15/10/2022

Colson Whitehead i 9

 



Colson Whitehead: “Si las cosas no van bien en Estados Unidos en noviembre, otros cuatro años de muerte y destrucción”

por Pablo Guimón
El País, 28/08/2020

    “La popular presentadora Oprah Winfrey y el expresidente Barack Obama son prescriptores de su obra. Una trayectoria literaria que atesora todo tipo de hitos, como dos premios Pulitzer consecutivos por sus dos últimas novelas. Su voz retrata como pocas la realidad negra de su país, Estados Unidos, sumido en los estragos de la pandemia mientras se amplifican los ecos afroamericanos del movimiento Black Lives Matter. A pesar de todo, asegura, puede quedar un espacio para la esperanza.

    Aquel libro nació de un inocente error infantil. Qué pasaría si el ferrocarril subterráneo del que hablaban los padres y los abuelos, metáfora de aquella red clandestina de abolicionistas que ayudó a liberar a miles de esclavos, fuera de hecho un tren. Si unas vías se extendieran bajo tierra hacia una luz remota y Cora, una joven esclavizada en una terrible plantación de Georgia, emprendiera por ellas su azarosa huida hacia la libertad. El ferrocarril subterráneo (2016) lanzó a Colson Whitehead al estrellato. Autor de seis libros previos, que van de un divertido ensayo sobre el póquer a una distopía de una pandemia que degenera en apocalipsis zombi, Whitehead se convirtió en el sexto escritor de la historia, el segundo de color, en ganar el National Book Award y el Pulitzer por la misma novela. La recomendó Oprah Winfrey. También Barack Obama. El libro vendió más de un millón de ejemplares, tuvo un considerable impacto cultural y es ya un clásico moderno.

    Después de sumergirse en los horrores de la esclavitud y su legado tóxico, Whitehead se disponía a entregarse a un proyecto más ligero. Pero corrían los primeros meses de la Administración de Trump, y entendió que tenía que abordar de alguna manera todo aquello que estaba pensando. ”A veces tienes que sentarte a escribir el libro que tiene más sentido escribir”, explica, “aunque no sea el más divertido de hacer”. Acudió a una noticia que había llamado su atención unos años antes. Igual que su predecesor, Los chicos de la Nickel (Random House), que se publica ahora en español (Edicions del Periscopi, en catalán), es una ficción basada en una realidad. En este caso, la terrorífica historia del reformatorio Dozier, en Florida, donde se encontraron enterrados más de 50 cadáveres de niños. Durante décadas, los supervivientes contaron historias de palizas, torturas y abusos sexuales, pero pocos las escucharon hasta el macabro hallazgo que confirmó más de 100 años de abusos impunes.

    La noticia de las exhumaciones saltó en 2014, coincidiendo con una sucesión de casos sobre abusos de policías a ciudadanos afroamericanos. Eran los días de las revueltas antirracistas de Ferguson, el surgimiento del movimiento Black Lives Matter. Tres años después, tras la elección de Trump, el autor sintió que debía volver a esa cultura de la impunidad y se dispuso a hacer suya aquella historia. Su versión del reformatorio Dozier sería el Nickel. Y la novela seguiría los pasos de dos adolescentes negros, Elwood y Turner, el primero idealista y el segundo pragmático, y sus experiencias con la violencia de las autoridades y sus devastadoras consecuencias.

    Los chicos de la Nickel le valió en abril su segundo premio Pulitzer. Es el primer autor que recibe el galardón dos veces por novelas consecutivas. En julio, a sus 50 años, Whitehead se convertía en el escritor más joven de la historia en recibir el prestigioso premio de la Biblioteca del Congreso a los logros de una carrera. Reconocimientos que ha recibido confinado con su esposa, la agente literaria Julie Barer, y sus dos hijos, una chica de 15 y un niño de 6, en su segunda residencia de East Hampton. Una reclusión, forzada por el coronavirus, que ha aprovechado para terminar otra novela. Desde allí, en una habitación con una estantería de diseño minimalista salpicada con toques de parafernalia pop, se sienta a conversar por Zoom con El País Semanal.

PREGUNTA: ¿Por qué decidió que la terrorífica historia de aquel reformatorio de Florida era el vehículo para contar todo aquello que le atormentaba?

RESPUESTA: Estábamos enfrentándonos a muchas evidencias de gente que se libraba de pagar por cosas. Eres un policía blanco, matas a un adolescente negro desarmado, y te libras. Eres un superintendente o un guardia de un reformatorio, brutalizas y abusas física y sexualmente de cientos de jóvenes, y te libras. Nunca te llevan ante la justicia, nadie paga por ello. Creo que si hubiera oído hablar de Dozier seis meses antes, o seis meses después, no habría tenido el mismo impacto en mí. Es un sentimiento de que no hay manera alguna de eludir el hecho de que ocurrirán cosas terribles a gente inocente y los malos se zafarán.

P: La conversación sobre la brutalidad policial, sobre la injusticia racial, se repite cada cierto tiempo. ¿Cómo ha vivido la muerte de George Floyd y las protestas por todo el país que la siguieron?

R: Es más de lo mismo. Crecí en Nueva York en los años ochenta y siempre hubo episodios de brutalidad policial. Cada dos años hay una gran conversación sobre ello y luego se olvida. No es que haya más casos o sean más graves, es que ahora todo el mundo tiene una cámara en su bolsillo. Lo que le pasó a George Floyd no es nada nuevo. Pero las protestas, en su envergadura y alcance, sí lo fueron.

P: ¿Cree que será diferente esta vez?

R: Puedes promover cambios, pero la siguiente Administración republicana los repelerá. Debemos tener esperanza, pero las conquistas son frágiles y hay que protegerlas.

P: Hay quien defiende que Trump ha colocado a Estados Unidos frente a un espejo, que refleja una imagen con la que eludía enfrentarse. Que ha empujado al país a un punto de no retorno ante el que no le queda más remedio que abordar al fin este tema.

R: Tampoco es nada nuevo. Ha habido supremacistas blancos, racistas y corruptos en la historia estadounidense durante 400 años. Siempre estarán con nosotros. Lo que sucede es que ahora uno ha sido elegido presidente, y puede sembrar el caos a una escala que está más allá del alcance del racista medio.

P: ¿Tan intrincado en la sociedad estadounidense está el racismo?

R: Estamos fundados sobre el genocidio de los nativos americanos y la esclavización de los africanos y sus descendientes. Junto a cualquier contribución que haya hecho este país a las ideas de la democracia moderna, también hay un racismo institucional. Y tan parte de nuestro patrimonio es una cosa como la otra.

P: Sus tres últimos libros hablan de la huida.

R: Es cierto. Zona uno [2011] es sobre un apocalipsis zombi, y los supervivientes necesitan creer que hay un refugio a salvo de ese horror, donde pueden ser libres y vivir sin ser atacados. Cora, protagonista de El ferrocarril subterráneo [2017], tiene que creer que hay un sitio de libertad. Y parte de lo que mantiene vivo a Elwood, en Los chicos de la Nickel, es la idea de que la justicia prevalecerá. He estado luchando con eso en los últimos 10 años, no estoy seguro de por qué. Supongo que para un padre, si no crees que hay un sitio de seguridad para tus hijos, no tiene sentido seguir adelante. Mis últimos tres libros están animados por la esperanza de que, a pesar de toda la evidencia en sentido contrario, siempre hay un lugar bueno al que llegar.

P: Está la esperanza de encontrar ese lugar bueno, pero resulta aterrador pensar, por ejemplo, que los abusos en aquel reformatorio de Florida duraron más de 100 años…

R: A nadie le importan los pobres, y menos los pobres de color. Desafortunadamente, es propio de la naturaleza humana: los poderosos abusarán y oprimirán a los que tienen menos poder, y la gente mirará a otro lado.

P: En 2016, al recoger el National Book Award, dijo: “Sé amable con todo el mundo. Haz arte. Lucha contra el poder”. ¿Hacer arte es su manera de luchar contra el poder?

R: No creo que las novelas en general sean capitales para la cultura. Las personas que pueden cambiar las leyes no son las que leen ficción literaria, no leen poesía. Hace mucho tiempo que una novela no ha cambiado la cultura de una manera importante. Habría que remontarse, en Estados Unidos, a La cabaña del tío Tom o a La jungla, de Upton Sinclair. Pero yo soy escritor. Realizo mi contribución a través de la escritura. El arte puede transformar a la gente en el ámbito individual, aunque soy escéptico sobre cuánto puede contribuir al avance colectivo.

P: ¿Le sorprendió la victoria de Donald Trump hace cuatro años?

R: No tanto. Tuvimos la esclavitud. Tuvimos a Bush, tuvimos a Reagan. No es que Obama ganara con un 80% del voto: ganó con el 51%. El 49% no votó por él. Hay gente increíblemente racista. Gente que vota contra sus propios intereses. Personas abandonadas por el sistema, por el capitalismo, por el sistema educativo, y que siguen votando por quienes los debilitan. Sean imbéciles, racistas o víctimas, son la mitad del país. Y no se van a ir a ninguna parte. Siempre estarán con nosotros.

P: ¿Cree que se puede volver a la normalidad, como parece proponer la campaña de Joe Biden, o hace falta un cambio radical en Estados Unidos después de Trump?

R: No sé quién ganará en noviembre. No sé cuánto tardaremos en volver a cierto sentido de normalidad. Mucha gente estará muerta. Muchos habrán perdido sus casas. Nueva York estará devastada. Tardará tiempo en volver a ser como era hace solo un año. Pero lo hemos hecho antes. Después del 11-S, por ejemplo. Hemos tenido pandemias antes, catástrofes, y siempre hemos reconstruido.

P: ¿Qué piensa de la candidatura demócrata de Joe Biden y Kamala Harris?

R: Ninguno de los dos fue mi primera opción. Pero estoy increíblemente emocionado al votar por ellos y ayudarlos a salir elegidos. El sistema bipartidista en Estados Unidos, para la gente negra particularmente, significa que votas por la persona que trata de matarte de manera menos eficiente. Y normalmente esos son los demócratas. En este caso, los republicanos tratan de matarme de forma tan agresiva que apoyar a Biden y Harris y hacer todo lo que esté en mis manos para que salgan elegidos es un placer, una alegría y una necesidad.

P: ¿Elwood y Turner, uno idealista y otro pragmático, son un desdoblamiento de su propia personalidad?

R: Supongo que todos tenemos un poco esa dialéctica de lucha entre la esperanza y el realismo, y ninguna de las dos filosofías acaba ganando del todo. Para mí, fue bueno dar voz a las dos partes de mi personalidad y ver cómo discuten la una con la otra.

P: Se diría que Turner se impone en su cabeza estos días.

R: Siempre Turner. Pero para otros puede ser diferente.

P: ¿No hay lugar hoy para la esperanza?

R: Como la mayoría de la gente, estoy en modo supervivencia. Ojalá en tres meses podamos tener una elección positiva y arreglar cosas. Si no es así, nos apretaremos el cinturón para otros cuatro años de muerte y destrucción.

R: ¿Cómo es esa novela que acaba de terminar?

P: Es una novela negra basada en el Harlem de los sesenta. Es muy diferente en el tono. Transcurre en la generación de mis padres, y fue divertido imaginar a mis personajes moviéndose por la que es mi ciudad en la vida real. Ni ese libro ni el que voy a empezar en otoño lidian con la historia americana y la raza de la misma manera. Hay más humor, y ha sido bonito tener más bromas y menos muerte.

P: Dice que empezará en otoño otro libro. ¿De dónde saca tanta inspiración?

R: Varía. Puede ser algo que lea en la prensa, una idea infantil… Zona uno vino de un sueño. Crecí viendo películas de terror, y tuve sueños de zombis desde los 10 u 11 años. Paso mucho tiempo solo desde que era un niño, mirando al infinito, entonces llega una idea y la agarro.

P: ¿En esa niñez solitaria y casera está la semilla de su vocación de escritor?

R: Sí. No me gustaba hacer deportes. Prefería estar en casa, leyendo cómics y viendo televisión. Había novelas de Stephen King que mi madre compraba. Cuando tenía 11 o 12 años, me parecía que escribir historias de vampiros o robots sería un trabajo chulo. Podría hacerlo desde casa, sin hablar con nadie, todo el día solo. Ser un escritor parecía un trabajo interesante [risas].

P: ¿Cuándo se convirtió en uno?

R: Escribí solo cuatro historias en la universidad. Luego empecé a trabajar para The Village Voice [revista semanal de cultura alternativa ya desaparecida]. Tuve una columna de televisión de 1994 a 1996. Ahora la crítica de televisión es un trabajo aceptable, pero entonces era el curro más mierdoso. La televisión fue mi niñera, y que me pagaran por escribir sobre sitcoms era un sueño hecho realidad. Escribir en periódicos es difícil y, si aprendes a hacerlo, te da confianza para escribir ficción. Fue mi aprendizaje.

P: Y entró entre sus lecturas García Márquez

R: Para alguien que creció leyendo ciencia-ficción, García Márquez fue un hallazgo. El ferrocarril subterráneo usa la fantasía de una manera que aprendí, en parte, de Borges y de García Márquez. Estás en el mundo normal, luego en lo fantástico, y de vuelta al mundo normal. Fue instructivo leerlo. También James Joyce, Thomas Pynchon o Toni Morrison, que leí después de la universidad. Esa gente tenía modos diferentes de contar historias sobre el mundo.

P: Al principio, fue rechazado varias veces.

R: Cada vez que quería entrar en cursos de escritura creativa en la universidad me rechazaban. Pero si quieres ser un escritor vas a tener que familiarizarte con el rechazo. Nadie va a querer leer tus cosas. Si aprendes eso pronto, te irá mejor después. Fue bueno construir un poco de armadura.

P: ¿Cuál es esa tradición literaria afroamericana en la que asegura trabajar?

R: En los ochenta y noventa, el linaje era Richard Wright, James Baldwin, Ralph Ellison, Toni Morrison, Alice Walker. En Beloved, de Toni Morrison, hay un fantasma. Habla de la esclavitud, pero tiene ese elemento fantástico. Me atraían los autores que usaban técnicas posmodernas y fantásticas. Después del canon vino mucha gente de mi generación, hijos del movimiento de derechos civiles, que crecimos ya con programas de estudios afroamericanos.

P: ¿Sus padres estuvieron implicados en el movimiento de derechos civiles?

R: Iban a las marchas, como cualquiera que creció en un mundo que le privaba de derechos, pero no eran activistas. No puedes crecer en un país racista, en el que eres oprimido y devaluado, sin que eso sea parte de tu educación.

P: Hay escritores con buenas críticas; otros, con buenas ventas. Usted es de los pocos que las conjuga.

R: Tengo nueve libros publicados, algunos tuvieron buenas críticas y otros malas, algunos tuvieron más éxito y otros menos. Con los dos últimos he sido muy afortunado. Dentro de 10 años a nadie le importará, pero me alegra haber tenido dos libros que hayan funcionado. He podido ahorrar algo de dinero para mandar a mis hijos a la universidad. He disfrutado de la libertad de no dar clases. Pero como free lance todo es muy endeble, las cosas suben y bajan. Estos dos libros funcionaron. Ponlos en una caja, siéntete feliz por ello y trata de hacerlo bien la próxima vez.

P: ¿Tanto reconocimiento se traduce en presión a la hora de enfrentarse a la hoja en blanco?

R: Soy lo suficientemente duro yo solo conmigo mismo. Así que solo intento no cagarla. No pienso que pueda volver a tener un libro que reciba tanta atención como El ferrocarril subterráneo y, si no crees que eso va a pasar de nuevo, te quita mucha presión de encima.

P: ¿Cómo es un día normal en su vida?

R: Ya no lo sé, llevamos cinco meses confinados. Hemos sobrevivido, estamos aquí con los niños, asegurándonos de que todos estemos bien. No escribo cada día. Hay días en que me levanto y sé que no va a funcionar. Intento escribir ocho páginas a la semana. En un mes son treinta y pico, y en seis meses será medio libro. Si no viajo y tengo seis meses para mí, es como un sueño. Los niños van al cole, trabajo hasta que vuelven, hago la cena.

P: ¿Se siente parte de una generación de escritores?

R: Me siento parte de los de la generación X, gente de 40 y 50 años, como Jonathan Lethem, Nathan Englander, Mat Johnson. Pero no hay una historia unitaria, hacemos cosas diferentes. No es como París en los años veinte o los beatniks o Norman Mailer discutiendo con William Styron. A quién le importa. Prefiero pasar el tiempo con mi familia.

P: Los clichés de la generación X encajan con el oficio de escritor…

R: Sí, ese tópico de que somos ignorados, que nadie nos cuida. Eso de que nos hemos criado con la televisión, en nuestras casas. Son atributos reales.

P: Ya ha escrito sobre una pandemia en Zona uno. ¿Hay en la actual buen material para un novelista como usted?

R: Muchos dicen que algunas cosas que pasan ahora les recuerda a Zona uno. Pero últimamente ubico mis libros en el pasado. Hay gente más joven, más lista y más enfadada para hablar del momento que vivimos. Se lo dejaré a ellos.

P: ¿Cómo cree que podremos salir de esta?

R: Hay gente a la que todavía le gusta Donald Trump. Hay como 150 millones de ellos. Y estarían contentos de que el mismo disparate continuara. Hay una crisis de verdad y en sesenta y pico días tendremos que pelear por que nuestro voto cuente. Gente muy mala está poniendo mucha energía en pensar en cómo privar a la gente de su voto. Primero tenemos que lidiar con eso. Y, aunque elijamos a un presidente mejor, tendremos el virus, la devastación económica, las vidas destruidas. Y si arreglamos todo eso, queda el medio ambiente [risas]. Así que estamos jodidos. Pero tengo que confiar en que mis hijos tendrán un mundo mejor. Debemos pelear por ello. Depende de nosotros.”

14/10/2022

esclavos hoy

 



Un esclavo moderno por cada 150 personas en el mundo

El mundo se acerca a la cifra de 50 millones de esclavos modernos, la mitad de ellos obligados a realizar trabajos contra su voluntad y la otra mitad presas de matrimonios forzosos

por Irene Larraz
Newtral, 04 octubre 2022

    "Las historias de esclavitud moderna son conocidas. Una menor que tuvo que trabajar durante años como sirvienta para pagar una deuda de 20 dólares. Otra que fue traficada y vendida cinco veces hasta que la obligaron a trabajar como prostituta. Una niña sometida a un matrimonio forzoso para saldar una deuda. Una mujer que firmó un contrato para trabajar en el extranjero como empleada doméstica y, al llegar, le confiscaron el pasaporte y la obligaron a trabajar en jornadas infinitas, dormir en el suelo y comer sobras.

    Pero el número de personas en esta situación nunca había sido tan alto. En 2021 había cerca de 50 millones de esclavos modernos, uno por cada 150 personas en el mundo, según las estimaciones mundiales de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la ONG Walk Free, que recogen las cifras y las historias en un informe reciente.

    Las organizaciones definen la esclavitud moderna como las situaciones de explotación a las que una persona no puede negarse o no puede abandonar debido a amenazas, violencia, engaño, abuso de poder u otras formas de coacción, e incluyen tanto el trabajo forzado como el matrimonio forzado.

    Lo que le preocupa no solo es el dato, sino la tendencia. En los últimos cinco años, la cifra ha aumentado en 10 millones de personas que se han visto arrastradas al trabajo o al matrimonio forzoso, algo que la organización considera una “condena de por vida”.

    «Los dalits [intocables] del sur de Asia están sometidos al trabajo en régimen de servidumbre, los uigures y otras minorías de China están expuestos al trabajo forzoso, las mujeres y niñas romaníes son obligadas a casarse, las personas de ascendencia africana están sometidas en todo el mundo a la explotación laboral y los niños de minorías y migrantes se ven afectados de forma desproporcionada por el trabajo infantil», resume Tomoya Obokata, relator especial de la ONU sobre las formas contemporáneas de esclavitud. 

    Europa es el hogar de 4,1 millones de esclavos modernos, la segunda región con mayor número de personas en esta situación. También en relación con su la población: el continente europeo acumula 4,4 casos de esclavitud moderna por cada mil habitantes.

    Aunque el informe destaca que “ninguna región del mundo se libra del trabajo forzoso”. De hecho, más de la mitad (52%) de los trabajos forzosos y una cuarta parte de los matrimonios forzosos se dan en países de renta media-alta o alta.

    En Europa, la esclavitud moderna está ligada a la inmigración irregular, enfatiza Esther Pomares, miembro de la Sección especial contra la trata y la explotación de la Comisión General de Codificación, en el Ministerio de Justicia.

    Para Pomares, el problema es que “siempre se ha enfocado la trata como un problema de control migratorio, y contra tráfico ilícito de migrantes, con políticas represivas de migración que han estigmatizado al migrante y le han generado una vulnerabilidad institucional”.

    Por eso, plantea que la vía penal no debe ser la única solución. “Evidentemente puede perseguir, pero no va a prevenir. Eso ha provocado que no podamos ver las raíces de esa explotación”, dice la experta, que también sugiere cambiar la forma de abordar el problema hacia un enfoque de políticas sociales.

    “La trata es simplemente el proceso previo a la explotación extrema. Con ese enfoque penal hacemos que el migrante irregular dependa de solo un empleador o de una sola actividad, como por ejemplo los temporeros. Lo que le determinamos es a aceptar cualquier cosa. Al explotador solo le basta aprovecharse de esa situación de vulnerabilidad institucional”, añade.

    La Comisión Europea también ha propuesto prohibir los productos fabricados con trabajo forzado como medida de lucha contra este tipo de esclavitud moderna.    

En la mayoría de los casos las formas de coerción para obligar al trabajo son prácticas ya conocidas, como subraya el propio informe: la retención de salarios, la amenaza de despido o las amenazas directas contra la persona, además del confinamiento forzoso, la violencia física y sexual, o la privación de las necesidades necesidades básicas, que “son menos comunes pero no por ello menos significativas”.

    El informe también cita algunas modalidades más sutiles que abren la puerta a la explotación y a la esclavitud moderna, como una regulación laboral deficiente. Por ejemplo, Emiratos Árabes Unidos es uno de los países señalados por las organizaciones como un lugar en el que el trabajo forzoso se ha impuesto “como consecuencia de un incumplimiento de la disciplina laboral”.

    Los países árabes son los que registran una mayor cantidad de trabajadores forzosos en relación a su población, y organizaciones como Amnistía Internacional han señalado durante meses abusos laborales contra la población migrante en Qatar, en vísperas del Mundial de fútbol.

    Carlos de las Heras, portavoz de Amnistía Internacional en España, señala que al sistema de patrocinio laboral (kafala) de Qatar está en la base del problema. Este mecanismo para garantizar una visa vinculaba legalmente a los trabajadores extranjeros con sus empleadores y les impedía cambiar de empleo o incluso salir del país sin su permiso.

    Aunque afirma que en los últimos años ha habido avances, “como por ejemplo que el empleado pueda abandonar su puesto de trabajo sin el permiso del empleador, también a la hora de que se establezca un salario mínimo, todavía hay mucha preocupación”, explica el portavoz. De las Heras cuenta que muchas veces viajan sin toda la información necesaria y con unas promesas que luego no se cumplen.

    El informe cita el caso de “niños migrantes en situación irregular que emigran de Asia o África a Europa y caen en la servidumbre para pagar las deudas de sus gastos de viaje a los contrabandistas”. Las organizaciones han contabilizado cerca de 3,3 millones de niños en situación de trabajo forzoso, el 12% del total, y advierten que, “debido a las limitaciones de datos datos, estas cifras, ya alarmantes, puede que solo sean la punta del iceberg”.

    El mayor aumento de la esclavitud moderna se ha producido en los matrimonios forzosos, que someten a 22 millones de personas en el mundo a casarse en contra de su voluntad. Más de dos tercios son mujeres.

    Las organizaciones advierten que se trata de una cifra “conservadora” que no incluye el matrimonio forzoso de menores. Aun así, de la cifra total registrada en 2021, dos de cada cinco personas obligadas a casarse eran menores cuando el matrimonio tuvo lugar.

    Entre las causas de este aumento se encuentra la pandemia y las restricciones a la movilidad impuestas para tratar de controlarla, además de la crisis económica que ha generado para muchos hogares.

    Más allá de las redes de trata y los intermediarios, los familiares son los principales responsables de los casos de matrimonios forzosos: la mayoría de las personas fueron obligadas a casarse por sus padres (73%) u otros familiares (16%).

    Una vez que se ven forzadas al matrimonio, se entremezclan otras formas de violencia, y a menudo una persona víctima de esta forma de esclavitud moderna lo es también de otros tipos de explotación, como servidumbre doméstica, violencia de género, explotación sexual y, de nuevo, trabajo forzoso, tanto dentro como fuera de la vivienda.

    El 32% de los encuestados reconoció que se les obligaba a realizar trabajos domésticos, el 25% en su propia casa y el 6,5% en las casas de otros miembros miembros de la familia o de la comunidad. Otro 8% de las mujeres declaró haber sido obligada a trabajar en un negocio propiedad de su cónyuge o de su familia, según el informe."

13/10/2022

encadenados

 



    "Canal Historia estrenó el 07/03/2022 una serie de producción propia denominada Encadenados: la España esclavista, una mirada en cuatro episodios a la trata de personas que perduró hasta las puertas del siglo XX.

    Con esta docuserie se plantean visiones espinosas de nuestro pasado y se pone sobre la mesa lo que es “un secreto de familia” olvidado. Los puertos de Sevilla y Cádiz, nexo de la Península con África y América fueron epicentros del mercado esclavista en España junto al puerto de Barcelona, puntal de la industrialización española. “A veces tenemos la impresión de que tanto lo que fue el comercio transatlántico y la compra-venta de esclavos y la utilización de esclavos circula como un rumor y que rara vez lo concretamos en datos”, reconoce el titular de la Cátedra UNESCO de Esclavitudes y Afrodescendencia, José Antonio Piqueras, asesor principal de esta docuserie.

    En la investigación se recuerda que España fue la potencia que más tarde abolió la esclavitud, en 1886, después de la de Estados Unidos, que fue en 1865. Esos últimos años “fueron especialmente intensos”, apunta Piqueras.

    La esclavitud fue fundamental para el desarrollo de la economía mundial durante cuatro siglos, con una mano de obra que fue fundamental para la colonización de toda América en lo que podría considerarse la primera globalización, sustentando la producción minera y agrícola.

    “España fue la ultima potencia esclavista porque el esclavismo era el principal soporte de su sistema de producción en la exportación y comercialización de azúcar”, adelanta el director de la serie, Jordi Ferrerons, sobre el camino de la narración . “El azúcar era la materia prima con la que España equilibraba sus balanzas comerciales muy deficitarias.

    Las grandes fortunas se acumularon básicamente con el azúcar en Cuba, y fue lo que retrasó la abolición de la esclavitud en España”, agrega Ferrerons.

    Fuente: Diario de Sevilla



12/10/2022

ferrocarril subterráneo 1

 





Freedom on the Move

Redescubriendo historias de las personas auto liberadas.

Una base de datos de fugitivos de la esclavitud estadounidense.



Freedom on the Move es una base de datos de fugitivos de la esclavitud en América del Norte.

    Con la llegada de los periódicos a las colonias americanas, los esclavistas publicaron “anuncios de fugitivos” para tratar de localizarlos. Además, los carceleros publicaron anuncios que describían a las personas que habían detenido en busca de los esclavistas que reclamaban a los fugitivos como propiedad.

    Creados para controlar el movimiento de las personas esclavizadas, los anuncios finalmente conservaron los detalles de las vidas individuales: su personalidad, apariencia e historia de vida. Tomados en conjunto, los anuncios constituyen una fuente de información detallada, concisa y rara sobre las experiencias de las personas esclavizadas.



    Entre todos los millones de personas esclavizadas en los Estados Unidos antes de 1865, cientos de miles intentaron escapar de aquellos que los mantenían en cautividad. Los hay que se fueron temporalmente a modo de protesta, mientras que otros buscaban reunirse con sus seres queridos de los que habían sido separado. La mayoría simplemente quería ser libre.

    Muchas veces estos fugitivos de la esclavitud estadounidense no dejaron rastro en la historia pero podemos documentar cómo fue para muchos la huida. Después de todo, para sus dueños los esclavos eran bienes valiosos: merecía la pena gastar recursos y tiempo para recuperarlos y el método más efectivo era que otros blancos los buscaran ofreciendo una recompensa a cambio.

    En prácticamente cualquier sección de sucesos de un periódico del sur de los Estados Unidos durante la guerra civil se pueden ver anuncios de propietarios de esclavos buscando esclavos a la fuga. Se estima que se publicaron más de 200.000 anuncios, cada uno con el nombre y la historia de un fugitivo.

    Los historiadores han hecho uso de estos anuncios en el pasado, pero nunca habían sido recopilados para su fácil acceso hasta que en 2014 un grupo de académicos, con la ayuda de Edward Baptist de la Universidad de Cornell y Mary Niall Mitchell de la Universidad de Nueva Orleans, empezaron a colaborar en el proyecto Freedom on the Move recopilando y digitalizando dichos anuncios.

    Una vez que los nombres y las historias están A disposición de académicos y del público general esperamos podemos entender las experiencias de aquellos que resistieron a la esclavitud intentando liberarse.

    Los anuncios de las huidas eran básicamente posters de “se busca” para personas cuyo crimen era buscar su libertad y donde los dueños de los esclavos proporcionaban todos los detalles posibles para maximizar las posibilidades de captura.

    Un anuncio podía incluir el nombre del fugitivo, su edad, su altura, su complexión y el color de piel. Aunque también podía enumerar habilidades (“obrero de la construcción”), idiomas, marcas físicas distintivas y signos de heridas laborales o torturas (“le falta la punta del dedo índice en la mano izquierda”).

    En algunos se describen comportamientos (“al caminar se inclina hacia delante”) y el dueño podía dar detalles sobre lo que llevaba puesto el fugitivo en el momento de la huida, si podía leer y escribir o especular sobre el posible destino de la persona a la fuga.

    Los dueños de los esclavos pusieron los anuncios sobre las fugas para recibir ayuda del estado y de otros ciudadanos, pero a su vez, y sin quererlo, estaban proporcionando una ventana a las vidas de los hombres, mujeres y niños que buscaban la libertad a la desesperada para forjar sus propios destinos.

    Es fácil imaginarse los horrores por los que tuvieron que pasar los esclavos y los riesgos que estaban dispuestos a asumir para escapar, así como posibles complicaciones por los lazos familiares.

    Como ejemplo está el viaje de los fugitivos Moses y Zilphey, que probablemente eran una pareja casada que estaba en búsqueda y captura por James Goodson de Montgomery, Alabama, en junio de 1825. En el anuncio que publicó con una recompensa de 50 dólares, Goodson explicaba que Moses y Zilphey ya se habían escapado un año antes y habían conseguido huir 75 millas al norte antes de ser capturados y arrestados.

    Goodson había enviado a alguien para llevárselos bajo custodia y traerlos de vuelta, pero se escaparon. En el momento de la publicación del anuncio llevaban 10 meses a la fuga, tiempo considerable teniendo en cuenta que habían tenido que sobrevivir al invierno y que Moses caminaba pese a haber “perdido alguno de los dedos en cada pie”. Zilphey, en cambio, puede que lo tuviera incluso más complicado porque Goodson escribe “puede que haya dado luz a un niño durante su ausencia”.

    Otro ejemplo es la historia de Charles, un hombre de 30 años que huyó de Joseph Gray en Alabama en marzo 1827. En su anuncio, Gray explicaba que Charles había sido traído a Alabama desde Virginia y que era la segunda vez que se escapaba. Gray informaba que Charles había llegado hasta Nashville en su primer intento y que había sido pillado con un hombre blanco que pretendía ser su dueño como coartada. Gray sospechaba que Charles “podía volver a estar jugando al mismo juego”. No sabemos si Charles tuvo éxito, pero con la anotación de Gray de que Charles “tenía una espalda con muchas marcas de látigo” podemos suponer que tenía motivos suficientes para seguir intentándolo.

    Tratados como villanos y criminales, la verdad es que esclavos como Moses, Zilphey y Charles optaron por acciones heroicas para liberarse.

11/10/2022

Colson Whitehead, entrevista

 



Entrevista a Colson Whitehead. “Seas blanco o afroamericano la esclavitud es un hecho complicado de confrontar”

por John Freeman
Letras Libres
14 agosto 2017

    “En los últimos veinte años ningún escritor estadounidense se ha divertido tanto con temas tan controvertidos como Colson Whitehead. Si Ishmael Reed y Thomas Pynchon se juntaran para hacer un grupo de teatro del absurdo lo podrían llamar “Colson Whitehead”.

    Whitehead dijo alguna vez que le gustaba ser crítico de televisión freelance porque podía trabajar cuatro horas a la semana. En las otras 164 horas empezó a escribir su primer libro, The intuitionist (1999), una parodia de las novelas de detectives en la que Lila Mae, una inspectora de elevadores, se tropieza por casualidad con una intriga. La novela es una evocación brillante de la idea de la “elevación de la raza” en una ciudad que se parece mucho a Nueva York, pero que es levemente distinta.

    Whitehead es el poeta de rostro amargo de Nueva York. En sus manos un túnel de Midtown es “como una garganta” y la ciudad, un lugar con “un perfil que parece una dentadura quebrada”. En El coloso de Nueva York (Literatura Random House, 2005) rinde un tributo a la ciudad y toda su estrambótica vastedad sensorial, desde los camiones de basura hasta los antros que permanecen abiertos hasta la madrugada. Destruyó la ciudad en Zone one, su novela de zombis sobre personas a las que les gustan los cerebros y el despoblamiento de la ciudad a causa de la gentrificación y el colapso económico. “La ciudad de Nueva York en vida era muy similar a la ciudad de Nueva York muerta. Aún era difícil conseguir un taxi, por ejemplo.”

    Hizo un elogio de la cultura pop y un retrato de la comunidad de vacacionistas en Sag Harbor, su Bildungsroman sobre un adolescente que pasó tres meses en Long Island: “Los ‘recuerdo-cuando’ se mueven con pesadez con sus rancios catálogos de lo pasado, arrastrando las intravenosas de nostalgia destilada sobre llantitas chirriantes.”

    Es un escéptico, un enemigo de los embaucadores, un bromista que desafía a las vacas sagradas. Cuando John Updike lo llamó un “joven escritor negro que vale la pena seguir” en el New Yorker, Whitehead respondió: “Me entero de que John Updike es un viejo escritor blanco que viene al alza.”

    Además del constante centelleo de sus comentarios mordaces, en la obra de Whitehead también hay investigación y una reflexión profunda sobre los conceptos de raza y justicia racial. Comenzó con The intuitionist y continuó con John Henry Days, un ambicioso ensamble polifónico de historias y anécdotas sobre el desvelamiento en un pequeño pueblo de West Virginia de una estatua de John Henry, un héroe folclórico afroamericano que había trabajado en la construcción de las vías del tren.

    Le siguió Apex hides the hurt, que aparentemente trata de la industria de las tiritas pero que en realidad es un libro sobre códigos raciales. “De color, negro, afroamericano, africano americano… Cada cierto número de años se le ocurre a alguien algo que nos acerca un poco más a la verdad. Poco a poco avanzamos. Como si eso a lo que creemos acercarnos existiera en realidad.”

    Este año se acercó un poco más a la verdad con su magnífica sexta novela, El ferrocarril subterráneo, que aparecerá en español en Literatura Random House en septiembre. Es un relato a partir de la red clandestina que seguían los esclavos afroamericanos en el siglo XIX del sur al norte, donde alcanzaban la libertad, y lo que sucedió o pudo haber sucedido en la vida de Cora, una adolescente que escapa de una plantación en Georgia.

    Ganador de una beca MacArthur, Whitehead ha sido reconocido con numerosos premios y ha sido finalista del National Book Critics Circle Award, del pen/Faulkner, del pen/Hemingway y, este año, con El ferrocarril subterráneo ganó dos de los premios más importantes en Estados Unidos: el National Book Award y el Premio Pulitzer.

PREGUNTA: Has dicho que la idea de escribir “El ferrocarril subterráneo” estuvo germinando durante mucho tiempo.

RESPUESTA: Cuando estaba por terminar John Henry Days, en 2000, me encontré con una referencia al “ferrocarril subterráneo”. Cuando cursaba cuarto de primara oí por primera vez hablar del tema. Las palabras son tan evocativas que imaginaba literalmente un tren bajo la tierra que los esclavos tomaban. Después la maestra se tomó el tiempo de explicarme cómo funcionaba en realidad. Parecería a simple vista que el “ferrocarril subterráneo” es una premisa interesante para una novela, pero no hay mucho material narrativo ahí, así que añadí el elemento que la complicaba: el protagonista –al principio, el personaje principal era hombre– pasaba por distintos estados, recorría Carolina del Sur, Carolina del Norte… Cada estado por el que pasaba representaba una posibilidad distinta de la historia de Estados Unidos, una alternativa o un modo diferente de lo que como país pudimos haber sido. Me parecía una idea atractiva, pero sabía que si la intentaba escribir en ese momento habría fallado: como escritor no era lo suficientemente maduro para el tema. De pronto tengo este tipo de ideas, y pienso: “esa trama es muy buena, ojalá fuera mejor escritor para escribirla”. Entonces intenté convertirme en un mejor escritor para hacerle justicia a la idea. Cada vez que terminaba un libro volvía a mis notas sobre el ferrocarril subterráneo y me preguntaba si ahora sí estaba listo. La respuesta siempre era no, así que escribía otro libro. Seguí así hasta 2015. Le había vendido la idea de otro libro a mi editor, pero El ferrocarril subterráneo me estaba ya comiendo la cabeza. Había pospuesto durante tantos años escribir este libro que cuando pensé en escribirlo me resultaba escalofriante. Eso que te atemoriza hasta el punto de perder el control de los esfínteres es lo que debes escribir. Entonces me puse a investigar.

P: Lila Mae, la protagonista de “The intuitionist”, fue también inicialmente hombre. Dijiste que cambiaste el género porque te asustaba. ¿Por qué lo hiciste en el “El ferrocarril subterráneo”

R: Trato de no repetirme demasiado. Escribir un libro en primera persona puede significar que el siguiente tenga un narrador en tercera persona. The noble hustle, mi libro sobre póquer, tenía mucho humor, así que este libro no tiene chistes. El ferrocarril subterráneo tenía al principio tres narradores masculinos al hilo, así que quería cambiar algo. Uno de los primeros relatos de esclavos que leí cuando estaba en la universidad fue el de Harriet Jacobs, una mujer que escapó de una plantación y se ocultó en un ático siete años antes de poder salir de Carolina del Norte. En su testimonio dice que el inicio de la pubertad es el peor momento para una esclava, porque te conviertes en una presa sexual para el dueño, los capataces y los otros esclavos. Tenías que producir hijos –que quedaras embarazada significaba que habría más manos para pizcar algodón, y más algodón significaba más dinero–. Los hijos de las esclavas se transformaban en máquinas de ganar dinero para sus dueños. Quería explorar los miedos particulares de una esclava. Con la historia de Harriet Jacobs como trasfondo pensé: ¿por qué no tener a una protagonista mujer?

P: Has desarrollado un estilo propio: intrincado, con gran inteligencia narrativa y bellísimas digresiones, “El ferrocarril subterráneo” es, sin embargo, distinto a tus otros libros. Puedo imaginar que te sometiste a una dieta de estilo. ¿Cómo llegaste al tono de este libro?

R: Mi libro anterior tenía una serie de chistes, y por lo mismo sabía desde el principio que este libro no iba a ser chistoso, y que tendría que deshacerme de la distancia satírica a la que he recurrido desde hace mucho tiempo. En mis otros libros había incluido digresiones –en Sag Harbor dedico tres páginas a las cenas congeladas–. En The noble hustle intenté dar con una voz que pudiera incluir comentarios ingeniosos y frases incompletas, una voz narrativa descontrolada. En cambio, quería que este libro fuera ordenado, que fuera simple y directo, cosa que no soy. En Apex hides the hurt hay una frase –concisa y directa– de la que estoy muy orgulloso, y esa es la inspiración de la voz para El ferrocarril subterráneo. Cuando escribo sobre la vida contemporánea intento capturar el espíritu hipercinético de los tiempos, y escribo frases más largas y complicadas. En este caso, cuando la historia se desarrolla en otro siglo, me parecía que requería un enfoque más directo. Es común que cuando escriba haga esquemas, tenga claro el final antes de comenzar y haga mucho de trabajo narrativo estructural previo a la escritura, pero la voz de mis libros con frecuencia llega tarde, más o menos por la página ochenta o cien, y luego tengo que regresar y ajustar todas las páginas anteriores. Pero con este libro la voz dominante apareció muy rápido. Escribí un prólogo de la abuela de Cora, Ajarry, y la voz que usé ahí funcionó y rápidamente se convirtió en la voz del libro, mucho antes de lo normal.

P: Muy pronto en la novela Cora esta huyendo: escapa de la plantación y toma el ferrocarril subterráneo. Cada sección es una serie de pasados posibles de la historia de Estados Unidos, pero en el libro también se intercalan algunos afiches de “SE BUSCA” para esclavos en fuga. Uno de esos carteles es el de un amigo tuyo, el poeta Kevin Young. ¿Qué función cumplen estos afiches?

R: En el primer libro de Kevin Young, Most way home, hay un poema que está escrito en la voz de un anuncio de un esclavo en fuga, y quizá esa fue la primera vez que leí uno. Aunque quería que El ferrocarril subterráneo estuviera escrito de manera muy lineal, hay dos elementos del libro que son un jiujitsu posmoderno. Un elemento posmoderno son las secciones biográficas que rompen las secciones de los estados: diferentes personas interactúan con la historia estadounidense en un modo que Cora no puede hacerlo. Vi este recurso por primera vez en la trilogía de Estados Unidos de John Dos Passos. En algún momento presentaba a Woodrow Wilson a través de una suerte de flujo de conciencia, que interrumpía la narración principal. El otro elemento que rompe la linealidad son estos anuncios de “se busca”.

La Universidad de Carolina del Norte ha digitalizado muchos de estos anuncios clasificados que datan de principios del siglo XIX. Como escritor de ficción me gusta ser una especie de ventrílocuo e intentaba encontrar las voces de las personas y copiar el modo en el que estas hablan. Pero el lenguaje de los anuncios reales era perfecto y pensé que lo mejor era simplemente reproducirlos. Hay algunos desplegados en los que se lee: “Bessie, 17 años. Mulata. Tiene una marca en la cara producto de una quemadura. Escapó sin razón. Tiene una expresión taciturna.” Son solo cinco frases, pero son tan evocativas que nos podríamos preguntar por qué tenía una expresión taciturna, por qué huyó y cómo se quemó la cara. A lo largo del libro aparecen cuatro de estos anuncios. Hay un quinto, que escribí para Cora –que, claro, escapó y está huyendo–. Me sentía mal por todas las cosas que le habían sucedido y quería escribir el anuncio de “se busca” para Cora. Es algo difícil de explicar, pero quería darle a ella un anuncio, no como escritor, sino como persona. Los anuncios de “se busca” adquirieron importancia en el ritmo del libro y para allanar el camino para el último afiche, el de la protagonista.

P: También operan en conjunto con el relato, porque uno de los arcos del libro es que los esclavos comienzan como propiedad y terminan siendo seres humanos. A diferencia de otros personajes tuyos, Cora es un objeto.

R: El esclavo es un objeto, no un ser humano. Al revisar los relatos orales de antiguos esclavos, uno se encuentra con las historias más atroces. La esclavitud es terrible. Surgen toda suerte de datos inquietantes y es inevitable sentirse perplejo ante el horror. Encontré el testimonio de una esclava que decía: “Cuando me vendieron a otra plantación por primera vez pude usar ropa.” Esta persona no había estado vestida hasta que cumplió seis años; caminaba como un animal, desnuda, y así es como la veían sus amos. En el libro dramaticé el pasaje de objeto a persona y para eso incluí personajes que la ponen a prueba, ya sean héroes o villanos. Los distintos estados por los que atraviesa Cora le ofrecen oportunidades, como aprender a leer. Ese es un momento muy importante en la mayoría de las historias de esclavos, cuando la persona aprende, en secreto, a leer, o cuando logra escapar y aprende el alfabeto. En ese momento se le abre un nuevo mundo. ¿Cómo se narra este amanecer? ¿De episodio en episodio? ¿Cómo invento modos distintos para llevar a esta persona no educada, que jamás ha visto un libro, a un sitio en que puede interpretar la historia y se vuelve protagonista de su vida? En parte es lo que pasa en Los viajes de Gulliver. No soy un gran admirador de Jonathan Swift, pero él estableció un modo literario conveniente de recorrer distintos lugares. Cada estado de Estados Unidos –algo así como cada sesenta páginas– es como si el libro reiniciara, y ofrece una nueva arena en la que Cora puede continuar su camino para convertirse en persona.

P: En “John Henry Days”, The Intuitionist” y “El ferrocarril suterráneo” hablas de cómo la percepción de la raza está conectada ineludiblemente con el capitalismo. Los tres libros tienen elementos industriales. El “ferrocarril subterráneo” histórico, una ruta de casas seguras y atajos secretos, en tu novela es un pasaje subterráneo, con vías y un ferrocarril. “Había que estar orgullosos de esa maravilla”, dice Cora cuando ve por primera vez el túnel subterráneo.

R: Todos están atrapados de distintos modos en la maquinaria, sin duda esa es una metáfora en John Henry Days. También están las personas que escapan –como es el caso de los personajes en El ferrocarril subterráneo, como Cora–. Escapar es una traición al orden. Así es como lo ve Arnold Ridgeway, el personaje que persigue esclavos fugitivos: si permite que demasiadas personas huyan, su sociedad esclavista se destruye. Los esclavos se rebelan de distintos modos, ya sea escupiendo en la sopa de sus amos o huyendo. El libro trata del gesto heroico de escapar del sistema, un acto de gran valentía.

P: Escribiste el libro en menos de un año. ¿Cuál es tu proceso de escritura?

R: Hago un diagrama, tengo que tener claro el inicio y el final. La mitad puede estar difusa. De por sí ya es difícil encontrar las palabras adecuadas; si no sabes siquiera qué es lo que va a pasar, eso se vuelve doblemente complicado. Cada día me dedicaba a describir, por ejemplo, al padre de Ridgeway y el taller del herrero. Esa labor se traduce en dos páginas, lo que significa un buen día de trabajo. Cuando describí la llegada de Ridgeway a Nueva York ese fue otro paquete. Algunas veces solo consigues una página o dos. Pero tengo que tener una misión que cumplir.

Trato de escribir ocho páginas a la semana. En este momento me parece un buen ritmo. Tengo hijos que hay que recoger de la escuela, así que de vez en cuando tengo un día poco productivo. Si tengo que ir al médico a la una, por ejemplo, pienso, “para qué empezar siquiera”. Soy una diva. Toma mucho tiempo escribir una novela y si vas acumulando textos se suman. Mido mi vida en función de cuánto tiempo falta para que acabe esta cosa horrible que tengo que hacer. Y la novela es una de ellas. Ocho páginas más cerca del punto final. Algunas veces me levanto y no siento la novela, así que solo la reviso. Nunca he podido hacer un borrador completo, porque siempre voy revisando mientras avanzo. Escribo cinco páginas, me trabo y reviso las primeras dos páginas. Luego escribo las páginas seis y siete, y reviso la tres y la cuatro. Siempre voy atrás y adelante. Reviso en la computadora, en páginas impresas, incluso en una tableta. Es una buena manera de corregir: veo cosas distintas en la tableta que no veo en la pantalla de la computadora ni en el papel. Cuando termino acostumbro tomar un año y medio de descanso, paso ese tiempo enseñando, haciendo promoción del libro o dándole vueltas a las cosas.

Con este libro sucedió todo muy rápido. Comencé a escribirlo en enero de 2015, pero interrumpí la escritura cuatro meses para dar clases. Escribí todo lo demás de mayo a noviembre de ese año. Es lo más rápido que he escrito en mi vida. Di clases en la primavera y eso fue suficiente para no tener que trabajar en el otoño y terminar de escribir. Aunque ya no estoy en el Village Voice sigo con la mentalidad de freelancer: si escribo un artículo puedo escribir dos páginas de la novela. Ahora, si doy unas cuantas clases, puedo dedicarme tres meses a la escritura.

P: Eres fanático de las películas de horror y de las historietas. ¿Nunca pensaste en ser escritor de cómics?

R: A finales de los años setenta y principios de los ochenta leía todas las historietas de Marvel. Seguía los trabajos de Chris Claremont y Marv Wolfman, leía Spider-Man y X-Men. Sospecho que muchos escritores de mi generación, como Junot Díaz o Jonathan Lethem, querían escribir, dibujar o protagonizar cómics.

En casa teníamos siempre el último libro de Stephen King. Mi madre lo leía primero, luego mi hermana y al final yo. El primer gran libro que leí fue suyo: El umbral de la noche, un volumen enorme de cuentos. Durante muchos años quise escribir ficción de terror. Mi hermano y yo alquilabamos hasta cinco películas VHS a la vez, películas como The driller killer, The last house on the left, Attack of the crab monsters. Nos dedicábamos a ver esas cintas terribles de horror y era muy entretenido inventar historias de monstruos.

P: Tu libro anterior “Zone One”, es una novela sobre el apocalipsis zombi. En un pasaje se lee: “La esperanza, se dijo a sí mismo, es una droga de entrada. No lo hagas.” En un artículo publicado en el New York Times recuerdas que cuando eras niño un vecino se suicidó. Su cuerpo seguía en la calle cuando tu padre preguntó si su departamento estaría disponible. Imagino que tu familia no era una gran fuente de esperanza.

R: En el Día de Acción de Gracias y en Navidad cenábamos y luego toda la familia veía They came from within, de David Cronenberg. No, la familia no era una fuente de esperanza. No había visto esa película de Cronenberg en treinta años, pero cuando la vi de nuevo reparé en el hecho de que trata sobre una enfermedad venérea que convierte a la gente en zombi. Al final hay un edificio de departamentos en el que todos sus habitantes están deambulando, fatalmente infectados. Lo había olvidado, pero es casi una imagen de Zone one: millones de infectados, la ciudad entera está colapsada y quizá haya un sobreviviente.

P: En un momento de “El ferrocarril subterráneo” escribes: “Cora no sabía lo que significaba ser optimista. Preguntó a otras chicas esa noche si conocían la palabra. Ninguna de ellas la había escuchado antes. Decidió que significaba ‘esforzada.” El esfuerzo en tus libros es muy similar a la idea de “lucha” de Ta-Nehisi Coates en “Entre el mundo y yo”. ¿Se puede trazar una línea de este concepto “esfuerzo/lucha” desde los inicios de Estados Unidos hasta el momento actual?

R: Hacia el final de la escritura de la novela leí el libro de Coates, aunque no tengo muy presente su definición de “lucha”. Quiero pensar que Zone one y El ferrocarril subterráneo están vinculadas porque las animan personas que, a pesar de que todo está en su contra –el apocalipsis o la inmensa maquinaria de la esclavitud–, creen que hay un lugar seguro y luchan para hacerlo realidad. En Estados Unidos estamos trabajando en eso todavía. Las energías racistas que describo en El ferrocarril subterráneo están presentes en nuestra vida actual si analizamos la retórica de los partidarios de Donald Trump: “construyamos un muro”, “saquemos a los mexicanos”, “que no entren musulmanes”, “encierren a la perra de Hillary”. La detención veleidosa, la revisión excesiva y la obligación permanente de llevar contigo tu identificación son todavía una parte muy presente de mi vida. No puedo saber cuándo una interacción con un policía va a salir mal. Da igual que seas el presidente de Estados Unidos, si eres afroamericano te van a exigir tus papeles. Donald Trump le pidió el acta de nacimiento a Barack Obama.

P: Cundo Obama ganó la presidencia en 2008 y se escribían editoriales sobre un periodo “posracial” en Estados Unidos, publicaste un artículo con mucho humor: “Ayer por la mañana me desperté en un mundo nuevo. Estados Unidos eligió a un tipo negro como presidente.” Has escrito que con Trump estamos en un momento de “poshumor”. El humor ha sido una de tus herramientas narrativas más útiles.

R: Creo que fue bueno no hacer muchos chistes en mi novela más reciente. Como escritor es importante trabajar en diferentes registros. Sin duda las bromas pueden ser un elemento muy útil y un modo de distanciarte del mundo. Escribir un libro en el que no podía simplemente apoyarme en mis elementos de utilería y mis herramientas favoritas fue acertado. En este caso, a diferencia de otros libros, no me burlé de los sistemas que me parecen opresivos.

P: Hace más de diez años dijiste en una entrevista que la historia no te parecía confiable: “Hay una historia de los blancos y una historia de los negros.” Después de escribir este libro, ¿piensas lo mismo?

R: No he cambiado de opinión, pero añadiría algunos matices. Con suerte este libro le permitirá a personas diferentes pensar en la historia de modos distintos. Creo que la estructura del libro permite una conversación distinta sobre la historia. Para la sección de Carolina del Norte me inspiré, como decía, en Harriet Jacobs, una esclava afroamericana que se escondió de sus perseguidores en un ático. El acto de esconderse en un ático de un régimen opresivo se asocia a menudo a Ana Frank. ¿Cómo puedo abrir la conversación sobre la opresión de los negros en 1850 y del supremacismo blanco en Estados Unidos y al mismo tiempo hablar del supremacismo blanco en la Alemania nazi?

Aquí ya no estamos hablando solo de esclavitud, estamos hablando de todo tipo de demonización del Otro en épocas distintas. En el libro conviven personajes blancos malos con héroes blancos, villanos y héroes negros. Si eres blanco y tu familia vivió en Estados Unidos en tiempos de esclavitud, es difícil confrontar el hecho de que tu tatarabuelo violó, torturó y abusó de personas para dar de comer a su familia y hacer un patrimonio, que luego legó a sus hijos. Si eres un afroamericano de clase media, tercera generación de titulados universitarios, y sientes que ya “lo lograste” de acuerdo a todos los indicadores de éxito en la sociedad estadounidense, ¿cómo se experimenta la brutalidad por la que tus ancestros tuvieron que pasar? Gente sin nombre murió, quizás en Florida o en Georgia. Hay un agujero negro en nuestra historia. Como afroamericano es difícil no preguntarte si tú habrías tenido el valor de los esclavos que escaparon o si te habrías quedado en la plantación y te habrías rebelado de otras maneras, o habrías continuado en la opresión. Seas blanco o afroamericano la esclavitud es un hecho complicado de confrontar. Creo que este libro, por el modo en el que juego con la historia y pongo diferentes episodios en yuxtaposición, permite a muchas personas tener una apreciación distinta o un modo distinto de pensar acerca de nuestra historia compartida."

10/10/2022

Colson Whitehead, 8

 

El coloso de Nueva York

The Colossus of New York
(2003)

Colson Whitehead

traducción de Cruz Rodríguez Juiz

Literatura Random House, 2017

Pàgines: 208


Nuevo fresco neoyorquino

por Javier Martínez de Pisón
Babelia/El País
17/01/2004



    Whitehead publica ahora en inglés El coloso de Nueva York (Doubleday), su primera obra de no ficción, que ha obtenido un merecido reconocimiento. Se trata de una obra que continúa una antigua tradición literaria de narraciones, evocaciones y poemas sobre la ciudad, la más conocida de las cuales es sin duda el clásico de E. B. White Here is New York. Pero Whitehead se aparta de todo antecesor literario adoptando, en los 13 cortos capítulos que forman este libro, una multitud de diferentes voces, todas anónimas, que parecen emular los múltiples rumores de la ciudad.

    El libro recorre uno de los territorios urbanos más conocidos del planeta -Times Square, Central Park, Coney Island-, pero ofrece una visión radicalmente nueva y, a la vez, compartida por cualquiera que haya pasado un tiempo en la ciudad. La narración salta de primera a tercera persona, de observación a especulación, y la identidad del narrador cambia constantemente.

    El libro tiene además el acierto de reivindicar una relación íntima entre la urbe y sus habitantes que rescata espacios ya inexistentes de la ciudad, antiguos edificios o comercios ahora convertidos en Starbucks o Burger Kings. Por ejemplo, escribe: "No importa cuánto tiempo hayas vivido aquí, eres un neoyorquino desde la primera vez que dices: 'Eso solía ser Munsey's' o 'eso solía ser el Tic Toc Lounge'. Porque antes que ese Internet-café se enchufara ahí, ibas a cambiarle las suelas a tus zapatos en la tienda que solía estar ahí". Whitehead dice que lo primero en que uno piensa cuando ve estos nuevos paisajes es en lo que había previamente, en algo "que era parte de nuestras vidas porque se trata de una relación personal con un espacio que se desarrolla a través del tiempo". La mayoría de los neoyorquinos, por ejemplo, continúan buscando instintivamente las figuras de las torres del World Trade Center en el horizonte de la ciudad.

    La idea de utilizar múltiples voces anónimas para narrar el libro se lo sugirió la propia ciudad: "Cada esquina de la calle o de un vagón del metro está lleno de voces y todas ellas coexisten como un coro en momentos determinados. La forma de los ensayos intenta capturar eso, de persona en persona, de perspectiva en perspectiva, retrocediendo para dar una vista global de la escena o enfocándola de cerca"”.

09/10/2022

Colson Whitehead, 7

 

Harlem Shuffle

Colson Whitehead

Doubleday, 2021

Pàgines: 336

Sinopsis:

En 1959, Ray Carney vive en Harlem con su esposa Elizabeth, con quien espera su segundo hijo. Aunque desciende de una familia de delincuentes, Ray se gana la vida trabajando como un destacado vendedor de muebles en la calle 125 . Sin embargo, ocasionalmente vende artículos robados a través de su tienda de muebles, incluidos los de su primo Freddie. Mientras que Ray se ha abierto camino hacia una vida honesta, Freddie está descendiendo al inframundo criminal de Harlem. Freddie orquesta un robo en el Hotel Theresa con sus socios. El atraco sale mal y todo un elenco de figuras criminales entra en la vida de Ray, obligándolo a una lucha personal. La novela se divide en tres partes y cubre tres momentos ambientados en 1959, 1961 y 1964. Culmina con el motín de Harlem de 1964 .

No está traducida.