02/02/2025

sara mesa, 1

 


La novelística de Sara Mesa



por José María Pozuelo Yvancos
en Revista Turia



    Sara Mesa (1976) está escribiendo una obra narrativa llena de interés, cuya dimensión literaria me parece creciente. Tiene publicados hasta ahora un poemario, titulado Este jilguero agenda (2007), tres libros de cuentos, titulados La sobriedad del galápago (2008), No es fácil ser verde (2009), y La mala letra (2016), y cuatro novelas, una primera titulada El trepanador de cerebros (2010), publicada en Tropo y tres editadas en Anagrama: Un incendio invisible (que ha sido reeditada en ese sello en 2017, pero que contó con una edición anterior en Málaga), y las tituladas Cuatro por cuatro (2012) y Cicatriz (2016).

    Hay un elemento estilísticamente unitario que da forma interior a su obra novelística: la preocupación por la temática de las relaciones de dominio, de poder y sumisión, está entablada a partir siempre de universos cerrados, en cierto modo microcosmos, que ejecutan alguna forma de distopía. Otro elemento que proporciona unidad a las cuatro novelas es que hay un correlato entre el elemento social (sea de marginación por la crisis, de corrupción desde el poder, o de ambos), con la esfera individual que las tramas recorren. De tal manera que en su novelística parece deducirse la intención de que los elementos de la trama remitan a un estrato simbólico superior, que por otra parte comunica muy bien con el mundo contemporáneo.

    El trepanadador de cerebros (2010), primera novela de Sara Mesa es en cierto modo una antinovela que camina en una dirección bastante diferente a lo que suele publicarse sobre la que en otro lugar he llamado novelas de la crisis. En primer lugar, porque su estética es en cierto modo la del absurdo por la vía de manejar el esperpento como lugar novelístico y una fabulación que parece deudora de los cuentos maravillosos. Sara Mesa reúne en su novela, sin mediar otra explicación que la de un grupo que se ha reunido en torno a dos líderes, de nombre Chamán, y el argentino Edgardo Negroni, para representar una obra de teatro, titulada La nalga. Es una línea argumental que inmediatamente la novela abandona pues únicamente en sus primeras páginas desarrolla ese hilo argumental de partida. Una vez tiene lugar su llegada al local que habría de serviles de domicilio y taller teatral, todo va ya por otros derroteros, cuyo plan es asimismo endeble como trama.

    Ocurre y eso da la medida de una estética no realista, la novela no sigue un argumento y una trama definida, todo son distintas trazas de escena en la que se va formando un conjunto de complejas relaciones entre los personajes. El lector comienza a sospechar respecto a la supuesta urdimbre narrativa de tamaña empresa una vez va asistiendo a razonamientos que mezclan la poesía, las imágenes surrealistas, pero sobre todo el carácter estrambótico de todos los personajes. Esta es quizá el núcleo principal que explica el sentido de la novela: todos los personajes explotan distintos modos de la marginalidad urbana. Para reunirlos es importante decir que ninguno tiene domicilio ni arraigo, de manera que la espacialidad es importante metonimia inicial del sentido: un almacén lleno de mugre, con una habitabilidad imposible, ilegal pero sobre todo mínimamente soportable, cobija, merced a que Edgardo Negroni dice haberlo alquilado, a toda una troupe de marginales, donde acaban convergiendo, dos gemelos que e dedican a hurtos, un enano que ha vendido su alma en Ebay, un líder que se dice chaman y tiene pretensiones visionarias y practicas budistas, y un argentino obsesionado con la idea del suicidio de los científicos, una polaca huérfana de inmigrantes muertos en trágicas circunstancias, acompañada de un gato y que nunca habla. Entre todos ellos, como si fuese una nueva Blancanieves está Silvia, que a menudo que la novela avanza comienza a ser su protagonista.

    Silvia, quien busca desesperadamente un trabajo encuentra dos subempleos sucesivos. El primero, en un laboratorio de entomología de un siniestro personaje deforme y albino, apellidado Dr. Gottem, quien la somete a una inútil contabilidad de registros de medición del tamaño de las alas de las moscas. El sistema de trabajo la sumerge en una explotación infame, puesto que únicamente cobrará a partir de una cantidad imposible, que solo mintiendo conseguirá. Este capítulo comunica con un registro de denuncia social de las condiciones a las que se ven sometidos los jóvenes que buscan empleo. Este Dr. Gottem aparecerá luego en la novela puesto que lleva un tráfico de mercancías robadas en grandes almacenes, para la que se sirve de los hermanos Capiscola, quienes también comparten domicilio con Silvia. El otro trabajo es en el Prehistoric Park, por el que la novela se introduce una hábil critica a los parques temáticos. Alli conoce Silvia a Seisdedos, un joven que se enamora de ella y cuyo asedio amoroso y la angustia que en Silva provoca la situación va sosteniendo la trama de la segunda mitad.

    La estructura que Sara Mesa ha elegido es la de la yuxtaposición de imágenes y sucesos. El lector sin quererlo, y menudo perdido en una atractiva atmósfera de irracionalidades, tanto en comportamientos extraños como en imágenes inquietantes que nacen de distintos registros en una novela de estructura desatada. Unas veces las situaciones son humorísticas, otras directamente satíricas, alguna vez mezcla motivos del cine, la utopía científica, los héroes del expresionismo, que quizá sea la estética de fondo que proporciona la urdimbre a esta primera novela, que dice mucho de la ambición de su autora. La originalidad de su planteamiento es mayor que la eficacia de su resultado sobre todo por ciertos bandazos del final.

    Un incendio invisible es novela que publicó en 2011 y que había pasado casi desapercibida pese a conseguir en su día el Premio Málaga. Ha sido recuperada en 2017 por Anagrama, editorial en la que había publicado tanto la novela Cuatro por cuatro (2012) como Cicatriz (2015) y el volumen de cuentos La mala letra (2016). No es la primera vez que al calor del éxito editorial de una autora (y Sara Mesa ha conseguido con merecimiento un buen succès d’estime) se reeditan obras anteriores. Un incendio invisible no solo confirmaba la calidad literaria que su autora había hecho asomar en El trepanador de cerebros, sino que en cierto modo sirve para que la comprendamos mejor e incluso reconozcamos algunas de las líneas de fuerza de su mundo creativo.

    Vengo señalando la importancia que en la narrativa actual, sobre todo por parte de escritores jóvenes ha cobrado el género de la distopía. En los últimos cinco años lo han cultivado con diferente enfoque varios de ellos como Andrés Ibáñez, Lara Moreno, Isaac Rosa, Pilar Adón, Ginés Sánchez o Ricardo Menéndez Salmón. A ellos hay que sumar a Sara Mesa, pues Un incendio invisible es una imaginación distópica, que podría definirse como lo contrario de Un mundo feliz de Aldous Huxley. Imagina una ciudad denominada “Vado” que sería algo así como el derrumbe de un emporio de lujo y de ocio, que había sido rico, en un entorno plagado de grandes centros comerciales que cuando la novela comienza con la llegada a la ciudad de su protagonista, se halla en ruinas, porque todos los habitantes la han ido abandonando. El protagonista, conocido como doctor Tejada, es un geriatra que viene a hacerse cargo de la gestión médica de un lugar denominado New Life, una especie de ciudad residencial-sanatorio y asilo para viejos retirados de familias pudientes. Al igual que la ciudad y sin que la novela las explique, causas desconocidas han provocado que New Life no sea ni sombra de lo que fue. En los centros comerciales los locales están cerrados, donde hubo supermercados y grandes superficies hay ahora persianas echadas, basura y animales que deambulan. En el geriátrico la situación es no menos perentoria, pues reina el abandono.

    Lo importante literariamente es que Sara Mesa ha evitado que el doctor Tejada ejerza de superman, o remedio para esa decrepitud de la Residencia de ancianos. Al contrario, él mismo es un desecho, viene a Vado como huyendo de algún fracaso o de algún hecho desgraciado del que solo intuimos que tendría algo que ver con el nombre de Elena que el doctor dice en sus pesadillas. La novela deja al lector sin los contextos precisos para que reconstruya al modo realista los orígenes y causas de las situaciones que encontramos. Ni para el doctor, ni para la joven con kimono encargada del hotel de cinco estrellas, convertido en una ruina donde ya no sirven ni el desayuno, y con la que el doctor Tejada vive comunicación meramente sexual. La otra son las conversaciones con un estrambótico y medio loco científico denominado Rachid Benomoussa, encargado de estudios migratorios que quizá a la postre sea el único que dice verdades sobre la civilización contemporánea. La novela también tiene el acierto de imaginar encuentros del doctor Tejada con una niña y su perro callejero Tifón que la cría ha adoptado, y que sirven como contrapunto humano, cargado de significación, en contraste con la desidia urbana. Todos los personajes representan fuerzas, incluso del mal en el siniestro enfermero de New Life, o el Viejo huésped de la clínica, un intransigente fanático moralista. Esa falta de contextos lleva la obra precisamente a su mejor riqueza que reside, como en las buenas distopías, en el poderío de su representación simbólica. Sara Mesa demuestra ser una creadora muy exigente al haber fiado su novela a todo cuanto el lector precisa poner y que le ha sustraído de su conocimiento. En esa función de reconstrucción de lo necesario está su gran poder evocador. Una novela que funciona como los buenos cuentos pues contiene mucho más de lo que dice y que vuelve a confirmar que la calidad de Sara Mesa estaba antes de serle reconocida por todos.

    El reconocimiento literario de Sara Mesa dio un salto notable al lograr ser finalista del prestigioso Premio Herralde en 2012 y con ello la publicación ese año de su novela Cuatro por cuatro en la editorial Anagrama, promotora del Premio. Desde entonces es también la editorial que ha publicado tanto su novela siguiente Cicatriz (2015) el libro de cuentos La mala letra (2016) y la recuperación de la que hemos analizado antes, Un incendio invisible (2017).

    Cuatro por cuatro pertenece a un género con dilatada tradición, como es el de las novelas de internado. Todo internado funciona como un microcosmos, por su naturaleza cerrado sobre sí mismo. Pero si otras formulaciones anteriores del genero, sobre todo las de raíz autobiográfica ofrecían luces y sombras sobre tal circunstancia, Sara Mesa se ha servido de ese microcosmos para la realización de una distopía social, que por otra parte extiende a la ciudad imaginara de Cárdenas, pues de lo que esa ciudad ofrece cuando la novela sale del espacio del internado, es concurrente con un espacio cerrado lleno de violencia, y muy estratificado con barrios marginales dotados de vida autónoma. En un bosque cercano un millonario exiliado ha creado un internado que pretendía ser exclusivo, denominado Wybrany College (pronunciado en la novela siempre irónicamente como colich), que se imagina para hijos de gente pudiente, pero que cuenta en su ideario con la incorporación de unos becarios pobres. La separación de pobres /ricos, y en realidad la estratificación social en que los pudientes ejercen sobre los pobres despotismo y falsa integración, en una de las líneas de fuerza de la novela. Podría decirse que termina siendo la principal, pues pronto la trama, al principio oculta se va mostrando luego diáfana cuando muestra claramente dos grupos, el del poder y el de la sumisión, los de abajo como expresivamente dice Gabriela, la criada que hace las habitaciones a Isidro el protagonista falso profesor, que ha venido a hacer una sustitución y en cuyo diario de tres meses acabamos descubriendo le horrible mundo subterráneo de un internado en el que, el Director, un tal Sr. J. domina ayudado por Maireta, su amante, y donde se dan casos de pedofilia, y en el que han perecido por suicidio el profesor García Medrano, que antecedió a Isidro, o donde muere asesinado otro profesor que decide rebelarse, Ledesma. Todo esto lo vamos sabiendo a través del diario de Isidro, pero también de unos papeles crípticos, alegóricos, que dejo escritos García Medrano, que la novela transcribe al final y que a la luz de lo leído comprendemos finalmente y actúa de corolario reflexivo sobre la miserable condición humana.

    Cuatro por cuatro tiene una estructura en tres partes. La primera mitad, que me perece la mejor resuelta literariamente, está construida con la yuxtaposición de una serie de entradas con nombre propio, Celia, Ignacio (dos alumnos con cierto protagonismo) o bien con sustantivos que condensa una situación del tipo “Negocios”, “Verano” Dudas”. Son entradas de dos o tres páginas de extensión en que una anécdota va mostrando el mundo de silencios, de celos, de miedos, de sometimiento que algunos alumnos, los más fuertes, ejercen sobre los más débiles. Esa relación de poder de los adolescentes, nada condescendiente y donde toda vejación es posible, es contigua a la que se va dando por parte del Director con su alumno preferido, y entre algunos profesores con alumnas o alumnos. Martínez, lucido y cínico profesor con el que Isidro comunica, esta entregado a la bebida, y otros, los que se han resistido han acabado o suicidándose o asesinados, según vemos en la segunda parte de la novela. Esa segunda parte, de unas ciento veinte paginas de extensión, reproduce el diario en el que este profesor de lengua, que asimismo esconde le secreto de ser suplantador de su cuñado, va contando de modo paulatino su descubrimiento de lo que hay detrás de las apariencias cínicamente “benefactoras” de las Institución. La tercera parte reproduce los papeles dejados por García Medrano y que Gabriela da a Isidro. Toda la novela va fluyendo desde fuera hacia dentro, y quizá las partes primera y tercera logra ser más sugerente y lograda que la parte segunda, que es más explicita pero que peca quizá de demasiado obvia. Con todo, la novela está bien narrada y el interés es crecientemente sostenido.

    La última novela de Sara Mesa, publicada en 2015, tiene por título Cicatriz y tiene el diseño de una novela conectada en la relación de dos personajes, que también reproducen lo que es una constante en Sara Mesa: su interés pro las relaciones de dominio, en diferentes esferas. Comienza a abrirse la novela española al asunto de la influencia que internet ha propiciado entre las personas. Había leído ya algunos intentos, pero Cicatriz me ha parecido el mejor porque en ella la relación entre Knut y Sonia, que se conocen en un foro literario de internet, recibe un tratamiento en que la red no es únicamente un medio superficial de hacerse el moderno. Sara Mesa se sirve de él para imaginar una historia en la que afloran muchas cuestiones derivadas de ese medio (el anonimato, la invención de personalidades, la suplantación, el fingimiento, la falsedad etc.). Sin embargo va mucho más de lo epidérmico al conectar con dos asuntos de calado que la trama desarrolla muy bien. Por otro lado está el acoso de Knut, que llega a hacerse agobiante hasta llevar a Sonia a una situación límite.

    En el fondo de eso está la relación de poder que se da entre dos personas, incluso podría decirse que se da siempre en el trato amoroso, cuando una de ellas es débil, y la otra, el inquietante Knut (cuyo perfil se ha apropiado del nombre del escritor noruego Knut Hamsum) puede exhibir rara habilidad para ir envolviendo a Sonia en sus redes merced al conocimiento de sus debilidades. Por otro lado está otro asunto: los complejos de Sonia, especialmente uno que esta novela trata con bastante originalidad. Me refiero a la vanidad insatisfecha del creador, puesto que Sonia es una novelista primeriza que no está muy segura de su talento y además lleva una vida de oficinista muy por debajo de su formación y posibilidades. Knut la hace entrar en una relación intelectual, regalándole libros de alta calidad literaria (de hecho la selección que va regalándole es bastante buena). Una vez que la víctima ha caído en la red, pasa luego a regalarle objetos que van satisfaciendo otras vanidades, y una relación erótica morbosa, que no llega a satisfacerse nunca.

    Lo importante no es únicamente que Sara Mesa haya dado con un tema configurado de manera original. Lo mejor es que la novela ha sabido narrarse muy bien. Dos son los mejores atributos de su estilo narrativo. El uno está en la progresión de una tensión psicológica que narrativamente avanza desde el estadio de titubeo inicial al agobio final, pero tal oscilación se ha ido tensando y destensando. Para ello Sara Mesa ha elegido romper la linealidad con saltos hacia adelante y hacia atrás, de manera que el lector asiste a oscilaciones continuas de la trama que va acompañando a similares oscilaciones de las dudas del personaje. El otro elemento narrativo del que se ha servido es propio de los buenos relatos de relación erótica. Kunt y Sonia fantasean más que realizan, el sexo no es explicito, sino que está siendo sugerido por Knut, en pequeños pasos cada vez más atrevidos. Lo bien narrada que esta esa secuenciación me ha parecido uno de los logros de esta novela. De tal forma, con dos personajes y unas situaciones bien elegidas se va pautando la historia de una dominación, pero que al final no tiene únicamente a Knut como responsable, sino que camina hacia un desenlace en el que Sonia dará la medida de su dependencia.

    Otro elemento de eficacia narrativa ha sido puesto de relieve por Carmen Pujante en un artículo dedicado a Cicatriz. Se refiere a que ha evitado que los juicios de valor provengan del narrador, sino que emergen de los propios personajes sobre ellos mimos o los otros, lo que Pujante entiende muy pertinente para el relieve del modo de ser de una sociedad rizomática como la actual.

Algunas escenas secundarias, por último, como la de la cena de los miembros del foro de internet en la ciudad en la que vive Knut muestra a una escritora muy cuidadosa en los detalles, pero sobre todo que sabe contar. Esta novela revela la consolidación de una escritora joven que va a ofrecernos sin duda mucho, a juzgar por las habilidades desplegadas aquí.”

canvi lectures temporada

 


  Per motius organitzatius, la Biblioteca Central de Cerdanyola del Vallès ha canviat l'ordre de les lectures dels mesos d'bril i maig.

    A l'abril debatrem sobre "La trena", de la Laetitia Colombani, en lloc de la prevista "Emocionarte. La doble vida de los cuadros", de Carlos del Amor, que analitzarem al mes de maig.

01/02/2025

vozdevieja, fragment i 3

 

"—¿Quieres que juguemos a pelearnos sin hacer ruido?

    Me da igual que su familia esté repleta de fachas y que los viernes coman queso y pescado. Lo sabía, sabía que esta era la clase de niña que yo estaba buscando. Forcejeamos en el suelo a cámara lenta tratando de resultar silenciosas mientras oímos la freidora. A veces nos clavamos los codos y es difícil aguantar los quejidos. Está claro que me puede y que prefiere dar a recibir, pero a mí me viene muy bien el ejercicio de todas formas. Durante la cena no le quito ojo al mueble de la tele pensando que el porno está dentro, camuflado al fondo. Estamos todavía en la mesa cuando suena el telefonillo. Es Domingo, que viene pidiendo disculpas por las molestias, por presentarse otra vez a esta hora, alegando que acaban de volver y que mi madre quiere pasar la noche conmigo, que son palabras mayores y todo eso. Trae el tartamudeo al máximo y no se le entiende nada, así que agarro la mochila, traduzco sus palabras a un resumen básico y atravesamos el portal a toda prisa. Sigue oliendo bien, pero se me antoja mucho más siniestro, y sospecho que si vuelvo en sueños el lugar va a ofrecerme este aspecto y no el de hace un rato. El camino es muy corto, pero a él le da tiempo de atosigarme con la típica verborrea. Parece que me está explicando cosas, pero no hace más que marear la perdiz sin llegar a decir nada concreto. Cuando entramos en la casa, todavía llena de cajas sin abrir, voy directa a su habitación. Está tumbada, descansando. Yo me siento valiente, dispuesta a abordar todos los temas que normalmente me dejo palpitando en la barriga.

—¡Mamá! ¿Qué te ha pasado?
—No te asustes, hija, esto es lo de siempre, no significa nada, un día es una tecla, otro día es otra, ¿te acuerdas de que esta mañana amanecí hecha una mierda? 
—¿Pero qué ha sido? ¡Ayer estabas bien! ¡Estabas bailando!
—Que me ha dado un jamacuco, pero me han inyectado unas cosas y ya estoy mejor. En dos días bailamos otra vez.
—¡Deberías dejar de fumar!
—Mira, niña, no te vayas a poner a darme el coñazo ahora que he echado un día muy malo. Vente aquí conmigo, coño, acuéstate y cuéntame cómo te ha ido en esa casa.

    Me meto en la cama y dejo que me apriete como a una mascota, como a un peluche.

—¿Qué te cuento?
—¿Cómo es esa niña?
—Se llama Prado y me gusta mucho, ¡me gusta muchísimo!
—¿Ah, sí? No me digas, qué alegría.
—Sí, sí.
—¿Cómo es?
—Es muy graciosa y muy guapa. Tiene pecas, el cuarto hecho un desastre y en su casa he visto que había muchos discos.
—Anda, qué bien. ¿Qué te han puesto de cenar?
—Merluza con patatas.
—Tendré que darles las gracias. ¿Y cómo era la casa?
—Su balcón da a la piscina y los padres son del PP.
—Vaya, hombre.
—Pero son del Betis.
—Pues nada, si te gusta esa niña arreglado, siendo del Betis no estarán tan mal.
—Sí, mamá, no te preocupes, me lo he pasado bien y no estaba asustada. Si te vuelves a poner mala me podéis dejar allí. Pero oye.
—Dime, hija.
—Todavía no te mueres, ¿no?
—Ya estamos.
—¡Tendré que preguntar!
—Sí, claro, no pasa nada, yo te lo cuento.
—Venga.
—Mira, he estado muchísimo más mala, hace unos meses estaba para que me dieran por culo, ¿pero ahora? No, señora, no me voy a morir de ninguna de estas, aunque tenga que pasar la noche entera en el hospital, ya verás.
—¿Seguro?
—Te lo prometo.
—Vale, pues prométeme otra cosa.
—A ver.
—Quiero que me prometas que si estás para morirte le vas a decir a Domingo que venga a buscarme en taxi para poder ir a verte.
—Hija, por Dios, no me digas eso.
—¡Pero entiéndeme, que cuando estás mala te pones digna y no quieres que te vea! Tengo que vivir pensando que en cualquier momento te vas mala y no te veo más.
—Tienes razón, lo entiendo.
—¿Me lo prometes?
—Sí.
—Y otra cosa.
—Ofú.
—Que no, que esto es fácil.
—Bueno.
—Quiero que me consigas una cinta de Diana Ross y un bote de tu colonia para yo tenerlo.
—¿Y eso?
—Por si te mueres que no me coja desprevenida sin nada a lo que agarrarme, que no me fio.
—Ah. Como un kit de supervivencia.
—Sí.
—Esas son las cosas que quieres tener si me muero. Una cinta con canciones de Diana Ross y un bote de mi colonia.
—Sí.

    Mi madre se echa a llorar y me aprieta.

—¡Pero no llores, que es solo por si acaso!
—Vale, pues por si acaso, tú tranquila que yo te lo consigo.

    Domingo entra encorvado en la habitación pasándose una mano por la frente y se echa al otro lado, exhausto. Él la abraza a ella y ella a mí. No tardan en dormirse, pero yo estoy histérica con los dos ronquidos retumbando a las espaldas. Todo ha salido bien, hemos aguantado el tirón una vez más y me he atrevido a decir lo que necesitaba decir sin morirme de vergüenza. Me levanto con sigilo y vuelvo a mi habitación. Solo ahora me concedo el lujo de susurrar la melodía de la banda sonora de En busca del valle encantado. Como un cachorro de dinosaurio que presencia un desastre inminente, derramo unas pocas lágrimas mirando al suelo y luego a la ventana y pienso en el plano del coño desde dentro que me enseñó Prado por la tarde, la mayor esperanza de mis días. Nada está perdido aún, absolutamente nada.

    Me sueno los mocos y me siento erguida en la cama dispuesta a recuperar fuerzas para continuar el camino. Mi prioridad ahora es entregarme a Mónica, que lleva esperándome un día entero y es la única capaz de aliviar semejante alteración. Respiro hondo y voy a buscar la revista, que sigue encima de la cama-mueble. Mónica es la heroína de Rubber Flesh, pero también es la mejor amiga de Beatriz. Mientras ellos siguen roncando profundamente en la habitación de al lado, coloco las páginas en la ventana y las calco a las dos, a Mónica y a Bea, invocando a futuras amigas que espero no me juzguen si
salgo de la crisálida hecha un amasijo de mierda con la psicomotricidad mermada. Deslizo el lápiz suavemente para no dejar marcado el trazo. Repaso la línea con rotuladores. Aquí están, de mi propio puño. Estampo un beso invisible en el folio. Hago una pelota con él y lo tiro por la ventana. Un saludo anónimo para los caminantes nocturnos con los que comparto este sendero incierto y florido. Los que follan, los que se pinchan, incluso los que se meten conmigo."

Vozde vieja
Elisa Victoria
Blackie Books, 2018
pàg.: 241-245


cuines literàries

 

EL COCIDO SEVILLANO


    "El cocido es una elaboración con una historia apasionante. Más que de una receta, se trata de una forma culinaria cuya fórmula es sencilla: ingredientes que se tenían a mano, generalmente garbanzos, verduras y carne, y que se echaban a la olla o puchero para que cociesen lentamente, sin prisa se cocinaba un plato nutritivo y saciante que además aguantaba durante toda la semana; y es que como apuntaba Alejandro Dumas: "En España no hay más que un plato para todo el mundo: el puchero". Los matices se los da el poder adquisitivo (cuanto mayor era, más ingredientes tenía el cocido y, sobre todo, más carne) y las prohibiciones alimenticias motivadas por la religión. Porque debemos tener en cuenta que en la España medieval convivían cristianos, musulmanes y judíos, y cada uno de ellos hizo su particular cocido.

    La olla podrida, cuya etimología viene de "poderida", significa poderosa por la cantidad de ingredientes que hacían falta para elaborarla. Se trata de un guiso majestuoso y emblemático del siglo XVI del que Néstor Luján escribe: "Desde tiempos muy antiguos se hicieron en todas las regiones españolas cocidos pobres; sin embargo, el plato célebre durante siglos fue la olla podrida". En el plato nunca faltaba carne de gallina y vaca, liebre, tocino, longaniza, conejo, ajos, garbanzos, cebollas y otras verduras del huerto. Más tarde, en el siglo XVII, se incorporará la patata.

    El escritor y filólogo Juan Eslava Galán en su libro 'Una Historia de Toma Pan y Moja' sostiene la teoría de que "seguramente surgiera del afortunado maridaje de dos ancestros […] el puchero medieval, la sustanciosa sopa, una mezcolanza de legumbres, hortalizas y carnes (cuando las había) que se mantenía todo el día en ebullición lenta; y la adafina judía, convenientemente cristianizada mediante la adición de productos de cerdo".

    Por su parte, los hispanomusulmanes también dieron forma a su particular cocido ya que eran grandes consumidores de legumbres como garbanzos y lentejas y, en menor medida, habas y altramuces. Así lo demuestran recetas como el cuscús o la sopa harira del Ramadán.

El cocido sevillano

    El cocido sevillano, que no es exactamente como otros cocidos andaluces, porque la carne se presenta de una forma muy original, es en esencia un puchero con carne de vaca, tocino, hueso, costilla, col, patatas y garbanzos, claro, chorizo, morcilla y un poco de jamón. Pero finalizada la cocción, la carne se fríe en rodajas y es rebozada en harina y huevo antes de servirla con el resto de los ingredientes del puchero.

    Hoy, a veces, fríen la carne por un lado y los huevos revueltos por otro. Con las sobras de carnes y embutidos se hace un refrito en aceite y manteca que conocemos como la pringá. Es una maravilla que nada tiene que ver con la ropa vieja, que también es muy rica, pero ni color con la pringá. Metida en un panecillo hace las delicias de los hispalenses y de sus muchos visitantes. Para servir la pringá se puede pensar, además de en el panecillo, en el cantero de una hogaza o una libreta, una especie de barca a la que se practica un hoyo retirando la miga, para rellenar con este refrito meloso y suave.

RECETA para 6 personas

Ingredientes

¾ kilo de garbanzos
4 muslos de pollo
1 trozo de tocino fresco
200 gramos de costilla de cerdo
200 gramos de jarrete de ternera
1 chorizo curado
1 morcilla curada
1 cebolla blanca pequeña
2 patatas medianas
1 zanahoria grande
2 dientes de ajo
3 cucharadas de manteca
Pimentón rojo
Aceite, agua y sal

Elaboración:

    Antes de empezar, es necesario haber remojado los garbanzos durante la noche anterior a la preparación. Una vez retirado el agua de los garbanzos, procedemos a pelar la cebolla, en cubitos pequeños, y los dientes de ajo, picados en láminas muy delgadas. También pelaremos las patatas y las picaremos en trozos medianos (si quieres favorecer la distribución del almidón en el cocido, para espesarlo, no las separes totalmente con el cuchillo, sino que termina de romperlas con la mano, para “cascarlas”). En el caso de la zanahoria, la pelaremos y la picaremos en rodajas. En el del pimentón, habrá que lavarlo y secarlo, antes de quitarle la cabeza y las semillas, para luego picarlo en juliana (sin las partes blancas que tiene por dentro).

    Luego, lavamos las carnes y retiramos el exceso de grasa, si lo tuvieran.

    A continuación, calentar un chorrito de aceite en una sartén, a fuego medio-bajo. Cuando esté caliente, cocinaremos en él la cebolla y el ajo picados, durante 5 minutos, removiendo con frecuencia y vigilando que no se vayan a dorar ni tostar. Lo ideal sería más bien que la cebolla comenzara a volverse transparente. Después, añadimos la zanahoria picada en ruedas y una cucharada de pimentón. Dejaremos que se cocinen durante 3 minutos más y apagaremos.

    Colocar una olla grande sobre el fuego con manteca al fondo. Mientras se calienta, añadiremos los garbanzos enjuagados y escurridos y rehogaremos durante 10 minutos, removiendo con frecuencia. Luego, salaremos ligeramente los garbanzos y los mezclaremos, antes de colocar las carnes en la olla, y cubrir con los vegetales salteados y los trozos de papas. En ese momento añadimos agua a la olla, hasta cubrir todos los ingredientes.

    Con el fuego a media intensidad, taparemos la olla. Esperaremos a que el contenido de la olla empiece a hervir y a partir de entonces, dejaremos que se cocine durante 50 minutos.
Durante la cocción iremos retirando la espuma que se cree en la superficie, más o menos cada 15 minutos. Cuando se termine el tiempo de cocción indicado, probaremos el cocido y si hace falta, corregiremos la sazón con un poco más de sal.

    También probaremos los garbanzos para ver si ya están tiernos. Si todavía no estás satisfecho con su consistencia, deja que la olla se cocine durante algunos minutos más y vuelve a probarlos cuando regreses, hasta que estés convencido. Entonces, apaga el fuego y listo para servir.

    Para los amantes de la «pringá», este es el momento de reservar los trozos de carne y embutidos que mezclaremos con el tocino para deleitarnos «pringando» un buen trozo de pan.




31/01/2025

vozdevieja, fragment 2

 

    "Al llegar a casa el domingo me meten en la bañera a la fuerza. Los cambios de estado no son lo mío. Los pudores que aprendí al nacer me torturan, y no me refiero solo a que me muera de vergüenza de pensar en enseñarle a alguien el chocho de verdad. Hay otros aspectos que me inquietan más. La forma en que nos expresamos está jodida de alguna forma, la mía y la de muchos niños, por lo que he observado. Es extraño sentir que no puedo pronunciar la palabra chocho delante de nadie. Cuando el otro día dije coño en alto por error casi me da un infarto. La susurro a veces o la saco a través de las muñecas, pero me gustaría tener libertad para decir lo que quiera. ¿Qué daño pueden hacer las palabras? ¿Se empieza por las palabrotas y se acaba debajo de un puente? A mi alrededor fluye tanto terror a que me eche a perder que apenas puedo dar un paso sin cagarme de miedo. Pero lo peor no sé si tiene que ver con el exterior. Hasta hace poco la palabra madre me resultaba obscena. Me incomodaba escucharla. Aceptaba mamá, pero madre me parecía totalmente fuera de lugar, algo demasiado grande y sucio, impronunciable. Ha dejado de ocurrir, pero me acuerdo bien. En aquel tiempo mi madre y yo nos bañábamos juntas. Hace mucho y ya no cuenta. Se fue haciendo cada vez más dura y exigente. No fue por Domingo y tampoco creo que fuera por pudor. Desde que se cortó el pelo su expresión se hizo otra, como si de repente se hubiera hecho mayor y se le hubieran venido todos los problemas juntos encima. Trata de que yo no los vea. Cuando vamos por la calle y alguien la saluda se pone en guardia. Esa gente me mira a veces con sorpresa. El caso es que no quiero salir de la bañera. Quiero añadir más agua caliente y quedarme a vivir entre la espuma, lavando ponis de plástico, merendando con los dedos arrugados. Así que la misma pataleta que monté para entrar, la monto luego para salir. Ahora estoy en la cocina con el pelo mojado y los brazos cruzados. El reloj de la pared lleva parado desde el otoño pasado, pero diría que son las ocho de la tarde. Mi madre quiere que pruebe una fresa.

—¡Que no!
—Pruébala, coño, mira lo bonita que es.
—Que no, que me da igual.
—Pero si es que te va a gustar.
—No quiero ni pensarlo.
—Mira, este trocito rojo, mira qué chico es.

    La verdad es que tiene buena pinta. Lo cojo. Lo huelo. Está fresco. Ya no me da tanto asco. Es bastante pequeño. Le doy un mordisco diminuto. Está bueno. Me da vergüenza cambiar así de opinión, pero la alegría de descubrir un placer nuevo es mayor.

—¡Están buenas!
—¿Has visto?
—Sí, dame más.

    Nos comemos las que quedan entre las dos. Si cambio todo el tiempo, ¿cómo voy a saber quién soy? Pronto me siento cansada, hecha un lío. Todavía no ha caído la noche cuando me como una tortilla francesa en el sofá y me voy a la cama aguantando las ganas de llorar."

Vozde vieja
Elisa Victoria
Blackie Books, 2018
pàg.: 78-80

30/01/2025

vozdevieja, fragment 1

 

    "El vestido de gitana de mi madre acecha oscuro encima del armario. Es verde con grandes lunares negros. Cuando se lo pone es la mujer más guapa que ha pisado el planeta, pero lleva muchos meses ahí tirado y estoy harta de verlo desde la cama. De día no me inquieta demasiado, pero al quitarme las gafas para dormir los volantes borrosos se convierten en una enorme serpiente enroscada y cada noche me tapo la cabeza con la manta para que no me vea. Sería más fácil confesar que me da miedo, pedir que lo guarden en otro sitio, que sería también mejor para el vestido, tratar de imponer algo de razón al espejismo, pero esas ideas ni me las planteo. Las cosas son como son. Ya da igual de todas formas, en cuanto apagola luz sigo viendo la serpiente por mucho que cierre los ojos.

    Hay ruido en el salón. Mi madre duerme allí porque vivimos en casa de la abuela y no hay cuartos suficientes. Antes hemos pasado por otros sitios, pero apenas me acuerdo. Yo tengo mi propia habitación. Eso me hace sentir muy culpable. Un lujo desagradable. Aunque la pared esté forrada de un papel rosa con nubes blancas, es demasiado tenebrosa y no hago más que empeorarlo cubriendo la ventana de pegatinas. No puedo evitarlo, colocarlas ahí me da sensación de riqueza.

    Tengo miedo, ganas de quejarme, de llorar un poco, más que de saber lo que ocurre. Pero me aguanto y espero. Mi madre entra a oscuras, me coge en brazos y me saca de la cama. Ocupo poco más que un bebé y la altura de su pecho resulta vertiginosa. Me lleva al salón como una ofrenda valiosa. Me cuesta despegar los ojos. Las luces duelen. No sé qué va a pasar y sigo sin gafas. Ella está nerviosa, perdida en una mezcla de cansancio y precipitación. Se nota que no es más que otra niña asustada en medio de un lío del demonio. En el sillón hay algunas cajas de juguetes sin envolver. Mi abuela está junto a la puerta de la casa. Intuyo que lleva puesta la bata azul y que tiene la cara muy seria. Abre la puerta y entran tres hombres con ropas brillantes armando jaleo. Dicen que son los Reyes Magos. Mi madre ni está contenta ni me pide que lo esté ni me suelta. Su pecho palpita como el de un toro. No piso el suelo. Baltasar acerca mucho la cara y habla sobre una cabalgata cargada de regalos que está por venir en mi honor, con tantos camellos que colapsarán la calle. Por qué no hoy, Baltasar, si hoy es el día. Me dan asco sus churretes negros derritiéndose y no quiero que me pringue. Preferiría ir a ver los juguetes de cerca y abrirlos ya, pero todavía no puede ser. Hay que esperar a que amanezca.

    En menos de cinco minutos vuelvo a la cama como si nada, desorientada y confundida, imaginando esa poco probable procesión de interminables presentes. No recibo ninguna explicación. Los ronquidos de mi abuela no tardan en marcar la tranquilidad del hogar como un sereno insistente. Todavía no he cumplido cuatro años, pero se me dan bien las cuentas. Esos no podían ser los Reyes Magos. Olían fuerte y raro. Ácido, ahumado. Han llegado con trajes deslumbrantes, pero mal puestos. Venían con las manos vacías. Los regalos estaban ya sobre un sillón cuando ellos entraron, y les abrieron la puerta a destiempo. Está bastante claro que no es el tipo de majestad en el que me han enseñado a creer. Además, aquí venía liderando Baltasar, era el protagonista, el que daba más miedo, y todos los que me conocen saben de sobra que mi rey es Melchor.

    No sé quiénes serían esos tres, pero lo único que han conseguido es quitarme el sueño y chafarme la sorpresa de mañana. Los verdaderos Reyes no mantienen conmigo la conexión mental que esperaba y no han traído lo que pedí. Yo quería un peluche grande de Snoopy vestido de piloto y una Chabel Lluvia, la del anuncio de ambiente nocturno basado en aquella película con bailes que vi a trozos. Me encantan las películas viejas con música y coreografías en grandes escenarios, donde todo está limpio y pulido, donde los colores parecen pintados y los rizos nunca se vienen abajo. También me gustan las de romanos. Ojalá pudiera ser mayor y escapar a tanto desconcierto. Elegiría una vida en blanco y negro con tacones de los que no hacen daño. Colocaría un árbol de Navidad que llegara hasta el techo y ahogaría a mis amigos en regalos. Todo sería más fácil si no fuera tan repipi. Intento ocultarlo, pero se me ve el plumero. Los anuncios de colonia, los bailes de la tele, las casas de muñecas, Xuxa. Adoro las cursiladas. La serpiente mansa y gruesa sigue encima del armario, pero ahora tengo otras cosas en la cabeza."

Vozde vieja
Elisa Victoria
Blackie Books, 2018
pàg.: 3-5



29/01/2025

vozdevieja, i 3

 



Niña de periferia

    Elisa Victoria navega sin traumas entre lo perverso y lo inocente en Vozdevieja, que narra la infancia de miedos y anhelos de quien vivió en un barrio humilde de Sevilla la época burbujeante del 92

por Elvira Lindo
El País
4/3/2019

    "Hay libros que emanan un aroma, y es extraordinario que esto suceda desde las primeras líneas: “El vestido de gitana de mi madre acecha oscuro encima del armario”. En este Vozdevieja, de Elisa Victoria, ocurre el milagro. Desde la primera página se anticipa un universo que nos seduce. Es parecido a un amor a primera vista y no hay por qué desconfiar de esa rendición, sino entregarse de la manera más inocente posible. El aroma de esta historia es el de los veranos sofocantes de Sevilla, una mezcla de la flor de azahar que brota hasta en la esquina más hostil y de los olores domésticos propios de barrios de la periferia en donde el sol cae ardiente sobre las calles peladas y desiertas a la hora de la siesta. Estamos en el verano del 92, en ese año en el que solo los aguafiestas se rebelaban ante la abrumadora celebración del despilfarro, del triunfalismo, del lavado de cara de las ciudades que no modificó los barrios populares. A la Expo llegaban turistas de toda España, pero también de la propia Sevilla, de esa periferia física y sentimental que es el territorio en el que se mueven los personajes de este libro.

    Mientras una ciudad se adorna con edificios de arquitectos estrella, la otra combate el calor en pisitos con paredes de papel. En uno de ellos pasan el verano la niña Marina, Vozdevieja, como así la llaman en el colegio, y su abuela, sumidas en un espacio de libertad mucho mayor que el que les permiten los escasos metros cuadrados del piso. Hablan de romances, de maridos y amantes, o del ídolo (más sexual que ideológico) de la abuela, el entonces presidente González, de todos esos asuntos que no se consideran apropiados para los niños. Marina disfruta de ese diminuto universo de costumbres relajadas y tiempo sin horario en el que habita con su abuela, y al mismo tiempo acusa la ausencia de su madre, que prefiere mantener a la niña alejada mientras trata de vencer una grave enfermedad. Siente la cría ese bienestar que proporciona la compañía de las abuelas que nos preparan filetes empanados, pero a su vez sufre con el habitual sentimiento de exclusión de las niñas que pasan demasiado tiempo con adultos. Es consciente de una rareza que la mantiene a menudo alejada de los chiquillos de la calle. Como consuelo o vía de escape, se entrega con pasión a los cómics para adultos, a las muñecas y a unos indefinidos deseos sexuales que, como contraste a esta época en que todo lo relacionado con criaturas y sexo ha de permanecer silenciado, nos ofrecen algunas de las escenas más cómicas de la novela.

    Ha encontrado la escritora una manera sutil de narrar esta infancia que, aun pareciéndose a la suya, es pura recreación: cuando se trata de dialogar, hace uso de una gracia inusual para reproducir el habla del pueblo llano en el que se crio, volviéndose orgullosamente costumbrista; pero si se trata de penetrar en el pensamiento de la niña, utiliza sin reparos un lenguaje poético, sofisticado, filosófico por momentos, que parte de la creencia de que el mundo interior de los niños es más complejo de lo que su manejo aún precario de la lengua les permite expresar. El resultado de estos dos planos del lenguaje nos permite convivir con la niña tanto en aquello que es visible para los demás como en el territorio íntimo de sus miedos y anhelos incumplidos, en la ansiedad que le provoca la sospecha fundada de ser peculiar. ¿Todas las niñas lo son? Sin duda alguna, pero más aquellas que ven sus constantes deseos de gregarismo frustrados por una vida inestable y por la recepción constante de enseñanzas contradictorias: las de una madre áspera y lejana, a la que idealiza, y las de una abuela sin normas, con la que disfruta una transitoria anarquía.

    Querer comportarse como las otras niñas y no lograrlo; desear ser tan salvaje como los niños que se ríen de ella, soñar con gustar a esos chavales que la desprecian por llevar un vestidito cursi confeccionado por la abuela. Solo la niña conoce la existencia del animalillo que lleva dentro, el que alimenta en su mente pensamientos tortuosos, oscuros, prohibidos, que nadie imagina. De esa conciencia de las rarezas que la distinguen nace esta novela que transita sin traumas entre lo perverso y lo inocente, componiendo ese tipo de hondo retrato de la infancia que solo puede ser escrito por quien no la ha abandonado del todo y recuerda con propiedad la complejidad de ser niña.

    Miraflores, Rochelambert, Sevilla Este, nombres de lujo para los barrios humildes en los que Marina y su autora, Elisa Victoria, vivieron su infancia para contarla, en aquella época burbujeante del 92, aunque el libro transcienda el momento concreto y cuente cualquier infancia de quien vivió en la periferia de la historia, de donde suele nacer, por cierto, la gran literatura."