07/01/2018

freud en nueva york

La interpretación del asesinato
Jed Rubenfeld
Traducción: Jesús Zulaika Goicoechea
Páginas: 544
Anagrama, 2007


Nueva York, primera década del siglo XX, una gran ciudad que está entrando de lleno en la modernidad. En esos años se sucede entre la alta sociedad una serie de asesinatos y de escándalos sexuales.  Pero la modernidad de Nueva York también es el interés que despiertan las nuevas ideas.  El 29 de agosto de 1909 llega Sigmund Freud, y esa misma noche encuentran el cadáver de una joven, víctima quizá de un juego sexual que rebasó todo límite . O tal vez sea la obra de un sádico asesino en serie, porque al día siguiente otra rica heredera, Nora Acton, consigue escapar a un ataque del que parece ser el mismo asesino. Nora tiene las claves para descubrir al asesino, pero ha perdido la voz y sufre amnesia.  El doctor Stratham Younger psicoanaliza a Nora para que pueda recordar, y es el propio Freud quien supervisa las sesiones. Pero ¿qué le sucedió a Freud en Nueva York? ¿A qué ataques y conspiraciones tuvo que enfrentarse que nunca más volvió a los Estados Unidos? 

Sentados, de izquierda a derecha:  Sigmund Freud, G. Stanley Hall, CG Jung;  segunda fila: Abraham A. Brill, Ernest Jones, Sándor Ferenczi
Fotografía realitzada frente a la Universidad de Clark (1909)

Evelyn Nesbit

Nació en Pennsyvalnia  el día 25 de diciembre del año 1884.  Aunque nació en la ciudad de Terentum,  se trasladó con su familia a Pittsburg cuando tenía ocho años de edad. Nada más mudarse,  Winfield Scott Nesbit,  el padre, fallece dejando gran cantidad de deudas, hasta el punto de quedarse,  junto con su madre y su hermano Howard, en la calle.

La familia de Evelyn pasó unos años de pobreza total.  Mientras, ella iba creciendo y convirtiéndose en una chica de gran belleza. Varios artistas locales quisieron retratarla a cambio  de pequeños pagos. John Storm fue uno de estos primeros pintores, consiguiéndole un trabajo más estable como modelo artística.

Con dieciséis años, en 1900,  la familia se mudó a un pequeño apartamento de la ciudad de New York,  aunque la madre no conseguía un trabajo estable, por lo que le pidió a Evelyn que continuará trabajando como modelo.

Uno de los primeros pintores para los que posó fue James Carroll Beckwith, que  la adoptó como protegida y la presentó a artistas e ilustradores: Frederick Stuart Church,  Gertrude Käsebier y Rudolf Eickemeyer Jr.  Pronto, Nesbit fue la modelo más solicitada de Nueva York, y se convirtió en una cara popular en las portadas ilustradas de muchas revistas, entre ellas Vanity Fair o Harper's  Bazaar.

En poco tiempo (1901) fue contratada para el coro de la exitosa obra de Broadway Florodora.  Nesbit aparecía con frecuencia en las columnas de cotilleo y revistas teatrales del momento. En poco tiempo se convirtió en una de las actrices en otra obra de Broadway. Como las supermodelos que la sucedieron,  Nesbit se había convertido en un ícono de su tiempo

Mientras aparecía en Florodora,  Nesbit conoció al arquitecto y miembro de la alta sociedad neoyorquina Stanford White, que se convirtió en su amante y benefactor.  Llenaba a Nesbit y su familia de regalos extravagantes e incluso le regaló un elegante apartamento. Tras terminar su relación, que duró un año,  en el año 1905, Evelyn se casó con Harry Kendall Thaw, un empresario del ferrocarril, con el que tuvo un hijo.



El día 25 de junio de 1906, Thaw, que estaba aún celoso de la relación de Evelyn con Stanford White,  le disparó a éste tres veces en el Madison Square Garden,  matándolo en el acto. Nesbit fue la testigo estrella de un juicio lleno de detalles sorprendentes sobre sus relaciones con estos hombres (ambos supuestamente abusaron de ella) durante el cual un grupo religioso intentó prohibir a los periodistas informar sobre los detalles escabrosos. La madre de Evelyn fue acusada de prostituir a su hija con White y  Evelyn recibió en la prensa el calificativo de "la chica del columpio de terciopelo rojo", en referencia a un columpio que había instalado White en el apartamento.

Debido a la gran publicidad que atrajo el caso, el jurado tuvo que ser aislado, por primera vez en la historia de Estados Unidos. Thaw fue condenado a cadena perpetua en un hospital para criminales con problemas psicológicos.

En los años siguientes la actriz consiguió la mayor parte de los contratos para intervenir en películas, entre las destacan: “Redemption”, “Her Mistake”, “My little sister” o “A fallen idol”.

Durante la década de los años treinta la actriz dio clase de cerámica al tiempo que intentaba superar diversas crisis que le provocaron varios intentos de suicidio.

En el año 1955, se rodó la película The Girl in the Red Velvet Swing,  basada en su vida, en la cual hizo de asesora.  En el film interpreta su personaje Joan Collins mientras que el actor Ray Milland da vida a Stanford White.


El día 17 de enero del año 1967 murió en una residencia de ancianos.


06/01/2018

Emma Goldman


"Si no puedo bailar, no quiero estar en su revolución", dijo alguna vez la anarquista Emma Goldman, sin imaginar que aquella frase se convertiría en un eslogan feminista de los años 70.  Por sus apasionados discursos políticos,  la inmigrante judía ya era conocida en los círculos intelectuales de fines del siglo XIX en Nueva York.  Pero como a cualquier veinteañera, también le gustaba bailar.  En alguna fiesta, uno de sus camaradas le recriminó por hacer movimientos indignos de su doctrina revolucionaria.  La chica se enfureció: “Estaba harta de que me arrojaran continuamente la “Causa” a la cara.  Yo no creía que una Causa que defendía un hermoso ideal,  el anarquismo -la liberación y la libertad frente a las convenciones y los prejuicios-  negara la vida y la alegría", recuerda Goldman en 'Viviendo mi vida', su autobiografía.

Así entendió Goldman la lucha anarquista que la acompañó siempre: "El derecho a la autoexpresión y a todas las cosas hermosas y radiantes".  Su ideología se basaba en un exaltado optimismo hacia la naturaleza humana y en una profunda desconfianza hacia la autoridad. 'Emma la Roja',  como era llamada en la prensa de aquellos días,  fue una activista radical que se asignó la misión de despertar a las masas. Recorrió Estados Unidos para manifestarse públicamente en contra del Estado, el capital y el militarismo, y a favor de los derechos de los trabajadores, el uso de anticonceptivos y el amor libre.  Sus convicciones fueron consideradas peligrosas en un país puritano, encaminado a convertirse en la potencia económica mundial, y cuyo orden social podía verse amenazado por las crecientes revueltas obreras y la influencia comunista del exterior. Goldman no se detuvo a pesar de las numerosas advertencias.  Su empresa vital la llevó a pasar distintos periodos en la cárcel y a ser expulsada del país que había sido su hogar durante 34 años.

Goldman aparece como personaje secundario en la película 'Rojos' (1981).  La actriz que le dio vida,  Maureen Stapleton, se llevó uno de los tres premios Oscar que recibió la cinta escrita,  dirigida y protagonizada por Warren Beatty.  Ahí se refleja la amistad entre la anarquista y el periodista John Reed (Beatty),  autor de la célebre crónica sobre la Revolución de Octubre, 'Diez días que estremecieron al mundo'. S e frecuentaban en Nueva York y se encontraron de nuevo en la recién creada Unión Soviética.  Goldman había llegado a Rusia tras ser expulsada de Estados Unidos, con la esperanza de ver materializado al fin su sueño revolucionario. Pero no tardó en darse cuenta, tras apenas dos años,  de las enormes contradicciones y las injusticias cometidas por el régimen bolchevique. En diciembre de 1921 partió a Francia,  y al poco tiempo reconoció que había cometido un error al apoyar al Gobierno soviético.



En su momento se involucró en la Guerra Civil en España, país que visitó en tres ocasiones. "La resistencia que opuso el pueblo español al fascismo y la vanguardia de sus organizaciones obreras reavivaron sus esperanzas de un posible triunfo de la libertad",  escribiría la sindicalista catalana Lola Iturbe tras conocer a Goldman en 1938.  "Su sonrisa era triste. Su mirada penetrante, escrutadora, buscando la verdad de su interlocutor",  añadía Iturbe,  cuyas palabras se recogen en el prólogo de 'La palabra como arma', otro de los libros firmados por la anarquista.
(…)
'Viviendo mi vida' se publicó originalmente en 1931.  Goldman se había instalado en Saint-Tropez,  Francia, donde se vio forzada a la inactividad. "Descubrí con gran desconcierto que la vejez, lejos de ofrecer sabiduría, madurez y sosiego, suele ser fuente de senilidad, estrechez de miras y rencores. No podía arriesgarme a esa calamidad y empecé a pensar seriamente en escribir mi vida",  narra en la introducción de sus memorias.  También explica que logró terminar aquella tarea gracias a la ayuda de decenas amigos con los que había mantenido una relación epistolar. Y al apoyo de la coleccionista Peggy Guggenheim, quien fuera su principal mecenas.

Goldman nació en 1869 en Kaunas (Lituania) pero su fugaz infancia transcurrió en San Petersburgo. Un padre severo y la pobreza de la Rusia zarista la obligaron a trabajar en una fábrica textil desde los 13 años.  Por eso,  no dudó cuando se presentó la oportunidad de emigrar a América con su hermana Helena. Las dos jóvenes desembarcaron en Nueva York en 1886,  con la expectativa de libertad que prometía la nueva tierra. Y se instalaron en Rochester, donde ya vivía la mayor de las tres.  La necesidad las arrojó muy pronto de regreso a la vida obrera.

Emma se casó movida por una ilusión adolescente,  pero puso fin a su único matrimonio 10 meses después.  "Si alguna vez vuelvo a amar a un hombre me entregaré a él sin que nos una un rabino ni la ley",  se prometió a sí misma.  "Y cuando ese amor muera,  me marcharé sin pedir permiso".  El relato de su autobiografía comienza entonces: divorciada a los 20 años,  y recién llegada a la ciudad de Nueva York con una pequeña maleta, su máquina de coser y cinco dólares.

La joven ya tenía claro que su nuevo objetivo sería luchar contra la injusticia y la explotación.  Había seguido en la prensa los acontecimientos desencadenados a partir del 1 de mayo de 1886,  en Chicago,  cuando 300.000 trabajadores se pusieron en huelga para exigir una jornada laboral de ocho horas.  El 4 de mayo,  durante una concentración,  explotó una bomba en la plaza de Haymarket por la que ocho jóvenes anarquistas fueron acusados y cinco de ellos ejecutados en la horca.  Aquel fue el hecho decisivo que catapultó a Goldman a la acción: “Tenía la clara sensación de que algo nuevo y maravilloso había nacido en mi alma.  Un gran ideal,  una fe ardiente,  la decisión de dedicar mi vida a la memoria de mis camaradas mártires".

En su primer día en Nueva York, Goldman conoció a los dos hombres que marcaron su trayectoria.  El primero, Johann Most, era editor del periódico anarquista alemán Die Freiheit y un prolífico orador que animó a la joven a seguir sus pasos. El segundo, Alexander Berkman -Sasha, como lo llamaba ella con cariño-  fue uno de sus tantos amantes y el más fiel de sus camaradas.

En 1892, Berkman cometió "el primer acto terrorista de América" -según su propia descripción- y lo debió pagar con 14 años de encierro. Una huelga masiva en Homestead (Pennsylvania) terminó con una masacre indiscriminada de los trabajadores del acero. Y el joven inmigrante ruso creyó que era el momento para hacer estallar la revolución. Ansiaba decirle al mundo que el proletariado de América tenía quien le vengara, y estaba dispuesto a sacrificar su vida por la causa. Con el apoyo de Goldman, planeó un atentado contra Henry Clay Frick, presidente de la Carnegie Steel Company.  Sasha logró llegar hasta su oficina y dispararle dos veces en el pecho, pero no consiguió matarlo.

Goldman se entregó por completo a su actividad de agitadora pública: "Mi odio por las condiciones que obligaban a los idealistas a cometer actos de violencia me hizo gritar con acordes apasionados la nobleza de Sasha, su naturaleza desprendida, su consagración al pueblo". Los periódicos se preguntaban: "¿Por cuánto tiempo se le permitiría continuar a esa peligrosa mujer poseída por la furia?". Y la policía no tardó en actuar. En 1893, después de encabezar una marcha de mil personas portando una bandera roja, la joven fue arrestada por incitar a la revuelta y condenada a pasar un año en prisión.

En su autobiografía, Goldman reconoce que la penitenciaría de la isla de Blackwell fue su mejor escuela. No sólo pudo leer a los teóricos que más influenciaron su pensamiento,  como Emerson, Thoreau, Whitman y Nietzsche. También realizó prácticas como enfermera,  un oficio al que se dedicó en los distintos momentos en que su libertad volvía a verse amenazada. Goldman abrazó una nueva causa a raíz de aquella actividad.  Después de ejercer de comadrona con las obreras comenzó a defender el derecho al control de la natalidad. "Me impresionaba la ciega y fiera lucha de las mujeres de los pobres contra los frecuentes embarazos. La mayoría de ellas vivía en un continuo terror de la concepción", recuerda.

La defensa de la emancipación femenina la llevó a emprender otro recorrido por el país, en el que también predicó su doctrina del amor libre: "Exijo la independencia de la mujer,  su derecho a mantenerse a sí misma,  vivir para ella,  amar a quien le plazca,  o a tantos como le plazca.  Exijo libertad para ambos sexos,  libertad en la acción,  en el amor,  en la maternidad", clamaba en los mítines.  Sus reivindicaciones eran escandalosas incluso para los más progresistas,  y la volvieron a llevar a prisión.  Hablar en público sobre sexo y anticonceptivos era considerada una actividad ilegal en 1916.

Goldman fundó la revista de política y literatura Mother Earth, a la que se incorporó como editor Alexander Berkman al recuperar su libertad.  Juntos participaron más tarde en una lucha activa contra la entrada de Estados Unidos en la guerra europea. Pero en 1918 fue aprobada la Ley de Sedición, que establecía multas y penas de cárcel para aquel que se manifestara contra el Gobierno. Ambos fueron arrestados y deportados un año después. "América ha entrado en la guerra para hacer del mundo una democracia más segura, pero primero debe asegurar una democracia segura en América", declaró la anarquista antes de partir.

Aunque no volvieron a involucrarse sentimentalmente, Goldman y Berkman continuaron su vida juntos: primero en la URSS y más tarde en Saint-Tropez.  Allí se suicidó Berkman en 1936.  Goldman se involucró en nuevas luchas,  entre ellas la Guerra Civil española. Murió en Toronto en 1940. “

Eugenia Coppel
“El Mundo”

12/09/2014


Age Of Uprising


Michael Kohlhaas (Age Of Uprising), película franco-alemana del año 2013, dirigida por el director francés Arnaud des Pallières y guión de Christelle Berthevas y el propio  Arnaud des Pallières, basada en la novela homónima de Heinrich von Kleist.

Música de Martin Wheeler,  la fotografía corrió a cargo de Jeanne Lapoirie y el reparto lo formaban:  Mads Mikkelsen,  Bruno Ganz,  Sergi López,  Mélusine Mayance,  Amira Casar, Denis Lavant,  Paul Bartel,  Roxane Duran,  David Kross,  Delphine Chuillot, David Bennent,  Swann Arlaud,  Jacques Nolot,  Jean-Louis Coulloc'h, Guillaume Delaunay,  Laurent Delbecque

Sinopsis:


En el siglo XVI, en algún lugar en las Cevenas, en Francia, Michael Kohlhaas, un próspero mercader de caballos, tiene una vida feliz y acomodada junto a su familia. Víctima de una injusticia, este hombre bondadoso e íntegro recluta a un ejército y saquea las ciudades para restablecer su derecho. 

05/01/2018

el regal dels reis mags

The Gift Of The Magi


“Un dólar con ochenta y siete centavos: eso era todo. Y,  además, sesenta de los centavos en moneda menuda,  en peniques ahorrados con trabajo,  uno a uno o dos a dos,  protestándole al del almacén y al verdulero y al carnicero,  hasta que a una se le subían los colores a la cara por la silenciosa acusación de avaricia que aquel afanoso regateo traía consigo.  Delia contó el dinero tres veces.  Sí: un dólar ochenta y siete. Y el día siguiente era el de Navidad.

Estaba claro que no podía hacer más que echarse sobre la cama miserable y llorar. Y eso fue lo que Delia hizo y lo que nos lleva a pensar de nuevo que la vida está compuesta por gemidos, resoplidos de fastidio y sonrisas, si bien con predominio de los resoplidos. Mientras esta ama de casa pasa poco a poco de la primera situación a la segunda, echemos un vistazo a su hogar.  Se trata de un pisillo amueblado de los de ocho dólares a la semana.  No puede decirse realmente que sea algo indescriptible, pero sí que merece ser clasificado por la policía como antro de mendicantes.

En el zaguán de la planta baja existía un buzón donde no podía echarse ninguna carta y un timbre eléctrico del que ningún dedo mortal habría podido arrancar un sonido.  Asimismo formaba parte de la entrada al zaquizamí una tarjeta en la que podía leerse: SEÑOR JAIME DILLINGHAM YOUNG.

Aquel anuncio había nacido a las caricias del viento en un período anterior y próspero, cuando su dueño cobraba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus ingresos se habían reducido a veinte, las letras del apellido Dillingham estaban borrosas, como si pensaran seriamente en reducirse a su vez a una modesta, humildísima D.  Sin embargo, cada vez que el señor James Dillingham Young regresaba a casa y llegaba a su piso de la primera planta se le seguía llamando «Jim» y era cariñosamente abrazado por la señora Dillingham Young,  que ya ha sido presentada al lector con el nombre de Delia.  Todo lo cual está bastante bien.

Al acabar de llorar,  Delia se retocó las mejillas con una borla,  se incorporó junto a la ventana y miró con tristeza a un gato gris que caminaba sobre un patio gris por una tapia gris. Al día siguiente era Navidad y ella no tenía más que un dólar ochenta y siete para comprarle un regalo a Jim.  Había luchado durante meses por ahorrar todos los peniques posibles, y ese era el resultado;  con veinte dólares a la semana no se puede llegar muy lejos,  mientras que los gastos habían superado con mucho a sus cálculos... como ocurre siempre.  De manera que sólo un dólar ochenta y siete para comprarle un regalo a Jim.  A su Jim.  Y había pasado muchas horas alegres planeando algo realmente bonito para él.  Algo hermoso, original y auténtico, algo un tanto digno del honor de ser poseído por Jim.

Entre las ventanas de aquella habitación había un alto espejo de pared.  Quizá haya visto usted un espejo de pared en un apartamento de ocho dólares. Observando su imagen en una rápida sucesión de bandas longitudinales, una persona muy delgada y muy ágil puede tener una visión bastante exacta de su aspecto. Y, como Delia era esbelta, había conseguido dominar ese arte.

De pronto, se alejó de la ventana y se detuvo ante el espejo. Sus ojos brillaban, pero su cara se puso pálida a los veinte segundos. Con un gesto veloz,  Delia se soltó el pelo y lo dejó caer cuan largo era.

Bueno, es necesario aclarar ya que Jaime Dillingham Young y su mujer se enorgullecían de dos cosas: del reloj de oro de Jim,  heredado de su padre y de su abuelo, y de la mata de pelo de ella.  Si la misma Reina de Saba hubiera vivido enfrente,  en el apartamento del otro lado de la escalera,  Delia habría podido dejar colgar alguna vez su cabellera por la ventana,  tanto para secarla como para demostrar a Su Majestad que le traían sin cuidado joyas y presentes.  Y si el Rey Salomón hubiera sido el portero y tenido todos sus tesoros amontonados en el sótano,  Jim siempre habría sacado su reloj al pasar,  nada más que para verlo mesarse las barbas de envidia.

De manera que, en este momento,  el hermoso pelo de Delia cae sobre sus hombros en oleadas, reluciendo como una cascada de aguas castañas. Le llegaba más abajo de las rodillas; era casi un vestido. De momento, Delia volvió a recogérselo ágil y nerviosa. Se desalentó un instante y permaneció inmóvil mientras un par de lágrimas salpicaba la raída alfombra carmesí.

Después, Delia se encajó su vieja chaqueta marrón y su viejo sombrero marrón,  y,  con un revolotear de faldas y aquel fulgor brillante en los ojos,  salió apresuradamente y bajó las escaleras hacia la calle.

MADAME SOFRONIE. PELO DE TODAS CLASES, rezaba el letrero ante el que se detuvo poco después.  Subió a la carrera un tramo de escalera y se detuvo jadeando.  Demasiado blanca y demasiado fría,  Madame Sofronie no parecía ser la «Sofronie» de su anuncio.

— ¿Quiere comprarme el pelo? —preguntó Delia.

—Compro pelo —dijo Madame Sofronie—. Quítese el sombrero y vamos a ver.

Delia dejó caer su cascada de cabellos castaños.

—Veinte dólares —tasó Madame levantando con mano experta aquella gloria.

—Démelos pronto —dijo Delia.

Y las dos horas siguientes discurrieron para ella ligeras, como sobre rosadas alas (perdónesenos la manida comparación): Delia se dedicó a recorrer las tiendas buscando el regalo para Jim.

Por fin lo encontró. Ideal. Sin duda lo habían hecho para Jim y para nadie más; en ninguna otra tienda vendían algo que pudiera comparársele y ella se las había trotado todas.  Era una cadena de reloj,  de platino,  y de sencillo y pudoroso aspecto que hablaba a las claras de su valor,  dado ya por el metal mismo y sin ninguna decoración bastarda, como deben ser todas las cosas de verdadero mérito.  Era incluso digna del reloj,  y,  apenas le puso la vista encima,  Delia entendió que tenía que ser para Jim.  Se parecía a él: poseía serenidad y valor, dos cosas igualmente aplicables a la cadena y al que iba a ser su dueño.  Le pidieron veintiún dólares por ella y volvió precipitadamente a casa con los ochenta y siete centavos. Y no le cabía duda de que,  con aquella cadena en su reloj,  Jim podría lucir una justificada ansiedad por saber la hora en cualquier momento y en compañía de cualquiera.  Aunque su reloj era magnífico,  Jim solía mirarlo a hurtadillas,  dada la vieja correíta de cuero que usaba a manera de cadena.

Pero cuando Delia volvió a casa,  su entusiasmo cedió paso en parte a la prudencia y la razón. Tomó sus tenacillas, encendió el gas y se entregó a reparar los estragos causados por la generosidad sumada al amor, lo cual es siempre una tarea enorme, querido lector. Un trabajo mastodóntico.

No habían pasado aún cuarenta minutos cuando su cabeza estaba ya cubierta de pequeños y apretados rizos que la semejaban admirablemente a un escolar que ha faltado a clase.  Larga, cuidadosa y críticamente se miró al espejo.

«Si él no me mata antes de mirarme por segunda vez —se dijo—, le pareceré una corista barata de Coney Island. Pero... ¿qué podía hacer? ¿Qué podía hacer con un dólar ochenta y siete?»
A las siete, el café estaba preparado y la sartén caliente y lista para recibir la cena.

Jim no llegaba tarde nunca. Delia cerró su mano con la cadena de reloj y se sentó junto a un ángulo de la mesa,  cerca de la puerta por la que Jim debía entrar. Después oyó sus pasos en el primer tramo de la escalera y se demudó un momento. Nada más que un momento. Acostumbraba a dedicar silenciosas plegarias a las cosas cotidianas más simples, y musitó:

—Señor, te lo ruego, hazle creer que soy bella todavía.

La puerta se abrió y Jim entró y la cerró a sus espaldas. Estaba flaco y muy serio.

¡Pobre chico, no tenía más que veintidós años y soportaba ya la carga de una familia! Necesitaba un gabán nuevo y andaba por ahí sin guantes.

Jim se adelantó, impasible como un perro de caza sobre la pista de una codorniz. Sus ojos estaban clavados en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar. Aquello la espantó: no era ni rabia, ni desaprobación, ni horror, ni ninguno de los sentimientos que ella esperaba ver en su cara. Sólo sabía que su marido la estaba mirando fijamente, con un aire tan raro...

Delia se levantó nerviosa y fue a su encuentro.

—Jim querido —gritó—, no me mires más así. Me hice cortar el pelo y lo vendí porque tenía que hacerte el regalo de Navidad.  Volverá a crecerme... No te importa, ¿verdad?... tenía que hacerlo. Mi pelo crece con mucha facilidad. ¡Di «Felices Pascuas», Jim, y seamos felices! No te imaginas qué lindo... qué hermoso regalo te he comprado.

— ¿Te has cortado el pelo? —preguntó Jim penosamente, como si sólo notara aquel hecho tan claro después de un intenso esfuerzo mental.

—Sí, y lo he vendido —dijo Delia—. ¿No te gusto lo mismo así, de todos modos? Sigo siendo yo misma, sin mi pelo... ¿verdad?

Jim, curiosamente, paseó la mirada por la habitación.

— ¿Dices que te has quedado sin tu pelo? —interrogó con un aire ausente, casi idiota.

—No lo busques —dijo Delia—. Lo he vendido como te dije... vendido para siempre. Y es Navidad, chico.  Sé bueno conmigo porque lo he vendido por ti. Quizá mis cabellos pudieran contarse, pero nadie podría medir nunca el amor que te tengo —siguió con repentina y grave dulzura.

—. ¿Pongo a hacer la comida, Jim?

Superada su situación de trance, Jim pareció despertar rápidamente y estrechó a su Delia. Durante diez segundos, miremos hacia cualquier objeto sin importancia, en dirección opuesta. Ocho dólares a la semana o un millón al año: ¿qué más da? Un matemático o un hombre de negocios nos ofrecerían una respuesta equivocada. Los Reyes Magos aportaron en su día regalos muy valiosos, pero no contaban con algo así. Luego explicaremos esta confusa afirmación.

Jim sacó un paquetito del bolsillo y lo echó sobre la mesa.

—No te equivoques conmigo, Delia —dijo—. No creo que exista corte de pelo,  afeitado o champú capaz de hacerme querer menos a mi mujercita. Pero, si abres ese paquete, comprenderás por qué me quedé desconcertado en el primer momento.

Los blancos,  ágiles dedos de ella arrancaron la cuerda y el papel.  Entonces Delia rompió en un extasiado grito de alegría,  y luego,  ¡vaya por Dios!,  hubo una rápida transición femenina a las lágrimas histéricas y a los gemidos,  lo cual requirió el inmediato uso de todas las facultades consoladoras del amo y señor de la casa..., porque ahí estaban las peinetas,  el juego de peinetas que Delia contempló largo rato con adoración en un escaparate de Broadway:  unas estupendas peinetas de legítimo carey,  bordes adornados con piedras preciosas y el tono justo para casar de maravilla con el hermoso pelo desaparecido.  Eran peinetas de lujo,  ella lo sabía bien,  y su corazón las había deseado y había languidecido por ellas sin la menor esperanza de poseerlas.  Y ahora eran suyas.  Pero las trenzas que debían lucirlas no estaban ya allí.

Con todo, Delia las apretó contra su pecho.  Por fin, pudo mirar a Jim con ojos empañados y una sonrisa, y decir:

— ¡Mi cabello crece tan aprisa!

Momento en el que saltó como un gato chamuscado, exclamando:

— ¡Oh, oh!

Porque Jim todavía no había visto su hermoso regalo. Delia se lo tendió con vehemencia sobre la palma abierta de su mano, y el opaco metal precioso pareció refulgir con un reflejo del alegre y apasionado espíritu de aquella mujer.

— ¿Verdad que es estupenda, Jim? Me recorrí media ciudad para dar con ella. Y ahora tendrás que mirar la hora cien veces al día. Dame el reloj, que quiero ver cómo le sienta la cadena.

Pero, en vez de atender,  la petición,  Jim se dejó caer en el sofá,  cruzó las manos tras la nuca y sonrió:

—Delia —dijo—: dejemos por el momento nuestros regalos de Navidad y guardémoslos. Son demasiado buenos para manosearlos ahora... Vendí el reloj a fin de reunir el dinero necesario para comprar tus peinetas. Y bueno... ¿Qué te parece si pones la cena al fuego?

Como ustedes saben, los Reyes Magos eran unos señores sabios, formidablemente sabios,  que llevaron regalos al Niño en el pesebre y que inventaron,  por tanto,  el arte de hacer regalos en el más bello período festivo del año.  Como eran sabios, sus obsequios fueron sin duda los más sabios y quizá hasta gozaron del privilegio de poder ser cambiados caso de resultar repetidos.  Aquí les he contado torpemente la pacífica historia de dos criaturas atolondradas que vivían en un pisillo de mala muerte y que,  imprudentemente,  sacrificaron el uno por el otro los tesoros más grandes que poseían.  Pero,  para terminar,  digamos a los sabios de hoy que,  de cuantos se hacen regalos entre sí,  aquellos dos fueron los más sabios.  De todos los que dan y reciben regalos,  los sabios son los seres como ésos. Ellos son los Reyes Magos.”


un relat de O. Henry

04/01/2018

un poema de Rumi

Rumi, (1207- 1273), fou un poeta,  jurista,  teòleg i místic sufí.  El seu nom prové del seu origen en l'àrea coneguda com a Rūm (Anatòlia).  Avui en dia la seva obra encara té influencia en la literatura persa, urdú i turca, i ha estat traduïda a diferents idiomes.  Els seus seguidors fundaren l'orde sufí dels mevlevis després de la seva mort, coneguts per la seva meditació "semà", en la qual giren sobre si mateixos acompanyats per flautes i tambors.

Oh día, ¡despierta!
Los átomos bailan.
Todo el universo baila gracias a ellos.
Las almas bailan poseídas por el éxtasis.
Te susurraré al oído
adonde les arrastra esta danza.
Todos los átomos en el aire y en el desierto,
parecen poseídos.
Cada átomo, feliz o triste
está encantado por el sol.
No hay nada más que decir.
Nada más.


Rumi

03/01/2018

exposició Alfa


Exposición de esculturas de nuestra amiga Alfa en la Biblioteca de Cerdanyola del Vallès.