3 de set. 2021

fragment, 3

 



“Todas aquellas corrientes que hasta entonces habían sido subterráneas, emergieron a la superficie. Anticomunismo fanático, odio por la socialdemocracia, antiguos nazis desilusionados, generales que habían sido privados de la guerra, nuevos ricos que veían en su riqueza la prueba de su superioridad.

La globalización, que en esencia significaba que el capital internacional podía hacer lo que quisiera y donde quisiera, se convirtió en una nueva teoría cósmica con muchos y muy hábiles defensores.

Suecia no consiguió quedarse fuera de esa nueva guerra mundial, que en esta ocasión era económica.

Día a día la sociedad cambiaba. Yo solía conversar con los jóvenes, muchachos y muchachas. La mayoría se exasperaba con el materialismo, la buena vida y el tedio de la sociedad. Estaban en busca de una ideología, de una salida, pero no la encontraban. La tradicional izquierda no les atraía. Los ecologistas los habían desilusionado. La socialdemocracia era para la gente de edad mediana y los jubilados. Ya no quedaban sino diversos matices de la derecha, desde los Blancos en Finlandia hasta los fanáticos del Estado Islámico.

Cada semana, jóvenes —muchachos y muchachas— se marchaban como voluntarios a Siria, la mayoría reclutados por ISIS, y algunos para apoyar al pueblo en desgracia. Mi generación se había ido de Grecia porque nuestro país no nos quería. Ellos se iban del suyo porque ya no lo querían. Todo se vendía, pero no a todos.

No era así, pero ellos así lo sentían.

¿Qué era aquello que decía Sartre? O mueres por algo o mueres por nada. Esos muchachos, los voluntarios de Suecia, preferían morir por algo. Quizá sea honorable morir por tus principios, pero es menos honorable matar por ellos.

Hace mucho tiempo escribí que el hombre necesita un sentido en la vida, no tanto para vivir, como para morir.

La vida termina y al mismo tiempo sigue. No en el cielo o en las islas de los Bienaventurados, sino en las consecuencias de nuestras acciones.

En eso pensaba durante mis largas caminatas a la espera de que cayera la noche, que siempre era un momento dulce. Gunilla y yo cenábamos hablando de nuestros hijos y de nuestros nietos y de si habría o no algo que ver en la televisión. Por lo general no había. Los únicos programas que tenían cierto interés eran los de algún que otro director francés. En Francia todavía se hacían películas para gente adulta, mientras que todos los demás se habían hundido en el pantano de la diversión fácil. Para no errar el tiro, siempre se incluía algún crimen.

No había nada que ver. Así, Gunilla se atrincheraba detrás de su ordenador y yo salía al balcón a fumar mi pipa. Tendría que dejar de fumar, bastante había martirizado ya a mis pulmones. Pero no podía dejarla definitivamente. Mi pipa y yo habíamos estado juntos durante cincuenta y cinco años. Ahora lo que intentaba era simplemente que de esposa pasara a ser amante. Varias veces al día la sustituía por chicles y cosas así, pero cuando llegaba la noche y después de la cena, me era absolutamente indispensable.

Salía al balcón y me declamaba a mí mismo los versos de Horacio: «No sabes cuántos inviernos te tiene reservados aún Zeus. Puede que este sea el último». Por supuesto que yo no oía las olas del mar Tirreno, como en el poema de Horacio, pero veía las luces de las casas alrededor, las hojas trémulas de los tilos, el ciprés que, sin conseguirlo, intentaba superarlos en altura, y me decía a mí mismo: « ¿Y qué si mueres esta noche? Hace ya decenas de años que ves esas luces y esos árboles, aun muerto los recordarás. Nuestra vida no es un sueño, sino una sombra fugaz entre el tiempo y la luz. La muerte no te privará de nada, has probado ya todos los placeres. Has visto a tu mujer parir a tus hijos. A tu hijo convertirse en un hombre y a tu hija en una mujer. Has visto al cerezo de tu jardín crecer, a las olas del mar pulir los cantos, a las serpientes enredarse una al lado de la otra. ¿Qué más puede ofrecerte ya este mundo? Bebe tu vino, date la bendición y cierra los ojos. Y si mueres esta noche, nada cambiará ni nada perderás».

Así me hablaba a mí mismo. Y me tranquilizaba. Todas las noches, en el balcón, me reconciliaba con la muerte, pero a la mañana siguiente lo había olvidado. La única verdad incontrovertible —que soy mortal— estaba fuera de mi alcance. La veía, la entendía, pero la olvidaba y por la mañana comenzaba de nuevo la lucha por el pan y por el nombre como si no hubiera pasado nada. « ¿Qué piensas?», me preguntaba Gunilla. «Que moriré», le contestaba con la mayor sencillez de la que era capaz, sin entender verdaderamente lo que le estaba diciendo. La muerte siempre está presente y siempre es incomprensible.

También a ella la perdería. No volvería a ver su pie asomando por debajo de las mantas como la pezuña del diablo. Duerme así. Con un pie por fuera de las mantas.”



Otra vida por vivir
Theodor Kallifatides
traductora: Selma Ancira
Galaxia Gutenberg, 2019
Páginas: 64-68

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