04/07/2020

el paisaje




“En ese momento el padre Naranjito pidió la palabra y dijo que eso de la escuela le parecía muy bien para los varones y que él se ofrecía a impartir clases de religión e historia sagrada. Pero que en cuanto a las niñas él creía que debía abrirse para ellas un establecimiento aparte donde se les enseñara jardinería, bordado, cocina, y si mucho algunas nociones de sumar y restar para que ayudaran en la administración del hogar. La lectura, en cambio, no era una buena idea para muchachas de pueblo pues se había visto que descuidaban sus oficios por aficionarse en demasía a novelas pecaminosas e historias inmorales que dañaban su conducta.”

La Oculta
Héctor Abad Faciolince
Alfaguara, 2015
Página 131


por Winston Manrique  Sabogal

“Si hay un resquicio positivo que puede dejar la muerte este es verde. Al menos en Colombia. “Lo único bueno que nos ha dejado la guerra es el rebrotar de la naturaleza”, asegura Héctor Abad Faciolince. Es el resultado de la vorágine de fuego enemigo, amigo e interesado, vivido allí durante las últimas décadas que ha ahuyentado a la gente de muchas zonas, sólo pobladas por la vegetación. De ahí que uno de los temas clave al día siguiente de la firma de la paz, en caso de producirse, entre el Gobierno y la guerrilla, es la tierra, sostiene el escritor, al que le asaltan varias preguntas: “¿Sabemos, realmente, qué queremos hacer con la tierra colombiana? ¿Queremos volver a colonizarla? ¿Querrán los campesinos que han sido desplazados volver al campo? Es un misterio, pero ahí está. Tenemos que volver a pensar en la tierra”.

Son interrogantes que rodean la publicación de su nueva novela: La Oculta. Una obra que puede ser leída como una metáfora de su país. “Cualquier novela ambiciosa quiere ser resumen de algo más grande. Metáfora de algo más grande. Tierra y nación son palabras que se incluyen de alguna manera”, reflexiona Abad Faciolince.

Cualquier novela ambiciosa quiere ser resumen de algo más grande. Metáfora de algo más grande. Tierra y nación son palabras que se incluyen de alguna manera

La Oculta es una finca en el departamento de Antioquia, que ha vivido durante 150 años las pasiones y violencias del país. Un pedacito de tierra por donde han peregrinado eternos miedos nacidos de sueños, ambiciones, robos, odios, amores, desamores, amenazas, secuestros, incomprensiones, uniones, venganzas, rechazos, trampas, olvidos…

A la novela ha vuelto Abad Faciolince ocho años después de El olvido que seremos, muy bien acogida por el público y la crítica. Esa crónica novelada, que le dio prestigio y proyección internacional al abordar la impunidad del asesinato de su padre a manos de los paramilitares en 1987, deriva en una hermosa manifestación de amor de un hijo por su padre, mientras reconstruye los pasos de su familia.

Ahora, él, que en varias ocasiones ha dicho que cada vez le interesa “más la realidad y menos la ficción, aunque todo parezca más ficción”, vuelve a hechos reales para crear ficción: la de un pedazo de tierra. La de tres hermanos, Pilar, Eva y Antonio, que heredan una finca en el suroeste de los Andes antioqueños, y la relación que cada uno de ellos tiene con esa tierra y sus antepasados. Sus voces tan distintas se relevan unas a otras en una procesión de hechos hasta dar la vuelta completa a la historia de la finca, mientras desvelan piezas del puzle de sus vidas. Sobre esa disociación, Abad Faciolince reconoce que “el escritor de ficciones es esa persona capaz de salirse de sí mismo, al igual que el lector. El autor se sale, se extraña, y de alguna manera se mete en otros al escribir”. Esta vez en Pilar, una mujer de tradiciones arraigadas; en Eva, una madre soltera con continuas relaciones sentimentales, y en Antonio, un gay que vive en Nueva York.

Con La Oculta, el escritor ensancha su territorio creativo a la vez que lo convierte en la suma de su pasado literario. En la historia de esa finca hay temas y ecos de sus otras novelas: los sentimientos encontrados de Fragmentos de amor furtivo, lo urbano de Angosta, la mirada culta y metaliteraria de Basura, la violencia y el dolor de El olvido que seremos y la vena investigadora de Traiciones de la memoria.

“Soy un Catoblepas, como me dijo un día Vargas Llosa, ese animal mitológico que se devora a sí mismo, porque, dijo él, hay autores que se nutren de su propia historia. Solo que aquí es una relación fuerte con la tierra, a la vez que experimento una estructura y un tono con respecto a mis otros libros”, explica el escritor. Eso sí, aclara: “En cada nuevo libro tengo que explorar porque de lo contrario me aburro”.

Así es que en ese desaburrir del retrato de la finca ancestral, ha colocado otros elementos esenciales: la familia, las diferentes familias de hoy; el amor, los diferentes amores a personas o cosas; la fe, las diferentes formas de creer o no creer; y todo eso imbricado y revestido de un elemento más fuerte y trascendente: la memoria. Y tras ella y con ella, el recuerdo: “Como ya he dicho, más que la memoria, escribo con la mala memoria, y eso es fantasía. La memoria está llena de vacíos y la literatura los puede rellenar”.

Abad Faciolince se basa en la finca La Oculta de su familia. En su historia, sobre la cual se documentó y habló con muchas personas, desandó su origen que lo llevó hasta el siglo XIX cuando unos judíos conversos, marranos, procedentes de Toledo “creyeron que la tierra prometida estaba allá en el trópico. Ellos tumbaron selva, trabajaron la tierra, la sudaron, la enriquecieron, la hicieron suya. Después pasó a ser tierra de cafetales, luego de ganadería, hasta ser casa de campo. Y así muchas familias en Antioquia. Por eso somos tan apegados a la tierra. Lo primero que yo hice cuando tuve plata fue comprar una finca. Es así”.

En Colombia hay muchos despojados o desplazados de la tierra, recuerda. Ricos y pobres. “Hace 50 años Colombia era puramente rural, hoy es urbano. Todos tienen gran añoranza de la tierra. Y todos sienten que tienen derecho a ella. En Israel y Palestina es igual. Todos venimos de una tierra. Necesitamos pertenecer a algún lado, aunque sea para tener de donde irse”.

Y en Colombia en los últimos 150 años ha habido dos millones largos de kilómetros cuadrados surcados de balas y desplazados, ríos por donde bajan muertos y carreteras sin un alma durante mucho tiempo por el miedo a ser asaltado. Ahora, dice Abad Faciolince, parece que la muerte tiene un lado bueno, y es de color verde.

Eso es La Oculta, la mirilla por donde se puede ver cómo el pasado ha peregrinado durante siglo y medio a través del miedo, las alegrías, las ilusiones y las frustraciones de una finca-país. Es en lo que ha terminado el “no” de Héctor Abad Faciolince. El no que anunció el año pasado en Lima: no iba a escribir más novelas. Los amigos lo emboscaron, los escritores lo cercaron, la gente se sorprendió. Lo espolearon. Entre ellos, Mario Vargas Llosa.

Abad Faciolince miró alrededor y lo que vio lo cuenta en su última novela: “A La Oculta estamos aferrados con garras y dientes, como si fuera la última tabla de salvación de unos náufragos a la deriva del mundo”.”


El País
24/03/2015

03/07/2020

la cuina de vespres literaris




Alas de pollo a la barbacoa

por Juan Mesa

INGREDIENTES:

2 cebolletas
½ vaso de tomate frito
3 dientes de ajo
Miel de caña
1 pimiento verde
173 de vaso de salsa kétchup
Albahaca fresca
1 bote de alubias cocidas
1,5 kg. de alitas de pollo
100 gr. de queso tierno
50 gr. de aceitunas verdes sin hueso
5 pimientos del piquillo
Aceite de oliva virgen
Sal
Pimienta

PREPARACIÓN:

De la salsa barbacoa:

a- Picar y sofreir la cebolla y los dientes de ajo en un chorrito de aceite de oliva.
b- Añadir el ½ vaso de tomate frito, el 1/3 de vaso de salsa kétchup, ½ vaso de agua, 2 cucharaditas de mostaza suave, 2 cucharaditas de miel de caña, 4 cucharaditas de vinagre, sal y pimienta.
c- Dejar a fuego medio hasta que la mezcla adquiera un poco de consistencia.







De las alitas:
a- Partir las alas por la mitad y colocarlas en una placa de horno con la piel hacia abajo.
b- Triturar la salsa barbacoa y pintar con la misma las alitas de pollo.
c- Poner la bandeja al horno, a 200º C durante 15 minutos.
d- Pasado este tiempo, sacarlas y dar la vuelta a las alitas. Pintarlas con abundante salsa e introducir de nuevo la bandeja al horno por espacio de unos 10-15 minutos.








De la ensalada de legumbres:
a- Enjuagar y escurrir las alubias y reservar en un cuenco.
b- Picar y agregar al cuenco de alubias, el pimiento verde, los pimientos del piquillo y la segunda cebolleta.
c- Incorporar el queso cortado a dados y las aceitunas cortadas a rodajas.
d- Aliñar con hojas de albahaca fresca picada, sal, vinagre y aceite de oliva.






Buen provecho…..






1   

gentes de jericó




“… ¿qué otra cosa somos los colombianos sino mestizos, zambos, mulatos y bastardos?”


La Oculta
Héctor Abad Faciolince
Alfaguara, 2015
Página 131


por Begoña Curiel

“La tierra también se mueve y de qué manera. Hasta La Oculta, nombre de la finca que da título a esta novela y de la que sin duda, es la absoluta protagonista. Porque todo se mueve con ella, alrededor, por, encima y hasta sin ella.

Todo y todos, los personajes de carne y hueso que pueblan sus páginas. Los protagonistas: Pilar, Eva y Antonio, son los hijos de esa finca, símbolo de la tierra por la que se unen y separan.

  La muerte de su madre es la fractura personal que les volverá locos, porque el mantenimiento de esta finca en tierras colombianas no cae del cielo y tendrán que decidir qué hacer con ella. Por más que Pilar, se quede a vivir en La Oculta –ha hecho la promesa de que nunca la venderá– no podrá sufragar los gastos aunque sean compartidos y habrá que deshacerse de ella. Antonio, no quiere vender aunque vive en Nueva York. Ese pedacito de tierra es un trozo de su cuerpo. Eva, es la única que lo tiene claro y no va hacer más esfuerzos, ni económicos ni emocionales por mantenerla.

  La voz de los tres hijos es el recorrido de la novela y de la historia: presente y pasado, y el futuro que será sin La oculta. Héctor Abad describirá ese amor casi destructivo por esa finca. Allí han pasado lo mejor y lo peor de sus vidas: muertes, secuestros, la crueldad de la guerrilla, de los paramilitares... Pero no pueden vivir con ella, ni sin ella.

  Es un Edén descrito con los sentidos. Paisaje, olores, alimentos, pájaros, animales... Todo desprende y respira sensaciones. Buenas, buenísimas, malas y malísimas. Es todo tan intenso que agota.  A ratos, adoras y comprendes a los personajes por sus nostalgias. A ratos, te cansan y te hartas de su obstinación por mantenerse en una realidad que ya no tiene futuro o con la que ya no tienen futuro.

  Hay que soltar amarras y los desgarros son constantes. La atracción que ejerce La Oculta es fatal. Como su lago. Ese lago que conjuga la vida  con la muerte que reposa en su fondo. Porque el lago está lleno de ahogados. Es tan siniestro como atrayente. Me encanta la capacidad de Abad de Faciolince para desdoblar sentimientos. Ese lago se convierte en metáfora de la contradicción continua que se aloja en la novela. En la finca, sus moradores, la vida de sus protagonistas, la lucha descarnada política y militar del país...

  Abad humaniza esta finca que subyuga y asfixia. Y con ella, todos los elementos animados e inanimados que pululan a su alrededor.

  Me gusta la estructura elegida por el autor. Con el monólogo de cada uno de los hijos, conoceremos los contextos, hechos y sucesos y la perspectiva que aporta cada uno de sus filtros. Cada testimonio sirve para complementar datos del anterior o del que después vendrá.

  Son muchos los motivos por los que me he sentido cautivada. Esa estructura que acabo de mencionar es uno, pero también el lenguaje colorido, la escritura sencilla, por no hablar de capítulos y temáticas concretas que resultan especialmente interesantes.

  Como capítulos destacaría el relato de la fuga –angustiosa, desquiciante– de Eva. El ritmo de su escapada es determinante. Su vida está en juego de manera literal y esa sensación se transmite al lector.

  También es tremendamente terrible el capítulo del secuestro de Lucas, el hijo de Pilar. Brutal. Son “esas cosas que ocurren” en el contexto de la Colombia del momento. Están a la orden del día, pero es difícil de soportar, sobrevivir durante y después del shock. Tanto, que esa desaparición es la causa directa de una muerte en la familia.

  En cuanto a temáticas, destacaría el debate interior de Antonio. Quería “curar” su homosexualidad. En su familia, en el contexto familiar, es una enfermedad que hay que sanar. Y aunque conoceremos ya al Antonio que ha superado la crisis, el autor nos mostrará el sufrimiento del camino.

  También es especialmente interesante el recuerdo, a través de Antonio, del nacimiento del pueblo de Jericó. Su germen, crecimiento, con sus antepasados como protagonistas.  No obstante, es cierto, que en demasiados momentos, el relato de Antonio en este sentido, es pesado.

  Pero las pegas son nimiedades al lado de las ventajas de esta lectura. Son muchas las paradas posibles en esta novela, aspectos en los que detenerse como lectora. Son numerosos los puntos sobre los que reflexionar, discutir, sentir, disfrutar y sufrir con La Oculta. “

en “El Libro Durmiente

02/07/2020

el precio del paraíso




“Paradójicamente, las dos más importantes eran las que estaban sin terminar: una capilla de bahareque, con un techo a medio hacer, también pajizo, que tarde o temprano llegaría a ser iglesia, y cuya función primordial —fuera de la misa diaria— era reunir a todo el mundo al mismo tiempo; y la segunda, en la esquina de la cuadra adyacente, un cafecito, que hacía las veces de cantina, de lugar de conversación y, en la trastienda, de casa de citas (con una sola mujer alegre, vieja y estrafalaria, malhablada, Margot, cuyo oficio oficial era el de mesera del sitio). Era curioso que el cura y la puta hubieran llegado el mismo día a la aldea y provenientes del mismo pueblo; pero bien pensado y, al menos en esa época, ambos tenían oficios complementarios, pues, como decía un escritor, perseguían el mismo fin: “La iglesia libraba al hombre de su desolación durante unos instantes, y eso mismo lograba la prostitución”.”

La Oculta
Héctor Abad Faciolince
Alfaguara, 2015
Página 121


por Marta Sanz


“Ana, la madre de los Ángel, muere y sus hijos Pilar, Eva y Antonio revisan el tiempo pasado y lo por venir desde su relación con el legado familiar: la finca La Oculta. Aconseja Anita: "No hay que decir siempre la verdad pura y cruda (…), debemos mantener la compostura, la elegancia en el desacuerdo". Héctor Abad Faciolince (Medellín, Colombia, 1958) maneja la materia autobiográfica en ese sentido laxo, pero lleno de verdad, que ya convirtió El olvido que seremos en un texto sobresaliente. En La Oculta es posible que la referencia autobiográfica sea menos mimética y, sin embargo, se manipula de modo que descubre las contradicciones de los protagonistas y quizá del propio escritor. De los lectores.

A través de las voces entrelazadas de los hermanos, reflexionamos sobre la posesión de la tierra como rasgo de idiosincrasia antioqueña o colombiana o latinoamericana o universal; la construcción de un país, que ha vivido bajo el estigma de la anomia, y la forja del temperamento; orígenes y mezcolanzas. También se pregunta cuál es el significado de una izquierda sensible hacia causas sociales y ecológicas, así como tolerante y opuesta al autoritarismo y la cicatería moral, que a la vez neutraliza el resentimiento económico, valora la ética protestante del trabajo y el esfuerzo, minimiza el valor de la herencia como punto de partida de la brecha de la desigualdad y subraya el sacrificio de quienes consiguen acrecentar sus bienes.

Habría que pensar en qué medida es posible ser buena persona y enriquecerse, mejorar, en un sistema corrupto. Los personajes de Anita —emprendedora— y de Cobo —el padre, simpatizante comunista, que no acepta la homosexualidad del vástago y se replantea su vida entera cuando a su nieto lo secuestra la guerrilla— hacen bascular, entre dos polos, a protagonistas que encarnan visiones del mundo no antagónicas pero sí llenas de matices. Pese a la genética, la educación y el paisaje común de un paraíso de infancia, se conforman tres existencias distintas a golpe de violencias, amores y desamores, permeabilidad hacia otros espacios y costumbres.

A través de las voces entrelazadas de los hermanos, reflexionamos sobre la posesión de la tierra como rasgo de idiosincrasia antioqueña

Esta diferencia verosímil reformula el concepto de familia y constituye un hallazgo en un escritor que además escribe en español inmejorablemente; Héctor Abad conoce los nombres de árboles, flores, accidentes geográficos y platos de la gastronomía colombiana. Escribe con palabras que recrean una atmósfera y definen un territorio que, a la manera de noventayochistas y novelistas de la tierra, le sirve para forjar el carácter de los narradores a partir de una perspectiva que rehúye el determinismo: desde la monogamia de Pilar hasta el deseo de despojamiento de Eva, pasando por el ansia de reconstrucción del pasado de un Antonio temeroso de que con su homosexualidad acabe su apellido.

La homofobia en una sociedad opresiva, la perversa voluntad de curarse, ofrecen momentos camaleónicos y brillantes como la primera experiencia sexual de Antonio. De su mano asistimos a la construcción de un pueblo que quiere tener nombre de utopía —Felicina— y acaba adoptando un topónimo bíblico, Jericó. Aun así, persiste la búsqueda de la felicidad.

Destaca lo armónicamente que se ensamblan las polifonías y lo bien delineada que está cada una en su registro lingüístico. Elegir ese juego de voces no constituye un alarde, sino una exigencia para visibilizar las aristas morales y hacer avanzar un relato que dosifica con equilibrio momentos angustiosos y ligeros: el rastreo del apellido Ángel, sus raíces judías, se contrapuntea con el tono doméstico de la intimidad de Pilar, la reconstructora, la que arregla a los muertos, y con la huida de Eva de una muerte segura a manos de los que llegaron para limpiar el lugar de guerrilleros y marihuaneros, y acabaron convirtiéndose en asesinos. Próspero, el mayordomo, relata cómo los paracos torturan hasta la muerte a unos jóvenes. La huida de Eva se produce a través del lago. Bajo el agua oscura, la mujer cuenta, tiene miedo y, con la misma falta de aire, el lector la acompaña. Abad Faciolince usa con mínima grandilocuencia símbolos telúricos —tierra, fuego, agua— que, pese al carácter regionalista del relato, lo universalizan faulknerianamente.

El deleite en el lenguaje sirve para corregir el entusiasmo por lo que de valioso pueda tener la ética capitalista. Porque el derrumbamiento, la derrota se producen no por amenazas y muerte, sino por los cantos de sirena del dinero. Tal vez por el alivio que supone escapar del pasado y aflojar nudos. Matar al padre y la madre y el espíritu santo, con amor y piedad, sabiendo que con esa acción —¿buena?, ¿mala?, ¿depende?— corremos el riesgo de perdernos o podemos salir a la superficie para tomar aire y revivir. Al final la resistencia se mina por el signo de una época que nos invita a pensar sobre el punto en que confluyen reaccionarismo y progresía. Como en La ciudad y las sierras, de Eça de Queiroz. No comparto ciertos aspectos ideológicos de La Oculta, pero no por elegancia como Anita, sino por admiración literaria, se la recomiendo vivamente.”

El País
13/04/2015

01/07/2020

Héctor Abad Faciolince, entrevista




“Me dicen que yo soy la hermana más anticuada, pero si vamos a ver, en el fondo, yo soy la más moderna, la que no mira al pasado, como Toño, ni al futuro que no existe, que ya se nos está acabando o se nos acabó, como Eva. Yo soy la que vive en el presente, aquí y ahora, en estos pocos instantes de vida que nos quedan, y que es mejor vivirlos sin llorar, en una casa nueva, linda, luminosa, en una casa vuelta a levantar con voluntad, con baños y duchas nuevas, al fin con agua caliente, porque aquí siempre lo único que había era agua fría, para templar el carácter, como decía el abuelito Josué, ya no más, con camas cómodas y colchones decentes, con toallas blancas que sequen, como las de los buenos hoteles, sin tanto cachivache inútil, y hacerlo todo con la misma terquedad que dice Toño que tuvieron los colonizadores de esta tierra, y no chillando ante las brasas apagadas ni ante los escombros de un maldito incendio. No amedrentarse, no tener miedo, mandar a Los Músicos a la porra, o sobornarlos sin que nadie lo sepa, pagarles su maldita vacuna sin decirles nada a los hermanos, que por todo se escandalizan y se indignan con mil aspavientos, a ver si nos dejan vivos y no nos queman la casa de nuevo.”

La Oculta
Héctor Abad Faciolince
Alfaguara, 2015
Página 118



Fragmento de la entrevista a nuestro autor y publicada en el diario “la opinión”




“El más reciente libro de Héctor Abad Faciolince se titula La Oculta. Desde una hacienda recorre la historia de una familia y de la colonización del suroeste antioqueño y narra momentos de una violencia que no termina. Una historia que reúne ancestros, genes y memoria.

P: ¿Cuál es el impulso que lo lleva a escribir esta novela?

R: Creo que el origen obvio de la novela es la finca de mis bisabuelos: La Inés, en la vereda La Oculta, que antes quedaba en jurisdicción de Jericó y hoy de Támesis, un sitio que conozco desde la infancia y al que sigo yendo. Luego está el lago de La Oculta, que existe y es de unos primos míos muy queridos, los Ceballos Abad. A partir de ahí hay voces (cuentos, cosas que se dicen) y episodios vitales que me han contado o que he vivido yo mismo: los ahogados de La Oculta. Los grupos guerrilleros y paramilitares que actuaban por allá, las fondas, los caballos, los pájaros, las vacas. Los colores, lo que se comía. Esa mezcla de vivencias son el origen de La Oculta.

P: Convierte la finca en figura literaria. ¿Por qué?

R: Es una manía, una obsesión antioqueña. Me di cuenta de eso cuando lo primero que hice la primera vez que tuve algo de plata fue comprarme una cabaña en La Ceja. Es lo que hacen casi todos los antioqueños cuando consiguen algo, no importa si son industriales, mafiosos, contrabandistas, filósofos, profesores o escritores: nos buscamos un lote de tierra en el campo. Los pobres sueñan con la tierrita que perdieron y quisieran volver a ella. Los ricos sueñan con la hacienda que tuvieron y la añoran. O la odian. No creo que haya un motivo más nuestro que el apego a la tierra.

P: Háblenos de la estructura: Pilar, Eva y Antonio, alternándose, perfilan la hacienda.

R: Busqué muchas maneras de contar la historia. Desde un punto de vista exterior y objetivo. Desde adentro, involucrándome yo mismo como si fuera un personaje más. Al fin no pude, o no quise, excluir a ninguno de los tres hermanos, que son los últimos en heredar esa finca, y están involucrados con ella de maneras muy distintas.

Todos cuentan la misma historia de manera distinta, según el filtro de su propia experiencia. Me traté de meter en el pellejo de los tres y de ser, por turnos, Pilar, Eva y Antonio”.

P: 150 años contados a partir de la vida de una hacienda. ¿Novela rural o histórica?

R: Es una mezcla rara de novela histórica y novela familiar. Tal vez la historia no sea otra cosa que la historia de cómo se organiza y evoluciona la familia. Lo más distinto que hay hoy en día -con relación a cómo era la sociedad colombiana y jericoana y francesa- es el tipo de familia que existe: hace un siglo y medio era impensable una familia homosexual o una mujer que cambiara de pareja cada cierto tiempo. Hoy eso es normal.

P: Entre la realidad y la ficción. ¿Qué tan fina es la línea que las separa?

R:  La línea, más que fina, es muy borrosa. Siempre he trabajado con algo muy importante para mí: la mala memoria. Mi mala memoria deforma y es mi manera de tener fantasía.

Digamos que todo lo que cuento son cosas que recuerdo, pero como todo lo recuerdo mal, entonces en realidad es deformación, ficción, invento. Hay pedazos en que podrá reconocerse el rastro diurno -como dicen los freudianos de los sueños, el rastro de la realidad- pero la mayor parte de la trama es como un sueño de cosas que no existieron mezcladas con cosas que sí ocurrieron así. Yo no puedo saber si la colonización de Jericó fue como la cuento, pero así la imagino.”


30/06/2020

la creativitat de Vespres Literaris: la galeria



#vespresenconfinament


Vídeo que recull els treballs de les, els membres de el grup que han participat en aquest projecte creatiu.

Cadascun ha creat la seva pròpia obra per mitjà de retallar i enganxar paraules que narren una història molt especial. El conjunt: un lloc de trobada, de coincidència, llegint en el sentit més ampli de la paraula, superant barreres i estructures estètiques, fent volar molt amunt l’ imaginació...

Gràcies a totes i tots...gràcies Vespres Literaris!!!!!!!








Música: fragment de la peça “El silenci de Beethoven” del músic mexica Ernesto Cortázar