11/04/2026

el llibre d'abril, fragment

 


    “Carmen fuma un cigarro de vez en cuando. Cuando puede. Normalmente los pide. A veces los compra en los kioscos donde los venden sueltos —todavía existen, de tapadillo.
    Es, dice, su único «vicio». Y no piensa renunciar a él. Realmente no puede. Superó su adicción a la heroína, pero la ansiedad sigue con ella. ¿Cómo podría no fumar?
    Tabaco y café solo: para ella son más necesarios que el agua.
    Carmen está delgada, tiene los dientes muy estropeados, la piel amarillenta y el pelo sin cortar. A veces va muy sucia.
    Es cierto que ahora tiene un lugar donde asearse, pero no hay lavadora en la casa. Llevar la ropa a la lavandería le cuesta cuatro euros. Un lujo que casi nunca puede permitirse.
    Para algunas personas del barrio donde pide —un barrio céntrico, lleno de tiendas de moda, cafeterías y entidades bancarias—, verla fumando les parece una contradicción. No tiene dinero para la lavandería, pero sí para tabaco.
    En todo caso, no cuesta nada lavar la ropa a mano. No cuesta nada —o no mucho— cortarse el pelo, con esta proliferación de peluquerías low cost y cortes a tres euros. No cuesta nada ser un poco más aseada, ir «más aparente».
    Beatriz nota las miradas de reproche que le dirigen. Pero el desánimo de Carmen, la tristeza y la desesperación, tienen más importancia para ella que las manchas en la ropa. Qué poco importa una mancha en la ropa cuando uno no ingresa ni un solo euro al mes.

    Carmen tiene un móvil que le compró Beatriz. Le compró el aparato y una tarjeta, para que pudiese estar comunicada. Cuando Carmen está en una zona con wifi, utiliza whatsapp. Igual que todo el mundo.
    A menudo habla así con Beatriz: es más barato, más fácil. Le manda besos con corazones, ramos de flores, memes con frases de superación personal.
    Esto también despierta suspicacias entre la gente.
    Así que lleva un bastón de invidente, así que supuestamente no ve bien, y sin embargo, dicen, ahí la tenemos, tecleando.
    Una persona pobre con un móvil, ¿dónde se ha visto?
    Tienen dinero para lo que quieren.
    Porque, obviamente, la pobreza se confunde con el hambre. Cualquier posesión que vaya más allá del bocadillo de mortadela y la manta raída puede ser censurable.
    Sin embargo, pocas cosas hay más imprescindibles para Carmen que el teléfono. Si le sucede algo —y, por supuesto, su situación actual es de alto riesgo—, debe poder comunicarse. Si hay que avisarla de algo —por ejemplo… de que le piden más papeles— es la manera más rápida de hacerlo.

    Carmen, además, está enferma. La lesión que tiene en el cerebro, una masa «de límites indefinidos» cuya malignidad aún no ha sido del todo diagnosticada, no solo le ha ocasionado pérdida de visión. También le causa dolores de cabeza y mareos. A veces, cuando se levanta para estirar las piernas y fumar un cigarro, se tambalea. Algunos deben de pensar que está bebida. Borracha y además fumando. Sucia.
    La pobreza es fea, es difícil de mirar. Es incómoda. Se puede ser pobre pero decente: esto lo hemos escuchado muchas veces. Pobre pero limpio. Pobre pero honrado. Pobre pero sin vicios. Pero: la mala leche de la conjunción adversativa.
    Esa perfección, esa limpieza, que se les exige a los más pobres.
    Los queremos beatíficos, agradecidos, puros de corazón, impecables. Que no digan una palabra más alta que otra. Que den siempre las gracias y no insistan. Que se acerquen un poco pero que se retiren enseguida. Que gasten nuestras limosnas en lo que nosotros decidamos que se las deben gastar. Que no haya ni una sola tacha en su pasado, ni un desliz.

    Pero hay además otra sorpresa. Carmen tiene una perra, que nunca lleva con ella a mendigar porque es muy vieja. Una Golden retriever que fue adiestrada como perro guía pero que ahora está tan desahuciada como su dueña.
    El afecto que Carmen le tiene a ese animal es conmovedor.
    Hay días en que ha dejado de comer para comprarle pienso. Gastó cerca de trescientos euros del paro para operarla de tumores en las mamas. Le compra pipetas antiparasitarias, un medicamento para la otitis y está pensando hacerse con una manta de perro, porque algunas noches hiela y el animal sufre.
    Al principio, Beatriz intenta hacerle ver que esa perra, más que una ayuda, es un lastre para ella. Pero sabe que no es verdad. Los impedimentos que pueda ocasionarle —no solo económicos, sino también de movilidad: al fin y al cabo tiene suerte de que la dejen tenerla en la habitación— se ven suplidos con creces por la compañía que le ofrece.
    De algún modo, proteger a una mascota —cuidarla, alimentarla— dota de una profunda dignidad a la persona que lo hace. Carmen todavía puede cuidar de alguien, todavía es importante para alguien. Existe una criatura que la quiere y que no la juzga.
    A veces, un animal es lo que hace que las personas que viven en extrema pobreza consigan esquivar la locura.
    Sin embargo, hay asociaciones de defensa de los derechos de los animales que denuncian el uso de perros en la mendicidad. Asociaciones probablemente bienintencionadas, pero que Beatriz considera también un tanto hipócritas.
    Se centran en el dedo que señala la luna —pobres perros— pero olvidan la luna.
    El mecanismo que hay detrás nos es bien conocido. Sentimos más compasión por un perro —por la inocencia indudable de un perro— que por una persona —que siempre es sospechosa de ser culpable—. Si el animal está sucio, es porque no lo lavan. Si lo está la persona, es porque le gusta la mugre. Etc.
    Es cierto que los perros callejeros lo pasan mal, aunque quizá no peor que en las jaulas de las protectoras.
    Dado que sus dueños —juzgados como explotadores— no pueden cuidarlos como debieran, algunas de estas asociaciones piden que se los quiten, aunque no haya señales de maltrato más allá de la pobreza, que sus dueños también sufren.
    En una petición reciente realizada a través de change.org a la alcaldesa de Barcelona, se instaba a la prohibición de los perros mendigos, alegando que están «en manos de las mafias». Puede que los perros tengan microchip, se argumentaba, pero eso es porque los mendigos usan «una dirección fantasma», «la misma dirección que usan para solicitar ayudas sociales, que nadie se molesta en comprobar con lo fácil que sería pedir el padrón o facturas de suministros».
    Cuando Beatriz lee esto, le da la risa floja.
    Ahora comprende que parte de la reticencia de Carmen a volver al albergue se debía a su perra.
    Podría calificarlo de capricho, de disparate, de falta de sentido común.
    Pero por esas fechas se ve incapaz de calificarlo de nada. Cada vez le resulta más complicado juzgar desde su lugar, su privilegiado lugar. Cada vez le sorprende más que mucha gente lo haga tan alegremente.”

Silencio administrativo.
La pobreza en el laberinto burocrático.
Sara Mesa
Anagrama, 2020 (3ª)
Páginas: 59-65

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada

Nota: Només un membre d'aquest blog pot publicar entrades.