, sin conseguirlo".

***
Dos veces pidió Cervantes empleo en América, y dos veces fue rechazado. Algunas versiones dicen que era dudosa su limpieza de sangre. Los estatutos prohibían viajar a las colonias americanas a quien llevara en sus venas glóbulos judíos,  musulmanes o heréticos, que se trasmitían a lo largo de no menos de siete generaciones.  Quizá la sospecha de algún abuelo o bisabuelo que fuera judío converso explica la respuesta oficial a las solicitudes de Cervantes: “Busque por acá en qué se le haga merced".  El no pudo venir a América.  Pero su hijo, don Quijote, sí.  Y en América le fue de lo más bien.

***
En 1965,  el Che Guevara escribió la última carta a sus padres.  Para decirles adiós,  no citó a Marx.  Escribió: "Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante.  Vuelvo al camino con mi adarga al brazo".

***
En sus malandanzas,  evocaba don Quijote la edad dorada,  cuando todo era común y no había tuyo ni mío. Después, decía, habían empezado los abusos, y por eso había sido necesario que salieran al camino los caballeros andantes, para defender a las doncellas, amparar a las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos.  El poeta León Felipe creía que los ojos y la conciencia de don Quijote "ven y organizan el mundo no como es,  sino como debiera ser. Cuando don Quijote toma al ventero ladrón por un caballero cortés y hospitalario,  a las prostitutas descaradas por doncellas hermosísimas, la venta por un albergue decoroso, el pan negro por pan candeal y el silbo del capador por una música acogedora, dice que en el mundo no debe haber ni hombres ladrones ni amor mercenario ni comida escasa ni albergue oscuro ni música horrible".

***
Unos años antes de que Cervantes inventara a su febril justiciero,  Tomás Moro había contado la utopía.  En el libro de Tomás Moro,  Utopía,  utopía significaba no-lugar.  Pero quizás ese reino de la fantasía encuentra lugar en los ojos que lo adivinan,  y en ellos encarna. Bien decía George Bernard Shaw que hay quienes observan la realidad tal cual es y se preguntan por qué,  y hay quienes imaginan la realidad como jamás ha sido y se preguntan por qué no.  Está visto,  y los ciegos lo ven,  que cada persona contiene otras personas posibles,  y cada mundo contiene su contramundo.  Esa promesa escondida,  el mundo que necesitamos, no es menos real que el mundo que conocemos y padecemos. B ien lo saben,  bien lo viven,  los aporreados que todavía cometen la locura de volver al camino,  una vez y otra y otra, porque siguen creyendo que el camino es un desafío que espera,  y porque siguen creyendo que desfacer agravios y enderezar entuertos es un disparate que vale la pena.

***
Ayuda lo imposible a que lo posible se abra paso. Por decirlo en términos de la farmacia de don Quijote:  tan mágico es este bálsamo de Fierabrás,  que a veces nos salva de la maldición del fatalismo y de la peste de la desesperanza.  ¿No es ésta,  al fin y al cabo,  la gran paradoja del viaje humano en el mundo?  Navega el navegante,  aunque sepa que jamás tocará las estrellas que lo guían.”

Eduardo Galeano

20 de març 2019

en record




Acompanyem a la Joana, companya del grup,  en el comiat al seu pare.

Rep, en aquests moments,  tota l’escalfor de Vespres Literaris, Joana!


La mort no és més que això: el dormitori,
 la tarda lluminosa a la finestra,
 el radiocasset a la tauleta
 amb les cançons cantades ja per sempre.


Joan Margarit

19 de març 2019

los hijos de los días, uno



Abril
23

La fama es puro cuento

Hoy,  Día del libro,  no viene mal recordar que la historia de la literatura es una paradoja incesante.
¿Cuál es el episodio más popular de la Biblia? Adán y Eva mordiendo la manzana. En la Biblia, no está.
Platón nunca escribió su famosa frase:
Sólo los muertos han visto cómo termina la guerra.
Don Quijote de La Mancha nunca dijo:
Ladran, Sancho, señal que cabalgamos.
No fue dicha ni escrita por Voltaire su frase más conocida:
No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo.
Georg Friedrich Hegel nunca escribió:
Gris es la teoría, y verde el árbol de la vida.
Sherlock Holmes jamás dijo:
Elemental, mi querido Watson.
En ninguno de sus libros, ni panfletos, Lenin escribió:
El fin justifica los medios.
Bertolt Brecht no fue el autor de su poema más celebrado:
Primero se llevaron a los comunistas/ pero a mí no me importó/ porque yo no era comunista…
Jorge Luis Borges no fue el autor de su más difundido poema:
Si pudiera vivir nuevamente mi vida/ trataría de cometer más errores…


Los hijos de los días
Eduardo Galeano
Siglo XXI, 2012
pág: 137


(…) “Algo así pasa también con Los hijos de los días. Que es Galeano en estado puro. Empezando por su hibridismo y pasando por su dificultad para clasificarlo. En él hay algo de ensayo y algo de microrrelato, a ratos es poesía y a ratos se levanta como un grito inconformista.”


Leer el artículo: “Los hijos de los días, deEduardo Galeano”, por Alejandro Gamero

18 de març 2019

dia mundial de la poesia



La Institució de les Lletres Catalanes ha escollit el poema Música de l’ànima teixida amb paraules,  escrit per Rosa Fabregat per celebrar el 21 de març el Dia Mundial de la Poesia 2019.


Música de l’ànima, teixida amb paraules
Espurna de vida, llum del coneixement,
que s’expandeix, dòcil, per tots els confins.
Música immortal que camina i vola
per la nostra terra i per tots els cels.
La canten els trànsfugues, els empresonats,
i tots els migrants que no tenen sostre,
la piulen plorant. Llàgrimes que cauen
tan endins del cor, que commouen l’ànima
dels àngels de Rilke, closa en la natura.
La fan trontollar. Música que atura
aquell caminant en veure la cigonya
i el seu vol rasant, sense cap frontera
que li barri el pas, puntejar lleugera
sobre la teulada que li fa de niu.
I ell no pot volar. Poesia. Música
de l’ànima, teixida amb paraules.

 Rosa Fabregat


17 de març 2019

el origen del mundo

La palabra,  dardo en el tiempo, gracias Eduardo.



El origen del mundo

Hacía pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos,  un obrero anarquista,  recién salido de la cárcel,  buscaba trabajo.   En vano revolvía cielo y tierra.  No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara,  se encogían de hombros o le daban la espalda.  Con nadie se entendía,  nadie lo escuchaba.  El vino era el único amigo que le quedaba.  Por las noches,  ante los platos vacíos,  soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata,  una mujer de misa diaria,   mientras el hijo, un niño pequeño,  le recitaba el catecismo.

Mucho tiempo después,  Josep Verdura,  el hijo de aquel obrero maldito,  me lo contó. Me lo contó en Barcelona,  cuando yo llegue al exilio.  Me lo contó:  el era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo,  el muy tozudo, no entendía razones.

—Pero papá—le dijo Josep, llorando—. Si Dios no existe, ¿Quién hizo el mundo?

—Tonto—dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto—. Tonto. El mundo lo hicimos nosotros,  los albañiles.


 Eduardo Galeano
El libro de los abrazos




16 de març 2019

15 de març 2019

galeano, un artículo




“Pat Robertson, teleevangelista de amplia audiencia,  explicó claramente este asunto del terremoto.  El pastor de almas cantó la justa: las placas tectónicas no tienen nada que ver. El terremoto es una consecuencia del pacto que los negros haitianos habían hecho con el diablo hace dos siglos.  Satán los liberó de Francia,  pero Haití se convirtió en un país maldito.

El bueno de Pat no está solo. Son muchos los que creen,  o al menos sospechan,  que la libertad fue el pecado que condenó al país a perpetua desgracia. Haití no sería un país maldito si hubiera aceptado su destino colonial.

Pero ¿maldito por quién? Los negros haitianos habían humillado al Ejército de Napoleón Bonaparte,  que en esa guerra perdió dieciocho oficiales, y Francia cobró cara la expiación.  Durante más de un siglo,  Haití pagó a Francia una indemnización,  equivalente hoy día a casi veintidós mil millones de dólares,  por haber cometido semejante sacrilegio.

El nuevo país nació endeudado y arruinado,  arrasado por la guerra de independencia, que a tantos mató o mutiló,  y también arrasado por la explotación despiadada de sus suelos y de sus gentes extenuadas en el trabajo esclavo.  La prosperidad de Francia había sido la ruina de Haití.  Todo el país se había reducido a una inmensa plantación de azúcar, que aniquiló los bosques y secó la tierra. Los negros libres heredaron un reino sin sombra y sin agua.

En estos días, la prensa ha difundido reseñas históricas.  Se supone que ayudan a entender lo que ocurre.  En casi todos los casos, nos cuentan que Haití fue el segundo país libre de las Américas,  porque había seguido el ejemplo de la independencia de Estados Unidos.  La verdad es que no fue el segundo.  Fue el primero,  el primer país de veras libre, libre de la opresión colonial, sí,  pero también libre de la esclavitud.  Y fue el primero, precisamente,  porque no siguió el ejemplo de Estados Unidos: Haití fue un país sin esclavos sesenta años antes que Estados Unidos,  cuya primera Constitución estableció que un negro equivalía a las tres quintas partes de una persona.

Y Haití nació,  por eso,  condenado a la soledad. Haití difundía,  con su solo ejemplo, una peste contagiosa.  Ningún otro país reconoció su existencia.  Todos le dieron la espalda.  Ni siquiera Simón Bolívar,  cuando gobernó la Gran Colombia,  pudo recordar que a los haitianos debía su gloria,  porque ellos le habían dado naves, armas y soldados, cuando él estaba vencido, con la sola condición de que liberara a los esclavos.

Otra réplica del terremoto:  son muchos los que creen,  y no pocos lo afirman, que toda ayuda será inútil,  porque los haitianos son incapaces de gobernarse a sí mismos.  Llevan en la frente la marca africana.  Están predestinados al caos.  Es la maldición negra.

Por el mismo motivo,  Estados Unidos no tuvo más remedio que invadir Haití en1915. Robert Lansing, secretario de Estado, explicó entonces que "la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma y tiene una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización".

El presidente Woodrow Wilson, premio Nobel de la Paz,  ferviente admirador del Ku-Klux-Klan,  firmó la orden de invasión,  para restablecer el orden,  evitar el caos y de paso,  ya que estaba,  cobrar lo que Haití debía a los bancos norteamericanos.  Las tropas fueron por un ratito nomás,  pero se quedaron diecinueve años.  No pudieron restablecer la esclavitud,  como habían hecho en Tejas y en Nicaragua,  pero al menos impusieron un régimen de trabajo forzado que era bastante parecido,  y mientras duró la ocupación militar prohibieron que los negros entraran en los hoteles,  restaurantes y clubes reservados a los extranjeros.  También prohibieron que el presidente de Haití cobrara su salario,  hasta que enmendó su conducta y regaló el Banco de la Nación al City Bank.

Cuando las tropas se retiraron, dejaron un país bastante peor que el que habían encontrado.

Ojalá no se repita la historia, ahora que las tropas norteamericanas han regresado, traídas por el terremoto,  y sobre las ruinas ejercen el poder absoluto.

Tierra desollada,  gente desesperada:  Haití ha malvivido su vida, casi siempre sometido a las dictaduras militares.  Dictadura tras dictadura: para que callen los muchos y los pocos manden.

Uno de los dictadores, Baby Doc Duvalier,  escapó de la furia popular en enero de 1986. Se fugó,  acompañado por millones de dólares,  en el avión militar que el presidente Ronald Reagan le envió,  en agradecimiento por los servicios prestados.

Tiempo después, cuando el terremoto estalló,  Baby Doc anunció,  desde el exilio,  que iba a donar a Haití una parte del dineral que había robado.  Fue conmovedor.  Casi tanto como el gesto del Fondo Monetario Internacional, que ha decidido prestar a Haití cien millones de dólares.

La experiencia ha demostrado, en América Latina y en todo el sur del mundo,  que los expertos internacionales son tan útiles como los dictadores militares,  quizá más,  y resultan mucho más presentables,  porque matan para ayudar a sus víctimas.

En Haití, como en muchos otros países, han sido el Fondo Monetario y el Banco Mundial quienes pulverizaron el poder público y eliminaron los subsidios y los aranceles que de alguna manera protegían la producción nacional de arroz.  Los campesinos que vivían de sus cultivos fueron convertidos en mendigos o balseros,  arrojados a la calle o a los tiburones,  y Haití pasó a importar el arroz,  ése sí subsidiado,  ése sí protegido,  de Estados Unidos.

Gracias a los buenos servicios de estos filántropos internacionales, el terremoto aniquiló un país aniquilado: sin Estado,  sin instituciones,  sin hospitales,  sin escuelas.

¿Sin nada? ¿Sin nada de nada?

En 1996, el diputado alemán Winfried Wolf,  que llevaba unos cuantos días en Haití, consultó las estadísticas internacionales.  Había escuchado una y mil veces que Haití es un país superpoblado.  Le sorprendió descubrir que Alemania está casi tan superpoblada como Haití. Pero admitió:  "Sí, Haití está superpoblado de artistas".

Winfried recorría los mercados sin cansarse nunca de tanto admirar las creaciones del arte popular de este país.  Las haitianas y los haitianos tienen manos magas,  que revuelven la basura y de la basura sacan fierros viejos, cristales rotos,  maderas gastadas, cosas que parecen muertas,  y esas escultoras y escultores les dan vida y alegría.

Haití es un país arrojado a la basura,  tierra despreciada, tierra castigada,  que ahora parece,  después del terremoto,  más muerta que nunca.  ¿Le quedarán manos magas, capaces de resucitarla?

Uno de los sobrevivientes, que perdió a su mujer, a sus hijos, su casa, su todo, respondió a la pregunta de un periodista: "¿Y ahora?  Ahora lloro.  Todas las noches lloro.  Aquí, en la plaza donde duermo,  lloro.  Y después me levanto y camino. No sé adónde. Camino. Sigo.  Busco la vida.  No me preguntes por qué".”

Eduardo Galeano
El País
7 de febrero de 2010

13 de març 2019

soy un cazador de historias


“Historias vividas o escuchadas.  El escritor Eduardo Galeano traza un recorrido por todo lo humano en Bocas del tiempo, un libro que recoge 333 relatos breves arrancados directamente de la realidad. "La tierra, la infancia, el amor, la lluvia o la guerra. Todo está ahí. Salgo a la calle cada día con mis oídos y ojos bien limpios para oír las voces secretas y descubrir los colores escondidos.  Soy un cazador de historias,  un escuchador de voces",  dice el autor de la trilogía Memoria del fuego.

Aunque parezcan redactados de un plumazo,  en sus cuentos no hay nada improvisado.  "Llevo muchos años trabajando con este lenguaje conciso.  Me permite expresar la grandeza de las cosas chiquitas y la mezquindad de lo grande. Es una buena forma para revelar el universo desde el ojo de la cerradura", explica.  Detrás de ese laconismo se esconde una postura estética muy premeditada y un anhelo de rehuir los corsés de los géneros literarios clásicos. "Persigo las palabras que merecen existir. Hay palabras que resplandecen con luz propia en medio del silencio y que iluminan el misterio de lo que se cuenta. Nunca me han gustado las etiquetas. Por eso,  practico todos los géneros y ninguno.  Busco siempre la síntesis,  ejerciendo el arte del contrabando en la frontera de los géneros".  Poemas en prosa, reseñas biográficas,  anécdotas históricas de épocas dispares o piezas propias del reporterismo son algunos ejemplos de la variedad de estilos que maneja el escritor.

Bocas del tiempo arranca con una definición del hombre -"de tiempo somos"-, que vaga como una sombra por toda la obra.  "El tiempo,  que no cree en relojes ni almanaques, me dio permiso para jugar con él.  Somos hijos de los días y estamos hechos de tiempo.  El fotógrafo Sebastião Salgado hizo miles de retratos a emigrantes, esos náufragos de la globalización.  Al final, eligió trescientas imágenes como resumen de una de las grandes desventuras de nuestros días.  Sólo fue necesario que entrara un segundo de luz en la cámara para hacer tantas fotografías.  Todas ellas caben en un solo segundo.  Somos un instantito nada más en la memoria del tiempo”, afirma.  Y añade: “La poeta neoyorquina Muriel Rukeyser escribió algo que me gusta mucho.  Ella decía que el mundo está hecho de historias, no de átomos.  Así,  son las historias las que dicen el mundo,  y éste nace del tiempo".

El autor de Los días siguientes renueva en su libro más reciente el compromiso con los desfavorecidos,  con aquéllos a los que nadie presta atención.  "Mis amigos de la Teología de la Liberación están equivocados en una cosa.  Ellos dicen que son la voz de los que no tienen voz. Eso es un error, todos tenemos voz.  Lo que ocurre es que la gran mayoría de personas está silenciada. No pueden expresarse porque los poderosos ejercen un monopolio sobre la palabra.  Me da mucho placer recuperar las voces que son despreciadas".

Junto a los marginados, otra protagonista del libro es la naturaleza,  maltratada por los hombres. "A Dios se le olvidó enunciar un mandamiento sobre la obligación de amar a la naturaleza de la que formamos parte.  Se entiende que estaba ocupadísimo en otras cosas", bromea.  No es ése el único reproche que Galeano lanza al Dios severo del catolicismo,  en cuya labor creadora echa de menos una pizca de sentido del humor.”


Israel Punzano Sierra
El País, 30 de mayo de 2004