11/10/2023

vila-matas, obres 1

 

Historia abreviada de la literatura portátil

Enrique Vila-Matas

DeBolsillo, 2015 (1985)

112 páginas:



    La sociedad secreta de los escritores portátiles, más conocida como la sociedad “Shandy”, fue fundada en 1924 en África, en la desembocadura del río Níger, siendo disuelta tres años después por Aleister Crowley. Formaron parte de esta, entre otros, Walter Benjamin, Duchamp, Pola Negri, Valery Larbaud, Georgia O'Keefe, Savinio, Gombrowicz, García Lorca y Scott Fitzgerald.

    Aparte de exigirse un alto grado de locura, dos requisitos eran imprescindibles para entrar en la sociedad: junto a que la obra artística de uno fuera portátil, es decir, que no fuera pesada y pudiera ser fácilmente trasladable en un maletín, la otra condición era la de funcionar como una perfecta máquina única. Aunque no imprescindibles, se recomendaba también poseer ciertos rasgos que eran considerados como específicamente” Shandys”: sexualidad extrema, espíritu innovador, ausencia de grandes propósitos, insolencia, tensa convivencia con el doble, simpatía por la negritud y nomadismo infatigable.

    Ese nomadismo hizo que, a lo largo de los tres años que duró la sociedad, ciudades como Praga, Nueva York, Trieste, París y Viena presenciaran una actividad que, en forma de viaje, finalizó en Sevilla, donde, en medio de un gran escándalo, del que fueron víctimas los poetas de la generación del 27, la sociedad se disolvió.

    Enrique Vila-Matas -que parece haber concebido este libro como la única construcción literaria posible, la única transcripción de quien no puede creer ni en la verosimilitud de la historia ni en el carácter metafóricamente histórico de toda novelización, aborda en estas páginas, con amplia documentación, la historia de la sociedad “Shandy”, de la que hasta ahora todas nuestras noticias se reducían a referencias veladas o tímidas menciones en textos de Vallejo, el príncipe Mdivani, Paul Morand, Rita Malú, Bruno Schulz, Paul Klee, Walter de la Mare, Dalí, Erich von Stroheim, Tristán Tzara y otros miembros de la sociedad.

10/10/2023

l'autor del mes I 3

 

Enrique Vila-Matas: "Cuando escribo necesito distanciarme de Barcelona"

El escritor catalán comparte ciertas curiosidades de su extensa obra que aún se mantenían ocultas al público.

Por Mariana Sández
El periódico
26/05/2022

    “Tras casi cincuenta años dedicado a responder entrevistas sobre su treintena de libros, resulta difícil entrevistar a Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) sin caer en el temor a repetirse. Calma saber que es un experto en aquello de la escritura y la modificación de la repetición, concepto de Kierkegaard que ha incorporado a su obra, y que por tanto cualquier conversación con él siempre trae algo original.

    Anima también conocer que, pese a su aspecto grave, más temprano que tarde aflora el humor y resulta imposible no compartirlo, tanto por las cosas que dice como porque es el primero en reírse de ellas. Así decidimos hacer un repaso un poco lúdico de todo, acaso reinventando nuestro propio repertorio.

PREGUNTA: Si hace una revisión de su obra, cuál de sus libros disfrutó más.

RESPUESTA: El que va a salir el próximo septiembre, no porque sea el último sino porque me he tomado mucho más tiempo en corregirlo. Hasta el punto de que me ha costado entregarlo, algo que no me había pasado nunca. En la revisión final, al deslizarme por lo ya escrito –lo que Alan Pauls llama "surfear"–, he ido parándome en muchos instantes y he ampliado detalles, algo insólito en mí. Me he asustado incluso con lo que introducía cuando la daba ya casi por terminada. Cuando trataba de ampliar el foco sobre ciertas escenas (cruzar, por ejemplo, una puerta ignorando lo que podía haber detrás de ella) he acabado conociendo el terror que yo mismo acababa de engendrar.

P: ¿Y el libro que le dio más trabajo o menos placer?

R: Tengo un conflicto con el último publicado, Esta bruma insensata (2019), pero creo que es porque, para escribir un nuevo libro, siempre necesito entrar en conflicto con el anterior. Me ha pasado mucho en los últimos veinte años: al terminar una de esas novelas que acostumbraba a conducir a un cul de sac y ponían muy difícil la puesta en marcha de un siguiente proyecto, los amigos me preguntaban qué iba a hacer después de haber llegado a aquel callejón de salida.

    Me parece haber descubierto que escribo novelas para, al final de las mismas, iniciar lo que de verdad me interesa: desarrollar una esforzada y heroica búsqueda de una salida de ellas, un nuevo objetivo, que siempre acaba siendo el mismo. En la inevitable sesión de preguntas que sigue a la presentación del nuevo libro, una señora quiso saber cuándo dejaría de escribir sobre lo mismo. "Cuando me salga bien", le dije.

P: Y el que más le preguntan.

R: Bartleby y compañía (2000) es un libro que está siempre ahí, cuando me citan en los lugares más insospechados, en los países menos esperados. Lo peor es que Preferiría no hacerlo se ha convertido en un cliché a veces insoportable.

P: Sobre el que menos le preguntan y querría que le preguntaran.

R: Chet Baker piensa en su arte (2011), que hace poco –en 2020– he vuelto a publicar por una editorial distinta, Wunderkammer, separado del conjunto de relatos con el que había salido antes. Trata sobre un crítico que, encerrado en un hotel, decide pasar la noche planteándose cuestiones como las que median entre la ruptura radical del Finnegans Wake de Joyce y la literatura más tradicional de Simenon. Es un libro a la altura de los que me gustan a mí. Lo he retomado de algún modo en el nuevo libro que saldrá ahora. Y, por supuesto, cuando me salga bien del todo (risas) dejaré esa obsesión.

P: Es del estilo de Perder teorías y Marienbad eléctrico, dos libros brevísimos, pero tan repletos de reflexión literaria. ¿Son Vila-Matas concentrado?

R: Perder teorías (2010) también tuvo poco alcance entre los lectores, pero quienes lo leyeron profundizaron bien en él. Marienbad eléctrico (2015)se pregunta sobre qué es al final la literatura y qué alcance tiene; es mi poética reunida, pero no  ha llegado mucho a los lectores. Además, es la historia de mi amistad con una artista plástica partidaria de lo que ella llama "la literatura expandida", Dominique González–Foerster, una persona enormemente creativa; nuestros intercambios siempre resultan estimulantes. Quizás esos libros no funcionaron porque son los más cerradamente literarios y no hacen ninguna concesión fuera de eso.

P: Un libro que volvería a escribir.

R: Ya he reescrito Una casa para siempre (1988), que transformé en Mac y su contratiempo (2017). Este es precisamente un libro sobre la repetición. Tomé todo el esquema de aquel libro –la biografía oblicua de un ventrílocuo– que estaba muy bien construido, pero lo dejé irreconocible. En ese el tema de la modificación en la repetición, de Kierkegaard, es central.

    Es curioso que, en Wikipedia, Una casa para siempre esté explicado como "libro de relatos y novela a la vez". Y que Historia abreviada de la literatura portátil figura como "mezcla de ficción y ensayo". Ahora parece antiguo.

    Lo explica muy bien Anna María Iglesia en su introducción a Ese famoso abismo (2020), el último libro de entrevistas que hice. En su momento propagué en este país lo que hoy en literatura es visto como menos chocante que entonces.

    Ella comenta que durante mucho tiempo no encajé en el canon español que algunos habían confeccionado, y sin embargo nunca caí en la tentación de sucumbir a lo que otros imponían como literatura. Explica cómo hace ya trece años yo veía que el gran reto de la literatura española (y, por supuesto, el de la catalana) consistía en situarse en el mundo, mirar hacia afuera, "porque nunca le gustó estar dentro, haciendo concesiones, adaptándose, siendo el escritor que no era", dice ahí.

P: Después del que llama "colapso" de salud de 2006 y tras la publicación de Exploradores del abismo (2007) decía que se sentía como si se hubiera convertido en un gestor del autor que fue. ¿Sigue pensándolo?

R: Lo de creerme el gestor de mi obra duró muy pocos días. Terminó el día en que quedé en el bar Belvedere de Barcelona con Ricardo Piglia. Ignoraba todavía ese día que él defendía como manifestación más elevada de la autenticidad creadora aquellas obras a través de las cuales un "autor-autor" perseguía una sola e invariable gran obsesión a través de todos sus libros. No sabiendo esto, nada más llegar al Belvedere, le conté que, tras el "colapso", había iniciado una nueva vida como escritor y sentía –le dije– que era "otro".

    Piglia siempre era irónico. Me habló entonces del gran Gatsby, aquel personaje de Scott Fitzgerald "que se esforzaba por cambiar su pasado". Y me preguntó si detrás de esa "historia" de mis dos vidas estaba o no la ilusión de seguir siendo yo mismo. Me sentí contrariado. ¿Acaso no me había contundentemente presentado (o re-presentado) ante él como otro? Pero comprendí rápido, vi que Piglia me recriminaba que me engañara creyéndome sumergido en la vida y obra de un escritor distinto al que había sido y seguía siendo. En otras palabras, quiso indicarme que nos damos falsos impulsos a base de historias nuevas.

P: ¿Qué libro podría releer infinitamente?

R: Uno es el de Fitzgerald, El gran Gatsby, por la construcción perfecta. Suele pasarme con los diarios de Kafka, incluso lo leo, veo que ya lo había leído y me doy cuenta de que no me acordaba, además de que se renueva continuamente. Con El libro del desasosiego también me sucede. Pero, bueno, aquí la lista es interminable.

P: Algún libro de otros autores que le hayan impresionado últimamente y con el que se sienta identificado.

R: Muy recientemente, Rodrigo Fresán en Melvill. Y el chileno Alejandro Labatut en Un verdor terrible; una especie de Sebald, pero a lo bestia.

P: Fuera del espacio "obra", ¿cuál sería un entorno que le representa?

R: Una habitación única, la que hizo Dominique para mí en el Centre Pompidou de París. Incluyó en su retrospectiva (imitaba un hotel al que llamó Hotel Splendide) una habitación única de la que solo yo tenía la llave. Cuando fui, esperé a que la gente me mirara para con gran naturalidad abrir "mi habitación", entrar en ella, donde solo había una maleta roja: me dijo que había pertenecido a Marlene Dietrich. Tal vez esa "habitación única" debería haberse llamado "la habitación verdadera", en la que siempre estamos de viaje, con una maleta prestada. Es la habitación que me gustaría conocer.

P: ¿Y un espacio abierto?

R: Frente al mar, que siempre crea cierta sensación de libertad. Solo en invierno, para que no haya mucha gente tomando paellas con la suegra y tal (se ríe). Cogiendo el tren por la Costa Azul, tienes las playas desiertas más ideales en invierno. O el lago Leman, en Suiza, en la población donde vivía Nabokov, el hotel en Montreux. El tren bordea el lago y la sensación es extraordinaria.

    No hay viaje en tren en el que la ventanilla no me lleve, por un momento, a recordar la historia que se cuenta del poeta W. H. Auden, que iba cruzando en ferrocarril los Alpes junto a unos amigos y leía con atención un libro, pero sus acompañantes no dejaban de lanzar exclamaciones de éxtasis ante lo majestuoso del paisaje; durante unas décimas de segundo, despegó la vista del libro, miró por la ventanilla y regresó a su lectura diciendo: "Con una mirada alcanza y sobra".

P: Una ciudad.

R: Iba a decirte, a bote pronto, Lisboa, pero la ciudad principal es París. Como últimamente no se ha podido viajar, me doy cuenta de que es París donde sitúo las cosas, los pensamientos, donde me siento muy libre porque no es Barcelona. Lisboa también, solo que en París sé que puedo vivir, en Lisboa no lo tengo tan claro. Y luego Nueva York, que siempre me fascinó, aunque he ido pocas veces.

    Barcelona me gusta mucho, pero necesito distanciarme de ella y, aunque escriba en mi casa de Barcelona, siempre lo hago distanciándome bastante de esa ciudad de mis amores y de mis horrores. Pero, vamos, como cantaba El Último de la Fila: "Que soc de Barcelona i em moro de calor".

P: En sus últimas notas en Café Perec, su columna de El País, se nota un deje de nostalgia por otros tiempos y otra calidad artística, disuelta en el imperio de lo breve y lo audiovisual.

R: Necesito escribir contra algo y ahora me concentro en la estupidez general de este tiempo que nos está tocando vivir. Pero jamás he practicado la nostalgia. Siempre, y últimamente más que nunca, siempre miro hacia delante. En cuanto a lo artístico, me parece que a estas alturas comprendo mejor cómo funciona todo y soy consciente de que se está simplificando la literatura.

    Por ejemplo, quienes se ocupan de vender derechos, en las ferias, se ven obligados a resumir en cinco minutos el argumento de un libro y, como todos sabemos, no es solo una línea argumental que pueda describirse de esa forma. Es mucho más rico y complejo. Como si le hubieran preguntado a Proust: "¿De qué va su libro?". Él diría: "De los celos". Rápidamente hoy le contestarían: "Pues no, eso no interesa. No sirve para el titular de un periódico ni para resumir el libro".”

09/10/2023

l'autor del mes, 2

 




La obra narrativa de Enrique Vila-Matas

entre la poética del silencio y la escritura infinita

Teresa Gómez Trueba
en Bulletin Hispanique
Número 110-2, 2008



    Enrique Vila-Matas cuenta ya con una obra de extensión considerable y con una cada vez mejor acogida por parte de crítica y lectores. Se trata para algunos del novelista más original e interesante del actual panorama narrativo español. Aunque escasas, también ha recibido críticas negativas, que fundamentalmente acusan a sus novelas de excesivamente reiterativas y obsesivas, y de cultivar un discurso que tiende irremediablemente al agotamiento, al haber renunciado a contar cosas para alimentarse única y exclusivamente de sí mismo. Es cierto que cada una de las novelas de Vila-Matas trata una y otra vez unos mismos temas, que su obra ha ido evolucionando hacia un discurso en el que progresivamente tiene menor importancia el referente externo, de manera que ya el argumento se adelgaza (sin llegar nunca a desaparecer del todo) hasta extremos desconcertantes, como ocurre en su última novela Doctor Pasavento. Pero, precisamente, esa vuelta obsesiva, libro tras libro, una y otra vez, al mismo asunto, alejándose y acercándose a él reiteradamente, como si estuviera recorriendo un laberinto del que todavía no ha logrado encontrar la salida, es lo que convierte toda la obra de Vila-Matas en un proyecto compacto y sumamente coherente, que adquiere mayor sentido y valor considerado en conjunto. Cada uno de sus libros ha supuesto una nueva vuelta de tuerca dentro de una prolongada reflexión en torno a la eterna (y no por ello agotada) cuestión del arte de la novela y la representación literaria. Reflexión que lejos de haberse debilitado permanece en sus últimas novelas, alcanzando su momento más álgido e interesante.

    Estamos ante uno de esos escritores cuya obra pone de continuo el dedo en la llaga del problema teórico en torno a los límites del concepto de novela. Las novelas de Vila-Matas se sitúan siempre en las fronteras del género, convirtiéndose en una narración del problema que se le plantea al escritor respecto a las convenciones estéticas que coartan su expresividad. En varias ocasiones el propio autor se ha manifestado con claridad sobre este asunto, confesándose afín a cierta tendencia de la literatura actual, en la que inscribe, entre otros, a Los anillos de Saturno de Sebald, Microcosmos de Magris, El arte de la fuga de Pitol, o a Tabucchi y su Dama de Porto Pim. Partiendo de la convicción de que la vida es «un tejido continuo», entienden todos ellos que la novela debe dar cuenta de ese enramado, convirtiéndose en un «tapiz que se dispara en muchas direcciones: material ficcional, documental, autobiográfico, ensayístico, histórico, epistolar, libresco… Son libros que mezclan la narración con la experiencia, los recuerdos de lecturas y la realidad traída al texto como tal». Conecta asimismo su idea de la novela como un tapiz con el concepto de «multiplicidad» de Calvino: la novela como enciclopedia que se presenta como «red de conexiones entre los hechos, entre las personas, entre las cosas del mundo». En su última novela, Doctor Pasavento, cita a Laurence Sterne como inventor (o reinventor, ya que a su vez partía de Cervantes y Montaigne) de un género literario que habría que relacionar con todo esto, la novela-ensayo, con su peculiar tratamiento de las relaciones entre realidad y ficción, aunque mucha gente considere que es esta una invención fundamental de nuestros días.

    Esa novela-ensayo que practica Vila-Matas surge en íntima relación con la crisis de la representación literaria, que aunque no nueva, sí se ha agudizado en el siglo XX….

08/10/2023

l'autor del mes

 



Aprende a escribir con… 
Enrique Vila-Matas
por Álvaro Colomer
Zenda Libros
21/10/2020


    "Enrique Vila-Matas tiene dos trucos para vencer el miedo a la página en blanco: el “Hemingway” y el “Bioy Casares”. El primero consiste en escribir a diario, sin saltarse un solo día, con una disciplina más férrea que el raíl de un tren. Lo llama “truco Hemingway” porque en 1958, cuando George Plimpton entrevistó al autor de El viejo y el mar y Por quién doblan las campanas para la revista Paris Review, y en concreto cuando se interesó por sus hábitos de trabajo, el estadounidense respondió que siempre terminaba su jornada laboral en el momento exacto en el que sabía qué ocurriría en la siguiente escena. Hemingway se iba a dormir con la seguridad de que al día siguiente tendría algo que contar, y tan pronto como se levantaba se ponía frente a la máquina de escribir y aporreaba las teclas casi sin pensar.

    Y es que, según Vila-Matas, la continuidad es requisito imprescindible para terminar una novela. Pero, si aun así uno se queda bloqueado, siempre queda el “truco Bioy Casares”. El argentino dijo en cierta ocasión que la inteligencia era el arte de encontrar un agujerito por el que salir de la situación que nos tiene atrapados. Así pues, para sortear uno de esos callejones sin salida que a menudo interrumpen las historias, el escritor tiene que buscar dicho «agujerito» y, cuando al fin lo encuentra, volver sobre el teclado con tanta furia que acaben doliéndole las yemas de los dedos. Ahora bien, para conseguir esto, primero hay entrenar la mirada. Conseguir, por así decirlo, una mirada de escritor. Y el resto ya viene solo.

    Vila-Matas confiesa que si un día no escribe, al anochecer se siente estúpido. Su obsesión por la continuidad llega a tal extremo que cuando no cumple con su deber, se odia a sí mismo. Eso proviene de su etapa de estudiante. En concreto, de aquella época en que despertaba empapado en sudor tras haber soñado que suspendía un examen. Ese miedo al fracaso, a dejar las cosas a medias, a no superar los obstáculos, se le quedó enganchado al alma y, ahora que ya es adulto, sigue sin hacer pellas porque, básicamente, le horroriza la posibilidad de convertirse en el tonto de la clase.

    De manera que cada mañana, después de desayunar, se sienta en su escritorio. Lo hace a las 8:30 y no se levanta hasta las 14:30. Bueno, sí que se levanta, pero sólo para rellenar su taza de café. Vila-Matas bebe en la actualidad tanto café como alcohol en el pasado. En aquel tiempo no se ponía a escribir hasta bien entrada la tarde, entre otras cosas porque las resacas eran tan salvajes que se veía incapaz de atinar una frase entera. Sin embargo, y según recuerda, en cierto momento del día, normalmente antes de comer, el dolor de cabeza se disipaba y afloraba de su interior una euforia que le empujaba a escribir de un modo desenfrenado. Esos momentos, dice con una sonrisa malévola, eran maravillosos.

    Pero todo eso quedó atrás, en la etapa anterior al colapso que lo llevó al hospital, y ahora es un hombre que se levanta temprano, carga la cafetera y se pone a teclear. Porque es la cafeína lo que hoy le pone eufórico. Hay un momento en que su cerebro alcanza tal grado de excitación que le parece que todo lo que está escribiendo es magnífico. Y ya sabemos lo que ocurre cuando uno tiene seguridad en sí mismo: que su trabajo acaba siendo bueno. Pero ojo, el narrador barcelonés guarda otro as en la manga: si no consigue el estado mental que necesita, lo busca en Spotify. Ha creado unas cincuenta listas de canciones que evocan los diferentes ánimos que suelen dominar a un escritor, y solo tiene que darle al play en la opción precisa para lanzarse sobre el teclado.

    Así escribe Vila-Matas: con ordenador e impresora. Gasta cartuchos de tinta sin parar, porque imprime cada folio decenas de veces, a veces hasta un centenar, y corrige a mano todo lo que no le gusta. Luego incorpora los cambios al procesador de textos, y vuelta a empezar con el proceso. Repite tantas veces esta operación que, según afirma, a veces tiene la sensación de que no es un escritor, sino un pintor que pone tantas capas sobre el lienzo que al final apenas se detecta una pincelada del boceto original. Es su método y le funciona. Por supuesto que le funciona. Ha publicado algunas de las novelas más aplaudidas de la literatura nacional e internacional, y a estas alturas de su vida ni siquiera necesita un lector cero para saber que ha hecho bien su trabajo.

Antiguamente, su esposa, Paula Massot, leía los manuscritos tan pronto como los terminaba y, si daba su visto bueno, Vila-Matas se los enviaba a Jorge Herralde. El editor de Anagrama guardaba silencio durante unos días, tal vez incluso alargaba la espera para despertar la inquietud de su autor, hasta que un día le telefoneaba y le decía: “La crítica te adorará, pero no venderemos nada”. Esta frase indicaba que todo estaba en orden, que Vila-Matas había conseguido lo que se había propuesto, que había dado otro paso hacia la excelencia. Sin embargo, ya no necesita que nadie lea sus novelas. Porque el auténtico escritor sabe si lo que ha escrito es bueno o malo. O al menos eso opina el barcelonés del abrigo estilo Pessoa."

les xerrades-debat de Vespres

 

Argentina 1985

una crònica de Joan Francesc Sánchez

    Aquest divendres, 6 d'octubre, vam tenir la primera sessió de les Xerrades-Debat de Vespres Literaris, que sempre agafarán el tema de una pel·lícula com fil conductor del debat. En aquesta ocasió la pel·licula triada és Argentina 1985 dirigida per Santiago Mitre i brillantment interpretada por Ricardo Darín com a Julio Strassera,  fiscal de la Cort Suprema argentina.

    Basada en fets reals, és un film que retrata de manera crua i emotiva els esdeveniments ocorreguts durant la dictadura militar a Argentina.

    A través de la història de les víctimes i la seva lluita per la veritat i la justícia, la pel·lícula ens convida a reflexionar sobre la importància de recordar i honorar la memòria de les víctimes. Amb una actuació destacada de Ricardo Darín i una direcció impecable de Santiago Mitre, la pel·lícula aconsegueix transmetre la tensió i el patiment viscuts en aquells anys foscos de la història argentina.

    Després d'una breu introducció de la nostra companya Pilar Marcos, va començar el debat, rememoran els moments més colpidors i emotius, com els testimonis de les victimes o l'al·legat final del fiscal.


    La nostra companya Mabel, ens va introduir a les seves vivències personals i records d'aquells anys foscos de l'Argentina, com es va viure aquest judici històric i la idiosincràsia del poble argentí, que el porta fins a la situació sociopolítica actual. Va ser una esplèndida sessió amb gairebé trenta assistents.


    La propera sessió serà el 1 de desembre, debatrem al voltant del tema de la inteligencia artificial . La pel·lícula que inspirará el debat és Her dirigida per Spike Jonze, una pel·lícula romàntica de ciència ficció i intel·ligència artificial.

Malgrat què, amb la realitat actual de la Intel·ligència Artificial, potser ja no és tanta ficció.

Us esperem!!!





07/10/2023

banús, fragment i quatre

 

    "El viaje toca a su fin. En cualquier caso, el fin de ese fragmento suyo que hasta aquí he descrito. Ahora —camino de vuelta— aún queda un breve descanso a la sombra de un árbol. El árbol en cuestión crece en una aldea que se llama Adofo y está situada cerca del Nilo Azul, en la provincia etíope de Wollega. Es un inmenso mango de hojas frondosas y perennemente verdes. El que viaja por los altiplanos de África, por la infinitud del Sahel y de la sabana, siempre contempla el mismo y asombroso cuadro que no cesa de repetirse: en las inmensas extensiones de una tierra quemada por el sol y cubierta por la arena, en unas llanuras donde crece una hierba seca y amarillenta, y sólo de vez en cuando algún que otro arbusto seco y espinoso, cada cierto tiempo aparece, solitario, un árbol de copa ancha y ramificada. Su verdor es fresco y tupido y tan intenso que ya desde lejos forma, claramente visible en la línea del horizonte, una nítida mancha de espesura. Sus hojas, aunque en ninguna parte se percibe una sola brizna de viento, se mueven y despiden destellos de luz. ¿De dónde ha salido el árbol en este muerto paisaje lunar? ¿Por qué precisamente en este lugar? ¿Por qué uno solo? ¿De dónde saca la savia? A veces, tenemos que recorrer muchos kilómetros antes de toparnos con otro.

    A lo mejor, en tiempos, crecían aquí muchos árboles, un bosque entero, pero se los taló y quemó y sólo ha quedado este único mango. Todo el mundo de los alrededores se ha preocupado por salvarle la vida, sabiendo cuán importante era. Es que en torno a cada uno de estos árboles solitarios hay una aldea. En realidad, al divisar desde lejos un mango de estos, podemos tranquilamente dirigirnos hacia él, sabiendo que allí encontraremos gente, un poco de agua e, incluso, tal vez algo de comer. Esas personas han salvado el árbol porque sin él no podrían vivir: bajo el sol africano, para existir, el hombre necesita sombra, y el árbol es su único depositario y administrador.

    Si en la aldea hay un maestro, el espacio bajo el árbol sirve como aula escolar. Por la mañana acuden aquí los niños de todo el poblado. No existen cursos ni límites de edad: viene quien quiere. La señorita o el señor maestro clavan en el tronco el alfabeto impreso en una hoja de papel. Señalan con una vara las letras, que los niños miran y repiten. Están obligados a aprendérselas de memoria: no tienen con qué ni sobre qué escribir.

    Cuando llega el mediodía y el cielo se vuelve blanco de tanto calor, en la sombra del árbol se protege todo el mundo: los niños y los adultos, y si en la aldea hay ganado, también las vacas, las ovejas y las cabras. Resulta mejor pasar el calor del mediodía bajo el árbol que dentro de la choza de barro. En la choza no hay sitio y el ambiente es asfixiante, mientras que bajo el árbol hay espacio y esperanza de que sople un poco de viento.

    Las horas de la tarde son las más importantes: bajo el árbol se reúnen los mayores. El mango es el único lugar donde se pueden reunir para hablar, pues en la aldea no hay ningún local espacioso. La gente acude puntual y celosamente a estas reuniones: los africanos están dotados de una naturaleza gregaria y muestran una gran necesidad de participar en todo aquello que constituye la vida colectiva. Todas las decisiones se toman en asamblea, las disputas y peleas las soluciona la comunidad en pleno, que también resuelve quién recibirá tierra cultivable y cuánta. La tradición manda que toda decisión se tome por unanimidad. Si alguien es de otra opinión, la mayoría tratará de persuadirlo tanto tiempo como haga falta hasta que cambie de parecer. A veces la cosa dura una eternidad, pues un rasgo típico de estas deliberaciones consiste en una palabrería infinita. Si entre dos habitantes de la aldea surge una disputa, el tribunal reunido bajo el árbol no buscará la verdad ni intentará averiguar quién tiene razón, sino que se dedicará, única y exclusivamente, a quitar hierro al conflicto y a llevar a las partes hacia un acuerdo, no sin considerar justas las alegaciones de ambas.

    Cuando se acaba el día y todo se sume en la oscuridad, los congregados interrumpen la reunión y se van a sus casas. No se puede debatir a oscuras: la discusión exige mirar al rostro del hablante; que se vea si sus palabras y sus ojos dicen lo mismo.

    Ahora, bajo el árbol, se reúnen las mujeres; también acuden los ancianos y los niños, curiosos por todo. Si disponen de madera, encienden fuego. Si hay agua y menta, preparan un té, espeso y cargado. Empiezan los momentos más agradables, los que más me gustan: se relatan los acontecimientos del día y se cuentan historias en que se mezclan lo real y lo imaginario, cosas alegres y las que despiertan terror. ¿Qué ha hecho tanto ruido entre los arbustos esta mañana, ese algo oscuro y furioso? ¿Qué pájaro tan extraño ha levantado el vuelo y ha desaparecido? Unos niños han obligado a un topo a esconderse en su madriguera. Luego la han descubierto y el topo no estaba. ¿Dónde se habrá metido? A medida que avanzan los relatos la gente empieza a recordar que, en tiempos, los viejos hablaban de un pájaro extraño que, en efecto, había levantado el vuelo y había desaparecido; otra persona se acuerda de que, cuando era pequeña, su bisabuelo le dijo que una cosa oscura llevaba tiempo haciendo ruido entre los arbustos. ¿Cuánto? Hasta donde llega la memoria. Aquí, la frontera de la memoria también lo es de la Historia. Antes no había nada. El antes no existe. La Historia no llega más allá de lo que se recuerda. 

    Aparte del norte islámico, África no conocía la escritura; la Historia nunca ha pasado aquí de la transmisión oral, estaba en las leyendas que circulaban de boca en boca y era un mito colectivo, creado involuntariamente al pie de un mango, en la profunda penumbra de la tarde, cuando no se oían más que las voces temblorosas de los ancianos, puesto que las mujeres y los niños, embelesados, guardaban silencio. De ahí que los momentos en que cae la noche sean tan importantes: es cuando la comunidad se 
plantea quién es y de dónde viene, se da cuenta de su carácter singular e irrepetible, y define su  identidad. Es la hora de hablar con los antepasados, que si bien es cierto que se han ido, al mismo tiempo permanecen con nosotros, siguen conduciéndonos a través de la vida y nos protegen del mal. 

    Al caer la noche el silencio bajo el árbol sólo es aparente. En realidad lo llenan muchas y muy diversas voces, sonidos y susurros que llegan de todas partes: de las altas ramas, de la maleza circundante, de debajo de tierra, del cielo. Es mejor que en momentos así nos mantengamos unidos, que sintamos la presencia de otros, presencia que nos infunde ánimo y valor. El africano nunca deja de sentirse amenazado. En este continente la naturaleza cobra formas tan monstruosas y agresivas, se pone máscaras tan vengativas y terroríficas, coloca tales trampas y emboscadas, que el hombre, permanentemente asustado y atemorizado, vive sin saber jamás lo que le traerá el mañana. Aquí todo se produce de manera multiplicada, desbocada, histéricamente exagerada. Cuando hay tormenta, los truenos sacuden el planeta entero y los rayos destrozan el firmamento haciéndolo jirones; cuando llueve, del cielo cae una maciza pared de agua que nos ahogará y sepultará de un momento a otro; cuando hay sequía, siempre es tal que no deja ni una gota de agua y nos morimos de sed. En las relaciones naturaleza-hombre no hay nada que las suavice, ni compromisos de ninguna clase, ni gradaciones, ni estados intermedios. Todo —y durante todo el tiempo— es guerra, combate, lucha a muerte. El africano es un hombre que desde que nace hasta que muere permanece en el frente, luchando contra la —excepcionalmente  malévola— naturaleza de su continente, y ya el mero hecho de que esté con vida y sepa conservarla constituye su mayor victoria.

    Pues bien, ha caído la noche, estamos sentados bajo un árbol enorme y una muchacha me ofrece un vaso de té. Oigo hablar a gentes cuyos rostros, fuertes y brillantes, como esculpidos en ébano, se funden con la inmóvil oscuridad. No entiendo mucho de lo que dicen pero sus voces suenan serias y solemnes. Al hablar se sienten responsables de la Historia de su pueblo. Tienen que preservarla y desarrollarla. Nadie puede decir: leedla en los libros, pues nadie los ha escrito; no existen. Tampoco existe la Historia  más allá de la que sepan contar aquí y ahora. Nunca nacerá esa que en Europa se llama científica y objetiva, porque la africana no conoce documentos ni censos, y cada generación, tras escuchar la versión correspondiente que le ha sido transmitida, la cambia, altera, modifica y embellece. Pero por eso mismo, libre de lastres, del rigor de los datos y las fechas, la Historia alcanza aquí su encarnación más pura y cristalina: la del mito.

    En dichos mitos, el lugar de las fechas y de la medida mecánica del tiempo —días, meses, años— lo ocupan declaraciones como: «hace tiempo», «hace mucho tiempo», «hace tanto que ya nadie lo recuerda». Todo se puede hacer caber en estas expresiones y colocarlo en la jerarquía del tiempo. Sólo que ese tiempo no avanza de una manera lineal y ordenada, sino que cobra forma de movimiento, igual al de la Tierra: giratorio y uniformemente elíptico. En tal concepción del tiempo, no existe la noción de progreso, cuyo lugar lo ocupa la de durar. África es un eterno durar.

    Se hace tarde y todos se van a sus casas. Cae la noche, y la noche pertenece a los espíritus. ¿Dónde, por ejemplo, se reunirán las brujas? Se sabe que celebran sus encuentros y asambleas en las ramas, sumergidas y ocultas entre las hojas. Más vale no molestarlas, mejor retirarse del refugio del árbol: no soportan que se las mire, escuche, espíe. Saben ser vengativas y son capaces de perseguirnos: inocular enfermedades, infligir dolor, sembrar la muerte.

    De modo que el lugar bajo el mango permanecerá vacío hasta la madrugada. Al alba en la tierra aparecerán, al mismo tiempo, el sol y la sombra del árbol. El sol despertará a la gente, que no tardará en ocultarse ante él, buscando la protección de la sombra. Es extraño, aunque rigurosamente cierto a un tiempo, que la vida del hombre dependa de algo tan volátil y quebradizo como la sombra. Por eso el árbol que la proporciona es algo más que un simple árbol: es la vida. Si en su cima cae un rayo y el mango se quema, la gente no tendrá dónde refugiarse del sol ni dónde reunirse. Al serle vetada la reunión, no podrá decidir nada ni tomar resolución alguna. Pero, sobre todo, no podrá contarse su Historia, que sólo existe cuando se transmite de boca en boca en el curso de las reuniones vespertinas bajo el árbol. Así, no tardará en perder sus conocimientos del ayer y su memoria. Se convertirá en gente sin pasado, es decir, no será nadie. Todos perderán aquello que los ha unido, se dispersarán, se irán, solos, cada uno por su lado. Pero en África la soledad es imposible; solo, el hombre no sobrevivirá ni un día: está condenado a muerte. Por eso, si el rayo destruye el árbol, también morirán las personas que han vivido a su sombra. Y así está dicho: el hombre no puede vivir más que su sombra. ç

    Paralelamente a la sombra, el segundo valor más importante es el agua.

    —El agua lo es todo —dice Ogotemmeli, el sabio del pueblo dogon, que habita en Malí—. La tierra procede del agua. La luz procede del agua. Y la sangre.

    —El desierto te enseñará una cosa —me dijo en Niamey un vendedor ambulante sahariano—: que hay algo que se puede desear y amar más que a una mujer. El agua.

    La sombra y el agua, dos cosas volátiles e inseguras, que aparecen para luego desaparecer no se sabe por dónde.

    Dos modos de vivir, dos situaciones: a todo aquel que por vez primera se encuentre en uno de los hipermercados norteamericanos, en uno de esos malls gigantescos e interminables, le chocará la riqueza y la diversidad de las mercancías allí expuestas, la presencia de todos los objetos posibles que el hombre ha inventado y fabricado, y luego los ha transportado, almacenado y acumulado, con lo cual ha hecho que el cliente ya no tenga que pensar en nada: lo han pensado todo por él y ahora lo tiene todo listo y a mano.

    El mundo del africano medio es diferente; es un mundo pobre, de lo más sencillo y elemental, reducido a unos pocos objetos: una camisa, una palangana, un puñado de grano, un sorbo de agua. Su riqueza y diversidad no se expresan bajo una forma material, concreta, tangible y visible, sino en esos valores y significados simbólicos que dicho mundo confiere a las cosas más sencillas, tan baladíes que son inapreciables para los no iniciados. Sin embargo, una pluma de gallo puede ser considerada como una linterna que ilumina el camino en la oscuridad, y una gota de aceite, como un escudo que protege de las balas. La cosa cobra un peso simbólico, metafísico; porque así lo ha decidido el hombre, quien, por el mero hecho de elegirla, la ha enaltecido, trasladado a otra dimensión, a la esfera superior del ser: a la trascendencia.

    Tiempo ha, en el Congo, me permitieron acceder al misterio: pude ver la escuela de iniciación de los niños. Al acabarla se convertían en hombres adultos, tenían derecho a voz y voto en las reuniones del clan y podían fundar una familia. Al visitar una de estas escuelas, tan archi importantes en la vida del africano, el europeo no parará de sorprenderse y de frotarse los ojos, incrédulo. ¡Cómo! ¡Pero si aquí no hay nada! ¡Ni bancos, ni tan siquiera una pizarra! Sólo unos arbustos espinosos, unos manojos de hierba seca y, en lugar de suelo, una capa de ceniza y arena gris. ¿Y a esto llaman escuela? Y, sin embargo, los jóvenes se mostraban orgullosos y solemnes. Habían alcanzado un gran honor. Es que allí todo se basaba en un contrato social —tratado con mucha seriedad —, en un profundo acto de fe: la tradición reconocía que el lugar donde permanecían aquellos muchachos era la sede de la escuela del clan, la cual, al introducirlos en la vida, gozaba de un estatus de privilegio, solemne e, incluso, sagrado. Una nadería se convierte en algo importante porque así lo hemos decidido. Nuestra imaginación la ha ungido y enaltecido.

    El disco de Leshina puede ser un buen ejemplo de esa transformación ennoblecedora. La mujer que llevaba el apellido Leshina vivía en Zambia. Tenía unos cuarenta años. Era vendedora en la pequeña ciudad de Serenje. No se distinguía por nada especial. Corrían los años sesenta y en los más diversos rincones del mundo se topaba uno con gramófonos de manivela. Leshina tenía un gramófono de aquellos y un disco, uno solo, gastado y rayado hasta lo imposible. El disco contenía la grabación de un discurso de Churchil, de 1940, en el que el orador exhortaba a los ingleses a aceptar las privaciones y los sacrificios de la guerra. La mujer colocaba el gramófono en su patio y daba vueltas a la manivela. Del altavoz, metálico y pintado de verde, salían roncos gruñidos y borboteos que retumbaban en el aire y en los que se podían adivinar los ecos de una voz llena de pathos, pero ya incomprensibles y desprovistos de sentido. Al populacho que allí acudía, cada vez más numeroso con el paso del tiempo, Leshina le explicaba que era la voz de dios, que la nombraba su mensajera y ordenaba obediencia ciega. Auténticas muchedumbres empezaron a acudir a su casa. Sus fieles, por lo general pobres de solemnidad, con un esfuerzo sobrehumano construyeron un templo en la selva y comenzaron a decir allí sus oraciones. Al principio de cada oficio el estrepitoso bajo de Churchil los sumía en estado de trance y éxtasis. Pero como los líderes africanos se avergüenzan de tales manifestaciones religiosas, el presidente Kenneth Kaunda mandó contra Leshina su tropa, que en el lugar del culto a la mujer, asesinó a varios cientos de personas inocentes y cuyos tanques convirtieron en polvo su templo de arcilla.

    Estando en África, el europeo no ve más que una parte de ella: por lo general, ve tan sólo su capa exterior, que a menudo no es la más interesante, ni tampoco reviste mayor importancia. Su mirada se desliza por la superficie, sin penetrar en el interior, como si no creyese que detrás de cada cosa pudiera esconderse un misterio, misterio que, a un tiempo, se hallara encerrado en ella. Pero la cultura europea no nos ha preparado para semejantes viajes hacia el interior, hacia las fuentes de otros mundos y de otras culturas. El drama de éstas —incluida la europea— consistió, en el pasado, en el hecho de que sus primeros contactos recíprocos pertenecieron a una esfera dominada, las más de las veces, por hombres de la más baja estofa: ladrones, sicarios, pendencieros, delincuentes, traficantes de esclavos, etc. También se dieron casos —pocos— de otra clase de personas: misioneros honestos, viajeros e investigadores apasionados, pero el tono, el estándard y el clima los creó y dictó, durante siglos, la internacional de la chusma rapiñadora. Es evidente que a ésta no se le pasó por la cabeza el intentar conocer otras culturas, respetarlas, buscar un lenguaje común. En su mayoría, se trataba de torpes e ignorantes mercenarios, sin modales ni sensibilidad alguna y a menudo analfabetos. No les interesaba sino conquistar, saquear y masacrar. De resultas de tales experiencias, las culturas —en lugar de conocerse mutuamente, acercarse y compenetrarse— se fueron haciendo hostiles las unas frente a las otras o, en el mejor de los casos, indiferentes. Sus respectivos representantes —excepto los mencionados truhanes— guardaban prudentes distancias, se evitaban, se tenían miedo. La monopolización de los contactos interculturales por una clase compuesta de brutos ignorantes decidió y selló el mal estado de sus relaciones recíprocas. Las relaciones interpersonales habían empezado a fijarse de acuerdo con el criterio más primitivo: el color de la piel. El racismo se convirtió en una ideología según la cual los hombres definían su lugar en el orden del mundo. Blancos-negros: en esta relación a menudo ambas partes se sentían mal. En 1894, el inglés Lugard penetra, al frente de un pequeño destacamento, en el interior de África para conquistar el reino de Borgu. Primero quiere entrevistarse con el rey. Pero sale a su encuentro un emisario que le dice que el soberano no lo puede recibir. Dicho emisario, mientras habla con Lugard, no para de escupir en un recipiente de bambú que lleva colgado del cuello: escupir significa purificarse y protegerse de las consecuencias de un contacto con el hombre blanco.

    El racismo, el odio hacia el otro, el desprecio y el deseo de erradicar al diferente hunden sus raíces en las relaciones coloniales africanas. Allí, todo esto ya había sido inventado y llevado a la práctica siglos antes de que los sistemas totalitarios modernos trasplantasen aquellas sórdidas e infames experiencias a la Europa del siglo XX.

    Otra consecuencia de aquel monopolio de los contactos con África, ostentado por la mencionada clase de ignorantes, radica en el hecho de que las lenguas europeas no han desarrollado un vocabulario que permita describir adecuadamente mundos diferentes, no europeos. Grandes cuestiones de la vida africana quedan inescrutadas, o ni siquiera planteadas, a causa de una cierta pobreza de las lenguas europeas. ¿Cómo describir el interior de la selva, tenebroso, verde, asfixiante? Y esos cientos de árboles y arbustos, ¿qué nombres tienen? Conozco nombres como «palmera», «baobab» o «euforbio», pero precisamente estos árboles no crecen en la selva. Y esos árboles inmensos, de diez pisos, que vi en Ubangi y en Ituri, ¿cómo se llaman? ¿Cómo llamar a los más diversos insectos con que nos topamos por todas partes y que no paran de atacar y de picarnos? A veces se puede encontrar un nombre en latín, pero ¿qué le aclarará éste a un lector medio? Y eso que no son más que problemas con la botánica y la zoología. ¿Y qué pasa con toda la enorme esfera de lo psíquico, con las creencias y la mentalidad de esta gente? Cada una de las lenguas europeas es rica, sólo que su riqueza no se manifiesta sino en la descripción de su propia cultura, en la representación de su propio mundo. Sin embargo, cuando se intenta entrar en territorio de otra cultura, y describirla, la lengua desvela sus límites, su subdesarrollo, su impotencia semántica.

    África significa miles de situaciones. De lo más diversas, distintas, contradictorias, opuestas. Alguien dirá: «Allí hay guerra.» Y tendrá razón. Otro dirá: «Allí hay paz», y también tendrá razón. Todo depende de dónde y cuándo.

    En tiempos anteriores a la colonización —así que tampoco hace tanto— en África habían existido más de diez mil países, entre pequeños Estados, reinos, uniones étnicas, federaciones. Un historiador de la Universidad de Londres, Ronald Oliver, en su libro titulado African Experience (Nueva York, 1991), centra su atención en la paradoja, aceptada de manera generalizada, según la cual los colonialistas europeos llevaron a cabo la división de África. «¿División?», exclama Oliver, asombrado. «Brutal y devastadora, pero ¡fue una unificación! El número diez mil se redujo a cincuenta.»

    Aun así, queda mucho de aquella diversidad, de aquel fulgurante mosaico, que se ha vuelto un cuadro creado con terrones, piedrecillas, astillas, chapitas, hojas y conchas. Cuanto más lo contemplamos, mejor vemos cómo todos esos elementos diminutos que forman la composición, ante nuestros ojos cambian de lugar, de forma y de color hasta ofrecernos un impresionante espectáculo que nos embriaga con su versatilidad, su riqueza, su resplandeciente colorido.

    Hace unos años pasé la Nochebuena en compañía de unos amigos en el Parque Nacional de Mikumi, en el interior de Tanzania. La tarde era cálida, agradable, sin viento. En un claro en medio de la selva, sin más protección que el cielo, había dispuestas varias mesas. Y sobre ellas, pescado frito, arroz, tomates y pombe, la cerveza local. Ardían las velas, las antorchas y las lámparas de petróleo. Reinaba un ambiente distendido y agradable. Como suele pasar en África en ocasiones semejantes, se contaban chistes e historias graciosas. Habían acudido allí ministros del gobierno tanzano, embajadores, generales, jefes de clanes. Era más de medianoche cuando sentí que la impenetrable oscuridad —que empezaba justo detrás de las mesas iluminadas— se mecía y retumbaba. No por mucho rato. El ruido aumentaba por momentos, hasta que de las profundidades de la noche emergió un elefante, justo a nuestras espaldas. Ignoro si alguien de entre vosotros se ha topado con uno cara a cara, no en un zoo o en un circo, sino en la selva africana, allí donde el elefante es el terrible amo del mundo. Al verlo, la persona es presa de un pánico mortal. El elefante solitario, apartado de la manada, a menudo se halla en estado de amok y es un agresor frenético que se abalanza sobre las aldeas, arrasando chozas y matando a personas y animales.

    El elefante era realmente grande, tenía una mirada penetrante y perspicaz y no emitía sonido alguno. No sabíamos qué pasaba por su tremenda cabeza, qué haría al cabo de un segundo. Tras quedarse parado durante un rato, empezó a pasearse entre las mesas, en cuyo derredor reinaba un silencio sepulcral: todo el mundo, inmóvil, estaba paralizado por el terror. Nadie osaba moverse, no fuera a ser que aquello liberase la furia del animal, que es muy rápido; no hay manera de huir de un elefante. Aunque por otro lado, al quedarse sentada quieta, la persona se exponía a que la atacase; en tal caso moriría aplastada bajo los pies del gigante.

    De modo que el paquidermo se paseaba, contemplaba las guarnecidas mesas, la luz, la gente petrificada… Por sus movimientos, por sus balanceos de cabeza, se adivinaba que aún vacilaba, que le costaba tomar una decisión. La cosa se prolongó hasta el infinito, durante toda una gélida eternidad. En un momento dado intercepté su mirada. Nos escrutaba pesada y atentamente, con unos ojos que expresaban una profunda y queda melancolía.

    Al final, después de dar varias vueltas a las mesas y al prado, nos abandonó: se apartó de nosotros y desapareció en la oscuridad. Cuando cesó el retumbar de la tierra y la oscuridad dejó de moverse, uno de los tanzanos que se sentaban a mi lado preguntó:

    —¿Has visto?

    —Sí —contesté, aún medio muerto—. Era un elefante.

    —No —repuso—. El espíritu de África siempre se encarna en un elefante. Porque al elefante no lo puede vencer ningún animal. Ni el león, ni el búfalo, ni la serpiente.

    Sumidos en el silencio, todos se dirigían a sus respectivas cabañas mientras los chicos apagaban las luces en las mesas. Todavía era de noche, pero se aproximaba el momento más maravilloso de África: el alba."

Ébano
Ryszard Kapuściński
Anagrama, 2009
pàg.: 329-340

cuines literàries

 




Setas del castillo de Kliczków

    Kliczków es un castillo situado en la parte suroeste de Polonia, en la región de Baja Silesia, rodeado de hectáreas de bosque donde recoger setas en otoño, una vez han llegado las lluvias y las temperaturas aún son suaves. Aparte de ofrecer alojamiento, los chefs organizan un live cooking del que viene esta receta.

Ingredientes:

150g de boletus edulis
150g de chantarela
150g de boletus pinícola
150g de vino blanco chardonnay
2 cebollas blancas medianas
perejil
pimienta blanca
8 granos de pimienta negra en grano recién molida
sal marina
aceite de oliva
100ml de nata de cocina (30% MG)

Elaboración:

    Calentamos la sartén, echamos unos 100 ml de aceite y las cebollas bien picadas. Al cabo de un rato, añadimos las chantarelas y los boletus picados en trozos grandes y los sofreímos entre 8 y 10 minutos, removiendo constantemente. 

    Añadimos el vino (mejor chardonnay pero, si no es posible, basta con vino blanco seco) y seguimos removiendo. 

    Añadimos la sal y la pimienta, después el perejil picado y la nata. Removemos todo y esperamos hasta que la salsa reduzca. 

    El plato puede ir acompañado de pasta o simplemente con pan tostado. 

    Smacznego!, o sea, ¡qué aproveche!