3 de des. 2022

las hermanas grimes, final

 

    “Una tarde volvía de un largo paseo por Greenwich Village que se había obligado a dar —una visita que bullía con recuerdos de muertos— cuando se detuvo en la vereda y sintió que le latía el corazón ante una idea que se le acababa de ocurrir. Se apresuró a su casa, y una vez sola detrás de la puerta cerrada con llave sacó una caja de cartón, pesada y polvorienta, del lugar en que estaba guardada y la arrastró hasta el centro de la habitación. Era una caja de cartas viejas —nunca había podido tirar las cartas, y buscó entre los sobres, desordenados cronológicamente, hasta que encontró una de las dos cartas que buscaba:

El señor Martin S. Gregory y señora
tienen el agrado de anunciar el enlace de su hija
Carol Elizabeth
con el reverendo Peter J. Wilson
el viernes 11 de octubre de 1969
en la iglesia de San Juan,
Edwardstown, New Hampshire.

    Recordó que se había ofendido un poco porque no la invitaron a la boda, pero Howard le había dicho: «No seas tonta, ya nadie hace bodas con pompa». Les había mandado una pieza de plata, que le costó mucho dinero, y había recibido una nota de agradecimiento de la esposa de Peter, que tenía una letra de quien ha ido a un colegio privado.

    Le llevó mucho tiempo encontrar la segunda carta, que era mucho más reciente.

El reverendo Peter J. Wilson y señora
anuncian el nacimiento de su hija
Sarah Jane de tres kilos trescientos gramos,
7 de diciembre de 1970.

    «Mira, Howard —había dicho ella—. Le pusieron el nombre de Sarah. ¿No te parece bonito?».

    «Mmm —había dicho él—. Muy bonito».

    Pero ahora que tenía las dos notas, no estaba segura de lo que quería hacer. Para esconder la incertidumbre pasó mucho tiempo levantando las cartas y volviéndolas a guardar en la caja, hasta que, una vez llena, la puso en el lugar de donde la había sacado. Luego se lavó las manos, llenas de polvo, y se sentó con una lata de cerveza bien fría, tratando de pensar.

    Pasaron cuatro o cinco días antes de decidirse a llamar directamente al reverendo Peter J. Wilson, en Edwardstown, New Hampshire.

—¡Tía Emmy! —exclamó Peter—. ¡Me alegra oírte! ¿Cómo estás?

—Estoy… bien, gracias. Y vosotros, ¿cómo estáis? ¿Cómo está la niñita?

    Siguieron hablando en ese tenor, de nada en particular, hasta que él dijo:

    —¿Sigues en la agencia de publicidad?

    —No… en realidad, hace mucho que la dejé. No tengo empleo, en realidad —se dio cuenta de que había dicho «en realidad» dos veces, y se mordió el labio—. Vivo sola, y tengo mucho tiempo libre, y es por eso que… —intentó reírse— que te llamé después de tanto.

    —Bueno, magnífico —dijo él, y por la forma en que dijo «magnífico» estaba claro que había entendido lo que quería decir «vivir sola»—. Magnífico. ¿Nunca vienes por aquí?

    —¿Cómo?

    —Si nunca viajas por esta zona, ¿por Nueva Inglaterra?, ¿por New Hampshire? Porque nos encantaría verte. Carol siempre tuvo ganas de conocerte. ¿Por qué no vienes algún fin de semana? Escucha, tengo una idea: ¿por qué no vienes este fin de semana?

    —Oh, Peter… —el corazón le latía con fuerza—, parece como si me hubiera invitado yo misma.

    —No, no —insistió él—. No seas tonta, no parece nada.

    Tenemos muchísimo espacio, estarás muy cómoda, y no tienes por qué venir nada más que para un fin de semana, puedes quedarte todo lo que quieras…

    Lo arreglaron. Viajaría a Edwardstown en autobús el viernes. Era un viaje de seis horas, con una hora de parada en Boston, y Peter iría a esperarla a la estación.

    Durante los días siguientes anduvo con un nuevo sentimiento de seguridad, como si fuera alguien importante, alguien a quien se debía consideración, alguien a quien se podía amar. La ropa representaba un problema: tenía tan poca que sirviera para Nueva Inglaterra en primavera que contempló la idea de comprar ropa nueva, lo que era una tontería. No tenía dinero para eso. La víspera del viaje se quedó levantada hasta tarde para lavar toda su ropa interior y sus medias en la luz amarilla del baño (el propietario economizaba poniendo lámparas de veinticinco vatios en el baño), y después no pudo dormirse. Todavía estaba cansada por la falta de sueño cuando llegó con su pequeña maleta al ruidoso laberinto de la terminal de autobuses el viernes por la mañana temprano.

    Pensó en dormir en el autobús, pero durante un largo rato todo lo que pudo hacer fue fumar cigarrillo tras cigarrillo y mirar el paisaje por la ventanilla de vidrio azulado. Era un día radiante de abril. Un espasmo de sueño la tomó de sorpresa por la tarde; se despertó con un calambre en el brazo, el vestido todo arrugado y como si le hubieran tirado un puñado de arena en los ojos. Faltaban unos minutos para llegar a Edwardstown.

    El saludo de Peter fue efusivo. Cogió su maleta como si le doliera que ella llevara tal carga, y la condujo a su coche. Era un placer caminar a su lado: se movía de una manera atlética, y la llevaba del codo. Tenía puesto un cuello clerical —ella pensó que debía de pertenecer a la Iglesia episcopal alta, si lo usaba continuamente— con un elegante traje gris claro.

    —El campo es hermoso aquí —dijo mientras conducía el coche—. Y has elegido un día espléndido para llegar.

    —Mmm. Es encantador. Fue un… detalle de tu parte invitarme a venir.

    —Es un detalle que pudieras venir.

    —¿Queda lejos tu casa?
    
    —A unos pocos kilómetros —después de un rato dijo—: ¿Sabes una cosa, tía Emmy? He pensado mucho en ti desde que se empezó a oír hablar de la liberación femenina. Siempre me pareciste una mujer liberada.

    —¿Liberada de qué?

    —Bueno, ya sabes… de los viejos y anticuados conceptos sociológicos de cuál tendría que ser el papel de la mujer.

    —¡Por Dios! Peter. Espero que tus sermones sean mejores.

    —¿Mejores que qué?

    —Que no uses expresiones como «conceptos sociológicos anticuados». ¿Qué clase de cura eres? ¿Uno de estos modernos?

    —Sí, supongo que soy bastante moderno, sí. Tengo que serlo pues trabajo con gente joven.

    —¿Cuántos años tienes, Peter? ¿Veintiocho? ¿Veintinueve?

    —Te has olvidado de muchas cosas, tía Emmy. Tengo treinta y uno.

    —Y tu hija, ¿cuántos años tiene?

    —Va a cumplir cuatro.

    —Me alegré mucho —dijo ella— cuando vi que tu mujer y tú le habíais puesto el nombre de tu madre.

    —Bueno —dijo él, cambiando al otro carril para adelantar a un camión de gasolina. Cuando volvió al carril original dijo—: Me alegra que te haya gustado. Y te diré otra cosa: estamos esperando otro bebé que ojalá sea varón, pero si es niña le pondremos tu nombre. ¿Te gustaría?

    —Bueno, yo… eso sería… —pero no pudo terminar porque se puso a llorar contra la puerta, cubriéndose la cara con las dos manos.

    —¿Tía Emmy? —preguntó con timidez—. ¿Tía Emmy? ¿Estás bien?

    Se sentía humillada. Hacía sólo diez minutos que estaba con él, y ya la había visto llorar.

    —Estoy bien —dijo cuando se vio en condiciones de hablar—. Estoy cansada, eso es todo. No dormí bien anoche.

    —Bueno, vas a dormir bien esta noche. El aire es liviano y muy puro aquí; la gente dice que hace dormir mucho.

    —Mmm —se entretuvo encendiendo un cigarrillo, que era el ritual en que siempre había confiado para dar la impresión de ser dueña de sí.

    —Mi madre solía tener dificultades para dormir —dijo él—. Recuerdo que cuando éramos niños siempre decíamos: «No hagas ruido. Mamá está tratando de dormir».

    —Sí —dijo Emily—. Sé que le costaba dormirse —sintió la tentación de preguntarle: «¿Cómo murió?», pero se controló. Dijo, en cambio—: ¿Cómo es tu mujer, Peter?

    —Bueno, vas a conocerla enseguida.

    —¿Es bonita?

    —Mucho. Es hermosa. Supongo que como todos los hombres siempre tuve fantasías con mujeres hermosas, pero esta chica es una fantasía hecha realidad. Espera y la verás.

    —Está bien, esperaré. Y ¿qué hacéis vosotros dos? ¿Habláis de Jesús todo el tiempo?

    —¿Qué?

    —¿Os quedáis levantados hasta tarde hablando de Jesús y la resurrección, y cosas por el estilo?

    La miró por un momento, intrigado.

    —No sé a dónde quieres llegar.

    —Quiero tener una imagen de tus… de cómo pasas el tiempo con tu fantasía hecha realidad —detectó que la voz se le llenaba de histeria. Abrió la ventanilla y arrojó el cigarrillo al viento. De pronto se sintió fuerte y animada, igual que se había sentido en aquella ocasión con Tony—. Muy bien, caballero —dijo—. Hablemos con claridad. ¿Cómo murió?

    —No sé siquiera a qué…

    —Peter, tu padre pegaba a tu madre. Eso es algo que supe, y sé que tú también lo sabías. Ella me dijo que los tres muchachos lo sabíais. No me mientas. ¿Cómo murió?

    —Mamá murió de una enfermedad hepática.

    —… «complicada por una caída que tuvo en casa». Óyeme, he escuchado esa cancioncita más de una vez. Vosotros debéis de conocérosla de memoria. Pues de esa caída quiero oír hablar. ¿Cómo se cayó? ¿Se hizo daño?

    —Yo no estaba cuando pasó, tía Emmy.

    —Por Dios, qué manera de evadirse. No estabas presente. ¿No preguntaste nunca nada?

    —Claro que pregunté. Eric sí estaba; me dijo que ella tropezó con una silla en el salón y se golpeó en la cabeza.

    —¿Y crees que eso basta para que alguien se mate?

    —Podría ser, claro, si se golpea fuerte.

    —Está bien. Háblame de la investigación policial. Porque sé que hubo una investigación, Peter.

    —Siempre hay una investigación en un caso así. No encontraron nada, pues no había nada que encontrar. Pareces una especie de… ¿Por qué tantas preguntas, tía Emmy?

    —Porque quiero saber la verdad. Tu padre es un hombre brutal.

    Pasaron junto a varios árboles y casitas con un trasfondo de altas montañas a lo lejos, y Peter se tomó su tiempo antes de contestar, tanto tiempo que ella empezó a temer que estaba tratando de buscar un lugar para poder dar la vuelta y llevarla de regreso a la estación.

    —Es un hombre con limitaciones —dijo por fin, escogiendo cuidadosamente las palabras—, y en muchos aspectos un hombre ignorante, pero yo no diría que es «brutal».

    —Brutal —insistió ella, ahora con un temblor—. Es brutal y estúpido y mató a mi hermana, la mató con veinticinco años de brutalidad, estupidez y negligencia.

    —Vamos, tía Emmy, termina con eso. Mi padre siempre hizo lo que pudo. Igual que la mayoría de la gente. Cuando pasa algo terrible, por lo general nadie tiene la culpa.

    —¿Qué quieres decir, por amor de Dios? ¿Es eso algo que aprendiste en el seminario, junto con «ofrece la otra mejilla»?

    Había reducido la marcha, y señalizó el giro, y ahora ella vio un sendero corto, un jardín de césped bien cortado, y una pequeña casa de dos pisos, exactamente como se la había imaginado. Habían llegado. El interior del garaje donde él estacionó el coche estaba más ordenado que la mayoría de los garajes. Apoyadas contra la pared había dos bicicletas, una con un asiento de niño atrás.

    —¡Tu bicicleta! —exclamó ella por encima del coche. Se había bajado con rapidez, todavía temblando, y sacó la maleta del asiento posterior; como se necesitaba un buen ruido para puntualizar su ira, cerró la puerta del coche con todas sus fuerzas—. ¡Eso es lo que hacéis! Debe de ser hermoso veros pedalear con la pequeña, ¿cómo se llama?, los domingos por la tarde, bien tostados por el sol, bien sexis ambos con los vaqueros transformados en pantalones cortos… ¡Debéis de ser la envidia de todo New Hampshire! —dio la vuelta al coche para reunirse con él, pero se había quedado inmóvil y la miraba, parpadeando—. Luego volvéis a casa y os dais un baño, ¿os bañáis juntos?, y a lo mejor os manoseáis un poco en la cocina mientras preparáis los cócteles y luego coméis, acostáis a la niña y os quedáis sentados charlando de Jesús y la resurrección durante un tiempo, y luego llega el acontecimiento principal del día, ¿no? Tu mujer y tú vais al dormitorio y cerráis la puerta, os desvestís ayudándoos el uno al otro y entonces, ¡oh, Dios mío! Las fantasías hechas realidad…

    —Tía Emmy —dijo él—, eso está mal.

    Está mal. Respirando fuerte, con las mandíbulas apretadas, llevó la maleta por el sendero en dirección a la calle. No sabía a dónde iba, pero sí que estaba haciendo el ridículo, sin embargo, no había otra dirección.

    Se detuvo al final del sendero, sin mirar hacia atrás, y después de un momento oyó un ruido metálico de monedas o de llaves y el paso dado por zapatos de suela de goma: él venía hacia ella.

    Se dio la vuelta.

    —Oh, Peter, lo siento —dijo, sin mirarlo—. No hay palabras para decir cuánto lo siento.

    Él parecía turbado.

    —No tienes que pedir disculpas —dijo, cogiendo la maleta—. Me parece que estás muy cansada y necesitas descansar —la estaba observando con atención como si no la conociera, más como un psiquiatra joven que como un sacerdote.

    —Sí, estoy cansada —dijo ella—. Y ¿sabes una cosa? Tengo casi cincuenta años y nunca he entendido nada en toda mi vida.

    Está bien —dijo con tranquilidad—. Está bien, tía Emmy. Ahora, ¿te gustaría entrar y conocer a la familia?”

Las hermanas Grimes
Richard Yates
traducción de Rolando Costa Picazo
Alfaguara, 2009
páginas: 216-224

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