“(…) pocos días después acabó. Yo estaba condenado a vivir, vivir. Una mañana, Glória entró radiante. Yo estaba sentado en la cama y miraba la vida con una tristeza que dolía.
—Mira, Zezé.
Tenía en las manos una florecita blanca.
—La primera flor de Minguinho. Muy pronto se hará un árbol adulto y empezará a dar naranjas.
Me puse a acariciar la flor blanquita entre los dedos. No volvería a llorar por cualquier cosa. Aunque Minguinho estuviera intentando decirme adiós con aquella flor; se marchaba del mundo de mis sueños hacia el mundo de mi realidad y mi dolor.
—Ahora vamos a tomar unas gachitas y dar unas vueltas por la casa, como hiciste ayer. Anda, ven.
Entonces el rey Luís se subió a mi cama. Ahora dejaban siempre que se me acercara. Al principio, no querían que se impresionase.
—¡Zezé!…
—¿Qué hay, reyecito mío?
La verdad es que él era, enteramente, el único rey. Los otros, los de oro, copas, bastos y espadas, sólo era figuras ensuciadas por los dedos que jugaban, y el otro, él, ni siquiera llegó a ser un rey de verdad.
—Zezé, yo te quiero mucho.
—Yo también a ti, hermanito mío.
—¿Quieres jugar conmigo hoy?
—Hoy juego contigo. ¿Qué quieres hacer?
—Quiero ir al Parque Zoológico, después quiero ir a Europa. Luego quiero ir a las selvas del Amazonas y jugar con Minguinho.
—Si no me canso mucho, haremos todo eso.
Después del café, ante la mirada feliz de Glória, nos fuimos cogidos de la mano hacia el fondo del patio. Glória se recostó en la puerta, aliviada. Antes de llegar al gallinero, me volví y le dije adiós con la mano. En sus ojos brillaba la felicidad. Con mi extraña precocidad, yo adivinaba lo que sentía su corazón: “¡Ha vuelto a sus sueños, gracias a Dios!”.
—Zezé…
—Hum…
—¿Dónde está la pantera negra?
Era difícil volver a empezar todo sin creer en ello. Me daban ganas de contar lo que en realidad existía. “Tontito, la pantera negra nunca existió. Sólo era una gallina negra y vieja, que yo comí en un caldo”.
—Sólo han quedado las dos leonas, Luis. La pantera negra se ha ido de vacaciones a la selva del Amazonas.
Era mejor conservar su ilusión lo más posible. Cuando yo era un niñito, también creía en aquellas cosas.
El Reyecito abrió mucho los ojos.
—¿Allí, en aquella selva?
—No tengas miedo. Se ha ido tan lejos, que nunca más volverá a encontrar el camino de vuelta.
Sonreí con amargura. La selva del Amazonas era sólo media docena de naranjos espinosos y hostiles.
—Mira, Luis, Zezé está muy débil y tiene que volver. Mañana jugaremos más: al teleférico del Pan de Azúcar o a todo lo que quieras.
Accedió y empezó a volver despacito. Aún era muy pequeño para adivinar la verdad. Yo no quería llegar cerca del arroyo o del río Amazonas. No quería encontrarme con el Minguinho desencantado. Luis no sabía que aquella flor blanquita había sido nuestra despedida.
(,,,)
Han pasado los años, mi querido Manuel Valadares. Hoy tengo cuarenta y ocho y a veces, en mi soledad, tengo la impresión de que sigo siendo un niño, de que vas a aparecérteme y a traerme cromos de artistas de cine o más canicas. Tú fuiste quien me enseñó la ternura de la vida, mi Portuga querido. Hoy soy yo quien intenta distribuir las canicas y los cromos, porque la vida sin ternura no es gran cosa precisamente. A veces soy feliz con mi ternura, a veces me engaño, lo que es más común.
En aquel tiempo… En el tiempo de nuestro tiempo, yo no sabía que, muchos años antes, un Príncipe Idiota ante un altar preguntaba a los iconos, con los ojos llenos de lágrimas:
<<¿POR QUE CUENTAN COSAS A LOS NIÑOS PEQUEÑOS?>>
La verdad, mi querido Portuga, es que a mí me contaron cosas muy temprano.
¡Adiós!"
Mi planta de naranja lima
José Mauro de Vasconcelos
traducción de Carlos Manzano
Libros del Asteroide
Barcelona, 2023 (13); 2011 (1)
páginas: 198-2023

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