14 de des. 2022

una mujer en fuga

 

Carmen Laforet: una mujer en fuga

Anna Caballé, Israel Rolón

RBA, 2019

páginas: 640

El miedo y la gloria

Carmen Laforet. Una mujer en fuga, de Anna Caballé e Israel Rolón, es un libro esencial para entender la atormentada realidad de la mítica y misteriosa autora de Nada.

por Rosa Montero
Babelia, El País, 29/05/2010



"La monumental y fascinante biografía que los profesores Anna Caballé e Israel Rolón han escrito sobre Carmen Laforet (1921-2004) es un libro que merodea en torno a un abismo. La mítica autora ha sido hasta hace poco el mayor enigma de nuestras letras; con 23 años escribió una novela prodigiosa, Nada, que ganó el primer Premio Nadal en 1945 y provocó un impacto colosal. Pero después, tras publicar unos pocos libros (y ninguno tan bueno), abandonó la escritura y ella misma fue desapareciendo, convirtiéndose a través de las décadas en una figura fantasmal, un troquelado sombrío. Mucho más tarde se supo que estaba en una residencia, se rumoreó que tenía Alzheimer, llegó la noticia de su muerte. Y, en 2009, su hija Cristina Cerezales publicó un conmovedor libro sobre su madre, Música blanca (Destino), que aportaba algunos datos pero seguía manteniendo la nuez del misterio.

    A esa densa oscuridad se han acercado ahora Caballé y Rolón con un trabajo de investigación descomunal, y el enigma se va resolviendo con pasos de fieltro, cautelosos, contagiados del tortuoso secretismo de Laforet. El intenso agujero negro que es la vida de la escritora parece absorber de algún modo a sus biógrafos, de modo que el libro está lleno de cosas importantísimas que se insinúan pero no se cuentan. Todas las familias acarrean a la espalda un saco de tabúes y silencios, pero se diría que los Cerezales Laforet están especialmente acostumbrados a las veladuras. ¿Por qué no se sabe si la madre de Carmen era una depresiva? ¿Y por qué no se pone nombre a la dolencia que la llevó a la muerte, dejando huérfana a la escritora con 13 años? ¿Es posible que Carmen Laforet sufriera anorexia? ¿Qué era esa supuesta enfermedad neurovegetativa que dicen que padecía la novelista desde los años sesenta? ¿La diagnosticó alguien? Los biógrafos van dejando miguitas que conducen a llamativos agujeros de palabras no dichas, y la materia entera del libro parece temblar y escurrirse entre las manos. Cosa que aumenta el atractivo del texto: es el mejor acercamiento posible a una vida tan resbaladiza. Mujer en fuga se lee como un sobrecogedor y palpitante thriller, y al final hay un asesinato: la muerte en vida de la escritora.

    Para empezar por el principio, su infancia en Las Palmas fue terrible, con la madre enferma y después una madrastra malvadísima. La primera huida de Laforet es de ese infierno, a los dieciocho años, para irse a estudiar a Barcelona a casa de su abuela y de sus tíos. Esa casa, esa posguerra desolada, ese mundo claustrofóbico lleno de dolor y amargura es lo que cuenta en Nada. Los deseos frustrados conducen a la ferocidad y el infortunio, parece decir la novela; haber creído algún día en la posibilidad de ser feliz envenena tu vida cuando todo se ha perdido. Se trata de una historia autobiográfica, pero está escrita de manera tan magistral que alcanza la fuerza expresiva de un arquetipo.

    La enormidad del éxito de Nada descolocó a Laforet. Aunque, al parecer, ya estaba descolocada desde antes: era una persona extrañamente despistada, demasiado susceptible, timidísima. Una chica rara con algo informe y vagaroso, como si no estuviera del todo hecha, como si a su esqueleto le faltaran unos cuantos huesos. Tras el premio desconcertó a todo el mundo con sus respuestas chocantes, con su actitud huidiza y antiintelectual. Para alguien tan inseguro como ella, el peso escrutador de la fama debió de suponer una inmensa tortura.

    De modo que enseguida empezó a tener problemas para escribir y para ser, esto es, para adaptarse a la mirada de los otros. La primera década parece normal. Se casó con el periodista Manuel Cerezales; tuvo cinco hijos; hizo diversas colaboraciones en prensa; publicó un libro de relatos y otra novela. Pero si se aplica el microscopio se observa el borboteo de la angustia. No se llevaba bien con su marido, la escritura era un tormento y, en 1951, conoció a Lilí Álvarez, la famosa y atractiva tenista, y se prendó de ella. Porque a Laforet le gustaban las mujeres, pero eso era algo que no se podía permitir. No con su inseguridad y su perenne sentido de culpabilidad, no en el aplastante entorno del franquismo. De modo que Carmen sublimó el amor por Lilí y lo transmutó en un rapto místico perfectamente adaptado al nacionalcatolicismo imperante. Incluso escribió una novela muy religiosa, Una mujer nueva, que dejó patidifuso al personal. La etapa beata duró siete años, los mismos que su relación con Lilí. Después rompieron, y Laforet volvió a ser ella misma. Sólo que unos escalones más abajo. Resulta terrible pensar que algo tan intrascendente como la orientación sexual de una persona pueda llegar a destrozar la vida de alguien dentro de un ambiente represivo.

    Una mujer en fuga es la historia de una larga caída. De la deconstrucción de una persona. Los síntomas se van agudizando poco a poco: ese desasosiego que hace que se mueva todo el rato, que se vaya mudando de un sitio a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro, en casas alquiladas, casas de amigos, hoteles; las profundas, repetitivas depresiones; la adicción desde 1960 al Minilip, un medicamento para adelgazar que se compraba sin receta pero que llevaba anfetaminas, y que Laforet consumió a diario durante años, tal vez durante décadas; la imposibilidad de cumplir con sus contratos editoriales porque no podía escribir; las progresivas mentiras que contaba a todo el mundo cuando hablaba de los libros que estaba a punto de terminar; el avance de esa enigmática enfermedad neurovegetativa... Al separarse de Cerezales en 1970, tras 24 años de matrimonio, Laforet quiso creer que él había sido el culpable de la oscuridad. Pero en realidad fue a partir de entonces cuando las tinieblas la engulleron. Terminó convertida en una especie de vagabunda que acarreaba sus papeles en bolsas de plástico, y su grafofobia se hizo tan aguda que llegó a no poder ni firmar un cheque. Con 65 años, cogió un cuaderno escolar de su nieta y empezó a hacer palotes, intentando volver a aprender a escribir. Pero el deterioro ya era irreversible. Cuando murió, octogenaria, llevaba varios años sin pronunciar una palabra.

    La mayor tragedia de esta vida trágica es, sin lugar a dudas, la creciente incapacidad de la pobre Laforet para escribir y el sufrimiento que eso le provocaba. Y aquí está la única interpretación de la que disiento de esta maravillosa biografía. Cuando Nada se publicó, Laforet dijo a todo el mundo que había hecho la novela fácilmente en seis meses, cuando en realidad llevaba dos años de enorme trabajo. "No hay en toda la cultura española un autor menos interesado en su propia leyenda", dicen a raíz de esto Rolón y Caballé, que parecen creer en las insistentes proclamas de modestia de la autora. Pero yo pienso que sucede justo lo contrario; que Laforet, consciente de su enorme talento, poseía una ambición soberbia y colosal, y que lo malo fue que carecía de la suficiente fuerza psíquica con la que sostenerla. Si declaró que escribió Nada a toda prisa fue porque tenía miedo de defraudar sus propias y estratosféricas expectativas; así, si la criticaban, siempre podía decir: no me esforcé. Y eso indicaría un ardiente interés en construirse una leyenda... sólo que a su medida. Por eso era una mujer tan quisquillosa con todas las críticas, por eso mandaba cartas virulentas contra los periodistas que hablaban de ella, por eso era la típica entrevistada insufrible ("vanidosa y arrogante", la consideraron las espectadoras de un programa de televisión en el que salió). Esa ambición desaforada fue como un faro a la inversa, una luz cegadora que la condujo a las rocas del naufragio. Cuánto anhelo de gloria y cuánto miedo."

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