Dolores Redondo ganadora de la 65ª edición del premio Planeta, con
una novela negra que lleva por título Todo
esto te daré. El finalista fue Marcos
Chicot, con la obra El asesinato de Sócrates .
16/10/2016
14/10/2016
el llibre del mes, u
“Tristeza y los crecientes detalles de agravios, aunque aún no la inflamaba
la ira de verdad. Una mujer abandonada de cincuenta y nueve años, en la
infancia de la vejez, que aprende a andar a gatas. Se obligó a pensar de nuevo
en su partita cuando salió de Chancery Lane por el estrecho pasaje que la llevó
a Lincoln’s Inn y su maraña de esplendor arquitectónico. Por encima del tamborileo
de las gotas de lluvia oyó el cadencioso andante, a paso lento, una marca
inusual en Bach, un hermoso aire despreocupado sobre un bajo ambulante, y sus
pasos acompasaban la ligereza de la melodía celestial mientras atravesaba el
Great Hall. Las notas se esforzaban en expresar un claro sentido humano pero no
significaban nada. Sólo algo encantador, purificado. O amor en su forma más
vaga y extensa a todas las personas, sin discriminación. A los niños, quizá.
Johann Sebastian tuvo veinte de dos matrimonios. No permitió que su obra le
impidiera amar y enseñar, querer y componer para los que sobrevivieron. Niños.
El inevitable pensamiento retornó cuando evocaba la exigente fuga que había
dominado por amor a su marido, y la tocaba a toda velocidad, sin titubeos ni
fallos en la separación de las voces.
Sin embargo, su maternidad frustrada era una fuga en sí misma, una huida
—era el tema habitual que ahora intentaba sortear—; una huida de su propio
destino. No haber logrado ser una mujer, tal como su madre lo entendía. El modo
en que había llegado a este estado era un contrapunto lento que había
interpretado con Jack durante dos décadas en las que surgían disonancias que
luego desaparecían y que ella renovaba siempre en sus momentos de alarma,
incluso de horror, a medida que sus años fértiles pasaban de largo hasta
caducar, y ella casi estaba demasiado atareada para darse cuenta.
Era una historia que se contaba mejor deprisa. Después de los exámenes finales,
más exámenes, después obtuvo el título de abogada, siguió el período de
prácticas, una invitación afortunada a bufetes prestigiosos, algunos éxitos tempranos
defendiendo casos desesperados: qué sensato había sido aplazar la maternidad
hasta el comienzo de la treintena. Y cuando aquellos años depararon casos
complejos e interesantes, y más éxitos. Jack también dudaba y abogaba por
esperar uno o dos años más. Luego llegaron los treinta y cinco, cuando él
enseñaba en Pittsburgh y ella hacía jornadas de trabajo de catorce horas,
zambulléndose más a fondo en el derecho de familia al mismo tiempo que se
retrasaba la suya propia, a pesar de las visitas de sobrinos y sobrinas. En los
años siguientes circularon rumores de que podrían elegirla precozmente para la magistratura,
y necesitaba estar en activo. Pero no la eligieron, aún no. Y cuando ya había
cumplido los cuarenta surgieron inquietudes respecto a los embarazos tardíos y
el autismo. Poco después, más visitantes jóvenes a Gray’s Inn Square,
bulliciosos y exigentes sobrinos nietos, le recordaron lo difícil que sería
encajar a un hijo en su estilo de vida. Siguieron compungidas ideas de
adopción, algunas pesquisas de tanteo, y a lo largo de los acelerados años
posteriores, tormentos ocasionales originados por las dudas, decisiones firmes
sobre madres de alquiler tomadas a altas horas de la noche y descartadas a la
mañana siguiente con las prisas para llegar al trabajo. Y cuando por fin, a las
nueve y media de una mañana, juró su cargo en el edificio de los Reales Tribunales
de Justicia ante el presidente y prestó los dos juramentos requeridos, el de
lealtad y el judicial, en presencia de doscientos colegas con pelucas y se presentó
orgullosamente ante ellos con su toga, tema de una ingeniosa alocución, supo
que la partida había terminado y que pertenecía a la ley del mismo modo que
otras mujeres habían sido esposas de Cristo.”
La ley del menor
Ian McEwan
Anagrama, 2015
pág. 51-53
13/10/2016
nobel literatura 2016
Chimes Of Freedom
Lejos, entre el final de la
puesta de sol
y el romper de la medianoche,
nos metimos en el portal
mientras
tañían estallando con estruendo
majestuosas campanas de rayos,
encendían sombras en los sonidos
parecían ser los repiques de
libertad
destellando.
Destellando por los guerreros
cuya fuerza no es para luchar,
destellando por los refugiados
en el inerme camino de la huida,
y por cada uno
de los desvalidos soldados en la
noche
y nosotros contemplamos
los repiques de libertad
llameando.
Observamos inesperadamente
por el horno de la derretida
ciudad
con las caras ocultas,
como los muros se estrechaban,
el eco de las campanas de boda
antes de la lluvia
se disolvía en las campanas del
relámpago.
Tañendo por el rebelde,
tañendo por el calavera,
tañendo por el desafortunado
el abandonado y el rechazado
tañendo por el proscrito,
quemándose constantemente en la estacada
y nosotros contemplamos
los repiques de libertad
llameando.
A través del loco martilleo
místico del bárbaro granizo
salvaje
el cielo chasqueó sus poemas
en desnuda pregunta,
el suspendido de las campanas
de la iglesia sopló a la brisa
quedando sólo las campanas
del relámpago y su trueno
golpeando por el benigno,
golpeando por el bondadoso
golpeando por los guardianes
y los protectores del espíritu
y por el desempeñado y el pintor
fuera de su época
y nosotros contemplamos
los repiques de libertad
llameando.
En la salvaje catedral
de la atardecida la lluvia
descifró historias
para las desnudas formas sin
rostro
de los sin posición
tañendo por las lenguas
sin sitio adonde llevar sus
pensamientos
todas atrapadas en situaciones
dadas por supuesto
tañendo por el sordo y el ciego,
tañendo por el mudo
por la maltratada madre soltera
y la mal llamada prostituta
por el proscrito por delito
menor,
perseguido y estafado en la caza
y contemplamos fijamente
los repiques de libertad
llameando.
Incluso un telón de blanca nube
destelló en una lejana esquina
y las hipnóticas manchas
brumosas
se elevaron lentamente
la luz eléctrica todavía
golpeaba como flechas, encendida por
los condenados a la inacción
o los que son retenidos en la
corriente,
sonando por los buscadores,
en su muda búsqueda de pistas
por los amantes corazones
solitarios,
con su historia muy personal
y por cada alma inocente
y amable inmerecidamente entre
rejas
y nosotros contemplamos
los repiques de libertad
llameando.
Ingenuos y sonriendo
como yo recuerdo, cuando fuimos
cogidos
cazados sin huella del momento
por ellas colgamos suspendidos
mientras escuchábamos
y mirábamos
por última vez
hechizados y consumidos
hasta el fin de su tañido
tañendo por los sufridores
cuyas heridas no pueden ser
curadas
por los incontables confundidos,
acusados, maltratados, pisados y
peores
y por cada persona ahorcada
en todo el ancho universo
y nosotros contemplamos
los repiques de libertad
llameando
Bob Dylan
Canción incluida en el álbum de 1964 “Another Side of Bob Dylan”
dario fo
“¿El pueblo
pide una auténtica justicia? Nosotros en cambio conseguimos que se conforme con
una menos injusta. Los trabajadores gritan basta ya de la vergüenza de la
explotación bestial, y nosotros procuraremos sobre todo que no se avergüencen
más; pero que sigan siendo explotados... quieren no morir más en las fábricas,
y nosotros pondremos alguna protección complementaria, algún premio para las
viudas. Quieren ver como desaparecen las clases... y nosotros haremos que ya no
haya tanta diferencia, o mejor aún, ¡qué no se note tanto! Ellos quieren la
revolución... y nosotros les daremos reformas, muchas reformas... los
ahogaremos en reformas. O mejor aún, los ahogaremos en promesas de reformas,
¡porque tampoco se las daremos nunca! "
Muerte accidental de un anarquista
Dario Fo
09/10/2016
el río de una sola orilla: el encuentro
Ayer contamos con la presencia del autor del libro” El río de una sola orilla. Guinea, del crimen del río Etumbe a la
independencia.”, José Antonio López Hidalgo.
José Antonio nos habló de un país desconocido, en
todos los sentidos, para nosotros: Guinea Ecuatorial, donde el castellano es
lengua oficial y nuestro paso por ella, así como su independencia fue todo
menos ejemplar. Su novela, nos aclaro, es una ficción, por supuesto, pero los mimbres
que sustentan la trama son reales y comprobables. El relato trata, desde la
ficción, desmitificar la importancia de las sectas secretas indígenas y el mito
del canibalismo; para subrayar que fue,
por el contrario, el colonizador quién instrumentalizó las mismas para
beneficiarse de una mano de obra prácticamente gratuita para la explotación
económica de la colonia.
Felicidades y gracias José Antonio por compartir
con nosotros tú libro y descubrirnos esa gran desconocida que es Guinea
Ecuatorial.
08/10/2016
Gurumbé, canciones de tu memoria negra
El antropólogo
y cineasta jerezano Miguel Ángel Rosales se estrena en un largometraje con "Gurumbé, canciones de tu memoria negra", un documental que explora el fenómeno
del esclavismo en España, especialmente en Andalucía, y su influencia en la
cultura y las tradiciones.
El documental se estrenará en España en la 61ª Semana Internacional de cine, Seminci,
de Valladolid, del 22 al 29 de octubre de 2016.
El río de una sola orilla, y 4
“A mí me dijeron en Madrid, nada más entrar en la revista, que si
quería aprender en serio y foguearme con esta profesión en la que había que
buscarle las medidas a cada palabra, lo mejor era irse de corresponsal a las
colonias. Y me enviaren a Guinea. No me costo entender que nadie en la
redacción tenía ganas de visitar el trópico y habían llegado instrucciones
exactas desde el ministerio de información para que dedicásemos algunas
exclusivas a nuestros territorios africanos, porque empezaban a sonar en Europa
voces preocupantes en cuanto a la emancipación de los pueblos indígenas.
Evidentemente yo era un pardillo, y estaba, sobre todo, inquieto por las
terribles enfermedades de las que había oído hablar. Por alguna razón que no me
explicaron, el barco atraco en el continente, y no en la isla de Fernando Poo,
que en realidad constituía mi destino y donde me esperaban los contactos que se
habían establecido desde la revista. Así que no tuve más remedio que alojarme
en un hotel de Bata durante varias semanas y buscar un tema interesante con el
que arreglar un primer reportaje. Entonces me enteré de la inminente ejecución
de siete reos de canibalismo. Y me pareció un asunto que merecía la pena.
Yo no había asistido nunca a un ahorcamiento, ni a ninguna de las formas
protocolarias con que se da muerte a un hombre, pero el lugar y la escena me resultaron
muy precarias, como si alguien lo hubiera improvisado o no se molestase en
guardar una mínima apariencia de un acto que siempre consideré trascendental,
el rito de quitarle oficialmente la vida a un semejante. Aunque ahí residía sin
duda el motivo: ni un solo blanco en Guinea se había planteado nunca que un
negro fuese su prójimo, y por eso se les negaban los derechos que, en aquella época,
habían comenzado a reclamar en las colonias vecinas. Como ya dije antes, yo era
un pardillo y, por tanto, podía pensar como tal, no residía en Guinea, solo
estaba de visita, pero tampoco era tan ingenuo como para expresar estás ideas
en público. Con la mirada todavía limpia, recién bañada en ciertas utopías
europeas, vi la rama robusta de un árbol enorme de la que pendían siete lazos
de soga, y un estrado rudimentario a manera de patíbulo; vi a un grupo pequeño
de nativos perplejos, quejosos e implorantes, supongo que se trataba de
parientes de los que iban a ser ejecutados; vi a unos cuantos colonos, jóvenes,
que se tomaban a broma todo aquello, e incluso se divirtieron mucho con las
últimas protestas de los reos que insistían en su inocencia; vi a los
representantes de las autoridades, con aire aburrido y abanicándose por el
calor, hartos de que el cumplimiento de la sentencia tuviera que demorarse
tanto. Me dispuse a sacar algunas fotos y, mientras preparaba la máquina, un guardia
colonial gigantesco se interpuso y me dijo:
—Acompáñeme.
La hipótesis de que yo pertenecía al clan de los patronos españoles
y el a la tribu de los subordinados aborígenes no hizo que se me quitara la
sensación de pánico. Y desde luego la orden no había sonado respetuosa, más
bien conminatoria. Recordé de inmediato que me encontraba a miles de kilómetros
de la península, en un lugar rodeado de selvas y mucha tierra aun incógnita, en
el momento en que iban a ahorcar a caníbales, ¡caníbales!, y me sentí la
criatura más frágil que habitaba el planeta. Seguí dócilmente al guardia colonial
que me condujo a un rincón en sombra en el que permanecía sentado, con una
buena jarra de bebida fresca sobre una mesita, un hombre de edad más avanzada
que mediana, español aunque sin acento reconocible. Ni me invito a sentarme ni
propuso compartir conmigo un trago del contenido de aquella jarra en cuyo
interior, de vez en cuando, se oía crepitar el hielo. Dijo:
-¿Es usted el periodista que envían de La España Moderna?
Era evidente que no esperaba respuesta. Su pregunta quería
transmitirme que se hallaba perfectamente informado de lo que ocurría en su
terreno. Así que continuo hablando por su cuenta.
—La España Moderna es una revista de prestigio, y somos varios
aquí los que estamos suscritos. No pierda el tiempo con estos sucesos que
pueden ofrecer una idea equivocada de la Guinea española. Hágame caso y deje
las cosas de los salvajes para los salvajes. Le mostraré lo que es la auténtica
civilización en una colonia próspera.
Y a continuación se levantó y me indico el camino hacia su
vehículo que estaba aparcado cerca de la carretera principal. Mientras obedecía
mansamente, miré de reojo hacia el árbol donde oscilaba ya el primer ahorcado.
Mi guía impuesto, cuyo nombre averigüé más tarde gracias a que todos los
residentes españoles le saludaban como Don Samuel, me paseó durante varios días
por el Club Náutico, un par de granjas modélicas con peones sumisos y muy contentos,
una fiesta en honor de la Sección Femenina, e incluso una catequesis en la que niñas
negras, enfundadas en batines blanquísimos y almidonados, recitaban las
delicias de la doctrina con el entusiasmo con que habrían saboreado caramelos
de miel y azúcar. Fui manejado sin disimulo como el pardillo mas pardillo que
había puesto los pies en la colonia, y yo era consciente de la facilidad con
que me sometía, a cambio de sonrisas, palmaditas en la espalda, banquetes
descomunales, y el alivio de no representar una amenaza para quienes me habían
rescatado de aquel espectáculo desagradable, “la hora del escarmiento” como lo
llamaba el propio Don Samuel, que hacia enmudecer de inmediato a cualquiera que
viniese, en mi presencia, con el rumor de puñados de guineanos encarcelados por
haberse presentado como caníbales en las comisarías de distrito. En la revista
recibieron satisfactoriamente mi crónica de la encantadora vida social en
Guinea, y de la magnífica labor que se realizaba con los nativos tan agradecidos
a sus benefactores; el mismo director me felicito y me comunico que le habían
enviado elogios por mi talento algunas de las personalidades más influyentes de
la colonia.”
El río de una sola orilla. Guinea, del crimen del río Etumbe a la
independencia.
José Antonio López Hidalgo
Editorial Cal·ligraf, 2015
Pág. 116-120
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