07/05/2021

los asquerosos,5

 


“Los elementos que aparecieron el primer fin de semana debían de ser los miembros directos de la familia ocupante. Los visitantes sucesivos debían de ser los primos, a los que siguieron los amigos y los amigos de los amigos. De ahí, a racimo. Porque todos se parecían, panes de la misma masa, o en las anatomías, o en los atuendos o en los usos o en las tres cosas. Entre tíos, cuñados y amistades, los que paraban en Zarzahuriel eran muchos y de todas las edades.

A este conglomerado humano global y uniforme, Manuel pronto empezó a llamarlo La Mochufa.

Llegaban en tres o cuatro coches grandones, fuera de escala, aparcando ostentación en la patena zarzahurielense. Y con unos maletones de volumen considerable, para cursar tres o cuatro cambios de vestuario al día durante una estancia de solo dos.

Llevaban encima las marcas de su raigambre, las señas físicas del secular hispano que tres o cuatro generaciones atrás se desplazó a la capital a buscarse buenamente la vida. Los vástagos de hoy, renegados y apóstatas, llegaban ejerciendo de urbanos supuestamente sofisticados. Les saltaban al aspecto los siglos de azada, forraje, moscas y grasas animales. Y sin embargo hacían chistes sobre los tufos del campo, alardeaban de su conocimiento del callejero capitalino, exhibían pegatinas del oso y el madroño y se reían de todo lo que veían en Zarzahuriel, con los aires colonizadores de los metropolitanos imperiales. Les hacía gracia tirarse pedos y eructos, como a cabestros en un cuartel chusquero.

Independientemente de cómo fuera la de sus ancestros, ellos no lucían expresión de listos. Su comportamiento no contravino nunca esta sensación. Los tanques en los que venían en convoy no pequeño diríanse antes adquiridos con el dividendo del pelotazo, la recalificación o el trafullo en la suspensión de pagos que con las rentas del talento. Les tiraba la ostentación, esa forma que tienen los advenedizos y los acomplejados de expresar su confusa relación con su dinero.

Llevaban la marca de la ropa tan a la vista que Manuel podía leer las letras desde el sobrado. Fuera de esto, iban muy rotulados de indumentaria, con mensajes que muchas veces resultaban de desconcertante desajuste. Había varios que tenían que sujetarse las barrigas a pulso con las manos, y vestían camisetas de gimnasios. Una que no salía sin las joyas llevaba en la camisa el circulito de los hippies. Otro muy asnal se presentaba con la leyenda Oxford University, desprestigiando a un claustro que no le habría admitido en la casa sabia ni como cadáver donado. Banderas de países, lemas contradictorios, proclamas ininteligibles. Les podían endilgar en la chupa el anagrama de un club de balonmano de las Molucas o de la Baader-Meinhof y ellos como si no, empecinados en hacer eslogan de causas que no parecían llevar comprendidas.

Sentían un patente horror al silencio. No sabían estar sin hacer ruido, como si necesitaran la constante confirmación de que estaban presentes allí y en ese momento. Si el miedo al silencio es de gente acobardada ante sí misma, estos vivían en el pasaje del terror.

A veces ponían a aullar aposta la alarma de su coche, para ver lo bonito que sonaba. Los niños se reían, los padres bromeaban. Tardaban en apagarla porque el estruendo los hacía felices. Los ponía contentos porque la sirena rasgaba el silencio que los mochufas no soportaban.

Todo el tiempo les sonaba el móvil, que contestaban a gritos. Contaban siempre a través del teléfono lo bien que estaban en la soledad del campo, gran paradoja si los fines de semana se los pasaban hablando con el exterior.

Se rearmaban continuamente para meter más follón. Trajeron un corta césped para la parcela, y mataban las mañanas paseándolo por la hierba, tres o cuatro veces por el mismo trozo. Un viejo una tarde sintió la llamada del bricolaje. Pretendía decapar el barniz de un portón de seis metros cuadrados con una lija circular fijada a un taladro doméstico. El bobo se cansaba cada diez minutos y lo dejaba. Retomaba sin aviso, y cada vez la herramienta rompía más los nervios.

Pronto instalaron una campana en su patio, para que los niños se entretuvieran. La tañían como locos, metiendo un jaleo de bayoneta pinchando tímpanos. Todo con tal de fulminar la quietud que decían haber ido a buscar en Zarzahuriel y que en realidad no aguantaban. « ¡La paz que se respira allá!», contarían el lunes al vecino en su barrio. Manuel tenía que tener pelados los cantos de los dedos de los pies de tanto frotárselos unos con otros de repelús y asco.

Parte de ese ruido lo  aportaba la asquera de música que gastaban, a base de radiofórmula refreída y emisoras de recopilatorios deslavados. Era la suya la puta música para las alimañas del coño y del cojón, pachangadas pensadas para la gentuza de cualquier clase social. Los mugidos los definían, en una etopeya sónica que les describía de forma exacta con más nitidez de como lo hubieran hecho sus biografías en tres tomos. Me apunté los deberes de indagar qué había sido de las vidas de aquellos de mis conocidos que compraron hacia 1983 los discos de Luis Cobos, de La Trinca o de El Puma. Estaba seguro de que les había ido como el culo, por cara-cacas, como vaticinaban sus gustos.

Todos hacían las mismas gracias todas las semanas, pero con cara de creerse que las inventaban nuevas y a estrenar. Las mismas, a repertorio fijo. Pero notándose anticipados, especiales, inéditos, originales, añicos: las cinco vocales iniciales para su novedad vieja. Y semana tras semana desfilaban los chistes sobre cómo vagueaban, los chistes sobre cómo se despatarraban, los chistes sobre el bajo estado de forma del otro, los chistes sobre lo pillos que eran porque se bebían una cerveza, los chistes sobre cómo se iban a poner a chuletas, los chistes picaritos y bienintencionados sobre celos cuando venían en parejas, los chistes diciendo «patata» al hacerse la foto de recuerdo.

La seriación de fotocopia persistía cuando abandonaban las regiones del humor y se lanzaban por las de la poesía. Se reiteraban entre ellos y a sí mismos cuando se veían en composición de estampas emotivas. Todos bebían una botella de vino al atardecer, convencidos de ser los primeros en pintar un cuadro de alta trascendencia gastronómica. Todos tertuliaban arrobados al atardecer, convencidos de ser los primeros en pintar un cuadro de vibrante estética filosófica. Todos enseñaban un efecto de la naturaleza a sus hijos al atardecer, convencidos de ser los primeros en pintar un cuadro de paternal pedagogía sobre la vida agreste y verdadera. Todos se besaban al atardecer, convencidos de ser los primeros en pintar un cuadro de evocador erotismo campestre. Durante estos ratos de pintar cuadros se callaban un poco.

En sus escenas, cómicas o líricas, los varones agravaban la voz y las hembras la agudizaban, que los papeles los tenían bien repartidos.

Ya he dicho que se besaban. Creo que era muy duro sufrir la dentera que daba ver a dos subderivados invocando el contacto carnal, y el retortijón de píloro que  ofrendaba el imaginarse a uno mismo besando a eso.

Dejaban las luces encendidas por todos sitios. Daban la luz hasta para buscar el interruptor de la luz. Sin embargo, traían un perro al que sacaban a pasear por el campo con dos bolsitas de recoger cacas. En eso consistiría básicamente ser un fulano. En ir por el bosque con los paquetitos del remilgo. Pero estar de día y de noche quemando combustibles fósiles para la generación eléctrica como norma de civilización.

Un viernes por la tarde, unos de chaquetilla naranja les instalaron un dispositivo para subir las persianas dándole a un botón. Otro, se trajeron unos extensores para ejercitar los brazos, como si los brazos no se ejercitaran subiendo persianas. Un sábado les llegó una furgoneta de la que unos operarios bajaron una cinta de correr. La llanura y los cerros, pistas infinitas, los miraban clamando al cielo. Otra dotación vino poco después a colocar unas mosquiteras en las ventanas para que el campo no les entrara en la casa de campo.

Llamaban «cariño» a todo el mundo, marca de quien ofrece un afecto devaluado por exceso de oferta verbal. Hablaban muy adscritos a fórmulas predeterminadas. «Recargar las pilas», «planes con niños», «escapada», tufihuelas así. Decían «divina de la muerte», «momentazo», paquetillos verbales a base de fraseo prestado, botes de caca semántica consensuada que se recambia década a década, pero constituyendo siempre la señal oral del lerdo. «Cómo ser madre y no morir en el intento», qué risa. La de «Los hijos vienen sin manual de instrucciones» siempre provocaba gran alborozo, así se repitiera a cada minuto. Chorrudeces a palangana llena. «Aquí estoy, al sol, como los lagartos».

Decían todo el tiempo «disfrutar». Es la palabra que a la altura del siglo, según Manuel, usaban todos los sinvergüenzas que querían vender algo cuando ese algo era una puta mierda. Es también vocablo propio de los que tienen ansias de follar y no las echan para afuera. Término de obscenidad latente, soltarlo u oírlo da un respiro, porque sugiere una promesa de íntimos orgasmines a los de las ganas cautivas.

Se habían dejado abducir por los comentaristas de la tele, que todo lo arreglan con la «hoja de ruta», las «espadas en alto», la «línea roja» y con que si «yo no tengo una bola de cristal», peditos reproducidos a millares con los que un tertuliano se echa al coleto un buen pasar en debates de cualquier horario. Salía mucho «calidad de vida», la formulación con la que los desmigados se intentan convencer de que están contentos.

Daba la firme impresión de que vivían decididos a parecerse a la gente que sale en los anuncios.

 De viernes a domingo, preñaban el campo de olor a cosmética. Abrían una ventana y apestaba a gel, a leches, a gilifrascos, a cadena de perfumerías, a hipermercado de fetideces. A champú, a acondicionador, a espuma fijadora, a tomadura de pelo.

Necesitaban medicinachas para todo. Les rondaban la contractura, la sequedad de ojos, la alergia a todo lo que se menea, las décimas de fiebre y el constipado, siempre en puertas. Manuel columbró en delirio que tiraban de una pomada para el picor común de espalda. Te untabas el preparado y a los dos minutos se te pasaba. Se vendía con un aplicador telescópico que extendido se parecía mucho a un limpiaparabrisas. Las toallitas húmedas a base de alcohol para el aseo fecal eran para ellos imprescindibles. No en balde, cada vez más, en un proceso simple de adicción proveído por el empapado etílico del orto y la inevitable alcoholización (por vía anal, la más innoble de las posibles) del usuario.

Se tumbaban en el patio a leer la prensa rosa. Es el carné de socio de los despresurizados, la chapa identificativa de los pulguientos en la perrera municipal y la tablilla collar de los esclavos vocacionales en el zoco. No sé por qué no se dice más.

Sus hábitos de consumo televisivo no eran alentadores, sosteniendo con su fidelidad la producción audiovisual de los directivos de cadena cuya dilución en humus menos va a importar.”

 

 

Los asquerosos

Santiago Lorenzo

Blackie Books, 2018

Pág. 127-133

 


06/05/2021

los asquerosos, 4

 


“Nació en Madrid en 1991. Su padre era uno que le daba igual a todo el mundo. Su madre, que lo mismo, era la hermana de mi exmujer, a la que no veo desde hace ya ni sé. No tenía más tíos que yo.

Impresionaba verle, con once años, buscando trabajo en Internet. Ni se lo iban a dar ni él lo iba a pedir, por su edad. Pero desde crío, Manuel ya estaba indagando sobre cómo sería verse a sí mismo metido en el mundo.

Manuel es nombre falso. Pero es que no debo dar el verdadero.

Era uno de esos críos a los que ahora llaman «niños de la llave». Sus padres, por trabajo o relaciones, nunca estaban en casa. Manuel llevaba la llave de su domicilio colgada al cuello porque no tenía a nadie que se ocupara de él a la salida del colegio. Se supone que esta es situación carencial y penosa. Muchos, en su tesitura de desasistencia, se tirarían con los años por la autolesión, el juego de rol insano, el ostión en moto, la anorexia o el romanticismo salido de rosca.

No fue el caso de Manuel. Él alineó los pros y los contras de la incuria de la que era objeto y luego reflexionó. Para él, la falta de atenciones era una clara tajada de suerte. Agradecía con fuerza la incomparecencia paterna, porque así no tenía que aguantar bobadas. Encontraba en la casa vacía un espacio de control, un rancho con él de mayoral, y a edad bien temprana.

Le daban pena los niños «sin» llave, a quienes a cambio de una merienda puesta en la mesa les escamoteaban la ocasión de estar solos dándole vueltas a sus asuntos y a los que negaban la oportunidad de ensayar mañas por cuenta propia. Él, en su independencia sobrevenida, aprendió pronto a hacer tortilla francesa, a forrarse los libros con papel de regalo y a atajar una mancha de grasa en la ropa con una pizca de harina.

Un día arregló el empalme del enchufe de una lámpara. Mantuvo en secreto la reparación porque sabía que papá y mamá le iban a reprender por haber andado metiendo los dedos en trastos de corriente. En casa, la lámpara se había arreglado sola, que a veces estos chismes no hay quien los entienda. Empezó a callarse las cosas que le salían bien. Se aficionó a los aparatos. Adoptó el destornillador que utilizó para el remiendo como amuleto no mágico,

sino útil, pero que también le daba suerte. Era una herramienta de tamaño mediano, con un mango amarillo semitransparente de una luminosidad irresistible. Manuel era un pequeño manitas que luego fue creciendo.

Cuando sí se cruzaba con los padres condescendía con ellos, intentaba entender sus meteduras de pata, pasaba por alto sus pequeñas ridiculeces. Si los veía desanimados los alentaba, procuraba confortarlos cuando volvían a casa, se quitaba de en medio cuando los veía del todo decaídos. Resumiendo, y hablando en plata: sus padres le daban pena. A los demás, no nos andemos con dengues, pues también bastante.

Quedó chico de tamaño, como yo. A los 157 centímetros se le detuvo el ascensor.

Era listo. Un psiquiatra que lo hubiera examinado con sus test habría dictaminado un cociente intelectual hermoso. No hubo caso. Cuando Manuel demostró una inteligencia superior fue cuando se negó a realizar las pruebas de medición, que para qué quería él tasar algo que iba a usar igual de todas todas. Si alguna vez habló de su cociente fue inventándoselo y amputándolo aposta para hacerse el bobo, uso de lo que alguna vez extrajo buen partido.

Estaba dotado para aprender sin herramientas sofisticadas, solo con instrumentos corrientes y fijándose mucho. Estudiaba inglés oyendo la radio, sin cursos ni academias. Avanzó en la autoescuela mirando al conductor del autobús. Se adiestraba con las máquinas destripando las que rescataba de los contenedores.

Ansioso por saber cosas y por hacerlas, a ojo abierto y mano alerta, se metía no sé si a examinar mecanismos, a hojear libros, a mirar por la ventana, labores así. La cosa era tener cabeza y dedos en órbita. Me acuerdo del día en el que estábamos con eso típico de que qué pedirías al genio de la lámpara si se te apareciera. Yo, que nunca he sido de mucha originalidad, me pedí poder volar o ser invisible.

Él salió con que no le interesaba ninguno de estos dos deseos. Que volar ya se podía, con el Google Maps. Y que invisible ya se sentía, porque no se notaba notado. Me contestó que él pediría no tener que dormir. Que le jodía y le rejodía estar a sus cosas y que se le empezaran a cerrar los ojos en lo mejor, sin que pudiera hacer nada contra el sueño. Que él elegiría librarse de esa esclavitud, y pasar la vida despierto, de pie y dado a sus solitarias fascinaciones.

Era de curiosidad excitable. En la tesitura imaginaria de que un tribunal avieso le hubiera sentenciado a morir fusilado, Manuel se habría llevado el consiguiente disgusto, no diré que no. Pero un vertebrado como este, por otro lado, sí se habría sentido positivamente estimulado ante la expectativa de comparecer ante una experiencia incontrovertiblemente novedosa, y cuyas ocasiones de probar no son abundantes.

Puntilloso para todo, era el único pavo que he conocido que cuando citaba una película en un mail se tomaba la molestia de escribir el título en cursiva. De ahí en adelante, y en materia de rigores, todo para arriba.

Vivía ávido de tratar con gente. Aseguraba que no podría establecerse en una ciudad en la que no fuera capaz de comprender a la perfección todas y cada una de las palabras que leyera u oyera, para no perderse nada. Por lo mismo, no podría habitar en una capital más pequeña que Madrid, la repleta de masas. Decía que si un día quisiera mudarse, no le quedaría más opción que avecindar en Buenos Aires o en el D.F.

Le ocurría, sin embargo, algo muy dramático y muy lamentable. Era muy duro que un tío con su predisposición a asomarse a la calle y a sus pobladores con las mejores intenciones tuviera tanta dificultad para echarse amigos. Por esa vertiente de sintonización con el prójimo, Manuel era zote perdido.

Él tenía muchas ganas de ir por ahí, de salir en compañía y de andar por Madrid haciendo un poco el gamba, engarzadito en un grupo de amigachos majos, con mañanas de conversación, tardes de callejeo y noches de vasos. Pero no se le lograba, para tortura suya. Así como hay personas que se desviven por acopiar dinero y en cambio tropiezan, y marran, o pillan solo a medias, o fracasan a enteras, así Manuel se quedaba a dos velas en lo del amiguerío.

No acoplaba bien, acaso por el chorro excesivo de ansias que tenía de acoplar. Le daba vergüenza que se le notaran los deseos de compincheo, y se los frustraban las angustias derivadas del que si me arrimo o que si me despego. La gente le detectaba la sobreabundancia de anhelo, famoso antídoto, y mucho candidato a compadre fugaba discretamente. Para el que no le conociera, Manuel era un pesado. Y ninguno de los recién conocidos le conocía, como la propia expresión indica, implícita ella, no hay más que explicar. Yo salí con él varios viernes (con mis treinta años rebasando los suyos, vaya dos) y se quedaba mirando con admiración y envidia a los corros, a los pelotones y a las congas. Nunca pescó demasiado. Iba con mal anzuelo.

Huelga decir que los tientos de aproximación arrojaban aún peores resúmenes cuando tenían a las chicas por objeto. En esta página trabucaba con mayor frecuencia y peor ridículo, cómo no. A veces parecía imbécil. Tuvo alguna novia, no obstante, en romances sin recorrido que habitualmente no liquidaba él, y cuyos adioses le dejaban postrado en la dolencia durante semanas. Un desastre.”

 

Los asquerosos

Santiago Lorenzo

Blackie Books, 2018

Pág. 9-13


05/05/2021

los asquerosos, 3

 


Los asquerosos

por Nadal Suau

El Cultural

4/01/ 2019

 

“Tal vez la mejor prueba de la veta genial que recorre Los asquerosos, cuarta novela de Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964), sea lo desarmado que deja a quien escribe sobre ella una vez leída. Parece un libro sencillo que aborda cuestiones muy concretas y atractivas (la soledad, la desconfianza ante las formas técnicas y económicas de progreso, la fealdad del mundo moderno...), y eso, en principio, lo convierte en un caramelo para el reseñista. Sin embargo, luego te plantas ante el ordenador y descubres que la naturaleza del estilo de Lorenzo, su tono desacralizador sin cinismo, condena el análisis a sonar aguafiestas.

Como no soy el primero en tratar Los asquerosos en los medios culturales españoles, he consultado ya media docena de crónicas o críticas que explican su conexión con Robinson Crusoe, la paradoja de ese estilo suyo tan antiguo que resulta moderno, la utilización curiosísima del neologismo (que tiene que ver, me parece, con la libertad de quien escribe desde una provincia vocacional), lo tronchante de sus ataques a la clase media con caballo en el pecho y turra de sobremesa... Esos textos decían exactamente lo mismo que yo estoy en condiciones de decir acerca de Santiago Lorenzo, y lo hacían muy bien. Al mismo tiempo, con esas evidencias no capturamos apenas nada.

Los asquerosos habla de un tipo que tiene un encontronazo casual con un policía antidisturbios, al que hiere en defensa propia. Horrorizado, el protagonista decide ocultarse en un lugar abandonado de la vacía Castilla, para evitar una posible pena de cárcel.

Los libros de Lorenzo tienen vida, están tocados por la gracia. Con Los asquerosos uno se parte de risa

Allí, sobreviviendo con lo mínimo, redefinirá las leyes de la economía aplicándose a sí mismo una “sucintidad” (palabra colosal) que convierte las teorías sobre el decrecimiento en orgías neoliberales. Asilvestrado y libre, Manuel irá descubriendo que no puede imaginar mejor vida que la suya, solitario, perdido en Zarzahuriel, sin nadie con quien contraer deudas.

Con Los asquerosos uno se parte de risa observando la indignación de Manuel ante los modales terroríficos, como de franquicia en localidad turística, que gastan los portadores de la mal llamada civilización: son pasajes de una antimodernidad festiva y huracanada que brindan otra palabra magnífica de nuevo cuño para referirse a La Horteridad: “la Mochufa”. El lector también asiente complacido ante el retrato de un mundo injusto de salarios ridículos, trabajos humillantes e insolidarios, represión. Aquí el estilo es la clave: la prosa podría ser de Jardiel o Mihura, sí. Sin embargo, aplicada a la descripción de un 2018 cuyas medidas están perfectamente cogidas, esa prosa produce un extrañamiento insólito, probablemente parecido al que experimenta el propio Manuel respecto de la realidad cuando escoge ensimismarse antes que integrarse. En Los asquerosos, vemos el mundo desde un lateral literario que ha fundado (o rescatado) Santiago Lorenzo, y al que sólo podemos acceder en sus libros.

Hay que celebrar Los asquerosos, con un matiz sobre la dimensión política del libro, muy comentada desde la misma contraportada. En conjunto, su lectura halaga la buena conciencia del lector cómplice antes que desencajarla. Por ejemplo, es tentador decir que todos somos un poco “mochufas”, pero lo cierto es que los vituperios de Manuel nos reconfortan ante un enemigo común que, por caricaturesco, no nos violenta en exceso revelando nuestras propias contradicciones. Por eso es muy honesto que el narrador de esta historia sea el tío del protagonista, alguien que lo ama y respeta, pero que no puede seguir su camino, y no pasa nada.”

 


04/05/2021

los asquerosos, 2

 


Santiago Lorenzo, "Los asquerosos": tan lejos del mundo y tan cerca de todo

por Ángel Silvelo Gabriel

Todo Literatura

23/02/ 2019

 

“La soledad, ese bien tan preciado en la sociedad actual, y a la vez tan maltratado; o el ruido que rellena nuestras vidas y apenas nos deja pensar, y mucho menos contemplar eso que las almas tecnológicas que transitan nuestras vidas tiempo, son sólo dos de las características de esta novela que la recorren como el agua clara lo hace en los arroyos de las montañas.

No es de extrañar que siempre digamos lo rápido que se nos pasan los días cuando ya cumplimos una cierta edad, sobre todo, porque perdemos sin apenas darnos cuenta la ociosidad de la infancia. Entonces es cuando caemos de lleno en el precipicio del día a día. Un maligno, el de la cotidianeidad, que nos impide ser aquello que soñamos en nuestra adolescencia o juventud. Esa falta de objetivos claros es lo que nos provoca la sempiterna infelicidad que adorna nuestras horas, nuestras experiencias y nuestros días, sin ser conscientes de ellos. Es como si estuviésemos siempre lejos de ese mundo soñado y cerca de todo aquello que nunca quisimos.

De ese modo, el sonido del silencio pasa a ser un maná que nunca somos capaces de encontrar. La cara oculta de esa vida es la que, Manuel, protagonista de Los asquerosos, encuentra de una forma accidental y luego no quiere abandonar. Siempre nos dijeron que se vive en sociedad, pero nada nos anunciaron acerca de esa anhelada soledad que de vez en cuando se deposita en nuestra mirada; una soledad que transita tan lejos del mundo y tan cerca de todo. Una soledad a modo de leitmotiv que, en esta novela, transcurre en una aldea abandonada sin llegar a transponerse en una novela rural. Una novela que habla de buscarse la vida en tono de sátira y humor negro para ponernos delante de la vista aquello en lo que nos hemos convertido: unos mochuflas. El lirismo léxico de Santiago Lorenzo es cuando menos exacerbado, cuando no irónico, mordaz y original. Su destreza a la hora de narrar en tono cómico algunas de las peripecias que pasa Manuel en voz de otro —la elección de la segunda persona a lo hora de narrar esta historia es otro de sus aciertos, pues le da la distancia suficiente para hacerla más verídica— nos produce risa o un sonrojo de tristeza, pues en la vida no todo es descubrir belleza donde antes no la encontrábamos, sino también, poder de resistencia por comparación, tal y como le pasa a Manuel cuando su nuevo espacio vital es invadido por unos inútiles urbanitas que no saben hacer nada y, de ahí, que necesiten encargarlo todo. Ahí también reside una de las más mordaces críticas que esta novela vierte sobre la sociedad actual. Sociedad de inadaptados o de idiotas, podríamos apuntillar a pesar de correr el riesgo de insultarnos a nosotros mismos.

Los asquerosos de Santiago Lorenzo es también una crítica atroz y sin disimulo hacia todo aquello que le chirría a su autor: el Estado, el orden, la policía, los antidisturbios, la policía o la ley mordaza, que cercena más de lo lógicamente deseable nuestra libertad. Todo ello es susceptible de ser abordado por un escritor que apunta al mundo con una escopeta de madera cargada con pinzas de ídem, y con ello, poner en el disparadero a una sociedad dominada y enfervorizada por el control total de todos y cada uno de nuestros actos. En este sentido, un negocio seguro en esta época es el de las empresas de seguridad, pues todas ellas se muestran más que dispuestas a instalarnos cámaras en todos y cada uno de los espacios que antes pertenecían al ámbito privado. Esa huida inicialmente no consciente, pero luego deseada, es en la que se refugia Manuel.

De ese modo, Zarzahuriel pasa a convertirse en uno de los estandartes de esa España vacía que cada día crece más que los aullidos de los lobos en las sierras perdidas de nuestra geografía. En esa dificultad ante lo cotidiano es donde surge el heroísmo de un joven de 25 años que es capaz de apoderarse de su propio destino y, a la vez, reírse de él. Aquí cabe apuntar que la historia de Los asquerosos surge de un hecho sorprendente e inesperado y, que junto a la parte final de la novela, es lo mejor de una historia única, tanto en su planteamiento como en su final. La única pega a todo ello sea, quizá, la profusión en las artes de buscarse la vida, la hondura en sus artes del bricolaje y la originalidad sobrevenida que puebla muchas de su páginas, demasiadas quizá, pues en ocasiones, a pesar de que no rompan el ritmo de la misma por la inusual capacidad de su autor de inventar situaciones y neologismo que, como él mismo nos dice, se explican por sí mismos sin necesidad de buscarles un significado en el diccionario, aíslan a la novela de en cuanto a la oportunidad de darle a la novela un cuerpo más compacto, pues el mensaje está suficientemente enviado y entendido, lo que sin embargo no desdeña el valor de la misma, pues no se nos debería olvidar que en los tiempos que corren no es fácil estar tan lejos del mundo y tan cerca de todo.”

 


03/05/2021

los asquerosos, 1

Kurt Vonnegut (1922-2007)
escriptor satíric nord-americà



El español despoblado

 

por Carlos Zanón

Babelia (El País) 8/10/2018

 

Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964) no compite con nadie más que consigo mismo. Pero de tener contrincantes, es posible que siguiera siendo el mejor. Lo suyo es una opción personal, extraña, de línea clara y cañí, directa al tiempo que digna de saeta de puro barroco. Como una historia de 200 páginas que te explicara Josele de Los Enemigos, de pie apoyado en barra y reposapiés en el barrio de San Blas.

Pero lo fácil para Lorenzo es casi imposible para cualquier escritor o guionista vivo, humorístico, amargo y español (Poncela, Azcona o Buñuel tanto como un Casavella más asilvestrado que versallesco). Tradición y novedad ante tanto autor posmoderno y autoficcionado hasta el bostezo. Crítica social, sentido del equilibrio, mala leche y ternura. Tiene mérito seguir pariendo buenas novelas cuando su primer asalto a la novela es un Everest como Los millones (argumento: a uno del GRAPO le toca la Primitiva y no puede cobrar el premio al carecer de DNI). A ésta le siguieron Los huérfanitos y Las ganas.

En todas ellas aborda, en mayor o menor medida, la cuestión del individuo como un náufrago al que el mundo exterior no deja de tenderle trampas de adaptación o sociabilidad que ni necesita ni quiere. El mundo no le deja en paz tratando de rescatarle del paraíso de estar uno en armonía lejos de las tentaciones capitalistas de san Antonio. Algo como qué bien se está solo (o solos) y qué pesados sois los demás.

En este caso, la historia es contada por un tío del protagonista, Manuel —esa voz y ese punto de vista son unos de los grandes aciertos de Lorenzo—. El sobrino, en defensa propia, en su propio portal, acuchilla con un destornillador a un policía antidisturbios y ha de darse a la fuga de su hábitat, Madrid. Decide esconderse en uno de los mil pueblos de esta España despoblada. En la casa que encuentra vive con poco, encuentra libros de la vieja colección Austral, cultiva, recoge, siembra, se calienta y refresca con lo que tiene a mano a excepción de una compra semanal y básica online al Lidl que le hace su tío. Manuel descubre y se descubre que no necesita casi nada de lo que nos esclaviza tener al resto, atrapados entre la fruslería, la hipnosis y el fraude.

El autor va conformando la narración —a ratos un McGyver rural, a ratos Chuck Norris, cuando no un soldado japonés en la jungla 10 años después del fin de la contienda— no sólo como un humorístico alegato del aislamiento, sino como una crítica feroz al mercantilismo, al timo político y social, a la invasión de la idioticia —y los bárbaros, los nuevos llegados— y a la caza y captura del que es distinto.

Aunque a ratos peque de ensimismamiento narrativo y lingüístico y el título podría ser bastante mejor, lo cierto es que todo está en su sitio, la historia camina bien explicada, las bombas estallan a su tiempo y la resolución es sencilla pero sobresaliente. A este tipo lo conoce Kurt Vonnegut y le pone una casa (en el campo).”

 



 

02/05/2021

poesia a les caves 2021

 



Del 7 al 28 de maig tidrà lloc la 13a edició del Festival Poesia a les Caves, a Sant Sadurní, que dirigeix  el poeta i amic Santi Borrell.

Els recitals poètics s’obriran el 7 de maig a les caves Jaume Giró i Giró, amb Lola Miquel, Ester Xargay i Santi Borrell; el dia 14, a Codorniu, recitaran Vicenç Llorca, Nati Soler i Víctor Verdú; el 21 de maig, a Recaredo, Rosa Maria Arrazola, Carles Figueras i Marta Pérez Sierra; i el 28 de maig, a Can Guineu, declamaran Biel Barnils, Miquel Cartró i Antoni Clapés.

 Santi Borrell, ha dit: “reivindiquem la poesia catalana que és la poesia en llengua catalana, la poesia viva, portant als propis poetes que llegeixen la seva obra. Una forma per conèixer com són, com parlen, com es mouen i com llegeixen els seus poemes, una forma molt clara per entendre els seus poemes”.

Tots els recitals estan programats a les 20.00 h. S’ha de demanar la reserva a la web de l'Ajuntament de Sant Sadurní d'Anoia.



01/05/2021

votacions propera temporada

 


ordretítolautor/aPunts
1Otra vida por vivir Theodor Kallifatides 129
2El quinto hijoDoris Lessing112
3PersuasiónJane Austen104
4La mujer que buscabaNawal El Saadawi96
5El consentimientoVanessa Springora88
6El ruido de las cosas al caerJuan Gabriel Vásquez85
7El carrer estretJosep Pla85
8 Macbeth Jo Nesbo75
9Corazón de UlisesJavier Reverte71
10Nosotros en la nocheKent Haruf68
11Respirar por la heridaVictor del Árbol66
12La danza de los tulipanesIbon Martín Álvarez64
13Els colors de l’aiguaIsidre Grau64
14Que petit és el món!Martin Suter58
15L’hospital dels pobresTània Jueste57
16El corazón es un cazador solitarioCarson McCullers55
17InvisibleEloy Moreno55
18La mort a VenèciaThomas Mann49
19El viaje de TanakaDavid Cantero48
20A flor de pielJavier Moro46
21La isla de las mujeres del marLisa See45
22Mi vida queridaAlice Munro41
23 Brujas:¿estigma o la fuerza invencible de las mujeres?Mona Chollet40
24Por qué me comí a mi padreRoy Lewis40
25Autobiografia de un calabacínGilles Paris9