06/12/2014

estudio en escarlata



Publicada el 1887. És la primera de les quatre novel·les de Conan Doyle protagonitzada pel detectiu Sherlock Holmes, en la qual el personatge és presentat per primera vegada. El seu company, el doctor John Watson, narra la història.


1.  Mr. Sherlock Holmes
“En el año 1878 obtuve el título de doctor en medicina por la Universidad de Londres, asistiendo después en Netley a los cursos que son de rigor antes de ingresar como médico en el ejército. Concluidos allí mis estudios, fui puntualmente destinado al regimiento de Fusileros de Northumberland en calidad de médico ayudante. (…)
Durante meses no se dio un ardite por mi vida, y una vez vuelto al conocimiento de las cosas, e iniciada la convalecencia, me sentí tan extenuado, y con tan pocas fuerzas, que el consejo médico determinó sin más mi inmediato retorno a Inglaterra. Despachado en el transporte militar Orantes, al mes de travesía toqué tierra en Portsmouth, con la salud malparada para siempre y nueve meses de plazo, sufragados por un gobierno paternal, para probar a remediarla.
No tenía en Inglaterra parientes ni amigos, y era, por tanto, libre como una alondra ––es decir, todo lo libre que cabe ser con un ingreso diario de once chelines y medio––.
Hallándome en semejante coyuntura gravité naturalmente hacia Londres, sumidero enorme donde van a dar de manera fatal cuantos desocupados y haraganes contiene el imperio. Permanecí durante algún tiempo en un hotel del Strand, viviendo antes mal que bien, sin ningún proyecto a la vista, y gastando lo poco que tenía, con mayor liberalidad, desde luego, de la que mi posición recomendaba. Tan alarmante se hizo el estado de mis finanzas que pronto caí en la cuenta de que no me quedaban otras alternativas que decir adiós a la metrópoli y emboscarme en el campo, o imprimir un radical cambio a mi modo de vida. Elegido el segundo camino, principié por hacerme a la idea de dejar el hotel, y sentar mis reales en un lugar menos caro y pretencioso.
No había pasado un día desde semejante decisión, cuando, hallándome en el Criterion Bar, alguien me puso la mano en el hombro, mano que al dar media vuelta reconocí como perteneciente al joven Stamford, el antiguo practicante a mis órdenes en el Barts. La vista de una cara amiga en la jungla londinense resulta en verdad de gran consuelo al hombre solitario. En los viejos tiempos no habíamos sido Stamford y yo lo que se dice uña y carne, pero ahora lo acogí con entusiasmo, y él, por su parte, pareció contento de verme. (…)
-        ¿Y qué proyectos tiene?
-        Busco alojamiento ––repuse––. Quiero ver si me las arreglo para vivir a un precio razonable.
-        Cosa extraña ––comentó mi compañero––, es usted la segunda persona que ha empleado esas palabras en el día de hoy.
-        ¿Y quién fue la primera? ––pregunté.
-        Un tipo que está trabajando en el laboratorio de química, en el hospital. Andaba quejándose esta mañana de no tener a nadie con quien compartir ciertas habitaciones que ha encontrado, bonitas a lo que parece, si bien de precio demasiado abultado para su bolsillo.
-        ¡Demonio! ––exclamé––, si realmente está dispuesto a dividir el gasto y las habitaciones, soy el hombre que necesita. Prefiero tener un compañero antes que vivir solo.

El joven Stamford, el vaso en la mano, me miró de forma un tanto extraña.

-        No conoce todavía a Sherlock Holmes ––dijo––, podría llegar a la conclusión de que no es exactamente el tipo de persona que a uno le gustaría tener siempre por vecino.
-        ¿Sí? ¿Qué habla en contra suya?
-        Oh, en ningún momento he sostenido que haya nada contra él. Se trata de un hombre de ideas un tanto peculiares..., un entusiasta de algunas ramas de la ciencia. Hasta donde se me alcanza, no es mala persona.
-        Naturalmente sigue la carrera médica ––inquirí.
-        No... Nada sé de sus proyectos. Creo que anda versado en anatomía, y es un químico de primera clase; pero según mis informes, no ha asistido sistemáticamente a ningún curso de medicina. Persigue en el estudio rutas extremadamente dispares y excéntricas, si bien ha hecho acopio de una cantidad tal y tan desusada de conocimientos, que quedarían atónitos no pocos de sus profesores.
-        ¿Le ha preguntado alguna vez qué se trae entre manos?
-        No; no es hombre que se deje llevar fácilmente a confidencias, aunque puede resultar comunicativo cuando está en vena.
-        Me gustaría conocerle ––dije––. Si he de partir la vivienda con alguien, prefiero que sea persona tranquila y consagrada al estudio. No me siento aún lo bastante fuerte para sufrir mucho alboroto o una excesiva agitación. Afganistán me ha dispensado ambas cosas en grado suficiente para lo que me resta de vida. ¿Cómo podría entrar en contacto con este amigo de usted?
-        Ha de hallarse con seguridad en el laboratorio ––repuso mi compañero––. O se ausenta de él durante semanas, o entra por la mañana para no dejarlo hasta la noche. Si usted quiere, podemos llegarnos allí después del almuerzo.
-        Desde luego ––contesté, y la conversación tiró por otros derroteros.

Una vez fuera de Holborn y rumbo ya al laboratorio, Stamford añadió algunos detalles sobre el caballero que llevaba trazas de convertirse en mi futuro coinquilino.


-        Sepa exculparme si no llega a un acuerdo con él ––dijo––, nuestro trato se reduce a unos cuantos y ocasionales encuentros en el laboratorio. Ha sido usted quien ha propuesto este arreglo, de modo que quedo exento de toda responsabilidad.
-        Si no congeniamos bastará que cada cual siga su camino ––repuse––. Me da la sensación, Stamford –– añadí mirando fijamente a mi compañero––, de que tiene usted razones para querer lavarse las manos en este negocio. ¿Tan formidable es la destemplanza de nuestro hombre? Hable sin reparos.
-        No es cosa sencilla expresar lo inexpresable ––repuso riendo––. Holmes posee un carácter demasiado científico para mi gusto..., un carácter que raya en la frigidez. Me lo figuro ofreciendo a un amigo un pellizco del último alcaloide vegetal, no con malicia, entiéndame, sino por la pura curiosidad de investigar a la menuda sus efectos. Y si he de hacerle justicia, añadiré que en mi opinión lo engulliría él mismo con igual tranquilidad. Se diría que habita en su persona la pasión por el conocimiento detallado y preciso.
-        Encomiable actitud.
-        Y a veces extremosa... Cuando le induce a aporrear con un bastón los cadáveres, en la sala de disección, se pregunta uno si no está revistiendo acaso una forma en exceso peculiar.
-        ¡Aporrear los cadáveres!
-        Sí, a fin de ver hasta qué punto pueden producirse magulladuras en un cuerpo muerto. Lo he contemplado con mis propios ojos.
-        ¿Y dice usted que no estudia medicina?
-        No. Sabe Dios cuál será el objeto de tales investigaciones... Pero ya hemos llegado, y podrá usted formar una opinión sobre el personaje. (…)
-        Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo! ––gritó a mi acompañante mientras corría hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano––. He hallado un reactivo que precipita con la hemoglobina y solamente con ella.

El descubrimiento de una mina de oro no habría encendido placer más intenso en aquel rostro.

-        Doctor Watson, el señor Sherlock Holmes ––anunció Stamford a modo de presentación."


Estudio en escarlata (1887)
Primera parte
(Reimpresión de las memorias de John H. Watson,
doctor en medicina y oficial retirado del Cuerpo de Sanidad)
Arthur Conan Doyle
(fragment)

05/12/2014

billie holiday a Cerdanyola




El proper dissabte 27 de desembre, a les 18.00 hores i en el teatre Ateneu de Cerdanyola del Vallès, la Companyia d’aquí i de allà, presenta l’espectacle “Oh, la la! (concert en blanc i negre). “Oh,la la....” es un concert-espectacle en homenatge a la cantant de jazz Billie Holiday en el centenari del seu naixement (7 d’abril de 1915).

Crèdits:

Cia. d’aquí i d’allà
Direcció: Carlos Soler
Interprets: Maria Morral, Ester Sánchez i el trio Angue Jazz, format per Rocio Angue Eson, veu, Ignasi Morral, saxo i Ernesto Olivera, piano.
Animació i projeccions: Ramon Gutierrez i Natàlia Sánchez (Taller Escola d’Art)
Organitza: Bambalina


el halcón maltés

“Spade tomó el encendedor de piel de cerdo y níquel que se había caído al suelo, lo hizo funcionar y se puso en pie, con el cigarrillo en una esquina de la boca. Se quitó el pijama. La suave gordura de brazos, piernas y torso, la caída de los hombros poderosos y redondeados, daban a su cuerpo el aspecto de un oso. De un oso afeitado: no crecía vello en el pecho. Tenía la piel suave y rosada de un niño chico.
Se rascó la nuca y comenzó a vestirse. Se puso una combinación de camiseta y calzoncillos, calcetines grises, ligas negras y zapatos color de cuero oscuro. Así que se hubo atado los zapatos, tomó el teléfono, llamó al 4500 de Graystone y pidió un taxi. Se puso luego una camisa blanca con rayas verdes, un blanco cuello blando, una corbata verde, el traje gris que había llevado durante el día, un amplio abrigo de tela esponjosa y un sombrero color gris oscuro. En el momento en que se metía en el bolsillo el tabaco, las llaves y el dinero, sonó el timbre de la puerta.
En el lugar donde Bush Street sirve de techumbre a la Stockton, antes de bajar hacia el Barrio Chino, Spade pagó y despidió el taxi. La niebla nocturna de San Francisco, sutil, pegajosa y penetrante, esfuminaba la calle. A unas yardas de distancia de donde Spade había despedido el taxi, un pequeño grupo de hombres miraba hacia un callejón. Dos mujeres y un hombre estaban parados en la otra acera de Bush Street, mirando también hacia el callejón. Se veían caras en las ventanas.

Spade cruzó la acera sorteando las entradas enrejadas que se abrían sobre escaleras ruines y desnudas, llegó hasta el pretil y, apoyando las manos sobre el húmedo caballete, miró hacia abajo, a la Stockton Street.
Del túnel que tenía a sus pies surgió repentinamente un automóvil, cual ráfaga de estruendos, como si le hubieran disparado, y se alejó veloz. Cerca de la boca del túnel había un hombre hecho un burujo sobre los talones, ante un cartel que anunciaba una película y una marca de gasolina, en el hueco que quedaba entre las casas de dos pisos. El hombre estaba doblado casi hasta el suelo para poder mirar por debajo de la cartelera. Una mano abierta puesta sobre la acera y otra que se agarraba al bastidor verde del anuncio le mantenían en tan grotesca postura forzada, en un extremo del cartel, ojeando por la angostura de pocas pulgadas que quedaba entre el anuncio y el edificio contiguo. La casa del otro lado tenía un muro lateral, gris y sin ventanas que daba al solar de detrás del anuncio. Unas luces parpadeaban en la acera, y unas sombras humanas se movían entre ellas. Spade dejó el pretil y echo a andar Bush Street arriba, hacia el callejón en donde estaba el grupo. Un policía uniformado, que mascaba goma debajo de una placa esmaltada en la que se leía Burritt Street en letras blancas sobre un fondo azul oscuro, extendió el brazo y preguntó:
            -¿Qué busca usted aquí?
            -Soy Sam Spade. Tom Polhaus me ha llamado por teléfono.
            -¡Claro que es usted Spade! -dijo el guardia bajando el brazo-. Así, de golpe, no le reconocí. Bueno, pues allí los tiene usted -añadió señalando con rápido ademán con el pulgar-. Mal asunto.
            -Sí que es malo -dijo Spade al mismo tiempo que echaba a andar por el callejón.


            A medio camino, no lejos de la boca del callejón, estaba parada una ambulancia de color oscuro. Al otro lado de la ambulancia, a la izquierda, el callejón acababa en una valla, formada por listones horizontales sin cepillar, que llegaba hasta la cintura. El callejón descendía en fuerte pendiente desde la valla hasta el cartel de anuncio de la Stockton Street.
El larguero superior de la valla estaba arrancado de uno de los postes y colgaba del que había en el extremo opuesto. Como a cinco yardas de la cima de la pendiente se veía una piedra achatada que sobresalía. En el recoveco que formaba con el piso al salir estaba Miles Archet, caído, de espaldas. Dos hombres se hallaban de pie junto a él. Uno de ellos dejaba caer sobre el muerto el chorrito luminoso de una linterna eléctrica. Otros hombres provistos de luces subían y bajaban la cuesta.
Uno de los hombres le saludó con un “Hola, Sam” y trepó hasta el callejón precedido por su sombra, que corrió delante de él cuesta arriba. Era un tipo barrigudo, alto, de ojillos sagaces, boca de labios gruesos y mejillas en las que azuleaba la barba afeitada con descuido. Tenía manchada de barro oscuro los zapatos, las rodillas, el mentón y las manos.
            -Imaginé que querrías verlo antes que nos lo llevásemos -dijo al salvar la valla rota.
            -Gracias, Tom -dijo Spade-. ¿Qué ha ocurrido?



Apoyó un codo en el poste de la valla y miró hacia los hombres de abajo, devolviendo el saludo a los que le saludaban con la cabeza.

Tom Polhaus se punzó con un sucio dedo la tetilla izquierda y dijo:

            -Le acertaron en el mismo corazón… con esto -y sacó del bolsillo del gabán un revólver chato y se lo alargó a Spade. Tenía barro embutido en todos los entrantes de la superficie-.Un Webley. Es inglés, ¿no?
            Spade quitó el codo del poste y se inclinó para examinar el arma, pero no la tocó:
            -Sí; un revólver Webley-Fosbery, automático. Eso es. Calibre 38, ocho tiros. Ya no los fabrican. ¿Cuántas balas le faltan?
            Tom volvió a pincharse el pecho con el dedo y añadió:
            -Una.
            -Debía de estar muerto cuando rompió la valla. ¿Has visto esto antes? -preguntó alzando el revólver.

            Spade afirmó con la cabeza y dijo sin mostrar interés:
            -He visto revólveres Webley-Fosbery.
            Y luego dijo, hablando rápidamente:
            -Le mataron aquí ¿eh? Estaba de espaldas a la valla, en donde estás tú ahora. El que le disparó estaba aquí -pasó por delante de Tom, dando la vuelta, y alzó una mano a la altura del pecho con el brazo extendido y el dedo índice apuntando-: hace fuego contra él y Miles cae contra la valla, se lleva la parte superior al caer a través de ella y rueda por la cuesta hasta que esa piedra lo detiene. ¿Fue así?
            -Así fue -Tom respondió muy despacio, juntando las cejas-: el fogonazo le chamuscó el abrigo.
            -¿Quién lo encontró?
            -El guardia de ronda, Shilling. Bajaba por Bush Street y en el momento en que llegó a este lugar un automóvil viró y arrojó hasta aquí la luz de los faros. Shilling vio rota la valla, subió para investigar y le encontró.
            -¿Y el coche que dio la vuelta?
            -No sabemos nada de él, Sam. Shilling no le prestó atención, pues no sabía que hubiese ocurrido algo. Dice que por aquí no pudo salir nadie mientras él bajaba de Powell, pues le hubiera visto. La otra salida es por debajo del anuncio de Stockton. Nadie pasó por allí. La niebla ha embarrado el piso y las únicas señales que hay son las hechas por Miles al caer y por el revólver al rodar.
            -¿Nadie oyó el tiro?
            -¡Por el amor de Dios, Sam! ¡Acabamos de llegar! Alguien tiene que haber oído el disparo. Ya lo encontraremos.
            Dio media vuelta y pasó una pierna por encima de la valla:
            -¿Bajas para verlo antes de que se lo lleven?
            -No -dijo Spade.
            -Tom, a caballo sobre la valla, se detuvo y miró a Spade con ojuelos de extrañeza.
            -Ya lo has visto tú -dijo Spade-. Todo lo que yo pudiera descubrir ya lo habrás visto.
            Sin dejar de mirar a Spade, Tom asintió con expresión de duda y pasó de nuevo la pierna por encima de la valla, en dirección contraria.
            -Miles llevaba su revólver en la pistolera de la cadera -dijo-. No ha sido disparado. Tenía abrochado el abrigo. Llevaba encima ciento sesenta y tanto dólares. ¿Estaba trabajando en algo?
            Spade vaciló un momento y asintió.
            -¿Bien? -preguntó Tom.
            -Estaba siguiendo a un sujeto llamado Floyd Thursby -dijo Spade; y describió a Thursby tal y como miss Wonderly se lo había descrito a él.
            -¿Por qué
            Spade metió las manos en los bolsillos del abrigo y miró a Tom, guiñando los ojos soñolientos.         
            -¿Por qué? -repitió Tom impacientemente.
            -Es un inglés, quizá. No sé exactamente qué se trae entre manos. Estábamos tratando de averiguar en dónde vive.
            Spade sonrió ligeramente y sacó una mano del bolsillo para dar una palmada sobre el hombro de Tom:
            -No me apures -dijo, y volvió a meter la mano en el bolsillo-. Voy a darle la noticia a la mujer de Miles.
            Se dio la vuelta. Tom, con gesto de mal humor, abrió la boca, la cerró sin hablar, carraspeó, borró de la cara el malhumorado gesto y dijo con una especie de ronca dulzura:
            -Es triste que lo mataran así. Miles tenía defectos, como todos los tenemos, pero seguro que también tendría cualidades.
            -Seguro que sí -asintió Spade en un tono de voz que no quería decir absolutamente nada, y salió del callejón.

            Spade utilizó un teléfono de un drugstore que permanecía abierto toda la noche en la esquina de las calles Bush y Taylor.
            -Preciosa -dijo un poco después de lograr la comunicación-, a Miles le han pegado un tiro… Sí, sí, está muerto… Bueno, no te excites… Sí… Tendrás que darle a Iva la noticia… No, no; antes me aspan. Lo tienes que hacer tú… Buena chica… Y no la dejes que vaya por la oficina… Dile que la veré, en cualquier momento… Sí, pero no me comprometas a nada… Eso es. Eres un ángel. Adiós.
            El despertador barato marcaba las tres y cuarenta cuando Spade volvió a encender el globo suspendido del techo. Dejó caer el abrigo y el sombrero, fue a la cocina y regresó a la alcoba con un vaso y una botella grande de Bacardí. Se sirvió una copa y se la bebió de pie. Dejó la botella y el vaso sobre la mesa, se sentó en la cama mirando hacia ellos y lió un cigarro.
            Se había bebido ya el tercer vaso de Bacardí y estaba encendiendo el quinto cigarrillo cuando sonó el timbre de la puerta. Las manecillas del despertador marcaban las cuatro y treinta minutos.
            Spade suspiró, se levantó de la cama y fue hasta la puerta del cuarto de baño. Apretó el botón que, en la tabla del teléfono interior, abría desde arriba la puerta de la calle.
            -¡Maldita sea esa…! -masculló, mirando airadamente a la tablilla negra del teléfono, respirando entrecortadamente mientras su rostro se sonrojaba apagadamente.
            Se oyó en el pasillo el rechinar y golpeteo de la puerta del ascensor al abrirse y cerrarse. Spade suspiró de nuevo y se dirigió hacia la puerta. Oyó pasos recios y apagados sobre la alfombra exterior, los pasos de dos hombres. Se le alegró el talante. Sus ojos ya no expresaban contrariedad alguna. Abrió la puerta rápidamente.
            -Hola Tom -le dijo al detective alto y barrigudo con quien había estado hablando en la Burritt Street-. Hola teniente -le dijo al hombre que acompañaba a Tom-. Pasad.”
El Halcón Maltés
Dashiell Hammett
(fragment)


04/12/2014

el simple arte de matar

“...esta rama literaria escribe sobre un mundo en el que los pistoleros pueden gobernar naciones y casi gobernar ciudades, en el que los hoteles, casas de apartamentos y célebres restaurantes son propiedad de hombres que hicieron su dinero regentando burdeles; en el que un astro cinematográfico puede ser el jefe de una pandilla, y en el que ese hombre simpático que vive dos puertas más allá, en el mismo piso, es el jefe de una banda de controladores de apuestas; un mundo en el que un juez con una bodega repleta de bebidas de contrabando puede enviar a la cárcel a un hombre por tener una botella de un litro en el bolsillo; en que el alto cargo municipal puede haber tolerado el asesinato como instrumento para ganar dinero, en el que ninguno puede caminar tranquilo por una calle oscura, porque la ley y el orden son cosas sobre las cuales hablamos, pero que nos abstenemos de practicar; un mundo en el que uno puede presenciar un atraco a plena luz del día, y ver quién lo comete, pero retroceder rápidamente a un segundo plano, entre la gente, en lugar de decírselo a nadie, porque los atracadores pueden tener amigos de pistolas largas, o a la policía no gustarle las declaraciones de uno, y de cualquier manera el picapleitos de la defensa podrá insultarle y zarandearle a uno ante el tribunal, en público, frente a un jurado de retrasados mentales, sin que un juez político haga algo más que un ademán superficial para impedirlo.

No es un mundo muy fragante, pero es el mundo en el que vivimos, y ciertos escritores de mente recia y frío espíritu de desapego pueden dibujar en él tramas interesantes y hasta divertidas. No es gracioso que le asesinen por tan poca cosa, y que su muerte sea la moneda de lo que llamamos civilización. Y todo esto sigue sin ser suficiente.

En todo lo que se puede llamar arte hay algo de redentor. Puede que sea tragedia pura, si se trata de una tragedia elevada, y puede que sea piedad e ironía, y puede ser la ronca carcajada de un hombre fuerte. Pero por estas calles bajas tiene que caminar el hombre que no es bajo él mismo, que no está comprometido ni asustado. El detective de esa clase de relatos tiene que ser un hombre así. Es el protagonista, lo es todo. Debe ser un hombre completo y un hombre común, y al mismo tiempo un hombre extraordinario. Debe ser, para usar una frase más bien trajinada, un hombre de honor por instinto, por inevitabilidad, sin pensarlo, y por cierto que sin decirlo. Debe ser el mejor hombre de este mundo, y un hombre lo bastante bueno para cualquier mundo. Su vida privada no me importa mucho; creo que podría seducir a una duquesa, y estoy muy seguro de que no tocaría a una virgen. Si es un hombre de honor en una cosa, lo es en todas las cosas.

Es un hombre relativamente pobre, pues de lo contrario no sería detective. Es un hombre común, pues de lo contrario no viviría entre gente común. Tiene un cierto conocimiento del carácter ajeno, o no conocería su trabajo. No acepta con deshonestidad el dinero de nadie ni la insolencia de nadie sin la correspondiente y desapasionada venganza. Es un hombre solitario, y su orgullo consiste en que uno le trate como a un hombre orgulloso o tenga que lamentar haberle conocido. Habla como habla el hombre de su época, es decir, con tosco ingenio, con un vivaz sentimiento de lo grotesco, con repugnancia por los fingimientos y con desprecio por la mezquindad. El relato es la aventura de este hombre en busca de una verdad oculta, y no sería una aventura si no le ocurriera a un hombre adecuado para las aventuras. Tiene una amplitud de conciencia que le asombra a uno, pero que le pertenece por derecho propio, porque pertenece al mundo en que vive. Si hubiera bastantes hombres como él, creo que el mundo sería un lugar muy seguro en el que vivir, y sin embargo no demasiado aburrido como para que no valiera la pena habitar en él.”

El simple arte de matar (1950)
Raymond Chandler

03/12/2014

novel•la negra en català


Us presentem dues editorials dedicades al gènere en català:

Crims.cat és el títol d'una col·lecció de l'editorial Alrevés i també una pàgina web dedicada a la novel·la negra en català Crims.cat i és una nova col·lecció de novel·la criminal en llengua catalana, amb voluntat d’englobar tot tipus d’etiquetes i subgèneres: negre, policíac, espionatge, detectivesc, enigma...
volem omplir un gran buit dins del mercat editorial en llengua catalana. Ara que ja és extensament reconegut l’èxit d’aquestes històries dins i fora de les nostres fronteres, calia unir esforços en la nostra llengua per intentar evitar la dispersió editorial que viuen tots els autors que cultiven allò que Raymond Chandler va anomenar «el simple art de matar». “



Llibres del Delicte és una editorial independent, que neix a Barcelona amb la voluntat de mantenir un compromís amb la literatura en català i, en concret, amb la bona novel·la negra que s’escriu al país.
La nostra missió és editar llibres del gènere negre escrits per autors catalans i recuperar la tradició d’excel·lents autors i col·leccions d’obres que des de sempre ha situat la novel·la negra com un dels gèneres tradicionals de la literatura catalana.
Ens adrecem al lector que vol llegir bones històries negres en català, ja siguin criminals, policíaques o qualsevol altre subgènere, però sempre amb un toc proper i temes que reflecteixen la societat catalana.”





02/12/2014

ponte di Rialto

ponte di Rialto
“Brunetti decidió ir a casa andando, para disfrutar de las estrellas y de las calles solitarias. Se paró delante del hotel, calculando distancias. El plano de la ciudad que cada veneciano tiene impreso en la mente le indicaba que el camino más corto era por el puente de Rialto. Cortando por campo San Fantin y un laberinto de callejuelas, saldría al puente. No se cruzó con nadie y tenía la extraña sensación de encontrarse solo en la ciudad dormida. En San Luca, pasó por delante de la farmacia, uno de los pocos lugares que estaban abiertos toda la noche, además de la estación, donde dormían los sin hogar y los locos.



Ya estaba al borde del agua, con el puente a la derecha. Qué típicamente veneciano: visto desde lejos, parecía altivo e ingrávido, pero al acercarte lo veías firmemente asentado en el barro de la ciudad.

Al otro lado del puente, cruzó el mercado, ahora desierto. Generalmente, pasar por aquí era un calvario, porque tenías que abrirte paso a empujones y codazos. La calle estaba abarrotada de rebaños de turistas que se apretujaban entre los puestos de verduras a un lado y las tiendas de souvenirs de la peor especie al otro; pero ahora tenía toda la calle para sí y podía caminar a su aire. Delante de él, en el centro de la calzada, una pareja se abrazaba pegándose por las caderas, ciegos a la belleza que los envolvía, pero, quizá, inspirados por ella.
A la altura del reloj, dobló hacia la izquierda, contento de estar casi en casa. Al cabo de cinco minutos, llegaba a Biancat, la floristería, su tienda favorita, cuyos escaparates ofrecían todos los días a la ciudad una explosión de belleza. Esta noche, a través del húmedo cristal, resplandecían rosas amarillas en grandes cubos y, detrás, se adivinaba una nube de pálido jazmín. Pasó deprisa por delante del segundo escaparate, lleno de misteriosas orquídeas, una flor que siempre le había parecido un poco caníbal.”


Muerte en la Fenice

Donna Leon

01/12/2014

com'è triste Venezia



“...a esta hora de la noche en la que el resto de la ciudad estaba oscura y dormida. Venecia, que fuera la capital de la disipación de todo un continente, se había convertido en una ciudad provinciana y dormilona que, después de las nueve o las diez de la noche, prácticamente dejaba de existir. Durante el verano, mientras los turistas pagaban y el sol brillaba, desempolvaba sus fastos de cortesana, pero en el invierno era una vieja cansada, amiga de acostarse temprano, y dejaba sus calles silenciosas a los gatos y a los recuerdos.
Pero, para Brunetti, éstas eran las horas en las que más bella estaba la ciudad, las horas en las que él, veneciano hasta la médula, podía vislumbrar vestigios de la gloria de antaño. La noche ocultaba el musgo que cubría las escalinatas de los palazzi del Gran Canal, tapaba las grietas de las iglesias y disimulaba los desconchados de la yesería de las fachadas de los edificios públicos. Al igual que muchas mujeres de cierta edad, la ciudad necesitaba de la penumbra para aparentar la belleza perdida. La barca que, de día, repartía detergente o coles, por la noche, era una forma nebulosa que navegaba hacia un destino misterioso. Las nieblas, tan frecuentes en estos días invernales, transformaban a personas y objetos y hasta podían convertir a los adolescentes melenudos que vagaban por las calles compartiendo un cigarrillo en misteriosos fantasmas del pasado.
El comisario levantó la mirada a las estrellas, que se veían claramente sobre la calle sin iluminar, y percibió su belleza.”
Muerte en la Fenice
Donna Leon