09/04/2015

factótum, capítol final

"La Agencia de Trabajadores para la Industria estaba emplazada justo al lado del aserradero. Los vagabundos estaban mejor vestidos, eran más jóvenes, pero igualmente desclasados. Se sentaban por ahí en los bordes de las ventanas, encogidos, calentándose con el sol y bebiendo el café gratis que la Agencia ofrecía. No tenía leche ni azúcar, pero era gratuito. No había valla de alambre que nos separara de los empleados. Los teléfonos sonaban más a menudo y los empleados estaban mucho más relajados que en el mercado de las granjas.
Me acerqué al mostrador y me dieron una tarjeta y una pluma atada con una cadenita.
—Rellénela —me dijo el encargado, un joven mexicano de agradable apariencia, que
trataba de ocultar su cálida naturaleza bajo una frialdad profesional.
Empecé a rellenar la tarjeta. En el apartamento de mi dirección y número de teléfono escribí: «No tengo.» Luego en el apartado de estudios y habilidades profesionales escribí:  «Dos años en el City College de L.A. Periodismo y artesanía.»
Entonces le dije al empleado. —He estropeado esta tarjeta. ¿Me puede dar otra?
Me dio otra. Escribí entonces: «Graduado en la Escuela Superior de Los Angeles. Encargado de envíos, empleado de almacén, mozo de carga. Algo de mecanografía.»
Le entregué la tarjeta.
—De acuerdo —dijo el empleado—, siéntese y veremos si aparece algún trabajo.
Encontré un hueco en el borde de una ventana y me senté. Un negro viejo estaba sentado a mi lado. Su rostro era interesante; no tenía el usual aire de resignación de la mayoría de nosotros. Parecía como si estuviese tratando de no reírse de sí mismo y de todos los demás.
Se dio cuenta de que le miraba. Me sonrió. 
—El tío que lleva esto es un tío con cojones. Le echaron del trabajo en granjas, se cabreó, vino aquí y comenzó todo esto. Se ha especializado en el trabajo a destajo. Si alguien, por ejemplo, quiere tener un camión descargado rápido y barato, llama aquí.
—Sí, ya he oído.
—Si un tío necesita tener un camión descargado en poco rato y a poco precio, llama aquí. El tío que lleva esto se lleva el 50 por ciento. Nosotros no nos quejamos. Cogemos lo que él nos consiga.
—Por mí está bien. Mierda.
—Pareces un poco amuermado. ¿Te encuentras bien?
—Perdí a una mujer.
—Tendrás otras y las volverás a perder.
—¿Adonde se van?
—Prueba un poco de esto.
Era una botella metida en una bolsa. Me tomé un trago. Era oporto.
—Gracias.
—No hay mujeres por los alrededores del aserradero. 
Me volvió a pasar la botella.
—No dejes que nos vea bebiendo. Es una de las cosas que no soporta
Mientras estábamos allí sentados bebiendo, llamaron a varios hombres y se marcharon a trabajar. Eso nos animó. Por lo menos había un poco de acción.
 Mi amigo negro y yo aguardamos, pasándonos la botella el uno al otro.
Pronto se vació.
—¿Dónde está la tienda de licores más cercana? —pregunté. 
Apunté la dirección y salí. Por alguna razón siempre hacía calor durante el día en las proximidades del aserradero de Los Angeles. Veías a viejos vagabundos paseando por ahí con pesados abrigos en mitad de la calorina. Pero cuando llegaba la noche y el albergue de la misión estaba repleto, aquellos abrigos eran su mejor garantía de supervivencia.
Cuando volví de la tienda de licores mi amigo seguía todavía allí.
Me senté y abrí la botella, le pasé la bolsa.
—Mantenla baja —me dijo.
Se estaba bien allí, bebiendo vino sin preocupaciones.
Unos cuantos mosquitos comenzaron a revolotear a nuestro alrededor.
—Mosquitos del vino —dijo él.
—Los hijos de puta son unos adictos.
—Saben lo que es bueno.
—Beben para olvidar a sus mujeres.
—Solamente beben. 
Di un manotazo en el aire y atrapé a uno de los mosquitos vinateros. Cuando abrí la mano todo lo que pude ver en mi palma fue una diminuta mancha negra y la extraña intuición de un par de alitas. Kaputt.
—¡Ahí viene!
Era el agradable joven que dirigía el lugar. Se plantó delante nuestro.
—¡Muy bien! ¡Vayanse de aquí! ¡Salgan cagando leches de aquí, jodidos borrachos!
¡Váyanse volando antes de que llame a la policía! 
Nos llevó hasta la puerta, empujándonos y maldiciendo. Me sentí culpable, pero no me enfadé. A pesar de que nos iba dando empellones yo sabía que en realidad no estaba molesto con nosotros, era un chico agradable. Llevaba un grueso anillo en su mano derecha. 
No íbamos lo bastante deprisa y recibí de lleno el anillo en el ojo izquierdo; sentí cómo la sangre me empezaba a caer y luego noté cómo se hinchaba. Mi amigo y yo nos vimos de patas en la calle.
Nos alejamos caminando. Encontramos un portal y nos sentamos en el escalón. Le pasé la botella. Le pegó un trago.
—Buen vino.
Me pasó la botella. Pegué un trago.
—Sí, buen vino.
—El sol ya está alto.
—Sí, el sol está bien alto.
Nos sentamos en silencio, pasándonos la botella el uno al otro.
Se acabó la botella.
—Bueno —dijo él—, me tengo que ir.
—Hasta la vista.
Se alejó. Yo me levanté y me fui en dirección opuesta, di la vuelta a la esquina y subí por Main Street. Seguí caminando hasta que llegué al Roxy. Había fotos de las bailarinas colocadas con chinchetas detrás de un cristal junto a la puerta. Entré y compré un ticket. La chica de la taquilla tenía mucha mejor pinta que las de las fotos. Ahora sólo me quedaban 38 centavos. Me introduje en el oscuro teatrillo de ocho filas. Las tres primeras filas estaban llenas. 
Tuve suerte. La película había terminado y la primera bailarina acababa de empezar el strip-tease. La primera solía ser habitualmente la peor, una veterana venida a menos, relegada ahora a menear la pierna en el coro la mayoría de las veces. Aquí teníamos a Darlene como apertura. Probablemente alguna otra había sido asesinada o tenía la regla o había tenido un ataque de histeria y esta había sido la oportunidad para Darlene de volver a bailar sola. 
Pero Darlene era una tipa legal. Flaca, pero con buenas tetas, un cuerpo como un sauce. Y al final de aquella esbelta espalda, de aquel cuerpo como un junco, había un enorme trasero. Era como un milagro —suficiente para volver loco a un hombre. 
Darlene iba vestida con un largo traje de terciopelo negro, con la falda cortada muy alta, sus muslos y pantorrillas eran de un blanco mortecino en contraste con el negro del vestido. Bailaba y nos miraba a través de unos ojos espesamente pintados. Esta era su oportunidad. Quería volver, ser otra vez una bailarina cotizada. Yo estaba de su parte. Mientras se bajaba las cremalleras más y más partes de su cuerpo iban quedando al descubierto, deslizándose fuera del terciopelo negro, las piernas y la pálida carne. Pronto su atuendo quedó reducido al sujetador rosado y a la mínima braguita enjoyada —con los diamantes de baratija agitándose y destelleando mientras bailaba. 
Darlene siguió bailando y se agarró a la cortina del escenario. La cortina estaba raída y mugrienta. La abrazó, bailando al ritmo de los cuatro tíos de la banda y la luz intermitente de los focos. 
Empezó a follarse la cortina. La banda aceleró su ritmo. Darlene se estaba cepillando realmente la cortina; la banda le daba más marcha y ella seguía la marcha. La luz rosada cambió repentinamente a púrpura. La banda se puso de pie, tocó con todas sus ganas. Ella pareció llegar al climax. Su cabeza cayó hacia atrás, su boca se abrió... 
Entonces se incorporó y volvió bailando hasta el centro del escenario. Desde donde yo estaba pude oírla cantar para sí misma por debajo de la música. Cogió un tirante de su sostén y se lo quitó con un veloz movimiento, un tío de la tercera fila encendió un cigarrillo. Sólo quedaba la braguita enjoyada. Se metió el dedo en el ombligo y gimió. 
Siguió bailando en el centro del escenario. La banda tocaba ahora muy suavemente. Comenzó a menearse con dulzura. Se nos estaba follando a todos. La reluciente braguita se balanceaba lentamente. Entonces los cuatro tíos de la banda comenzaron a arremeter de nuevo con un crescendo progresivo. Estaba apoyando la culminación del acto; el batería estaba sacudiendo un repiqueteo de tambores como el fuego de una ametralladora; parecían agotados, desesperados. 
Darlene se acarició las tetas, enseñándonoslas; sus ojos luminosos relucían con la plenitud del sueño, sus labios estaban húmedos y abiertos. Entonces se giró rápidamente y agitó su espléndido trasero delante nuestro. Los adornos saltaban y flasheaban entre destellos, enloquecían, centelleaban. Los focos temblaban intermitentes en el paroxismo, danzando como astros desorbitados. La banda tocaba una música frenética, desenfrenada. Darlene vibraba como una poseída. Se quitó la braguita enjoyada. Yo miré, todos miraron. Pudimos ver los pelos de su coño a través de la braga de malla color carne. La banda la estaba sacudiendo de verdad, sus nalgas parecían el corazón vivo del mundo.
Y a mí no se me pudo poner dura.

Factótum
(capítol final)

Charles Bukowski

08/04/2015

¿bebe?



deshecho, anclado he sacado de nuevo
la vieja libreta amarilla
escribo desde la cama
como hice el año
pasado.

Iré al médico
El lunes.

sí, doctor, las piernas flojas, vértigo,
dolor de cabeza y dolor de espalda

¿bebe?, me preguntará
¿hace los ejercicios,
toma las vitaminas?

Creo que simplemente estoy enfermo
De la vida, siempre los mismos
Factores fluctuantes
Rancios.

Incluso en el hipódromo
Veo correr a los caballos
Y me parece
Que no tiene sentido.

Me voy enseguida después de apostar
A las carreras que quedan.

¿se marcha?, me pregunta el
empleado.

Si, está aburrido,
Le contesto.

pues si cree que es aburrido,
lo de ahí fuera,me dice,
imagínese aquí dentro

así que aquí estoy
apoyado de nuevo en
las almohadas

nada más que un viejo
nada más que un viejo escritor
con una libreta
amarilla.

Algo se
Acerca por el
Suelo
Hacia
Mí.

¡ah!, no es más que
mi gato

por esta vez.


Charles Bukowski

07/04/2015

jocs de guerra


“La Instrucción, designada como Ejercicios de Entrenamiento para la Reserva de Oficiales, era un asunto para los inadaptados. Como yo decía: o eso o la gimnasia. Hubiera escogido la gimnasia pero no quería que los demás vieran los granos de mi espalda. Algo funcionaba mal en todos los que se apuntaban a la Instrucción. La mayoría eran tipos a los que no les gustaban los deportes o bien eran forzados por sus padres a escogerla porque pensaban que era un gesto patriótico. Los padres de los chicos ricos solían ser más patrióticos porque tenían más que perder si el país se hundía. Los padres pobres eran bastante menos patrióticos, y a menudo sólo lo profesaban porque los habían educado así o era lo que se esperaba de ellos. Subconscientemente sabían que no les iría peor si los rusos, o los alemanes, o los chinos, o los japoneses gobernaran el país; sobre todo si tenían la piel oscura. Las cosas incluso podían mejorar. De cualquier modo, como la mayoría de los padres de los alumnos de Chelsey eran ricos, teníamos un enorme número de tipos haciendo Instrucción.
Por tanto hacíamos marchas bajo el sol y aprendimos a cavar letrinas, curar picaduras de serpiente, vendar a los heridos, hacer torniquetes y ensartar al enemigo con las bayonetas. Aprendimos cómo usar granadas, infiltrarnos, desplegar las tropas: maniobras, retiradas, avances. Disciplina mental y psíquica. Pasamos por el campo de tiro, ¡bang, bang!, y obtuvimos nuestras medallas al mejor tirador. Efectuábamos maniobras reales en el campo, nos metíamos en los bosques y hacíamos una guerra de mentirijillas. Nos arrastrábamos sobre el estómago con nuestros fusiles en la mano para sorprender al enemigo. Éramos muy serios. Incluso yo lo era. Había algo en todo ese asunto que te aceleraba la circulación de la sangre. Era algo estúpido y todos sabíamos que era estúpido, al menos la mayoría de nosotros, pero algo se disparaba en nuestros cerebros y todos queríamos participar. Nos adoctrinaba un viejo militar retirado, el coronel Sussex. Empezaba a ser un tipo senil y baboso, con sus hilillos de saliva colgando de las comisuras de su boca hasta alcanzar la barbilla. Nunca decía nada. Tan sólo se paseaba con su uniforme cubierto de medallas y cobraba su paga del Instituto. Durante nuestras falsas maniobras portaba un cuaderno y anotaba la puntuación. Se erguía sobre una elevada colina y hacía —probablemente— anotaciones en su cuaderno. Pero nunca nos dijo quién había ganado. Cada parte reclamaba la victoria.
El teniente Herman Beechcroft era bastante mejor. Su padre era dueño de una panadería y de un servicio de repartir comidas a los hoteles. De todos modos, él era mejor. Siempre pronunciaba el mismo discursito antes de una maniobra.
— ¡Recordad, tenéis que odiar al enemigo! ¡El enemigo quiere violar a vuestras madres y hermanas! ¿Queréis que esos monstruos violen a vuestras madres y hermanas?
El teniente Beechcroft no tenía barbilla en absoluto. Su rostro caía abruptamente, y donde debiera estar el hueso de la mandíbula, sólo había un pequeño botón. No sabíamos bien si era una deformidad o no. Pero sus ojos eran magníficos cuando se enfurecían, eran unos enormes y deslumbrantes símbolos azules de la guerra y la victoria.
—¡Wbitlinger!
—¡Sí, señor!
—¿Quieres que esos tipos violen a tu madre?
—Mi madre está muerta, señor.
—Oh, lo siento... ¡Drake!
—¡Sí, señor!
—¿Quieres que esos tipos violen a tu madre?
—¡No, señor!
—Muy bien. ¡Recordad que esto es la guerra! Aceptamos la clemencia pero nosotros no la concedemos. Tenéis que odiar al enemigo. ¡Matadle! Un hombre muerto no puede derrotaros. ¡La derrota es un mal! ¡Los victoriosos escriben la historia! ¡AHORA ID A POR ESOS MAMONES!
Desplegábamos nuestras líneas, enviábamos una avanzadilla de exploradores y comenzábamos a arrastrarnos entre la maleza. Yo podía divisar al coronel Sussex sobre la colina con su cuaderno. Éramos los Azules contra los Verdes. Cada uno de nosotros teníamos una tira de tejido coloreado atado a nuestro brazo derecho. Nosotros éramos los Azules. Arrastrarse entre los arbustos era un puro infierno. Hacía calor. Había insectos, polvo, piedras y espinas. Yo no sabía ni dónde estaba. Nuestro jefe de escuadrón, Kozak, se había desvanecido. No teníamos comunicaciones. Estábamos jodidos. Nuestras madres iban a ser violadas. Seguí arrastrándome hacia adelante, despellejándome y arañándome, sintiéndome perdido y asustado, pero sobre todo sintiéndome como un tonto. Toda esa tierra vacía y ese cielo despejado, colinas, arroyos, acres y acres. ¿Quién era el dueño de todo eso? Posiblemente el padre de uno de esos chicos ricos. No íbamos a capturar nada. Todo el lugar estaba alquilado al Instituto. NO FUMAR. Repté hacia adelante. No teníamos cobertura aérea, ni tanques, nada. Éramos un puñado de mariquitas en una estúpida maniobra, sin comida, mujeres ni sentido. Me levanté, anduve un poco y me senté apoyando la espalda contra un árbol, dejé mi fusil en el suelo, y esperé.
Todo el mundo se había perdido y no importaba. Me quité la tira azul de mi brazo y esperé a una ambulancia de la Cruz Roja o algo parecido. La guerra posiblemente era el infierno, pero los intervalos eran aburridos.
Entonces la maleza crujió y de ella salió un chico que me divisó en seguida. Tenía una banda Verde en su brazo. Un violador. Me apuntó con su fusil. Yo no tenía ningún distintivo en el brazo y estaba tumbado en la hierba. Él quería hacer un prisionero. Yo le conocía. Era Harry Missions. Su padre era el dueño de una compañía aserradora. Seguí apoyado en el árbol.
—¿Azul o Verde? —aulló.
—Soy Mata-Hari.
—¡Un espía! ¡Yo apreso a los espías!
—Venga ya, corta el rollo, Harry. Este es un jueguecito de niños. No me jorobes con tu fétido melodrama.
Los arbustos crujieron de nuevo y apareció el teniente Beechcroft. Missions y Beechcroft se miraron.
—¡Por la presente te hago prisionero! —chilló Beechcroft a Missions.
—¡Por la presente te hago prisionero! —chilló Missions a Beechcroft.
Ambos estaban realmente nerviosos y furiosos, podía sentirlo.
Beechcroft sacó su sable.
—¡Ríndete o te atravesaré!
Missions aferró su fusil por el cañón.
—¡Ven aquí y aplastaré tu maldita cabeza!
Entonces la maleza crujió por todos lados. Los gritos habían atraído tanto a los Azules como a los Verdes. Seguí apoyado en el árbol mientras ellos se mezclaban. Hubo un montón de polvo y restregar de pies y aquí y acullá se oía el maligno crujido de un fusil machacando un cráneo.
—¡Oh, Jesús! ¡Oh, Dios mío!
Algunos cuerpos cayeron. Se perdieron fusiles. Luchaban con los puños y los cuerpos. Vi a dos chicos con distintivo Verde aferrados en una llave letal. Apareció el coronel Sussex. Sopló frenéticamente su silbato. Su saliva se esparció por todas partes. Entonces se metió en el fregado blandiendo su bastón de mando y comenzó a pegar con él a las tropas. Era bastante bueno. Azotaba como si fuera un látigo y hería como una cuchilla.
—¡Oh, mierda! ¡ME RINDO!
—¡No, pare! ¡Jesús! ¡Piedad!
—¡Mamá!
Las tropas se separaron y quedaron mirándose unos a otros. El coronel Sussex recogió su cuaderno. Su uniforme no se había arrugado. Sus medallas seguían en su sitio. Su gorra, inclinada en perfecto ángulo. Blandió su bastón de mando, lanzándolo al aire, y lo cogió de nuevo, luego se retiró. Nosotros le seguimos.
Trepamos a los viejos camiones del ejército con sus lonas rotas que nos habían traído. Arrancaron los motores y partimos. Nos encarábamos unos a otros sentados en los largos bancos de madera. Todos los Azules estábamos juntos cuando vinimos sentados en un camión y los Verdes en otro. Ahora nos habían mezclado y la mayoría de nosotros miraban sus desgastados y polvorientos zapatos mientras éramos zarandeados de aquí para allá, de izquierda a derecha, arriba y abajo a medida que el camión pasaba por las raíces que descollaban en la vieja carretera. Estábamos cansados, derrotados y frustrados. La guerra se había acabado.”

La senda del perdedor

Charles Bukowski

06/04/2015

nou llibre d’Assumpta Montellà

Demà ja es pot trobar a les llibreries Lletraferides, l’últim llibre de la historiadora Assumpta Montellà

En la sinopsis de l’editorial llegim:

“La història de les nostres bibliotecàries: heroïnes abans, durant i després de la guerra. Una història de repressió i sacrificis, petits gestos i força de voluntat, però, sobretot, de passió per les nostres lletres.

Des de l’any 1915, quan s’inicia l’Escola de Bibliotecàries, amb l’impuls d’Enric Prat de la Riba i d’Eugeni d’Ors, Lletraferides repassa els cent anys d’esforç contumaç d’aquestes dones per preservar l’herència literària d’un país: els inicis difícils, però engrescadors; els duríssims anys de la guerra, amb el bibliobús del front—que recorre hospitals i trinxeres—i de l’exili; el fred angoixós del franquisme, els llibres prohibits i els inferns; i els vertígens de la Transició.


Amb testimonis en primera persona, dietaris inèdits i una rigorosa investigació, Assumpta Montellà narra la història d’aquestes guardianes de la literatura catalana i els ret un sentit i merescut homenatge de part de tots nosaltres, els seus admiradors incondicionals: els lectors.”

Bukowski i cinema

S'ha escrit molt sobre Charles Bukowski , la quantitat de tinta gastada per parlar de l'escriptor és només comparable al que el mateix artista va escriure al llarg de la seva vida. I és que el poeta maleït, l'escriptor dels borratxos, els treballs de mala mort i els hotels barats va ser prolífic fins als últims dies de la seva vida.

En el pla cinematogràfic no sembla ser diferent i comptem amb tres pel·lícules basades, en part o totalment, en “Factòtum”, l'autobiografia que Bukowski va escriure narrat sota el seu alter ego: Henry Chinaski.


Las primera, Ordinaria locura, de 1981, dirigida per Marco Ferreri i protagonitzada per Ben Gazzara, s'acosta a la figura de Bukowski amb cert romanticisme i malenconia i aconsegueix apropar-nos a la sensació que ens evoquen els seus llibres i la figura del antiheroi.




La segona, “El borracho”, de 1987, dirigida per Barbet Schroeder (director del documental “The Charles Bukowski tapes” i de la coneguda “Mujer blanca soltera busca…”) i protagonitzada per Mickey Rourke. El guió es del propi Charles Bukowski.

La pel·lícula mostra un món de perdedors i marginats, de nits i núvies de ningú, d'alcohol i cigarrets. Manca la varietat de bars i de personatges peculiars als quals es troba l'escriptor en el llibre, així com els hilarants treballs d'estar per casa, però tot i així el mateix Charles Bukowski va voler veure’s reflectit d'aquesta manera, ja que va assistir a gairebé tots els dies del rodatge.



L’última pel·lícula porta per títol el mateix que el llibre, “Factótum”. Obra del 2005, dirigida per  Bent Hamer, amb Matt Dillon en el paper de Chinaski. 

És una pel·lícula progressiva en la que en certs moments un pot sentir Bukowski en la seva recerca de la llibertat per mitjà del rebuig als lligams: més bars, més putes barates, més treballs de mala mort i més màquines d'escriure.  Una pel·lícula més rodona a l'hora de perfilar la narració del llibre en què es basa, sobretot, per l’elecció de l'actor protagonista.

05/04/2015

un text de Wolff

Aquí empieza nuestra historia
(cuento incluido en la recopilación De regreso al mundo)
Tobias Wolff
“La niebla entró temprano otra vez. Este era el décimo día consecutivo. Los camareros y las camareras se reunieron junto al ventanal para verla, y Charlie empujó su carrito a través del comedor para poder mirarla con ellos mientras llenaba los vasos de agua. Las barcas iban entrando adelantándose a la niebla, que se alzaba amenazadora tras ellas como una enorme ola. Las gaviotas planeaban desde el cielo hasta los pilones del muelle, donde se sacudían las plumas, se balanceaban de un lado a otro y miraban furiosas a los turistas que pasaban. 
La niebla cubrió los puntales del parque. El puente parecía flotar suelto a medida que la niebla penetraba ondulante en el puerto y empezaba a dar alcance a las barcas. Una por una las fue engullendo a todas. 
–Eso es lo que yo llamo espeluznante –dijo uno de los camareros–. No me harías salir de ahí fuera ni por amor ni por dinero.
–Bonita conversación –dijo el camarero.
Una camarera dijo algo y los demás echaron a reír.
El maître salió de la cocina e hizo chascar los dedos.
– ¡Chico! –gritó.
Una de las camareras se volvió y miró a Charlie, el cual dejó la jarra con la que estaba sirviendo el agua y empujó el carrito a través del comedor hasta el lugar que le estaba asignado. Durante la siguiente media hora, hasta que llegó el primer cliente, Charlie dobló servilletas y puso cuadraditos de mantequilla en pequeños cuencos llenos de hielo picado, y pensó en las cosas que le haría el maître si alguna vez tuviera al maître en su poder.
Pero esto era un entretenimiento; en realidad no odiaba al maître. Odiaba este trabajo sin sentido y su temor a perderlo, y más que nada odiaba que le llamaran chico, porque eso le hacía más difícil pensar en sí mismo como un hombre, cosa que estaba aprendiendo a hacer.
Esa noche sólo entraron en el restaurante unos cuantos turistas. Todos ellos estaban solos, con las bolsas  de sus compras en la silla de enfrente, y miraron taciturnos en dirección al Golden Gate, aunque no se veía nada más que la niebla presionando contra los ventanales y unas gotas de agua grasienta resbalando por el cristal. Como la mayoría de la gente que está sola, pidieron los platos más baratos y quizás una jarra pequeña de vino de la casa. Los camareros le sirvieron de manera descuidada. Los turistas comieron muy despacio, dieron excesivas propinas y se marcharon más profundamente hundidos en la decepción que antes.
A las nueve de la noche el maître mandó a casa a todos los camareros, excepto a tres, y se fue él. Charlie esperó que le hiciese también a él una indicación, pero le dejó de pie junto a su carrito, donde dobló más servilletas y renovó el hielo a medida que se derretía en los vasos de agua y bajo los cuadraditos de mantequilla. Los tres camareros no paraban de irse a la despensa a fumar droga. Para cuando cerraron el restaurante estaban tan colocados que apenas podían tenerse en pie.
Charlie emprendió la vuelta a casa por el camino más largo, por Columbus Avenue, porque el Columbus Avenue tenía las farolas más luminosas. Pero con esta niebla las farolas eran sólo una presencia, una mancha lechosa aquí y allí entre el vapor. Charlie anduvo despacio y pegándose a las paredes. No se encontró a nadie en el camino; pero una vez, cuando se detuvo para secarse la humedad de la cara, oyó un extraño ruido de pasos tras él, y al volverse vio a un perro de tres patas surgir entre la niebla. Pasó junto a él dando una serie de sacudidas y desapareció.
–Dios –dijo Charlie.
Luego se rió, pero el sonido fue poco convincente y decidió meterse en algún sitio durante un rato.
Justo a la vuelta de la esquina, en Vallejo, había un café donde Charlie iba a veces en sus noches libres. Jack Kerouac había mencionado este café en The Subterraneans. Hoy en día los clientes eran fundamentalmente italianos que venían a escuchar la música del tocadiscos automático, que estaba lleno de óperas italianas, pero Charlie siempre levantaba la cabeza cuando entraba alguien; podía ser Ginsberg o Corso, que pasaban por allí recordando los viejos tiempos. Le gustaba sentarse allí con un libro abierto sobre la mesa, escuchando la música que él consideraba clásica. Le gustaba pensar que la mujer grosera y desastrada que le traía su cappucino había sido en otros tiempos la amante de Neil Cassady. Era posible.
Cuando Charlie entró en el café, los únicos clientes que había eran cuatro viejos sentados en una mesa junto a la puerta. Él cogió una mesa al otro lado del local. Alguien se había dejado una revista italiana de cine en la silla junto a la suya. Charlie ojeó las fotografías, llevando el ritmo de “El coro del yunque” con los dedos, mientras la camarera le preparaba su cappucino. La máquina del café silbó cuando ella le dio a la manivela. El local se llenó del grato olor del café. Charlie notó también el olor a pescado y se dio cuenta de que venía de él, que apestaba a pescado. Sus dedos se quedaron inmóviles sobre la mesa.
Pagó a la camarera cuando ella le sirvió. Tenía la intención de beberse el café y marcharse. Mientras esperaba a que el café se enfriara entró una mujer con dos hombres. Miraron a su alrededor, conferenciaron y finalmente se sentaron en la mesa contigua a la de Charlie. No bien se sentaron empezaron a hablar sin preocuparse de si Charlie les oía. Él escuchó, y al cabo de unos minutos empezó a lanzarles miradas. No lo notaron o no les importó. Se mostraban indiferentes a su presencia.
Charlie dedujo de su conversación que los tres eran miembros del coro de una iglesia y que iban a de copas después de ensayar. La mujer se llamaba Audrey Tenía el lápiz de labios corrido, lo cual hacía que su boca pareciese un poco torcida. El marido de Aubrey era alto y corpulento. Cambiaba de postura constantemente, arañando el suelo con las patas de su silla al hacerlo, y pasaba su sombrero de una rodilla a la otra repetidas veces. A pesar de su corpulencia, el traje verde que llevaba le sentaba perfectamente. Se llamaba Truman, y el otro hombre se llama George. George tenía una voz tranquila y aguda, que disfrutaba utilizando. Charlie le vio escuchándose al hablar. Era profesor de algo, cosa que no sorprendió a Charlie. George le recordaba a los catedráticos jóvenes que había tenido en sus tres años de universidad: gafas sin montura, jersey de cuello vuelto, el fantasma de  una sonrisa siempre en los labios. Pero George no era joven realmente. Su cabello abundante, con raya al medio, había empezado a encanecer.
No, al parecer sólo Audrey y George cantaban en el coro. Le estaban contando a Truman un viaje que habían hecho recientemente a los Ángeles, a un festival de coros. Truman miraba alternativamente a su mujer y a George según hablaban, y meneaba la cabeza cuando describían los lamentables caracteres de los otros miembros del coro y las excentricidades del director del mismo.
–Por supuesto, el padre Wes no es nada comparado con monseñor Strauss –dijo George–. Monseñor Stauss estaba positivamente loco.
– ¿Straus? –dijo Truman–. ¿Quién es Strauss? El único Strauss que conozco es Johann.
Truman miró a su mujer y se rió.
–Perdona –dijo George–. Estaba siendo críptico. George a veces se olvida de lo elemental. Cuando conoces a alguien como monseñor Strauss supones que todo el mundo ha oído hablar de él. Monseñor fue nuestro director durante cinco años, antes de la toma de posesión del padre Wes. Le dio un ataque de religiosidad y se fue al subcontinente justo antes de que Audrey se uniera a nosotros, así que, naturalmente, no tenías por qué conocer el nombre.
– ¿El subcontinente? –dijo Truman–. ¿Qué es eso? ¿La Atlántida?
–Por Dios santo, Truman –dijo Audrey–. A veces me avergüenzas.
–La India –dijo George–. Calcuta. La Madre Teresa y todo eso.
Audrey le puso una mano en el brazo a George.
–George –dijo–, cuéntale a Truman esa maravillosa historia que me contaste a mí acerca de monseñor Strauss y el filipino.
George sonrió para sí.
–Ah, sí –dijo–, Miguel. Es una larga historia, Audrey. Quizá sería mejor dejarla para otra noche.
–Si es tan larga… –dijo Truman.
–No lo es –dijo Audrey. Golpeó con los nudillos sobre la mesa–. Cuenta la historia, George.
George miró a Truman y se encogió de hombros.
–No le eches la culpa a George –dijo. Se bebió lo que quedaba de coñac–. De acuerdo. Aquí empieza nuestra historia. Monseñor Strauss tenía algún dinero y todos los años viajaba a lugares exóticos. Al regresar a casa siempre traía algún recuerdo extraño que había adquirido en sus viajes. De Argentina se trajo unas semillas que se convirtieron en plantas cuyas flores olían a,  con perdón,  merde. Las había comprado en una tienda argentina de artículos de broma, si te puedes imaginar semejante cosa. Cuando volvió de Kenya pasó de contrabando un lagarto que cazaba moscas con la lengua a una distancia a metro y medio. Monseñor llevaba este lagarto a todas partes sobre un dedo, y cuando una mosca se ponía a tiro decía: “¡Mirad esto!”, y apuntaba al lagarto como si fuera una pistola, y paf… se acabó la mosca.
Audrey apuntó a Truman con un dedo y dijo:
–Paf.
Truman se limitó a mirarla.
–Necesito otra copa –dijo Audrey, y le hizo una seña a la camarera.
George pasó un dedo por el borde su copa de coñac.
–Después del lagarto –continuó– hubo un enorme roedor vivo que acabó en el zoo, y después del roedor vino un ser humano de diecinueve años originario de las Islas Filipinas. Se llamaba Miguel López de Constanza, y era un taxista de Manila a quien monseñor había contratado como chófer durante su estancia allí y al cual le había cogido afecto. Cuando monseñor volvió tocó unas cuantas teclas en Inmigración y unas semanas más tarde llegó Miguel. No hablaba inglés realmente, sólo unas cuantas palabras chapurreadas para los turistas de Manila. El primer mes o cosa así se alojó con monseñor en la rectoría; luego encontró una habitación en el hotel Overland y se trasladó allí.
–El hotel Overland –dijo Truman– Eso es un tugurio lleno de drogotas en la parte alta de Grant.
–El hotel Sobredosis –dijo Audrey. Cuando Truman la miró, ella aclaró–: Así es como le llaman.
–Pareces estar muy puesta en la nomenclatura –comentó Truman.
La camarera vino con las bebidas. Cuando vació la bandeja se quedó de pie detrás de Truman y empezó a escribir en un cuaderno que llevaba. Charlie deseó que no se acercara a su mesa. No quería que los otros se fijaran en él. Adivinarían que había estado escuchándoles y quizá no les agradara la idea. Podrían dejar de hablar. Pero la camarera terminó de hacer sus anotaciones y se volvió a la barra sin mirar siquiera a Charlie.
Los viejos sentados junto a la puerta estaban discutiendo en italiano. La ventana que había tras ellos estaba toda empañada, y Charlie notó la próxima mitad de la niebla. El tocadiscos tragaperras brillaba en el rincón. La canción que estaba sonando acabó bruscamente, la maquinaría zumbó y volvió a sonar “El coro del yunque”.
– ¿Y por qué el hotel Overland? –preguntó Truman.
–Truman prefiere el Fairmont –dijo Audrey–. Truman cree que todo el mundo debiera alojarse en el Fairmont.
–Miguel no tenía dinero –explicó George–. Sólo el que le daba monseñor. La idea era que se quedara allí justo el tiempo suficiente para aprender inglés y un oficio. Luego conseguiría un trabajo y podría mantenerse.
–Parece razonable –dijo Truman.
Audrey se echó a reír.
–Truman, me haces gracia. Eso es exactamente lo que pensé que dirías. Pero demos la vuelta a las cosas por un minuto. Digamos que por alguna razón tú, Truman, te encuentras en Manila sin un céntimo. No conoces a nadie, no entiendes nada de lo que hablan y vas a parar a un hotel donde la gente se está pinchando y palmándola en las escaleras y prendiendo fuego a sus habitaciones todo el rato. ¿Cuánto tagalo aprenderías viviendo de esa manera? ¿Qué clase de oficio? Sé realista. Esa no es una existencia razonable.
–San Francisco no es Manila –dijo Truman–. Créeme, yo he estado allí. Por lo menos aquí tienes una posibilidad. Además, no es cierto que no conociera a nadie. ¿Qué pasa con monseñor?
–Fantástico –dijo Audrey–. Un cura que va por ahí con un lagarto en un dedo. Un amigo estupendo. O, como tú dirías, un contacto estupendo.
–Nunca, que yo sepa, he usado la palabra contacto en ese sentido –dijo Truman.
George había estado con la vista  clavada en su copa de coñac, que sostenía con ambas manos. Levantó los ojos y miró a Audrey.
–En realidad –dijo–, Miguel no estaba totalmente perdido. De hecho, se las arregló bastante bien durante algún tempo. Monseñor Strauss le metió en un curso para mecánicos en la casa Porsche-Audi en Van Ness, y aprendía el inglés a una velocidad tremenda. Es asombroso, ¿verdad?, lo que uno es capaz de hacer cuando no tiene alternativa –George hizo rodar la copa entre las palmas  de sus manos–. Los drogotas le dejaron en paz, por muy increíble que parezca. No se metían con él en los vestíbulos ni nada. Era como si Miguel viviera en una dimensión distinta de la suya, y en cierto modo así era. Iba a misa diariamente y cantaba en el coro. Allí fue donde yo le conocí. Miguel tenía una hermosa voz de barítono, verdaderamente hermosa. Estaba sumamente orgulloso de su voz. Y también de su cuerpo. Comía exactamente tanto de esto y tanto de lo otro. Hacía complicados ejercicios todos los días. Y hasta se daba masajes faciales para evitar que le saliera papada.
–Ahí lo tienes –dijo Truman a Audrey–. Existe el carácter –como ella no contestó, añadió–: Lo que quiero decir es que uno no está necesariamente limitado por las circunstancias.
–Ya sé lo que quieres decir –dijo Audrey–. La historia no ha terminado todavía.
Truman pasó su sombrero de una rodilla a la mesa. Cruzó los brazos sobre el pecho.
–Tengo todo un día por delante –le dijo a Audrey.
Ella asintió, pero sin mirarle.
George bebió un sorbo de coñac. Después cerró los ojos y se pasó la punta de la lengua por los labios. Luego bajó la cabeza de nuevo y fijó la mirada en la copa.
–Miguel conoció a una mujer –dijo–, como nos pasa a todos. Se llamaba Senga. Yo supongo que primitivamente su nombre sería Agnes, y que le dio la vuelta con la esperanza de resultar más interesante a las personas del género masculino. Senga tenía por lo menos diez años más que Miguel, puede que más. Tenía una hija en octavo, creo. Senga era una especialista en finanzas . No recuerdo dónde se conocieron. Salieron durante algún tiempo; luego ella cortó. Supongo que para ella fue algo intrascendente, pero para Miguel era serio. Adoraba a Senga, y uso esa palabra con conocimiento de causa. Montó un pequeño altar para ella en su habitación. Una foto de Senga cuando terminó los estudios secundarios, rodeada de diversos objetos que ella había llevado o utilizado. Peines, pañuelos, frascos de perfume vacíos. Un montón de cosas. Cómo los consiguió, no tengo ni idea, si ella se los dio o él los cogió. Lo extraño es que sólo salió con ella unas cuantas veces. Dudo mucho que llegaran a acostarse.
–No se acostaron –dijo Truman.
George le miró.
–Si se hubieran acostado –dijo Truman– no le habría puesto un altar.
Audrey meneó la cabeza.
–Truman puro –dijo–, Truman de ley.
Él le palmeó un brazo.
–No te ofendas –le dijo.
–Sea como sea –dijo George–, Miguel no estaba dispuesto a renunciar, y ésa fue la causa de todo el problema. Primero le escribió cartas, largas cartas sensibleras en un inglés entrecortado. Me dio a leer una para que le corrigiera la ortografía y esas cosas, pero era totalmente imposible. Era todo fragmentos y repeticiones. Sin párrafos. Simplemente se la devolví al cabo de unos días y le dije que estaba bien. Miguel pensaba que las cartas convencerían a Senga, pero ella nunca le contestaba, y después de algún tiempo empezó a llamarla a todas horas. Ella se negaba a hablar con él. En cuanto oía su voz le colgaba. Finalmente consiguió un número que no aparecía en la guía telefónica. Quería que fuese a verla, a defender su causa, que actuara como una especie de garante de su carácter. Cosa que, después de alguna reflexión, acepté hacer.
–Ajá –dijo Truman. La trama se complica. Entra Miles Standish.
–Sabía que dirías eso –dijo Audrey.
Se terminó su bebida y miró a su alrededor, pero la camarera estaba sentada en la barra, de espaldas a ellos, fumando un cigarrillo.
George se quitó las gafas, las sostuvo a la luz y se las volvió a poner, diciendo:
–Así que George sale resueltamente para conocer a Senga. Senga… ¿no os sugiere ese nombre a una reina de la selva? Ojos que relumbran, daga en la cadera, pechos asomando por encima de una piel de leopardo. Pues no era el caso. Esta Senga seguía siendo una Agnes. Delgada, con aspecto de ejecutiva. Y muy gruñona. No bien mencioné el nombre de Miguel, me enseñó la puerta y me dio un mensaje para él: si volvía a molestarla pondría a la policía tras él. Esas fueron sus palabras, y las decía en serio. Una semana después, más o menos, Miguel la siguió desde el trabajo a casa, e inmediatamente ella contrató a un abogado para ocuparse del caso. El resultado fue que Miguel tuvo que firmar un papel diciendo que entendía que sería arrestado si volvía a escribir, llamar o seguir a Senga. Firmó, pero con reservas, como si dijéramos. Me dijo: “Jorge, firmo, pero no acepto”. Le contesté: “Nobles palabras, pero más te vale aceptar, porque de lo contrario esa mujer te hará encerrar”. Miguel dijo que la prisión no le asustaba, que en su país todas las mejores personas estaban en prisión. Efectivamente, a los pocos días siguió a Senga a su casa una vez más y ella cumplió lo prometido: le hizo encerrar.
–Pobre chico –dijo Audrey.
Truman había estado intentado atraer la atención de la camarera, que rehuía mirarle. Se volvió a Audrey.
– ¿Qué significa eso de “pobre chico”? ¿Qué me dices de la chica? ¿De Senga? Está tratando de conservar un trabajo y de alimentar a una hija, y mientras tanto tiene a un filipino persiguiéndola por toda la ciudad. Si quieres sentir pena por alguien, siéntela por ella.
–Lo siento –dijo Audrey.
–De acuerdo entonces.
Truman miró de nuevo a la camarera y en ese momento Audrey cogió la copa e George y bebió un sorbo. George le sonrió.
– ¿Qué le pasa a esa mujer? –dijo Truman. Meneó la cabeza–. Renuncio.
George asintió.
–En resumen –dijo–, fue un asunto serio. Très sérius. Fijaron una fianza de veinte mil dólares, que monseñor Strauss no pudo reunir. Y por descontado, un servidor tampoco. Así que Miguel se quedó en la cárcel. El abogado de Senga quería sangre y metió a los de Inmigración en el asunto. Amenazaban con revocar el visado de Miguel y expulsarlo del país. Finalmente monseñor Strauss consiguió sacarle, pero fue, como diría el duque, por los pelos. Resultó que a Senga iban a trasladarla a Portland al cabo de un mes o cosa así, y monseñor le convenció de que retirase los cargos, con la condición de que Miguel no se acercaría a quince kilómetros de los límites de esa ciudad mientras ella viviera allí. Hasta que ella se marchara Miguel viviría con monseñor Strauss en la rectoría, bajo su supervisión personal. Monseñor aceptó también pagar los honorarios del abogado de Senga, que eran disparatados. Absolutamente disparatados.
– ¡Y cuál era la última condición? –preguntó Truman.
–La simplicidad misma –respondió George–. Si Miguel no cumplía, le pondrían en el primer avión para Manila.
–Eso parece ilegal –dijo Truman.
–Quizá. Pero ése era el acuerdo.
Empezó una nueva canción en el tocadiscos tragaperras. Los viejos de la puerta dejaron de discutir, y cada uno de ellos pareció ensimismarse de repente.
–Escuchad –dijo Audrey–. Es él. Caruso.
El disco estaba gastado y producía el efecto de ruidos parásitos detrás de la voz de Caruso. La música, llegando a través del ruido parásito, le hizo recordar a Charlie las emisiones de radio culturales de Europa que sus padres escuchaban con tanta gravedad cuando él era niño. A veces la voz de Caruso casi se perdía, pero luego volvía a subir. Los viejos estaban inmóviles. Uno de ellos empezó a llorar. Las lágrimas caían libremente de sus ojos abiertos y corrían por sus mejillas.
–Así que ése era Caruso –dijo Truman cuando la canción terminó– Siempre me había preguntado a qué se debía tanta fama. Ahora lo sé. A eso lo llamo yo cantar.
Sacó la cartera y dejó algo de dinero sobre la mesa. Examinó el dinero que quedaba en la cartera antes de guardarla.
– ¿Lista¿ –le preguntó a Audrey.
–No –dijo ella–. Termina la historia, George.
George se quitó las gafas y las puso sobre la mesa, al lado de su copa. Se frotó los ojos.
–Está bien –dijo–. Volvamos a Miguel. Según lo acordado, vivió en la rectoría hasta que Senga se fue a Portland. Y además se portó bien. Ni cartas, ni llamadas, ni seguimientos. En pijama todas las  noches antes de las diez. Entonces Senga se fue y Miguel volvió al Overland. Durante algún tiempo parecía bastante desesperado, pero al cabo de una semana pareció superarlo.
Digo “pareció” porque estaban sucediendo más cosas de las que se veían. O al menos de las que veía yo. Una noche estoy yo en su casa escuchando, lo creáis o no, Tristán, cuando suena el teléfono. Al principio nadie dice nada; luego llega una voz en un susurro: “Ayúdame, Jorge, ayúdame”, y naturalmente, sé quién es. Dice que necesita verme en seguida. Sin ninguna explicación. Ni siquiera me dice dónde está. Tengo que suponer que está en el Overland, y allí es donde le encuentro, en el vestíbulo.

–George lanzó una risita.
–En realidad –dijo–, por poco no le veo. Tenía toda la cara vendada, desde la nariz hasta la parte alta de la frente. Si no le hubiera estado buscando, no le habría reconocido. En la vida. Estaba sentado, rodeado de sus maletas y con un bastón blanco sobre las rodillas. Cuando le hice saber que estaba allí, me dijo: “Jorge, estoy ciego”. Le pregunté qué había ocurrido. No quería decírmelo. En cambio, me dio un pedazoo de papel y me pidió que llamara a Senga y le dijera que se había quedado ciego y que llegaría a Portland en autocar a las once de la mañana siguiente.
–Cielo santo –dijo Truman–. Lo estaba fingiendo, ¿no es eso? Quiero decir que no estaba ciego realmente, ¿verdad?
–Esa es una pregunta interesante –dijo George–. Porque si bien he de decir que Miguel no estaba realmente ciego, también he de decir que no estaba fingiendo realmente. Pero sigamos. Senga no se conmovió. Me ordenó que le dijera a Miguel que no sería ella, sino la policía, quien le estaría esperando. Miguel no le creyó. “Jorge, ella estará allí”, me dijo. Y eso fue todo. Se acabó la discusión.
– ¿Fue? –preguntó Truman.
–Claro que fue –dijo Audrey–. La amaba.
George asintió.
–Yo mismo le metí en el autocar. Le conduje hasta su asiento, de hecho.
–Así que seguía llevando las vendas –dijo Truman.
–Oh, sí. Las seguía llevando.
–Pero es un viaje de doce o trece horas. Si no le pasaba nada en los ojos, ¿por qué no se quitó el vendaje y se lo volvió a poner cuando el autocar fuera a llegar a Portland?
–Audrey puso su mano sobre la de Truman.
–Truman –dijo–, tenemos que hablar de algo.
–No lo entiendo –insistió Truman–. ¿Por qué viajar ciego? ¿Por qué hacer todo ese trayecto en la oscuridad?
–Truman, escucha –dijo Audrey.
Pero cuando Truman se volvió hacia ella Audrey retiró su mano y miró a George al otro lado de la mesa. George tenía los ojos cerrados. Sus dedos estaban cruzados como si estuviera rezando.
–George –dijo Audrey–. Por favor. Yo no puedo.
George abrió los ojos.
–Díselo –dijo Audrey.
Truman miró alternativamente del uno a la otra.
–Esperad un momento –dijo.
–Lo siento –dijo George–. Esto no es fácil para mí.
Truman miraba fijamente a Audrey.
–Eh –dijo.
Ella empujó su vaso vacío adelante y atrás.
–Tenemos que hablar –dijo.
El acercó su cara a la de ella.
¿Acaso crees que porque gano mucho dinero no tengo sentimientos?
–Tenemos que hablar –repitió ella.
–Ciertamente –dijo George.
Los tres permanecieron sentados durante un rato. Luego Truman dijo:
–Se acabó el pastel.
Unos minutos más tarde los tres se levantaron y salieron del café.
La camarera estaba sentada en la barra sola, inmóvil, excepto cuando levantaba la cabeza para lanzar el humo al techo. Junto a la puerta, los italianos se estaban jugando los palillos de dientes a los dados. “El coro del yunque” sonaba nuevamente en la gramola. Era la primera pieza de música clásica que Charlie había oído suficientes veces como para hartarse de ella, y ahora estaba harto de ella.
Cerró la revista que había estado fingiendo leer, la dejó sobre la mesa y salió.
Aún había niebla y hacía más frío que antes. El padre de Charlie le había desaconsejado que se trasladara a San Francisco en mitad del verano, incluso había citado a Mark Twain, en el sentido de que el invierno más frío que Mark Twain había soportado fue el verano que pasó en San Francisco. Este había sido especialmente malo; hasta los nativos lo decían. La verdad era que estaba empezando a deprimir a Charlie. Pero no se lo había reconocido a su padre, como tampoco había reconocido que su trabajo le agotaba y apenas le daba lo suficiente para vivir, o que los amigos de los que hablaba en sus cartas a casa no existían, o que los editores a quienes había enviado su novela se la habían devuelto sin comentario, todos menos uno, que había garabateado a lápiz sobre la página del título: “¿Está usted de broma?
La habitación de Charlie estaba en Broadway, en la cima de la colina. La pendiente era tan acentuada que habían tenido que hacer escalones en las aceras y cerrar la calle con un muro de cemento debido a los coches que perdían los frenos al bajar. A veces, por la noche, Charlie se sentaba sobre ese muro y miraba hacia las luces de North Beach y pensaba en todos los escritores que estarían allí, inclinados sobre sus mesas, llenando páginas y páginas con palabras bien escogidas. Pensaba que estos escritores se reunirían de madrugada para beber vino y leer la obra de los otros y hablar de las cosas que pesaban en sus corazones. Estos eran los hombres y mujeres brillantes y las conversaciones profundas de las que Charlie escribía a sus padres.
Estaba al borde de renunciar. Él mismo no sabía hasta qué punto estaba al borde de renunciar hasta que salió del café esa noche y notó que acababa de decidir continuar a pesar de todo. Se quedó allí parado y escuchó la sirena de la niebla en la bahía. La tristeza de ese sonido, la idea de él mismo deteniéndose a escucharlo, la densidad de la niebla, todo ello le proporcionó una sensación de placer.
Charlie oyó violines tras él cuando la puerta del café se abrió; luego se cerró de un portazo y los violines cesaron. Una voz profunda dijo algo en italiano. Una voz más alta le respondió y ambas voces se alejaron juntas calle abajo.
Charlie se volvió y echó a andar cuesta arriba, pasando junto a las farolas que brillaban con gotas de agua, paredes que rezumaban y ventanas oscuras. Una china apareció a su lado. Sostenía ante sí una langosta que agitaba sus patas de un lado a otro, como si estuviera dirigiendo una orquesta. La mujer apretó el paso y desapareció. La pendiente empezó a hacerse más pronunciada bajo los pies de Charlie. Se detuvo para recobrar el aliento y oyó de nuevo la sirena de la niebla. Sabía que en alguna parte, allí fuera, un barco se dirigía a puerto a pesar del solemne aviso, y mientras caminaba Charlie se imaginaba arrodillado en la proa, con un farol en la mano, atento a la luz que brillaba justo ante él. Cualquier distracción desvanecida. Demasiado vigilante para tener miedo. La lengua humedeciendo los labios, los ojos muy abiertos, listo para avisar en esta niebla cambiante, que en cualquier momento podía revelar cualquier cosa.”