![]() |
| edició alemanya de 2022, ed. Orlanda amb traducció de Michael Erbmeyer |
“Un día me vi. Casi nunca me miraba en el espejo, pero por casualidad tropecé con la imagen de una mujer de pómulos huesudos y pelo enmarañado, con una tristeza en el fondo de los ojos parecida a la que había detectado en los tuyos ese primer día en las tres torres. Fue eso. Más que la delgadez extrema, más que el malestar y la falta de ganas de vivir, descubrir el rastro de tu tristeza en mi propio reflejo me empujó a tomar una decisión.
Llamé al hospital en el que había estado ingresada para ver si el psiquiatra que me había atendido seguía trabajando allí. Me dijeron que no, pero que tenía una consulta privada. Llamé y pedí hora.
Se alegraba de volver a verme, dijo. Yo sentí que lo había decepcionado, que había vuelto a caer en el pozo de entonces. No he sido valiente, no he sido fuerte, no he podido. Volvieron los recuerdos de cuando vivía con mis padres, de aquel verano infernal, de los gritos y los techos bajos. Me di cuenta de que, aunque hubiera huido de allí y hubiera roto con todo, aunque fuera escritora, estudiante, trabajadora, madre, aunque hubiera superado tantas dificultades, en realidad seguía atrapada en mi litera de color rojo a dos palmos del techo.
Empecé a hablar sin parar, ese día y todos los que vinieron. De ti y de mi madre, de mi padre, de nuestra expulsión, de lo injusto que era todo, de la frustración de no poder cambiar las cosas, de que nadie nos comprendiera, de que nadie entendiera nuestra herida. Hablé de los hombres y de sexo, del amor que no existía, le aseguro que no existe, y del deseo y del cuerpo como problema. De que cuando no conseguía contar lo que me pasaba aparecían todos los antiguos demonios y se apoderaban de mi carne y la convertían, otra vez, en un amasijo de hilos entrecruzados que pertenecían a todo el mundo menos a mí. De que no había hecho nada para salvarte.
¿Por qué no te había salvado? Cuando empecé a contarle tu historia, el modo en que te habías comportado en los últimos tiempos, desde que habíamos llegado a Barcelona y habías empezado a liarte con desconocidos arriesgando la vida, cuando dije en voz alta lo que habías estado haciendo me di cuenta: aquello no era libertad ni nada que se le pareciera, todo lo contrario, era un modo de castigarte por el fracaso de tus dos matrimonios: el primero tradicional, con un hombre que te había escogido tu madre. El segundo por amor, un amor de película que luego, en la práctica, se demostró una farsa. Yo siempre te daba la lata con mis inseguridades, mis neuras, te hablaba sin parar y no me di cuenta de que el hecho de que tú no expresaras tu dolor no significaba que tus heridas fueran menos profundas. Trabajar sin descanso para no tener ni un minuto libre para pensar, agotarte en el gimnasio, pedirles a tus amantes que te azotaran y te mordieran hasta dejarte marcada por todas partes, darte atracones que rompían los límites de tu cuerpo, exponerte, no ser más que sexo sobre tus plataformas, restricciones dietéticas y tratamientos estéticos dolorosos, todo eso, absolutamente todo formaba parte de lo mismo: la herida que supuraba, una herida ancestral y profunda que sigue abierta para muchas. ¿Por qué no lo vi? ¿Por qué me creí el cuento de que hacernos daño a nosotras mismas era libertad? Que la libertad era elegir aunque eligiéramos el sometimiento y el maltrato de siempre. Nos liberamos de muchas opresiones, pero no supimos deshacernos del masoquismo que a nuestras madres les había servido para sobrevivir. A ti te mató, ahora lo sé. El dolor, aunque fuera controlado, no resultó sanador a pesar de que lo defendieran teóricas de lo más modernas. A ti te provocó la confusión que te llevó a la muerte, ahora lo veo claro. No dejo de pensar que si me hubiera dado cuenta de esto entonces tal vez hubiera podido salvarte. Pudimos agarrarnos la una a la otra, ese fue nuestro único consuelo, pero nuestra amistad no bastó, no fue suficiente para aguantar tantas embestidas. Y venimos arrastrando la herida desde hace siglos.
Al psiquiatra le conté que quería volver a ser niña, dejar todos los problemas atrás, que echaba de menos a mi madre y que quería que me cuidara como cuidan las madres, quería que viera crecer a su nieto, celebrar cumpleaños y fiestas, saber que, si me caía, habría alguien que me sostendría, que sostendría a mi hijo.
Le hablé de ti, pero por mucho que lo hiciera no conseguía desprenderme de la culpa. No solo no había atendido tu dolor, es que creía que te había empujado a algo que no pudiste soportar, me había aprovechado de ti. Primero de tu entusiasmo jovial, de tu pragmatismo y tu capacidad de decisión. Luego de tu compañía leal. ¿Qué había hecho yo por ti? Nada, absolutamente nada. ¿Por qué seguía yo viva? ¿Por qué merecía vivir mientras que tú te habías quedado tendida sobre el asfalto para siempre?
El psiquiatra me sugirió que te escribiera, que te mandara una carta. Y eso hice.
Al final creo que voy comprendiéndolo todo, voy poniendo orden, y dejarlo todo escrito aquí ha aliviado mi rabia, mi tristeza, mi sensación de impotencia. Nada de lo que cuento sirve para cambiar el pasado, pero sí para que quede constancia de lo ocurrido. La verdad profunda de nuestra historia era mucho más simple de lo que imaginábamos. No tenía que ver con el choque de culturas, con la integración, ni con estar entre dos mundos ni ninguna de las cosas que nos han ocupado tanto tiempo. Lo único que queríamos era ser amadas. Tal como éramos, sin más. Sin tener que recortarnos ni adaptarnos ni someternos. Ni tapadas ni hambrientas ni perforadas por mil agujas ni embadurnadas de cremas ni embutidas en telas. Solo con nuestros cuerpos, que somos nosotras, con nuestro carácter, que también somos nosotras, con nuestros pensamientos y nuestras emociones y nuestras heridas, las cicatrizadas y las abiertas. Nada más.”

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada
Nota: Només un membre d'aquest blog pot publicar entrades.