26 de febr. 2013

la zeta



“Pero si resultaré daño, dará vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal”

Éxodo, 21 (23-25)


“Nando Barragán camina por el desierto una docena de días y de noches sin detenerse ni para dormir ni para comer, con el cadáver de Adriano Monsalve al hombro. En el Horizonte, a su derecha, ve aparecer doce amaneceres tenidos de rojo sangre y a su izquierda ve caer doce atardeceres del mismo color. Es un vía crucis el que padece en el reino soberano de la nada, con la conciencia enferma y el muerto a cuestas, pesado como una cruz. Extensiones sin fin de arena ardiente le queman los pies y el sol calcinante le ciega los ojos y le revienta la piel. No encuentra en el trayecto agua que calme su sed ni sombra que apacigüe su alucinación. Ni paz para su alma arrepentida.

—Esos sucesos, ¿son leyenda o fueron reales?
—Fueron reales, pero de tanto contarlos se hicieron leyenda. O al revés: fueron leyenda y de tanto contarlos se volvieron verdad. Es lo de menos.

El cadáver se conserva intacto durante la travesía. Fresco y ufano, como si nada, sin despedir olor ni registrar rigor. Muy acomodado a lomo de su primo, que desfallece. El muerto parece vivo y el vivo parece muerto. Se hacen compañía en las jornadas interminables por esas arenas desoladas que empiezan donde se termina el mundo;  se asocian para resistir la desmesurada soledad. Inclusive conversan entre ellos, aunque no gran cosa, el mismo dialogo repetido hasta el sonsonete.
Perdóname, primo, por haberte matado.

—Cara la vas a pagar. Quédate con la viuda, pero también con la culpa.
—No las quiero, ni la una ni la otra.

Al fondo profundo del desierto, donde ya no llega el ruido del mar, encuentran lo que han venido a buscar: un rancho pobre en el corazón de un nudo de vientos despistados. Es cuadrado con dos puertas abiertas, una hacia el norte y otra hacia el sur. Los ventarrones se cuelan dentro aullando como alma en pena: silban, lloran, se enrollan y se revuelcan unos con otros, como en pelea de gatos o visita de novios, y al rato se desentienden y se largan, desierto adentro, cada viento por su lado.
Nando entra al rancho, coloca a Adriano bien estirado en el piso de tierra y se sienta a su lado, a esperar. Como es la primera vez que descansa en tantos días, se hunde en un sueño movedizo y ondulante, como los médanos, y ve la aparición.

—Se le apareció algo espantoso. Un ser sobrenatural...

A decir verdad, solo sueña con un anciano común y silvestre, con la única particularidad de su avanzadísima edad. Su viejera precolombina castigada por la artritis y la arterioesclerosis.

—Tío, maté a mi primo Adriano Monsalve —confiesa sonámbulo Nando Barragán.
—Ya veo —contesta el viejo.
—Sólo tú conoces las leyes de la tradición. Vine hasta acá para que me digas qué debó hacer.
—Ante todo llévate a este muchacho de aquí. No se lo regales a la arena, que lo va a arrastrar. Entiérralo hondo, en tierra seca y negra, y vuelve después.

Nando obedece a ojo cerrado y con fe ciega y viaja con su muerto al hombro hasta que encuentra suelo noble y acogedor. Se despide para siempre de Adriano y a su regreso, que tarda mucho, ve al anciano que lo espera en el mismo lugar, batiéndose contra el huracán que se quiere llevar al cielo su cuerpo desnudo, raquítico, apenas cubierto en sus peores partes por chiros, como un Gandhi o un niño de Bangladesh. En esa facha impresentable, el Tío dictamina la más implacable de las sentencias. De su boca desdentada y envueltas en mal aliento, salen las palabras que habrán de sumir a Barraganes y Monsalves en un infierno en la tierra:

—Has derramado sangre de tu sangre. Es el más grave de los pecados mortales. Has desatado la guerra entre hermanos y esa guerra la heredarán tus hijos, y los hijos de tus hijos.
—Es demasiado cruel —protesta Nando—. Yo quiero lavar mi culpa por las buenas.
—Entre nosotros la sangre se paga con sangre. Los Monsalve vengaran a su muerto, tu pagarás con tu vida, tus hermanos los Barraganes harán lo propio y la cadena no parará hasta el fin de los tiempos —rabia el anciano encarnizado, fanático, decidido a no ceder ante las súplicas.
—Si voy donde un sacerdote —intenta argumentar Nando—, me bendice y me pone una penitencia en padrenuestros, rosarios, ayunos y azotes. Yo la cumplo y quedo en paz con Dios.
—No hay cura que valga ni bendición que sirva. Por aquí no viene la Iglesia desde los tiempos de Pablo VI, que pasó volando en un avión hacia el Japón y nos hizo adiós con la mano. Esta es una tierra sin Dios ni evangelios, aquí solo vale lo que dijeron los ancestros.
—Puedo buscar un juez que me juzgue y me aprisione. Pago mis años de condena y vuelvo a la libertad, en paz con los hombres.
—Hasta acá no llega juez, ni abogado, ni tribunal. Ésos son lujos de extranjeros. Nuestra única ley es la que escribe el viento en la arena y nuestra única justicia es la que se cobra por la propia mano.

Las cosas siempre han sido y serán tal como las dice el Tío, viejo profeta dueño de verdades y experto en fatalismos, y Nando Barragàn se rinde ante la evidencia milenaria, abrumadora. Agacha la cabeza, traga saliva amarga, clava la mirada en el piso y asume de una vez por todas su suerte despiadada.
El anciano le revela entonces el código de honor, las leyes transmitidas de generación en generación, las reglas de la guerra que debe respetar.

—Barraganes y Monsalves no podran seguir viviendo juntos -dictamina solemne, y por su boca chimuela habla la raza-. Tendrán que abandonar la tierra donde nacieron y crecieron, donde están enterrados sus antepasados: serán expulsados del desierto. Una de las familias irá a vivir a la ciudad, la otra, al puerto, y no podrán transgredir el territorio del adversario. Si matas a tu enemigo, deberás hacerlo con tu propia mano; nadie podrá hacerlo por ti. La pelea será de hombre a hombre, y no por encargo. No debes herirlo si está desarmado o descuidado, ni sorprenderlo por detrás.
—¿Cuándo podré vengar a mis muertos? -pregunto Nando, de espaldas al viento, decidido a asumir su papel en la pesadilla como si esta fuera la única realidad.
-Solamente en las zetas: a las nueve noches de su muerte, el día que se cumpla un mes, o en el aniversario. En las zetas tus enemigos te estarán esperando, y no los sorprenderás desprevenidos. Cuando el muerto sea de ellos actuarás de la misma manera, y en las zetas tú también te defenderás, y a los tuyos, porque ellos vendrán.
—¿Es todo?
—No lastimarás a los ancianos, a las mujeres o a los niños. El castigo de la guerra es solo para hombres.
—Dime como debó enterrar a mis muertos.
—Con su mejor ropa, puesta por la mano de quien más los quiso. Los colocarás boca abajo en el cajón, y al sacarlos de tu casa, sus pies deben ir hacia adelante.
—¿Quién ganará esta guerra?
—La familia que extermine a todos los miembros varones de la otra.
—¿Hay algo que pueda hacer para evitar tanta desgracia?
—Nada. Ahora vete y que cada quien muera en su ley.

El Tío se vuelve soplo, se deshace en suspiros, se pierde entre el huracán, como pedo en la tormenta. Nando Barragán sale por la puerta del norte y avanza en línea recta por la inmensidad amarilla y sin fronteras, a encontrarse con su raza para guiarla por el camino de su condena.”

Leopardo al sol
Laura Restrepo
Pág. 29-33

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