08/11/2022

richard yates, semblança

 

Richard Yates: la revolucionaria vía de la prosa sin magia

por José Miguel Arroyo
en Punto en Línea

    Richard Yates (1926-1992) no cuenta en su biografía con las tinieblas de Poe, la enigmática figura de Whitman, las aventuras viriles de Hemingway, la extravagante presencia de Fitzgerald, el alcoholismo determinante de O'Neill, la veneración repentina de Faulkner o los caricaturescos excesos de Capote. Se trata de un hombre de la calle, un hombre común que creció en un hogar disfuncional asistió a una escuela sin rimbombancia; como muchos, fue a la Segunda Guerra Mundial, volvió para trabajar en el campo del periodismo donde comenzó a escribir algunos relatos, publicó algunos trabajos, enseñó escritura creativa en varias universidades de Estados Unidos y murió de enfisema pulmonar. (…) Quizá la gran curiosidad de su vida fue haber realizado la misteriosa labor de escritor fantasma (lo que se sigue nombrando en estos lares con la políticamente incorrecta construcción castellana "negro de la literatura") en algunos discursos para Bobby Kennedy cuando su hermano John fue presidente y él procurador del país del norte, conjugando la cursilería de esa "nobleza americana" como se le conoció a la poderosa, afamada y trágica familia de políticos.

    Esa circunstancia de "normalidad" puede ser el as bajo la manga en la narrativa de Richard Yates. Se trata de un retratista de la vida americana en el suburbio, un hiperrealista que escapó de las garras de la modernidad y la escritura barroca que roza con lo experimental. Yates es un escritor honesto en el más absoluto y positivo sentido del término. Escribe de una manera pura y desligándose de demostraciones acrobáticas en el manejo de la lengua inglesa. Como un fotógrafo, Yates capta perfectamente los ideales del American Dream y del periodo denominado Age of Anxiety, así como los estragos que en la realidad gestó el capitalismo extremo y su hijo predilecto, el consumismo. En el arte estadounidense del siglo XX posiblemente Richard Yates sea a la literatura lo que Edward Hopper a la pintura.
(…)
    La literatura, el arte en general, casi siempre y cuando vale la pena implica un acto de rebelión. Kerouac, Burroughs y Ginsberg reaccionaron con toda su furia y locura contra los postulados de un sistema y en una época posible. Richard Yates hizo lo mismo valiéndose de un disfraz sutil e imperceptible. (…)

    La prosa de Yates combina la fluidez del bestseller, el mérito de aquellos autores llamados "de culto", el arte excelso en su estado más franco y una profunda conciencia filosófica de su tiempo. La virtud, rara, de Richard Yates es ser quizá el autor más legible de su generación al tiempo que es capaz de crear esos significados que a veces nos son tan necesarios.”




07/11/2022

empíric

 




    Del 12 al 20 de novembre de 2022, a la nostra ciutat, tindrà lloc el festival Empíric. Un festival que uneix ciència i literatura. El festival se celebrarà a diferents indrets:   programa.

    Al llarg d’aquest vuit dies s’han programat vint-i-tres activitats: xerrades, tallers, presentacions, documentals, exposicions, poesia, etc.

    El comissari de l’exposició, el doctor i escriptor Salvador Macip, accentua "la intenció del festival de ser un punt de trobada únic que tiri per terra el mur entre la ciència i les lletres.

    Vespres Literaris participà al festival organitzant una xerrada de divulgació, “La ciència i el Quitxot”, impartida pel professor Antonio Bernal González, astrònom i divulgador científic de l’Observatori Fabra de Barcelona.

06/11/2022

exposición carlos utrera

 



Dimecres que ve, 9 de novembre a les 19.30 hores, tindrà lloc l'acte d'inauguració de la darrera exposició del nostre amic Carlos Utrera.

    L´exposició la podreu fins l´11 de desembre a la sala B’Art, de l´Ateneu de Cerdanyola del Vallès.

    Titulada "Connexions", és el fruit de la lluita diària de l'artista, després de la pandèmia, per reconnectar les sensacions, vivències i atzars personals amb l'ésser col·lectiu.

    Us animem a acompanyar el Carlos a la inauguració i visitar les seves darreres creacions.

05/11/2022

ferrocarril subterrani, fragment final

 


    “Ridgeway indicó a Cora que avanzara con un gesto de la pistola.

    No sería el primer blanco en ver el ferrocarril subterráneo, pero sí el primer enemigo. Después de todo lo que había pasado Cora, encima, la vergüenza de traicionar a quienes habían posibilitado su huida. Titubeó en el primer escalón. En Randall, en Valentine, Cora nunca se sumaba a los corros de baile. Se apartaba de los cuerpos que giraban, temerosa de que se le acercaran demasiado, sin control. Los hombres le habían metido ese miedo en el cuerpo, hacía ya años. Esta noche, se decía Cora. Esta noche lo abrazaré como si bailáramos lentamente. Como si solo existieran ellos dos en el solitario mundo, unidos hasta el final de la canción. Cora esperó a que el cazador de esclavos bajara al tercer escalón. Giró y lo rodeó con los brazos como una cadena de hierro. El candado se cerró. Ridgeway intentó aguantar pese a cargar con el peso de Cora, trató de apoyarse en la pared, pero Cora lo agarraba como a un amante y los dos rodaron por las escaleras de piedra hacia la oscuridad.

    Pelearon y forcejearon durante la violenta caída. En la confusión, Cora se golpeó la cabeza en la piedra. Se rompió una pierna y cayó sobre uno de sus brazos retorcidos al pie de la escalera. Ridgeway se llevó la peor parte. Homer aulló al oír los gritos de su patrón. El chico descendió despacio, la luz temblorosa del farol fue sacando a la estación de las tinieblas. Cora se zafó de Ridgeway y se arrastró hacia la dresina, retorciéndose del dolor de la pierna izquierda. El cazador de esclavos no decía nada. Cora buscó un arma, pero no encontró ninguna.

    Homer se agachó junto a su jefe. La sangre de la nuca de Ridgeway le empapó la mano. El hueso de un muslo del cazador asomaba por los pantalones y la otra pierna estaba doblada de un modo horripilante. Homer acercó la cara y Ridgeway gruñó.

    —¿Eres tú, chico?

    —Sí, señor.

    —Está bien. —Ridgeway se sentó y aulló de dolor. Miró hacia la penumbra de la estación, sin ver nada. Su mirada se posó en Cora sin interés—. ¿Dónde estamos?

    —De caza —dijo Homer.

    —Siempre hay negros que cazar. ¿Tienes el cuaderno?

    —Sí, señor.

    —He tenido una idea.

    Homer sacó el cuaderno del morral y lo abrió por una página en blanco.

    —El imperativo es… no, no. Eso no. El imperativo americano es algo espléndido… un faro… un faro brillante. —Tosió y un espasmo le dominó el cuerpo—. Nacido de la necesidad y la virtud, entre el martillo… y el yunque… ¿Estás ahí, Homer?

    —Sí, señor.

    —Deja que vuelva a empezar…

    Cora se apoyó en la palanca de la dresina. Esta no se movió, por mucho peso que cargara. A sus pies, en la plataforma de madera, había una pequeña hebilla metálica. Cora la soltó y la bomba chirrió. Volvió a apoyarse en la palanca y la dresina avanzó lentamente. Cora miró a Rigdeway y Homer. El cazador de esclavos susurraba sus comentarios y el niño negro los anotaba en el cuaderno. Cora siguió empujando y el vehículo rodó fuera de la luz. Hacia un túnel que nadie había excavado, que no conducía a ninguna parte.

    Cora cogió ritmo, empujando con los brazos, cargando todo el cuerpo en cada movimiento. Hacia el norte. ¿Estaba viajando por el túnel o abriéndolo? Cada vez que bajaba la palanca, mordía la roca con un pico, descargaba un mazo sobre un clavo de la vía. Nunca había conseguido que Royal le hablara de los hombres y mujeres que habían construido el ferrocarril subterráneo. Las personas que habían excavado un millón de toneladas de tierra y rocas, que se habían deslomado en las entrañas del subsuelo para transportar a esclavos como ella. Las que colaboraban con todas esas otras almas que acogían a los fugitivos en sus casas, los alimentaban, los llevaban al norte a cuestas, morían por ellos. Los jefes de estación y los maquinistas y los simpatizantes. Que son tú después de completar algo así de magnífico: mientras lo construyes también lo recorres, sales al otro lado. A un lado quedaba la persona que habías sido antes de bajar al subsuelo y, al otro, la persona nueva que salía a la luz. El mundo de arriba debía de ser muy anodino comparado con el milagro subterráneo, el milagro que habías obrado con sangre y sudor. El triunfo secreto que te guardabas para ti.

    Cora fue poniendo kilómetros de por medio, dejando atrás los santuarios falsos y las cadenas eternas, la masacre de la granja Valentine. Solo existía la oscuridad del túnel y, más adelante, en algún lugar, una salida. O un final sin salida, si así lo decretaba el destino: solo una pared negra, implacable. La última broma amarga. Agotada, Cora se acurrucó en la dresina y se durmió, flotando en la oscuridad como si hubiera anidado en el rincón más recóndito del cielo nocturno.

    Cuando se despertó, decidió seguir a pie: los brazos ya no daban más de sí. A trompicones, tropezando con las traviesas. Cora iba palpando la pared del túnel, los resaltes y los huecos. Sus dedos bailaban sobre valles, ríos, picos montañosos, los contornos de una nación nueva ocultos bajo la vieja. «Mirad afuera mientras avanzáis a toda velocidad y descubriréis el verdadero rostro de América.» No podía verlo, pero lo sentía, lo atravesaba por el mismísimo centro. Le dio miedo haberse dado media vuelta mientras dormía. ¿Avanzaba o volvía al punto de partida? Confió en que la elección del esclavo la guiaría: a cualquier parte, adonde sea menos al lugar del que has escapado. De momento la había llevado hasta allí. Encontraría la terminal o moriría en el intento.

    Se durmió dos veces más, soñó que estaba con Royal en la cabaña. Cora le hablaba de su vida pasada y él la abrazaba, luego ella se giraba para mirarlo a la cara. Royal le quitaba el vestido por la cabeza y se quitaba los pantalones y la camisa. Cora lo besaba y él recorría el territorio de su cuerpo con las manos. Cuando le separaba las piernas, Cora estaba mojada y Royal se deslizaba en su interior pronunciando su nombre como nadie lo había hecho jamás y nadie más volvería a hacerlo, con dulzura y ternura. Las dos veces se despertó en el vacío del túnel y, cuando terminó de llorar por Royal, se levantó y siguió caminando.

    La boca del túnel empezó como un agujero minúsculo en la oscuridad. Al andar lo convirtió en un círculo y, luego, en la entrada de una cueva, disimulada por trepadoras y zarzas. Cora apartó la maleza y salió al aire.

    Hacía calor. Todavía lucía esa luz apagada del invierno, pero más cálida que en Indiana, con el sol casi en lo más alto. La grieta se abría a un bosque de pinos y abetos. Cora no sabía qué aspecto tenían Michigan, Illinois o Canadá. Se arrodilló a beber del arroyo cuando se lo encontró. Agua fría y clara. Se lavó el hollín y la mugre de los brazos y la cara.

    —De las montañas —dijo citando un artículo de los polvorientos almanaques—. Del deshielo. El hambre la mareaba. El sol le indicaba hacia dónde quedaba el norte.

    Comenzaba a anochecer cuando llegó al sendero, inútil y con socavones de rodadas. Cora oyó los carros al rato de esperar sentada en una roca. Eran tres, equipados para un largo viaje, cargados de herramientas y con provisiones atadas a los costados. Se dirigían al oeste.

    El primer conductor era un blanco alto con sombrero de paja, patillas canosas, e impasible como una pared de piedra. Su mujer iba sentada a su lado, con la cara y el cuello rosados asomando de una manta de cuadros. La miraron con indiferencia y pasaron de largo. Cora fingió no verlos. Un joven conducía el segundo carromato, un tipo de cara roja y rasgos irlandeses. Clavó los ojos azules en Cora. Se detuvo.

    —Qué sorpresa —dijo. En tono agudo, como el piar de un pájaro —. ¿Necesitas algo?

    Cora negó con la cabeza.

    —Digo que si necesitas algo.

    Cora volvió a negar con la cabeza y se frotó los brazos para entrar en calor.

    El tercer carromato lo conducía un negro mayor. Era corpulento y canoso y vestía un grueso abrigo de ranchero que había visto tiempos mejores. Cora decidió que tenía una mirada amable. Familiar, aunque no sabría decir de dónde. El humo de la pipa olía a patatas y el estómago de Cora se quejó.

    —¿Tienes hambre? —preguntó el hombre.

    A juzgar por la voz, era sureño.

    —Tengo mucha hambre.

    —Sube y coge algo.

    Cora se encaramó al pescante. Abrió la canasta. Partió un trozo de pan y lo devoró.

    —Hay más —dijo el hombre. Tenía una marca de herradura en el cuello y se subió el abrigo para esconderla cuando Cora la miró—.¿Seguimos?

    —Está bien.

    Arreó los caballos y estos siguieron la rodada.

    —¿Adónde vas? —preguntó Cora.

    —Saint Louis. Y de allí, a California. Vamos nosotros y más gente con la que nos reuniremos en Missouri. —Al ver que Cora no respondía, añadió—: ¿Vienes del sur?

    —Estaba en Georgia. Me escapé.

    Dijo que se llamaba Cora. Desplegó la manta que tenía a los pies y se envolvió con ella.

    —Yo me llamo Ollie. Los otros dos carromatos aparecieron al girar un recodo. La manta era dura y le raspó la barbilla, pero a Cora no le importó. Se preguntó de dónde habría escapado el hombre, si el lugar era muy malo y cuánto había tenido que viajar para dejarlo atrás.”

El ferrocarril subterráneo
Colson Whitehead
traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Rabson House, 2017
Páginas 312-316

cuines literàries

 


LA CARN D'OLLA, ENCARA


    "Aquest és el país de la carn d'olla. Es un plat molt antic. En els últims anys, i a causa de les fabuloses convulsions polítiques i econòmiques, ha anat de baixa. Essent les coses així, és natural que, en aquest llibre, hi tingui el lloc que li correspon. Jo sóc un defensor de l'escudella i carn d'olla.

    Si la nostra societat torna a un equilibri cert entre jornals i preus — sense oblidar la llibertat dels habitatges, únic camí perquè hi hagi cases per a tothom—, es tornarà a la carn d'olla- Aquest plat ha entrat en una visible decadència, no pas perquè hagi deixat d'agradar a la gent, sinó per raons econòmiques: perquè es tan car. De fet, però, a mesura que la carn d'olla s'ha anat aprimant i reduint, el poble— ho he pogut constatar moltes vegades — ha somiat abundants i fabuloses carns d'olla, per les mateixes raons per les quals, segons Flaubert, els notaris somien odalisques. El fet que aquest plat es mantingui en la memòria viva fa presumir algun avenir, cosa que potser algú veurà, si viu. La cosa, si més no, és molt incerta.

    La situació de les grans masies del país situades a les terres baixes i a la mitjana muntanya, que foren les mes independents i les mes riques, no és la que tingueren en altres temps. Ja se sap: el que no puja baixa. Fou en aquestes grans cases que es produïren les millors carns d'olla del país, que estigueren basades mes en la utilització dels productes del porc que en els de la vedella. La vedella sempre fou una qüestió de les carnisseries; els porcs, en canvi, els tingueren aquestes cases abundantment i per dret propi: vull dir de producció particular autèntica. La carn d'olla amb orella, morro, peus, cua i magres de porc, a part els greixos corresponents, crea la gran escudella de pagès sense estalviar-hi res — plat impressionant com potser no se n'ha creat cap mes de comparable. Avui ja no es pot concebre. A l'hivern, sobretot, la seva presentació no tingué rival, i, en l'ambient d'aquelles grans baluernes, semblava tenir un al·licient prodigiós. Tot ho tenien fresc i boníssim: els llegums de l'hort, les carns i tots els ingredients. No crec pas que fos un plat gaire sa, però era riquíssim. La salut portada a la punta de l'espasa, però no pas resolta, es una invenció de l’època de la medicina socialitzada, que cada vegada es mes crematística, encara que, de vegades, s'hi trobi algú caritatiu. En definitiva, avui com sempre, hi ha persones que estan bones i altres que estan malaltes. Sempre som allà mateix. En definitiva no s'ha fet res mes que augmentar la pedanteria dels metges, que no és pas diferent de la dels altres estaments i que, de vegades, parlant en general, es excessiva. També podria ésser que aquesta vidassa que la carn d'olla representa hagués contribuït, amb mes o menys pes i econòmicament parlant, a l'ensorrament de moltes cases, És clar: és una vertadera pena, però en aquest món no hi ha res fixat i precís. Tot té una gran fugacitat tot se'n va, la moneda es volatilitza, fuig, algunes vegades torna, altres, mai mes. Tot es ondulant i incert i aquelles velles carns d'olla que semblaven tan fixes contribuïren a mantenir la vida tal com és."

Josep Pla
“El que hem menjat”
Obra completa, XXII
Destino, 2004
Pàgines: 73-74

04/11/2022

pregària de guerra

 




    Demà, dissabte 5 de novembre, a les 11,30h, al Museu d’Art de Cerdanyola (carrer de Sant Martí, 88), dintre dels actes en torn a la XI Tardor Solidària, tindrà lloc una lectura teatralitzada de l’adaptació poètica realitzada per Joan Oliver de Pregària de guerra, obra de Mark Twain, a càrrec de la Universitat Internacional de la Pau.

    A continuació, es farà un vermut-col·loqui impulsat per les entitats del Consell de Solidaritat i Cooperació i dinamitzat per Neus Sotomayor, presidenta de la Universitat Internacional de la Pau. L’Associació per al Desenvolupament de la Infància en Àfrica (ADIA), que també forma part de l’esmentat consell, participarà en el col·loqui amb la lectura d'un poema d'en Alemu Tebeje.




Pregària de guerra (The War Prayer) va ser publicat al número de novembre de 1916 de la revista Harper's Monthly. Twain va dictar aquest breu conte en algun moment entre 1904 i 1905, com una reacció davant la guerra entre els Estats Units i les Filipines (1899-1902), i va intentar publicar-ho però va ser rebutjat pel seu editor habitual. 

Twain va decidir llavors que es mantingués inèdita fins després de la seva mort. 

Mostra una Visió desoladora de la humanitat... de terrible actualitat.





Alemu Tebeje, periodista, poeta, escriptor i activista de drets humans, va deixar Etiòpia a principis de la dècada del 1990 i viu a Londres. 

Els seus poemes han estat publicats a amàric, xinès i anglès, així com projectats en edificis a Dinamarca, Itàlia, Estats Units i el Regne Unit per l'artista internacional nord-americana Jenny Holzer. 

Ha publicat una col·lecció de poemes, Salutacions a la gent d'Europa! (Tamrat Books, 2018), que inclou el guió d'un esbós comissionat per BBC Radio 4 perquè els migrants tornin a imaginar l'Odissea d'Homer, El meu nom no és ningú

Amb Chris Beckett, ha traduït i coeditat la primera antologia de poesia etíop en anglès, Cançons que aprenem dels arbres, i ha creat una petita editorial anomenada Tamrat Books per portar la bellesa de la poesia i les lletres etíops als lectors de llengua anglesa .


Saludos para la gente de Europa

Por tierra y por mar, vuestros padres vinieron a África
y desempacaron biblias por millares
y llenaron a nuestros ancestros de palabras de amor:

¡Si alguien os abofetea la mejilla derecha
dejad que os golpee también la mejilla izquierda!
¡Si alguien se os lleva el abrigo,
dejad que se os lleve también los pantalones!


Ahora nosotros, los hijos de sus hijos
herederos de las palabras que vuestros padres dejaron atrás,
nuestros cuerpos abofeteados y despojados
por los presidentes durante nuestras vidas,

desafiamos mares y botes agujereados,
olas frías de miedo – que los vientos salobres golpeen
nuestros rostros y vuestros guardacostas
nos saquen del agua, como a pájaros del petróleo

pero aquí estamos por fin,
tocando a vuestra puerta,
esperando contra toda esperanza que recordéis
todas las hermosas palabras que vuestros padres nos predicaron.

Alemu Tebeje

ferrocarril subterrani, fragment 3

 


    “La granja Valentine había dado pasos magníficos hacia el futuro, dijo Mingo. Benefactores blancos los proveían de libros de texto para los niños, ¿por qué no pedirles que recaudaran fondos para escuelas enteras? Y no solo para una o dos, sino para docenas. Demostrando el empuje e inteligencia de los negros, argumentó Mingo, entrarían en la sociedad americana como miembros productivos de pleno derecho. ¿Por qué arriesgar algo así? Necesitamos ir más despacio. Alcanzar acuerdos con los vecinos y, sobre todo, poner fin a las actividades que les obligarán a descargar su ira sobre nosotros.

    —Hemos construido algo increíble —concluyó—. Pero es delicado y necesitamos protegerlo, alimentarlo, o si no, se marchitará como una rosa en una helada repentina.

    Durante los aplausos, Lander susurró a la hija de Mingo y volvieron a reírse por lo bajo. La niña arrancó una de las flores de tela del ramillete y se la prendió en el primer ojal de su traje verde.
Lander fingió oler la fragancia y desvanecerse.

    —Ha llegado el momento —dijo Royal mientras Lander estrechaba la mano de Mingo y ocupaba su lugar frente al atril.

    Royal se había pasado el día con él, paseando por la finca y conversando. Royal no estaba de acuerdo con lo que diría Lander, pero parecía optimista. Con anterioridad, cuando había surgido el tema del traslado, le había dicho a Cora que prefería Canadá al oeste.

    —Allí sí que saben tratar a los negros libres —había asegurado Royal.

    ¿Y su trabajo en el ferrocarril? En algún momento tenía que establecerse en alguna parte, dijo Royal. No se puede fundar una familia yendo de un lado para otro por culpa del ferrocarril. Al oír esto, Cora cambió de tema.

    Ahora vería por sí misma, todos verían lo que el hombre de Boston tenía en mente.

    —El hermano Mingo ha dicho varias verdades —dijo Lander—. No podemos salvar a todo el mundo. Pero eso no significa que no debamos intentarlo. A veces una ilusión útil es mejor que una verdad inútil. En este frío mezquino no crecerá nada, pero podemos tener flores.

    He aquí una vana ilusión: podemos escapar de la esclavitud. No podemos. Sus cicatrices nunca se borrarán. Cuando visteis cómo vendían a vuestra madre, pegaban a vuestro padre o un jefe o el amo violaba a vuestra hermana, ¿alguna vez pensasteis que hoy estaríais aquí, sin cadenas, sin yugo, rodeados de una nueva familia? Todo cuanto conocíais os decía que la libertad era un engaño y, sin embargo, aquí estáis. Todavía a la fuga, guiados por la luna llena hacia un nuevo refugio.

    La granja Valentine es una vana ilusión. ¿Quién os ha dicho que los negros merecen un refugio? ¿Quién os ha dicho que tenéis derecho a un refugio? Cada minuto de vuestra sufrida vida indica lo contrario. A juzgar por la historia precedente, no puede ser. Por tanto, este lugar también debe de ser una vana ilusión. Y, sin embargo, aquí estamos.

    Y América también es una vana ilusión, la mayor de todas. La raza blanca cree, lo cree con toda su alma, que está en su derecho de apropiarse de la tierra. De matar indios. De hacer la guerra. De esclavizar a sus hermanos. Si hay justicia en el mundo, esta nación no debería existir, porque está fundada en el asesinato, el robo y la crueldad. Y, sin embargo, aquí estamos.

    Se supone que debo responder a la petición de Mingo de un progreso gradual, de cerrar las puertas a los necesitados. Se supone que debo contestar a quienes opinan que este lugar está demasiado cerca de la penosa influencia de la esclavitud y que deberíamos trasladarnos al oeste. No tengo respuesta. No sé lo que deberíamos hacer. Nosotros, en plural. En cierto sentido, lo único que tenemos en común es el color de la piel. Nuestros antepasados vinieron todos del continente africano. Es bastante grande. El hermano Valentine tiene mapas del mundo en su espléndida biblioteca, podéis consultarlos. Nuestros antepasados tenían medios de subsistencia distintos, costumbres diversas, hablaban cien lenguas diferentes. Y esa gran variedad llegó a América en las bodegas de los barcos negreros. Al norte y al sur. Sus descendientes recolectaron tabaco, cultivaron algodón, trabajaron en grandes haciendas y en granjas más pequeñas. Somos artesanos y comadronas y predicadores y buhoneros. Manos negras levantaron la Casa Blanca, la sede del gobierno de la nación. Nosotros, en plural. Nosotros no somos un pueblo, sino muchos pueblos. ¿Cómo puede una persona hablar por esta raza, grande y bella, que no es una raza, sino múltiples razas, con un millón de deseos y esperanzas y anhelos para nosotros y para nuestros hijos?

    Porque somos africanos en América. Una novedad en la historia del mundo, sin modelos para lo que seremos.

    El color tendrá que bastar. Nos ha conducido a esta noche, a este debate, y nos conducirá al futuro. Lo único que sé de verdad es que nos alzaremos y caeremos como uno solo, una familia de color vecina de una familia blanca. Tal vez no conozcamos el camino que atraviesa el bosque, pero podemos levantarnos unos a otros cuando caigamos y llegaremos juntos.”

El ferrocarril subterráneo
Colson Whitehead
traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Rabson House, 2017
Páginas 293-295