25 d’ag. 2009

"El exiliado de aquí y allá", tres


Un papel esencial en estas novelas del autor barcelonés lo desempeña el paisaje en el que transcurre la narración: es un paisaje urbano, humano, abigarrado y multirracial que está conformando la actual realidad de las ciudades europeas.
Nos dice Juan Goytisolo, en un artículo de octubre de 2002: “De la emigración a la inmigración”
“el escritor que ahora soy no existiría o sería otro sin la doble educación que me procuraron mi pasión por los libros y mi vida en el Sentier o, más exactamente, en ese vasto y animado sector urbano a caballo entre los distritos segundo y décimo de la capital francesa, en donde los conflictos y tensiones del mundo exterior no han afectado la convivencia entre judíos y árabes, turcos y armenios, paquistaníes e hindúes ni la civilidad, diversidad y policromía que le caracterizan: esa incitante posibilidad de dar la vuelta, no al mundo en ochenta días sino, como en la novela de Julio Cortázar, a ochenta mundos en un solo día, y de discurrir por los bellos pasajes cubiertos descritos por Baudelaire y Walter Benjamin y pasar de la India a Pakistán y de Pakistán a Turquía. El Sentier es lo contrario del gueto y en ello radica su ejemplaridad. Pues es a partir del gueto de donde surgen los conflictos provocados por el miedo y la exclusión, el fanatismo identitario y la demagogia populista. El microcosmos del Sentier, como el de algunos barrios de Manhattan —hablo del Manhattan anterior a los bárbaros atentados contra las Torres Gemelas—, fue para mí una escuela rica en enseñanzas sobre la convivencia de culturas, religiones y lenguas en el marco de la ciudadanía y de los valores proclamados en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre”



ESPACIO EN MOVIMIENTO

Llegados a este punto de la mal hilvanada y dispersa narración, no dudamos de que la vasta legión de admiradores de la Ciudad Luz se sentirán defraudados en sus legítimas esperanzas de ver reflejados en aquélla los lugares, personajes y tópicos que conocen y aman. En vez de frecuentar, por ejemplo, los medios artísticos, refinados y elegantes que tanto fascinan a los héroes novelescos de Carpentier o Cortázar —esos patriotas revolucionarios perdidamente enamorados de Francia y todo lo francés-, nuestro atrabiliario sujeto, cuando no toma el metro y se pierde en un adocenado y vulgar laberinto de pasillos, escaleras y enlaces, recorre espacios sin solera literaria alguna y en los que por contra apenas se escucha la lengua vernácula. Ni por asomo le veréis en esos cafés del Barrio Latino, Montparnasse o Saint Germain des Prés, llenos de exiliados latinoamericanos y autóctonos con su correspondiente diploma de Beaux-Arts o L'Ecole des Hautes Etudes o pasear en calesa por una de las hermosas avenidas que convergen en la Estrella, en compañía de Reynaldo Hahn u otro asiduo del clan Verdurin. El París de los Borbones y Bonapartes, planificado y neutralizado por sus arquitectos con vistas a posibles explosiones sociales, no le impresiona ni poco ni mucho. Las grandiosas perspectivas de cartón piedra, sus edificios conminatorios y adustos, le dejan de hielo. Lo que le atrae -y responde a sus gustos lamentablemente groseros— es el París alógeno, poscolonial, barbarizado de Belleville o Barbes, un París que no tiene nada de cosmopolita ni culto, sino iletrado y meteco.
El hormigueo de la calle, su frondosidad creadora, le procuran diariamente un espectáculo continuo, variado y gratuito. En la Rué d'Aboukir o la Place du Caire, como en la Porte de Clignancourt o la Goutte d'Or, saborea la presencia fluida e incesante del gentío, su movilidad desordenada, su diáspora febril por la rosa de los vientos. La paulatina deseuropeización de la ciudad —la emergencia de zocos y hammams, venta ambulante de totems y collares, pintadas en árabe y turco— le colma de regocijo. La complejidad del ámbito urbano —ese territorio denso y cambiante, irreductible a la lógica y programación—, invita a cada paso a trayectos versátiles, que tejen y destejen, lienzo de Penélope, una misteriosa lección de topografía. Los modestos ilotas de la difunta expansión económica han traído con ellos los elementos e ingredientes necesarios a la irreversible contaminación de la urbe: aromas, colores, gestos, un halo de amenazadora proximidad. Nuestro excéntrico personaje ha advertido que no es necesario coger el avión de Estambul o Marraquech en busca de exotismo: basta con salir a estirar las piernas para topar inevitablemente con él. La transparencia y brutalidad de las relaciones sociales del Sentier, su creciente confusión de lo público y lo privado, configuran lentamente un mapa de la futura ciudad bastarda que será al mismo tiempo el mapa de su propia vida. Los cartones y barajas con que los fulleros de Xemáa el Fna sonsacan los cuartos a los incautos, han bajado desde Barbes a las aceras del bulevar y se extienden poco a poco, como una plaga, por los barrios concurridos por el gran mundo. La megalópolis moderna vive ya a la hora de Bizancio: con un poco de suerte, se dice, llegará el día en que los verá confluir por los tentáculos de l'Etoile hasta los pies del sacratísimo Arco de Triunfo.



Juan Goytisolo
Paisajes después de la batalla
Llibres del Mall
Barcelona, 1985
páginas 148-151

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