11 de gen. 2015

l'autora del mes

“Hazel Morse era una mujer corpulenta, de cabello claro, del tipo que incita a algunos hombres, cuando usan la palabra “rubia”, a chascar la lengua y menear la cabeza pícaramente. Se enorgullecía de sus pies pequeños y su vanidad le hacía sufrir, pues los encajaba en zapatos de punta roma y tacón alto, de la talla más pequeña posible. Lo más curioso en ella eran las manos, extrañas terminaciones de los brazos fofos y blancos, salpicados de manchas de color canela claro, unas manos largas y temblorosas, de grandes uñas convexas. No debería haberlas desfigurado con pequeñas joyas.

No era una mujer dada a los recuerdos. A sus treinta y cinco años, su primera juventud era una secuencia borrosa y fluctuante, una película imperfecta que mostraba las acciones de personas desconocidas.

Su madre viuda murió tras una enfermedad muy larga, que la sumió en un letargo mental, cuando Hazel tenía veintitantos años, y poco después la joven consiguió empleo como modelo en un establecimiento mayorista de vestidos femeninos. Aún era la época de la mujer imponente, y por entonces ella tenía una tez bonita, el cuerpo erguido y los pechos firmes. Su trabajo no era fatigoso, conocía a muchos hombres y pasaba numerosas veladas con ellos, les reía las gracias y les decía cuánto le gustaban sus corbatas. Ella le gustaba a los hombres, y daba por sentado que gustar a muchos hombres era algo deseable. La popularidad parecía valer el esfuerzo que era preciso hacer para lograrlo. Una gustaba a los hombres porque era divertída, y si les gustabas te invitaban a salir. Así pues, era divertida y tenía éxito. Era una mujer alegre y despreocupada, y a los hombres les gusta esa clase de mujer.

Ninguna otra clase de diversión, más sencilla o más complicada, le llamaba la atención. Nunca se preguntaba si no sería una ocupación mejor hacer alguna otra cosa. Sus ideas, o, mejor dicho, sus aceptaciones, eran exactamente las mismas que las de otras rubias imponentes de las que era amiga.
Cuando llevaba varios años trabajando en el establecimiento de vestidos, conoció a Herbie Morse, un hombre delgado, vivaz, atractivo, de ojos castaños y brillantes y la costumbre de mordisquearse con saña la piel que rodea las uñas. Bebía mucho, cosa que a ella le parecía divertida. Normalmente le saludaba con una alusión a su estado de la noche anterior.

—Vaya trompa que llevabas —solía decirle riendo—. Cuando insistías en bailar con el camarero, creí que me moría.

Se gustaron nada más conocerse.  A ella le divertían muchísimo sus frases rápidas y farfulladas, sus interpelaciones de frases apropiadas para vodeviles y tiras cómicas; le emocionaba la sensación del delgado brazo masculino firmemente colocado bajo la manga de su abrigo, y quería tocarle el cabello húmedo y liso. Él se sintió atraído de inmediato, y mes y medio después de conocerse se casaron.

Le encantaba la idea de ser una novia, coqueteaba, jugaba con ella. Había tenido otras ofertas matrimoniales, y no precisamente pocas, pero todas sin excepción procedían de hombres gruesos y serios que habían visitado el establecimiento mayorista como compradores, hombres de Des Moines, Houston, Chicago y, como ella decía, lugares todavía más chistosos. La idea de vivir en cualquier parte que no fuese Nueva York siempre le había parecido de una enorme comicidad. No podía considerar serias las proposiciones que significarían residir en el Oeste.

Ella quería casarse. Se acercaba a la treintena y los años no le sentaban bien. Su cuerpo se ensanchaba y ablandaba, el cabello se le oscurecía y lo trataba con inexpertos toques de peróxido. Había momentos en los que experimentaba accesos de temor por su trabajo, y tras dos mil veladas siendo una mujer alegre y despreocupada entre sus conocidos masculinos, había llegado a ser más meticulosa que espontánea con aquella clase de relaciones.
Herbie ganaba bastante dinero, y alquilaron un pisito en una zona residencial, cuyo mobiliario era de estilo misional californiano, con una lámpara en forma de globo de cristal de color rojo oscuro colgada del centro del techo; en la sala de estar, que contenía demasiados muebles, había un helecho bostoniano y una reproducción de la Magdalena de Henner, cuyo cabello rojizo contrastaba con las colgaduras azules. El dormitorio estaba pintado con esmalte gris y rosado, y había una fotografía de Herbie sobre el tocador de Hazel y otra de ésta en la cómoda de Herbie.

Cocinaba —era una buena cocinera— e iba al mercado y charlaba con los chicos de reparto y la lavandera de color. Le gustaba el piso, le encantaba su vida, amaba a Herbie. Durante los primeros meses de su matrimonio le ofreció toda la pasión de que era capaz. No se había dado cuenta de lo fatigada que estaba. Era una delicia, un nuevo juego, una fiesta dejar de ser una mujer alegre y despreocupada.”


Una rubia imponente
(fragment del relat)
Dorothy Parker
traducció Jordi Fibla


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