13/10/2015

correllengua 2015


El Correlengua 2015 està dedicat al poeta, cantant i actor Ovidi Montllor, coincidint amb el vintè aniversari de la seva mort. Així doncs, el moviment se centra enguany en la difusió de l’obra de l’artista alcoià.

Programació d’actes a Cerdanyola del Vallès

Dissabte, 24 d’octubre
A les 20.00h Arribada de la Flama de la llengua catalana a Cerdanyola del Vallès. Lectura del manifest del Correllengua 2015 i descobriment de la placa (simbòlica) del carrer d’Ovidi Montllor.

Diumenge 25 d’octubre
A partir de les 10.30 h i fins a les 14.00 h a la plaça de l’Abat Oliba i pl. de Francesc Layret, acte central del Correllengua:
-Cants improvisats
-Lectures de textos d’Ovidi Montllor, a càrrec d’alumnes de centres educatius de la ciutat.
-Microxerrades sobre la llengua catalana
-Microxerrades sobre consum responsable
-Taller d’Scrabble
-Ballada de sardanes
-Lluita d’espardenyes
-Tir d’espardenyes
-Cant coral
-Homenatge a Enric Piera


09/10/2015

nobel 2015

Svetlana Alexiévich
L'escriptora bielorussa Svetlana Alexiévich és la guanyadora del Premi Nobel de Literatura 2015.
Aquest és un fragment de la seva obra Veus de Txernòbil.


Monólogo sobre de qué se puede conversar con un vivo, y con un muerto

“Por la noche un lobo entró en el patio. Miré por la ventana, y allí estaba con los ojos encendidos. Como faros...
Me he acostumbrado a todo. Hace siete años que vivo sola, siete años, desde que la gente se fue. Por la noche, a veces, me quedo sentada hasta que amanece, y pienso, pienso. Hoy incluso me he pasado la noche sentada, hecha un ovillo, en la cama, y luego he salido afuera a ver qué sol hacía.
¿Qué le voy a decir? Lo más justo en la vida es la muerte. Nadie la ha evitado. La tierra da cobijo a todos: a los buenos y a los malos, a los pecadores. Y no hay más justicia en este mundo. Me he pasado toda la vida trabajando duramente, como una persona honrada. He vivido con la conciencia en paz. Pero no me ha tocado lo que es justo. Se ve que a Dios, cuando repartía suerte, cuando me llegó el turno, ya no le quedaba nada para darme, al parecer.
Un joven puede morir, el viejo debe morirse...
Primero esperaba a la gente; pensaba que regresarían todos. Nadie se había ido para siempre; la gente se marchaba por un tiempo. Pero ahora sólo espero la muerte... Morirse no es difícil, sólo da miedo. No hay iglesia... El padre no viene por aquí... No tengo a nadie a quien confesar mis pecados...
La primera vez que nos dijeron que teníamos radiación, pensamos que era alguna enfermedad; que quien enferma se muere en seguida. Pero nos decían que no era eso, que era algo que estaba en la tierra, que se metía en la tierra y que no se podía ver. Los animales puede que lo vieran y lo oyeran, pero el hombre no. ¡Y no es verdad! Yo lo he visto... Este cesio estuvo tirado en mi huerto hasta que lo mojó la lluvia. Tiene un color así, como de tinta... Allí estaba brillando a pedazos... Llegué del campo del “koljós” y me fui a mi huerta... Y había un trozo azul... Y a unos doscientos metros más allá, otro... Del tamaño del pañuelo como el que llevo en la cabeza. Llamé a la vecina y a otras mujeres y recorrimos todo el lugar. Todos los huertos, el campo... Unas dos hectáreas... Encontramos puede que cuatro pedazos grandes... Uno era de color rojo...
Al día siguiente llovió. Desde por la mañana. Y para la hora de comer desaparecieron. Vino la milicia, pero ya no había nada que enseñar. Sólo se lo contamos. Unos trozos así... (Muestra con las manos). Como mi pañuelo. Azules y rojos...
Esta radiación no nos daba demasiado miedo. Mientras no la veíamos y no sabíamos qué era, puede que nos diera miedo, pero en cuanto la vimos, se nos pasó el temor. La milicia y los soldados pusieron unas tablillas. A algunos junto a la casa y también en la calle les escribieron: setenta curíes, sesenta curíes...
Siempre hemos vivido de nuestras patatas, de nuestra cosecha, ¡y ahora nos dicen que no se puede! Para unos fue un duro golpe, aunque otros se lo tomaron a risa... Nos aconsejaban que trabajáramos en la huerta con máscaras de venda y con guantes de goma...
Entonces vino un sabio importante y pronunció un discurso en el club diciendo que teníamos que lavar la leña... ¡Ésta sí que es buena! ¡Que se me caigan las orejas! Nos mandaron lavar las mantas, las sábanas, las cortinas... ¡Pero si estaban dentro de la casa! En los armarios y en los baúles. ¿Qué radiación puede haber, dígame, en las casas? ¿Tras las ventanas? ¿Tras las puertas? Si al menos la buscaran en el bosque, en el campo...
Nos cerraron con candado los pozos y los envolvieron en plástico... Que el agua estaba “sucia”. ¡¿Pero qué sucia?, si estaba más limpia que!... Nos llenaron la cabeza con que si os vais a morir... Que si debíamos irnos de ahí... Evacuarnos...
La gente se asustó... Se les llenó el cuerpo de miedo... Algunos empezaron a enterrar por la noche sus pertenencias. Hasta yo recogí toda mi ropa... Los diplomas por mi trabajo honrado y las cuatro monedas que tenía y que guardaba. ¡Y qué tristeza! ¡Una tristeza que me roía el corazón! ¡Que me muera si no le digo la verdad!
Y un día oigo que los soldados habían evacuado a toda una aldea, pero un viejo y su mujer se quedaron. El día antes de que sacaran a la gente y los subieran a los autobuses, ellos agarraron a la vaca y se metieron en el bosque. Y allí esperaron a que pasara todo. Como durante la guerra. Cuando las tropas de castigo quemaron la aldea...
¿De dónde tanta desgracia? (Llora). Qué frágil es nuestra vida... No lloraría si pudiera, pero las lágrimas me caen solas...
¡Oh! Mire por la ventana: ha venido una urraca... Yo no las espanto... Aunque a veces las urracas se me llevan los huevos del cobertizo. Así y todo no las espanto. ¡Yo no espanto a nadie! Ayer vino una liebre...
Si cada día viniera gente a casa. Aquí, no lejos, en la aldea vecina, también vive una mujer; yo le dije que se viniera aquí. Tanto si me ayuda, como si no, al menos tendré con quien hablar. Llamar...
Por la noche me duele todo. Se me doblan las piernas, noto como un hormigueo, son los nervios que corren por dentro. Entonces agarro lo que encuentro a mano. Un puñado de grano. Y jrup, jrup. Y los nervios se me calman.
¡Cuánto no habré trabajado y padecido en esta vida! Pero siempre me ha bastado con lo que tenía y no quiero nada más. Al menos si me muero, descansaré. Lo del alma no sé, pero el cuerpo se quedará tranquilo.
Tengo hijas e hijos... Todos están en la ciudad... ¡Pero yo no me voy de aquí! Dios no me ha librado de daños, pero me ha dado años. Yo sé qué carga es una persona vieja; los hijos te aguantan, te aguantan y al final acaban por herirte. Los hijos te dan alegrías mientras son chicos. Nuestras mujeres, las que se han ido a la ciudad, todas se quejan. Unas veces es la nuera, otras la hija quien te ofende. Quieren regresar. Mi hombre está aquí... Aquí está enterrado... En el cementerio. Pero si no estuviera aquí, se habría ido a vivir a otra parte. Y yo con él. (De pronto contenta). ¿Aunque para qué irse? ¡Aquí se está bien! Todo crece, florece. De la fiera al mosquito, todo vive.
Ahora se lo recordaré todo...
Pasaban más y más aviones. Cada día. Iban bajos, sobre nuestras cabezas. Volaban al reactor. A la central. Uno tras otro. Y entre tanto estaban evacuando nuestro pueblo. Nos trasladaban. Tomaban al asalto las casas. La gente se había encerrado, se escondía. El ganado bramaba, los niños lloraban. ¡La guerra! Y el sol brillaba...
Yo me había metido en casa y no salía; la verdad es que no me encerré con llave. Llamaron unos soldados: “¿Qué abuela, está lista?”. Y yo les digo: “¿Qué, me vais a atar de pies y manos, vais a sacarme a la fuerza?”. Los chicos se quedaron callados y al rato se fueron. Eran tan jovencitos. ¡Unos niños!
Las mujeres se arrastraban de rodillas ante sus casas... Rezaban... Los soldados las agarraban de un brazo, del otro y al camión. Yo en cambio les amenacé de que si me tocaban, si me rozaban siquiera, les daría con la azada. Y juré. ¡Cómo juré! Pero no lloré... Aquel día no lloré. De modo que me quedé en la casa. Afuera todo eran gritos. ¡Y qué gritos! Pero luego todo quedó en silencio. Sin un ruido. Y aquel día... El primer día no salí de casa...
Contaban que iba una columna de gente. Y otra de ganado. ¡La guerra!
Mi hombre solía decir que el hombre dispara y Dios lleva las balas. ¡A cada uno su suerte! Los jóvenes que se fueron, algunos ya han muerto. En el nuevo lugar. Y yo sigo aquí con mi bastón. En pie. ¿Qué me pongo triste?, pues lloro un rato. La aldea está vacía... Pero hay todo tipo de pájaros...
Volando... Hasta un alce pasea por aquí, como si nada... (Llora.)
Se lo recordaré todo...
La gente se fue, pero se dejó los gatos y los perros. Los primeros días iba de casa en casa y les echaba leche, y a cada perro le daba un pedazo de pan. Los perros estaban ante sus casas y esperaban a sus amos. Esperaron largo tiempo. Los gatos hambrientos comían pepinos... Tomates... Hasta el otoño le estuve segando la hierba a la vecina delante de su casa. Se le cayó una valla y también la clavé. Esperaba a la gente... En casa de la vecina vivía un perrito, lo llamaban Zhuchok. “Zhuchok --le decía-- si te encuentras primero a alguien, llámame”.
Por la noche sueño cómo se me llevan... Un oficial me grita: “Abuela, dentro de un momento vamos a quemarlo todo y a enterrarlo. ¡Sal!”. Y se me llevan a alguna parte, a un sitio desconocido. Incomprensible. No era ni ciudad, ni aldea. Tampoco una tierra...
Me ocurrió una historia... Tenía yo un buen gatito. Vaska. En invierno me asaltaron las ratas y no había modo de librarse de ellas... Se me metían debajo de la manta... El tonel donde guardo el grano; le hicieron un agujero. Vaska fue quien me salvó... Sin Vaska hubiera estado perdida... Con él comía y charlaba... Pero entonces Vaska desapareció... Puede que lo atacaran los perros hambrientos y se lo comieran. Todos andaban famélicos, hasta que se murieron; los gatos también pasaban tanta hambre que se comían a sus crías; durante el verano no, sino con la llegada del invierno. ¡Válgame Dios! Las ratas hasta se comieron a una mujer... Se la zamparon... Las malditas ratas pelirrojas. Si es verdad o no, no sabría decirle, pero eso es lo que contaban.
Merodeaban por aquí unos vagabundos... Los primeros años las cosas en las casas no faltaban... Camisas, jerséis, abrigos... Toma lo que quieras y llévalo a vender... Pero se emborrachaban, les daba por cantar. La madre que los... Uno se cayó de una bicicleta y se quedó dormido en medio de la calle. Y por la mañana sólo quedó de él dos huesos y la bicicleta. ¿Será verdad o mentira? No le sabría decir. Eso es lo que cuentan.
Aquí todo vive. ¡Lo que se dice todo! Vive la lagartija, la rana. Y el gusano vive. ¡Hasta ratones hay! Se está bien, sobre todo en primavera. Me gusta cuando florecen las lilas. Cuando huelen los cerezos.
Mientras los pies me aguantaban, yo misma iba a por el pan: a quince kilómetros sólo de ida. De joven me los hubiera hecho corriendo. La costumbre. Después de la guerra íbamos a Ucrania a por simiente. A treinta y cincuenta kilómetros. La gente llevaba un pud; yo, tres. Ahora sucede que ni en casa puedo andar. Las viejas incluso en verano tienen frío.
Vienen por aquí los milicianos, pasan para controlar el pueblo, y entonces me traen pan. ¿Pero qué es lo que controlan? Vivo yo y el gatito. Éste ya es otro que tengo. Los milicianos hacen sonar la bocina y para nosotros es una fiesta. Corremos a verlos. Le traen huesos al gato. Y a mí me preguntan: “¿Y si aparecen los bandidos? -- “¿Y qué van sacar de mí? --les digo-- ¿qué me pueden quitar? ¿El alma? El alma es lo único que me queda”.
Son buenos muchachos... Se ríen... Me han traído pilas para la radio, y ahora la escucho. Me gusta Liudmila Zýkina, pero ahora, no sé por qué, rara vez canta. Se ve que se ha hecho vieja, como yo... A mi hombre le gustaba decir... Solía decir: ¡Se acabó el baile, el violín al estuche!
Le contaré como me encontré con el gatito. Mi pobre Vaska había desaparecido... Lo espero un día, lo espero otro... Un mes... En fin, que me había quedado como quien dice más sola que la una. Sin nadie con quien hablar. De modo que un día decido recorrer la aldea, y por los huertos vecinos voy llamando: Vaska, Murka... ¡Vaska! ¡Murka! Al principio había muchos gatos, luego desaparecieron todos Dios sabe dónde... Se exterminaron. La muerte no perdona... La tierra da cobijo a todos...
De modo que iba yo por ahí... Dos días me pasé llamando. Y al tercer día lo veo, sentado junto a la tienda... Nos miramos el uno al otro. Él contento y yo también. Lo único, que no dice palabra. “Bueno, vamos --lo llamo--, para casa”. Pero él que no se mueve. De modo que le pido que se venga conmigo: “¿Qué vas a hacer aquí solo? Se te comerán los lobos. Te harán pedazos. Ven. Que tengo huevos, tocino”. ¿Cómo se lo explicaría? Dicen que los gatos no entienden a los humanos. ¿Y entonces cómo es que entonces éste me entendió? Yo delante y él corriendo detrás. ¡Miau!.. “Te daré tocino”... ¡Miau! “Viviremos juntos”... ¡Miau! “Te llamaré Vaska”... ¡Miau!... Y ya ve, dos inviernos que llevamos juntos...
Por la noche a veces sueño que alguien me llama... La voz de la vecina: “¡Zina!..” Calla un rato, y otra vez: “¡Zina!”.
Si me pongo triste, lloro un rato...
Voy a ver las tumbas. Allí descansa mi madre. Mi hijita pequeña... La consumió el tifus durante la guerra... Justo después de llevarla al cementerio, después de que le dimos sepultura, de pronto entre las nubes salió el sol. Brillaba que daba gusto. Hasta me dieron ganas de regresar y desenterrarla...
También mi hombre está ahí... Fedia... Me quedo sentada junto a todos los míos. Suspiro un rato. Y hasta hablar con ellos puedo, tanto con los vivos, como con los muertos. Para mí no hay diferencia. Los oigo tanto a unos como a los otros. Cuando estás sola... Y cuando estás triste... Muy triste...
Justo al lado de las tumbas vivía el maestro Iván Prójorovich Gavrilenko. Se ha marchado a Crimea con su hijo.
Algo más allá, Piotr Ivánovich Miusski... El tractorista... Era estajanovista, en un tiempo todos se hacían estajanovistas... Tenía unas manos de oro. Se hizo él mismo los artesonados de madera. Y qué casa; la mejor del pueblo. ¡Una joya! ¡Oh qué lástima me dio, hasta se me subió la sangre cuando la destruyeron... La enterraron. El oficial gritaba: “No padezcas, mujer. La casa ha caído dentro de la “mancha””. Aunque parecía borracho. Me acerqué a él y veo que está llorando. “¡Ve, mujer, vete!” -- me dijo y me echó de allí...
Y luego ya Misha Mijaliov, que cuidaba de las calderas de la granja. Misha murió pronto. Se fue y al poco se murió.
Tras él está la casa del zootécnico Stepán Býjov... ¡La casa se quemó! Por la noche unos granujas la prendieron fuego. Forasteros eran. Stepán no vivió mucho. Lo enterraron en alguna parte de la región de Moguiliov.
Una segunda guerra... ¡Cuanta gente hemos perdido! Kovaliov Vasili Makárovich, Maksim Nikiforenko...
En un tiempo vivimos con alegría. Durante las fiestas cantábamos, bailábamos. Con el acordeón. Y ahora esto parece una prisión. Cierro, a veces, los ojos y recorro la aldea... Qué radiación ni qué cuentos, cuando las mariposas vuelan y los abejorros zumban. Y mi Vaska cazando ratones. (Llora).
Dime, hija mía, ¿has comprendido mi tristeza? Se la llevarás a la gente, pero puede que yo ya no esté. Me encontrarán en la tierra... Bajo las raíces...”

Zinaída Yevdokímovna Kovalenko,

residente en la zona prohibida

novelista urbano

casa natal de Galdós, calle Cano 2 y 6
Las Palmas de Gran Canaria
“Podría formarse un libro verde, o amarillo o colorado, como esos en que encuaderna la diplomacia sus garbullos internacionales, con las cartas y notas que han mediado entre el novelista insigne que va a ser objeto de mi cuento y... el que suscribe.

Uno de los datos biográficos de más sustancia que he podido sonsacarle a Pérez Galdós es... que él, tan amigo de contar historias, no quiere contar la suya. No tiene inconveniente en suponer que su Araceli, y su Salvador Monsalud y su Amigo Manso, por ejemplo, son tan poco recatados que nos relatan en tomos y más tomos su propia vida... y la ajena; pero él, Galdós, tan comunicativo cuando se trata de los hijos de su fantasía, apenas sabe si se llama Pedro, cuando hay que hablar del padre que engendró  tanta criatura literaria, del pater Orchamus de ese gran pueblo que pulula en cuarenta y dos tomos de invención romancesca.

Tal vez lo principal, a lo menos la mayor parte, de la historia de Pérez Galdós, está en sus libros, que son la historia de su trabajo y de su fantasía. El hombre que en veinte años ha escrito cuarenta y dos tomos de novelas, muy pensadas las más, sin contar algunos otros trabajos sueltos, apenas ha tenido tiempo hábil para hacer otra cosa, fuera de las que no merecen ser referidas por venir a ser iguales en todos los humanos, grandes y chicos. Aunque hay algunas excepciones, los escritores muy fecundos suelen llevar vida sedentaria y tranquila, de pocos accidentes; son grandes trabajadores y necesitan ser avaros del tiempo y desconfiar de las pasiones, vanidades del mundo y otros ladrones de las horas. Si Lope de Vega tanto fue y vino en su juventud, ya no se movió tanto cuando se puso a escribir de firme. Víctor Hugo, a pesar de su situación romántica en la historia de su pueblo, hizo mucho menos que dijo, y en su casa o en el destierro siempre fue un jornalero aplicadísimo... Pero este y otros muchos ejemplos y razones que podrían citarse no demuestran, ni a eso los encamino, que Pérez Galdós no tenga más historia que la de sus creaciones de artista.(…)

Se ha dicho, en general con razón, que la novela es la épica del siglo, y entre las clases varias de novela, ninguna tan épica, tan impersonal como esta narrativa y de costumbres que Galdós cultiva, y que es hasta ahora la que ha producido más obras maestras y a la que se han consagrado principalmente los más grandes novelistas. El que lo es de este género es... todo lo contrario de un Lord Byron, el cual como se ha dicho hasta la saciedad, y con razón en conjunto, viene a hablar de sí mismo en casi todas sus obras, y es, según frase de un crítico, como un torrente profundo que borre entre altas paredes de peñascos, en un cauce estrecho. Se ha dicho también que el gran arte es, en suma, crear almas, y se puede añadir: para el novelista propiamente épico, crear almas... pero no a su imagen y semejanza. Adán se parece a Jehová  Eloím demasiado, o tal vez más exactamente, Jehová se parece demasiado a Adán; aquí hay lirismo. En la novela como la escribe casi siempre Balzac, o Zola, o Daudet, y aun Tolstoi, o Gogol... o Dickens (aunque este es más lírico), o Galdós, por muy sutil que sea el análisis que se aplica a encontrar el alma del autor, en la de los personajes, hay que reconocer que los más de estos nada tienen que ver con la realidad psicológica del que los inventó. Cierto es que el artista, aun el más épico, siempre saca mucho de sí, se copia, se recuerda, pero también existe el altruismo artístico, la facultad de trasportar la fantasía con toda fuerza, con todo amor, a creaciones por completo trascendentales, que representan tipos diferentes, en cuanto cabe diferencia, del que al autor pudiera representar más aproximadamente. Esta facultad, que es de las más preciosas en grandes novelistas de este género, en los poetas épicos, en los grandes historiadores, y en los grandes pensadores y políticos, esta facultad la posee Galdós en grado que alcanzan pocos, y es, con la gran imparcialidad de su espíritu sereno (en cuanto cabe) lo que más contribuirá a dar larga vida a sus obras.

Por todo lo cual, no es posible, sin grandes temeridades, inducir por los libros de nuestro autor mucho de lo que pudo haber sido en su infancia... y más adelante. Sólo diré en este punto, que acaso en los juegos de Araceli en la Caleta de Cádiz, en los arranques de Celipín, en la hija de Bringas y sus jaquecas llenas de fantasías, en las visiones de Miau mínimo y en otros fenómenos y personajes semejantes, de los 42 tomos de novela escritos por Galdós, se podría, rebuscando, y aventurando hipótesis y trasportando circunstancias, encontrar algo de la niñez del que es hoy don Benito para sus íntimos.


De lo que no hay ni rastros en sus novelas es del sol de su patria; ni del sol, ni del suelo, ni de los horizontes; para Galdós, novelista, como si el mar se hubiera tragado las Afortunadas. Este poeta que ha cantado al mismísimo arroyo Abroñigal, y que se queda extasiado -yo le he visto- ante el panorama que se observa desde las Vistillas; que cree grandioso el Guadarrama nevado (como D. Francisco Giner)... jamás ha escrito nada que pueda hablarnos de los paisajes de su patria; no sueña con el sol de sus islas... a lo menos en sus libros. Jamás ha colocado la acción de sus novelas en su tierra, ni hay un solo episodio o digresión que allá nos lleve; es en este punto Galdós todo lo contrario de Pereda, su gran amigo, que se parece al Shah de Persia en lo de llevar siempre consigo tierra de su patria. Aun sin trasladar a las Afortunadas a sus personajes, podría Galdós decirnos algo de las impresiones que conserva,  como poeta que de fijo fue en sus soledades y contemplaciones de adolescente, de los paisajes de la patria: pero como es el escritor más opuesto, en todos sentidos, a lo que llamamos el lirismo, en la acepción más lata y psicológica; como en vez de hacer que sus personajes se le parezcan pone todos sus conatos en olvidarse de sí por ellos y ser, por momentos, lo que ellos son (siguiendo en esto el buen ejemplo de Dickens que hasta imitaba, ensayándose al espejo, las facciones y gestos de sus criaturas); no hay ocasión en ninguna de las obras de nuestro novelista para esos saltos de la fantasía por encima de los mares y de los recuerdos, Galdós, en suma, es en sus obras completamente peninsular. La patria de este artista es Madrid; lo es por adopción, por tendencia de su carácter estético, y hasta me parece... por agradecimiento. Él es el primer novelista de verdad, entre los modernos, que ha sacado de la corte de España un venero de observación y de materia romancesca, en el sentido propiamente realista, como tantos otros lo han sacado de París, por ejemplo. Es el primero y hasta ahora el único. A Madrid debe Galdós sus mejores cuadros, y muchas de sus mejores escenas y aun muchos de sus mejores personajes. Si los novelistas se dividieran como los predios, se podría decir que era nuestro autor novelista urbano.”

   Benito Pérez Galdós : estudio crítico-biográfico
por Leopoldo Alas, “Clarín” (fragmento)


07/10/2015

Galdós visto por...



“Galdós, generalmente, no profundiza en la vaga idealidad, sino en la vida social y en la moral, pareciéndose en esto último a muchos grandes escritores ingleses, que por cierto él estima grandemente. Los Episodios Nacionales fueron populares en seguida, porque, si no en los primores del arte que hay en muchos de ellos, en lo principal de su idea y en las brillantes, interesantísimas cualidades de su forma pudieron ser comprendidos y sentidos por el pueblo español en masa. Galdós no debe su popularidad a las vergonzosas transacciones con el mal gusto, sino al vigor de su talento, a la claridad, franqueza y sentido práctico y de justicia que revelan sus obras. En muchas de éstas hay mucho más de lo que puede ver un lector distraído, de pocos alcances en reflexión y en gusto; pero en todas hay, además, ese gran realismo del pueblo, esa feliz concordancia con lo sano y lo noble del espíritu público, que, lejos de ser una abdicación del artista verdadero, es señal de que pertenece su genio a las más altas regiones del arte, que es de aquellos que la historia consagra, porque, sin dejar de ser grandes solitarios cuando suben a las cumbres misteriosas del Sinaí de la poesía, bajan también como el Moisés de la Biblia, a comunicar con el pueblo y a revelarle la presencia de los Eloim, que han sentido en las alturas.”
Leopoldo Alas, “Clarín”

“En mi sentir aparece el señor Pérez Galdós como novelista de primer orden, digno de ser comparado con Balzac en Francia y con Dickens en Inglaterra, así por el esfuerzo creador con que presta movimiento, vida y carácter a sus personajes, como por la observación fiel y por la exactitud con que nos pinta el ser y el vivir de nuestra clase media.”
Juan Valera

“Pérez Galdós, artífice valiente de un monumento que después, quizá, de la Comedia Humana, de Balzac, no tenga rival en lo copioso y vario, entre cuantos ha levantado el genio de la novela de nuestro siglo… ¡Cuánta luz, cuánta alegría, cuánto color ha puesto Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales, robando el lápiz a Goya y a don Ramón de la Cruz!… Fortunata y Jacinta es un libro que da ilusión de vida: tan completamente están estudiados sus personajes y el medio ambiente. Todo es vulgar en la novela, menos el sentimiento; y, sin embargo, hay algo épico en el conjunto, por gracia, en parte, de la manera franca y valiente del narrador, pero todavía más en su peregrina aptitud para sorprender el íntimo sentimiento e interpretar las ocultas relaciones de las cosas, levantándolas de este modo a una región poética y luminosa. Por la realización natural, viviente, sincera; por el calor de humanidad que hay en ella; por la riqueza del material artístico allí acumulado. Fortunata y Jacinta es uno de los más grandes esfuerzos del ingenio español… Si alguna de las posteriores fábulas de nuestro autor pudiera rivalizar con ésta, sería, sin duda. Ángel Guerra, en la que late el sentido de la poesía arqueológica de las viejas ciudades castellanas y entra, además, no diré que con paso enteramente firme, pero sí con notable elevación de pensamiento, en un mundo de ideas espirituales y aun místicas… Diríase que estas cavernas del alma atraen a Galdós, cuyo singular talento parece formado por una mezcla de observación menuda y reflexiva y de una imaginación ardiente, con vislumbres de iluminismo…”
Marcelino Menéndez y Pelayo
“En las páginas de Galdós quedan animados de vida imperecedera las clases populares, en toda la gradación de sus penalidades, desvalimientos y miserias, y las clases medias en la azotadísima serie de sus angustias, de sus anhelos, de sus desniveles resbaladizos, de sus vergonzosas estrecheces, y también de sus bríos emprendedores; alumbrado queda y acopiado, a propósito de las gentes de toda condición, el raudal de sufrimientos, de virtudes, de heroísmos y también de bellaquerías, claudicaciones y abominaciones, que pasa, como corriente subálvea, entre los revueltos yacimientos sociales.”
Antonio Maura 
“Las similitudes y correspondencias entre Cervantes y Galdós son tantas y tan manifiestas, que casi huelga señalarlas. Cervantes creó el género novelesco, este modo característico de la Edad Media; Galdós lo ha llevado a su término más cumplido de perfección y madurez… Cervantes y Galdós, como dos montañas, fronteras y mellizos, están separados por un hueco de tres siglos. Hay también montes muy empinados y majestuosos; pero ninguno, a lo que presumo, alcanza la altura de aquellas dos montañas, mellizos y señeras. Cervantes no llegó a ser el primer autor dramático de su época; Galdós lo es, sin disputa, y uno de los primeros entre los de cualquier época y comarca.”
Ramón Pérez de Ayala 
“La España oficial, fría, seca, protocolaria, ha estado ausente en la unánime demostración de pena provocada por la muerte de Galdós. La visita del ministro de Instrucción Pública, no basta. El pueblo, con su fina y certera perspicacia, ha advertido esa ausencia en la casa del glorioso maestro, en las listas de pésame, donde han firmado ya los hijos espirituales de don Benito, los legítimos descendientes de la duquesa Amaranta, de Gabrielillo Araceli, de Solita, de Misericordia, del doctor Centeno. Estos hombres y estas mujeres de España no podían faltar en el homenaje al patriarca. Son los otros los que han faltado. Y, ya a última hora, se ha querido remediar el olvido con un Decreto lamentable, espuma de la frivolidad oficial, ejemplo doloroso de cómo pueden cegarse, en las esferas del Poder, los manantiales de la sensibilidad. En este Decreto, en el que no hay ni una sola palabra emocionada, destacará hoy su sequedad en las columnas de los periódicos, donde palpita el dolor de todo un pueblo, donde tiemblan las frases tiernas y acongojadas de la noble España galdosiana. Acaso hubo que dictarlo ateniéndose a preceptos de protocolo. El protocolo entiende poco de distancias y equipara a Galdós con Campoamor. No hay desdén para el tierno poeta en señalar el deplorable contraste. El buen don Ramón, camarada de don Benito, hubiera sido el primero en protestar. Galdós era el genio. Campoamor, el ingenio. La España une a ambos en la hora de los falsos homenajes.»
José Ortega y Gasset

«Don Benito Pérez Galdós, en suma, ha contribuido a crear la conciencia nacional; ha hecho vivir España con sus ciudades, sus pueblos, sus paisajes, sus monumentos. Cuando pasen los años, cuando transcurra el tiempo, se verá lo que España debe a tres escritores de esta época: a Menéndez y Pelayo, a Joaquín Costa y, a Pérez Galdós. El trabajo de aglutinación espiritual, de formación de una unidad ideal española, es idéntico, convergente, en estos tres grandes cerebros. La nueva generación de escritores debe a Galdós todo lo más íntimo y profundo de su ser: ha nacido y se ha desenvuelto en un medio intelectual creado por el novelista. Ha habido desde Galdós hasta ahora, y con relación a todo lo anterior a 1870, un intenso esfuerzo de acercamiento a la realidad; comparad, por ejemplo, una novela de Alarcón con otra de Pío Baroja. Se han acercado más a la realidad los nuevos escritores y han impregnado, a la vez, su realismo de un anhelo de espiritualidad… Galdós, como hemos dicho, ha hecho la obra de revelar España a los españoles. Abrid sus libros; ahí está en primer término Madrid, con su pequeña burguesía vergonzante; con su comercio de la calle de Postas y de la plaza de Santa Cruz, comercio clásico, restos de una época ya casi desaparecida; los intereses de esas casas de huéspedes; las tertulias de los Cafés; los ministerios y oficinas; Villamil, el infeliz, el bueno, el desgraciado; el amigo Manso; Manolo Infante; la de Fringas; Orozco, el grande, el magnánimo; los estrafalarios Babeles; Pepe Rey, víctima de un atroz fanatismo… Ahí está en el segundo volumen de Ángel Guerra, retratado Toledo, con sus callejuelas enrevesadas; sus conventos de monjas, con sus huertos, en que crecen cipreses y rosales; sus sosegadas iglesias de cuyos muros enjalbegados con nítida cal, penden cuadros del Greco—que allí y no en los fríos museos— tienen toda su vida; las posadas, como la de Santa Clara, la Sangre, la Sillería, con sus trajinantes y cosarios, que vienen y van a Illán, Illescas, Cebolla, Torrijas, Escalona; el Tajo, hondo y torvo; los cigarrales lejanos, en que la vegetación es melancólica, sin frondosidad; el terruño, apretado y seco… Galdós, en más de cien volúmenes, ha trabajado para que despierte España y adquiera conciencia de sí misma.»
Azorín

06/10/2015

nuevo espacio artístico en la red

captura de pantalla del blog de Juan Mesa
Nuestro compañero Juan Mesa ha inaugurado espacio en la Internet. 

Es un blog donde, por lo visto hasta ahora, ha ido poniendo algunas de sus creaciones y ha denominado a su galería virtual: Hierro, fuego y barro (esculturas).

Podéis visitar el blog en el enlace de este blog (espais fraterns).


Bienvenido al ciberespacio, Juan….

04/10/2015

l'autor del mes

“En las francas expansiones que conmigo tenía Segismundo, se quitaba la máscara hipócrita para revelarme con esta leal llaneza los móviles de su conducta: “Ni tú ni yo, querido Tito, podemos esperar nada del estado social y político que nos ha traído la dichosa Restauración. Los dos partidos, que se  han concordado para turnar pacíficamente en el Poder, son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el Presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado les mueve, no mejoraran en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que de fijo ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos. .. Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria. ¿Crees tú, Titillo, en la revolución?”

-Yo no -contesté resueltamente- . No creo ni en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los antediluvianos, esos que ya chiflaban en los años anteriores al 68. La España que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando, a mi entender, tan anémica como la otra. Han de pasar años, lustros tal vez, quizá medio siglo largo, antes que este Régimen, atacado de tuberculosis étnica, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental.”
Cánovas, fragmento capítulo XX
Benito Pérez Galdós
Episodios Nacionales

Quinta serie, 1912