08/03/2015

poverty, Charles Bukowski

Pobreza

es el hombre que tú nunca has visto quien
te mantiene alerta,
el que ha de venir
algún día.

él no se encuentra en las calles o
en los edificios o en los
estadios,
o si está allá
lo he pasado por alto de algún modo.

él no es uno de nuestros presidentes
u hombres de estado o actores.

me pregunto si se encuentra allí.

bajo las calles
paso delante de farmacias y hospitales y
teatros y cafés
y me pregunto si él se encuentra ahí.

he mirado casi durante medio siglo
y él no ha sido visto.

un hombre vivo, verdaderamente vivo,
digamos cuando desciende la mano
al encender un cigarrillo
ves sus ojos
como los ojos de un tigre mirando fijamente
al pasar en el viento.

pero cuando las manos bajan
es siempre los
otros ojos
los que están allá
siempre siempre.

y pronto será demasiado tarde para mí
y habré vivido una vida
con farmacias, gatos, sábanas, saliva,
periódicos, mujeres, puertas y otros surtidos,
pero en ninguna parte
un hombre vivo.

Charles Bukowski

traducción de Rafael Díaz Borbón

vuit de març


06/03/2015

The Catcher in the Rye..., end



“Esto es todo lo que voy a contarles. Podría decirles lo que pasó cuando volví a casa y cuando me puse enfermo, y a qué colegio voy a ir el próximo otoño cuando salga de aquí, pero no tengo ganas. De verdad. En este momento no me importa nada de eso.
Mucha gente, especialmente el siquiatra que tienen aquí, me pregunta si voy a aplicarme cuando vuelva a estudiar en septiembre. Es una pregunta estúpida. ¿Cómo sabe uno lo que va a hacer hasta que llega el momento? Es imposible. Yo creo que sí, pero, ¿cómo puedo saberlo con seguridad? Vamos, que es una estupidez.
D.B. no es tan latoso como los demás, pero también me hace siempre un montón de preguntas. Vino a verme el sábado pasado con una chica inglesa que va a salir en la película que está escribiendo. Era la mar de afectada pero muy guapa. En un momento en que se fue al baño, que está al fondo de la otra ala del edificio, D.B. me preguntó qué pensaba de todo lo que les he contado. No supe qué contestarle. Si quieren que les diga la verdad, no lo sé. Siento habérselo dicho a tanta gente. De lo que estoy seguro es de que echo de menos en cierto modo a todas las personas de quienes les he hablado, incluso Stradlater y a Ackley, por ejemplo. Creo que hasta al cerdo de Maurice le extraño un poco. Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo. “

El guardián entre el centeno
J.D. Salinger
Alianza, 1978

pág. 225-226

04/03/2015

els ànecs de Central Park


“Era un taxi viejísimo que olía como si alguien hubiera acabado de vomitar dentro. Siempre me toca uno de ésos cuando voy a algún lado de noche. Pero más deprimente todavía era que las calles estuvieran tan tristes y solitarias a pesar de ser sábado. Apenas se veía a nadie. De vez en cuando cruzaban un hombre y una mujer abrazados por la cintura, o una pandilla de tipos riéndose como hienas de algo que apuesto la cabeza a que no tenía la menor gracia. Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche. La carcajada se oye a millas y millas de distancia, y hace que uno se sienta aún más triste y deprimido. En el fondo, lo que me hubiera gustado habría sido ir a casa un rato y charlar con Phoebe. Pero, en fin, como les iba diciendo, subí al taxi, y pronto el taxista empezó a darme un poco de conversación. Se llamaba Howitz y era mucho más simpático que el anterior. Por eso se me ocurrió que a lo mejor sabía lo de los patos.
—Dígame, Howitz -le dije-. ¿Pasa usted muchas veces junto al lago del Central Park?
— ¿Qué?
—El lago, sabe. Ese lago pequeño que hay cerca de Central South Park. Donde están los patos. ¿Sabe, no?
—Sí. ¿Qué pasa con ese lago?
— ¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?
—Adónde va, quién?
—Los patos. ¿Lo sabe usted, por casualidad? ¿Viene alguien a llevárselos a alguna parte en un camión o se van ellos por su cuenta al sur, o qué hacen?
El tal Howitz volvió la cabeza en redondo para mirarme. Tenía muy poca paciencia, pero no era mala persona.
— ¿Cómo quiere que lo sepa? -me dijo-. ¿Cómo quiere que sepa semejante estupidez?
—Bueno, no se enoje por eso.
— ¿Quién se enoja? Nadie se enoja.
Decidí que si iba a tomarse las cosas tan a pecho, mejor era no hablar. Pero fue él quien sacó de nuevo la conversación. Volvió otra vez la cabeza en redondo y me dijo:
—Los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven.”
El guardián entre el centeno
J.D. Salinger
Alianza, 1978
pág. 91-92


03/03/2015

¿Cuándo demonios vas a crecer de una vez?


"Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia…”. Desde el arranque de El guardián entre el centeno queda claro que Salinger pretendía situar su narración en la modernidad. Lo que no podía saber es que, bien entrado el siglo XXI, esta novela de aprendizaje iba a mantenerse tan fresca y actual como cuando la publicó en 1951, tanto por la forma en que está escrita como por lo que nos presenta, salvando el detalle de la ausencia de móviles y demás artefactos. Diez años antes, en una carta a una amiga, decía que estaba escribiendo una historia sobre “un chico de instituto durante las vacaciones de Navidad”.

Y sí, es eso. Eso y mucho más, seguramente porque ese chico, Holden Caulfield, es uno de los personajes más entrañables de la literatura universal, que mira y juzga lo que le rodea de una forma original, ácida, tierna a veces. Con algunos datos autobiográficos (unos epidérmicos, otros más profundos: el Holden que desprecia a casi todos, ¿no será ese escritor misántropo que deja de publicar y se aísla, acrecentando su leyenda?), Salinger escribió sobre los adolescentes, su rebeldía, su lucha por encontrar un lugar en el mundo, su miedo a crecer y a la vez su deseo de hacerlo. Porque Caulfield critica a los adultos, falsos, hipócritas o sencillamente imbéciles, mientras que aprecia a los niños, espontáneos, inocentes, generosos. Y por eso, lo que de verdad le gustaría es estar al borde del precipicio, al final del campo de centeno, para vigilar que los niños no caigan por él. Evitar que se hagan mayores. Pero eso es imposible, y de ahí la crisis de Holden.

Observador, sensible, exagerado, sarcástico, curioso (¿dónde irán en invierno los patos de Central Park?), en esos pocos días que dura su aventura, cuando, tras una pelea decide escapar del colegio del que ha sido expulsado y retrasar la vuelta a casa, ese chico de 16 años al que le gustaría aparentar más para que le sirvan las copas sin preguntas y para ser tenido en cuenta por las mujeres, piensa en el sexo, se emborracha, fuma, requiere los servicios de una prostituta, despotrica contra la educación académica, se deprime, dice tacos y abusa de las coletillas. Eso puede explicar que aún en 1980 fuera el libro más prohibido en los institutos de Estados Unidos. Pero el texto es inteligente, original, tiene humor, está lleno de vida y sensibilidad, posee un ritmo perfecto, nunca cae ni en lo cursi ni en lo soez, así que tampoco extraña que, en ese mismo año, fuera el segundo más recomendado.

En esa división entre los profesores que lo prohíben y los que lo recomiendan, estos últimos tienen un argumento difícil de rebatir: aquellos se están convirtiendo en lo que critican, en guardianes entre el centeno que no quieren que sus alumnos maduren. Carl Luce, un conocido mayor que él con el que Holden toma unas copas, le espeta: “¿Cuándo demonios vas a crecer de una vez?”. Y de eso trata este libro, a eso asistimos a lo largo de sus páginas, al abandono definitivo de la infancia, al complicado paso de una edad a otra. Todo, aquí, está en esa frontera: Holden, y la propia novela, publicada para adultos y adoptada por millones de adolescentes y jóvenes. Cada año se venden 250.000 ejemplares. La crítica también lo considera, casi unánimemente, como una de las obras mayores del siglo pasado. Es uno de esos felices y raros casos en los que crítica y público van de la mano a lo largo de décadas.

Holden se rebela contra la educación, contra la autoridad, contra los mayores, contra el inevitable proceso de madurar, cumpliendo muchas de las características de las novelas de iniciación. Su rebelión está condenada a la derrota, pero de ella surge una victoria imperecedera, la de dejarnos uno de los libros más maravillosos que se pueden leer casi a cualquier edad. Ese muchacho que pide y confiesa: “Toma una copa más. Por favor. Tengo una depresión horrible. Me siento muy solo, de verdad”, ha conseguido que millones de personas se sientan menos solas en algún momento de sus vidas. Ese es el extraordinario poder de los libros extraordinarios. Hacia el final, Holden nos da un consejo: “No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en el que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo”. Y al lector le sucederá algo semejante a lo que le sucede al narrador: cuando cierra el libro, empieza a echar de menos a Caulfield. Ya sólo le queda recomendarlo a los jóvenes y no tan jóvenes como si se hubiera publicado ayer.”

por Martín Casariego
Babelia
El País
18/02/2015



02/03/2015

gonzález ledesma-méndez

“Hace muchos años, en la época de los sábados lánguidos y la prostitución autorizada, no había apenas mujeres muertas. Por lo menos en Barcelona, a Méndez esos casos no le habían llamado la atención. Una vez, en la famosa casa de mujeres La Emilia, donde ahora está el hotel Gaudí, apareció una dama muerta en una de las habitaciones, pero seguro que no se trataba de una conjura internacional, sino de un pene fugitivo. Otra vez, en un hotelito para parejas junto a la ronda de San Antonio —muy discreto, tan discreto que se llamaba La Radio—, una dama se encamó con su novio policía, quiso jugar con la pistola de este y se introdujo el cañón en la vagina —quién diablos le habría hablado de estimular así el clítoris—; el arma se disparó y ella murió en el acto. Días después, al reconstruir el hecho en la misma habitación, la juez de turno se dio cuenta de que allí no había ninguna mujer (solo solemnes leguleyos barbados), y en cambio hacía falta de todas todas una mujer, porque, si no, a ver quién iba a poner la vagina para la reconstrucción dela muerte. Y entonces la valiente juez hizo ella de mujer, es decir, de amante, es decir, de muerta, y se introdujo la pistola ante todo el mundo, es decir, hubo vagina legal porque la valiente juez supo dictar providencia.
Nunca se ha sabido si la juez llegó con el tiempo a formar parte del Supremo o del Constitucional, pero todos los colegios de abogados de España piensan que lo merece.
Por último, se supo en las augustas salas de justicia que un travesti había sido contratado (de palabra, o sea, sin ninguna garantía legal) para una felación dentro de un coche que estaba aparcado de noche en un sitio tan discreto como el pasaje de la Concepción, pero el cliente vio las manos rudas del travesti, se puso nervioso y lo mató de un disparo. Luego resultó que el cliente en cuestión era un guardia civil, quien se puso a llorar de vergüenza ante el tribunal, y al presidente le dio tanta pena —o tanto rubor legislativo— que casi se desprendió de la toga para decirle al culpable que estaba allí para protegerlo.
Lo cierto es que la viejísima relación hombre-mujer mediante precio pactado en secreto en una habitación secreta nunca originó grandes estadísticas criminales, aunque sí originó grandes amores clandestinos y grandes broncas conyugales cuando el hombre volvía a casa. Y esa era la razón de que Méndez y otros viejos policías desconocieran las estadísticas, y esa era también la razón de que en el país reinara la paz, que es la única garantía del pueblo.
Pero la trata de blancas es un fenómeno internacional que mueve grandes intereses y cuesta la vida a centenares de mujeres que solo han cometido dos pecados: tener hambre y tener esperanza. Por eso resultó tan extraña —en principio— la muerte de aquella muchacha que había tratado de huir por las calles de Barcelona, la muerte en aquella casa que iba a ser derribada, y por eso Méndez comprendió que tenía que actuar de algún modo, y sintió que su viejo barrio le necesitaba, y se dio cuenta de que aquella sangre inocente le llamaba, porque la muerte es la que da sentido a la vida. Además no era una muchacha, sino dos. Pero eso Méndez no lo supo hasta que entró en la casa.”

“Peores maneras de morir”
Francisco González Ledesma