09/11/2014

VIII mostra de cinema indigena de Barcelona



El proper dimecres 12 de novembre, en el marc de la III Tardor Solidària,  la VIII Mostra de Cinema Indígena, de Barcelona, oferirà la projecció de la pel·lícula Chasmeo i el posterior cinefòrum amb una representat indígena del poble Quítxua d’Equador.



Una oportunitat per conèixer les resistències dels pobles indígenes davant les agressions al territori i els impactes de la globalització sobre la seva identitat cultural, i els processos d’organització indígena que, des de la seva cosmovisió, defensen el dret a la sobirania i l’autodeterminació dels pobles.

La projecció tindrà lloc a les 19 hores en el Museu de Ca n'Ortado. L'entrada es gratuïta.





07/11/2014

tiempo de arena, Inma

"El paso del tren", 1902
Dario de Regoyos y Valdés
Museo Carmen Thyssen Málaga

Entrevista a Inma Chacón en la que habla de su obra “Tiempo de arena”.


05/11/2014

tiempo de arena, Xisca

vespre a la platja de la Malva-rosa

 “Jorge y su cuñada continuaban delante de la puerta, como dos guardianes ante un tesoro escondido, protegiendo el interior de la vivienda con sus cuerpos. Los perros seguían ladrando, y Alejandra, sin poder pronunciar palabra, miraba a Jorge y a Mariana tratando de asimilar lo que estaba sucediendo. El taxista volvió a amenazar a sus pasajeras con dejarlas allí si no subían al taxi, y Lula continuaba llorando y diciendo “Usted no la quería”.
Y en medio de aquella confusión, desde una ventana del primer piso, que había permanecido abierta sin que nadie lo advirtiese, se oyó la voz de la niña sobre todas las demás.
— ¡Abuela! ¡Espera!
Y al cabo de unos segundos apareció con su camisón arrugado y su pelo revuelto, para situarse delante de Mariana y entregarle una carta.
Mariana hizo ademán de acariciarle los rizos; se parecía tanto a María Francisca que habría dicho que había retrocedido veinte años, a cuando la sacó del Colegio de Doncellas Nobles para que Munda le permitiese tomar posesión del palacio de Sotoñal. Pero la viuda de Jaime abortó la caricia cogiendo a la niña del brazo y obligándola a volver al interior de la casa.
—i Esta insensatez se ha terminado!
Jorge se dispuso a seguir a su familia, pero antes de desaparecer tras la puerta miro a Alejandra indignado.
— ¿Por qué la has traído? ¿No sufrió Xisca bastante? Si llego a saber que vendría ella en lugar de Munda no os habría enviado al Anboto.
— ¿De qué estás hablando? ¡No te entiendo!
—No hay nada que entender. ¡Me equivoqué!
Y le indicó a Lula que entrase también en la casa, dejando a Mariana y Alejandra solas en el porche, enlutadas, mudas, impotentes.
Las dos mujeres regresaron al taxi con el alma encogida. Mariana llevaba la carta en la mano, en silencio, sin atreverse a leerla. Al cruzar la cancela de salida, saco la cuartilla del sobre y comprobó que la firmaba María Francisca. Estaba fechada unas semanas antes de su muerte y en ella le pedía a la niña que quisiera a su tío Jorge como si fuera su padre y que, si alguna vez llegaba a conocerla, intentase perdonar a su abuela porque no había sabido quererla. “Te he encontrado demasiado tarde, queridísima Blanca. Ya no podré darte el cariño que he guardado para ti desde que naciste, pero confío en que tu tío sepa hallar la manera de que las hermanas de mi madre te compensen, como hicieron conmigo. Alejandra y Munda te querrán por mí”.


Tiempo de arena
Inma Chacón
Planeta, 2011
pág. 406-407


04/11/2014

tiempo de arena, Alejandra

Carmen de Burgos

“Alejandra le había rogado a Mariana que leyese los telegramas de Munda y accediera a algunas de sus peticiones y ella se lo había prometido; incluso le había pedido a Munda que flexibilizase sus exigencias para que Mariana no se sintiese más presionada de lo que ya debía de estar, y esta también había accedido. Sin embargo, al llegar a Toledo, comprobó que la marquesa no había cumplido su parte del trato.
—Lo siento, querida, lo intenté, pero los capataces se me echaron encima. En algunas fábricas del ramo, los obreros están protestando porque las mujeres les están quitando el trabajo. No es momento para encolerizar a nuestros competidores.
— ¡ Pero me lo prometiste!
—No recuerdo haberte prometido nada. No creo haber traicionado mi palabra si resulta imposible subirles el sueldo.
—Imposible? ¡Hay leyes que amparan a esas mujeres!
Mariana la miro, cargada de razón, casi con dulzura.
—No seas ingenua, querida. Algunas leyes solo son subterfugios que hay que saber sortear. —Sus ojos azules recuperaron de inmediato la dureza que los caracterizaba—. ¿No irás a amenazarme otra vez con que no quieres volver?
Y no la amenazó, no merecía la pena. Continúo pasando con ella la Nochebuena y el día de Navidad, las fiestas del Corpus y los veranos, intentando encontrar la forma de que Mariana se moviese, aunque fuese solo un milímetro, de sus rígidas posiciones.
El resto del año, asistía a la Institución Libre de Enseñanza con el único objetivo de preparar su ingreso en la facultad de Derecho siguiendo el ejemplo de Concepción Arenal, una de las mujeres a las que más admiraba, la primera española en conseguir el título de abogado, vestida de hombre para poder asistir a las clases.
Poco después de que Alejandra ingresara en la Institución Libre de Enseñanza, apareció el llamado “Manifiesto de los tres”, en el que se defendían el divorcio y la transformación de España para igualarse en derechos a los países europeos.
Carmen de Burgos, una periodista que firmaba con el seudónimo de Colombine —y a quien los sectores más reaccionarios bautizarían con el despectivo “la divorciadora”— se sumó a aquel manifiesto y se convirtió en referente de la lucha de la mujer por los derechos civiles.
Alejandra la admiraba también.
Colombine trataba de remover las conciencias de hombres y mujeres sobre la “cuestión femenina” promoviendo, entre otras cosas, un referéndum sobre la necesidad de una ley de divorcio que liberase del yugo de su esposo a las mujeres que vivían en el infierno de un matrimonio mal avenido.
Alejandra había visto con sus propios ojos las consecuencias del dogmático “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. No había podido olvidar a la campesina que la Guardia Civil devolvió a su marido, cargado con una escopeta. Nunca supo lo que había ocurrido con aquella pobre desgraciada, pero cuando contemplo sus pómulos amoratados se prometió a sí misma que lucharía con todas sus fuerzas para que llegase el momento en que la ley amparase a cualquier mujer que tuviera que taparse la cara y huir, como aquella pobre con su pañoleta.
Cuando consiguió ingresar en la Universidad Central de Madrid, gracias a cinco años de estudió y de esfuerzos y al apoyo de Munda —que continuaba comunicándose con Manuel a través de los anuncios telegráficos de El Imparcial—, todavía se les exigía a las mujeres una autorización especial del gobierno para optar a una matrícula oficial, así que Alejandra no tuvo más remedio que solicitarla. Corría el año 1905 y la joven había cumplido ya los veintidós.
El día en que asistió a su primera clase en la facultad de Derecho, junto con otras dos jóvenes, tuvo que ser escoltada por dos policías hasta la antesala de los profesores con el fin de evitar las protestas del resto de los estudiantes. Allí esperaron las tres al catedrático que las debía conducir hasta el aula donde escucharían sus clases sentadas en sillas cercanas a él y junto al que regresarían a la antesala para no coincidir en los pasillos con sus compañeros varones.”

Tiempo de arena
Inma Chacón
Planeta, 2011
pág. 130-132

Concepción Arenal



LA MUJER DEL PORVENIR

Concepción Arenal

Capítulo I,  Contradicciones

“El error, tarde o temprano, acaba por limitarse a sí mismo, y la primera forma de su impotencia, es la contradicción: si quisiera ser lógico, se haría imposible. La humanidad, que puede ser bastante ciega para dejarle sentar sus premisas, no es nunca bastante perversa o insensata para permitirle que saque todas sus consecuencias: le opone su razón, sus afectos o sus instintos, y él transige; podemos estar seguros de que donde hay contradicción, hay error o impotencia.
Aplicando esta regla al papel que la mujer representa en la sociedad, por la falta de lógica del hombre, vendremos a convencernos de su falta de razón, primero, y de justicia, después.
Una mujer puede llegar a la más alta dignidad que se concibe, puede ser madre de Dios: descendiendo mucho, pero todavía muy alta, puede ser mártir y santa, y el hombre que la venera sobre el altar y la implora, la cree indigna de llenar las funciones del sacerdocio. ¿Qué decimos del sacerdocio? Atrevimiento impío sería que en el templo osara aspirar a la categoría del último sacristán. La lógica aquí sería escándalo, impiedad.
Si del orden religioso pasamos al civil, las contradicciones no son de menor bulto. ¿Cómo una mujer ha de ser empleada en Aduanas o en la Deuda, desempeñar un destino en Fomento o en Gobernación? Sólo pensarlo da risa. Pero una mujer puede ser jefe del Estado. En el mundo oficial se la reconoce aptitud para reina y para estanquera; que pretendiese ocupar los puestos intermedios, sería absurdo. No hay para qué encarecer lo bien parada que aquí sale la lógica.
En las relaciones de familia, en el trato del mundo, ¿qué lugar ocupa la mujer? Moral y socialmente considerada, ¿cuál es su valor?, ¿cuál su puesto? Nadie es capaz de decirlo. Aquí es mirada con respeto, y con desprecio allá. Unas veces sufre esclava, otras tiraniza; ya no puede hacer valer su razón, ya impone su capricho. Buscad una regla, una ley moral: imposible es que la halléis en el caos que resulta del choque continuo entre las preocupaciones y la ilustración, el error y la verdad, la injusticia y la conciencia. El libertino que escarnece la virtud, cree en la de su madre; el cínico arriesga la vida en un desafío por defender el honor de su hermana; el que ha hecho muchas víctimas y hollado las más santas leyes, recibe como tal un capricho de la que ama; el que tiene teorías y hábitos de tirano, viene a ser el esclavo de su hija o de su nieta. El corazón, los instintos, la conciencia, se oponen de continuo en la práctica a esas teorías que conceden al hombre superioridad moral sobre la mujer. Se ve, pues, arrastrado a ceder de lo que llama su derecho cuando no abusa de él, y al conceder esta gracia, ya no establece reglas de justicia, porque no es fácil poner límites a la generosidad del que da por afecto, ni a la exigencia del que recibe sin reflexión. Así, pues, en las relaciones domésticas y sociales del hombre y la mujer, como lo que se llama justicia no lo es, ni puede por lo tanto convertirse en regla permanente y respetada, todo está a merced de los afectos y de las pasiones, todo es tan ocasionado a mudanzas como ellas, y por punto general, a las mujeres se les da más o menos de lo que merecen y les es debido: son, el niño oprimido a quien se hace siempre guardar silencio, o el niño mimado que impone su voluntad. Con sólo mirar lo que pasa en rededor nuestro, veremos tantas contradicciones como individuos hemos observado.
Si dejando las costumbres pasamos a las leyes, ¿qué es lo que ven nuestros ojos? ¡Ah! Un espectáculo bien triste, porque la ley no tiene la flexibilidad de los afectos, y si el padre, y el esposo, y el hermano son inconsecuentes para ser justos, la ley inflexible no se compadece del dolor ni se detiene ante la injusticia. Las contradicciones de la ley pesan sin lenitivo alguno sobre la mujer desdichada. Exceptuando la ley de gananciales, tributo no sabemos cómo pagado a la justicia, rayo de luz que ha penetrado en obscuridad tan profunda, las leyes civiles consideran a la mujer como menor si está casada, y aun no estándolo, le niegan muchos de los derechos concedidos al hombre.
Si la ley civil, mira a la mujer como un ser inferior al hombre, moral e intelectualmente considerada, ¿por qué la ley criminal le impone iguales penas cuando delinque? ¿Por qué para el derecho es mirada como inferior al hombre, y ante el deber se la tiene por igual a él? ¿Por qué no se la mira como al niño que obra sin discernimiento, o cuando menos como al menor? Porque la conciencia alza su voz poderosa y se subleva ante la idea de que el sexo sea un motivo de impunidad: porque el absurdo de la inferioridad moral de la mujer toma aquí tales proporciones que le ven todos: porque el error llega a uno de esos casos en que necesariamente tiene que limitarse a sí mismo, que transigir con la verdad y optar por la contradicción. Es monstruosa la que resulta entre la ley civil y la ley criminal; la una nos dice: «Eres un ser imperfecto; no puedo concederte derechos.» La otra: «Te considero igual al hombre y te impongo los mismos deberes; si faltas a ellos, incurrirás en idéntica pena.»

La mujer más virtuosa e ilustrada se considera por la ley como inferior al hombre más vicioso e ignorante, y ni el amor de madre, ¡ni el santo amor de madre!, cuando queda viuda, inspira al legislador confianza de que hará por sus hijos tanto como el hombre. ¡Absurdo increíble!
Es tal la fuerza de la costumbre, que saludamos todas estas injusticias con el nombre de derecho.
Podríamos recorrer la órbita moral y legal de la mujer y hallaríamos en toda ella errores, contradicciones e injusticias. La mitad del género humano, la que más debiera contribuir a la armonía, se ha convertido por el hombre en un elemento de desorden, en un auxiliar del caos, de donde salen antagonismos y luchas sin fin.
Los problemas de la mujer en sus relaciones con el hombre y con la sociedad, están siempre más o menos fuera de la ley lógica. ¿Es esto razonable?, ¿es racional siquiera? No hay más que una razón, una lógica, una verdad. El que quiera introducir la pluralidad donde la unidad es necesaria, introduce la injusticia y con ella la desventura.
Si supiera el hombre que nunca se equivoca impunemente, buscaría el acierto con mayor solicitud. Nosotros, que tenemos esta íntima persuasión, procuraremos desvanecer los errores que existen con respecto a la mujer. Tal es el objeto del presente escrito.”

fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes




03/11/2014

tiempo de arena, Mariana



“Desde que ella (Munda) se había marchado a Madrid, la vida en el cerro del Emperador había sido una balsa de aceite. Cuatro años de tranquilidad que solo se enturbiaba con los constantes intentos de su hermana de entrometerse en la gestión de sus empresas, pero ella los sorteaba con el testamento de su padre en la mano. Munda había cumplido la edad para heredar hacía dos años. Se habían escriturado a su nombre dos fincas, el palacio del paseo de la Castellana y una tercera parte de las acciones de las fábricas; pero la administración seguía dependiendo de Mariana, ella no podía intervenir. Aun así, cada cierto tiempo, su hermana mediana le enviaba un telegrama informándola de los decretos que se habían firmado a favor de los trabajadores, que obtenía quién sabía dónde. Pero, lejos de atender sus recomendaciones, Mariana guardaba los telegramas en un cajón y los dejaba sin respuesta. A veces, Munda la amenazaba con denunciarla si no aplicaba la normativa, e incluso se atrevió a inspeccionar ella misma las fábricas en más de una ocasión hasta que el abogado de Mariana se lo prohibió terminantemente, con la advertencia de que, si lo hacía, no tendría más remedio que llevarla a los tribunales.
La marquesa sabía que su hermana no llegaría al extremo de denunciarla; después de todo, las fábricas pertenecían también a Alejandra, y esta solía tratar de conciliar las posturas de sus hermanas siempre que veía la oportunidad.
— ¿Por qué no cedes en esto? —le dijo en cierta ocasión, después de leer uno de los telegramas de Munda—. Ella solo te ha pedido que le subas un poco el sueldo a las mujeres, lo suficiente como para que no se note tanto la diferencia con el de los hombres. Si es necesario, yo podría renunciar a una parte de los beneficios, y estoy segura de que Munda también.
Mariana se echó a reír cuando oyó aquel despropósito.
—Pero ¿en qué mundo vives, criatura? Eso es del todo imposible. Ya lo intento el abuelo, y las otras fábricas se le echaron encima como lobas.
Unos días después,  Munda envió un nuevo telegrama y Alejandra volvió a tratar de interceder.
—Al menos concédeles unos días de descanso después de dar a luz. No es justo que tengan que ir a la fábrica recién paridas.
—La vida no es justa, querida —le contesto Mariana acariciándole el pelo—, ya lo aprenderás.  No deberías hacer caso a esos pájaros que Munda te está metiendo en la cabeza.”

Tiempo de arena
Inma Chacón
Planeta, 2011
pág. 86-88



El 27 de febrero de 1912, el Gobierno  promulga la denominada “La ley de la silla”, que dice en su articulado:
Artículo 1.” En los almacenes, tiendas y oficinas, escritorios, y en general en todo establecimiento no fabril, de cualquier clase que sea, donde sé vendan, artículos ú objetos al público ó se preste algún servicio relacionado con él por mujeres empleadas, y en los locales anejos, será obligatorio para el dueño o su representante particular ó Compañía tener dispuesto un asiento para cada una de aquéllas. Cada asiento, destinado exclusivamente á una empléada, estará en el local donde desempeñe su ocupación,(…)

    Art. 2 º El cumplimiento de esta Ley será objeto de la Inspección del Trabajo del Instituto de reformas sociales (…)

    Art. 3 º Las infracción de esta ley se castigará con la multa de 25 a 250 pesetas, aplicable esta última cantidad en caso de reincidencia. (…)

    Art. 4 º Un ejemplar por lo menos de esta ley se colocará en sitio visible del local o locales del establecimiento donde haya de ser aplicada. (…)



Artículo aparecido en el semanario satírico “Gedeón”, el 3 de marzo de 1912

“REFORMAS SOCIALES

TOME USTED ASIENTO

Nuestros legisladores maravillosos.
Sobre todo en reformas societarias vamos a llegar adonde no pudo soñar que llegaría el mismo Barriovero, con todos sus accidentes sindicalistas.
Ahora que se conmueve el subsuelo británico como un hormiguero en rebeldía, nos sale nuestra ilustre señora la Gaceta con una ley para que esperemos sentados la famosísima y nunca bien ponderada “ley de la silla”.
Bien se ve que somos descendientes de Rodrigo el Vivales en la acepción de “fieras para el descanso”, cuando nuestros paternales y previsores sociólogos nos imponen el asiento obligatorio al mismo tiempo que la obligación de servir al Rey…
A partir de esta fecha, según se dice en el estilo gacetable, en los almacenes, tiendas y oficinas, escritorios o establecimientos “de cualquier clase que sea”, donde presten algún servicio las mujeres, será obligatoria la colocación de un asiento para cada una de las dependientas.
Pero aún hay más”: la obligación se extiende también a las ferias, mercados, Exposiciones permanentes al aire libre o industrias ambulantes.
En todos estos sitios, puntos o parajes, habrá que instalar una sillería completa para las vendedoras.
Nos parece muy razonable la novísima ley sedentaria.
Una señorita detrás del mostrador no puede aguantar a pie firme el chaparrón de colmos de los parroquianos.
¿Pues, y las camareras?
Desde hoy tendrán que servirnos el bock en silla gestatoria, bajo la multa de 25 a 250 pesetas.
Sin embargo, tiene la ley una limitación, que es lo que gráficamente se dice: “Hecha la ley, hecha la trampa”.
Y aquí la trampa o el cartón consisten en que toda empleada podrá utilizar su asiento mientras no lo impida su ocupación, y —esto es lo monstruoso— “aun durante la ocupación, cuando su naturaleza lo permita”.
Señores… ¿a dónde vamos a ir a parar con tales disposiciones?
Menos mal que cada asiento, según la famosa ley, se colocará en forma que no pueda servirse de él más que la propia interesada, con exclusión del público.
Es decir, que ya se ha acabado la tiranía del soutener que llegaba al “puesto” y mandaba imperativamente:
—¡Anda, tú; arsa de ahí!
Bendita ley y benditos tiempos de reformatorio social, en los que una puede invocar el párrafo primero del artículo segundo del capítulo cuarto, letra B del apartado tercero del reglamento.
Ya lo saben nuestros lectores, y si no lo supieren, tiempo han de tener para enterarse de la sillería legal, porque hay que colocar en sitio visible del establecimiento un ejemplar de la recientísima disposición, digna de la preclara providencia de Barroso.
Ahora, cuando entréis en un comercio, cuando vayáis a un café, cuando asistáis a una sección de varietés, habréis de decir a la camarera, a la bailarina o a la sugestiva expendedora de cajetillas húmedas:
—Señorita… no se moleste, siéntese usted, yo me serviré.
Realmente, progresamos de un modo asombroso.
Cuando todo el mundo se preocupa de la renovación, del movimiento, de la vida agitada e inquieta, nosotros nos ponemos a legislar acerca de las comodidades del asiento.
Y bien sabe Dios, amabilísimas dactilógrafas, excelsas estanqueras y demás vestales del templo comercial, que GEDEÓN os desea un asiento tan cómodo y mullido y confortable, como es de molesta y atormentadora la situación del pollo que os ronda desde la acera de enfrente.
Pero no le ofrezcáis la silla.
Porque incurriréis en la penalidad del capítulo sexto.
Así lo dice la ley.
No es alusión.”



La que pretendía ser una ley que protegiera a la mujer se convirtió en una ley que marcaba aún más las diferencias entre trabajadores y trabajadoras al fijar legalmente una doble discriminación social: admitir la “debilidad del sexo femenino” y no incluir a los trabajadores en esta misma ley.

Al cabo de los años se pudo comprobar que la ley no había tenido el resultado que se esperaba ya que muy pocas empresas la cumplían.

Después de 6 años, el Real Decreto de 16 de octubre de 1918 establecía,  en su artículo 15,  que “con sujeción a lo determinado en el artículo 18 de la Ley todo dependiente varón gozará el derecho al asiento en los mismos términos que para las mujeres empleadas establece la Ley de 27 de febrero de 1912”.

02/11/2014

tiempo de arena, Munda



“Seis maestros cogieron a hombros el féretro y se encaminaron hacia el panteón. Mariana abría el cortejo que los seguía con el cofre del pequeño Jaime en los brazos, junto a Alejandra y Shishipao.  Detrás de ellas, los criados del cigarral y, a continuación, el resto de los asistentes.
Al entrar en la cripta, Mariana recorrió con la mirada las lápidas de sus abuelos, sus padres, sus hijos y su esposo, y colocó el cofre con los restos del niño a los pies del de su hija. Después les rezó un réquiem y un padrenuestro.
No había visitado a María Francisca desde que se despidiera de ella tras la misa funeral en la catedral. Nunca le había llevado una corona de flores, ni la había llorado hasta que cerró el ataúd de su hermana. ¡Cuánto dolor en una sola vida! ¡Cuánto daño inútil!
Los hermanos masones colocaron el féretro en el centro de la cripta y lo rodearon uniendo sus manos, para empezar la liturgia que la señorita Inés había preparado para despedir a su discípula.
Una viola, un violonchelo y un violín comenzaron a tocar la sonata fúnebre de Mozart. Sobre el parió de terciopelo rojo que había colocado Mariana, la maestra de ceremonias extendió un mandil de piel blanca, el símbolo de la pureza, y puso unas ramas de acacia, el de la vida eterna; luego, se situó frente a Munda y la llamó por su nombre simbólico:
     ¡Hypatia!
La música dejó de sonar. Tras unos segundos de espera, en medio de un silencio absoluto, la Venerable Maestra se dirigió a la cadena de unión intentando que la tristeza no le entrecortase la voz:
— ¡Hermanos, una maestra masona no ha respondido a su nombre!
Todos guardaron silencio. Los profanes se habían colocado detrás de los iniciados, de forma que, sin que fuese ésa su intención, habían formado un circulo concéntrico con respecto a ellos.  Alejandra miraba fijamente el ataúd, ausente como desde que había llegado de Madrid tras el coche fúnebre. Shishipao contenía la respiración para no derrumbarse.
Y mientras proseguía el ritual, Mariana miro uno por uno a todos sus difuntos, leyó en silencio los nombres grabados en sus sepulturas y les dedico cada palabra de la despedida masónica que la señorita Inés recito conteniendo las lágrimas:
—Sea tu lugar de descanso seguro y suave. Sea fragante la rama de acacia que florecerá en primavera y las flores que te visitaran.  La dulzura de la última rosa del verano más largo se quedará contigo aunque los vientos de otoño destruyan su belleza. Sea para ti todo lo bello, bueno y verdadero de la Tierra, que no se verá afectado por la sombra ni por la oscuridad que divide el hoy del mañana. Tu luz no se perderá contigo. Volveremos a vernos un día.  ¡Hasta entonces, hermana, hasta entonces!
Tiempo de arena
Inma Chacón
Planeta, 2011
pág. 387-388


31/10/2014

un autor hispano-filipino

“¿Quién conoce en España a José Rizal? La extendida ignorancia de lo escrito en nuestra lengua en Iberoamérica a lo largo del siglo XIX abarca también, y se acentúa, en lo que concierne a las remotas y olvidadas Filipinas. Si, a diferencia de la otra orilla del Atlántico solo los especialistas en el tema han calado en la obra de Humbold, Andrés Bello, Sarmiento, Martí e incluso, más cerca de nosotros, José Vasconcelos, la espesa nube que oculta su labor al lector español se adensa aún en torno a Noli me tangere, la novela de Rizal, impresa en Berlín a cuenta de autor en 1887 y condenada de inmediato al ostracismo en razón de su “carácter herético” y su “filibusterismo” por las autoridades religiosas y militares del Archipiélago.

Gracias a su biógrafo Rafael Palma y el prologuista de la novela Leopoldo Zea sabemos que Rizal, un tagalo hispanizado que manejaba la lengua de Cervantes con la misma inteligencia y soltura que el Inca Garcilaso, nació en Calamba en 1861. Autodidacta primero, como un puñado de indígenas de la ex colonia española -los frailes les adoctrinaban en su idioma, pero habían prohibido la enseñanza del nuestro so pretexto de que no se contaminaran con ideas nocivas y perdieran sus preciosas almitas-, cursó luego estudios de medicina y filosofía en Madrid, París y Heidelberg. De la excelencia de su formación dan muestra sus vastos conocimientos en francés, inglés y alemán, así como su lectura de corrido en latín. Escritor, pintor, médico, oftalmólogo (curó de la ceguera a su propia madre), poseía en suma una cultura muy superior a la de sus colegas españoles de la época. Su ideario nacionalista, forjado por la experiencia de la opresión colonial de las islas, excluía no obstante el recurso a la violencia. Fundador primero de la revista La Solidaridad y luego de La Liga Filipina, sus publicaciones provocaron en España un rechazo y ostracismo similares a las que ocho décadas antes sufrió Blanco White.

Rizal se servía de la lengua del conquistador para denunciar los abusos de la colonización.

El futuro de las islas le preocupaba con razón. Conocía por experiencia la precariedad del dominio español y las apetencias que suscitaba el Archipiélago entre las grandes potencias europeas y el emergente poder norteamericano. ¿Qué será de las Filipinas dentro de cien años?, es el título de uno de sus ensayos compuesto durante su larga estancia en el Viejo continente. Como muchos escritores hindúes, árabes y africanos del siglo que dejamos atrás, Rizal se servía de la lengua del conquistador para denunciar las injusticias y abusos de la colonización. De esta contradicción insoluble entre el amor a una lengua y cultura que asumía como propias y la indignación ante los atropellos cometidos contra sus hermanos indígenas brota, como un géyser, la fuerza de su escritura. Las burlas y el desprecio por parte de los frailes y guardias civiles a los tagalos que se expresaban en español no eran solo indignas de su proclamada misión redentora sino que actuaban a muy corto plazo contra los intereses de España. Sus temores, como sabemos, se convirtieron en realidad. Hundida en unas horas la flota española amarrada en Manila y expulsada la administración del decrépito poder colonial por los invasores estadounidenses, éstos impusieron el inglés a los nativos y el español pasó en unos pocos años a la triste condición de lengua extinta (únicamente subsistió el chabacano, un híbrido de castellano y tagalo sin expresión literaria alguna). Las amargas reflexiones de Rizal sobre su inútil empeño por asumir un idioma abocado a desaparecer de las Filipinas (“¿Para comprender los insultos y amenazas de los guardias civiles?”, escribió. “Para eso no hay necesidad de saber español, basta comprender el lenguaje de los culatazos”) se cumplieron puntualmente. Diez años después de su muerte, la inmensa mayoría de sus compatriotas no podía entender la obra de su primer escritor.

Movido por la nostalgia, el autor de “Noli me tangere” regresó a Filipinas en 1892. Acusado de simpatías independentistas, fue desterrado de Manila por orden del Capitán General y sufrió cuatro años de estricto confinamiento. Pese a la injusticia de que era objeto, rehusó encabezar el movimiento revolucionario que se gestaba entre la población indígena. Su instrumento de lucha era la pluma, no el recurso a las armas. En 1896 aceptó ser enviado como médico al Cuerpo Sanitario que combatía los estragos del cólera en los desdichados reclutas enviados a luchar como carne de cañón contra los insurgentes cubanos. Durante la larga travesía de Manila a España, al producirse la previsible insurrección del Archipiélago, fue detenido a bordo y encerrado en el castillo de Montjüic a su llegada a Barcelona. De allí fue devuelto a su tierra nativa y condenado a muerte por un tribunal militar en cuanto “alma viva de la insurrección” y “traidor a España”. El 30 de diciembre Rizal fue fusilado por sentencia del Consejo de Guerra en medio de insultos al felón y vítores a la Madre Patria. Como había escrito unos años antes, “solo se muere una vez y si no se muere bien, se pierde una ocasión que ya no se presentará una vez más”.

Celebrado como un héroe, es un perfecto desconocido en la península.

Novela comprometida, diríamos hoy, por su clara denuncia de la opresión, sería muy injusto no obstante encasillar a “Noli me tangere” en tan reductivo apartado. Rizal muestra un buen conocimiento de las técnicas narrativas que lo distingue de los panfletarios al uso. Los personajes de Ibarra -un alter ego del autor-, del capitán Taigo o de la supersticiosa o desdichada Sisa, no desmerecen de los trazados por Galdós. La pintura de la corrupción reinante, crueldad de la guardia civil, incompetencia de la administración e indolencia de sus asalariados (“todo un mundo de parásitos, moscas o colados que Dios creó en su infinita bondad y tan cariñosamente multiplica en Manila”) son tratados con incisivo humor. Su ironía sobre la piedad crédula de sus compatriotas, menos preocupados por el Altísimo que por su cortejo de santos y santas (Dios para ellos, dice, es “como esos pobres reyes que se rodean de favoritos y favoritas, y el pueblo solo hace la corte a éstos”), y acerca de la explotación de los milagros de una cohorte de Vírgenes gracias a los cuales, los curas, ya bien forrados, se van a América y allí se casan, hubieran inflamado la santa ira de Menéndez Pelayo. El novelista capta con buen oído las conversaciones anodinas de quienes viven de las migajas del poder colonial; describe con fineza las fiestas en las que “los jóvenes abrían la boca para contener un bostezo pero la tapaban al instante con sus abanicos”; reproduce las hilarantes disquisiciones sobre el Purgatorio y los años que ahorraban a quienes allí se tuestan el simple pago de unas monedas y el rezo de un Ave María.

El manejo de algunas técnicas novelescas heredadas de Cervantes aliña con gracia el chato realismo decimonónico. Rizal se dirige a veces al lector -”¡oh tú que me lees, amigo o enemigo!”- e introduce elementos discursivos que parecen inspirados por Diderot o Sterne. Celebrado como un héroe, pero no como un escritor por quienes sacrificó la vida es, como dije, un perfecto desconocido en la península. La cuidadosa edición de la excelente Biblioteca Ayacucho venezolana de la que pude procurarme un ejemplar en mi reciente viaje a Caracas debería ser republicada en España como homenaje a un autor despiadadamente barrido a los márgenes de nuestro intangible canon, pero vivo y bien vivo, como advirtió Unamuno, y podrá verificar hoy quien se asome venturosamente a sus páginas.

"Noli me tangere"
Juan Goytisolo

artículo publicado en “El País”, 03/05/2012