13/02/2021

anticuentos, 2

 


Limpiadoras

“En un acto académico celebrado en la Universidad de Nueva York, al que fuimos invitados no hace mucho un grupo de escritores de distintas nacionalidades, aunque todos de habla española, intervino de repente una mujer que se encontraba entre el público. Primero nos felicitó por todo lo que hasta entonces habíamos dicho, y a continuación nos explicó que ella era portorriqueña y que se ganaba la vida en aquella ciudad limpiando oficinas por las noches.

Yo ya conocía a estas mujeres que entraban en los grandes edificios de la burocracia neoyorquina cuando la mayoría de la población se metía en la cama, y que se pasaban la noche deambulando por aquellos espacios vacíos arrastrando una aspiradora o blandiendo una gamuza para el polvo: mi hotel se encontraba frente a uno de estos edificios y, como solía llegar tarde e insomne a la habitación, intentaba atraer el sueño bebiendo el último vaso de agua, mientras contemplaba la fantasmal actividad que se desarrollaba a esas horas en el edificio de enfrente.

La mujer describió con enorme habilidad el sentimiento de indefensión y soledad que provocaba a tales horas entrar en un ascensor o bajar por unas escaleras fantasmales.

Todos estábamos fascinados por su relato, pero también un poco incómodos, porque no sabíamos hacia dónde se dirigía. Finalmente, denunció que la mayoría de aquellas mujeres que limpiaban oficinas en turno de noche padecían una situación permanente de acoso sexual por parte de sus jefes, que por lo general eran blancos y norteamericanos.

Este final fue saludado por un largo e inquietante silencio que el moderador rompió al fin, señalando educadamente que aquello, aun siendo terrible, no tenía nada que ver con aquel acto académico. ¿Realmente no tenía nada que ver?, me pregunté esa noche frente al edificio de oficinas que había frente a mi hotel. Quizá no, pero es lo único que mi memoria ha logrado salvar de ese viaje.”


12/02/2021

anticuentos, 1

 

Los “Anticuentos” de Juan José Millás, son unas narraciones breves totalmente  atípicas. Su autor las considera un nuevo género de su invención que destaca por un enfoque narrativo nada habitual, cercano al surrealismo, que ofrece una ruptura con el modo tradicional de ver la realidad y descubrir otras dimensiones de la existencia humana. Los articuentos de Millás relatan cosas simples, cotidianas, en muy pocas palabras. Al mismo tiempo, a pesar de su aparente brevedad y simplicidad, los relatos, debido tanto a la gran variedad de referencias intertextuales, elementos fantásticos y una buena porción de humor e ironía incluidos en ellos, como a las múltiples formas y posturas insólitas aplicadas por parte del autor, son capaces de retratar la complejidad de la existencia cotidiana del ser humano y  de su conciencia.

Gripe

“La gripe viene de Asia; los fantasmas, del armario; el terror, de las sombras. La gripe es un proceso. Un día, después de comer, empiezas a mirar las cosas con cierta extrañeza. Te parece que tus compañeros de trabajo se mueven a una velocidad excesiva; además, no tienen frío, mientras que tú, desde hace dos o tres horas, sientes en la espalda —tan deshabitada habitualmente— un movimiento especial, como si alguien hubiera abierto una ventana a la altura de los riñones. Los muebles del despacho son opacos; no comunican nada, excepto esta voluntad intransitiva. En la calle, los coches y la gente arrastran una pesadez mortal. Parecen manejados a distancia por un mecánico poco hábil. A lo mejor no te has dado cuenta todavía de que tienes fiebre, pero lo cierto es que las articulaciones de tu cuerpo han empezado a enviar leves mensajes de aflicción que se traducen en un estado de ánimo que tiende a la indiferencia. Al acostarte, te has encogido con placer y tu mujer te ha dicho que estás ardiendo. Estás ardiendo. Mañana tenías un compromiso importante y te hace gracia pensar que el compromiso no te importa nada, como el resto de la realidad.

Los huesos todavía no te duelen demasiado, de manera que fantaseas con que vas a poder leer. Tres días de cama, dos novelas. No acabas de coger el sueño, ahora estás algo excitado. Haces un repaso de la semana y te sorprendes de la pasión que has puesto en placeres absurdos, perecederos. Te duermes y sueñas los pasos de tu madre en el pasillo. Eres un niño y el mundo no depende de ti. Puedes ser irresponsable y eso te proporciona un latigazo de felicidad. Te encoges un poco más y notas los dedos de tu madre en la frente.

Algo así no puede venir de Asia, tiene que proceder de lo más hondo de uno mismo, como los fantasmas que parecen salir del armario, como el terror que emerge de las sombras.”


11/02/2021

el autor del mes, 3


 

El estilo Millás

por Manuel Rivas

Babelia (El País)

21/02/2004

 

“(SOBRE LA CORTINA de la ducha). ¿Por qué se pega la cortina del baño al cuerpo cuando nos duchamos? Por la misma razón que el periodismo de Juan José Millás es literatura. El agua "desplaza" la presión del aire. Esa libertad permite que la cortina se ciña al cuerpo. Haga lo que haga Millás, su periodismo va a ser leído como literatura. Y eso no malogra la medida de la verdad. Al contrario. La literatura no tiene por qué ser ajena a la verdad, pero puede mejorarla. Ése es Millás.

 

(Sobre la mirada compuesta). Es muy difícil crear un estilo. Hay un estilo Millás que el lector reconoce y que tiene que ver no tanto con efectos especiales sino con un enfoque especial. Trabaja con ojos compuestos, resultado de la concentración de múltiples ojos simples. En el relato de Nevenka, demuestra que su oído es sensible a los ultrasonidos. Vista al microscopio, su escritura está configurada por seres vivos, que se relacionan y comunican con antenas y palpos. Es nuevo periodismo, sí. Pero esas palabras en Millás se aventuran por barrios de la mente donde todavía no se ha visto a Tom Wolfe con su impecable traje blanco.”

 

10/02/2021

el autor del mes, 2

 

El mundo portentoso de Juan José Millás

por Antón Castro

Haraldo de Aragón

13/12/2011

 

Juan José Millás ha conseguido crear un estilo propio. En la literatura y en el periodismo. Casi diría que más en el periodismo: tanto en sus reportajes como en sus retratos, que tienen algo especial, una forma de mirar que enlaza lo cotidiano, el absurdo y el escalofrío, pero sobre todo donde resulta muy original es en la columna. Juanjo Millás la ha convertido en un articuento: en un género híbrido donde se alían las dos o tres ideas de la columna habitual de actualidad con la forma y los extravíos del cuento. Ahí logra que lo que se le antoja: textos lúcidos, desconcertantes, precisos, textos que son como una alucinación, textos que nacen de la pesadilla, de los sueños, de la observación, de un paseo por las calles, en bus o en tranvía, de la pura invención o de los recuerdos.

En cierto modo, Juanjo Millás arranca de los surrealistas, de Alfred Jarry, de Cortázar y de Kafka, y presenta algunas semejanzas con Roald Dahl, Arreola y Monterroso. Arranca de la entomología y de la medicina y de su profunda curiosidad, sobre todo. Es un notario de lo extraño, de las patologías y de las amputaciones; parece sojuzgado por la ciencia. Es un escritor que posee una metodología clínica y la exactitud de un anatomista: eso le permite percibir que las falanges de los dedos hablan entre sí, que un dedo de repente estalla o crepita con un sonido especial, que la espalda es un laberinto de secretos o que de detrás de la fiebre o de los microbios hay todo un universo secreto.

Millás es un narrador del apocalipsis y de lo inadvertido, es un observador de lo que pasa en el café (es un consumado maestro en el arte de oír confidencias sexuales como la de aquel señor que dice que quiere separarse porque no puede soportar que su mujer tenga intestinos), es capaz de ver replicantes a lo Blade runner un día cualquiera o es capaz de reflexionar largo y tendido sobre un asunto como Cuerpo y protésis en un texto más largo, espectacular e inquietante como casi todos los suyos. Cuando se acerca a los pequeños detalles, sus cuentos resultan impecables como insectos, un milagro de la literatura.

Millás se maneja en todos los ámbitos: el terror, la fantasía, lo cotidiano, lo científico, lo alegórico, lo escatológico, lo erótico, tratado a veces oblicuamente como sucede en Pornografía. Sabe que el mundo está lleno de tensiones que irrumpen del modo más inesperado, como sucede en Un hombre feo, un cuento sobre uno de los temas que más le apasionan, el otro, el doble, los espejismos de la identidad. O como sucede en Vísperas de una boda. Millás tiene la rara facultad de convertir cualquier nimiedad en una gran aventura: su percepción de lo raro convierte una extracción de sangre en un relato increíble, donde conviven el espanto, lo inaudito y la aprensión. Y es tan poco sentimental y burlón que es capaz de inventar a un tipo cuyo primer amor fue la prótesis de una niña coja. Otro elemento fundamental es el humor: el humor desternillante, negro, contenido, y la ironía que no cesa.

Es difícil seleccionar textos. Articuentos completos es uno de los libros más impresionantes e inagotables que he leído jamás sobre los mecanismos y las posibilidades de la ficción a partir de la realidad. Es un libro de alguien puntilloso, obsesivo, desvelado y lúcido que le concede la máxima importancia a lo mínimo, como abrir una lata de sardinas, pero también a la vida en pareja, a la política, a las noticias, al arte que usa carne humana, a la memoria o al sabor de un beso con aparato bucal... Vas de sorpresa en sorpresa, como en un proceso febril o en un delirio: el lector vive, página tras página, ese instante abrupto en el que no sabes ni quién eres, ni dónde estás, ni lo que es verdad, desconcierto, abismo, extrañamiento o sueño. No se sabe del todo si te persiguen o si eres el perseguidor. En fin, como dice Millás he aquí un mundo portentoso.”


07/02/2021

el autor del mes

 

Juan José Millás se visita a sí mismo

EfeKto 10

08/12/2019

 

“El valenciano Juan José Millás (1946) tiene un trabajo establecido: la literatura. Despierta escribiendo y se duerme leyendo. Como en cualquier jornada laboral, maneja horarios: a las 6 de la mañana se levanta y comienza a escribir:

―Si tengo una novela entre manos le dedico tiempo hasta las 8 u 8:30 de la mañana…

Después, sale a caminar. Al regresar toma los periódicos y el resto de la mañana lo dedica a los artículos que tenga que escribir:

―Publico uno diario en diferentes periódicos ―aclara.

La tarde es para leer:

―Esta es mi vida ―asegura el autor de Desde la sombra (Alfaguara, 2016).

A sus espaldas, el bosque de Chapultepec y Paseo de la Reforma dibujan una parte de la urbe. Esta panorámica lo lleva a imaginar e igualar pasajes inmersos en su más reciente libro: La vida a ratos (Alfaguara, 2019), porque, dice, “cuando uno abra el volumen se encontrará con una representación” suya:

—Yo estoy ahí del mismo modo que la ciudad está en el plano cartográfico. No hay que confundir el territorio con el mapa. Si nosotros abrimos el plano de la Ciudad de México sabemos que no estamos ante el plano de ésta sino ante su representación. Ahora, hay planos más fieles que otros, algunos mal hechos. Yo he aspirado a hacer un buen plano de mí. Estoy ahí en todas mis grandezas cotidianas, de la vida diaria. Estoy ahí en lo misterioso… es decir, creo que he desplegado una buena representación.

El libro es un viaje por la vida de Millás, un diario disfrazado de novela, donde más allá de la ficción se encuentran las facetas por las cuales se puede leer al autor: sus talleres de escritura, sus terapias psicológicas, sus mañanas, sus viajes por el Metro de Madrid son parte de las historias del personaje principal:

—En un diario los materiales vienen de afuera, es decir tú cuentas lo que te ha ocurrido, no te lo tienes que inventar, de modo que en el plano de la ciudad tú no tienes que inventarte nada. Aquel edificio, por ejemplo, ya existe, simplemente lo señalas porque ahí está. En una novela, en cambio, los materiales vienen de la imaginación y tienes que estar inventando continuamente.

El escritor vive en Madrid, ciudad en la que una de sus actividades consiste en dar talleres literarios en la Escuela de Escritores. Dice que hasta el salón de clases llega la gente que se resiste a escribir:

―La mayoría no quiere escribir, sino sólo ser escritor. Y no estamos hablando de lo mismo. En estos cursos tienen a un profesor que soy yo, que se desespera en ocasiones porque la escritura está mitificada: todo el mundo cree que no escribe porque no tiene tiempo. Esto es muy curioso, la gente en su fantasía piensa que algún día escribirá la novela de su vida. De hecho, mucha gente dice: “Tengo ganas de jubilarme para empezar a escribir”. Esto implica que la escritura está mitificada, lo que da lugar a multitud de malentendidos y a cosas muy divertidas o grotescas…

Después de esta reflexión, Millás asegura que no sabe si ya escribió la novela de su vida. Pero sí sabe que ha llegado “a un momento en que su escritura coincide con la madurez” adquirida con los años, con observarse para saber cómo es:

―Mis rutinas de soledad, mis dificultades para relacionarme con otros y todo aquello que habitualmente permanece en las trastiendas de las personas y que no se dejan ver.

En este reencuentro consigo mismo, una imagen de Millás se dibujó en su retrato:

—Me gustaría disolverme en la escritura. Quisiera que una aguja estuviera conectada, a través de un tubo, a una pluma estilográfica y que yo, con mi propia sangre, a medida que fuera escribiendo me fuera muriendo, me fuera disolviendo. Ese es un sueño recurrente en mí, desaparecer en la escritura, que es lo que le ha dado sentido a mi vida.

En los últimos años la disciplina de Juan José Millás en la escritura lo ha llevado a publicar un libro por año. Dice que es el resultado de una vida dedicada a las letras, tanto a la lectura como a la escritura.

—¿Qué relación ha mantenido con el acto de leer y de escribir?

—No se puede ser escritor sin ser un lector patológico, enfermizo. El combustible de una escritura es la lectura. Si yo no leyera, no podría escribir. Es más, creo que si me pusieran en una situación hipotética de que alguien me dijera: “Usted, a partir de ahora, solamente va a poder leer o escribir, no va a hacer ambas cosas”, seguramente elegiría leer. Se empieza a leer por las mismas razones por las que se empieza a escribir, porque entre el mundo y tú hay algo que no funciona bien. Cuando lees o escribes, ese malestar se atenúa. Así que el escritor y el lector se parecen muchísimo.

En La vida a ratos, Millás aprovecha la escritura para dar pistas de aquellos libros que lo han marcado:

―Lo que pasa es que cuando un libro me ha afectado mucho lo cuento ―asevera tajantemente.

En su rutina dedica cuatro horas diarias a leer:

―La lectura es mi diario, así que hablo a lo mucho de seis libros, pero son seis libros que a mí me han cambiado la vida.

Ahora mismo, el escritor está leyendo un libro de divulgación científica: Vida, la gran historia, escrito por el paleontólogo español Juan Luis Arzuaga, una lectura sobre la prehistoria:

―Porque pienso escribir algo sobre ello…”


el psicoanalista, debate

 


Ayer pusimos en común nuestras lecturas del libro del autor estadounidense John Katzenbach “El psicoanalista”. 

Xavier, el compañero que propuso su lectura, destacó, en la presentación del mismo,  que la idea fuerza –por definirlo así – que pauta el desarrollo de toda la trama es el la pérdida de identidad (de forma violenta) de una persona y su lucha posterior por superar este trance.

El protagonista de la novela, un viudo y maduro psicoanalista  que pasa consulta a los acomodados habitantes  del Upper East Side,  en el distrito de Manhattan, Nueva York, es víctima de un acoso sin piedad por parte de una persona,  que no se identifica, agraviada por la actitud, a su parecer, muy negligente en un caso que atendió en los inicios de su carrera médica. 

El objetivo final del acosador es conseguir que el psicoanalista acabe suicidándose por propia voluntad.

En la primera parte de la obra asistimos a la destrucción planificada y sistemática de las bases sobre las que se asienta la vida y la personalidad del doctor: le conminan a suicidarse o, si no lo hace, asesinar a un miembro de su familia, hacen desaparecer sus ahorros, hunden su reputación como terapeuta, destruyen su vivienda, su consulta…. El objetivo es aislarlo y llevarlo a la desesperación más absoluta.

Soren Kierkegaard, en su libro La enfermedad mortal, nos dice: “La desesperación es una enfermedad del yo, y puede adoptar tres formas: la desesperación de no tener un yo; la desesperación de no querer ser uno mismo; la desesperación de querer ser uno mismo.

Como destaco Xavier en el debate, el protagonista, en este proceso de despojamiento de su personalidad, lucha por no renunciar a ser un individuo consciente de si mismo;  para ello, decide hacer desparecer su yo (e impedir, así,  que maten a un familiar suyo) y reinventarse, con la ayuda de solo sus propios recursos personales,  en dos nuevos “yoes” que le permitan renacer, reinventarse, sin dejar de ser él.

El concepto de identidad personal, como se apunto en el debate ,  se refiere al sentido que damos a nuestro propio ser (que es único, diferente a los demás y –especialmente- continuo en el tiempo). Este guion mental (que todos seguimos)  es el que quieren destruir los acosadores de nuestra novela; pero también hemos de tener en cuenta, como apunto José en el debate, que lo que pensamos y tal como nos vemos también está conformado, socialmente,  por los valores y comportamientos que nos ha transmitido nuestra cultura y que nosotros integramos a nuestras características individuales y nuestra experiencia social. Así nuestra individualidad la conforma, en gran parte, nuestra  pertenencia a un determinado  grupo social.

Así, nuestro buen doctor, en la segunda y tercera parte de la novela, “renace” transformado en una nueva identidad que rompe meridianamente con el grupo social al que pertenecía su yo anterior.

 


06/02/2021

el psicoanalista, final

 



 

"“Todavía pienso en ti.


Doctor S.


Se había convertido en un hombre de muchas menos palabras, admitió para sí."


El psicoanalista

John Katzenbach

traducción: Laura Paredes

Ediciones B, 2004

pág: 457