03/03/2013

Pepita Sanchís

aqüeducte romà de Sant Jaume dels Domenys

En la trobada anual de Vespres Literaris, que enguany celebrem a la localitat de Sant Jaume dels Domenys (Baix Penedès), gaudirem d'una xerrada amb l'autor de "Joc de déus", Josep Ma Riera. "Joc de déus" rescata, transmutat, el personatge de Pepita Sanchís, la voluble i corupta protagonista de les sis novel · les anteriors de Riera. 

Us deixo una petita mostra de la tercera de la sèrie: "Sant Cugat i Marràqueix, terres d'artistes."

"Ara feia prop d'un any que treballava a l'Ajuntament. Va ser la primera sorpresa quan va guanyar el concurs on demanaven un “coordinador de cultura”.

S'hi va presentar amb poc convenciment, però farta d'avorriment al costat de l'Enric, el seu home, amb aquells caps de setmana a casa, solitaris i tristos, especialment des de les primeres volades del seu fill, que ja havia fet catorze anys i marxava molts caps de setmana cap El Figaró, a fer cursets d'escalada amb els del Centre Excursionista.

Participava en projectes culturals des de feia anys els quals l'obligaven a sortir de nit sovint. Els sopars amb en Romà Canell, un amic urbanista de tota la vida, acabaven al Boccacio o de vegades al llit a l'estudi d'arquitectura d'Esplugues.
La Pepita practicava la llei de la palanca, i calia potenciar el punt de recolzament,  per canviar el seu món. Per fi la convocatòria de Sant Cugat havia trencat el que en podríem dir, amb coneixement de causa, un cercle viciós. (...)

La democràcia era el somni, una espècie de noia jove que havia d'arribar exuberant i fecunda, fins i tot amb un pit a l'aire, com a senyal de llibertat i d'aliment dels cos i de l'esperit. Aquesta democràcia, on es veuria millor seria en els ajuntaments, la veritable casa de tothom.

Encara que les eleccions generals havien disminuït els generals, i que la tornada de la Generalitat ens emociona­va, musicalment fins al moll de l'os, la veritable mesura la teníem al costat de casa.

Les cares conegudes del bar de la l'estació, de la missa d'onze al Monestir, en les trobades al club Muntanyenc, les cares dels pares i mares dels companys dels fills, a les esco­les o de la cua al forn de pa; aquestes cares, ara ocuparien els llocs de comandament en la sala de plens de l'ajunta­ment.


Sant Cugat i  Marràqueix, terres d’artistes
Josep Ma Riera Gassiot
Pàg. 9-10


01/03/2013

avui, estrena



TOT RECORDANT KARL VALENTIN

Teatre Ateneu de Cerdanyola del Vallès

22 hores

Passi-ho-bé Teatre i la Jonies Band



27/02/2013

Cançó del bes sense port


L'aigua roba gessamins
al cor de la nit morena.

Blanca bugada de sal
pels alts terrats de la pena.
Tu i jo i un bes sense port
com una trena negra.



Tu i jo i un bes sense port
en vaixell sense bandera.
El corb, al fons de l'avenc,
gavines a l'escullera.
Carbó d'amor dins dels ulls
com una trena negra.



Carbó d'amor dins dels ulls
i els ulls dins de la tristesa.
La tristesa dins la mar,
la mar dins la lluna cega.
I la lluna al grat del vent
com una trena negra.

Maria Mercè Marçal



Endinsant-nos en la poesia de Maria Mercè Marçal


26/02/2013

la zeta



“Pero si resultaré daño, dará vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal”

Éxodo, 21 (23-25)


“Nando Barragán camina por el desierto una docena de días y de noches sin detenerse ni para dormir ni para comer, con el cadáver de Adriano Monsalve al hombro. En el Horizonte, a su derecha, ve aparecer doce amaneceres tenidos de rojo sangre y a su izquierda ve caer doce atardeceres del mismo color. Es un vía crucis el que padece en el reino soberano de la nada, con la conciencia enferma y el muerto a cuestas, pesado como una cruz. Extensiones sin fin de arena ardiente le queman los pies y el sol calcinante le ciega los ojos y le revienta la piel. No encuentra en el trayecto agua que calme su sed ni sombra que apacigüe su alucinación. Ni paz para su alma arrepentida.

—Esos sucesos, ¿son leyenda o fueron reales?
—Fueron reales, pero de tanto contarlos se hicieron leyenda. O al revés: fueron leyenda y de tanto contarlos se volvieron verdad. Es lo de menos.

El cadáver se conserva intacto durante la travesía. Fresco y ufano, como si nada, sin despedir olor ni registrar rigor. Muy acomodado a lomo de su primo, que desfallece. El muerto parece vivo y el vivo parece muerto. Se hacen compañía en las jornadas interminables por esas arenas desoladas que empiezan donde se termina el mundo;  se asocian para resistir la desmesurada soledad. Inclusive conversan entre ellos, aunque no gran cosa, el mismo dialogo repetido hasta el sonsonete.
Perdóname, primo, por haberte matado.

—Cara la vas a pagar. Quédate con la viuda, pero también con la culpa.
—No las quiero, ni la una ni la otra.

Al fondo profundo del desierto, donde ya no llega el ruido del mar, encuentran lo que han venido a buscar: un rancho pobre en el corazón de un nudo de vientos despistados. Es cuadrado con dos puertas abiertas, una hacia el norte y otra hacia el sur. Los ventarrones se cuelan dentro aullando como alma en pena: silban, lloran, se enrollan y se revuelcan unos con otros, como en pelea de gatos o visita de novios, y al rato se desentienden y se largan, desierto adentro, cada viento por su lado.
Nando entra al rancho, coloca a Adriano bien estirado en el piso de tierra y se sienta a su lado, a esperar. Como es la primera vez que descansa en tantos días, se hunde en un sueño movedizo y ondulante, como los médanos, y ve la aparición.

—Se le apareció algo espantoso. Un ser sobrenatural...

A decir verdad, solo sueña con un anciano común y silvestre, con la única particularidad de su avanzadísima edad. Su viejera precolombina castigada por la artritis y la arterioesclerosis.

—Tío, maté a mi primo Adriano Monsalve —confiesa sonámbulo Nando Barragán.
—Ya veo —contesta el viejo.
—Sólo tú conoces las leyes de la tradición. Vine hasta acá para que me digas qué debó hacer.
—Ante todo llévate a este muchacho de aquí. No se lo regales a la arena, que lo va a arrastrar. Entiérralo hondo, en tierra seca y negra, y vuelve después.

Nando obedece a ojo cerrado y con fe ciega y viaja con su muerto al hombro hasta que encuentra suelo noble y acogedor. Se despide para siempre de Adriano y a su regreso, que tarda mucho, ve al anciano que lo espera en el mismo lugar, batiéndose contra el huracán que se quiere llevar al cielo su cuerpo desnudo, raquítico, apenas cubierto en sus peores partes por chiros, como un Gandhi o un niño de Bangladesh. En esa facha impresentable, el Tío dictamina la más implacable de las sentencias. De su boca desdentada y envueltas en mal aliento, salen las palabras que habrán de sumir a Barraganes y Monsalves en un infierno en la tierra:

—Has derramado sangre de tu sangre. Es el más grave de los pecados mortales. Has desatado la guerra entre hermanos y esa guerra la heredarán tus hijos, y los hijos de tus hijos.
—Es demasiado cruel —protesta Nando—. Yo quiero lavar mi culpa por las buenas.
—Entre nosotros la sangre se paga con sangre. Los Monsalve vengaran a su muerto, tu pagarás con tu vida, tus hermanos los Barraganes harán lo propio y la cadena no parará hasta el fin de los tiempos —rabia el anciano encarnizado, fanático, decidido a no ceder ante las súplicas.
—Si voy donde un sacerdote —intenta argumentar Nando—, me bendice y me pone una penitencia en padrenuestros, rosarios, ayunos y azotes. Yo la cumplo y quedo en paz con Dios.
—No hay cura que valga ni bendición que sirva. Por aquí no viene la Iglesia desde los tiempos de Pablo VI, que pasó volando en un avión hacia el Japón y nos hizo adiós con la mano. Esta es una tierra sin Dios ni evangelios, aquí solo vale lo que dijeron los ancestros.
—Puedo buscar un juez que me juzgue y me aprisione. Pago mis años de condena y vuelvo a la libertad, en paz con los hombres.
—Hasta acá no llega juez, ni abogado, ni tribunal. Ésos son lujos de extranjeros. Nuestra única ley es la que escribe el viento en la arena y nuestra única justicia es la que se cobra por la propia mano.

Las cosas siempre han sido y serán tal como las dice el Tío, viejo profeta dueño de verdades y experto en fatalismos, y Nando Barragàn se rinde ante la evidencia milenaria, abrumadora. Agacha la cabeza, traga saliva amarga, clava la mirada en el piso y asume de una vez por todas su suerte despiadada.
El anciano le revela entonces el código de honor, las leyes transmitidas de generación en generación, las reglas de la guerra que debe respetar.

—Barraganes y Monsalves no podran seguir viviendo juntos -dictamina solemne, y por su boca chimuela habla la raza-. Tendrán que abandonar la tierra donde nacieron y crecieron, donde están enterrados sus antepasados: serán expulsados del desierto. Una de las familias irá a vivir a la ciudad, la otra, al puerto, y no podrán transgredir el territorio del adversario. Si matas a tu enemigo, deberás hacerlo con tu propia mano; nadie podrá hacerlo por ti. La pelea será de hombre a hombre, y no por encargo. No debes herirlo si está desarmado o descuidado, ni sorprenderlo por detrás.
—¿Cuándo podré vengar a mis muertos? -pregunto Nando, de espaldas al viento, decidido a asumir su papel en la pesadilla como si esta fuera la única realidad.
-Solamente en las zetas: a las nueve noches de su muerte, el día que se cumpla un mes, o en el aniversario. En las zetas tus enemigos te estarán esperando, y no los sorprenderás desprevenidos. Cuando el muerto sea de ellos actuarás de la misma manera, y en las zetas tú también te defenderás, y a los tuyos, porque ellos vendrán.
—¿Es todo?
—No lastimarás a los ancianos, a las mujeres o a los niños. El castigo de la guerra es solo para hombres.
—Dime como debó enterrar a mis muertos.
—Con su mejor ropa, puesta por la mano de quien más los quiso. Los colocarás boca abajo en el cajón, y al sacarlos de tu casa, sus pies deben ir hacia adelante.
—¿Quién ganará esta guerra?
—La familia que extermine a todos los miembros varones de la otra.
—¿Hay algo que pueda hacer para evitar tanta desgracia?
—Nada. Ahora vete y que cada quien muera en su ley.

El Tío se vuelve soplo, se deshace en suspiros, se pierde entre el huracán, como pedo en la tormenta. Nando Barragán sale por la puerta del norte y avanza en línea recta por la inmensidad amarilla y sin fronteras, a encontrarse con su raza para guiarla por el camino de su condena.”

Leopardo al sol
Laura Restrepo
Pág. 29-33

25/02/2013

record

el poble de Cóbdar, Almeria, al peu de la serra de Filabres


“Aquí las entrañas de la tierra son blancas, aunque de vez en cuando el amarillo busca una ranura por donde enseñar su brillo. El verde exterior resplandece en primavera compitiendo con un cielo tan azul que ya quisiera el mar para sus aguas. Nací entre olor a mármol y azahar, entre juncos y esparto, retamas y paletas. Crecí lejos de esa luz cegadora de casas encaladas y piedra orgullosa. Pero corre entre mis venas el fandanguillo hirviente de un pueblo blanco y verde que nunca he dejado. De aquellos tiempos guardo el corretear entre almendros, olivos y naranjos. Ceñidos a mi memoria viven agostos adolescentes, donde las manos dibujaban caricias sobre la piel y el beso ya era labio. Cóbdar, aquí nací yo.”
Maribel Sánchez



en memoria de José Martínez Muñoz

Paco..., Lola…un abrazo de los compañeros de Vespres Literaris

madre


“Allí encuentra sola a su madre,  Severina. También ella viste de entrecasa, como si fuera un día cualquiera: una manta larga de algodón negro estampado en flores blancas, una toalla sobre los hombros, delantal de hule atado a la cintura y pies descalzos. Se ha lavado la cabeza con jabón Cruz Azul contra los piojos y Nando puede verla con el cabello suelto, lo cual sucede rara vez.
Aunque Severina ha permanecido toda la vida encerrada entre la casa, con excepción de las periódicas visitas al cementerio, sus hijos nunca la ven desarreglada ni recién levantada, ni saben a qué horas se acuesta, ni qué necesita, ni la han oído quejarse, ni llorar, ni reírse: su privacidad es impenetrable. Se ha ocupado de manejar las debilidades de los demás, pero ha permanecido hermética en relación con las propias. Cuando los otros se emborrachan ella se mantiene sobria; cuando están enfermos los asiste; cuando se derrumban la sienten entera; cuando se extravían la encuentran plantada en el centro; mientras derrochan, ella ahorra cada centavo; cuando el mundo familiar se viene al piso y se deshace, ella recoge los fragmentos y vuelve a pegarlos.

Severina conoce a los suyos por dentro y por fuera, pero a ella no logra descifrarla nadie. Se ha convertido en un enigma, el de la fragilidad todopoderosa. Siempre está ahí, siempre ha estado ahí, imperturbable como una roca prehistórica, y sin embargo es irreal como el tiempo y el espacio. En su aguante milagroso y en su misterio de esfinge radica el secreto de su autoridad.

Perdió a su esposo por muerte natural y a siete de sus doce hijos por muerte violenta, y de tanto ver morir se ha vuelto un ser de otra materia, un habitante de esferas más allá del dolor y la humana contingencia. Asume su destino con un fatalismo heroico, o paranoico, al menos incomprensible. Aunque es la principal víctima de la guerra contra los Monsalves, jamás les ha pedido a sus hijos que le pongan fin.
Los años le han mermado y encanecido el pelo pero aún lo conserva largo hasta la cintura. Nando la observa desenredarlo con un peine de dientes apretados y se percata de que maneja las hebras escasas con los mismos ademanes enérgicos que años antes necesitaba para lidiar la magnífica cascada. “Ya está vieja”, piensa, y se sorprende al comprobar que su madre es susceptible al paso del tiempo.

-Tengo hambre, mamá.

Ella va hasta la estufa prendida de carbón -nunca ha querido estrenar la eléctrica que los hijos le mandaron instalar-  y le sirve al primogénito una bandeja hasta los bordes de fríjoles de cabecita negra y un vaso repleto de Old Parr.

-Nando Barragàn vivía con temor de que lo envenenaran y por eso no probaba bocado que no fuera preparado por su propia madre.

-La verdadera razón era otra: era una persona inculta, incapaz de probar un plató que le pareciera nuevo o raro.

Encerrados en la cocina, madre e hijo se olvidan de la fiesta que retumba lejos, como feria de otro pueblo. Nando se sienta a la mesa pesada y curtida en la que la familia ha comido, amasado la harina de maíz y planchado la ropa duran te veinte años.  Severina se le acerca por detrás y con sabiduría de domador de fieras le soba el cuero cabelludo con las yemas de los dedos, como suele hacerle desde pequeño cada vez que quiere apaciguarlo.

-Ahora sí, explícame por qué te casas con ella. Dame una sola razón -le pide.

-Porque un hombre debe tener esposa -contesta el, y se concentra en la tarea de devorar los fríjoles, pasándolos con tragos calientes de whisky vivo.

-La vas a destrozar, Nando.”
Leopardo al sol
Laura Restrepo
Pág. 112-114