29/11/2023

hamnet, fragment 1

 

mare i fill a la platja
Joaquin Sorolla


    "Tota vida té el seu punt crucial, el seu eix, el seu epicentre, del qual tot emana i al qual tot torna. Aquest moment es el de la mare absent: el nen, la casa buida, el pati desert, el crit desatès. El Hamnet palplantat darrere la casa, cridant les persones que l'han alimentat, que l'han abrigat, que l'han bressolat fins a adormir-lo, que l'han agafat de la mà mentre feia els primers passos, que li han ensenyat a fer servir la cullera, a bufar la sopa abans de menjar-se-la, a mirar abans de travessar el carrer, a deixar tranquils els gossos que dormen, a rentar una tassa abans de beure, a no endinsar-se en aigües profundes.

    I aquest moment quedará dins del cor de la mare la resta de la seva vida."

Hamnet
Maggie O'Farrell
traducció de Marc Rubió
l'alta editorial, 2021
pàgina 18

28/11/2023

agnes-anne

 



¿Bruja, feminista adelantada a su tiempo o campesina analfabeta? Varias autoras especulan con la vida de la mujer de William Shakespeare.

"Hamnet", la nueva novela de Maggie O’Farrell, imagina una biografía propia para una figura habitualmente denigrada por los estudiosos del autor, que insisten en que era ocho años mayor que él y se casaron ‘de penalti’.

El País/S Moda
20/02/2021



    "El dato más conocido sobre la mujer de William Shakespeare, es el que aparece en el testamento del autor, diciendo que deja a su esposa “su segunda mejor cama”. Siempre se ha interpretado como uno de los detalles póstumos más mezquinos de la historia, un insulto post mortem del autor de Macbeth a la madre de sus hijos. En realidad, Hathaway habría recibido según la ley de la época un tercio de su fortuna y el derecho a permanecer en New Place, la casa de Stratford que compró Shakespeare con lo que ganó en el teatro. Por otro lado, las camas eran entonces un mueble ornamental, que a veces se exponía en el salón, y era más o menos habitual destacarlas en los testamentos. Dicho esto, la mujer del autor más celebrado de la historia ha sido a menudo tratada por los historiadores y biógrafos con el mismo desdén que transpira ese testamento. Como un estorbo que Shakespeare tuvo que sortear para poder escribir su obra.

    En Hamnet, la deslumbrante nueva novela de Maggie O’Farrell, que se publica esta semana en castellano en Libros del Asteroide y en catalán en L’Altra, la autora hace una referencia sutil a esa segunda mejor cama. O’Farrell, que ganó con este libro el Women’s Prize for Fiction, titula su libro con el nombre del único hijo varón de Shakespeare, Hamnet, separado tan solo por una letra de Hamlet, pero en realidad convierte en protagonista a su mujer, a la que prefiere llamar Agnes, como aparece nombrada en el testamento de su padre. O’Farrell hace algo bastante osado. Deja a William Shakespeare tan en segundo plano que incluso le niega el nombre. Su personaje siempre aparece como lo han hecho tantos personajes femeninos en la literatura, como “su marido”, o “el hijo” o “el preceptor de latín”. Y a Agnes, de la que apenas se saben cuatro datos biográficos fehacientes –que nació en 1582, que era hija de un granjero bastante bien situado, que su madre murió cuando tenía diez años, que era ocho años mayor que Shakespeare y que se casaron casi seguro obligados porque ella se quedó embarazada­– le inventa toda una vida. La Agnes de Hamnet tiene algo brujil. Siente premoniciones. Sabe, por ejemplo, que en el momento de su muerte la rodearán solo dos de sus tres hijos. Lo conoce todo sobre las plantas y se dedica a recoger hierbas del bosque para preparar ungüentos con los que atiende a toda la gente de la región. Tiene una cernícala por mascota. En el pueblo la tratan de rara, creen que ha causado una enfermedad a su madrastra a base de conjuros y no entienden qué hace enredándose con el hijo del guantero. Cuando va a nacer su primera hija, Susanna, se interna en el bosque y la pare allí, sola, sin ayuda de nadie. Es guapa, muy a pesar de su madrastra, Joan, y un poco salvaje. Sus hijas no entienden por qué no puede ser como las demás madres, por qué lleva siempre las sayas sucias.

    O’Farrell no es la primera autora que trata de restaurar a Agnes, o Anne. Carol Ann Duffy escribió en 1999 el poema Anne Hathaway, quizá el más famoso de su libro The World’s Wife. Allí da la voz a la mujer de Shakespeare y vuelve al asunto de la cama, pero imaginándola como el objeto que explicaba su amor, un lugar de “bosques, castillos, antorchas, riscos, mares”, no como un legado de segunda fila. “Algunas noches soñaba que él me había escrito, la cama una página bajo sus manos de escritor”, escribe Duffy, que opta por imaginar la relación de la pareja como amorosa y apasionada, a pesar de que Shakespeare pasaba casi todo el año en Londres, trabajando en el Globe y apenas veía a su mujer dos o tres veces al año.

    La feminista y polemista Germaine Greer también escribió una biografía semi-imaginada sobre Anne en 2011, titulada precisamente Shakespeare’s Wife. En el prólogo, Greer admite que todas las biografías de Shakespeare son “casas de paja” porque se basan en las mismas y escasas evidencias, pero, dice que “hay casas de peor paja y casas de mejor paja” y declara que su intención es oponerse a los “bardólatras” que han pintado toda la vida a la mujer del autor como una campesina analfabeta que con su embarazo atrapó a Shakespeare en un matrimonio forzado que con el tiempo se volvió una vergüenza para él. Se refiere a biógrafos como Stephen Greenblatt que sostienen que Shakespeare se fue de Stratford por huir de su mujer. La Anne de Germaine Greer es casi una feminista anticipada a su tiempo, que sostuvo por si sola a sus hijos durante los llamados “años perdidos” de William Shakespeare, entre 1585 y 1592, cuando se fue a Londres a buscar fortuna. Greer la retrata como una mujer paciente, astuta, letrada, capaz, tranquila y responsable. Hasta le concede la posibilidad, muy poco plausible según los otros biógrafos, de que fuese ella la encargada de financiar el famoso First Folio, la publicación de 36 obras de Shakespeare que dos de sus amigos se encargaron de editar siete años después de la muerte del autor y que fue crucial para sellar su reputación futura.

    “¿Por qué es tan difícil creer que William Shakespeare con 18 años se enamoró tanto de una chica de 26 que la cortejó y finalmente se la ganó?”, se pregunta en el libro. Esos ocho años de diferencia han sido, después de todo, el dato al que se agarran muchos biógrafos para caracterizar el matrimonio como algo forzado, un obstáculo incómodo que el autor tuvo que sortear para poder tener una carrera literaria. En Noche de reyes, el personaje de Orsino dice que un hombre debería casarse siempre con una mujer más joven que él y eso lo interpretan algunos estudiosos del autor como una pulla para su esposa. También el hecho de que tuvieran solo tres hijos, muy pocos en tiempos isabelinos, se suele utilizar como argumento que prueba que apenas convivieron.

    En Hamnet, O’Farrell hace un relato que es a la vez más realista y novelesco, el de un matrimonio surgido de un amor real muy apasionado que se transforma por divergencias de carácter (la ambición de él, las aspiraciones de ella) y por una desgracia insoslayable, la muerte del hijo. “El marido” y Agnes arrancan su romance cuando a él lo envían a dar clases a los hermanastros pequeños de ella para saldar una deuda que el padre de él, guantero, tiene con la familia de ella. El día que se conocen, ella siente “algo de gran alcance; de eso estaba segura; con muchas capas y estratos, como un paisaje” y él queda igualmente fascinado. Tras casarse, medio a escondidas, la pareja se va a vivir a la casita anexa a la familia de él, un arreglo apañado entre el hermano de ella y el padre de él. El marido va a la taberna, da clases, y se refugia en su cuarto, donde lee y mira por la ventana. Pronto se irá a Londres, a expandir el negocio de guantes del padre, y Agnes notará cómo se convierte en otra persona. Cuando vuelve, le parece que no es él. En la novela, la pareja tiene el vago plan de trasladarse a Londres con sus hijos en cuanto él se establezca allí, pero eso no llega a suceder jamás debido a la peste y a la salud frágil de una de las hijas, Judith. En lugar de eso, Shakespeare compra la mejor casa de Stratford, New Place, e instala allí a la familia. Él visita dos o tres veces al año. Su mujer siempre tarde una semana al menos en poder mirarle a los ojos y se imagina siempre con qué otras mujeres habrá estado.

    El propio Shakespeare no ayudó a despejar las dudas sobre la verdadera naturaleza de su relación con Anne en su obra. Durante el último siglo y medio, sus estudiosos han discutido sobre todo en torno a la identidad de “Fair Youth”, el hombre joven al que se dirigen los sonetos que van del número 18 al 126, y la “Dark Lady”, a quien dedica los sonetos 127 al 152. Para ambos hay decenas de hipótesis, desde el mecenas de Shakespeare, Henry Wriothesley, a una madame y prostituta del barrio de Clerkenwell. Hay quien, como Germaine Greer, defiende que algunos de los sonetos se los pudo dedicar a su esposa. El 57, arguyen, bien podría dirigirse a una esposa con la que ya hay cierta distancia, pero a la que aun quiere, y hasta se puede utilizar como una receta de (poli)amor no tóxico llegada directamente desde el siglo XVI: “Tampoco me pongo a pensar celoso / en dónde estarás y qué estarás haciendo. / Como un triste esclavo pienso en los otros / a quienes das alegría y entiendo. / Verdaderamente, el amor ciego es. / Pues no importa el mal que hagas, no lo ve."

25/11/2023

hamnet, 5


 


Hamnet: un drama shakesperiano

Maggie O'Farrell fabula en su novela en torno a la muerte del hijo del gran dramaturgo inglés

por Olga Merino
El Periódico
23/02/2021



    "Año 1596. En un día bochornoso de finales de verano, una niña siente que le sube la fiebre hasta la alucinación y se encama. Su hermano gemelo descubre asustado que no hay nadie en casa y recorre lavilla entera pidiendo ayuda. La acción transcurre en Stratford-upon-Avon, la localidad donde supuestamente nació William Shakespeare.

    Así arranca Hamnet, una novela que insufla vida a dos hechos fehacientes en la biografía, a menudo oscura, del incontestable poeta y dramaturgo inglés: la muerte de un hijo de Shakespeare llamado Hamnet, en el año y lugar mencionados, y la culminación, apenas un lustro después, de la tragedia titulada Hamlet. Ambos nombres, Hamnet y Hamlet, eran intercambiables en los registros parroquiales de la época, según se indica en los epígrafes. ¿Cabría la posibilidad, pues, de que el Bardo de Avon hubiese transformado la desgarradora pérdida en la mejor de sus obras? Esa es la fabulosa hipótesis, la aventura literaria en que se embarca la escritora británica Maggie O'Farrell(Coleraine, Irlanda del Norte, 1972) en la novena de sus obras. Palabras mayores.

    Sin embargo, con su habitual inteligencia narrativa, la autora se sacude enseguida de los hombros el peso granítico de Shakespeare. A él se alude como «el padre», «el marido», «el hijo» o «el preceptor de latín»; nunca por su nombre o apellido. Además, el dramaturgo, como una luz difusa, aparece y desaparece en ausencias prolongadas por los menesteres con la compañía de teatro, en Londres, a dos horas a caballo. La fuerza motriz de Hamnet se encarna en la esposa —Anne o Agnes Hathaway en la realidad—, a quien O'Farrell dibuja como un espíritu libre, muy unida a la naturaleza, con un olfato e intuición casi sobrenaturales, conocedora de las plantas y sus secretos. Tintura de pino y saúco. Gelatina de romero y menta. Un sapo atado en el abdomen con una tela fina. La autora ha apostado, además, por imaginar un matrimonio enamorado. Poco sabemos de ellos. 

    Un narrador omnisciente se desliza entre los personajes, entre sus sentimientos y deseos, con tal elegancia y precisión que no suscita alarma alguna tropezarse, por ejemplo, con las maquinaciones de una pulga que salta de cuerpo en cuerpo, portadora de la peste bubónica, «una enfermedad que llega desde muy lejos [el puerto de Alejandría], desde un lugar de podredumbre, de humedad y de confinamiento». Palabras estas que adquieren una resonancia especial en medio de la pandemia de covid.

Dividido el texto en dos partes, el gozne está colocado en su sabio lugar, justo en el momento de la agonía del hijo: todo lo demás es dolor, el hollín de la muerte, cuyo tizne conoce bien la autora, como relató en su libro de memorias Sigo aquí (en catalán Visc, visc i visc). Hamnet habla de la mortalidad y el duelo, sobre cómo lo procesa y deglute cada uno. Una novela magnífica por la construcción de personajes y por el prodigio de saber escarbar con respeto en los recovecos de la verdad histórica."

24/11/2023

hamnet, 4

 



Hamnet, una novela monumental para amar a Shakespeare

Maggie O’Farrell construye en ‘Hamnet’ una obra de maestría singular, dotada de ternura y sensibilidad para narrar el suceso familiar que llevó a Shakespeare a escribir su tragedia más famosa. Una novela grandiosa.

por Javier García Recio
La Opinión
28/02/2021



    "El relato tiene la siguiente referencia histórica: «En la década de 1580, una pareja que vivía en Henley Street (Stratford) tuvo tres hijos: Susanna y Hamnet y Judith, que eran gemelos. Hamnet, el niño, murió en 1596 a los once años. Cuatro años mas tarde su padre escribió una obra de teatro titulada Hamlet».

    Con estos escasos referentes reales, pero con una absoluta maestría y con una brillante destreza y gran sensibilidad, Maggie O’Farrell ha construido una novela sencillamente colosal, como es ‘Hamnet’.

    El relato no gira en torno a la figura de William Shakespeare, al que nunca se le llama por su nombre, ni sobre la actividad artística del dramaturgo más universal.

    Recrea el entorno familiar de la joven pareja que forman Shakespeare y su esposa Agnes, una mujer poderosa con dones excepcionales, un personaje maravilloso, un espíritu libre que cautiva nada mas verla al hijo del guantero de Stratford que en el pueblo tiene fama de holgazán, pero al que ella eligió porque «de todas las personas que conocía era la que tenía más cosas escondidas dentro», y que andando el tiempo se convertirá en el mejor dramaturgo del mundo. Pero aquí solo es el hijo del guantero de Stratford, que enseña latín a los chicos. Aunque, pasados los años, cuando con el dinero ganado en Londres compra la mejor casa del pueblo, la gente murmura sorprendida ¿de dónde ha sacado tanto dinero? ¡Cómo va a ganar tanto trabajando en un corral de comedias!

    Cuando se casaron ella ya estaba embarazada. Seis meses después, nació Susanna. Menos de dos años después nacieron los gemelos, Hamnet y Judith.

    Con una prosa hermosa y rica recrea el trabajo doméstico en una casa inglesa y mas adelante las repercusiones emocionales, después que pierdan a su único hijo varón.

    Ella vive volcada en el amor a sus tres hijos. ¿Qué necesidad tiene de ver otras cosas? Para ella no hay nada más exquisito y necesario que sus hijos, «no puede haber en el mundo nada más perfecto, en ninguna parte».

    Engarzando con absoluta maestría la ficción y la realidad. O’Farrell sigue en ‘Hamnet’ dos líneas de tiempo, una que comienza el día en que la gemela Judith enferma de peste y la otra se remonta al comienzo de la apasionada relación de sus padres unos 15 años antes.

    Por eso, antes de presentar a sus padres, aparece Hamnet, un niño inteligente de 11 años que busca desesperadamente ayuda para su hermana gemela, que de repente enfermó. Con el pánico creciente, se angustia al descubrir que su madre, abuela, tía y hermana mayor no se encuentran por ningún lado. Su padre está en Londres montando sus comedias.

    Entonces, cuando a Judith le alcanza la peste su hermano piensa que a lo mejor es posible engañar a la muerte haciéndole el truco que hacen desde pequeños: cambiarse la ropa y hacerse pasar el uno por el otro. Son iguales, es fácil que la muerte se confunda y se lo lleve a él en vez de a ella, y se acuesta junto a su hermana enferma. «Tú te quedas y yo me voy. El, Hamnet así lo decreta. Y así será».

    ‘Hamnet’ sabe capturar también de manera creíble y muy vívidamente la fuerza de la maternidad desde la fragilidad y el dolor del parto hasta el dolor insoportable de la pérdida, reviviendo la tragedia doméstica de una madre y su duelo por el hijo muerto.

    Cuatro años después del fallecimiento ella sigue en el pueblo mientras su marido lleva años en Londres trabajando en los corrales de comedia. Se entera entonces que su marido ha escrito una obra teatral con el nombre de su hijo. ¿Cómo es posible?

    Viaja a Londres a ver la obra que lleva el nombre de su hijo. Primero está indignada, pero luego al ver la obra se reconcilia con el marido y con su propio dolor. Comprueba que el Hamnet del escenario son dos personas: el joven, que está vivo, y el padre muerto. Asiste emocionada al drama en el que su marido le ha devuelto la vida a su hijo, en el teatro. Su marido se ha cambiado el sitio por su hijo. Ha cogido la muerte de su hijo y la ha hecho suya, se ha puesto en las garras de la muerte y ha resucitado al hijo en su lugar. Ha convertido la muerte de su hijo en la suya. Ella comprende entonces que ha hecho lo que habría deseado hacer cualquier padre, sufrir él para que no sufra el hijo, ofrecerse a sí mismo para que su hijo pudiera vivir.

    La visión del drama teatral permite a la esposa reconciliarse con el gesto sublime del marido y a la madre hallar consuelo y dar paz a su duelo.

    Es necesario señalar que O’Farrell ha escrito un libro fascinante, impregnado de una belleza deslumbrante y de una emoción intensa. Un relato de una magnificencia y una magia que acreditan a O’Farrell como una gran novelista."


23/11/2023

hamnet, 3

 


La vida detrás de la literatura

Maggie O’Farrell trasciende en ‘Hamnet’ el componente legendario de la biografía de los grandes escritores poniendo en primer plano a la esposa de Shakespeare

por Marta Sanz
El País/Babelia
06/03/2021



    "Son muchos los libros que recrean biografías de escritoras y escritores sobresalientes. Los suelen escribir otros escritores y escritoras que, redundando en el aura legendaria de Cervantes o Virginia Woolf, nos proporcionan claves sobre sus propios referentes, sus lecturas y su oficio de escribir. Hablar de nuestras genealogías culturales constituye una fórmula magistral para formarnos literaria y vitalmente, aunque confesar influencias, a menudo, apunta más hacia la expresión de un deseo que a una marca estilística reconocible. Lo maravilloso y muy meritorio de Hamnet es que Maggie O’Farrell vivifica a Shakespeare, el gran “monstruo de la naturaleza” del canon universal —siempre desde una perspectiva anglosajona—, colocando en primer plano la domesticidad y utilizando como foco narrativo prioritario la figura de su esposa, aquí llamada Agnes.

    Hamnet aborda muchos asuntos de “arte mayor”: azar y destino, la omnipresencia y asiduidad de la muerte en la vida, la validez de las premoniciones y la imposible empresa de saber quién va a morir primero, el límite que separa brujas y médicas, las pantuflas del héroe literario, la conexión entre la máscara de las ficciones y las realidades, la eficacia de una literatura de duelo que no siempre es literal, el hecho de que las cosas nunca son iguales cuando muere un ser amado, ni siquiera cuando se posee la herramienta artística como expiación, consolación, estrategia de disimulo y de un pudor que podría confundirse con exhibicionismo. Cuando los seres amados mueren, la vida sigue: en un momento de la trama, las idas y venidas del pasado hacia el presente hacen coincidir el parto de Agnes con la muerte de uno de sus descendientes futuros. Cuando los seres amados mueren, la vida sigue, pero nada es igual ni a una escala microscópica, familiar, ni a la escala macroscópica de una pandemia que aquí aparece en forma de alarde constructivo: la llegada de la peste a Stratford desde tierras lejanísimas, a lomos de caballos, gatos, pulgas, marineros, se cuenta con la inexorabilidad de un efecto mariposa subrayando esa urdimbre entre azar y destino, que a su vez se entreteje con la urdimbre entre leyenda y realidad. Los componentes legendarios de la vida y la vitalidad del arte se relacionan con la textura autobiográfica de las ficciones y con la deformación/modificación de lo experimentado por las cargas, calambres, corrientes míticas de la cultura y las culturas que atañen incluso a la sensibilidad de una mujer semi­analfabeta y excepcional.

    Pese a estos temas universales de elevado peso atómico, lo más importante en esta preciosa narración discurre en los espacios interiores, cocinas y alcobas, o en los exteriores del trabajo, huertos medicinales y emplazamientos de las colmenas. Lugares donde se vive, se copula, se come, se enferma, se sana o se muere. ­O’Farrell lleva a cabo una impresionante labor de documentación que sustenta la sensorialidad de su registro estilístico y su combinación sabia del realismo truculento —no escatima la textura de la muerte que es cadáver— con un realismo de premoniciones y casi conjuros que, a ratos, evoca el realismo mágico. Agnes, la esposa de ese escritor al que nunca se cita por su nombre —importa menos la fama que la cotidianidad, el canon que los alimentos—, es el contrapunto fantástico del hombre que escribe dramas y tragedias, y se va a vivir a un Londres insalubre. Agnes me ha hecho recordar la Blimunda del Memorial del convento, una Blimunda menos infalible, más vulnerable y contemporánea.

    O’Farrell escribe sobre los puntos sobrenaturales de las casas, pero en la preciosa escena final también escribe sobre los procesos alquímicos de la literatura que amalgaman aprendizajes grecolatinos y experiencias vitales. Vida y cultura se amasan dentro del mismo pan, y una novela que correría el riesgo de convertirse en un aparato de exaltación culturalista, en exaltación de tópicos en torno a las vidas literarias, es en realidad un magnífico texto sobre el amor de una pareja disímil que, en su superación del duelo y en la metamorfosis de la existencia que comporta la muerte intempestiva, toma en apariencia caminos divergentes. Sin la carga de esa humanidad no existirían ni genios ni genias capaces de apresar la vida en un libro que se nos meta dentro para siempre. Las ideas de similitud, confluencia y dualidad vertebran el relato y encuentran su metáfora no solo en el amor entre Agnes y el escritor, sino también en los gemelos Hamnet y Judith, así como en ese otro tipo de relación gemelar, especular, que vincula al niño Hamnet con Hamlet, príncipe de Dinamarca. Los gemelos se miran: en el solapamiento de “una sola persona dividida por la mitad”, de dos cuerpos, sexos y géneros —ellos aprenden a leer, ellas no—, culmina el mito del andrógino. La superación de la dualidad genérica llega con la muerte —también con el oficio de escribir— y se contrapone al artificioso disfraz de esos personajes femeninos de la escena renacentista y barroca interpretados por hombres: el autor encarga a su padre, guantero, guantes de mujer con tamaño de manos masculinas…

    O’Farrell trasciende el mito del andrógino y vence las dificultades del arte para regalarnos una novela preciosa centrada en la figura de una mujer que no fue ni sombra ni pequeña pese a la estatura que el tiempo le ha concedido a su monumental esposo. Algunos oficios buenos —la farmacopea, la literatura—, practicados con rigor y honestidad, sirven para salvarnos la vida."

22/11/2023

hamnet, 2

 

Anne Hathaway Pintura de Roger Brian Dunn (2010)
basada en un dibujo de Nathaniel Curzon (1708)




Dibujo de Anne Hathaway
en el tercer folio de la familia Curzon






Hamnet' el duelo por la muerte de un hijo en tiempos de Shakespeare según la escritora Maggie O'Farrell

Llega a España la nueva novela de Maggie O'Farrell, ganadora del Women’s Prize for Fiction y uno de los mejores libros de 2020 según The New York Times


por Carmen López
el dirio.es
  11/03/2021 



    "Hamnet Shakespeare murió en 1596 en Stratford por motivos que no quedaron recogidos en los documentos oficiales de la época. Cuatro años después, el padre escribió una de sus obras más celebradas y la tituló con su nombre haciéndolo inmortal: Hamlet. Y cinco siglos después, la escritora irlandesa Maggie O'Farrel ha contado de manera ficcionada esa historia en su novela Hamnet, que Libros del Asteroide ha publicado en castellano traducida por Concha Cardeñoso y L'Altra editorial en catalán con traducción de Marc Rubió Rodon. Aún no se sabe si pasará a los anales de la literatura como la tragedia del autor inglés pero, por el momento, ya se ha hecho con el premio Women's Prize for Fiction y ha entrado en el top 5 de los mejores libros de 2020 de The New York Times.

    Hay pocos datos de la vida personal de William Shakespeare, pero muchos menos todavía de su familia. Estaba casado con Anne Hathaway –sí, como la actriz– y tuvo tres hijos: Susanna, Judith y Hamnet, que eran gemelos. El niño falleció a los once años. O'Farrell se enteró de ese dato cuando tenía 16 y aún estaba en el instituto. Y se le quedó grabado. En el siglo XVI Hamnet y Hamlet eran dos formas intercambiables del mismo nombre, lo que para ella quiere decir que Shakespeare le escribió una obra a su hijo fallecido. O, al menos, con su nombre.

    “Cuando estaba en la Universidad y estudiaba literatura, leí un montón de biografías y críticas sobre Shakespeare, lógicamente. Y lo que me llamó la atención fue que la existencia de su hijo se pasa por alto. En esas biografías de 500 páginas tenía suerte si encontraba dos referencias a Hamnet: su fecha de nacimiento y su muerte. Y su muerte siempre iba seguida de algunos párrafos sobre la muerte infantil en la época isabelina que, por supuesto, fue muy alta”, explica en un vídeo grabado para Forbidden Planet TV en abril de 2020. “Siempre me pareció terrible asumir que la muerte de este niño no había tenido un impacto demasiado grande en esta familia y ni para el propio Shakespeare”. Según su opinión, la trama de Hamlet y la biografía de su hijo no son tan diferentes como para no ver la relación.

    Pero aunque el nombre y el apellido del padre hayan sido los que guiaron a la escritora hacia la historia y puedan provocar el interés primario de los lectores potenciales, no aparecen en ninguna página del libro. Su personaje sí pero con otros apelativos: ‘padre', ‘hijo', ‘hermano', ‘preceptor', ‘marido“. No se le menciona porque realmente él solo es el camino que lleva a Anne Hathaway, la mujer, la madre, la esposa, la protagonista. Es su vida como la ha querido imaginar O'Farrell partiendo de los escasos datos que se tienen sobre ella: era ocho años mayor que él, no vivieron juntos en Londres, fue la madre de sus hijos, y su padre escribió Agnes en lugar de Anne en su testamento. Y ese es el nombre que le asigna la autora en su libro.

    En algunas de las biografías que se han escrito sobre Shakespeare tratan su figura bastante mal, con afirmaciones cargadas de misoginia. Han dicho que se casaron obligados porque estaba embarazada, que él la detestaba y no quería vivir con ella, que era una analfabeta. Eso hizo que O'Farrell quisiera hacerle justicia de alguna manera: “Me enfadé mucho, mucho, por la forma en que la habían tratado. La gente siempre mencionará el testamento [Shakespeare sólo le dejó ”su segunda mejor cama con los muebles“], pero es un documento muy complicado y árido. Bueno, puedo plantear el hecho de que cuando él se jubiló, podría haber vivido en cualquier lugar. Era increíblemente rico, pero decidió regresar y pasar sus últimos años con ella en Stratford. Eso no sugiere que fuese un hombre que odiara a su esposa o lamentara su matrimonio”, explicó en una entrevista en The Guardian.

La devastación del duelo por un hijo

    Hamnet muere en la novela a causa de la peste –por una macabra coincidencia del destino, el libro se publicó en medio de la pandemia actual–, que se había llevado a muchas personas por delante, entre ellas niños y niñas. Agnes ve a su alrededor a madres que sobrellevan el duelo sin aspavientos, sólo con resignación y la obligación de ‘tirar para adelante'. Pero ella no puede, el dolor la parte al medio, no entiende cómo el resto de mujeres son capaces de hacerlo.

    O'Farrell le asigna en su libro una personalidad salvaje para la época, conocimientos de plantas sanadoras –en Hamlet hablan de remedios curativos hechos con plantas y decidió atribuirle esos conocimientos a Agnes– y una capacidad extrasensorial para ver el futuro y sentir la presencia de los muertos. Pero ella no es capaz de salvar a su hijo y tampoco de sentirlo tras su desaparición. Solo sabe que está enterrado en el cementerio, con la mortaja que ella misma le hizo, descomponiéndose poco a poco. Y eso la incapacita durante un tiempo, son sus hijas las que tienen que hacerse cargo de los asuntos de la familia. Entre ellos, los negocios de su padre, que invertía sus enormes ganancias del teatro en comprar propiedades.

    En determinado momento, Judith le hace una pregunta clave a su madre. Una cuestión que parece demostrar que el sufrimiento es tan grande que no se puede explicar con palabras. “¿Cómo se dice, pregunta Judith a su madre, cuando una persona tenía un gemelo y ya no lo tiene? (...) Si estás casada, continúa Judith, y tu marido se muere, entonces eres viuda. Y si a un niño se le mueren los padres se convierte en un huérfano. Pero ¿cómo se dice lo que me pasa a mí? No sé dice, la madre (...) A lo mejor no existe la palabra para decirlo. A lo mejor, dice la madre”. Tampoco hay una que diga qué es cuando una persona tiene un hijo y lo pierde.

    La escritora irlandesa tardó mucho en escribir Hamnet. Tanto, que antes terminó tres libros antes de ponerse con ese documento que tenía en su ordenador. En una conversación con Amity Gaige en Politics and Prose, explica [entre risas] que: “tenía una sensación extraña acerca de escribir sobre el tema. No soy una persona muy supersticiosa pero había algo, quizás porque tengo un hijo y dos hijas como Shakespeare. Sentía que no podía escribir el libro hasta que mi hijo no tuviese más de once años. Suena absurdo, porque no existe demasiado peligro de que mi hijo coja la peste negra, aunque nunca sabes. Ahora tiene 17, así que creo que está fuera de peligro”.

    También afirma que no fue capaz de escribir las escenas del duelo de Agnes dentro de la casa donde vive con sus hijos, sino que lo hizo en un cobertizo –“nada glamuroso”– que tienen en el jardín: “Escribir sobre el duelo de Agnes puede que haya sido lo más difícil que he escrito hasta ahora porque el peor miedo de un padre es perder a un hijo, tener que enterrar a un hijo. De hecho no soy capaz de imaginar nada peor. Y es horrible escribir sobre ello porque estás imaginando tu peor pesadilla”.

    No es un tema ajeno para ella. No ha perdido a ningún hijo, pero ha estado cerca en bastantes ocasiones. Una de ellas la narra en su libro de memorias Sigo aquí. Diecisiete roces con la muerte (Libros del asteroide, 2019. Traducción de Concha Cardeñoso), en el que explica literalmente ese número de ocasiones en las que le ganó la partida a la parca. La última, titulada Hija (hoy en día) se refiere al momento en el que, perdida en medio de un campo italiano con la familia, la niña estuvo a punto de fallecer por anafilaxia. No fue un episodio puntual: además de un eczema crónico –que también sufre uno de los personajes de su novela Tiene que ser aquí (Libros del asteroide, 2017. Traducción de Concha Cardeñoso–, es alérgica a una larguísima lista de cosas.

    “Hay momentos en los que todo adquiere matices mitológicos: levantas la jeringuilla de la adrenalina hacia la luz pensando en ese líquido amarillento y te das cuenta de se te ha concedido un elixir para rescatar a tu hija de la muerte. Tienes que clavarle una aguja para salvarla. Puedes robársela a las tinieblas, pero solo tienes una serie de objetos determinados, solo si sabes a quién se los debes pedir. A veces te burlas de ti misma por ser tan fantasiosa. Y luego, leyendo el mito de Perséfone a tu hija, casi no puedes creer lo bien que se adapta a la situación y te preguntarás qué sabían de todo esto en la antigüedad”, narra en su libro.

    Según “vanas especulaciones” como dice Maggie O'Farrell de los planteamientos de su novela, Shakespeare pudo dar rienda suelta a su dolor y reencontrarse con su hijo en las tablas gracias a Hamlet. Se desconoce cómo lo hizo Agnes, pero la escritora irlandesa le ha dado la oportunidad de mostrarlo en Hamnet. Dos versiones del mismo nombre, dos historias sobre el mismo niño."