“La España llena sí que me
parece un problema·
por Juan
Vilá
Jot
Down
“Llegamos al diminuto pueblo en el que vive y nos
recibe con los brazos abiertos. Literalmente. También con una tortilla de
patata que nos ha preparado. Santiago
Lorenzo (Portugalete, 1964) no es un misántropo. Aunque ha escrito Los asquerosos, una de las novelas más
misántropas de las últimas décadas, la historia de alguien que tiene que huir
de la policía y se refugia en una aldea abandonada hasta que aparecen unos
molestos vecinos que quieren hacer turismo. Un inesperado éxito editorial por
su sentido del humor, seguro, y quizá por su crítica a la Mochufa, palabra inventada por Lorenzo para referirse a esas
personas que aúnan desconsideración, mal gusto, inconsciencia y amor por la
estridencia en todas sus formas. Después de enseñarnos la obra de la que más
orgulloso se siente, una maqueta de una estación de tren en mitad de la Segunda
Guerra Mundial, nos sentamos a hablar de su forma de entender la literatura, su
pasado como director de cine, algunos de sus amigos, la austeridad que tanto le
gusta y su vida actual, muy parecida a la de su último protagonista, lejos de
la ciudad y de casi todo el mundo.
PREGUNTA:
Leyéndote da la impresión de que te diviertes mucho escribiendo.
RESPUESTA:
Pues sí, qué coño (risas). Por eso nunca escribo nada. O escribo muy poco.
Sería insoportable (risas). Si solo escribes cuando te diviertes, pasan dos
cosas: escribes muy pocos ratos al año, pero es una gozada.
P:
Empezaste a publicar en 2010 y llevas cuatro novelas y un libro de cuentos. No
es tan poco.
R: Pero
porque tenía un montón de guiones de cuando me dedicaba al cine.
P:¿No
tienes una disciplina ni eres de escribir todos los días?
R: Ni pa´Dios. El año pasado ensayé con Jan [Jan Martí, su editor de Blackie Books] lo de quedar en un fecha
para ver cómo era, y salió Los
asquerosos. Esa está escrita con fecha de entrega pero de no haber llegado,
no habría pasado nada.
P:¿Cómo
fue el proceso?, ¿tenías ya empezada la novela y te pusieron la fecha?
R: Yo no
sé cuándo empieza una novela, sé cuándo acaba, y eso es cuando llega el libro a
casa. Mi disciplina es no tener ninguna disciplina.
P: La
otra cosa que llama la atención leyéndote es tu perfeccionismo, tu cuidado
absoluto del detalle y del estilo.
R: Es
que soy maquetista. En el piso de arriba hay un montón de maquetas que no va a
ver nadie, ni siquiera yo, pero si un día dejo el eje de un coche mal pegado
por debajo, no puedo dormir. Tengo que levantarme y ponerlo bien. Las
esculturas que hay en las cresterías de las iglesias tienen las venas y los
tendones de los pies bien hechos. En el siglo XVI no tenían ni idea de que se
iban a inventar los drones. Tendrían
que subirse a la balaustrada para ver la uña del pie. Pero las hacían porque
creían que Dios las veía. Aquí es igual.
P: Hubo
una época en la que te ganabas la vida haciendo maquetas.
R: Mi
socia Mer García Navas y yo cogimos
un local en la calle Nao, en pleno centro de Madrid, como un antojo, para ir a
dibujar, hacer maquetitas y nuestras tonterías, y de pronto se convirtió en una
especie de empresa y nos empezaron a llamar para hacer decorados de teatro y
publicidad, y todo tipo de cosas. Hicimos hasta ebanistería. Fueron años
apasionantes.
R:¿Sigues
haciendo ese tipo de trabajos?
R: No,
pasaron varias cosas a partir de 2010. Primero vino la crisis. Segundo, la
crisis fue muy dura en el cine y los medios audiovisuales. Y lo tercero y más
importante es que aparecieron las impresoras 3D y esas cosas ya no se hacen a
mano.
R: No
quisiste pasar a lo digital. Tampoco tienes Twitter
ni redes sociales. ¿Es una cuestión ludita o antitecnológica?
R: Yo
sigo haciendo mis cosas a mano, pero no soy ludita en absoluto. El que está
contra la historia es medio bobo. Hay tanta creatividad ahora con los
ordenadores como la hubo en su día con el cúter. Y el cúter no va a desaparecer
jamás. Como no va a desaparecer el libro en papel o la pasión de las personas
por manipular las cosas, en el mejor sentido de la palabra: por usar las
herramientas, oler las pinturas… Tampoco va a desaparecer el coleccionismo y
comprar un libro es una forma de coleccionismo. E insisto: en mi caso no hay
ningún tipo de pena, no es que alguien nos quitara de en medio, nos quitó de en
medio la historia. Si te quita el alcalde de Madrid, es una canallada, pero si
es la historia, bienvenido sea.
P: En Los asquerosos queda muy claro que no
quieres hacer un discurso ecologista, al menos de la forma más explícita o
convencional. «La lírica agreste no le interesaba nada», dices en el libro.
R: Era muy
importante que no lo hubiera porque ese discurso ya está hecho y mucho mejor
que yo. No hay un apego a la Pachamama,
que es adorable, pero no es el sitio. Yo el protagonista de Los asquerosos no sé si ama la
naturaleza. Ama mucho el trocito de naturaleza que le ha caído, como en su día
amó el trocito de ciudad que le cayó.
P: En
eso tu vida sí se parece a la suya. Hasta tienes un huerto sin el menor alarde
y bastante utilitario.
R: Bueno,
la novela la he escrito yo, y el huerto es una ocasión de meter la pata, que es
una cosa muy educativa, y de hacerlo mal, y de ir fijándose en cómo hacerlo
mejor en periodos muy largos, porque muchas veces te toca esperar todo un año
para ver si has acertado.
P:¿Hay
también algo de ajuste de cuentas en tus novelas? Pienso en Los asquerosos, pero también en cierta
crueldad de Los huerfanitos hacia el
mundo del teatro.
R: Tú
seleccionas qué vas a meter en una novela y qué no, y los lugares en los que
has encontrado cierto resentimiento suelen entrar. Porque para contar que todo
funciona fenomenal ya están los libros de autoayuda. A mí no me dio tiempo a
coger manía al mundo del teatro. Tengo el título de director de teatro por la
RESAD pero nunca ejercí. Hice unas obras muy kamikazes en Valladolid en los
ochenta. Para bien o para mal, no quedó registro de ellas. Sí he visto en el
teatro, la pintura o el cine, las actitudes más gloriosamente heroicas y las
más miserables. Las dos valen para contar y denunciar una serie de prácticas,
considerar luego su redención y dejar que tu amor por el teatro transida un
texto después de que lo transida el odio. Piensas si escribirlo o no, pero
cuando quieres darte cuenta ya lo has escrito. A mí me gusta leer esas cosas,
libros donde ocurran movidas, y el origen de esas movidas puede ser perfectamente
el resentimiento. Para contar que me lo paso bien dando un paseo, ahí no hay
nada fértil.
P: En Los asquerosos aparece más de un paseo
y está muy bien retratado.
R: En la
medida en que el paseo me satisface mucho a mí, ya estamos en ese otro bastión
narrativo que es el panteísmo y también es muy bueno contarlo. Alguien que está
en suspensión mirando una nube o alguien que está en carne viva mirando esa
misma nube. Ambas cosas van bien para meterlas dentro de una novela.
P: En
Los asquerosos sacaste mucha mala leche.
R: Es
que han pasado cosas en nuestra historia como país muy reseñables, en este caso
para mal. No puedes dejar de pensar en esa gente que está haciendo las cosas
objetivamente mal, y actitudes que recuerdan a sujetos como Narváez o Lerroux. Si nosotros tenemos motivos para avergonzarnos de Lerroux, también los tenemos para
avergonzarnos de sujetos como Fernández
Díaz, el ministro Soria o Rafael Catalá.
P:¿La Mochufa es eso?
R: Sería
una parte. Pero la Mochufa nunca es
política, siempre es social.
P: Dicen
que Los asquerosos es tu libro más
político, yo no lo sé.
R: Yo
tampoco. A mí me hace gracia porque política viene de polis, de la ciudad, y
esto es un tío que vive en una aldea él solo. Pero cuando estás metido en una
editorial como Blackie Books todo lo
que ellos digan es mucho más verdad que lo que diga yo, así que bienvenido sea.
P: En el
arranque sí hay una denuncia de la precariedad laboral, la vivienda, etc. Pero
eso ya estaba en Los millones, ¿no?
R: Es
que ya puestos, te pones a contar las cosas que te mosquean y en Los millones lo había, aunque aquí lo
hay más y la situación política de los ochenta nos parece ahora una arcadia
feliz. O a mí me lo parece. Fue la década en la que España parecía un Estado.
En Los asquerosos sí hay una
dimensión diacrónica. Además, soltar mala leche escribiendo es muy divertido.
P: Hay
un momento muy gracioso cuando hablas de la foto de uno de los personajes en la
que parece que está sujetando la torre de Pisa. Dices que eso es la mochufa pura y asumes que es muy
probable que el lector la tenga igual. Parece incluso que vas a disculparte
pero inmediatamente reculas y dices: «a mí no me toques». ¿Te preocupaba
ofender al lector?
R: Todo
el tiempo. Ayer pasó una cosa acojonante que ilustra esto perfectamente. Estoy
en el piso de arriba y veo que alguien para el coche y tira algo en mi patio.
Me cago en todo y salgo para decirle al tío que qué está haciendo. Pero cuando
me quiero dar cuenta, el coche ya se ha ido. Era rojo y llevaba una escalera
encima. Yo pienso que le ha sobrado un paquete de azulejos y me lo ha tirado a
mí por tirarlo en algún sitio. No le pillo y le hago unos cortes de manga. Voy
a recoger lo que ha tirado y me encuentro una bolsa con un libro de regalo y
una nota diciéndome que es el antenista, que ha leído Los asquerosos y le ha encantado. Esto fue ayer y me emociono ahora
recordándolo. Parece una historia inventada, pero es que a mí me pasan cosas
que parece que me las invento. La mala hostia a veces es contar hasta diez.
Esto tira todos los mitos sobre cómo es la gente, la falta de lectura en el
entorno rural… Quiero decir que tú coges y escribes una barbaridad, pero
piénsatela luego porque si no, acabas siendo un tuitero de esos que se meten en fregaos. La mala leche está muy bien
pero tienes que pensártela y hacer un ejercicio maravilloso no ya para la
literatura, sino para la vida: mirar desde el punto de vista del otro. Ponerte
en sus bragas.
P: Tú no
te has puesto mucho en las bragas de la Mochufa…
R: No te
creas. Hay un momento en el que el narrador, que es el tío del protagonista,
hace de abogado del diablo, y es un ejercicio que a mí me encanta: estar todo
el día pensando hasta qué punto puedes justificar actitudes deplorables. Hay
veces que puedes y veces que no.
P: Eso
también te puede llevar dejar de escribir.
R: Hacer
de abogado del diablo no significa acabar con el sistema judicial. Al revés.
Está bien que existan los juicios y que acaben con una sentencia. Lo que me da
igual es el miedo a ofender a unos y a otros. Cuando dirigí Mamá es boba me llamaron de todo y esto
me pilla con los pelos de los huevos blancos. Lo único importante es que no
seas tú quien te pongas verde a ti mismo.
P:¿Por?
¿No crees que ahí hay muchas posibilidades literarias?
R: Quiero
decir que en un momento dado estés haciendo algo que no te creas o que te
pongas a escribir algo para quedar bien, que por la noche en sueños vengas tú
mismo a decirte que eres un tramposo. Pero si haces las cosas como crees que
tienes que hacerlas, tiene que darte igual si luego llega alguien a decirte que
eres un imbécil y mucho más si estás aquí en el pueblo metido que es como si
estuvieras en el limbo.
P:¿Crees
que esa crítica a la Mochufa explica
en parte el éxito de la novela?
R: A mí
me gustan las películas y las novelas con esa dosis de mala leche. Mientras no
sea vituperar por vituperar. Eso me parece inane. Pero yo no sé qué ha
contribuido a que la novela se venda. No entiendo lo que está pasando.
P:¿No?
R: Qué
va. Yo calculaba dos mil quinientas copias porque no hay decorados ni
personajes en la novela, es faltona… Qué le voy a hacer.
P: A mí
lo que me sorprende es que una novela tan misántropa haya funcionado tan bien.
R: Es
sobre un misántropo.
P: Y es
misántropa, sin que eso implique algo negativo. Todo lo contrario.
R: La
verdad es que sí, es misántropa (risas). Qué hostias. Los millones era poco misántropa. Era sobre un tío que se muere por
relacionarse con las personas.
P: Manuel,
el protagonista de Los asquerosos,
al principio también se muere por tener amigos.
R: Sí,
pero el mensaje es el contrario, y lo que importa es cómo acaba. Al principio,
Manuel se muere por follar y por irse de cañas, y acaba por darse cuenta de que
él como está bien es solo en su casa. Yo no sé si soy un misántropo. Espero que
no, pero miras alrededor y da la impresión de que sí lo soy. A mí me está
creando problemas la novela. Hay gente que prefiere no llamarme por lo que he
escrito, piensan que igual me molestan (risas).
P: Pero
luego eres un tío que cae muy bien. Lo pensaba viendo la entrevista que te
hicieron en La resistencia.
R: Es
que si estás aquí todo el día solo y viene alguien, eres adorable. A vosotros
os he hecho una tortilla de patata (risas). Me apetece. No tengo ni idea.
Porque tampoco pienso nunca quién soy yo. Y hay gente a la que le caigo del
culo cuando leen la novela.
P:¿Te ha
llegado esa reacción?
R: Sí,
pero es muy minoritaria. Había una tía en Twitter
que decía: por mí puede quedarse en su pueblo haciendo casitas. Llamaba así a
mis maquetas (risas). Eso me ofendió.
P:¿Y qué
respuesta te salió?
R: Ninguna,
no tengo Twitter.
P:¿Pero
qué pensaste?
R: Por
mí puedes leer mis novelas, pero no te dejo ver mis maquetas porque son mucho
mejores (risas).
P: Otro
tema que marca todas tus novelas y tu vida es la austeridad. No hablo de
precariedad, que sería algo forzado, sino de una sobriedad o una renuncia
voluntaria. ¿Hay una épica ahí?
R: Claro,
yo hacía cortos y ahí todo estaba basado en una austeridad que era muy fértil.
Me acuerdo un día que junté bastante pasta para hacer un corto y me quedó el
peor con diferencia. Con el mejor equipo y los mejores actores. Hay una épica
en la austeridad, como la hay en Charles
Foster Kane, el de Ciudadano Kane.
Hay épica en hacer las cosas de forma radical. He conocido a gente extraordinaria
que se dedicaba a tirar el dinero y lo hacían bien, les quedaba muy bien, y he
conocido a gente que se dedicaba a la austeridad y les quedaba muy mal. También
he conocido a gente que tiraba el dinero y parecían gilipollas. Los que a mí
interesan son los que optan por la austeridad o el derroche, pero lo hacen con
elegancia.
P: Estudiaste
en un colegio del Opus.
R: El
próximo fin de semana vienen cuatro niños del colegio. O sea, cuatro compañeros
de mi clase. A dos hace treinta años que no les veo. Algunos han tenido
evoluciones muy distintas a la mía y estoy muy ilusionado con la visita.
P:¿Te
marcó mucho esa educación?
R: Yo
fardo de ser buen ateo y posiblemente sea por conocer bien la liturgia y la
materia de deceso. No soy ateo porque me metieran mano sino después de conocer
el paño, y no tengo ningún interés en que la gente se haga atea o creyente.
P: Y en
cuestión de valores: puritanismo, entrega al trabajo y esas cosas, ¿te queda
algo del Opus?
R: He
conocido a varias mujeres que me han dicho que lo llevo marcadísimo, lo cual es
una putada, supongo (risas). El catecismo dice que tienes que ir a misa todos
los domingos y solo un 15% de los españoles lo hace. Eso de que este es un país
católico es una mentira. Un 15% es una birria.
P: Eso
es lo que críticas a la Mochufa desde
el punto de vista religioso: que presume de fe pero no va a misa.
R: Es
que es una contradicción insostenible. Por cierto, toda mi admiración a ese 15%
que va a misa y mi mayor desprecio a quienes les pregunta el CIS, se declaran
católicos y solo han ido a la comunión de un sobrino en toda su puta vida. Me
parece absurdo. Además, si tú crees en Dios, todo está a favor para que vayas.
Tiene que ser una gozada creer en Dios e ir. Las misas no son en un piso, son
en unas monumentales obras de arte, con una liturgia superpreparada, la casulla
cambia de color cada semana, se cantan canciones de Simon and Garfunkel… Por lo menos antes se cantaban, no sé ahora
(risas).
P: Háblame
de esa gente extraordinaria que se dedica a derrochar el dinero.
R: Fue
muy divertido en 2004 irte a la calle a tirar la pasta, fue muy entretenido, y
hay que escribir algún día una novela sobre esa gente que se dedica a tirar la
pasta y hacen lo contrario que el protagonista de Los asquerosos. Yo recuerdo a Luis
Ciges. Tuve la inmensa suerte de conocerle, y aquí me emociono también.
Fuimos a un festival y yo entonces estaba todo el día bebiendo. Entré al tren,
me fui al bar y allí estaba él. No olvidaré en la vida los tres días que nos
pasamos juntos. Eran maravillosas las propinazas que dejaba. Era muy
emocionante, mientras toda la recua del Cine
de barrio se dedicaban a gorronear. Yo soy no sé qué Ozores y todo es gratis para mí, debían pensar, como si fueran la
Collares. Luis Ciges, que era el que
más futuro tenía de todo ese plantel, actuaba al contrario: fumaba los cigarros
hasta el final, me ganaba a mí bebiendo y dejaba unas propinazas escandalosas.
Se quedaban temblando. Bien, bien. Eso es. Y había otra gente menos famosa que
lo hacía también y era fantástico verles meterse la mano en el bolsillo. Les
quedaba fenomenal. Y luego hay gente a la que le queda fatal.
P: La Mochufa.
R: Sí
(risas).
P: Lo
que está claro es que a ti la España vacía, o vaciada, o como quieras llamarla,
no te parece ningún problema. Al revés: te molesta que no haya más.
R: Déjame
contarte una cosa antes de contestar: yo me negué a leer a Sergio del Molino hasta no acabar la novela. Este año le conocí,
compré su libro y él me pilló por la calle con el libro recién comprado. Quedé
como Dios (risas). Es un libro fascinante. Me quedan veinte páginas porque no
quiero acabarlo. Qué libro tan gracioso, tan divertido y tan bonito. Volviendo
a la pregunta, yo no sé si es un problema la España vacía porque junto a ese
problema hay otro: la España llena sí me parece un problema. Un problemazo: la
España saturada. A mí vivir aquí no me ha creado ningún problema. Todo lo
contrario. No tengo que aguantar la revocación del Madrid Central (risas).
P:¿Cuándo
te viniste a vivir al pueblo?
R: Cogimos
esta casa el 1 de mayo de 2010. Yo pasé aquí seis meses por una avería en mi
casa. Antes vivía en pleno centro de Madrid y el 1 de agosto de 2012 me vine a
vivir del todo. Hasta hoy.
P:¿Cómo
es tu vida aquí?
R: Un
coñazo. No, no (risas). No sé. Yo aquí estoy muy bien. Me lo paso de puta
madre.
P:¿Qué
haces? ¿Escribes, montas maquetas, cuidas el huerto?
R: El
huerto lleva poco tiempo. He plantado cosas que no dan nada de curro.
P: Das
paseos, recoges leña…
R: Sí,
doy paseos, pero también los daba en Madrid. Y la leña es muy entretenida. No
sé muy bien a qué me dedico. A leer libros y a ocuparme del mantenimiento de la
casa. Algo así.
P: Tienes
tele.
R: Estaba
aquí cuando vine, pero no funciona, no tiene TDT.
P: Tienes
internet, tienes teléfono…
R: Teléfono
fijo porque el móvil aquí va muy mal. Internet es fantástico para estar
acompañado y para estar solo. Hay un montón de clásicos sin derechos. Te los
bajas y no estás haciendo mal a nadie. No sé muy bien lo que hago.
P: Tu
mujer viene cada quince días y el resto del tiempo estás solo.
R: Sí,
estoy solo, pensando la novela que voy a escribir. Antes decía que no escribo
nada pero porque a lo mejor estoy pensando todo el rato qué voy a poner para
que no se me caiga luego la cara de vergüenza.
P:¿Y qué
piensas cuando vuelves a la ciudad?
R: Es
como con los sobrinos. Notas los cambios porque los ves cada dos meses. Con
Madrid pasa igual. Cuando yo vivía allí, no me daba cuenta cuándo cerraban las
tiendas y ahora sí. Pero no son unas visitas lo suficientemente largas como
para hacer una sociología. Veo solo los cambios de crestería, los
superficiales. De los cambios profundos igual te enteras mejor desde aquí
leyendo los periódicos.
P: Cuando
vas, ¿refuerza tu necesidad de estar aquí aislado?
R: Es
una gozada ir a Madrid si estás aquí y es una gozada volver aquí después de ir
a Madrid. La idea es que las variaciones sean variaciones y que sean fuertes.
P:¿Echas
algo de menos de la ciudad?
R: A
muchas personas.
P:¿No
echas de menos, por ejemplo, la posibilidad de irte a un bar?
R: Dejé
el alcohol y pensaba que iba a echar de menos los bares, pero qué va.
P: Me
refería al bar como punto de encuentro, sin necesidad de beber.
P: Si
vas a un bar es porque tienes que quedar en algún sitio y quedar en la calle es
de muy loser (risas). Yo además los
bares ya no sé usarlos. No conozco la mecánica. Por ejemplo, ya no sé si hay
que reservar para comer. Porque oigo que todo el mundo reserva y yo nunca he
reservado. Cuando yo tenía una vida urbana, no me cabía en la cabeza vivir en
un sitio que no fuera Madrid, no quería vivir en un sitio más pequeño, y yo
nunca reservé. Ahora no sé si me quedo en la barra o tengo que sentarme, si te
viene el camarero o no te viene. La gente además paga con tarjeta y yo no tengo
tarjeta. Pagas con dinero y te miran raro. Es como si me hubiera convertido en
un verdadero paleto y no está nada mal. Me acuerdo una vez que estuve en
Londres y fui a un club donde tenían una sala en la que no podías estar de pie.
Una norma absurda. Estaba Jim Jarmusch,
que es un gilipollas, rodeado de tías y tomando zumo de tomate. Hace falta ser
pringado (risas). Pues el rollo es que eso ha llegado aquí y yo ya no sé cómo
se hace. O el otro día me enteré de que cuando coges un autobús en Madrid ya no
puedes pagar con dinero al conductor. Esa secuencia tan normal de pagar
agarrado a la barra. Se acabó. Es un despelote.
P: Tus
anteriores novelas eran muy madrileñas, ¿no te asustó perder tu territorio
narrativo al venirte aquí?
R: Es
que a mí me gusta mucho acojonarme. Yo me acuerdo la primera vez que vine a ver
la casa esta. Venía vestido de ciudad y me daba un poco vergüenza ir con un
abrigo italiano. Además, no sabes cómo tapar un abrigo. Es muy difícil (risas).
Cuando yo iba al colegio, había que llevar corbata y me daba muchísima vergüenza.
Pero te podías tapar la corbata y el escudo del colegio con la carpeta. Aquí
no. Tapar un abrigo es imposible. Pero yo enseguida me di cuenta de que la
sociedad del pueblo es muy elegante.
P:¿En
qué sentido?
R: No
sé, nadie va a gritar, ni nadie va a robar nada. Me gusta que aquí esté muy mal
visto alguien que se lleve algo que no es suyo. Nadie va a meterse tampoco en
tu casa si no es después de conocerte mucho. Es una sociedad fríamente
acogedora, como tiene que ser.
P:¿Cuántos
sois?
R: Dieciséis.
P:¿Cambia
mucho los fines de semana?
R: Mucho.
A mí me han escrito Los asquerosos.
O creo yo que cambia porque me encierro aquí y no salgo.
P:¿Tu
relación con esa Mochufa es tan
visceral como en la novela?
R: Espero
que no. Pero a mí no me gusta salir cuando vienen ellos y me pasaba igual
cuando vivía en la calle Fuencarral. Se llenaba de gente que venía a hacer
turismo. Para mí Madrid era un lunes.
P:¿Y el
no tener coche aquí te produce claustrofobia o agorafobia, o lo que sea?
R: Qué
va. Habría que tener los huevos muy gordos para sentir agorafobia en un sitio
en el que no hay nadie.
P: Me
refiero a la incapacidad de salir si de pronto necesitas algo o de escapar si
te apetece.
R: Un
día me faltaron dos patatas. En siete años no es mala media, y lo arreglé. Y
otro día perdí el autobús. Tenía que estar en Zaragoza a las siete de la tarde
y el autobús no pasó, algo no tan raro. Lo arreglé también. Problemas hay en
todos sitios. Pero hay problemas en grandes ciudades que no vas a tener aquí.
Ayer me estaba acordando de un día en 2004 que un tío me quiso atracar en la
calle San Onofre. Quiso porque no lo consiguió. Aquí eso no me va a pasar.
P:¿Estás
aislado también respecto a la vida literaria?
R: No sé
si existe ese aislamiento. Yo en estos diez años he hecho excelentes amigos
entre la gente que escribe. He conocido a gente tan cojonuda… Lo del petardeo,
las entregas de premios y tal, no. Cuando yo empezaba en el cine, lo único que
conseguí por ir a estrenos fue cogerme unos pedos gratis horrorosos. Nunca vendí
una puta escoba. Siempre pensaba que los business
se hacen por la mañana y pisando moqueta. Y el cine era muy distinto porque
ahí sí necesitabas grandes cantidades de dinero para hacer cosas. Aquí, no.
Nunca he hecho networking de ese y
solo he conocido una editorial y media. No sé. Me hace pensar. El otro día un
amigo me contó que se sacó el Twitter
para promocionar sus cosas. Y me decía: es que tú no has hecho eso, hijoputa.
Yo qué sé. No tengo ni idea ni me explico lo que está pasando. Pero sí sé que
no hay que ir a un sitio que no te apetece. Eso está clarísimo.
P:¿Quieres
hablar de esos amigos escritores?
R: Todo
eso que se da por hecho de que el mundo literario es una selva… Yo no he visto
nada. Me he encontrado todo lo contrario. Una gozada. No me he encontrado con
nadie que digas… Bueno, sí. Sí. Pero bah… Tengo que hacer un gran esfuerzo para
pensar en alguien que me haya caído mal en el mundo de la literatura.
P:¿No
hay un Jim Jarmusch o un Ozores? ¿Todos son Luis Ciges?
R: Yo no
he conocido nunca al Ozores este,
pero por sus obras les conoceréis, y conozco ozoradas en literatura, pero con no arrimarte a ellos… En cambio,
cuando quieres darte cuenta, eres amigo de gente cuyos libros te han gustado
mucho. Cuando a mí se me ocurrió pasarme a los libros, recibí una gran ayuda.
Mira, este te lo voy a mencionar. Es que nunca menciono para no dejar a nadie
en el tintero. Fue gracias a un tío cuyos libros me parecen fascinantes: Miqui Otero. Yo no tenía ni idea de
cómo se hacía esto de publicar y le llamé a él porque le había conocido en
Oviedo, en unas jornadas de no sé qué historias. Fue todo lo contrario a los
navajazos. Él me puso en contacto con Blackie
Books. Esa fue toda mi experiencia de cócteles y petardeo.
P: Antes
habías publicado Los millones con Mondo Brutto, ¿colaborabas con el fanzine?
R: Mondo Brutto es el proyecto de prensa
más maravilloso del último cuarto de siglo en España y yo noto su influencia en
todos los medios, en todos. Lo sepan los articulistas o no. Igual que nosotros
estamos influidos por pintores que ni conocemos. Toda la prensa española esta
transida de mondobruttismo desde 2000
o 2010. Yo tuve el honor de escribir alguna vez allí y cuando se lanzaron a los
libros, publicaron dos: Los millones
y un libro fantástico de Grace Morales
que se llama Otra dimensión.
P: Hablemos
entonces de escritores muertos, siempre mencionas a Galdós como uno de tus referentes.
R: Me
gusta un huevo leer a ese. Me parece una gozada.
P: También
mencionas siempre a otro mucho más sorprendente: Otto Skorzeny, que fue jefe de operaciones especiales de Hitler y luego se exilió en España,
trabajó para Perón y hasta para el
Mossad…
R: Ese
era un gilipollas de puta madre (risas). Por eso está bien leerlo. Es un
soplagaitas de cojones. En mi casa, de pequeño, había muchos libros y había uno
suyo. Pronto te das cuenta de que cae en contradicciones evidentes. Se lo
inventaba todo. Era una especie de Münchaussen,
un jeta. Pero sabiendo esto, lo lees y te encuentras a un tipo que está metido
en unos problemas increíbles y tiene títulos maravillosos…
P: Luchamos y perdimos.
R: Ahí
está (risas). Todos los títulos que nos inventemos son una mierda comparados
con ese. Y el otro que tiene se llama Vive
peligrosamente.
P: Pero
no llegaste a conocerle, ¿no?
R: Conocí
a un tío que sí me contó que de niño Skorzeny
le había tenido en sus rodillas.
P:¿Sigues
regalando soldaditos de plástico en las firmas de libros?
R: Sí,
esto queda cretino contarlo pero este año tuve que sacarlos del Risk porque no
había soldaditos para tanta gente. ¿Tú te acuerdas de los sobres de los
Montaplex? Pues los que regalo son
parecidos, pero mucho mejor hechos. Viene en cajas de cuarenta figuras.
Al principio, comprabas tres o cuatro cajas para las firmas y los regalaba. Lo
podía asumir y en la anterior novela, en plan bilbaíno, los empecé a regalar de
metal para tirarme el pisto. Pero aquí en Los
asquerosos ya fue un descojone y los cogí del Risk, que vienen cientos y
cientos. Hay infantería, artillería y caballería. Los bonitos son los de caballería.
Empecé regalando esos y se acabaron. Seguí con la artillería y también. Se
acabó hasta la infantería, así que los dibujaba en las dedicatorias. Se
acabaron todos. Lo que no quise fue tocar mi colección.
P:¿Qué
otras cosas coleccionas?
R: Antigüedades
recientes. O sea, cositas que se han quedado antiguas el otro día. Y todo lo
que tenga que ver con la miniatura. Tengo una colección de trenes muy maja.
P: Cuando
se estrenó tu primera película, Mamá es
boba, dijiste «todo lo que está ahí escrito, me ha pasado a mí. No es
autobiográfico. Es ultra, híper, superautobiográfico».
R:¡Eso
fue hace más de veinte años! (risas). Pero lo suscribo. ¡Claro! Es una forma
compleja de decir que si las cosas las haces mediante la fe, todo lo que hagas
será ultra, híper y metaautobiográfico. Yo estaba perplejo cuando la estrené.
La mayor parte de cosas no sabía porque las había hecho, pero algo me decía que
tenía que rodarla así o que tenía que hablar de eso, o meter escenas con
diálogos que no hacen avanzar la historia. Me apetecían mogollón todas esas
cosas y si quieres rodar algo, tienes que hacerlo. Aunque mucha gente no la
entendió.
P: Antes
hablabas de la cantidad de palos que te cayeron.
R: Hubo
críticos a los que les sentó muy mal. Dijeron que yo era imbécil, pero ya se
han muerto todos porque eran muy mayores.
P:¿Te
llamaron imbécil?
R: Lo
que dijeron fue «intelectualmente deficiente». Eso se publicó. Pero ese
periódico ya ni existe. Quizá después de publicar eso se dieron cuenta de que
el periódico era una birria (risas).
P: Y al
mismo tiempo, la película consiguió una legión de fans.
R: Una
compañía más que una legión. A mí me encanta esa película. La otra película que
rodé ni siquiera la considero mía. Pero todo lo que está en Mamá es boba lo suscribo. Aunque me
hubiera gustado mejor sonido. Y perdón por la cretinada que voy a soltar: la
película es del año 97 y desde entonces me he encontrado muchas cosas en la
audiovisualidad posterior que salen de la misma inspiración. Y como ya no estoy
en el cine puedo permitirme el lujo de decirlo: esa película estaba adelantando
algunas formas de hacer. Cretinada de la hostia venir aquí a decir eso. Pero
así es.
P: Como Eduardo Antuña, que fue su primera
película.
R: Pues
ya ves. Una de las cosas que se estaba avanzando era descubrir a gente como Eduardo Antuña o Faustina Camacho.
P: Faustina
Camacho murió y no pudo rodar más.
R: Murió
el 18 de diciembre de 1997. No llegó ni a verla estrenada.
P: Y el
niño, José Luis Lago, ¿qué fue de
él?
R: Hace
unos años, Andrea G. Bermejo, de
Cinemanía, lo buscó y ahora es un barista, se dedica a hacer cócteles. Tenía
doce años cuando rodó la película y no sabía muy bien lo que estaba pasando.
Salió de un casting al que no se presentó. Íbamos a escuelas Gabriel Velázquez y yo, nos metíamos en
el aula con no sé qué excusa y nos fijábamos en las miradas.
P: Por
lo menos no le convertiste en una estrella infantil y le jodiste la vida.
R: Me
acuerdo de un colegio al que fuimos. Íbamos con el director. Todos los niños
estaban en clase y vimos a uno perfecto para el papel en el pasillo en hora
lectiva. Era perfecto. Le pregunta el director qué hace allí y él responde que
se ha cagado. Era perfecto de aspecto y de biografía, porque la película va de
eso: de un niño que se caga en el colegio. Pero no eres tan hijo de puta como
para decirle que haga una película autobiográfica. Qué habrá sido de él… Espero
que le haya ido bien. Aunque la película hubiera quedado mejor (risas). No,
nunca lo sabremos. Pero al desarrollo humano del niño no le habría ayudado nada
y eso es mucho más importante que cualquier puta película.
P: Me
imagino que te costaría muchísimo sacar adelante Mamá es boba, ¿cómo conseguiste esa libertad absoluta?
R: Porque
yo produje la película. Empecé a juntar dinero y hubo momentos maravillosos. No
olvidaré jamás en mi vida el 12 de septiembre de 1997, cuando muera será como
mi Rosebud. Había un agujero económico y apareció un pedazo de tío de Bilbao
que lo arregló. Surgían problemas horrorosos y se iban solucionando. Yo era muy
bueno produciendo cortos, vivía de eso. A veces salían mejor y a veces, peor.
Pero me gustaba mucho porque era un constante pasarlo mal y a mí eso siempre me
ha gustado. Con la película no podía ocuparme al tiempo del guion, la dirección
y la producción. Lo puse en manos de otros y fue un desastre absoluto. Pero
todo se fue arreglando.
P: Fue
un momento muy activo en el cine, de mucha intensidad.
R: En
los noventa había muchísima gente de mi quinta que hacía cortos maravillosos,
gente con un gran talento. De las productoras que se montaron entonces, no
queda ninguna. Solo la de Santiago
Segura, que siempre fue brillante, el mejor productor de todos, y el mejor
tantas otras cosas. Pero no es posible que solo quede él con el movimiento de baby boomers que hubo.
P:¿Qué
paso?
R: Que
estaba todo pensado para que las productoras nuevas no salieran. No nos podía
quedar ni ese cachito del pastel. Luego apareció el asunto de la venta de
entradas bajo cuerda, todo eso empezó a publicarse en prensa a partir de 2002.
Yo lo sufrí en mis carnes.
P: Te
refieres a la venta de entradas falsas para llegar a un número mínimo de
espectadores y cobrar la subvención.
R: Exactamente.
La gente entraba a ver Mamá es boba.
Todos los días íbamos a la taquilla de un determinado cine multisalas y veíamos
en qué puesto habíamos quedado entre ocho salas. No importaba tanto el dinero
como no quedar entre los últimos. Nuestro peor día fuimos los sextos y fue solo
un día. Solíamos quedar los terceros. Nos habían dicho, y nos habíamos creído
en nuestra ingenuidad, que los viernes quitaban de la cartelera la séptima y la
octava película. Nos habíamos creído el libre mercado. Nos parecía racional y
era bola. Siempre estuvimos los terceros y un día nos la quitaron porque el
negocio no estaba en llevar gente al cine. Estaba en cualquier otra parte menos
ahí, y cada vez pasa más eso. El negocio cada vez está menos en lo que debería
estar. Yo nunca he querido saber, por ejemplo, dónde está el negocio en que se
publiquen cada año cincuenta mil libros. Ni me interesa. Pero sé que no es
posible. Mi editorial en cambio funciona con esa lógica de pueblo: si llevamos
algo que la gente compra, seguimos, y si no, pues no.
P: Acabas
de decir que te gustaba mucho la producción porque suponía pasarlo mal, ¿lo
dejaste por esos chanchullos?
R: También
disfrutaba mucho con el alcohol y lo dejé (risas).
P:¿Es lo
mismo? Supongo que el alcohol habría empezado a hacerte daño.
R: El
alcohol ya era un coñazo y producir en España no tenía ningún sentido después
de lo que te he contado. Todo el heroísmo que yo veía en colegas míos que
hacían cortos y un día rodaban un largo, no valía para nada si todo estaba
montado de otra forma. Y todos quedaban contentos: las salas se forraban aunque
no fuera la gente, las distribuidoras igual, las productoras… Los datos de
consumo de cine eran cojonudos. Solo había una pega: la gente que estaba
haciendo cosas de verdad porque se las creían quedaban arrinconados. Es más,
tenías que sufrir la vergüenza de que te dijeran que tu película no había gustado
y por eso la quitaban del cine. Nadie se iba a creer que era por otros motivos
y encima tenías que sufrir ese escarnio. No, si la quitaban no era por eso,
sino por un complejo sistema que luego salió a la luz y que no tenía nada que
ver con que la gente fuera al cine o no. Un despelote.
P: Después
de Mamá es boba, tardaste diez años
en volver a rodar.
R: Y no
sé para qué, la verdad.
P: Rechazas
totalmente tu segunda película, Un buen
día lo tiene cualquiera, ni siquiera la reconoces como tuya.
R: Es
que ni siquiera el título es mío. Fíjate hasta dónde llega. Estábamos rodando y
un buen día aparecen con camisetas para todo el equipo con ese título, sin
consultarme ni nada. A mí me llaman y me preguntan qué me parece ese título.
Les digo que mal y me mandan a la mierda, me dicen que siempre estoy
quejándome. Y al cabo de una hora, aparecen con las camisetas ya impresas. Yo
tengo una. La guardo. Es como un fetiche de cómo no hay que ir por la vida y
todos los días pienso que si yo hago una cosa, el título lo tengo que poner yo.
P:¿El
título de tus libros es siempre tuyo?
R: Eso
es muy distinto. Suelen ocurrírsele a gente a la que admiro mucho. Los millones tenía un título espantoso,
936 millones, que es el peor título que te puedes echar a la cara, y un día me
llama Luis Prieto desde Italia y me
pregunta cómo voy con la novela esa de los millones. Los huerfanitos igual. Me lo sugirió Mer García Navas. Ni me acuerdo cómo se iba a llamar antes. Y el
título de Mamá es boba era Payaso. Hasta que un día, Ana de Diego, una amiga de Valladolid,
me preguntó cómo iba con la película de la mamá boba. Cosa que no pasó con Un buen día lo tiene cualquiera. Ni me
consultaron. En qué cabeza cabe semejante imbecilidad de título.
P: Al
margen de eso, ¿hubo muchos otros cambios?
R: Sí,
todo el tiempo. La voz en off no es mía. Es más: pedí el nombre de quién la
había escrito y no me lo dieron. Es una tomadura de pelo tan grande…
P: Ni te
planteas volver al cine.
R: No, y
creo que lo tendría más fácil ahora. Pero no quiero. Nunca he entendido esa historia
de que debes algo a quien te produce una película. El favor es mutuo.
P:¿Te
han comprado los derechos de alguna novela para adaptarla al cine?
R: Sí,
de Los asquerosos.
P:¿Vas a
participar de alguna forma en la película?
R: Ni pa´Dios. Va a haber una obra de teatro y
una película, y ellos tienen que hacer lo que les dé la gana.
P:¿Te
quejarás luego si la película o la obra no te gustan?
R: No,
además esas cosas yo creo que se contratan. El enfrentamiento entre Gala y Vicente Aranda, por ejemplo. Hacen como que se enfadan y tal
(risas). Estoy seguro. Solo diré algo si me ofenden. Si por ejemplo convierten Los asquerosos en un alegato a favor de
Pablo Casado o de Almeida. Pablo Casado huye de la ciudad y estudia por fin cuarto y quinto de
Derecho (risas). Pero no diría nada si fuera a dirigirla Mariano Ozores, por decir alguien. Me da igual. Yo tengo que
portarme con la productora como los de Un
buen día lo tiene cualquiera no se portaron conmigo. Que hagan lo que
quieran. No se debe torpedear nunca el trabajo ajeno. Con Los huerfanitos hicieron también una obra de teatro un grupo de
Vitoria, Traspasos Kultur, unos tío
más majos… E hicieron un montaje tan chulo… Fenomenal.
P: Antes
de Mamá es boba, rodaste varios
cortos. Uno de ellos, Manualidades,
era un auténtico disparate, un falso documental graciosísimo que nominaron a
los Goya como mejor corto documental. Ni siquiera lo habían visto, claro…
R: Yo
creo que no ven nada… Me dijeron que lo habían nominado al Goya y me pegué un
alegrón de cuidado. Pero en aquellos años en algunos sitios se llamaba
documentales a los cortometrajes. Nosotros no lo entendíamos y pensamos que
igual era por eso. El corto además deja muy claro que es un falso documental.
Uno de los niños, por cierto, es Héctor
Llanos Martínez, que ahora
escribe en El País. Me siento muy
orgulloso de eso (risas). Nos juntamos varios de los que hicimos el corto en
una casa de Embajadores y pensamos como el libro ese Lenin: ¿Qué hacer? ¿Qué
hacemos con esto cuando lo están nominando como un documental y no lo es? ¿Qué
hacer? Había un error y teníamos dos vías: retirarlo o la inacción y que todo
siguiera fluyendo. Lo dejamos estar. Lo importante es que nos estaban echando
un piropo. Si colaba como un documental, habíamos hecho lo que se pretendía, y
nos parecía muy gracioso reírse de la sacra Academia (risas).
P:¿Ni
siquiera te planteas volver al cine con una cosa muy amateur y muy pequeña como
esos cortos del principio?
R: El
gran motor del cine no es el dinero, son las ganas de tratar con gente, de
tirarte a tías o tíos, lo que sea, de tirarte el pisto, de ir por ahí, de
enfadarte, de que te pasen ese tipo de cosas que pasan cuando te juntas con
pandillas… Para contar algo, lo cuentas dibujando a plumilla o escribiendo. El
motor de hacer cine son las ganas de rock and roll, y yo ya estoy en otra fase.
Hay un par de cosas que me encantaría rodar, cosillas sueltas, pero me faltan
las ganas de estar con unos y con otros, de conocer a alguien que tiene una
cámara que te puede valer. Guardo un recuerdo fabuloso de cuando apareció el
tío que me dejó la cámara de Manualidades en el sitio menos pensado, una cámara
mucho mejor de lo que hubiera esperado. Guardo recuerdos maravillosos pero no
me apetece rodearme de gente ni discutir cosas. Ya me volverán las ganas.
P:¿Ves
series?
R: A mí
es que es muy difícil que me mole una película o una serie, enseguida les ves
las costuras y lo que va a pasar.
P:¿No te
pasa también con los libros?
R: Algunos
sí y otros no. Tengo una amiga, Raquel
Peláez, que me regaló HBO, mira qué maja, y he visto cosas fenomenales. El
otro día vi una película que me parece muy grande, Entre dos helechos. La gente
dice que es una nadería o muy superficial. ¿Pero tú eres tonto? Es una gozada,
una puta maravilla, un prodigio de desfachatez. Normal que luego empieces a ver
una serie y muchas veces pienses que no arranca o que ya sabes lo que va a
pasar: un tío y una tía hacen como que se enfadan y ves clarísimo que van a
acabar follando… Y las películas igual. Esas de gente en el instituto. O la
comedia romántica, que me da un asco que te mueres (risas). ¿Series que están
bien? Olive Kitteridge, Larry David, Chernobyl… O Muerte en León.
Me regalaron HBO para que la viera.
P:¿Te gustó?
R: Ese
tema me apasiona: que te maten y en tu pueblo haya mucha gente que se alegre.
Me parece como de Shakespeare, y de
verdad que lo siento. Supongo que estoy cometiendo un delito por decir esto
pero mucha gente se alegró. ¿Eso es un delito? Con todas mis condolencias y
aclarando que la violencia nunca es la solución… No matéis (risas), pero había
una alegría en el ambiente extraña, una alegría que no la proporciona una
verbena o la contemplación del río Bernesga… Uno ha vivido mucho la vida
provinciana y eso me parece una gozada a efectos dramatúrgicos.
P: Has comentado
antes que en tu casa había muchos libros.
R: Es
que mis padres eran del gremio de la enseñanza.
P:¿Profesores?
R: Sí, y
les molaba eso de los libros.
P:¿Te
dieron clase alguna vez?
R: No,
bueno, sí. No tenían con quién dejarte y me llevaban, me metían ahí y era muy
chungo. Notabas que tenías un trato de privilegio muy repugnante. Iba a clase
de mi madre, como con cuatro años, y ella tenía solo niñas. Cuando llegaba yo
era como si llegara Rod Stewart
(risas). Un día mi madre tenía que echarme unas gotas en los ojos, algo que
siempre me ha dado muy mal rollo. Me puso las gotas delante de las niñas y
todas se descojonaron. No lo olvidaré jamás, fue una humillación horrorosa
(risas).
P: Lo
que comparten todos tus personajes desde Mamá
es boba es que son perdedores e inadaptados, pero no por ningún malditismo
ni por ninguna transgresión. Al revés: se quedan fuera de puro buenos.
R: A mí
las historias que siempre me han interesado son las de alguien al que nunca le
pasa nada y de repente le empiezan a pasar cosas. Pero puede que tengas razón y
el conflicto en mis historias sea el de una persona que no se mete con nadie y
de pronto empiezan a meterse con él. Romper la bondad de alguien es un buen
comienzo, o que el medio quiera romper la bondad de un tío y que él se resista,
o que a partir de ahí su bondad vaya en progreso y aumente.
P:¿Estás
escribiendo algo ahora?
R: Tengo
cuatro cosicas empezadas pero ninguna llega a nada por ahora. Es todo basura.
Lo cojonudo es que no hay prisa y como no hay prisa, puede que no tarde demasiado
en salir. Me da vértigo pensar en la siguiente. No me creo que vaya a escribir
otra.
P:¿Te
pesa el éxito de Los asquerosos?
R: Nada
en absoluto.
P:¿Entonces
el vértigo ante qué es?
R: Ante
que me guste a mí.
P:¿Te
desconcierta la falta de control sobre lo que escribes? Quiero decir que una
novela que pensabas que no iba a tener mucha repercusión ha llegado a
muchísimos lectores.
R: Para
mí, el gran éxito es Las ganas, una
novela que vendió solo cuatro mil ejemplares. Ese libro me parece que está muy
bien y me siento muy orgulloso. Prefiero eso a que Los asquerosos hayan vendido no sé cuántos miles. Yo siempre he
sido un outsider, vengo muy
curtidito, nadie me ha hecho nunca caso, y tampoco me ha sabido a nada todo
esto del vamos a llamarlo éxito.
P: Pero
te has emocionado comentando lo del antenista que te había regalado el libro
con una nota de agradecimiento.
R: Cosas
así también me pasaban con las otras novelas, pero menos, y eso no es un éxito
comercial. Ahora también me ponen más a caldo.
P: Comentabas
antes que esa reacción era muy minoritaria.
R: Poco,
sí. Pero hubo una cosa que me dolió. Hasta que empezó a hacerme gracia. Los asquerosos salió con una faja en la
que una serie de personas a las que no conozco decían cosas bonitas de la
novela. Solo conocía a Laura Fernández
y a Jabois le había visto una vez.
También a Mercedes Cebrián, porque
me pidió que le escribiera una cosa y no lo hice. O sea, mi trato con ella era
haber quedado fatal. Y un día alguien dijo con todo el retintín que yo tenía
muy buenos amigos. Me jodió porque eso afecta a mi vida personal. Pero todas
las críticas que le hagan a una novela mía, yo ya me las he hecho antes y he
tirado por ahí. Cuando decía que a mí no me ha sabido a nada, me refiero a que
claro que es una gozada que lean tu libro, pero no me creo mejor autor ahora ni
sé qué hacer con el dinero, y no acepto propuestas de inversión (risas). No me
voy a cambiar de casa ni me he ido de putas, no me he traído un saco de coca,
no me he comprado un coche porque no sé conducir. Tampoco he mandado a mis
hijos a Princeton, porque no tengo, ni me he ido de vacaciones a Puerto
Vallarta. A mí no me gusta salir de aquí, aunque un montón de gente se ha
empeñado amabilísimamente en que fuera a su festival. Lo que me da vergüenza es
ir ahora por la calle.
P:¿Te
reconocen?
R: Alguna
vez. Lo triste es que cuando te pasa algo así te pones a escribir con más
ganas. Pero yo no. No tengo más incentivos de los que tenía hace un año. Por
cierto, mañana justo hace un año que salió Los
asquerosos.”