23 d’ag. 2009

"El exiliado de aquí y allá"; uno


En “El exiliado de aquí y allá”, Juan Goytisolo “resucita” personajes como el Monstruo del Sentier o Monseñor, de su obra "Paisajes después de la batalla", de 1985.
“Paisajes…”, al igual que “El exiliado…”, está formado por una suma de breves capítulos sin aparente conexión. Una primera lectura apresurada lleva a la confusión: ¿qué me quiere decir?,¡ no entiendo nada!, es la reacción inicial. Una segunda lectura, más pausada, muestra que, tras un aparente caos narrativo, los capítulos se encadenan en una sucesión que mantiene una lógica interna: mostrar los , a juicio del autor, mecanismos que rigen las infantiles sociedades actuales tras el derrumbe de las ideologías. Y Goytisolo lo hace desde una óptica sanamente irónica, cargada de un agudo sentido del humor.
Durante estos días anteriores al debate de “El exiliado…” vamos a ir colgando en el blog fragmentos de “Paisajes…” que pueden arrojar luz y clarificar la lectura del libro del mes.



"EL SENTIER



Como uno de esos pasteles hojaldrados en los que el repostero dispone cuidadosamente, en capas sucesivas, una masa laminar aplanada de golosinas variopintas de forma que un corte transversal de las mismas por el cuchillo del paterfamilías en el momento de su distribución entre los comensales —con unas velitas de aniversario en el centro y un vistoso baño de chocolate— produzca un efecto comparable al de los gráficos de las eras geológicas trazados en los libros de ciencias naturales en los que cada una de aquéllas integra un estrato de diferente color, desde la base precámbrica a la altura neolítica, exactamente su barrio. Con la diferencia, está claro, de que en vez de hojas superpuestas de mazapán, nata o pasta de almendras —que corresponderían, conforme al símil anteriormente trazado, a períodos tan característicos y precisos como podrían serlo por ejemplo el silúrico, el devónico o el jurásico— los componentes sedimentados del Sentier pertenecen a la denominada especie humana, más por razones de comodidad intelectual que por la justedad bien dudosa del término. Emigraciones de muy diverso signo han posado sus heces de modo paulatino a lo largo de un lapso de cinco o seis lustros, arrastradas allí, en embates bruscos, por lejanos vendavales políticos o mucho más prosaicas razones subsistenciales: éxodos masivos, cuya reiteración ha conferido al lugar de anclaje ese aspecto multicolor, abigarrado que tanto desconcierta y aflige al núcleo original de primitivos habitantes. El pastel, pues de eso se trata, de una gigantesca tarta foliada, presenta entonces, un vez hecho el corte sectorial, una serie de ingredientes sociales y étnicos propios de las heterogéneas comunidades esmeradamente dispuestas por la mano invisible del confitero. Arriba, en la costra o corteza de chocolate, los comerciantes judíos venidos ya en etapas de engañosa calma chicha, ya de impetuosa marejada a aquel escenario un tanto balzaciano de viejos, incómodos y destartalados edificios decimonónicos, desde las frías estepas del este o el luminoso cielo norafricano, dueños y señores, con el tiempo, de pequeños, pero florecientes negocios de géneros de punto, peletería o confección: asomados, si la inclemencia del tiempo no lo desaconseja, a las puertas de los almacenes de venta al por mayor, de plática con sus colegas y vecinos, aunque sin perder de vista la actividad de los oficiales ni la carga y descarga de los mozos de cuerda. Debajo de ellos, en la tongada correspondiente a la pasta de harina intermedia, portugueses y españoles, amos de las porterías o inquilinos de lóbregos y ruinosos apartamentos sin baño y con excusado común empotrado en la escalera, huéspedes de la bruma grisácea del norte gracias a una sutil estrategia de salto de rana, destinada a eludir las dificultades e injusticias de sus economías insuficientemente desarrolladas o pasados rigores de autócratas y espadones oportunamente vencidos por la edad. Después, en la porción de miel o confitura de fresas, la reciente diáspora de orillas del Bosforo: felinos de rubio y mancuernado bigote, cargados con montañas de paquetes y cartones o llevando en hombros, por parejas, la barra de un colgador con docenas de trajes y abrigos, con el mismo afán y celeridad que sus paisanos, en las callejas empinadas, de adoquines salientes, del bullicioso laberinto que se extiende de la mezquita de Mahmud Bajá a los aledaños del Bazar Egipcio. En la capa inferior -de crema o pasta de nueces, según el gusto de los clientes—, los árabes y beréberes que excavan las zanjas de obras públicas cada vez que hay cambios o averías en la red de agua o electricidad del barrio o una misteriosa modificación en el trazado de las líneas telefónicas: los componentes de los aluviones superiores los contemplan así, con visible satisfacción, humildes y agazapados, mientras tiemblan en el estrépito ensordecedor del taladro o dan enérgicamente al callo con la pala y el pico. Al fin -hemos llegado ya a la base del pastel-, los afganos, paquistaneses y bangladesís, esa masa gregaria de sujetos morenos y fantasmales que vende a diario, a bajo precio y sin contrato alguno, su fuerza de trabajo: basta con ir a ese burladero ó refugio central de la Place du Caire en forma de triángulo y escoger allí al de aspecto más saludable y robusto; el agraciado con la selección sabe que la suerte le ha sonreído y empujará el carrito atestado de cajas en medio del río de los automóviles, sin hacer caso de las interjecciones ni muecas de disgusto de los peatones cuyo paso obstaculiza y con los que a menudo, absorto en sus cavilaciones y ensueños, tropieza torpemente".




Juan Goytisolo
Paisajes después de la batalla
Llibres del Mall
Barcelona, 1985
páginas 25 a 27

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