4 de juny 2015

la barcelona de terenci

“Gracias a mi propia literatura llegaron a pertenecerme los espacios donde la infancia consiguió parecerse a la existencia. Gracias a la novela recobré los fragmentos perdidos de la memoria para entregárselos a mis personajes, empujados a su vez por el tema primordial del constante reencuentro con el Tiempo. Así, concentré todos mis recuerdos personales en dos niños de mi generación continuamente enfrentados en actitudes que parecían distintas y que eran, sin embargo, una respuesta de mi dualidad. Bruno Quadreny y Jordi Llovet. Resulta paradójico que, al contar ahora mi propia historia, tenga que pedirles prestados a ellos los recuerdos que entonces les entregué.
Los espejos se multiplican y, en ellos, el tiempo va transcurriendo también sobre la ciudad. Porque era ella la gran protagonista de mi libro, porque era ella, la grande, soberbia hechicera, testigo de todo, celadora de nada. Mi recuerdo la había mitificado, transformándola en memoria poética. Había convertido sus vivencias en espacios secretos. Pero ahí sigue al cabo del tiempo, ahí muere y resucita alternativamente esa ciudad que convierte mi humor en sarcasmo, mi ternura en crueldad, mis vivencias en necrópolis y todos mis regresos en constante ceremonia del dolor.
Tiene murallas en mi recuerdo, porque es cierto que nací intramuros, como el niño Bruno Quadreny de mi novela. Y todo cuanto se parece a la vida se inició en una calle y una tienda que fueron también las suyas.
Esa calle se había llamado de Ponent, si bien después la llamaron Joaquín Costa. Se encuentra situada en el barrio del Raval y en otro tiempo corría paralela a la tercera muralla de Barcelona, esa que construyeron en el siglo XVIII para encerrar unos terrenos que luego tardarían dos siglos en repoblarse por culpa de monstruosas crisis que no vienen a mi caso ni a mi encuentro.
Si María Aurelia Capmany, en amorosa plática, concede al hecho de haber nacido intramuros un crédito muy elevado de ciudadanía, es cierto que lo completó atribuyéndome su mitificación literaria en los siguientes términos: «También aquí debemos desconfiar de este astuto neo-romántico, de este disfraz sentimental que adopta el escritor para dar coherencia al universo que reencuentra y recrea: una vida cotidiana, una continuidad nunca interrumpida que le hace volver una y otra vez a su también mitificada calle Ponent, que tampoco es esa calle que hoy soporta el ilustre nombre del cerrajero del sepulcro del Cid sino la calle que los barceloneses edificaron cerca de la Puerta de San Antonio, después de dos largos siglos de miseria. Una calle que abría la antigua muralla y que, de paso, se llenaba de gente que abría tienda, hereus de la Ma Mitjana, artesanos y menestrales de Ribera e incluso descendientes de los antiguos navegantes y los poetas que los convertían en Caballeros de canción de gesta…».[1]
Ésta es, en efecto, la calle que mi gente se obstinaba en llamar con su antiguo nombre, jamás con el que habían decretado los inútiles burócratas de la geografía urbana. Y era aquella reminiscencia una actitud natural, porque la gente que me vio nacer todavía conservaba los últimos fogonazos del auténtico fervor popular, y los nombres, las frases, el encanto de las palabras se mantenían con la certeza de las herencias que los padres transmiten a los hijos, a falta de otros tesoros.
Por esto pienso que esta calle Ponent tiene el nombre más hermoso del mundo. Y acaso para completar su hermosura se permitía conservar formas de vida más humanas, ancladas en una especie de organización gremial. Era mi calle y las adyacentes una pervivencia de interrelaciones ancestrales, un pequeño universo donde todo el mundo se conocía, tanto tiempo llevaban las familias radicadas allí. Por esto cada suceso se convertía en acontecimiento colectivo y como tal era celebrado y como tal era imposible esconderlo a los demás.
En medio de esas coordenadas, se desarrollaba un abigarrado mundo capaz de albergar infinidad de oficios —curtidores, carpinteros, lampistas, panaderos— y los alternaba con tal variedad de comercios que era como si mi calle fuese el centro de la compraventa del mundo.
Aprendí a descifrar todas las geografías que rodeaban mi calle siguiendo el tipo de discurso que nos hacían recitar los curas ante el mapa mundi:
—La calle Ponent limita al Norte con la Ronda, casi en la confluencia con la Plaza de la Universidad. Al Sur, con la calle del Carmen, debajo de la cual empieza el Barrio Chino. A Oriente, con los edificios góticos de la Caridad y, más allá las Ramblas, con el mar al fondo aunque siempre impedido de mostrarse.
Y por el Oeste siguen unas callejas más estrechas que desembocan en la plaza del Peso de la Paja.
Ya es la Ronda. Al otro lado, se abren las calles del Ensanche, espaciosas, holgadas, desconocidas.
Así, toda mi infancia limita por una parte con putas y macarras, por la otra con el seny de la burguesía y finalmente con los restos de una antigüedad que otorga a mi barcelonismo toda su fuerza.
En aquella antigüedad severa, arrinconada, altiva y triste me reconozco plenamente.”

Terenci Moix
“El cine de los sábados”
Memorias:”El peso de la paja, 1”


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