25 de febr. 2013

madre


“Allí encuentra sola a su madre,  Severina. También ella viste de entrecasa, como si fuera un día cualquiera: una manta larga de algodón negro estampado en flores blancas, una toalla sobre los hombros, delantal de hule atado a la cintura y pies descalzos. Se ha lavado la cabeza con jabón Cruz Azul contra los piojos y Nando puede verla con el cabello suelto, lo cual sucede rara vez.
Aunque Severina ha permanecido toda la vida encerrada entre la casa, con excepción de las periódicas visitas al cementerio, sus hijos nunca la ven desarreglada ni recién levantada, ni saben a qué horas se acuesta, ni qué necesita, ni la han oído quejarse, ni llorar, ni reírse: su privacidad es impenetrable. Se ha ocupado de manejar las debilidades de los demás, pero ha permanecido hermética en relación con las propias. Cuando los otros se emborrachan ella se mantiene sobria; cuando están enfermos los asiste; cuando se derrumban la sienten entera; cuando se extravían la encuentran plantada en el centro; mientras derrochan, ella ahorra cada centavo; cuando el mundo familiar se viene al piso y se deshace, ella recoge los fragmentos y vuelve a pegarlos.

Severina conoce a los suyos por dentro y por fuera, pero a ella no logra descifrarla nadie. Se ha convertido en un enigma, el de la fragilidad todopoderosa. Siempre está ahí, siempre ha estado ahí, imperturbable como una roca prehistórica, y sin embargo es irreal como el tiempo y el espacio. En su aguante milagroso y en su misterio de esfinge radica el secreto de su autoridad.

Perdió a su esposo por muerte natural y a siete de sus doce hijos por muerte violenta, y de tanto ver morir se ha vuelto un ser de otra materia, un habitante de esferas más allá del dolor y la humana contingencia. Asume su destino con un fatalismo heroico, o paranoico, al menos incomprensible. Aunque es la principal víctima de la guerra contra los Monsalves, jamás les ha pedido a sus hijos que le pongan fin.
Los años le han mermado y encanecido el pelo pero aún lo conserva largo hasta la cintura. Nando la observa desenredarlo con un peine de dientes apretados y se percata de que maneja las hebras escasas con los mismos ademanes enérgicos que años antes necesitaba para lidiar la magnífica cascada. “Ya está vieja”, piensa, y se sorprende al comprobar que su madre es susceptible al paso del tiempo.

-Tengo hambre, mamá.

Ella va hasta la estufa prendida de carbón -nunca ha querido estrenar la eléctrica que los hijos le mandaron instalar-  y le sirve al primogénito una bandeja hasta los bordes de fríjoles de cabecita negra y un vaso repleto de Old Parr.

-Nando Barragàn vivía con temor de que lo envenenaran y por eso no probaba bocado que no fuera preparado por su propia madre.

-La verdadera razón era otra: era una persona inculta, incapaz de probar un plató que le pareciera nuevo o raro.

Encerrados en la cocina, madre e hijo se olvidan de la fiesta que retumba lejos, como feria de otro pueblo. Nando se sienta a la mesa pesada y curtida en la que la familia ha comido, amasado la harina de maíz y planchado la ropa duran te veinte años.  Severina se le acerca por detrás y con sabiduría de domador de fieras le soba el cuero cabelludo con las yemas de los dedos, como suele hacerle desde pequeño cada vez que quiere apaciguarlo.

-Ahora sí, explícame por qué te casas con ella. Dame una sola razón -le pide.

-Porque un hombre debe tener esposa -contesta el, y se concentra en la tarea de devorar los fríjoles, pasándolos con tragos calientes de whisky vivo.

-La vas a destrozar, Nando.”
Leopardo al sol
Laura Restrepo
Pág. 112-114




Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada