07/08/2024

annie ernaux, obra 3

 



La mujer helada

títol original: La femme gelée (1981)

Annie Ernaux

traductora: Lydia Vázquez Jiménez

editorial Cabaret Voltaire, 2015

número de pàgines: 240



SINOPSI:



    Tiene treinta años, es profesora, casada con un ejecutivo, madre de dos niños. Vive en una casa confortable. Sin embargo, es una mujer helada. Igual que miles de mujeres ha sentido cómo su curiosidad, su impulso vital se iban anquilosando a fuerza de un trabajo que compaginar con compras que hacer, cenas que cocinar, baños de niños que preparar… Todo eso que se entiende por la condición normal de mujer. Annie Ernaux cuenta brillantemente esta alteración de lo cotidiano, este empobrecimiento de las sensaciones, esta dilución de la identidad; esclavitud a la que las mujeres son empujadas como a un desafío.

    La tercera novela supuso su abandono de la ficción. En ella recoge las miserias del matrimonio, desde el enamoramiento y la creencia en la liberación que supone la forja de tu propio hogar, tu independencia, el estreno de la vida adulta, como la decepción al ir descubriendo los recovecos en los que se refugia y engrandece el machismo. Del hombre visto como pieza clave en tu liberación al hombre visto como el que más va a cercenar tu presente. Tu futuro. Como escritora que es de la generación del 68, decepcionada de tantos charlatanes, que abrazaban una filosofía supuestamente liberadora que no practicaban con sus propias compañeras, Ernaux va defenestrando las ilusiones perdidas y trazando una segunda liberación, la que procura darse cuenta de que el hombre con el que compartiste esas ideas está esperando que le pongas la comida en el plato al volver de la universidad. Tan claro.

06/08/2024

annie ernaux, obra 2



Lo que ellos dicen o nada

títol original: Ce qu’ils disent ou rien (1977)

Annie Ernaux

traductora: Lydia Vázquez Jiménez

editorial Cabaret Voltaire, 2024

número de pàgines: 176



SINOPSI:



    Anne es una adolescente que, como las demás, intenta comunicarse y comprender el mundo que la rodea. Pero es en vano, porque ni las palabras de sus padres, ni las de Mathieu ―el estudiante al que conoce durante las vacaciones de verano―, ni tan siquiera las bellas y arrebatadas palabras de los libros que lee parecen reflejar la realidad que ella vive, y cada vez se siente más sola.

«Para qué quiero que me venga la regla. Mi tía dijo se te ha comido la lengua el gato, Anne, antes eras más habladora. Es más bien su lengua la que ya no hablo. Todo en mí es como un caos, no pega nada con lo que ellos dicen.»


FRAGMENT:

    "A veces siento que tengo secretos. En realidad no son secretos, simplemente no quiero hablar de ello, y además estas cosas no se pueden contar a nadie, demasiado raras. Céline sale con un tipo del instituto, del último curso de bachillerato, él la espera en una esquina de Correos a las cuatro de la tarde; al menos ella sí que tiene un secreto de verdad. Yo, si fuera ella, ni me escondería. Pero lo mío es un sinsentido. Solo de pensarlo me siento pesada como una babosa, me gustaría quedarme dormida y despertarme cuando lo entienda todo mejor, tal vez a los dieciocho o veinte años. Tiene que llegar un día en que todo se aclare y encaje, en que lo único que tenga que hacer sea caminar tranquila, de frente, casada, con dos hijos y un trabajo decente; cuéntanos tus sueños para el futuro, un tema para una 14 redacción, saqué buena nota."

pàgines 13-14

05/08/2024

annie ernaux, obra

 



Los armarios vacíos

títol original: Les Armoires Vides (1974)

Annie Ernaux

traductora: Lydia Vázquez Jiménez

editorial Cabaret Voltaire, 2022

número de pàgines: 224



SINOPSI:

    Es la historia de una ruptura social, de una hija atrapada entre dos mundos: el de sus padres, proletarios, poco instruidos, que se ganan la vida con el sudor de su frente, y el de los burgueses, educados, con acceso a la cultura, que se ganan la vida sin arrugarse el traje. Existe una brecha entre lo que estos padres entregados se merecen por los sacrificios hechos para criar a su hija y lo que esta niña es capaz de darles. Este desfase conlleva una gran culpa, de la que deriva una gran ira. Violencia de la sociedad que conduce a la violencia de los sentimientos. Es urgente salir de ese yugo. Y la puerta de salida es la educación, la universidad.

    Escritura cruda, arrojada al papel brutalmente, desprovista de cualquier autocensura. Frases aceradas, tensas, como escritas con urgencia para no olvidar, para no retroceder ante tanta verdad.

    La primera novela de Annie Ernaux recorre la vida atrapada de una joven en la Francia de barrio de provincias frente a las dificultades de crecer, de independizarse, de huir de una infancia de pueblo, de hules, mugre y ultramarinos en busca de un futuro de conocimiento y educación. “Detesto a mi padre porque cada mañana la cascada de pis atraviesa el tabique, hasta la última gota”, refiere la narradora para meternos en esa casa que es a la vez negocio familiar, donde pesa el aire viciado por exceso de presencia, exceso de padres, exceso de clientes, exceso de olor, de hedor. El salto de esa infancia en el bar de barrio de sus padres a una edad adulta entre libros y habitaciones está impreso en esas páginas.

04/08/2024

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Annie Ernaux, literatura de resistencia

    La obra de la escritora francesa se nutre de la vida, propone un viaje de lo propio a lo común, de lo íntimo a colectivo, de lo personal a lo político

por Elena Medel
Babelia, El País
08/10/2022

    "El tránsito de la infancia a la adolescencia, luego el camino hacia la primera juventud. El descubrimiento del amor y el descubrimiento del deseo; ignoro el orden. El cuerpo, en un sentido. El sexo. El descubrimiento del desamor y el descubrimiento de la decepción, en paralelo, acaso ya latiendo en el inicio. El aborto. El matrimonio y la maternidad. El trabajo: el remunerado y el intelectual —leer, escribir—, el que permite sobrevivir y el que permite ensanchar la vida. El desclasamiento: la tensión entre la conciencia del origen y la vergüenza ante el origen. La familia. La muerte del padre. La enfermedad y la muerte de la madre. El cuerpo, en otro sentido. La memoria para comprender quiénes somos, no para glorificar a quienes fuimos. El deseo. El deseo. El deseo. El sexo. El amor y el sexo y el deseo como sinónimos del poder, como prácticas de la teoría. La escritura. El tiempo. La enfermedad propia. El cuerpo, en más sentidos. Y un hilo engarzando, que se llama conciencia de clase, y otro hilo como refuerzo, que se llama feminismo.

    La obra de Annie Ernaux se nutre de la vida, propone un viaje de lo propio a lo común, de lo íntimo a lo colectivo, de lo personal —sí— a lo político. Las tardes en el hipermercado, los recuerdos de las fiestas universitarias, una pelea que se intenta esconder bajo la alfombra. Tú has vivido algo así, algo parecido, es decir: tu historia importa. Tu historia importa, merece contarse tanto como las demás, y tu historia y la de la mujer que se sienta junto a ti en el autobús y la del hombre con el que coincides en la panadería forman parte de una historia mayor. Incluso en aquellas primeras novelas que camuflaba como ficciones —pienso en Los armarios vacíos, semillero de muchos de sus libros posteriores—, Annie Ernaux interpretaba su propia experiencia como punto de conexión para quien lee y, de partida, para quien narra.

    Sin embargo, Annie Ernaux trasciende las etiquetas de “autobiografía” o “autoficción”. Ha apelado al concepto de “autosociobiografía”, quizá por la manera en la que su literatura se muestra porosa a la sociología —­asoma Bourdieu— y a la historia. En cierto modo, Ernaux construye sus novelas desde varias posibilidades de lectura. Una actitud que nos permite entender El lugar como una novela sobre la muerte del padre y, al mismo tiempo, como una novela sobre el choque entre generaciones: la clase obrera del padre frente a la nueva burguesía que ella misma representa. Y que nos permite enfrentarnos con El acontecimiento a una novela sobre el aborto, desde luego, que a la innegable cuestión de género añade matices de clase —el dinero lo facilitaría todo— e ideología, con su aproximación al machismo en los ambientes progresistas anteriores a Mayo del 68. O acercarnos a Pura pasión, el diario Perderse o La ocupación como retratos del sexo y el deseo, pero también reflexiones sobre los vínculos de poder —dominación, sumisión— que se establecen en la intimidad, el paso del tiempo y los prejuicios en torno al cuerpo de las mujeres.

    En una entrevista con María Sonia Cristoff para Clarín, Ernaux ofreció algunas claves sobre su literatura: “Origen de clase y feminismo son dos ejes cruciales a la hora de escribir, atraviesan todo lo que escribo. (…) Para mí, escribir es de por sí un compromiso feminista. Pero no ligado al contenido, no porque cuente ‘historias de mujeres’, sino porque lo hago desde el punto de vista de una mujer, y creo que eso ya contribuye a ampliar el modo en el que se ve el mundo, pone un freno a la concepción masculina del mundo que todavía impera”. Resistencia, revancha, victoria. Cuesta desgajar su obra de las intenciones radicalmente políticas, que ella subraya con orgullo, y que sitúa centrales en su literatura.

    Y la literatura, por supuesto; en primer lugar. Libros breves —por eso complejos en su andamiaje: véase Memoria de chica— en los que la narración se fragmenta, a imitación de la memoria —aquí torrencial, allá elíptica—, conscientes de que el recuerdo se forja en la invención, porque jamás se captará tal como fue. Afronta libro a libro la construcción de una ambiciosa novela en marcha: una comedia humana cuyos volúmenes comparten protagonista —Annie Ernaux, nacida Duchesne—, y que recorre la historia de Francia desde la II Guerra Mundial hasta la actualidad. Una prosa áspera, preocupada por el valor y la intención de las palabras, cuya fuerza reside en el detalle: en la posibilidad de que un detalle levísimo condense una vida. En mi libro favorito de los suyos, El lugar, la narradora vacía la cartera de su padre muerto, con el que mantenía una relación muy difícil, y encuentra entre los papeles el anuncio de su plaza de funcionaria, que él siempre llevaba consigo. Esa escena muestra a una hija en los espacios propios de su padre —la cartera, además—, a una hija que descubre el orgullo que el padre negaba y a la vez sentía, y muestra también las tensiones entre generaciones y géneros y clases. Una vida entera en una escena: el talento apabullante —monumental— de una escritora que sabe cómo mirar."

03/08/2024

annie ernaux, 3

 


La literatura de Annie Ernaux o de cómo salvar la vida

por Manuel Rodríguez Avís
en Revista Registradores de España
número 100
 
 
    
Conozco solo dos caminos para alcanzar el más alto grado de admiración por alguien, y ambos atraviesan la noción de amor: compartir la propia vida es el primero, el segundo, la literatura. Leer es dejarse invadir por la conciencia de un ser, su sensibilidad, el calor de sus palabras, sus anhelos y hasta su cuerpo. Leer me ha llevado a admirar profundamente, más que a ningún otro escritor vivo, a Annie Ernaux, flamante Premio Nobel de Literatura de 2022, uno de los más grandes actos de justicia vividos en el mundo de las letras en los últimos tiempos.

    Podemos dividir la obra de Ernaux en tres grandes grupos: por un lado, los libros de pree-minencia social, en los que explora su posición como tránsfuga de clase, sus relaciones familiares, su condición de mujer y su aborto clandestino (Los armarios vacíos, Ce qu’ils disent ou rien, El lugar, El acontecimiento, La mujer helada, La vergüenza, Una mujer, La otra hija), y por otro lado, aquellos títulos en los que resuena un mismo tema nuclear, precipitado de todos los demás, la ensoñación del placer, la vida de un cuerpo, o, como escribió Marcel Proust, las intermitencias del corazón (Perderse, Pura pasión, El uso de la foto, La ocupación, El joven hombre). Finalmente, un tercer grupo integrado por textos de carácter diarístico, una auto-socio-biografía, como los demás, pero con rasgos marcadamente independientes, más ligados a la etapa de vida madura en Cergy (su hogar de residencia, situado a 50 kilómetros de París) que a las fuentes germinales de la infancia y la primera juventud en Ivetot, en Normandía (Mira las luces amor mío, No he salido de mi noche, Journal du dehors y La vie extérieur, estos dos últimos pendientes aún de traducir al castellano).

    Lejos de estas tres categorías, sitúo dos títulos nacidos de su pluma como galaxias independientes, dos de sus más grandes y prolongados proyectos de escritura: Los años y Memoria de chica.

    Junto a este compendio casi arborescente de títulos que van ocupando las etapas de la vida, encontramos también una serie de desconocidas y valiosísimas piezas de corto aliento: «Hôtel Casanova», «L’homme à la poste , À C.», «Retours», «Leipzig, passage», «De l’autre côté du siècle», o «La fête».

    Y finalmente, los diarios personales de Ernaux, inéditos, y que no verán la luz en vida de la escritora, como ella misma ha asegurado. Solo hemos conocido pequeños fragmentos publicados en el Cahier de l’Herne, un monográfico de mayo de 2022, además de Perderse –ese sublime retrato de la pasión amorosa y la pulsión de escribir– y el esclarecedor diario de escritura reeditado el pasado año en una edición aumentada con el título L’atelier noir (El taller negro).

    Trazado el monumento de la obra, intentemos desvelar las claves de su poética. Ernaux escribe siempre a partir de la fuerza de las formas materiales, imágenes personales interiorizadas, de una gran capacidad sinestésica, rostros e instantes como seísmos de una vida: la pasión que deslumbra junto a un diplomático ruso, la llegada a la burguesía, su cáncer de mama (superado en 2004), la muerte de su madre, el abuso vivido durante su primera experiencia sexual en 1958, el ostracismo al que queda condenada a los 17 años en una colonia de vacaciones, la dificultad de su matrimonio, la muerte de una hermana a la que nunca conoció, su relación con un hombre treinta años menor… Cada libro que Ernaux emprende modifica las coordenadas sensibles de su existencia. En la primera página de su último texto, Le jeune homme, leemos: «si no las escribo, las cosas no han llegado a término, han sido solamente vividas».

    Para Ernaux, la literatura es el terreno donde la vida se esclarece, pierde opacidad, una idea que nos devuelve una vez más a Marcel Proust, que aseguraba que la literatura era «la vida descubierta y esclarecida».

    Un esquema estilístico recurrente, que podemos denominar el topos del cuerpo, se sucede sin límites a lo largo de los libros de Ernaux. Los signos materiales y luminosos de un cuerpo que ama, gime y lucha frente al silencio y el olvido. La imagen corporal es un principio iterativo absoluto. Los pensamientos y reflexiones más válidos son alcanzados a través de la evocación de realidades corporeizadas. Toda forma de escritura es una continua proyección cognitiva, y la ensoñación del cuerpo posibilita en la literatura de Annie Ernaux una revelación psíquica.

    De entre todas las motivaciones de la literatura, cabe destacar la persecución de una idea, un fundamento, una certeza siempre tambaleante que solo por mediación de la prédica poética puede verse instaurada: desbrozar la linde del pasado en pos de un conocimiento ontológico. Annie Ernaux lo explicita en una compleja, rica y dilatada entrevista concedida a Frédéric-Yves Jeannet, constituida más adelante en el libro L’écriture comme un couteau, en la que afirma sentir la escritura como un cuchillo, el arma de la que siente necesidad, parte integrante del proceso de búsqueda, del desvelamiento de lo real.

    Annie Ernaux crea a través del llamado tiempo de la conciencia rompiendo la concepción tradicional del relato y ensalzando la intimidad de la escritura autobiográfica en el cifrado de un contra-tiempo, una forma propia de contra-percepción, la de la fuerza de la memoria y la confrontación del Otro. La morfología de sus obras, híbrida y dialógica –pues la escritora entra en comunicación sin cese con la mujer que fue–, fortalece un relato integrador en que serán esenciales la presencia de lo fotográfico, la arqueología del recuerdo, el poder evocador de los espacios y las canciones de época o cada sensación que se sueña y recrea en un nuevo plano de conciencia.

    Los objetos artísticos de Ernaux son instrumentos en beneficio de una lógica de la acción y de un claro fortalecimiento de la percepción creativa y de la representación simbólica. Esto genera, empleando un concepto del psiquiatra y psicoanalista inglés D. W. Winnicott, «un espacio potencial», un espacio de integración que posibilita el inmenso desarrollo de las capacidades imaginarias, mnemotécnicas y reflexivas de la escritora.

    Para Ernaux, la vida ofrece organizaciones desconocidas de escritura que exigen un claro distanciamiento con respecto a lo experimentado, como una puesta a punto, y que ingresan en un marco de acción universal. La escritura restaura, sana la herida de las vivencias traumáticas (se aprecia especialmente en títulos como El acontecimiento o Memoria de chica), vincula la memoria individual y las memorias colectivas, forja una visión transformadora de la identidad y, ante todo, es capaz de hacernos felices.

    Creo que han existido pocos autores que hayan convivido con la escritura de un modo más honesto, valiente y comprometido que Ernaux. Su valor ha sido siempre el de escribir contra las fuerzas de dominación y contra el discurso normativo. Un ejemplo de ello es la redacción de El lugar, el libro dedicado a la memoria de su padre, para el que dispone una escritura factual, desnuda, certera, la dureza y la claridad de un hueso, pues debe escribir también contra el uso más dogmático, institucionalizado y agresivo de la lengua literaria francesa.

    Destaco del estilo de su obra la poesía descarnada, su clarividente violencia, el poder rotundo de las frases que nacen como un aliento de vida, un gesto de amor y de resistencia, de conocimiento, su pureza –la escritura como una lámina de vidrio, transparente– y su vocación de verdad.

    Para Ernaux, la escritura es una inmersión, su verdadero lugar –le vrai lieu–. Escribir, considera, es algo similar a sacar piedras del fondo de un río. Annie siente que hay en lo que se vive algo inmenso, que pide ser cuestionado incesantemente. Salvando su vida, salvando lo que le sucede, lo que le ha atravesado, dándole forma a través de libros, salva también algo para todos nosotros, una forma de conocimiento que solo puede ser alcanzada a través de la emoción. Porque cuando escribe, Annie Ernaux descarna la realidad para hacerla ver mejor."

 

02/08/2024

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La legitimidad de la literatura

por Annie Ernaux
Discurso de aceptación del Premio Formentor 2019
traducción: Lydia Vázquez Jiménez
en “Calle del Orco. Blog de Literatura”
26/10/2021

    «Usted puede [= es capaz de] escribir cualquier cosa». Esta frase, que, como otras, he oído y que pretende ser un elogio, es algo que nunca he entendido. Presupone la ausencia de toda necesidad en la escritura, la asimila a un virtuosismo sin relación con la persona del escritor. Pero intenté creer en ello para, finalmente, constatar que era incapaz. De ahí a sentirse «por debajo de la literatura» no había más que un paso que franqueé al darme cuenta, después de tres libros, de la falsedad de las múltiples versiones de la novela empezada sobre mi padre y mi «traición» total, cometida en mi profesión de docente. Entonces me enfrenté a una serie de interrogantes cuya resolución era la condición para seguir escribiendo. Por primera vez, en una especie de introspección literaria, me pregunté sobre mi «sitio» en el texto, como escritora, en relación con mi «sitio» social de ayer y hoy.

    Una frase de Roland Barthes resonaba sin parar en mi cabeza: escribir es «la elección del área social en el seno de la cual el escritor decide situar la Naturaleza de su lenguaje» (El grado cero de la escritura). La teoría no es para mí la enemiga de la creación literaria, al contrario, permite pensarla de forma nueva. No obstante, descubriré el «sitio» de mi escritura y el que debía ocupar yo en ella a partir del recuerdo de una sensación. Recuerdo de la escena en la que, siguiendo el gusto del mundo en el que había conseguido integrarme, había regalado a mi madre un jarrón de opalina, presente que había aceptado ella entre incómoda y burlona, sorprendida, riéndose, sobre todo, con una risa que expresaba la incongruencia para ella de un objeto decorativo que no habría sabido dónde poner y la ignorancia que tenía de su valor. En el secreto disgusto, la ira contenida, a la vez contra mí y contra ella que sentí en aquel momento, entendí el desvío, el desgarro entre mi ser de infancia y adolescencia, que habría tenido la misma reacción que mi madre, y el ser que había escogido el regalo según sus nuevos gustos. En ese intervalo, en ese punto intermedio es donde tenía que escribir, en esa distancia de una misma a una misma, en esa línea divisoria entre dos mundos. De aquella constatación surgió el rechazo de la ficción, de la novela, cuya posición dominante y entonces indiscutible me parecía la proyección en literatura de la dominación de las clases llamadas superiores. El «yo», el de mi sitio en el texto, solo podía ser verídico y concebido como un espacio de fusión entre lo íntimo y lo colectivo.

    La frase escrita a los veinte años en mi diario, «Escribiré para vengar a mi raza», se hacía eco del verso de Rimbaud: «Soy de raza inferior por toda la eternidad». Convertir el sentimiento de una indignidad original en fuerza de desenmascaramiento y de subversión de las jerarquías, sociales, masculinas, culturales, es lo que creo haber buscado a tientas. La subversión está en la elección de los temas, en el espacio que concedo a lo cotidiano. Más aún, en la mirada que proyecto sobre las cosas y los individuos. La forma del relato, la escritura de cada frase, lo deciden todo. Si el íncipit del Contrato social de Rousseau sigue resonando hoy como un trueno que rasga el horizonte, L’homme est né libre et partout il est dans les fers ( «El hombre ha nacido libre y vive en todas partes entre cadenas»), se lo debe a la antítesis y al verso alejandrino. Desde hace ya casi cuarenta años, lo que me preocupa en cuanto surge la necesidad de un texto son los problemas de forma y de escritura. Buscar la forma justa. Trasladar a la práctica de la escritura la cita de Marx (Observaciones sobre la reciente instrucción prusiana acerca de la censura, 1843) que Georges Perec puso al final de Las cosas: «El medio forma parte de la verdad, tanto como el resultado. Es preciso que la búsqueda de la verdad sea a su vez verdadera». No me interesa «crear un universo», algo que ha aparecido durante mucho tiempo como el fin propio de la literatura y que sin embargo desmienten tanto la obra de Cervantes como la de Proust o Joyce. Me esfuerzo, al contrario, por explorar el mundo real, descifrarlo despojándolo de las visiones y los valores de los que la lengua es portadora en todas las épocas. Substituir la ligereza de los términos de la comunicación que transmiten alegremente la dominación social y sexual por el peso de palabras lastradas de la vida real de la gente. Decir esto significa otorgar implícitamente a la escritura un poder de intervención en el mundo. De esta acción de la literatura encuentro la realidad en mí, en mi memoria. He recibido de la literatura una herencia de apertura y de libertad, capaz de oponerse a la herencia de dominación y de vergüenza. Pero también fuera de mí, en el reconocimiento por los lectores de sentimientos suyos, de situaciones vividas por ellos que hasta ahora no podían nombrar. Es una acción silenciosa, de efectos no cuantificables y múltiples."



01/08/2024

annie ernaux

 



    Premi Nobel de Literatura 2022, aquest és el discurs íntegre d'Annie Ernaux davant de l'Acadèmia Sueca.

Font: El País 07/12/2022
traducció Lydia Vázquez Jiménez


    "¿Por dónde empezar? Esta pregunta, me la he hecho decenas de veces ante la página en blanco. Como si necesitara encontrar la frase, la única, que me permita penetrar en la escritura del libro y despeje de golpe todas las dudas. Una especie de clave. Hoy, para afrontar una situación que, ya pasado el estupor del acontecimiento –”¿De verdad me está sucediendo esto a mí?”–, mi imaginación me presenta con un pavor creciente, se apodera de mí la misma necesidad. Encontrar la frase que me dará la libertad y la firmeza de hablar sin temblar, en este lugar al que me invitan ustedes esta tarde.

    No necesito ir muy lejos a buscar esta frase. Surge. Con toda nitidez, con toda su violencia. Lapidaria. Irrefragable. La escribí hace sesenta años en mi diario íntimo. Escribiré para vengar a mi raza. Era un eco del grito de Rimbaud: “Soy de raza inferior por toda la eternidad”. Tenía yo veintidós años. Era estudiante de Literatura Francesa en una facultad de provincias, rodeada de muchachas y muchachos procedentes de la burguesía local.

    Pensaba orgullosa e ingenuamente que escribir libros, hacerse escritor, al final de una estirpe de campesinos sin tierras, de obreros y pequeños comerciantes, de gentes despreciadas por sus modales, su acento, su incultura, bastaría para reparar la injusticia del nacimiento. Que una victoria individual borraba siglos de dominación y de pobreza, con una ilusión que ya la escuela me había incentivado por mi alto rendimiento escolar. ¿Cómo podría compensar mi éxito académico las humillaciones y las ofensas sufridas? No me planteaba la pregunta. Tenía algunas excusas.

    Desde que aprendí a leer, los libros eran mis compañeros; la lectura, mi ocupación natural fuera de la escuela. Aquel gusto lo cultivaba una madre que, a su vez, devoraba novelas en su tienda entre cliente y cliente, y que me prefería leyendo más que cosiendo o tejiendo. La carestía de los libros, la suspición de que eran objeto en mi colegio religioso, me los hacían aún más deseables. Don Quijote, Los viajes de Gulliver, Jane Eyre, los cuentos de los hermanos Grimm y de Andersen, David Copperfield, Lo que el viento se llevó, más tarde Los miserables, Las uvas de la ira, La náusea, El extranjero: era el azar, más que las prescripciones escolares, lo que determinaba mis lecturas.

    La elección de cursar estudios literarios se debió a que quería seguir con la literatura, convertida en un valor superior a todo lo demás, en un modo de vida, incluso, que me hacía proyectarme en una novela de Flaubert o de Virginia Woolf y vivirlas literalmente. Una especie de continente que yo oponía, inconscientemente, a mi medio social. Y no concebía la escritura sino como posibilidad de transfigurar la realidad.

    Que dos o tres editores rechazaran mi primera novela –novela cuyo único mérito residía en la búsqueda de una forma nueva– no fue lo que derrumbó mi deseo y mi orgullo. Fueron situaciones de la vida en las que ser una mujer suponía un pesado lastre con respecto a ser un hombre en una sociedad donde los roles estaban definidos según el sexo, la contracepción estaba prohibida y la interrupción del embarazo se consideraba un crimen. En pareja y con dos hijos, docente de profesión y con la intendencia familiar a mi cargo, me alejaba día a día, cada vez más, de la escritura y de mi promesa de vengar a mi “raza”. No podía leer la parábola ‘Ante la ley’ en El proceso de Kafka sin ver en ello la figuración de mi destino: morir sin franquear la puerta que estaba hecha solo para mí, el libro que solo yo podría escribir.

    Pero eso suponía no contar con el azar privado e histórico. La muerte de mi padre a los tres días de llegar yo de vacaciones a su casa, un puesto de profesora en un instituto donde el alumnado proviene de medios populares semejantes al mío, los movimientos mundiales de protesta: elementos, todos ellos, que me conducían por vías imprevistas y sensibles al mundo de mis orígenes, a mi “raza”, y que conferían a mi deseo de escribir un carácter de urgencia secreta y absoluta. Esta vez, no se trataba de entregarme a aquel ilusorio “escribir sobre nada” de mis veinte años, sino de sumergirme en lo indecible de una memoria reprimida y de sacar a la luz la manera de existir de los míos. Escribir para entender las razones, dentro y fuera de mí, que me habían alejado de mis orígenes.

    La elección de una escritura determinada nunca es obvia. Pero quienes, migrantes, ya no hablan la lengua de sus padres y quienes, tránsfugas de clase social, no usan exactamente la misma, se piensan y se expresan con otras palabras, todos, se ven confrontados a obstáculos suplementarios. A un dilema. Efectivamente, sienten la dificultad, véase la imposibilidad de escribir en la lengua adquirida, dominante, que han aprendido a manejar y que admiran en sus obras literarias, todo lo relativo a su mundo de procedencia, a ese mundo originario hecho de sensaciones, de palabras que dicen la vida cotidiana, el trabajo, el lugar ocupado en la sociedad. Está, por una parte, la lengua en la que han aprendido a nombrar las cosas, con su brutalidad, con sus silencios; por ejemplo, ese del cara a cara entre una madre y un hijo, en el bellísimo texto de Albert Camus Entre sí y no. Por otra parte, los modelos de las obras admiradas, interiorizadas, las que han abierto el universo primigenio y con respecto a las que se sienten deudores por su elevación, que a menudo consideran como su verdadera patria. En la mía figuraban Flaubert, Proust, Virginia Woolf: en el momento de retomar la escritura, no me resultaron de ninguna ayuda. Necesitaba romper con el “escribir bien”, con la bella frase, esa misma que enseñaba a mis alumnos, para extirpar, exhibir y comprender el desgarro que me penetraba. Espontáneamente, emergió en mí el estruendo de una lengua que arrastraba consigo la ira y la irrisión, incluso la vulgaridad, una lengua del exceso, insurgente, a menudo utilizada por los humillados y los ofendidos, como la única forma de responder a la memoria de los desprecios, de la vergüenza y de la vergüenza de la vergüenza.

    Enseguida, también, me pareció evidente –hasta el extremo de no poder contemplar otro punto de partida– anclar el relato de mi desgarro social en la situación que viví cuando era estudiante, esa situación indigna a la que el Estado francés condenaba siempre a las mujeres: el recurso al aborto clandestino entre las manos de una “hacedora de ángeles”, de una abortera. Y quise describir todo lo que le sucedió a mi cuerpo de chica, el descubrimiento del placer, la regla. Así, en ese primer libro, publicado en 1974, sin que fuera entonces consciente, se encontraba definida el área en la que ubicaría mi trabajo de escritura, un área a la vez social y feminista. Vengar a mi raza y vengar a mi sexo serían una sola y misma cosa a partir de entonces.

    ¿Cómo no interrogarse sobre la vida sin hacerlo también sobre la escritura, sin preguntarse si esta reconforta o perturba las representaciones admitidas, interiorizadas sobre los seres y las cosas? ¿Acaso la escritura insurrecta, por su violencia y su escarnio, no reflejaba una actitud de dominada? Cuando el lector era un privilegiado cultural, conservaba la misma posición de desapego y de condescendencia con respecto al personaje del libro que en la vida real. De suerte que, en un principio, para prevenir esa mirada que, dirigida a mi padre cuya vida quería yo contar, habría sido insostenible y, así lo sentía yo, una traición, adopté, a partir de mi cuarto libro, una escritura objetiva, “plana”, en el sentido en que no utilizaba ni metáforas ni marcas emocionales La violencia ya no se exhibía, venía de los hechos en sí y no de la escritura. Encontrar las palabras que contuvieran a la vez la realidad y la sensación procurada por la realidad, iba a convertirse, y hasta hoy, en mi preocupación constante al escribir, fuera cual fuera el objeto.

    Seguir diciendo “yo” me resultaba absolutamente necesario. La primera persona –esa por la cual, en la mayoría de las lenguas, existimos nosotros, en cuanto aprendemos a hablar, hasta la muerte– es considerada a menudo, en su uso literario, como narcisista porque remite al autor, porque no se trata de un “yo” representado como ficticio. Es bueno recordar que el «yo», hasta entonces privilegio de los nobles que contaban elevados hechos de armas en sus Memorias, es en Francia una conquista democrática del siglo XVIII, la afirmación de la igualdad de los individuos y del derecho a ser sujeto de su propia historia, como reivindica Jean-Jacques Rousseau en su primer preámbulo a las Confesiones: “Y que no se objete que por ser un hombre del pueblo no tengo nada que decir que merezca la atención de los lectores. […] Sea cual sea la oscuridad en que yo haya podido vivir, si he pensado más y mejor que los reyes, la historia de mi alma es más interesante que la de las suyas”.

    No es ese orgullo plebeyo lo que me motivaba (aunque, bien mirado…), sino el deseo de servirme del “yo” –forma a la vez masculina y femenina– como herramienta exploratoria que capta las sensaciones, las que ha enterrado la memoria, las que el mundo que nos rodea no deja de procurarnos, por todas partes y todo el tiempo. Esa cosa previa a la sensación se convirtió para mí a la vez en guía y en garantía de la autenticidad de mi búsqueda. Pero ¿con qué fines? No pretendo contar la historia de mi vida ni desvelar sus secretos, sino descifrar una situación vivida, un acontecimiento, una relación amorosa, y revelar así algo que solo la escritura puede hacer existir y transmitir, quizá, a otras conciencias y otras memorias. ¿Quién podría decir que el amor, el dolor y el duelo, la vergüenza, no son universales? Victor Hugo escribió: “Ninguno de nosotros tiene el honor de tener una vida propia”. Pero como todas las cosas se viven, inexorablemente, de forma individual –”me sucede a mí”–, no pueden leerse de la misma manera salvo si el “yo” del libro se vuelve, en cierta forma, transparente, de suerte que el del lector o el de la lectora ocupen su lugar. Si ese Yo es, en suma, transpersonal.

    Así concebí mi compromiso a través de la escritura, compromiso que no consiste en escribir «para» una categoría de lectores, sino “desde” mi experiencia de mujer y de migrante interior, desde mi memoria ya cada vez más vasta de los años recorridos, desde el presente, incesante proveedor de imágenes y palabras de los otros. Dicho compromiso como pignoración de mí misma en la escritura se apoya en la creencia, convertida en certeza, de que un libro puede contribuir a cambiar la vida personal, a romper la soledad de las cosas soportadas y soterradas, a pensarse de manera distinta. Hacer que lo indecible salga a la luz es un asunto político.

    Lo vemos hoy con la revuelta de esas mujeres que han encontrado las palabras para acabar con el poder masculino y se han alzado, como en Irán, contra su forma más arcaica. Escribiendo en un país democrático, sigo preguntándome, sin embargo, por el lugar que ocupan las mujeres en el ámbito literario. Su legitimidad para producir obras aún no está ganada. Hay hombres en el mundo, incluso en los círculos intelectuales occidentales, para quienes los libros escritos por mujeres simplemente no existen, nunca los citan. El reconocimiento de mi obra por la Academia Sueca es una señal de esperanza para todas las escritoras. En el acto de sacar a la luz lo «indecible social», esa interiorización de las relaciones de dominación de clase y/o raza, de sexo también, que solo sienten quienes son objeto de ella, reside la posibilidad de la emancipación individual pero también colectiva. Descifrar el mundo real despojándolo de las visiones y valores que el lenguaje, cualquier lenguaje, porta es perturbar el orden instituido, socavar sus jerarquías.

    Pero no confundo esta acción política de la escritura literaria, sujeta a la recepción del lector o la lectora, con las posiciones que me siento obligada a adoptar en relación con los acontecimientos, los conflictos y las ideas. Crecí con la generación de la posguerra, en la que se daba por sentado que los escritores e intelectuales debían tomar partido en la política francesa e implicarse en las luchas sociales. Nadie puede decir hoy si las cosas habrían sido diferentes sin sus palabras y su compromiso. En el mundo actual, donde la multiplicidad de fuentes de información y la rápida sustitución de unas imágenes por otras acostumbran a una especie de indiferencia, concentrarse en el propio arte es una tentación. Pero, al mismo tiempo, está ascendiendo en Europa –enmascarada por la violencia de una guerra imperialista emprendida por el dictador a la cabeza de Rusia– una ideología de repliegue y de cerrazón, que se extiende y gana continuamente terreno en países hasta ahora democráticos. Basada en la exclusión de extranjeros y migrantes, el abandono de los económicamente débiles, la vigilancia del cuerpo de las mujeres, me impone, como a todos aquellos para quienes el valor de un ser humano es el mismo, siempre y en todas partes, un deber de vigilancia extrema.

    Al concederme la más alta distinción literaria existente, una gran luz ilumina mi trabajo de escritura y de investigación personal, realizado en la soledad y la duda. No me deslumbra. No considero la concesión del Premio Nobel como una victoria individual. No es orgullo ni modestia pensar que se trata, en cierto modo, de una victoria colectiva. Comparto el orgullo con quienes, de un modo u otro, desean más libertad, igualdad y dignidad para todos los seres humanos, independientemente de su sexo y su género, de su piel y su cultura. Con quienes piensan en las generaciones venideras, en la salvaguarda de una Tierra que la codicia de unos pocos sigue haciendo cada vez menos habitable para el conjunto de los pueblos.

    En cuanto a la promesa que hice a los veinte años de vengar a mi raza, no sabría decir si la he cumplido. De ella, de mis antepasados, hombres y mujeres esforzados en tareas que les hicieron morir pronto, recibí la fuerza y la rabia suficientes para tener el deseo y la ambición de hacerle un sitio en la literatura, en ese conjunto de voces múltiples que, muy pronto, me acompañaron permitiéndome el acceso a otros mundos y a otros pensamientos, incluido el de rebelarme contra ella y querer modificarla. Para inscribir mi voz de mujer y de tránsfuga social en lo que se presenta siempre como un lugar de emancipación, la literatura."