15/09/2021

fira del llibre d'ocasió antic i modern

 




70a Fira del Llibre d'Ocasió Antic i Modern


del 17 de setembre de

al 3 d’octubre de 2021

Passeig de Gràcia, Barcelona


Aquest any Biel Mesquida farà el pregó. Figura clau de la literatura LGTBI en català, Mesquida serà, a més, homenatjat amb una placa amb el seu nom i la seva signatura en el Monument del Llibre de Joan Brossa, que en el seu moment va ser promogut i finançat pel Gremi de Llibreters de Vell de Barcelona.

14/09/2021

doris lessing, obras 1

 

El cuaderno dorado

Doris Lessing


traducción: Helena Valenti

864 páginas

DeBolsillo, 2021




El cuaderno dorado



por Paloma Uría
en Página Abierta, 188-189,
enero-febrero de 2008)




"Doris Lessing (1919) es una de las personalidades literarias más representativas del convulso siglo XX, por su compromiso social y político, su independencia personal e ideológica, su capacidad de reflexión y espíritu crítico y por habernos legado todo ello de forma magistral en El cuaderno dorado (1962), uno de los exponentes de mayor interés de la creación literaria occidental del siglo pasado.

El cuaderno dorado se publicó en el Reino Unido en 1962, pero a España no llega traducido hasta 1978, en una edición de Noguer: la censura no habría permitido su publicación durante el franquismo. Se trata de una novela “de ideas”, que contiene, precisamente, la experiencia vital del medio siglo transcurrido.

Adopta una estructura compleja, una especie de enfoque caleidoscópico, con diversas perspectivas que conjuntamente proporcionan un significado unitario. Consta de una novela que lleva por título “Mujeres libres” y cuatro diarios: el cuaderno negro, el cuaderno rojo, el cuaderno amarillo y el cuaderno azul. Al final, se añade el cuaderno dorado.

“Mujeres libres”, título con una buena dosis de ironía, se puede leer como una narración convencional, y como tal, en palabras de la autora, demuestra la incapacidad de abarcar en ese tipo de novela la complejidad de la verdad y de la vida. Trata de la vida de dos amigas, Anna, escritora, y Molly, actriz, ambas divorciadas, con un hijo y una hija respectivamente. Las dos tratan de mantener su independencia emocional e ideológica y su vida autónoma, superando diversos episodios amorosos fracasados, enfrentándose con la crisis de sus ideales políticos y asumiendo la incomprensión de sus hijos, que, de un modo u otro, se rebelan contra la forma de vida inconformista y libre de sus madres. El final refleja, de alguna manera, el desencanto, el desánimo y el relativo fracaso de sus expectativas. Sus hijos se integran plenamente en el sistema: la niña rechazando la escuela pública para ingresar en un internado, como la mayoría de sus amigas, y el hijo de Molly convirtiéndose en un hombre de negocios “progresista” vinculado al partido laborista. Molly, por su parte, se casa y se va a vivir al campo, y Anna, después de romper con su último amante y de abandonar definitivamente el partido comunista, renuncia a escribir y busca trabajo como asistenta social en el ámbito, también, de un laborismo al que siempre ha despreciado.

Los cuadernos, que comprenden desde 1951 hasta 1957, son partes separadas del diario de Anna Wulf y recogen aparentemente la misma historia que la novela “Mujeres libres”, pero con un minucioso análisis de las emociones, sentimientos e ideas de Anna. La idea de dividir su diario en partes viene dada por el deseo de conseguir un cierto orden en el caos: separar experiencias para profundizar en ellas y ordenarlas, en la medida de lo posible. Así, el cuaderno negro está relacionado con Anna Wulf como escritora, el rojo trata de política, el amarillo inventa historias basadas en su experiencia y el azul intenta ser un diario de la vida cotidiana.

En el cuaderno negro, con el pretexto de hacer una sinopsis de la única novela publicada por Anna, se relata la experiencia africana. Un grupo de conspiradores blancos de filiación comunista conviven y conspiran en una pequeña ciudad sudafricana: la crítica al apartheid se combina con la futilidad del grupo, su alejamiento de la realidad africana, su incapacidad para conectar con los nativos, sus divisiones internas. Sus enemistades, amores y odios hacen de este relato la parte más atractiva, en mi opinión, del conjunto de la obra; es también menos introspectiva y compleja. Destaca la belleza de una prosa sencilla pero evocadora de los ambientes y paisajes africanos, con una intensa capacidad de sugerencia, casi siempre a partir de simples episodios concretos pero intensamente evocados. Es inevitable interpretar este cuaderno como una referencia autobiográfica de Doris Lessing y su vida en tierras africanas.

El cuaderno rojo es una reflexión sobre la experiencia militante en el Partido Comunista británico: es la historia de un progresivo desengaño: el centralismo y la burocracia, el lenguaje estereotipado, la fidelidad acrítica a las consignas emanadas de Moscú, las repercusiones de los acontecimientos de Hungría y de Praga, las esperanzas de cambio que siguen a la muerte de Stalin y el desencanto subsiguente... El terrible fracaso de unos ideales de justicia que impulsaron a toda una generación a confiar en una ideología que se demostró incapaz y que traicionó los mismos ideales que le habían dado vida. Es un relato demoledor y sin concesiones que, sin embargo, deja en pie la validez de las esperanzas que había suscitado.

En el cuaderno amarillo, Anna escribe historias basadas en su propia experiencia, historias de amor y desamor entre una mujer y un hombre que expresan el fracaso de las relaciones sentimentales entre los sexos. A la manera de las muñecas rusas, tenemos una novela dentro de una novela que a su vez es fruto de la experiencia de una persona real, la propia Doris Lessing, y en los tres planos leemos la misma historia.

El cuaderno azul es un diario de la vida cotidiana de Anna Wulf. Relata su amistad con Molly, los problemas del hijo de ésta, los avatares de su vida amorosa, sus visitas a la psicoanalista y el análisis de sus sueños, las relaciones con su hija Janet. Reflexiona sobre sus relaciones con el partido comunista, las dificultades creadoras y su actual esterilidad artística. Recoge también, en forma de noticia periodística, los principales acontecimientos mundiales: la guerra de Corea, la creación de la bomba de hidrógeno, el conflicto del canal de Suez, las purgas en los países comunistas, la represión en Checoslovaquia, las actuaciones del comité de Mcarthy, la ejecución de los Rosenberg, los conflictos raciales en Kenia: una visión angustiada y pesimista de la explotación, la crueldad y la injusticia.

Finalmente, el cuaderno dorado aparece como la superación de la fragmentación vital de Anna, como la expresión de una madurez arduamente alcanzada. Es el resultado de la última y traumática experiencia con su amante americano. Ambos están a punto de destruirse mutuamente, pero de este proceso de autodestrucción surge una mutua comprensión, una fusión de ambas personalidades, y se separan en armonía, en busca, cada uno, de un nuevo camino, y así, son capaces de escribir juntos el final del cuaderno dorado.

Son varios los temas que se abordan en la novela, aunque destacaría dos principales: el compromiso político, el comunismo o el intento fracasado de una ética universal, y las relaciones sentimentales y sexuales entre los hombres y las mujeres. De forma quizá secundaria, se trata la cuestión de la creación literaria, la validez de la novela, el realismo y la subjetividad, pero todo ello integrado en el tema que sirve de eje: la libertad y la autonomía de las mujeres.

Doris Lessing insiste en el peso fundamental que los ideales comunistas, ideales de justicia y de lucha contra la opresión, tuvieron en toda una generación de jóvenes británicos y también cómo estos ideales fueron traicionados por la evolución de la Unión Soviética y de los partidos comunistas, hasta el punto de que esa generación, de la que ella formaba parte, se vio sumida en el fracaso y en el desencanto, abandonando de una forma u otra su compromiso político. Sin embargo, y a pesar de ello, la protagonista de la novela reivindica la validez intrínseca del ideal primigenio de justicia que inspiró a sus coetáneos, y la necesidad de continuar, aunque sea de forma modesta e individual, en la lucha.

Las relaciones sentimentales y sexuales se presentan siempre como un conflicto sin solución: las mujeres libres y emancipadas encuentran dificultades para mantener su autonomía, pues acaban enamorándose de sus compañeros sexuales al integrar placer sexual y sentimientos y, por lo tanto, se sienten traicionadas ante el abandono; los hombres, por su parte, buscan en “las mujeres libres” variedad, aventura y, con frecuencia, un escape de la monotonía y los deberes de una relación conyugal. Hay una cierta conciencia del fracaso por parte de las mujeres al ligarse sentimentalmente a los hombres; y hay una visión negativa de la capacidad de éstos para experimentar sentimientos profundos y duraderos: sus protagonistas son hombres inteligentes, luchadores, pero egoístas e inmaduros en el campo de los sentimientos. Tanto unas como otros son personas incompletas y frustradas, como la vida misma, por otra parte.

¿Es, pues, El cuaderno dorado una novela feminista? No explícitamente: no existía aún, en 1962, un movimiento feminista del que pudiese ser portavoz. Por otra parte, la visión de la sexualidad de las mujeres que se refleja en la novela está muy lejos de la sexualidad feminista que se reivindicará años después.

Sin embargo, en la década siguiente de su publicación, el movimiento feminista británico se sintió representado en El cuaderno dorado. Y no es de extrañar, porque Anna Wulf y Molly se han convertido en símbolo de las mujeres que, contra viento y marea, preservan su independencia de criterio, su autonomía, su capacidad para la creación artística, para el compromiso social y político, para la comprensión de las debilidades humanas, para el diálogo, sin por ello renunciar a las relaciones maternales o amorosas. Fracasadas pero nunca vencidas, expresan su deseo de continuar, como dicen en la novela, empujando la roca a la cima de la montaña.

Los que no han estado precisamente a la altura de las circunstancias han sido los señores académicos suecos. ¿Se imaginan ustedes que se hubiese concedido el Premio Nobel a Thomas Mann, por poner un ejemplo, “por la sensibilidad con que ha expresado la experiencia masculina”? Señores académicos, no sean ustedes tan paternalistas y condescendientes. Doris Lessing ha expresado en su obra, de forma magistral, una experiencia universal, porque no sólo el hombre, sino también la mujer “es la medida de todas las cosas”."

13/09/2021

doris lessing, narradora

 




Doris Lessing, la vida dedicada a la narrativa

por José María Guelbenzu
El País
18/11/2013

“Mi primer encuentro como lector con Doris Lessing fue un libro editado por Carlos Barral (no podía ser de otra manera en aquella época: 1962, en la editorial Seix Barral) bajo el título La costumbre de amar. El libro era un conjunto de 17 relatos, el primero de los cuales, que daba título al libro, era un admirable estudio sobre un hombre tierno de vida galante a quien su juventud está abandonando sin piedad y al que la vida ha dejado apenas algo más que una costumbre de amar que ahora decide ejercitar con una mujer joven, una relación sobre la que se cierne inexorablemente el dictamen del tiempo. Todos los relatos estaban poseídos de una finura de análisis y una capacidad de recrear la vida común que destacaban por su capacidad de abordar las pequeñas miserias de la vida cotidiana; incluido el relato final, una dura visión de la Alemania de posguerra. En este libro está, a mi modo de ver, lo mejor del estilo característico de Doris Lessing, una escritura de la vida real sin tapujos y sin grandes adornos, directa al asunto, pero muy bien acompañada de un entorno cotidiano, aparentemente discreto, pero significativo, cargado de intención. La mirada de una persona que reconoce la vida como es, sin tapujos, pero acompañada de una cierta forma de compasión.

Doris Lessing, nacida en Irán, recriada en Rodesia y finalmente afincada en Londres, inició su carrera literaria con la novela Canta la hierba, la historia de un matrimonio de fracasados en una granja sudafricana en la que el apartheid es un telón de fondo. No es una gran novela, pero contiene elementos que serán constantes a lo largo de su obra: el fracaso y la injusticia. Doris Lessing será fiel a ellos y tras instalarse en Londres se unirá al grupo de escritores ingleses más vivificante de la época: los Angry young men. Poco a poco va creando esa clase de personajes de clase media sumidos en la mediocridad y en la frustración que dejan ver tanto su maldad circunstancial como su bondad y ternura que los empuja a una existencia mediocre, sórdida en muchos casos. Su mirada sobre el dolor de la gente es implacable y amorosa a la vez. Es una etapa que culmina con En busca de un inglés.

Su siguiente paso se llama El cuaderno dorado, un libro que la catapulta a la fama de manera extraordinaria. El libro es acogido con enorme entusiasmo y devoción entre las feministas y las mujeres en general y extiende su fama por el mundo entero. Es un libro militante, en verdad, pero también cargado de eficiencia literaria. Es un libro vigoroso que suscita reacciones encontradas, pero de cuya calidad no cabe dudar. Después, el éxito parece eclipsar el interés de sus títulos posteriores, entre los que destaca Un hombre y dos mujeres, una lucidísima visión de las relaciones personales.

Doris Lessing es una autora torrencial que nunca ha dejado de escribir desde su primer título publicado. Incluso antes de Canta la hierba tuvo problemas por sus escritos acerca de la discriminación, problemas que determinaron su abandono de África. Como buena escritora torrencial ha escrito libros “buenos y regulares”, pero lo que impresiona sobre todo es su dedicación a la literatura. Escribió una extraña tetralogía de algo que aproximadamente podríamos llamar ciencia ficción que fue severamente contestada por críticos de tan indudable prestigio como Harold Bloom o Reich-Rainicki. Lo que está fuera de toda duda es que la suya fue una vida dedicada al conocimiento y a la literatura con un fervor y un amor envidiables. Una vida noble y justa.”

12/09/2021

carta a doris lessing

 




por Karina Sainz Borgo *
El País
16/05/2021

“Naciste en la frontera que separaba un tiempo de otro. Llegaste al mundo en Kermanshah, antigua Persia, hoy Irán. Creciste en Rodesia, hija de un militar y una madre severa de la que aprendiste la lección más importante: desobedecer. A los 15 te fuiste de casa. Eras joven, insolente y brillante. Tu vida, como tu obra, se asentó en decisiones, no en arengas. Nunca aceptaste que te endosaran un feminismo con el que jamás estuviste de acuerdo. Lo considerabas una simplificación de la relación entre hombres y mujeres. Los derechos debían ser para todos, y así lo defendiste.

En nada se parece el tiempo de mi generación al tuyo. Por eso te escribo, porque debo a tus libros la única firmeza de un siglo al que llegué tarde y cuyo final presencié entre escombros, desde el muro de Berlín a las Torres Gemelas. Estoy a años luz de ti y sin embargo vuelvo a tus palabras una y otra vez. Busco en tu obra mi lugar en el mundo. Te nutriste de la rabia, el escepticismo y la insatisfacción. Nos legaste ideas sólidas y duraderas, que exigen en quien las profesa la convicción de elegir.

Si vivieras, habrías sumado 102 años, y no me cabe duda de que te pondrías el mundo por montera. Militante del Partido Comunista en los años cincuenta, criticaste al estalinismo mucho antes que un puñado de pensadores y escritores; consciente de que tu propia vocación era más fuerte que el rol que la naturaleza y la sociedad pretendieron imponerte, abandonaste a los dos hijos de tu primer matrimonio, pero a Peter, el tercero de tus vástagos, lo llevaste contigo a Inglaterra. Lo protegiste y cuidaste porque él no podía hacerlo por sí mismo.

No temiste ninguna rectificación, siempre que estuviera asociada a la razón y el quehacer intelectual. Rechazaste las palabras asociadas a mundos totales o totalizantes: imperio, ideología, racismo, persecución. Te opusiste a las armas nucleares y tus severas críticas a la situación sudafricana te costaron el veto de entrada. Diste vida a mujeres como Martha Quest, la Anna Wulf de El cuaderno dorado o la Alice Mellings de La buena terrorista: seres que se debaten entre asumir la libertad o someterse a las normas.

Fuiste valiente, Doris Lessing. Dejaste de creer en las ideologías cuando entendiste que tu generación había quedado rezagada ante sus propias utopías. Nunca cambiaste tus hábitos ni tu estilo espartano, ni siquiera cuando en 2007 te convertiste en la escritora más anciana en recibir el Nobel de Literatura. Si hasta dejaste plantada a la reina de Inglaterra cuando quiso entregarte el título de Dama del Imperio Británico. Así eras: libérrima como los que nacen en el filo de un tiempo que acaba y otro que comienza. Yo, como tú, provengo de la frontera que forman los mundos a punto de extinguirse. Como a ti, me interesan las periferias. De tu escritura aprendí el perpetuo combate entre lo personal y lo político, por eso, cuando dudo de mi tiempo pienso en el tuyo."


*La escritora y periodista Karina Sainz Borgo (Caracas, Venezuela, 1982) es autora de Caracas hip-hop (2007), Tráfico y Guaire (2007), El país y sus intelectuales (2007),  La hija de la española (2019) y  El tercer país (2021)

11/09/2021

doris lessing, conferencia

 


Conferencia de la escritora y académica Carme Riera impartida en la Fundación Juan March, Madrid, el 31 de enero de 2019.


10/09/2021

doris lessing, entrevista

 




Doris Lessing, la escritora combativa

por Rosa Montero
El País
18/11/2013 
Nota: la entrevista fue realizada por Rosa Montero en 1997, antes de que obtuviera el premio Nobel. Entonces tenía 78 años y se acababa de publicar  aquí la primera parte de su autobiografía.

“Mientras bajamos del taxi la vemos asomada a la ventana de su casita de ladrillos típicamente inglesa, con su moño blanco y su chaleco azul, una anciana tan guapa y tan pulcra como el hada madrina de un cuento para niños. Hay que subir por las escaleras, llenas de cajas de libros, hasta el primer piso, que es donde la escritora tiene el cuarto de estar y nos espera. Aunque en realidad ella sólo esperaba a una persona:

—No sabía que iba a venir un fotógrafo... —refunfuña.

Porque el hada madrina Doris Lessing tiene un genio de mil demonios, un carácter fortísimo que le ha hecho ser quien es y sobrevivir a través de penosas circunstancias. De esas circunstancias habla extensamente Lessing en su fascinante autobiografía, cuyo primer volumen, Dentro de mí, será publicado en España en estos días por la editorial Destino. Para apoyar el libro, precisamente, ha consentido que la entrevistaran, cosa que odia; de manera que ahora está aquí, enfrente de mí, para nada antipática, porque es primorosamente cortés y sonríe mucho; pero sí muy tensa, sin duda muy incómoda, deseosa de acabar con este trance. Cuando el fotógrafo la retrate después durante media hora, ella, la coquetísima Lessing (“si me quito el chaleco pareceré dos veces más gorda”), aguantará la sesión con mucha más calma y más paciencia; pero la palabra, que es su territorio, la pone nerviosa. Tal vez tema no explicarse bien, o, para ser exactos, tal vez tema la incomprensión del mundo, personificada en mí en estos momentos: durante la entrevista se muestra a la defensiva varias veces. Sea como fuere, la nuestra es una conversación difícil, tartamuda, a ratos íntima, a ratos remota; llena de evidentes y mutuos deseos de entendernos, pero lastrada por no sé qué distancia insalvable, por ese pequeño abismo transparente que a veces aísla de modo irresoluble a las personas.

MONTERO —En España es usted conocida sobre todo como la autora de El cuaderno dorado, que fue un hito para muchas personas de mi generación. Es su novela más famosa en todo el mundo, pero me pregunto si no estará usted un poco harta de que todos le hablen de ese libro, que fue publicado en 1962, y de ser conocida sobre todo como autora realista, cuando ha hecho usted muchas otras cosas, como, por ejemplo, una estupenda serie de ciencia-ficción compuesta por cinco novelas...

LESSING—Bueno, ya sabe usted lo que son los tópicos, la gente necesita poner etiquetas en las cosas. Por eso es por lo que siempre hablan de El cuaderno dorado, porque es más fácil decir: Doris Lessing es la autora de El cuaderno dorado, y ya está. Pero eso le sucede a todo el mundo.

M—¿Y no le desespera?

L—Me irrita un poco... Pero ahora que me estoy haciendo vieja soy más tolerante.

M—¿Fue por eso, para escapar de esos estereotipos, por lo que publicó aquellos dos libros con el nombre de Jane Sommers? [En 1984, Lessing escribió dos novelas con seudónimo; sus editores habituales se las rechazaron, y cuando consiguió publicarlas las críticas fueron regulares y vendió muy poco].

L—No, lo hice porque me pareció un experimento interesante. Además luego he descubierto que eso lo han hecho otros autores, sólo que no se ha hecho público. Simplemente pensé: voy a ver qué pasa. Los críticos dijeron que El diario de una buena vecina era una primera novela prometedora... Lo cual resulta curioso. Y también recibí cartas interesantísimas, como una que venía de una escritora de libros románticos muy, muy conocida, que me dijo que llevaba publicados, no sé, pongamos que 73 libros, y siempre era maravillosa y fantástica y fenomenal para todo el mundo, y vendía millones de ejemplares de cada uno; y entonces escribió una novela más, pongamos que la número 74, y puso un seudónimo y la mandó a sus mismos editores, y se la devolvieron diciendo que no se podía publicar, que no les gustaba mucho, y que le sugerían que estudiara las obras de Fulana, o sea, de ella misma. Y entonces ella volvió a enviar el manuscrito a sus editores, esta vez con su propio nombre, y le dijeron: oh, maravilloso, estupendo, querida, cómo lo consigues, siempre escribes tan bien...

M—Como usted misma dijo cuando el experimento Sommers, nada tiene tanto éxito como el éxito...

L—En efecto, es absolutamente así.

M—Usted parece tomárselo muy filosóficamente, pero a mí me resulta terrible. Se diría que es imposible lograr una apreciación mínimamente objetiva de las obras...

L—Bueno, esa apreciación lleva cierto tiempo. Cada libro tiene su propia vida. Por lo general, todos los libros tienen que luchar al principio contra la negatividad y la indiferencia. La mayoría de mis libros han tenido violentas reacciones negativas en contra, especialmente los de ciencia-ficción, pero los demás también.
Ahora estoy escribiendo una novela de aventuras, es la primera vez en mi vida que hago algo semejante, y estoy disfrutando muchísimo. Bueno, pues tengo interés en ver qué ocurre cuando salga este libro, porque es un campo completamente nuevo en mi literatura. Y seguro que los críticos volverán a decir lo mismo: pero por qué está haciendo esto, Doris, por qué está perdiendo el tiempo... Es una actitud totalmente predecible.

M—Me admira esa seguridad en sí misma que muestra: por ejemplo, a pesar del varapalo de los críticos a sus obras de ciencia-ficción, usted siguió escribiendo novela tras novela hasta terminar la pentalogía...

L—Porque me divertía haciéndolas. También me está divirtiendo mucho este libro de aventuras que ahora escribo, y si después a la gente no le gusta me dará igual, porque de todas formas habré disfrutado haciéndolo.

M—¿Nunca se quedó bloqueada, nunca pasó por una época de sequía creativa?

L—No, no. A veces he querido escribir un libro concreto y no he sabido cómo hacerlo, cómo resolverlo, y me he pasado 10 años hasta encontrar el modo. Pero mientras tanto hacía otros libros. Bueno, he estado algunas épocas sin escribir, pero por decisión propia. Una vez me pasé un año entero sin escribir, a propósito, para ver qué sucedía. Tuve muchos problemas. Creo que no me sienta bien no escribir: me pongo de muy mal humor. La escritura te da una especie de equilibrio.

Es orgullosa como el héroe de las viejas películas del Oeste, ella sola y siempre rebelde contra el mundo, contra los críticos j adocenados, contra las injusticias, contra la estupidez, contra los abusos. Al envejecer todos nos vamos solidificando en nuestra especificidad y nuestras rarezas, y esta digna anciana de pequeños e intensos ojos verdes parece hoy más indómita que nunca. Nació en Persia en 1919, pero a partir de los cinco años vivió en la antigua colonia británica de Rodesia, hoy Zimbabue, en una modesta granja en mitad de los montes, en donde creció obstinada y algo salvaje. A los 14 años se marchó de casa, a los 18 se casó; luego se divorció, abandonando a sus dos primeros hijos; se enfrentó al régimen racista de la colonia y se hizo del partido comunista, pero años después dejó la militancia y denunció lúcida y tempranamente el comunismo, lo cual le acarreó bastantes críticas.

Llenó su vida, en fin, de actos inconvenientes, y ni siquiera el hecho de llevar 20 años siendo nominada para el Nobel ha hecho de Doris Lessing una mujer convencional. La sala de su casa apenas si tiene muebles: hay unas cuantas alfombras persas muy raídas y varios cojines viejos por los suelos, como en el piso de un hippy o de un okupa. En una esquina, una gran mesa de madera está cubierta por entero de libros y papeles (un ejemplar en inglés de Fortunata y Jacinta, un diccionario de ruso abierto por la mitad, un álbum de pinturas); como no hay sillas a la vista, es de suponer que Doris lee de pie. El sofá en el que nos encontramos tiene las patas serradas, de manera que queda exageradamente bajo. No resulta el asiento más apropiado para una mujer que está cumpliendo ahora 78 años, pero a la luchadora Lessing parecen indignarle las trabas físicas de la edad, e insiste en sentarse en los suelos como si semejante gimnasia no le costara nada. Pero sí que le cuesta, por supuesto, aunque aún esté bastante ágil. Se apoya en la rodilla y gruñe: “Esto es la vejez, ¿se da cuenta? La vejez es esta dificultad para levantarse”.

M—Tengo entendido que ha escogido usted a Michael Holroyd para que sea su biógrafo oficial...

L—Leí la biografía que le hizo a Bernard Shaw, y era tan buena, tan llena de sensibilidad y entendimiento de la penosa infancia de Shaw, que pensé que, si me tenían que hacer alguna biografía, prefería que fuera él quien la hiciese.

M—¿Le preocupa la posteridad?

L—No. Pero es que han empezado a hacerse biografías sobre mí por ahí. En un momento determinado de mi vida yo puse en mi testamento que no quería que me hicieran biografías, pero luego me di cuenta de que eso no servía para nada, porque otros escritores también lo pusieron en sus testamentos y nadie ha respetados sus deseos. Y la cosa es que, si van a hacer libros sobre mí de todos modos, preferiría que al menos uno fuera de Holroyd.

M—Habla usted de la penosa infancia de Shaw... Usted dijo en una entrevista: “He sido una niña terriblemente dañada, terriblemente neurótica, con una sensibilidad y una capacidad de sufrimiento exageradas”. Y en el primer volumen de sus memorias escribe: “Estaba luchando por mi vida contra mi madre”. Desde luego no parece una niñez muy agradable.

L—Fue una infancia muy tensa, y creo que la mayoría de los escritores han tenido una infancia así, aunque esto no quiere decir necesariamente que tenga que ser muy desgraciada, sino que me refiero a ese tipo de niñez que te hace ser muy consciente, desde muy temprano, de lo que estás viviendo, que es lo que me sucedió a mí.

M—Su autobiografía está llena de mujeres frustradas, y la primera de ellas es su madre. Era un ambiente muy opresivo del que usted necesitaba huir.

L—Sí, mi primera sensación era: tengo que escapar de aquí. Ahora bien, cuanto más mayor me hago más entiendo a mi madre, no la condeno en absoluto. Ahora entiendo exactamente cómo era y por qué hacía las cosas que hacía. Entiendo su drama, y también entiendo que para ella fue una tragedia tener una hija como yo. Si hubiera tenido una hija distinta las cosas le hubieran ido mucho mejor.

M—¿Cuándo murió su madre?

L—Uhhh... A principios de los sesenta.

M—¿Y consiguió usted decirle que la entendía?

L—No. Desearía haber estado más cerca de ella. Y eso es una cosa terrible. Éramos personas tan diferentes, temperamentalmente hablando. Y eso fue una tragedia. Simplemente no podíamos comunicarnos la una con la otra. Y eso no fue culpa de nadie. Yo he tenido tres hijos, sabe, y sé que los hijos son una lotería.

M—En su autobiografía, de todas formas, su madre es un personaje maravilloso. Frustrada, autoritaria y depresiva en ocasiones, pero al mismo tiempo tan fuerte, tan valiente, matando serpientes a escopetazos y llevando adelante una existencia de lo más difícil.

L—Sí, era un personaje extremadamente fuerte y muy capaz. Odiaba su vida, y sin embargo se enfrentó a ella y la manejó muy bien y con gran valor.

M—Usted se recuerda, de niña, diciéndose mentalmente una y otra vez: “No seré como ella, no seré como ella”. Y sin embargo me parece que de algún modo es usted muy parecida a ella.

L—Sí, seguro que sí. Hay en mí una dureza y un rigor que seguro que vienen de mi madre. Y me alegro, porque ciertamente era una mujer muy resistente.

M—Y usted también lo es.

L—He tenido que serlo.

M—Ya sé que nunca llora.

L—Eso no es cierto.

M—En sus memorias, usted misma dice que por desgracia llora muy raramente.

L—Bueno, desearía llorar más. Sí, es una pena que no llore más. De hecho creo que eso es lo que subyace tras este tremendo fenómeno que se ha suscitado con la muerte de Diana. Leí en un periódico que el mundo entero estaba necesitado de una buena llantina, y que la gente aprovechó la excusa de la muerte de Diana para darse una panzada a llorar. Y sí, creo que eso es la verdad más absoluta, porque de otro modo ese lío absurdo que se montó no tendría ningún sentido.

MOscar Wilde dijo que la desgracia de los hombres era que nunca se parecían a sus padres, mientras que la desgracia de las mujeres era que siempre se parecían a sus madres...

L—Wilde dijo muchas cosas agudas, pero no necesariamente verdaderas. Otra es: todo hombre mata aquello que ama, y tú te dices: oh, sí, qué brillante. Pero luego te pones a pensarlo y te dices: pero si no es verdad.

M—Tiene usted razón, pero esa frase de Wilde sobre los padres me parece acertada. Claro que él se está refiriendo a aquellas madres tradicionales que no podían desarrollar una vida independiente. Ahora las cosas han cambiado, pero ha habido unas cuantas generaciones de mujeres que crecieron intentando huir, a menudo sin éxito, del destino de sus amargadas madres.

L—Sí. Yo siempre sentí pena por mi madre. Incluso desde que yo era muy pequeña pude percibir muy claramente lo desgraciada que era. La combinación de encontrarla intolerable, y sentir al mismo tiempo una desesperada compasión por ella, era lo que hacía la situación difícil de soportar. Ahora, en efecto, las cosas han mejorado muchísimo, porque ahora las mujeres trabajan, y el principal problema de muchas de aquellas mujeres era que hubieran querido trabajar y no podían. En realidad ya no veo mujeres como mi madre alrededor. Era terrible lo que pasaba antes. Toda mi generación tiene madres frustradas y amargadas. Y todas estuvimos intentando escaparnos de lo que ellas eran.

M—Sus memorias dejan la clara impresión de que usted se sentía muy distinta a todos cuando era pequeña, y esa diferencia, llevada hasta su extremo, es la locura. ¿Ha tenido usted alguna vez miedo a volverse loca?

L—Mire, esto es muy interesante. No creo haber temido la locura, porque, primero, eché mis miedos fuera a través de la literatura, es decir, escribí mi miedo a la locura. Y, en segundo lugar, creo que tengo muchos puntos de contacto con aquellas personas que están locas, pero creo que yo puedo... Es algo en sí mismo interesante, creo que puedo... no me gusta la palabra sublimar, pero, en fin, creo que puedo simplemente pasar mi locura a... tal vez a otra gente. Puedo rebotarla fuera de mí.

M—En un momento del libro cuenta usted que durante muchos años lloró con tan lacerante desconsuelo la muerte de los gatos que por fuerza tenía que pensar que estaba algo demente.

L—Es que hay algo loco en una persona que llora con absoluta y total desesperación durante 10 días por la muerte de un gato, cuando no se ha comportado así en la muerte de su propia madre. Es algo demencial, irracional. Es un desplazamiento del dolor.

Siempre buena anfitriona, Lessing nos pregunta media docena de veces si queremos tomar algo. No, no queremos nada, muchas gracias. Al final de la entrevista, entre el alivio de haber acabado y la inquietud de no haber sido lo suficientemente afectuosa, Lessing me regala dos de sus libros, e insiste en que tomemos un pedacito de dulce de jengibre. Salimos al jardín a hacer las fotos: el piso bajo y la cocina están atestados de libros y de trastos. Al parecer siempre fue bastante desordenada, y vivir solo suele multiplicar nuestra tendencia al caos. Hasta hace muy poco, Lessing vivió con Peter, su tercer hijo, que debe de andar por los 50: “Pero ahora él se ha cogido un apartamento por su cuenta”.

De modo que Doris se ha quedado en la casita de ladrillo acompañada por El Magnífico, un gato guapo y grande pero viejísimo, un animal de 17 años al que acaban de amputarle una pata porque tenía cáncer en el hombro. “Pobre”, suspira Doris: “El pobre está muy anciano y con sólo tres patas. Pero qué se le va a hacer, así es la vida”. La vida para Doris, me parece, es una negrura contra la que hay que luchar enarbolando palabras luminosas. O es como su jardín, tan crecido como una selva: “En primavera estuvo hermoso, pero ahora, ya lo ve”. Ahora está devorado por la maleza. Es la vida como un asedio, en fin, y afuera se agolpan la edad, la muerte, la decadencia y la melancolía. Pero ella resiste los ataques y sigue defendiendo la plaza día a día, valerosa Lessing, luchadora, tan bella con su moño bien atusado y sus ropas coquetas, tan poderosa aún con su lucidez y su prosa perfecta.

M—En sus memorias se refiere de pasada a una época en la que sufrió muchísimo...

L—Ah, sí, habla usted de la época de depresión... Fue un dolor tan enorme, tan poderoso... Creo que entiendo lo que es el dolor, ¿sabe? Suprimimos cosas de nuestra conciencia, reprimimos sentimientos y los llevamos enterrados en el fondo del corazón. Y de repente sucede algo como... No sé, como el asunto de Diana, por ejemplo, y la gente encuentra una razón para llorar. Porque en realidad están llorando por sí mismos.

M—¿Y qué le sucedió en aquella ocasión, para sufrir así?

L—No importa lo que sucedió, seguro que fueron razones de lo más irrelevantes. Lo importante es saber que sucede así, que un día de repente, inesperadamente, cae sobre ti toda esa pena y te inunda, y entonces te tienes que preguntar sobre qué habrás estado sentándote, qué te habrás estado silenciando a ti misma durante todos los años anteriores.

M—Si le pregunto sobre la razón de aquella caída, no es por mera curiosidad. Usted es una persona que vive, reflexiona sobre lo que vive, y escribe después sobre todo ello, y para mí, y para muchos otros de sus lectores, es una especie de exploradora de la existencia, una pionera que camina delante...

L—Esa es una imagen bonita.

M—Es el adelantado que nos va explicando a los demás lo que nos espera en la vida.

L—Me gusta mucho esa idea.

M—Y me gustaría saber qué es lo que hay ahí delante que puede resultar tan doloroso.

L—Tendría que pensar sobre ello. He conocido a personas que están deprimidas clínicamente hablando, y cuando yo experimenté aquellos momentos de intensa pena me pareció que sólo había un escalón de bajada entre mi pena y la depresión clínica, que era muy fácil bajar de la una a la otra. Y entonces tienes que preguntarte de dónde viene todo ese dolor. No sé, creo que la gente bloquea a menudo el recuerdo de sus infancias porque les resulta un recuerdo intolerable. Simplemente no quieren pensar en ello. Y a menudo está muy bien que no nos acordemos, porque de otro modo seríamos incapaces de vivir. De manera que paso mucho tiempo de mi vida mirando a los bebés y a los niños pequeños y pensando: qué estará sucediendo realmente por ahí abajo.

M—Por cierto que usted, al separarse de su primer marido, tuvo que abandonar a sus dos niños. Debió de ser algo muy doloroso.

 L—Fue una cosa terrible, pero tuve que hacerlo. No puedo decir que fuera una buena decisión, pero pudo haber salido mucho peor en todos los sentidos. Mis hijos fueron siempre extremadamente generosos, ni mi hijo ni mi hija me condenaron jamás y siempre me apoyaron. Mi hijo John murió, no sé si lo sabe. Murió hace algunos años de un ataque al corazón.

M—No lo sabía. Debía de ser muy joven.

L—Mucho. Cincuenta y pocos años. Bebía mucho, comía mucho, era una de esas personas que tenían que vivir al límite... Pero, en fin, el caso es que tuve que dejar a mis hijos, tuve que hacerlo, era cuestión de vida o muerte para mí. No hubiera podido seguir soportando aquella vida de blancos en Suráfrica. En fin, qué más da. Todo esto ya es agua pasada hace mucho, mucho tiempo...

M—Usted siempre ha hecho y dicho cosas poco convencionales. Es la antítesis de lo políticamente correcto. Y esto le ha granjeado muchas críticas: los de derechas la odian, la izquierda ortodoxa considera que es una traidora...

L—Así es.

M—Ese lugar suyo del rigor y la lucidez, ¿no es muy solitario?

L—Bueno, alguien dijo que uno de los grandes problemas de ser viejo era que no puedes decir en voz alta casi ninguna de las cosas que realmente piensas, porque siempre resultas ridículo o chocante o molesto.

M—Suena bastante triste.

L—Siempre puedes hablar con los contemporáneos.

M—¿Y cómo vive usted todo esto, cómo vive sus 78 años?

L—Lo que está usted preguntando es cómo llevo ser vieja, ¿no? Pues bien, ¿qué le vas a hacer? No hay más remedio que vivir la vejez. No puedes hacer nada contra ella.

M—Ya le he dicho antes que para mí usted es una especie de exploradora. Por favor, dígame que también a esa edad hay momentos en los que la vida resulta hermosa.

L—Yo nunca pensé que la vida fuera hermosa.

M—Pues entonces dígame por lo menos que todavía se conserva la curiosidad, y la excitación de conocer cosas nuevas, y el placer de escribir...

L—Sí, eso sí. Todo eso se mantiene aún intacto.”

09/09/2021

doris lessing, poema

 



FÁBULA

Cuando miro hacia atrás me parece recordar el canto.
Sin embargo, siempre fue silencioso en aquella larga y cálida habitación.

Impenetrables, esas paredes, que creíamos
oscurecidas por escudos antiguos. La luz
brillaba sobre la cabeza de una niña o jóvenes extremidades
estirándose al descuido. Y las voces débiles
se elevaban en el silencio y se perdían como el agua.

Sin embargo, pese a que era tranquila y cálida como una mano,
si uno de nosotros corría las cortinas
una lluvia continua soplaba afuera despreocupadamente.
A veces entraba el viento, moviendo las llamas,
y haciendo que las sombras en la pared se encogieran,
o un lobo aullaba afuera en la noche inmensa,
y sintiendo que nuestra carne se helaba nos amontonábamos.

Pero durante un tiempo el baile continuó—
Esto es lo que me parece ahora:
siluetas lentas moviéndose en calma a través
de charcos de luz como una red dorada sobre el piso.
Podría haber seguido, como un sueño, para siempre.

Pero entre un año y otro— ¿sopló un viento nuevo?
¿La lluvia pudrió las paredes al fin?
¿Los hocicos de los lobos llegaron empujando los rayos caídos?

Fue hace tanto tiempo.
Pero a veces recuerdo la habitación con cortinas
y escucho las lejanas voces juveniles cantar.

Doris Lessing
traducción: Silvia Camerotto