13/10/2017

sobre kafka, 3

Kafka. Los primeros años.
Los años de las decisiones.
Los años del conocimiento.

Reiner Stach
Traducción: Carlos Fortea
Acantilado, 2016
2.368 páginas


“En la narración de Franz Kafka titulada “La preocupación del padre de familia” se describe un objeto singular, llamado Odradek, que “se asemeja a un carrete de hilo plano y en forma de estrella… y que parece que estuviera recubierto de hilo; aunque a decir verdad sólo podría tratarse de trozos de hilo viejos y rotos… inextricablemente entreverados”.  Odradek vive en una casa familiar y se instala, por turnos, en las diversas estancias del lugar. Pasa casi desapercibido, e inspira infinitamente más ternura que Gregor Samsa, el bicho de La transformación.  Cuando se le pregunta dónde vive, dice: “Domicilio indeterminado”.  Y se ríe. La narración termina con estas palabras del padre de familia: “Es evidente que no hace daño a nadie;  pero la idea de que pueda sobrevivirme me resulta casi dolorosa”.

Más que muchas otras narraciones de Kafka en las que él mismo aparece alegorizado o transformado en topos y perros, mujeres cantantes, ajusticiados, artistas del hambre o del trapecio,  y otras cosas,  esta narración de Kafka parece contener el último secreto,  el más lejano sentido de toda la producción literaria del autor de Praga.  A los ojos de cualquier lector no especializado, Kafka, el hombre, es como una materia ligeramente móvil, inescrutable, de dimensiones siempre ambiguas, sencillo en el fondo, envuelto por hilos rotos, como hebras de una vida misteriosa.

Por esta razón, los escasos biógrafos que han escrito sobre Franz Kafka —Max Brod, su albacea, Klaus Wagenbach, Hartmut Binder,  Ernst Pawel y algunos más,  extrañamente pocos— han topado una y otra vez con una distancia que parece, desde el punto de vista hermenéutico, insalvable: la que existe entre su obra y el ser que la escribió en una vida de apenas 41 años. Lo más habitual,  como acredita la apabullante bibliografía de Caputo-Mayr, es que sus intérpretes hayan procedido de acuerdo con algunos datos biográficos, a menudo extraídos de sus diarios y cartas, o según leyes exegéticas al estilo rabínico, en un intento, siempre desesperado, de ofrecer luz a una literatura que, en realidad, es cegadora. Se ha aplicado a su vida y su obra el método psicoanalítico (Deleuze y Guattari, por ejemplo), el método positivista histórico (Wagenbach, en especial), o el método estilístico, que defiende como normativo no aventurarse en las cuestiones de fondo. Elias Canetti,  prudentemente, se limitó a cotejar el texto de la novela de Kafka, El proceso, no con la vida del autor,  sino solamente con su relación amorosa —al fin torcida,  como tantas cosas en la vida de Franz— con su dos veces prometida Felice Bauer, berlinesa.

Ahora,  por fin, podemos saludar con entusiasmo la aparición de la que, posiblemente, deberá ser considerada la biografía más valiente, escrupulosa, lúcida, minuciosa y completa de Kafka: Reiner Stach,  Kafka: Los primeros años. Los años de decisiones. Los años de conocimiento, traducción de Carlos Fortea.

El propósito de Stach ha sido, para decirlo en sus mismos términos, articular la dimensión horizontal de una existencia tangible (los avatares de una vida y los hechos concurrentes de la historia) con la dimensión vertical —vertical hasta el vértigo— de la intricada literatura de Kafka.  Ésta, por sí misma,  está hecha de “hilos entreverados”,  de distintos color y formato —aforismos, diarios, cartas, narraciones, novelas—, pero Stach, con mucha razón, ha considerado que también la historia debe de enredarse con la vida del praguense, y que era forzoso que esta estuviera de algún modo presente en su obra: lo está hasta tal punto, que el biógrafo hace remontar una posible interferencia de los avatares históricos en la vida de Kafka… hasta la batalla de la Montaña Blanca, en 1620, entre protestantes y católicos. Sólo un atrevimiento mayor podría haber llevado a Stach a acomodar a Kafka en los libros de los profetas mayores de la Biblia.  A pesar de ser un autor profético sin parangón en los tiempos de la Modernidad —hemos escrito “profético”, no “utópico”—, el biógrafo se ha limitado en este sentido, a diferencia de Brod,  a tener en cuenta la historia de los judíos del Este —linaje al que perteneció,  no sin interés y preocupación— y todo lo que se puede saber, tanto de su obra como de su circunstancia,  sobre el reino de Bohemia y la cultura judía en los años de vida del autor.

Al lector de esta magnífica biografía no deberá resultarle extraño que Reiner Stach haya recurrido a los métodos de análisis más diversos que quepa imaginar para desentrañar una vida y una obra a un tiempo: en el estudio de una obra, más todavía si el propósito es analizar qué tiene de “historiográfico” cualquier autor, no hay más remedio que convocar, aleatoriamente, métodos de estudio que pueden resultar,  aparentemente,  heterogéneos o inapropiados.  En el libro no se desdeña ningún dato, ninguna referencia, ningún préstamo metodológico mientras sea capaz de armonizar —tarea en extremo difícil en el caso de Kafka— lo que hemos denominado “horizontalidad de la historia y de la vida” con la infinita verticalidad de una obra que a veces hunde sus raíces en las simas más profundas, otras se eleva hasta las dimensiones lejanas y etéreas de lo sobrenatural. (Y, sin embargo, toda la obra de Kafka acaba siendo tan diáfana como el realismo de sus queridos Dickens o Flaubert.)

El mérito de Stach consiste, pues, en haber construido su libro,  en palabras suyas,  como un panal de múltiples casillas: “La imagen de la vida vivida se descompone primero en cierto número de segmentos temáticos relativamente independientes unos de otros y que, en la mayoría de los casos, han de ser investigados también de forma independiente: origen, formación,  influencias,  logros,  relaciones sociales,  religión,  trasfondo político y cultural. Aunque finalmente tantas interdependencias emborronen la imagen,  si el biógrafo no quiere entregar a sus lectores un magma caótico, no le queda más remedio que mantener la ficción de una tópica claridad y sintetizar sucesivamente los distintos temas: es decir, `cerrar las celdillas´. Sólo entonces, en un segundo paso, intentará pegarlas entre sí, de tal modo que queden minimizados los espacios vacíos: una síntesis de síntesis”.

A primera vista todo parece muy sencillo en la vida de Kafka:  apenas se movió más allá de los límites del Imperio —aunque visitó París—;  cursó estudios de química y de germanística, luego Derecho, en la universidad carolina de Praga;  fue abogado,  con rango de funcionario imperial,  en una compañía de seguros para accidentes de trabajo;  le gustaba nadar y remar en el Moldava;  se le diagnosticó una tuberculosis en 1917,  lo que precipitó su jubilación;  tuvo por lo menos seis amantes y se prometió con dos de ellas —Felice Bauer y Julie Wohryzek—; tuvo una relación sensata con su primera traductora al checo,  la casada Julie Woryzek; vivió sólo unos meses en compañía de su última amante, Dora Diamant,  en el Berlín azotado por la gran inflación de 1923-1924:  no publicó en vida,  en forma de libro, más que siete pequeñas antologías de relatos;  amó a su hermana Ottla posiblemente más que a nadie;  visitó raramente la sinagoga de Praga;  intentó varias veces independizarse,  sin conseguirlo nunca;  fue conocido por pocos,  pero grandes lectores,  como Robert Musil;  una lectura pública de un relato suyo en Alemania ocasionó que varias damas se desmayaran;  nunca se sintió querido por su padre —dueño de una tienda de complementos de moda en Praga,  que se abastecía de abanicos españoles en la calle del Carmen, en Barcelona—; le gustaban los perros; admiró el teatro yiddish;  frecuentó diversos cenáculos intelectuales,  judíos o no,  anarquistas algunos;  pasó largas temporadas en clínicas y sanatorios;  admiraba a un tío por parte de madre que vivía en Madrid,  y a otro,  médico rural;  masticaba la comida setenta veces antes de tragársela, según confesión propia en los diarios; y acabó muriendo propiamente de hambre, a causa de la afectación de la laringe de la tuberculosis pulmonar. Y algo más, claro está.

Observados esos discretos aspectos de la vida del genio Kafka, Reiner Stach no quedó con desánimo,  ni deslumbrado,  ni perplejo.  Ha tomado la historia del Imperio de los Habsburgo,  el judaísmo,  las costumbres sociales de la época,  el estado de la burguesía en la Praga de sus años y anteriores,  ha recordado la Gran Guerra,  no ha olvidado las lecturas del escritor (la Biblia entre ellas),  ni su estilo translúcido y quebradizo como el cristal,  ni el menor avatar de la existencia de su biografiado.  Todo ello,  engarzado con una capacidad analítica y hermenéutica sorprendente, convierte su libro en la más grande aportación a la vida y la obra de ese misterio tan difícil de sondear llamado Franz Kafka.”

Jordi Llovet
editor de las Obras Completas de Kafka publicadas por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores.

Babelia, El País, 08/11/2016

12/10/2017

sobre kafka, 2



per Jaime Fernández (fragment)

“Señorita: Ante el caso  muy probable de que no pudiera usted acordarse de mí lo más mínimo, me presento de nuevo: me llamo Franz Kafka, y soy el que la saludó a usted por primera vez una tarde en casa del señor director Brod, en Praga, luego le estuvo pasando por encima de la mesa, una tras otra, fotografías de un viaje al país de Talía, y cuya mano, que en estos momentos está pulsando las teclas, acabó por coger la suya”.

Con estas palabras comenzaba una de las correspondencias amorosas de las que tenemos noticia más desconcertantes y sin la cual no se entiende buena parte del mundo literario de Kafka, desde su primer relato La condena, hasta La transformación (más conocido por La metamorfosis), pasando por sus novelas El proceso y El castillo.

La destinataria de la misiva, fechada en Praga el 20 de septiembre de 1912, era Felice Bauer, que aquella tarde del 13 de agosto a la que Kafka se refiere en la carta se encontraba de paso en Praga y de camino hacia Budapest para visitar a su hermana Elsa.  Kafka era amigo íntimo de Max Brod, también escritor.  Su hermana Sofia estaba casada con un primo de Felice.

Felice Bauer tenía veinticinco años y residía en Berlín, donde trabajaba en la oficina de una empresa de dictáfonos.  Al igual que Kafka, era hija de una familia judía de clase media y vivía también con sus padres.  Cuatro años mayor que ella,  Franz ejercía de asesor jurídico desde agosto de 1908 en la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, donde permaneció hasta su jubilación por enfermedad en 1922.  El horario laboral era mucho más llevadero que el que hubo de soportar en los nueve meses en los que trabajó para la filial praguense de la Assicurazioni Generali.  Salía a las dos de la tarde de la oficina.

En la carta mecanografiada Kafka alude a una propuesta que le formuló en aquella reunión en casa de los Brod para viajar a Palestina en el próximo periodo vacacional. En aquel entonces Palestina era un territorio perteneciente al Imperio Otomano, al que afluían muchos judíos de la diáspora, en su mayoría originarios de Rusia y Polonia, huyendo de los pogromos.

Al parecer Felice se mostró muy receptiva a la idea. Kafka aprovechaba la carta para instarla a que se pusieran de acuerdo “desde ahora mismo” en la organización del largo viaje.  A continuación le advertía que era poco puntual en su correspondencia,  un defecto que paliaba la máquina de escribir. Como contrapartida, él tampoco esperaba puntualidad de sus corresponsales, aun cuando aguardase impaciente la llegada de una carta,  por lo que cuando la recibía se llevaba “un buen susto”.

Al releer la carta, le confesó que quizá se hubiera presentado “como mucho más complicado de lo que soy”, algo que achacaba a que se había puesto a redactarla “en mi sexta hora de oficina” y con una máquina a la que no estaba muy acostumbrado. Terminaba la misiva comentándole que, aun cuando se pudieran poner reparos de orden práctico al viaje a Palestina “en calidad de acompañante, guía, lastre, o lo que de mí pueda buenamente resultar”, nada podía objetársele de antemano como corresponsal, así que podía muy bien intentarlo con él.

Esta primera carta, impregnada de un titubeante tono personal -prueba de ello es que decidiera escribirla a máquina y no a mano-, constituye sin embargo un sucinto muestrario de la personalidad de Kafka: interés por los detalles , timidez, un sentido estricto de la formalidad y la rectitud, reticencia ante la presencia física y,  en contraste con ésta,  confianza absoluta en la palabra escrita;  también una astucia característica,  como se infiere del ruego final a Felice para que aceptara su sugerencia de cartearse.  Cualquiera diría:  hay que ver el rodeo que da, incluyendo el plan, más imaginario que real,  del viaje a Palestina,  para llegar al propósito final de entablar una relación epistolar con la desconocida.

En la siguiente carta le confesó que durante unas diez noches, antes de dormirse, estuvo componiendo aquella primera misiva y que una vez incluso saltó de la cama para anotar una reflexión. Pero se volvió a acostar enseguida reprochándose su nerviosismo. También le pedía que le contara muchas cosas de su vida cotidiana, a modo de diario: qué tomó en el desayuno, qué vistas se contemplaban desde la ventana de su oficina, qué trabajo se realizaba en ella, los nombres de sus amigos.

Desde hacía tiempo Franz deseaba ennoviarse. Últimamente veía con inquietud que la mayoría de sus amigos se casaban o estaban comprometidos. Hijo primogénito y con tres hermanas,  una de ellas casada,  comenzaba a sentir las presiones de sus padres,  preocupados por el destino de un joven retraído al que le interesaba algo tan difuso para ellos como la literatura.  Sobre su soltería planeaba además el precedente desalentador de dos tíos célibes, hermanos de su madre.  Uno de ellos, Rudolf, ya había sido catalogado de “loco de la familia” por el padre de Franz. Por lo visto era un solitario demasiado amable y modesto.

Aunque ni siquiera en los Diarios explicó por qué había elegido a Felice Bauer, es probable que,  aparte de las posibilidades que le ofrecía aquel “rostro huesudo y vacío” que él se encargaría de llenar con su poderosa imaginación de amante a distancia,  lo hiciera pensando que una muchacha perteneciente a una familia judía asimilada y de un estatus social parecido al de la suya agradaría a sus padres, sobre todo al temido Hermann Kafka [su padre].

Otro motivo le incumbía exclusivamente a él: la distancia geográfica neutralizaba, al menos de forma provisional, el principal inconveniente de la proximidad física para un empleado que a duras penas lograba compatibilizar el trabajo en la oficina con la escritura, a la que dedicaba algunas horas de la noche, aprovechando el esperado silencio en la casa familiar.

Un tercer motivo por el que eligió a Felice era que, como él mismo reconocía, y por su experiencia epistolar con los amigos más cercanos, intimaba con soltura y profundidad si se expresaba por escrito. En cuanto se sentaba a la mesa de su habitación para redactar una carta personal,  se transformaba en otro distinto del joven reservado que conocían quienes tenían algún trato con él.  Entonces se mostraba expresivo, espontáneo, detallista y transparente como su prosa.

Kafka sólo se sentía seguro cuando escribía. El encuentro con Felice representó un atractivo pretexto para franquearse por escrito con una mujer. El diario que alimentaba desde 1910 no era suficiente para aliviar esta necesidad;  tampoco sus conversaciones con la hermana menor,  Ottla,  su favorita. A ambos les unía su aversión hacia el autoritarismo paterno (“Cómo Ottla y yo nos desatamos en ira ante las relaciones humanas”, anotó en los Diarios).

Precisamente una semana después de conocer a Felice registró en los Diarios la primera impresión que le causó:

“Cuando llegué a casa de Brod estaba sentada a la mesa y, sin embargo, me pareció una criada.  No mostré, además, mucha curiosidad por saber quién era,  sino que me resigné a ella, sin más.  Rostro huesudo y vacío,  que mostraba abiertamente su vacío.  El cuello descubierto. Una blusa puesta de cualquier manera.  Parecía vestida como para andar por casa, aunque no lo fuese, como se evidenció después. […] Nariz casi quebrada. Pelo rubio, un tanto tieso y sin gracia;  mandíbula recia.  Mientras me sentaba la miré por primera vez con mayor detenimiento, cuando acabé de sentarme ya tenía acerca de ella un juicio irrevocable”.

En aquellas semanas  de septiembre, y seguramente estimulado por el encuentro prometedor con Felice, la actividad literaria de Kafka se hallaba en plena ebullición. Dos días después de enviarle la primera carta, en la noche del 22 al 23 de septiembre, escribe uno de sus relatos capitales, La condena, bajo una presión emocional de la que dio cuenta en los Diarios, considerándolo como una especie de explosión primigenia de su conflictivo mundo interior. La condena lleva la dedicatoria “Para F.”.

En el relato se narra la sublevación de un padre viudo, anciano y autoritario contra un hijo,  Georg Bendemann,  que poco tiempo antes había tomado las riendas del negocio familiar –abandonado por el padre tras enviudar- y que,  además, acaba de comprometerse con una joven. En un arrebato de cólera, su progenitor lo acusa de prescindir de él y de menospreciarlo, por lo que al final lo condena a morir ahogado. Georg sale corriendo de casa hacia el río y se arroja desde el pretil a las aguas tras exclamar en voz baja: “Queridos padres, a pesar de todo, siempre os he amado”.

Al terminar el relato, alrededor de las seis de la mañana, anotó: “Cómo pueden decirse todas las cosas, cómo para todo, para las más extrañas ocurrencias, hay dispuesto un enorme fuego, en el cual se consumen y renacen”.

Desde entonces, y en los seis años siguientes, la relación con Felice estuvo marcada por una lucha feroz entre dos deseos que Kafka consideraba radicalmente opuestos:  el de escribir y el de casarse en el futuro con su prometida, formando una familia con ella.  Los modelos de autores en los que se miraba,  como él mismo le confesó a Felice, eran Flaubert, Kleist, Grillparzer y Dostoyevski.  De los cuatro,  sólo este último se casó y Kleist se pegó un tiro junto al río Wannsee, abrumado por aflicciones externas e internas.  También solía citar el caso de Kierkegaard y la conflictiva relación con su prometida Regina Olsen,  con la que, después de muchas dudas,  al final rompió para proseguir su obra filosófica,  permaneciendo soltero hasta el fin de sus días.  “Yo era demasiado pesado para ella y ella demasiado ligera para mí”, escribió en su Diario íntimo el filósofo danés años después de la ruptura con Regina.

Sin embargo, aquel noviazgo por correspondencia estaba abocado al fracaso desde su misma raíz, algo que seguramente tuvieron que intuir muy pronto los enamorados;  Felice, cuando se convenció de que para Franz la distancia no constituía una circunstancia transitoria sino un terreno en el que jugaba con ventaja;  Kafka,  desde el instante en que Felice le apremió para que abandonara aquel callejón sin salida y se fijaran unas metas alcanzables con vistas al matrimonio. Fue en ese momento cuando la incompatibilidad, hasta entonces latente, se manifestó con toda su dureza.

Felice se reveló a ojos de Kafka como una mujer convencional –quizá no esperase otra cosa-, aspirante al bienestar perseguido por la clase media de la época, a sus normas y a sus pompas: muebles pesados, alfombras y palmeras en el salón. A ojos de ella, la verdadera personalidad de Franz era la de un escritor bohemio, disfrazado de funcionario nada menos que en una compañía de seguros, acaso para disimular aún más su auténtica condición. Con estos antecedentes, la ruptura estaba sellada. Sólo era cuestión de tiempo para que estallara.

Para colmo, en las tres semana en que Kafka permaneció en Riva, a orillas del lago Garda, en otoño de 1913, adonde acudió para someterse a un tratamiento en el sanatorio del doctor Von Hartunge, intimó con Gerti Wasner, una joven de dieciocho años, suiza y cristiana. En esa época  se interrumpió la correspondencia con Felice.

Como no podía ser de otra manera, la crisis resultante del choque frontal entre los novios desembocó en la ruptura del compromiso,  escenificado en la cita del 12 de julio de 1914, en el hotel Askanischer Hof de Berlín, ante los padres de ambos y con testigos seleccionados por cada uno de ellos. A Kafka le pareció que el encuentro tenía todas las trazas de un juicio en el que él comparecía en calidad de acusado. En los interrogatorios, Felice dijo “cosas que ha pensado a fondo,  cosas largo tiempo guardadas,  hostiles”,  anota en la entrada del día 23 de los Diarios. “Tú lo has querido”,  le reprochó la novia.  Aquella dolorosa experiencia fue el germen del argumento de El proceso.”


09/10/2017

sobre kafka, 1

El otro proceso de Kafka
Elias Canetti
Alianza Editorial, 1995



El otro proceso de Kafka fue escrita por Elías Canetti, escritor y crítico literario nacido en Rustschuck  en 1905. En la obra Canetti analiza la gestación de algunas obras de Franz Kafka mediante un proceso que tiene mucho de empatía con el escritor. Tras dedicar unos veinte años a escribir sobre el poder, Canetti había desarrollado una sensibilidad particular, no sólo para detectarlo bajo sus múltiples rostros, sino también para reconocer la sensibilidad hacia el poder en el checo Franz Kafka,  autor de obras como El Proceso,  El Castillo,  En la colonia penitenciaria o La metamorfosis,  entre otras.  Canetti sostiene que la lectura de las cartas que Kafka le escribe a su novia Felice Bauer,  entre los años 1912 y 1917,  así como el proceso legal y público, el  12 de julio de 1914,  en el Hotel Askanischer Hof de Berlín, y que tuvo como resultado la disolución del compromiso que había asumido Kafka con Felice,  fueron semillero y fuente de inspiración probables de las obras mencionadas y de otras más.

07/10/2017

ante la ley



Franz Kafka


"Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti.  Ahora voy a cerrarla."

nobel literatura 2017



L’escriptor anglès, d’origen japonès,  Kazuo Ishiguro és el falmant premi Nobel de Literatura d’aquest any.


Conegut per novel·les com El que resta del dia,  1989;  Els inconsolables, 1997;  Quan érem orfes, 2000 ó No em deixis mai, 2005.



ruta Clementina Arderiu

Ja no sóc, ja no tinc,
Ja no vull ni voldria.
Què no sóc? Què no tinc?
Què no vull ni voldria?


El passat dissabte , 30 de setembre, els de Vespres Literaris  vam fer un passeig pel nucli antic de Sarrià de la mà de la veu poètica de Clementina Arderiu.

Montserrat Roig,  en una entrevista pel número 148 de Serra d’Or,  de gener de 1972,  la definia així:  “ Aquesta dona és la Clementina Arderiu i també la senyora Riba o més aviat totes dues coses alhora, dos noms que la defineixen en una sola personalitat. Es tracta d’una dona que, segons diria en Joaquim Molas, pertany a aquell tipus femení –una mica l’ideal del poeta – que sap viure intensament la seva aventura,  l’aventura de dona,  o sigui l’aventura de l’home amb el qual comparteix la seva vida.  Potser perquè forma part d’un grup social i d’una època determinada. O potser perquè el temps i l’espai que li pertocaren l’havien abocada a mantenir-se íntegrament dins del seu marc”

De si mateixa deia: “la meva vida de dona és com les altres, com tantes altres”

De la seva poesia diu Sam Abrams, poeta, assagista, traductor i crític literari estatunidenc, establert a Catalunya:  “Arderiu, en la seva poesia, persegueix, com opció personal,  tancar l'abisme que separava tradició i modernitat. La tradició representava el temps acumulat d'un poble, una llengua, una cultura, una literatura i una historia, mentre la modernitat encarnava el temps actual,  la immediatesa, el transitori,  l'efímer.  Arderiu volia totes dues coses.  Les postures de l’avantguarda li resultaven massa radicals, severes i reduccionistes. Arderiu demanava mes del seu art. Volia ser moderna però sense renunciar a la tradició. És més, creia que el gran repte artístic de la seva època consistia a ser moderna sense pèrdues.

I Maria-Mercè Marçal : "En la poesia de Clementina Arderiu trobem en primer lloc una força personal envejable, un esforç conscient i intel·ligent de construcció de la pròpia vida."