10/10/2018

días de infancia


“El tiempo se había despejado; desde la mañana hasta la noche permanecía yo con mi abuela sobre cubierta,  bajo el cielo transparente,  entre las dos orillas del Volga, doradas por el otoño y como recamadas de seda de colores.  Sin prisa,  batiendo perezosa y ruidosamente con las paletas de las ruedas las olas del azul grisáceo, el vapor, pintado de rojo vivo, con la chalupa al extremo del largo cable de remolque, remonta la corriente. La chalupa gris parece materialmente una cucaracha gigantesca.  Imperceptiblemente,  navega el sol por encima del Volga; de hora en hora,  todo cambia en el paisaje, todo es nuevo; las verdes montañas son como abultadas bolsas en el suntuoso vestido de la tierra;  en las orillas se extienden ciudades y aldeas que,  de lejos,  parecen hechas de alajú;  en el agua flotan las doradas hojas del otoño.

-¡Mira que hermosura! -dice la abuela a cada paso; va de una borda a otra, y está radiante toda su cara, cuyos ojos, muy abiertos, parecen como si quisieran aprisionar los magníficos cuadros del paisaje.

No pocas veces, me olvida del todo,  embebida en la admirable vista que ofrecen las márgenes: cruzadas las manos sobre el pecho, sigue risueña y callada en la borda del buque, y en sus ojos tiemblan lágrimas. Yo le tiro del oscuro vestido estampado de flores.

-¿Qué hay? -pregunta, recobrándose-.  Estoy materialmente dormida, como si soñara.

-¿Y por qué lloras?

-De alegría, hijo mío, y de vejez -me dice sonriendo

- Porque yo ya soy vieja, ¿sabes? Ya llevo sesenta añitos a la espalda. Y después de tomar un polvito, empieza a contarme toda clase de historias fantásticas de bandoleros generosos,  de ermitaños piadosos, de toda suerte de animales y de malignos poderes del infierno. Narra misteriosamente, en voz baja, inclinándose sobre mi cara y clavando en las mías sus grandes pupilas, como si quisiera infundir en mi corazón una fuerza vivificante. Habla como si cantara, y cuanto más avanza, más melodiosas me suenan sus palabras. Me produce el oírlas un placer indescriptible. Escuchando su conversación, me quedo como embelesado, y le suplico:

-Sigue contando.

-¿Más aún? pues escucha. Érase una vez un duende, escondido en la chimenea del hogar, que se había clavado un alfiler en la pata y andaba cojeando de un lado a otro y gimiendo: "¡Ah, ratoncitos míos; me duele tanto! ¡No puedo soportarlo, ratoncitos míos!".

Al decir esto, levantó el pie, se lo sujetó con las dos manos, lo movió de un lado a otro y contrajo la cara como si ella misma sintiera el dolor. En torno se hallaban unos marineros, hombres barbudos, de caras bondadosas, escuchando, riendo, aplaudiendo y suplicando: -Vamos, abuelita; cuenta algo más. Y luego nos invitaron:

-Venid esta noche a cenar con nosotros.

A la hora de cenar agasajan a la abuela con aguardiente y a mí con melón;…”

Días de infancia
Máximo Gorki

09/10/2018

el canto del albatros


El canto del albatros

“Sobre la llanura gris del mar, el viento amontona nubarrones. Entre los nubarrones y el mar, el albatros se eleva como un relámpago negro.

Aquí parte las olas con el filo de sus alas, allá se lanza en vuelo de flecha contra los inmensos nubarrones, grazna… y las oscuras nubes escuchan puro gozo en el graznido valeroso del ave.

¡Hay sed de tormenta en ese graznido! Fuerza de la ira, flama de la pasión y confianza en la victoria es todo lo que los nubarrones escuchan en este graznido.

Las gaviotas gimen cuando viene la tormenta; gimen, se agitan sobre el mar y están listas para esconder su terror en las profundidades, pues se acerca la tormenta.

Los pájaros bobos también gimen: para ellos es inaccesible el placer de la batalla por la vida: los asusta la explosión eléctrica del trueno.

Los torpes pingüinos esconden con timidez sus cuerpos redondos entre las rocas escarpadas… Sólo el orgulloso albatros se eleva, audaz y libre, sobre el grisáceo mar de espuma.

Mientras más descienden y se oscurecen las nubes, más profundo es el canto de las olas, con más vigor se despedazan en su afán por encontrarse con los relámpagos en las alturas.

Un trueno ruge. Con rabia espumosa aúllan las olas mientras disputan con el viento. En un instante, el viento apresa un agitado rebaño de olas con potente abrazo y lo estrella contra el acantilado, reduciéndolo al polvo de una brisa esmeralda.

El albatros se eleva con un graznido y en su alto vuelo de relámpago negro alcanza los nubarrones; de inmediato desciende y corta la espuma con un ala.

Allá va como un demonio, como el demonio negro y orgulloso de la tempestad ríe y solloza: de los nubarrones se ríe, por su alegría solloza.

En la ira del trueno, este perceptivo demonio de tiempo atrás ya escucha cansancio. Sabe que los nubarrones no extinguirán al sol… ¡No! ¡No lo extinguirán!

El viento aúlla… el trueno retumba…

Las jaurías de nubarrones arden con un fuego azul sobre el abismo marino. El mar atrapa los perdigones eléctricos y los asfixia en su propio abismo. Son serpientes de fuego estos relámpagos y se retuercen en agonía.

— ¡La tormenta! ¡Pronto estallará la tormenta!

Y el audaz albatros sigue volando, orgulloso entre los relámpagos, irritado con el mar rugiente. A veces grazna y profetiza una nueva victoria:

— ¡Dejen que la tormenta estalle con toda su fuerza!”


Máximo Gorki
traducción de: Aldo Mier Aguirre


Máximo Gorki compuso “El canto del albatros” como parte final del relato “Melodías de primavera” en 1901,  pero se publicó de forma independiente en la revista Vida.  Este poema sirvió como himno del malestar social en Rusia que estalló en las revoluciones de 1917;  como describe la reacción de diversas aves marinas ante una tormenta inminente, la censura no detectó su contenido revolucionario y permitió su publicación.  El albatros representa al pueblo ruso;  por ello ve con esperanza la tormenta que agita el mar.

Nota del traductor

03/10/2018

i'lla, final




“Va trobar el seu pare redreçat sobre els coixins,  amb el cigarret als dits. Encara tenia ganes i força. de fumar.  La nit li havia deixat a la cara els rastres d'un cansament ja expiat fins al final;  als ulls opacs i a la boca quasi irònica,  l'expressió d'una decidida voluntat.

—Ni t'imaginis que em faràs portar al ferri.  Hi aniré amb les meves cames.

Es va llevar per afaitar-se. Va vèncer la primera inseguretat agafant-se al capçal del lliit.

—Això mateix,  per anar al port, m’agafaràs de bracet, «el bastó de la meva vellesa».

Així era com el fill havia conegut sempre el seu pare i així, un cop superar l'últim parany del desànim, moria,  essent ell mateix,  conservant tot l'orgull d'home superior als fets,  mes fort que el seu mateix destí.  Aquesta era la seva veritat, el seu autèntic primer pla: la resta,  fins la mentida d'aquells últims mesos,  passava a segon terme. Al ferri, el pare es va voler quedar a coberta per dir adéu a la seva illa; després va baixar a la cabina.

Al ferri, el pare es va voler quedar a coberta per dir adéu a la seva illa; després va baixar a la cabina.

El fill va veure com s'empetitia l’illa, com desapareixia a l’horitzó en la immensa resplendor del mar.  Aquell va ser el primer moment que va tenir la consciència precisa i simple de què perdia en perdre el seu pare.”


L’illa
Giani Stuparich
traducció Anna Casassas Figueras
Minúscula, 2010
Pàgines 101-102



temporada alta 2018



25/09/2018