“No se trata de reducir la literatura a un catecismo moral en el que solamente busquemos preceptos, modelos o personajes que nos guíen en las tenebrosidades de la vida cotidiana. No se trata de reducir la lectura a un mero ejercicio de acatamiento de normas, consignas y disposiciones, porque eso sería tanto como intentar reducir la inabarcable variedad de los libros a una de las tres religiones del libro, a cualquiera de las prácticas dogmáticas que solamente reconocen una interpretación legítima de los textos. Pero también resulta innegable, por el contrario, que en la lectura se desencadenan procesos que pueden contribuir a la maduración ética y moral de los lectores, y que la pregunta que nos acucia, al menos, desde que la barbarie nazi pudo convivir con las alabanzas a la lectura es si leer es algo más que un pasatiempo inservible, si leer no es más que una forma de evasión inútil sin consecuencia alguna, si las permanentes apelaciones a la lectura como una forma de humanismo y afinación de nuestro juicio moral no son más que ensueños insustanciales que deberían ser sustituidos por otras formas de intervención — manipulación del código genético humano o farmacología aplicada— capaces de enmendar los errores de origen. «¿Qué otra cosa son las naciones modernas sino eficaces ficciones de públicos lectores que, a través de unas mismas lecturas, se han convertido en asociaciones de amigos que congenian?», se preguntaba con pertinencia Peter Sloterdijk. Efectivamente, la cuestión no es ya si necesitamos un nuevo canon literario que jerarquice apropiadamente los méritos y valores de las obras literarias y que nos guíe en el tumulto creativo de la web sino, sobre todo, si cabe seguir pensando y sosteniendo a estas alturas del siglo XXI y con todo lo que hoy sabemos que la lectura pueda ser una brújula ética y moral.
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En primer lugar, la lectura puede cimentar el conocimiento de las emociones humanas, de las motivaciones y los pensamientos, porque todo lector debe realizar algún tipo de inferencia sobre el comportamiento esperado de un personaje, algo que entraña el discernimiento de sus intenciones, inquietudes y pulsiones de forma que el lector dispone finalmente de un catálogo moral que contrasta con el suyo y que le predispone a adoptar una u otra postura. En segundo lugar, la lectura puede fundar nuevas normas y valores porque, inevitablemente, cada lector debe contrastar su conjunto acatado de pautas y estándares con el de los personajes de la ficción, desentrañando hasta qué punto difieren o coinciden, hasta qué punto corroboran sus convicciones o las deshacen.
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En tercer lugar, la lectura puede modificar nuestra autopercepción, la idea que nos formamos de nosotros mismos, sobre todo cuando asumimos activamente alguno de los roles de los personajes de una narración, encarnando momentáneamente valores que no son los nuestros, pero que nos fuerzan a comprender, siquiera someramente, las razones de los demás.
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En cuarto lugar, la lectura puede ayudarnos a comprender mejor cuál es nuestro propio sistema de normas y valores porque ese régimen nunca ha sido explícita ni conscientemente acatado, sino que ha sido asumido como fruto de los azares biográficos que nos han llevado a nacer en una determinada cultura y estamento social. Casi siempre reaccionamos de manera vehemente y desjuiciada ante cualquier acontecimiento, aplicando de manera automática, mediante los resortes del inconsciente cultural, preceptos y normas que suscribimos irreflexivamente. Leer puede ser una manera, por contraste, de hacer aflorar nuestro sistema de normas y valores oculto, de interrogar el sentido de nuestras acciones a la luz de ese sistema revelado por contraposición al de las situaciones y personajes que encontramos en las narraciones. Una indagación, en consecuencia, propiamente ética sobre nuestras escalas de valores y estándares morales, de lo que consideramos bueno o malo, de lo que entendemos como responsabilidad inalienable o como alternativa discrecional. En quinto lugar, la lectura puede contribuir a la transformación de nuestros principios de percepción, pensamiento y acción, a la imagen que nos hacemos de nosotros mismos y, por generalización y extensión, de los demás y de nuestro entorno.
No es poco para un mecanismo que no está programado genéticamente, para una práctica inventada hace poco más de dos mil quinientos años, ejercicio que tiende a funcionar a pleno rendimiento con la condición de que la lectura de las letras no se desligue de la lectura y escritura del mundo.”
LA FURIA DE LA LECTURA
Por qué seguir leyendo en el siglo XXI
Joaquín Rodríguez
Tusquets, 2021
páginas 289-293

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