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Robert Capa Barcelona, Agosto 1936 |
“A las seis de la mañana del día
19 de julio sonaron las sirenas de las fábricas, llamando a la lucha a los trabajadores.
Organizados, como nunca creyeron los
burgueses que se organizarían los obreros de mi ciudad, controlaron todos los
cuarteles y no dejaron salir a las tropas. Ellos pensaban, porque tontos no
eran, que si se les dejaba desplegar, con sus tácticas y oficio militar, serían
muy difíciles de derrotar. Obreros disfrazados de mendigos ojeaban los
cuarteles y ponían al corriente a los sindicatos de todos los pormenores.
Barricada en la entrada de la
calle Platería, del barrio de la Rivera, disparos continuos y estridentes desde
las torres de Santa María del Mar, enfilando dicha calle. Un vecino de mi casa
quiso cruzar esta calle y le dispararon desde las torres. Salió ileso de
milagro, pero no pudo volver a pasar hasta que mataron a los francotiradores de
las torres. Fue un domingo cuando el pueblo derrotó a todos los militares. Sin
armas casi, con escopetas de caza, asaltaron armerías y cuarteles apropiándose
de suficientes fusiles. Armas que los gobiernos autonómico y central se negaron
a facilitar y que los obreros consiguieron de otros sitios.
La chusma, aborrecida, aporreada
y escarnecida por todos los poderosos que, convencidos como estaban de que los
obreros eran seres incapaces de hacer nada “grande”, se llevaron la gran
sorpresa viendo cómo eran vencidos por los poderosos señores de la guerra por
los pechos de los obreros humildes.
Desde el callejón sin salida de
la calle Joan de Montjuïc, que comunicaba con la calle Platería, hoy
desaparecida, los niños, mientras jugábamos a pelota podíamos oír los fuertes
disparos que, de manera continua, no cesaban. Por esta calle pasó un camión
lleno de milicianos que se dirigían al Cuartel de la Avenida Icaria para
ocuparlo. Llamaron a mi padre y él se subió al vehículo, alejándose de mis ojos
que, asombrados, lo seguían. Los tres hermanos de mi padre ya hacía horas que
estaban luchando en las calles. Se agregaron también varios jóvenes de mi
calle, junto con un hombre ya muy mayor, que tenía cuatro hijos, tres de ellos
mayores. Se fueron muy serios con la vista fija en la lucha, llenos de un
convencimiento que no les dejaba parpadear. Fue para mis pocos años algo que me
dejó asombrado y boquiabierto. Al día siguiente, los críos de mi calle nos
aventuramos a visitar la barricada de la calle de Platería, y los milicianos
nos pidieron que fuésemos a buscar tabaco al estanco que había en la mitad de
esa calle. El estanquero se negó a darnos nada. Entonces, un miliciano se echó
el fusil al hombro y, junto con él, fuimos unos cuantos amigos míos y yo al
estanco. Dijo el miliciano: “Señora, necesitamos tabaco y no tenemos dinero,
¿qué hacemos?”.
Entonces la propietaria puso
sobre la mesa tabaco, papel de fumar y cerillas. Después de tres o cuatro días
supimos que la Generalitat pagó a todos los estanqueros el tabaco que se
consumió en las barricadas. Desde la estación del Norte vi partir a mi padre
con la Columna Durruti, al frente de Aragón. Mis tres tíos también partieron
después en las columnas Ascaso y Los Aguiluchos de la FAI. De los tres hermanos
de mi padre, el más pequeño, de 16 años, se enroló en la célebre brigada “Roja
y Negra”. Lo mataron con 18 años en la retirada de Tremp. Para mí fue una
muerte tan inmensa que abarcó todo mi cuerpo. Yo adoraba a mi tío Luis con
locura. Era un hombre con el corazón de niño que compartía los juegos con mis
amigos del barrio.
De aquel 19 de julio recuerdo
que unos días después mis amigos y yo saltábamos las tapias de varios solares
buscando juego y encontramos muchísimos uniformes, correajes amarillos,
tricornios de guardias civiles e incluso dos pistolas: un 9 largo y un revólver
sin cachas. Las armas las entregamos en la Jefatura de Policía de la Vía
Layetana.
(…)
Una de las cosas que recuerdo
con gran cariño fue el poder ver a un sinfín de miserables vagabundos sentados
en el comedor del Hotel Ritz, el más lujoso de la ciudad. Comer a dos
carrillos, servidos por los camareros del Sindicato de Hostelería de la CNT,
que les decían: “Comed a gusto y tranquilos, que ya es hora de que lo hagáis.
Después de lamer los cristales de este comedor tantos años, mientras los ricos
se hinchaban”. Recuerdo que a algunos de esos pobres infelices se les saltaban
las lágrimas y a mí, lo mismo. Fue la cosa más hermosa y justa que jamás he
visto realizada. Y es que siempre se ha dicho que la justicia más justa es la
que practican los hijos humildes del pueblo.
Otra de las cosas que recuerdo
también con asombro de aquellos agitados días es la que obligaron a hacer a la
Caja de Pensiones y Monte de Piedad, llamada por el pueblo “La casa de empeño”.
Se restituyeron todas las cosas empeñadas, sin tener que pagar el importe del
rescate. Sólo bastó con presentar la papeleta de empeño. Mi madre tenía en ese
lugar empeñadas varias cosas de lo más pobre: su ajuar, un colchón de lana y
unos cubiertos de alpaca. Caudales inmensos para una mujer de aquella época y
que, al finalizar la guerra, tuvo que venderlos todos para poder comer un corto
tiempo más.
(…)
Recuerdo también que en el
popular barrio chino había un sacerdote que se llamaba padre Ángel. Este hombre
era, en su comportamiento humano, la vergüenza del clero. Hombre de limpio
corazón que compartió desde siempre las hambres y las miserias con las personas
de su diócesis. Cuando estalló el 19 de julio, las gentes del barrio lo
vistieron de paisano y lo tuvieron escondido en sus casas todo el tiempo que
duró la guerra. Y es que era un crimen hacer daño a una persona que vivía y
compartía la miseria como un mendigo más. Sus hábitos estaban tan roídos y
amarillentos que sus gentes veían en él uno más de tantos. No fue nada raro
que, como era de todos, todos lo salvaron.
(…)
Recuerdo los comedores obreros
gratuitos que había en mi ciudad. El de la calle San Pablo y el que había en el
casino del parque de la Ciudadela, en frente de la cascada. Su larga mesa estaba
llena de platos vacíos y tan apurados que brillaban. No obstante, una pobre
anciana con una cuchara iba repelando, plato a plato, afanosamente. “
... continuarà
“Trazos de una vida”
Pedro García Ibarra
testimoni de vida recollit
en el llibre:
Vivències: la Barcelona que
vaig viure (1931-1945)
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