06/04/2008

La faula


Mentre la roba s'eixamora i vola

i tot reposa dins la sesta al sol,

vine, manyaga, on s'escau la pomera-

menjarem pomes i ens direm l'amor.


L'amor que ens dèiem

l'amor que ens diriem

Ai, que et quedava el senyal i tot.

Joan Salvat Papasseit

03/04/2008

Votaciones

¡Recordad!, el próximo encuentro- este sábado - recogeremos las votaciones de las propuestas de lectura de la próxima temporada. Mientras tanto, un ¡divertimento!

Fatalmente, te mudas
sin dejar de ser tú,
en tu propia mudanza,
con la fidelidad
constante del cambiar.

Pedro Salinas, La voz a ti debida



Mujeres en el arte
Cargado por gaterablog

29/03/2008

De escritores, sociedad y compromiso (II)


De confabulario, el suplemento cultural de El Universal.com, extaígo este ensayo de Susan Sontag a propósito de la obra de Nadine Gordimer:

De el períodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski, su discurso al recibir el premio de peridismo Stora Jurnalstpriset, en Estocolmo:

¿Reflejan los media la realidad del mundo?

Por último, en la página lukor.com, noticia del debate celebrado en Barcelona, en el marco del festival Kosmopolis 2006, entre los autores José Saramago, Arturo Pérez Reverte y Pere Gimferrer y moderación del mexicano Sealtiel Alatriste:

Diversidad e identidades de los lenguajes narrativos


De escritores, sociedad y compromiso (I)

La lectura de la obra de Hamsun, así como las intervenciones de algunos miembros del grupo en este Blog con motivo de la misma, han abierto un debate sobre el papel del escritor en la sociedad. Con el fín de animarlo, transcribo, en esta entrada, algunas de las frases que pronunció el dramaturgo inglés Harold Pinter en el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura del año 2005.



En 1958, escribí lo siguiente:

'No hay grandes diferencias entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero y lo falso. Una cosa no es necesariamente verdadera o falsa; puede ser al mismo tiempo verdadera y falsa.'

Creo que estas afirmaciones aún tienen sentido, y aún se aplican a la exploración de la realidad a través del arte. Así que, como escritor, las mantengo, pero como ciudadano no puedo; como ciudadano he de preguntar: ¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira?

La verdad en el arte dramático es siempre esquiva. Uno nunca la encuentra del todo, pero su búsqueda llega a ser compulsiva. Claramente, es la búsqueda lo que motiva el empeño. Tu tarea es la búsqueda. De vez en cuando, te tropiezas con la verdad en la oscuridad, chocando con ella o capturando una imagen fugaz o una forma que parece tener relación con la verdad, muy frecuentemente sin que te hayas dado cuenta de ello. Pero la auténtica verdad es que en el arte dramático no hay tal cosa como una verdad única. Hay muchas. Y cada una de ellas se enfrenta a la otra, se alejan, se reflejan entre sí, se ignoran, se burlan la una de la otra, son ciegas a su mera existencia. A veces, sientes que tienes durante un instante la verdad en la mano para que, a continuación, se te escabulla entre los dedos y se pierda.(…)


Así que el lenguaje en el arte es una ambiciosa transacción, unas arenas movedizas, un trampolín, un estanque helado que se puede abrir bajo tus pies, los del autor, en cualquier momento.


Pero, como he dicho, la búsqueda de la verdad no se puede detener nunca. No puede aplazarse, no puede retrasarse. Hay que hacerle frente, ahí mismo, en el acto. (…)


¿Qué le ha pasado a nuestra sensibilidad moral? ¿La hemos tenido alguna vez? ¿Qué significan estas palabras? ¿Se refieren a un término muy raramente utilizado estos días – conciencia? ¿Una conciencia para usar no sólo con nuestros propios actos sino para usar también con nuestra responsabilidad compartida en los actos de los demás? ¿Está todo muerto? (…)


La vida de un escritor es extremadamente vulnerable, apenas una actividad desnuda. No tenemos que llorar por ello. El escritor hace su elección y queda atrapado en ella. Pero es cierto que estás expuesto a todos los vientos, alguno de ellos en verdad helados. Estás solo, por tu cuenta. No encuentras refugio, ni protección - a menos que mientas - en cuyo caso, por supuesto, te habrás construido tu propia protección y, podría decirse, te habrás vuelto un político. (…)


Cuando miramos un espejo pensamos que la imagen que nos ofrece es exacta. Pero si te mueves un milímetro la imagen cambia. Ahora mismo, nosotros estamos mirando un círculo de reflejos sin fin. Pero a veces el escritor tiene que destrozar el espejo - porque es en el otro lado del espejo donde la verdad nos mira a nosotros.
Creo que, a pesar de las enormes dificultades que existen, una firme determinación, inquebrantable, sin vuelta atrás, como ciudadanos, para definir la auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades es una necesidad crucial que nos afecta a todos. Es, de hecho, una obligación.
Si una determinación como ésta no forma parte de nuestra visión política, no tenemos esperanza de restituir lo que casi hemos perdido - la dignidad como personas.

Harold Pinter







27/03/2008

¿A un Dios eterno?, los sueños de Hamsun

“El Ángel de Yahveh llamó a Ahraham por segunda vez desde los cielos, y dijo. –por mi mismo juro, oráculo de Yahveh, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tú único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa… Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz”

Génesis 22-15


La bendición de la tierra narra la historia de un pionero, de un hombre del que nada sabemos, ni su origen, ni su pasado - “El primer home, el primer ésser humà ” (pág 5)- . Isak, nuestro personaje, huye de algo, de alguien, nada sabemos, pero lo que si sabemos es hacia dónde quiere ir. Isak busca la soledad de los bosques, de los campos, de la naturaleza; es ahí donde quiere vivir y dónde vivirá,…en Sellanraa, junto a Inger, su compañera. Con su esfuerzo - Isak-Isaac, el gigante, el infatigable… “un camperol de les terres solitàries, un pagès de cap a peus; un ressuscitat dels temps remots que assenyala vers el futur, un home dels primers tiemps de l’ agricultura, un pagerol de nou-cents anys d’edat y, malgrat tot, l’home del dia” (pág. 325)- , las tierras baldías se tornan feraces campos de cultivo, los bosques madera para su inacabable hacienda y los animales de su granja se multiplican. Todo les sonríe, han sido bendecidos.

Esta obra de Hamsun, una de las más conocidas y por la que le fue concedido el Premio Nobel de Literatura de 1920, ha sido presentada siempre como un canto, una alabanza a los esfuerzos del hombre por arrancar de la naturaleza su sostén y una defensa de la vida noble y sencilla del campo en comunión y armonía con la naturaleza.

Pero hay más cosas, tras la prosa poética, evocadora, melancólica, a veces fría, de Hamsun, se esconde el conflicto y la lucha entre dos mundos, o, mejor dicho, entre dos ideologías, dos concepciones de la sociedad: la idealizada imagen del buen señor, del margrave (palabra que en la lengua de aquella zona quiere decir barón o marqués del lugar), que con su magnificencia, buen hacer y sentido común hace prosperar la tierra dentro del orden jerarquizado que toda sociedad, sea mayor o menor, ha de respetar. Y, de la otra, la vida urbana, industrial, cosmopolita, donde las jerarquías se matizan, se diluyen. Entre ambas, Hamsun hace una clara apuesta…veámoslo.

Inger, tras regresar del correccional –donde ha aprendido muchas cosas y ganado en confianza y autoestima - , “s’havia apartat del camí”, pero Isak la zarandea y “pel sol fet de ser aixecada d’una revolada de terra, tornava a ocupar el seu lloc” (pág. 128) ¿Su lugar?, si, si, así ha de ser, Hamsun con sus comentarios intencionados , que puntea a lo largo de la narración, nos lo recuerda: “Inger finalment havia canviat. S’anà desprenent de la seva prïja de distinció, i tornava a ser la dona afectuosa i formal d’una hisenda. Que puguin fer canviar tant els punys d’un home…Però així s’havia d’esdevenir tractant-se d’una dona de bon tremp, feinera, que havia estat trastornada pel llarg temps que havia viscut en una atmosfera d’artifici. Volgué sobrepasar-se a l’home, però aquest es mantenia ferm i segur d’ell mateix. Ni per un moment no havia abandonat el seu lloc sobre la terra, ni els camps, ni la hisenda” (pág 128)


Pero Noruega si que había abandonado las servidumbres del pasado. En 1884 adoptó la monarquía parlamentaria como forma de gobierno; desde entonces el crecimiento económico fue exponencial. En los primeros años del siglo XX, la explotación de sus riquezas hídricas (energía hidroeléctrica), permitió el desarrollo de unas potentes industrias químicas y metalúrgicas. Lejos quedaba una sociedad que, unos pocos años antes, vivía anclada en una economía de subsistencia. Lejos quedaba la huida de cientos de miles de noruegos a Norteamérica en busca de fortuna, huyendo del hambre, entre ellos el propio autor. Pero la industrialización tiene un coste: la vieja armonía de las relaciones sociales se rompe…todo se vuelve “artificial”, “antinatural”.


Un personaje muy interesante es Geissler, hombre a caballo de los dos mundos, dice de si mismo: “No hi ha res de misterios en mi; només sóc la boira en el si de la meva familia. I, no conforme amb el que veig, fair anar el cap. I és que a mi, Sivert, em manca el do d’obrar sense escrúpuls. Si tingués aquest do també podria ser el llamp. És per això que sòc la boira” (pág 321) y, anteriormente, ha dicho de su hijo: “El meu fill és el llamp, que en realitat no és res- una resplandor fugissera i estèril- i sap fer negocis. El meu fill és el tipus de l’home del nostre temps; creu sincerament el que li ha ensenyat el seu temps, el que li ha ensenyat el jueu i el yanqui (sic)” (pág. 321)


El resto de personajes resaltan también este enfrentamiento entre la sociedad que está naciendo y la que no quiere morir: Eliseu, vividor, holgazán, corrompido y perdido por los años pasados en la ciudad como escribiente, frente a la nobleza e infatigable capacidad de trabajo de Sivert, su hermano, que ha vivido siempre en Sellanraa. La mansedumbre de Axel explotada por la picardía de Brede, que también ha vivido un tiempo en la ciudad. Hamsun nos recuerda constantemente la beatitud de carácter de los colonos frente a la doblez y malas intenciones de los ciudadanos. Porque los campesinos “Sou necessaris a la terra. No pas tothom ho és, de necessari; vosaltres, sí: la terra a vosaltres, us necesita. Sou els qui manteniu la vida. (…); teniu pau, i poder, i domini. » (pág. 320)


Esto es lo importante, trabajar, roturar, dominar la tierra. No hay en estos trabajos espacio para los sentimientos, la tierra no sabe de sentimientos, sino de cuidados, de labor, de sudor…y de sacrificio. Los personajes se mueven por un impulso ciego, de obligaciones marcadas por el cuidado de los animales, por el paso de las estaciones, de las cosechas…no hay palabras, caricias, palabras de afecto… ni siquiera el consuelo beatifico de la religión, que queda en un segundo plano. Tan solo la relación del hombre con la tierra. “Rares vegades sabía exactament el dia en què vivia. Per què? (…) En el seu calendari hi havia unes creuetes que recordaven quan havien de parir cada una de les seves vaques. Sabia que per sant Olaf, a la tardor, convenia haver entrat el fenc; sabia també quan se celebrava, per la primavera, la fira del bestiar; i que, tres setmanes después, sortia l’ós de la seva cova, i alesmores la llavor ja havia d’estar a la terra. Sabia totes les coses indispensables” (pág. 325)


La bendición de la tierra semeja el canto epigonal a un mundo que ya no existe y al que su autor, con toda seguridad, añoraba…

”I la tarda va caient” (pág. 326)


24/03/2008

Ideas políticas y respeto

De las ideas políticas o de la falta de respeto



La Bendición de la tierra, de Knut Hamsun



Por Miguel Arnas Coronado





A principios del año setenta y cinco me tropecé a un compañero al que había conocido algún tiempo atrás en el sindicato clandestino en el que militábamos ambos. Si la memoria no me gasta bromas, fue en la ancha plaza Lluchmajor, que entonces estaba desangelada y, si no en obras, sí al menos con grandes solares alrededor y calles sin acabar que bordeaban edificios de pisos como colmenas. Nos saludamos nombrándonos por la empresa en la que trabajábamos, pues ambos ignorábamos el de pila del otro. Me preguntó de dónde venía, más por entablar conversación que por curiosidad alguna, que en aquellas circunstancias habría sido malsana o, cuanto menos, imprudente. Esa pregunta vino después de cualquier generalidad sobre el tiempo o lo mal que andaba la dictadura, mala salud de la que, por desgracia, no se desprendía baja laboral o defunción, es decir lo que todos esperábamos. Le dije que venía del cine sin especificarle, de nuevo la prudencia, que me dirigía a visitar a una amiga habitante de aquel barrio, barrio del cual tampoco se me ocurrió asegurarle que no era el mío. Se interesó mucho por saber qué película había visto. Sí recuerdo que venía de ver una de Ingmar Bergman, si bien no podría decir cuál. Bergman hace sus películas para fastidiar a la clase obrera que son incapaces de comprenderlas, me dijo como habría instruido un cátedro desde su tribuna o un fraile predicador desde su púlpito. Le discutí con moderación mas con cierta energía porque entonces me reventaba ser considerado un intelectual y nada más, como a cualquiera de ustedes les reventaría ser considerado nada más un marido, un médico, un conductor de autobuses o un individuo de raza blanca. Yo podía ser un intelectual por mis aficiones, pero era un trabajador concienciado, un sindicalista, un ávido de conocer las teorías marxistas, etcétera. La querella no alcanzó el grado de disputa pero sí se encrespó algo. Le pedí respeto, si no por mis ideas, que no casaban con las suyas (no recuerdo si era maoísta, trosquista, revisionista o cualquier otra memez), sí al menos por mis apegos hacia la literatura, el cine, la música y otros placeres absurdos. Fue entonces cuando soltó la frase: ¡el respeto es burgués!, dijo. No lo olvidaré en la vida. Allí, en la plaza Lluchmajor, debería haberme caído del caballo, haber visto la luz y haber decidido dedicarme a cosas más placenteras como bailar pegado al ritmo de los Moody blues o halagar la juventud de más de una moza orgullosa de su minifalda. Continué militando y seguí creyendo en los principios teóricos que orientaban nuestra acción, no sólo porque confiara en que ella lograse acabar con la dictadura sino porque creía a pies juntillas que la dictadura del proletariado era el futuro, el futuro bueno y deseable. Siempre he sido más tonto que un zapato. O al menos, siempre he errado más que una escopetilla de caña.



Este cuento me viene al pelo para ilustrar algo que atañe al señor Knut Hamsun, premio Nobel de literatura de 1920. Vidkun Quisling fue ministro de la Guerra noruego entre 1931 y 1933 y fundó la Unión Nacional, de inclinaciones y apetencias nazis. En 1940, el ejército noruego capituló ante las tropas alemanas de invasión que deseaban el puerto de Narvik, salida natural del hierro sueco, pero Quisling sólo pudo formar un gobierno colaboracionista en 1942 a causa de la resistencia del pueblo noruego ante la invasión. Quisling fue ejecutado en 1945, tras la liberación. Pero en su vida política se encontró con un regalo inesperado: la adhesión de Knut Hamsun, por entonces, el más importante escritor e intelectual noruego. La admiración del premio Nobel por el nazismo fue tal que llegó a obsequiar la medalla entregada por el rey de Suecia y la Academia sueca al Ministro de Propaganda de Hitler, Joseph Goebbels; sí, aquel tío tan inteligente que dijo lo de “una mentira repetida, acaba siendo creída por el mismo que la propaga”, eslogan que tan profundamente ha calado en nuestros políticos actuales y democráticos.


La propensión, el encandilamiento de los intelectuales hacia los sistemas políticos totalitarios en el pasado siglo fue notoria. No es algo que yo me invente: ya en 1927, Julien Benda, en La traición de los intelectuales señalaba que “intelectuales de todos los países, debéis ser vosotros quienes digan a sus naciones que se equivocan siempre por el simple hecho de ser naciones”, y luego añadía que patria, raza, clase o religión son particularidades imaginadas; Benda criticó el servilismo de los intelectuales europeos a la idea de patria, al economicismo y a la pertenencia de clase. También Czeslaw Milosz hizo algo semejante en El pensamiento cautivo con respecto a los intelectuales que se postraron ante Stalin y el estalinismo; incluso criticó el marxismo como sistema por cuanto implica la dictadura del proletariado, dictadura que no es de la clase obrera sino de los dirigentes del partido, todos ellos intelectuales. Jean François Revel vuelve sobre los pasos de los anteriores en El conocimiento inútil. En el ámbito de nuestra lengua, Octavio Paz y Vargas Llosa han insistido en la misma idea, y Juan Goytisolo, en Los reinos de taifa, habla de sus propias cacicadas ante Gallimard para vetar a Arrabal por heterodoxo dentro de la acción puramente marxista.


La verdad es que aquel conocido mío de la anécdota o cuento que narraba al principio, tenía razón. El respeto es burgués. De hecho, la burguesía es aburrida. Lo malo es que lo contrario, durante el siglo XX, se convirtió en asesinato cuando no se sublimó en manos o boca de los intelectuales, en arte. Mientras un Marcel Duchamp dinamitaba la idea burguesa de arte colocando un inodoro (sin estrenar) en una exposición, Kandinsky transformaba en puro color la pintura burguesa, o Joyce hacía arder las buenas formas literarias siendo absolutamente sincero (sus personajes) en el monólogo interior o describiendo a un Leopold Bloom en eyaculación en una playa de Dublín, al ver a una muchacha coja ligeramente abierta de piernas que le enseña las puntillas de sus bragas, Gorki, Heidegger, Lunacharsky, Heisenberg o Fernández Retamar se dedicaban a ejercer de comisarios políticos artísticos, lo que no es malo, dedicándose a condenar al ostracismo a quienes no estuviesen a favor de su revolución personal, lo que ya empieza a ser bastante malo, o enviaban con sus delaciones al paredón a otros intelectuales, lo que ya es abiertamente malísimo.

Knut Hamsun fue uno de estos últimos. El socialismo revolucionario o marxista-leninista que durante 70 años gobernó en uno de los países más importantes y grandes del mundo, y que ahora gobierna en algunos países pequeños y en otro más grande aún que el primero, aunque el caballo de batalla, la economía, la están dejando en manos de la iniciativa privada (¡pues vaya!), y el nacionalsocialismo o nazismo, también llamado fascismo en Italia o franquismo y falangismo en España, donde se amachinó repulsivamente con el catolicismo-versión-cutre, o las dictaduras militares y no tan militares en Latinoamérica, Asia o África, todas esas “ideologías” son anti-burguesas con una vivacidad digna de mejor empeño, son militantemente anti-liberales, liberticidas, odiadoras del individualismo. Para el marxismo real, el individuo no existe, existe la Historia y el intervencionismo del Estado, no sólo en la economía sino en cualquier aspecto privado de la vida. Para el nacionalsocialismo, el individuo no existe, existe la raza, el orgullo nacional y el intervencionismo del Estado, no sólo en la economía sino en cualquier aspecto privado de la vida. ¡Bravo! En eso consiste la anti-burguesía, desde luego, debe ser una forma de combatir el aburrimiento, la abulia compuesta de sopa de berros y filete a la plancha, o la abulia confeccionada con chalé en las afueras, golf y videoconsola.

Hamsun odiaba la locura técnica, la sociedad industrial y mercantil, es decir el liberalismo, sentía un culto arcaico y místico por la comunidad rural primitiva, todas ellas manías del sentimiento nazi, ¿es extraño, pues, que apoyara a Quisling y adorase el discurso primitivo e hipnotizador de Hitler o de su gran propagandista, Goebbels? No escribió su literatura para apoyar el nazismo porque cuando publicó sus novelas y recibió el premio Nobel como escritor consagrado y célebre, el nazismo como tal no se había inventado; en todas las naciones europeas surgieron movimientos reaccionarios, conservadores, patrióticos, chovinistas o antiliberales, pero no se había creado el nacionalsocialismo ni el fascismo (Mussolini creó su partido en 1921 y la marcha sobre Roma se hizo en el 22). Al contrario, su nazismo fue consecuencia directa de su literatura y de su manera de ser y de pensar.

Lo primero que detecta el hijo de familia pobre, numerosa y trabajadora, es que ser buena persona no es rentable. Los rezos no son escuchados por el Altísimo, y no hay asunto más burgués que el trabajo honesto y la oración fiel y esperanzada. Tampoco hay asunto más aburrido que ese porque la parte buena de ser burgués es ser rico, si uno es burgués y pobre, mala pata porque ese estado lleva a la rabia. Hamsun fue jornalero, pastor, zapatero, estibador, peón caminero, pescador, cobrador de tranvía, en su país natal y en Norteamérica y no llegó a ser cow-boy porque su miopía le impedía distinguir una vaca de un caballo. Con una juventud así uno puede dejarse caer del lado izquierdo o del derecho, es decir, hacerse agitador comunista y represor de antirrevolucionarios, o nazi, pero es difícil conservar el equilibrio. Él mismo escribe en el epílogo de su novela La última alegría que “en Bendición de la tierra pretendía señalar el camino que había de llevar, fuera de la decadencia, hacia la prosperidad”. ¡La decadencia!, ¿hay asunto que produzca al personal más ansias de arreglar el mundo?

Isak, el protagonista, lucha por la supervivencia desde sí mismo y desde su familia, cierto, pero Hamsun nos lo pinta inmerso en la naturaleza, sin poder hacer otra cosa, como si el motivo no fuese él mismo y su gente sino algo más allá, la naturaleza misma. Tomemos, por ejemplo, el juicio contra la criada Barbro por infanticidio. La defensa de la esposa del delegado Heyerdahl es feminista, sí, pero lo que cuenta al fin son las buenas formas burguesas, la aplicación de la ley y lo que hoy se llama estado de derecho (otra bestia negra para el comunismo real y para el nacionalsocialismo), amalgamadas con un cúmulo de buenas intenciones repletas de compasión (¡qué mal entendieron a Nietzsche aquellos mamelucos de nazis!), porque a fin de cuentas, la protesta final del delegado Heyerdahl, respecto a que la sociedad necesita satisfacción respecto a esas acciones ilegales, como el infanticidio, es burguesa, protesta que desde luego no le sirve para que se condene a Barbro. Por otra parte, parece como si de la lectura del juicio se coligiese que la absolución es gracias a las buenas gentes de pueblo noruegas, dejándonos entrever que en otro país más depravado, la justicia se habría ensañado con la criada y su falta. ¿Se puede defender el bien desde el mal?: Hamsun nos lo recuerda aquí. Hoy se habría condenado a Barbro o no, las protestas de uno y otro bando habrían sido exactamente las mismas, pero no se nos ocurriría (creo) reclamar que la sociedad, al no condenar, gana “un miembro útil y sano para el trabajo”.

Hay un autor que, sin haber sido premio Nobel, creo que líricamente tiene más valor que Hamsun cuando habla de la naturaleza (dejemos de lado a nuestro excelso Gabriel Miró) y que curiosamente fue también colaboracionista con los nazis. Me refiero a Jean Giono y su novela El canto del mundo. Si de lo que se trata es de sacar el máximo goce de una lectura, quizá sea de más provecho la de este francés. Curiosamente, sus primeras obras fueron las que compusieron la trilogía Pan, de igual título que la novela de Hamsun. Muy recomendable.

Miguel Arnas Coronado

21/03/2008

Gog conoce a Hamsun

Giovanni Papini
Giovanni Papini publica en 1931 la obra Gog, supuesto dietario que un excéntrico millonario le entrega. En el mismo, Gog narra sus viajes y las experiencias que ha vivido al conocer lugares y gentes de todo el mundo, entre ellos, nuestro autor...Knut Hamsun

Nos advierte Papini al inicio de su obra:

" No se trata, como el lector verá, ni de un libro de memorias, ni, mucho menos, de una obra de arte. Se trata, me parece, de un documento singular y sintomático; espantoso, tal vez, pero de un cierto valor para el estudio del hombre de nuestro siglo. Y como documento -y no con otra intención- publico esta serie de notas, con la esperanza de que, una vez reflexionado, se reconozca la utilidad de mi «abuso de confianza».

Huelga, creo, añadir que yo no puedo de ninguna manera aprobar los sentimientos y los pensamientos de Gog y de sus interlocutores. Todo mi ser- que ahora se ha renovado con mi retorno a la Verdad- no puede menos que aborrecer todo lo que Gog cree, dice o hace. Quien conozca mis libros, sobre todo los últimos, se dará cuenta de que no puede haber nada de común entre Gog y yo. Pero en ese cínico, sádico, maniático, hiperbólico semisalvaje, he visto una especie de símbolo de la falsa y bestial -para mí- civilización cosmopolita, y lo presento a los lectores de hoy con la misma intención con que los espartanos mostraban a sus hijos un ilota completamente borracho.

Muchísimos, en nuestro tiempo, se parecen en realidad a Gog. Pero Gog es, a mi juicio, un ejemplo particularmente instructivo y revelador, por dos razones. Primera, porque su riqueza le ha permitido realizar impunemente muchas extravagancias, idiotas o criminales, que sus semejantes deben contentarse con imaginar en sueños. Segunda, porque su sinceridad de primitivo le lleva a confesar sin rubor sus caprichos más repulsivos, es decir, aquello que los otros esconden y no se atreven a decir ni de sí mismos.

Gog es, por decirlo con una sola palabra, un monstruo, y refleja por eso, exagerándolas, ciertas tendencias modernas. Pero esta misma exageración ayuda al fin que me propongo al publicar los fragmentos de su Diario, puesto que se perciben mejor, en esta ampliación grotesca, las enfermedades secretas (espirituales) de que sufre la presente civilización. Y no habría publicado estas hojas si no hubiese creído hacer una cosa útil para aquellos que las lean.

Advierto finalmente que he traducido con fidelidad la prosa desaliñada y premiosa de Gog, sin añadir tilde, ni enmendar o embellecer. No es culpa mía, pues, si este libro no es un modelo de estilo.

El orden en que han sido dispuestos los capítulos es aproximado y conjetural, casi seguramente inexacto. Pero no he podido hacerlo de otra manera. Gog consignaba, generalmente, el lugar, el día y el mes, pero no el año, y me he tenido que contentar con una cronología puramente hipotética.

Y ésta es una pequeña libertad, en comparación con esa otra bastante mayor que me he permitido: la de hacer servir el mal de Gog para el bien común.
G. P. "
Y de como conocio a Gog:
" Me avergüenza decir dónde conocí a Gog; en un manicomio particular.

Fui allí con objeto de hacer compañía a un joven poeta dálmata, a quien la pasión desesperada por una sombra -la amada era una «reina de la pantalla» y únicamente en la pantalla le había sonreído- condenaba al delirio. Como ordinariamente estaba tranquilo, eI director de aquella casa para locos pensionistas -enano de estatura, pero elegante por su carnosidad- nos permitía estar juntos en el jardín. Aquí y allá, a la sombra de los cedros y de los castaños de Indias, había mesas redondas de hierro y sillas, como en los cafés. Enfermeros pálidos, vestidos de blanco, transcurrían por los paseos, disimulando su vigilancia.

Un día muy caluroso en que el poeta y yo estábamos hablando, se acercó a nuestro velador uno de los huéspedes. Era un monstruo que debía tener medio siglo, vestido de verde claro. Alto, pero mal garbado: no tenía ni un solo pelo en toda la cabeza; sin cabellos, sin cejas, sin bigotes, sin barba. Un informe bulbo de piel desnuda, con excrecencias coralinas. La cara era de un escarlata oscuro, casi pavonado, y anchísima. Uno de los ojos era de un bello celeste un poco ceniciento; el otro, casi verde con estrías de un amarillo de tortuga. Las mandíbulas eran cuadradas y potentes; los labios, macizos pero pálidos, se entreabrían en una sonrisa completamente metálica, de oro.

Saludó, sin hablar, al poeta y se sentó a nuestro lado. No abrió la boca, pero pareció que seguía atentamente nuestra conversación.

Me enteré después, por mi amigo, que éste era Gog.

Su verdadero nombre era, según parece, Goggins, pero desde joven le habían llamado siempre Gog, y este diminutivo le gustó porque le circundaba de una especie de aureola bíblica y fabulosa; Gog, rey de Magog. Había nacido en una de las islas Hawai, de una mujer indígena y de padre desconocido, pero seguramente de raza blanca. A los dieciséis años, embarcado como boy de cocina en un vapor americano, había llegado a San Francisco y vivido en varios puntos de California, a la ventura. Después de algunos años, no se sabe cómo, logró algunos millares de dólares y se trasladó a Chicago. Tenía el genio de business o un demonio de su parte, porque en poco tiempo su fortuna en dinero se hizo enorme, incluso para el Ohio. Al terminar la guerra era uno de los hombres más ricos de los Estados Unidos, es decir del planeta. En 1920 se retiró, sin grandes pérdidas, de todas sus empresas y depositó sus millones, unos aquí y otros allá, en todos los Bancos del mundo.

-Hasta ahora -decía- he sido un galeote del dinero; pero de hoy en adelante debe ser mi servidor. No quiero esperar, como mis semejantes, a quedarme chocho para descubrir los medios de gozar.

Comenzó en aquel tiempo, para Gog, una vida nueva; investigaciones febriles, carreras a través de los continentes, sorpresas, locuras, fugas. No tenía mujer ni hijos, pero no le faltaban animadores, parásitos, ayudantes, consejeros, cómplices.

Es preciso tener en cuenta la peligrosa mezcla que había en él; un semisalvaje inquieto que tenía bajo su dominio las riquezas de un emperador. Un descendiente de caníbales que se había apoderado, permaneciendo bruto, del más espantoso instrumento de creación y de destrucción del mundo moderno.

Ignorantisimo, quiso ser iniciado en las más refinadas drogas de una cultura de putrefacción. Ya casi sedentario, quiso conocer todas las patrias -él, que no tenía patria verdadera-. Animalesco por el origen y la vocación, quiso proporcionarse todas las formas del epicureísmo cerebral de nuestros tiempos.

Me hace el efecto de que en esa dilapidación maniática adquirió un olfato perverso para las más radicales ideologías, pero reforzó al mismo tiempo su barbarie ingénita. Su cerebro era, en algunos momentos, capaz de rebasar los más exasperantes modernismos, pero su alma se había vuelto más árida y cruel que la de sus antepasados maternos.

Toda la inteligencia instintiva que le había ayudado para el saqueo legal de los millones, la empleaba ahora para el acaparamiento febril de las rarezas y de las voluptuosidades de toda especie, para satisfacer los más inverosímiles deseos, los caprichos más infames y fantásticos.

A los siete años de llevar esta vida gastó las tres cuartas partes de su capital y de su salud. Desde 1928 fue de sanatorio en sanatorio, siempre ansioso e impaciente, presa de frenesí de cambio y de novedad. Los médicos intentaban retener un huésped tan explotable, pero no lo conseguían. Ningún alienista pudo definir su enfermedad; quién hablaba de síndrome psicasténico, quién de una alteración de la personalidad, quién de locura moral; los más opinaban que tenía más de una tara, y de tal modo confundidas entre sí que no permitían más que simulacros de curación, a ciegas. Cuando había permanecido en uno de esos asilos tres o cuatro meses, quería ser transportado a otro -a aquél, el verdadero- y se ponía tan furioso que tenían que contentarle a la fuerza.

Cuando le conocí se hallaba allí desde hacía poco. Y todas las veces que fui a visitar a mi poeta le veía también a él. Comenzó a hablarme. De este modo pude saber, un poco por él y un poco por los médicos, su historia. Su conversación era singularísima; pasaba de un discurso paradójico, pero al mismo tiempo inteligente, a manifestaciones de una vulgaridad peor que plebeya, bestial. Parecía que estuviesen unidos en él Asmodeo, con su agudeza cínica, y Calibán, con su ciega torpeza de bruto.

Pero conmigo hablaba gustoso. He tenido siempre la virtud de aplacar a los agitados y de amansar a los locos. Un día, después de haber hablado más que de costumbre, se marchó a su habitación -vivía en una villa, toda para él, en el parque del manicomio- y volvió para entregarme un envoltorio de seda verde.

-Lea -me dijo-, son hojas que he salvado del último naufragio. Aquí dentro hay algo del viejo Gog. Ahora ha llegado para mí el día en que nace más de un sol, y cedo con la máxima despreocupación los harapos de la noche.

Encontré, dentro del envoltorio, un grueso paquete de hojas sueltas, escritas en tinta verde, con una caligrafía inexperta y pesada de muchacho. Las leí todas, a veces con una sonrisa, a veces con disgusto, a veces con horror, pero siempre, lo confieso, con avidez.

Eran apuntes sueltos, páginas de antiguos diarios, fragmentos de recuerdos, mezclados todos sin orden, sin fechas precisas, redactados en un inglés vulgar, pero bastante descifrable.

No pude volver a la mansión de los locos hasta muchos días después. Busqué a Gog para devolverle su manuscrito. Me dijeron que se había marchado después de un acceso terrible, y que no había dejado ningún recado para mí. Escribí a la casa de curación donde se había refugiado y no recibí contestación. Han pasado casi dos años y no sé si Gog sigue con vida o ha muerto.

Supuse, y a mi juicio atinadamente, que tuvo la intención de regalarme esas hojas, y tal fue también el parecer de los amigos a quienes consulté. Por eso me he decidido a traducirlas -excepto cinco o seis demasiado repugnantes- y a publicarlas."



Entre ellas, encontramos la referencia a nuestro autor, como siempre, desconocemos el año de su feliz encuentro:

"Cristianía, 24 de agosto

He preguntado a un librero cuál es el más grande escritor noruego viviente. Ha contestado:
-Knut Hamsun.

Es necesario, pues, que yo conozca a ese Hamsun. No he leído nada de él, pero desde el momento en que he venido a Noruega y no pienso volver y no tengo nada mejor que hacer, quiero incluir éste en mi colección de coloquios memorables.

Lo que me han contado acerca de él me gusta: ha sufrido hambre (como yo), ha hecho el tramp en los Estados Unidos (como yo) y rehuye todo lo que puede la compañía de los hombres (como yo). Vive, según dicen, en una isla solitaria y raramente va a las ciudades. En 1920 le dieron el premio Nobel. Un secretario de la Legación de los Estados Unidos me ha prometido un salvoconducto para llegar hasta él.

2 septiembre

Ayer pude finalmente, hablar con ese Knut Hamsun. Excelente impresión. Es un hombre de más de sesenta años, pero bien conservado. Unos bigotes atrevidos que le dan el aspecto de un oficial sin debilidades. Rostro abierto, pero un poco triste y en algunos momentos severo.
Habla correctamente el inglés. No hace cumplidos. Me ha gustado.
-He consentido recibirle porque no es Ud. ni un mendigo, ni un literato, ni un periodista, ni un desocupado, ni un editor, ni un coleccionista de autógrafos, ni un admirador. Todas estas personas son igualmente nefastas e igualmente insoportables. Me defiendo contra ellos como un caballero contra los bandidos, pero no siempre lo consigo. He puesto entre ellos y yo un brazo de mar, pero ese canalla conoce la existencia de las naves y se aprovecha.
“Usted no sabe por fortuna, lo que es la gloria. Qué no le ocurra nunca desventura semejante! Ser famoso significa volverse, a la vez, viejo y perseguido. Llegar a la celebridad equivale a transformarse en un cadáver viviente y despojado. Los jóvenes y los rivales le consideran como un superviviente perdido y como tal es tratado. La fama es una anticipación del ataúd y del sepulcro. ¿Sois célebre? Pues lo habéis dado ya todo y se puede comenzar la autopsia, incluso la vivisección. Os hemos ya recompensado; que se quite, pues, de en medio la carroña coronada y saciada, para dar paso a los desconocidos. Cualquier cosa que hagáis será siempre inferior a las obras que os dieron la fama. La gloria es un certificado de impotencia. Y, además, una prisión. Sois sometido, tanto si queréis como si no, a una vigilancia especial. No podéis alquilar una casa o entrar en un café o marchar de viaje sin que millares de personas se enteren en seguida, lo cuenten y lo impriman. Refugiarse en la soledad no basta. Incluso allí os asaltan y si no consiguen saber nada, lo inventan.
“Pero esto sería lo de menos. Lo peor es que la fama os pone a merced de los ladrones honrados. Todos quieren algo, todos pretenden algo, todos se llevan efectivamente alguna cosa. De cien cartas que recibo, noventa por lo menos han sido escritas para pedir. De veinte personas que vienen a verme, diecinueve terminan por llevarse aquello que deseaban.
“Ese admirador lejano quiere que le regale mis libros; ese otro quiere la página autógrafa pra sus colecciones; aquél exige la fotografía y datos sobre mi vida; el de más allá quiere hablarme para que le aconseje, le juzgue, le ayude, le ilumine, le redima. Desde que me dieron el premio Nobel no he podido salvarme de las peticiones de dinero Todos los pretextos son aprovechados: enfermedades, gastos escolares, viajes indispensables, padres paralíticos, madresdementes, hermanas tísicas, matrimonios urgentes, subscripciones para monumentos, centenarios, tumbas, colegios, nobles arruinados, hospitales, zoológicos, exploraciones árticas, catástrofes. Si hubiese escuchado a todos, me habría sido necesario tener a mi disposición todo el patrimonio de Nobel y volvería otra vez a pasar hambre.
“Luego hay otros que de mi celebridad deducen la omnipotencia. “Si todos le conocen -piensan- esto quiere decir que él los conoce a todos y por consiguiente puede obtener todo lo que quiere.” Error crasísimo, como comprenderá. Un escritor puede ser celebérrimo y, no obstante, tener relaciones únicamente con algunos amigos que no poseen ninguna influencia. Pero esa raza de postulantes no sabe estas cosas ni las cree. Y cada semana hay alguien que pretende de mí lo imposible: que le procure una buena colocación a toda prisa, que le haga publicar un libro por un gran editor, que le recomiende a un gran periódico para obtener una colaboración bien pagada, que me dirija a los ministros o a la Academia para que le concedan un subsidio, una bolsa de viaje, una pensión. A la verdad, yo no conozco ni frecuento, a causa de mi sistema de vida solitaria, los personajes de los que dependen estos favores, pero aunque los conociese, creo que no concederían lo que pidiese únicamente porque me llamo Knut Hamsun. Tendría que escribir carta tras carta, consumirme en los asientos de las salas de espera -esto es, regalar mi tiempo, que es lo más precioso de todo para un artista- y salir garante, con mi nombre, de gentes que me son casi siempre desconocidas. ¡Y si alguna vez por debilidad atiendo a alguien y obtengo lo que pide, entonces es peor! No están nunca contentos . Vuelven a pedir, y cada vez cosas mayores. Y después de haber conseguido mil, te abandonan, indignados e insultantes, el día en que no has podido dar diez.
“Luego hay aquellos que envían volúmenes y manuscritos y exigen que los lea y que escriba luego un fundamentado juicio; hay los pestíferos reporteros que os roban una hora de vuestro trabajo o de vuestro descanso para ganar un poco de dinero a costa vuestra. Del hombre célebre, en una palabra, todos quieren algo. Ha dado a esa gentualla de ciegos un poco de luz, a esos corazones helados un poco de fuego, a esos cerebros desamueblados algunos pensamientos. Ha dado una parte de sí mismo, de su sangre, de su alma, de su vida para enriquecer el alma de los otros y hacer menos triste el trabajo de la vida. Ha dado y, precisamente porque ha dado, debe dar siempre, sin fin, y no solamente su espíritu, sino su dinero su tiempo, su su fatiga, y algún pedacito de la propia gloria. El escritor famoso está circundado de parásitos, de postulantes, de sepultureros y de ladrones. La fama no es un premio, sino una maldición, un castigo. Si hubiese sabido ésto hubiera ido, en 1890, a asesinar a Brandes, que reveló a Europa mi primer libro: Hambre. Es preferible ser hambriento a ser célebre.
“Y Usted también, aunque no me haya pedido nada, se me lleva algo: media hora de mi tiempo y un poco de mi fuerza. Usted también es un ladrón honrado, un ladrón bien educado, ¡pero ladrón!
Al oír estas palabras justísimas no me ofendí, pero creí decente ponerme en pie para marcharme.
Knut Hamsun me gusta mucho. Quiero comprar todos sus libros y así le resarciré, delicadamente, del tiempo que ha perdido por mí."