04/11/2018
el padre Brown
Publicada entre 1910 y 1935, la saga del padre Brown es la obra más querida
y personal de Chesterton. Armado con una sombrilla y el conocimiento de todo lo
humano adquirido en el confesionario, el regordete y despistado cura de Essex desentraña
crímenes y misterios.
02/11/2018
el amargo
El 18 de junio
de 1936, se anunció en una radio de Moscú la muerte de Makxim Gorki, “el gran escritor ruso, el maestro de la palabra, amigo de los trabajadores y luchador por la
victoria del comunismo”.
El Kremlin
celebró un funeral de Estado en su honor. Medio millón de personas acudió a la capilla
ardiente instalada en el centro de Moscú. Tras la incineración, la urna con las
cenizas —vigilada por la policía y los soldados del ejército y colocada sobre
una camilla adornada— fue trasladada a hombros de Stalin y su equipo hasta la
Plaza Roja, donde estaban aguardando más
de 100.000 personas. Junto al mausoleo de Lenin, los políticos fueron
pronunciando sus vehementes discursos.
El escritor
francés André Gide, amigo personal
de Gorki, habló en nombre de la Asociación Internacional de Escritores. Cuando la ceremonia hubo terminado, se enterró la urna en la Necrópolis de la
Muralla del Kremlin, contraviniendo el
último deseo del escritor, que deseaba
descansar junto a su hijo en el cementerio Novodévichi.
El cronista
ruso Arkadi Vaksberg siempre apoyó la teoría de que Gorki fue envenenado por
orden de Stalin y no murió de una enfermedad cardíaca, como afirma la versión
oficial. Cualquiera que sea la verdad, por entonces Gorki ya estaba muy
enfermo.
Solo unas
horas después de su muerte se le extirpó el cerebro en una operación
quirúrgica. El cerebro de Maxim Gorki se conserva en el Instituto Neurológico
de Moscú junto con los cerebros de Mayakovski, Lenin y muchos otros pensadores,
escritores y políticos rusos.
el Gorki de los Balcanes
“Panait Istrati, Brãila, 1884 - Bucarest, 1935. Hijo de un contrabandista griego y una
campesina rumana que se ganaba la vida haciendo de lavandera, tuvo una infancia agitada que posteriormente
saldría a relucir en algunos pasajes de sus obras, como también habría de aparecer el entorno
natural en que su niñez transcurrió, regado por el cauce caudaloso del Danubio.
Desde muy
joven se vio obligado a trabajar en diversos oficios, en los que tomó
conciencia humana y política en favor de las clases proletarias, a las que comenzó a defender muy pronto en las
tribunas que la prensa socialista obrera puso a su alcance. Así se granjeó una bien merecida fama de
activista político que le permitió capitanear algunas agitaciones sociales,
como la de los trabajadores del puerto de Braila.
A partir de
1916, añorando la vida errante a la que
le había acostumbrado durante su niñez la insegura actividad de su padre, decidió abandonar Rumanía y recorrer varios
países de Europa, así como el Oriente
Próximo y Argel. Las vivencias
acumuladas durante estos viajes, enriquecidas con la experiencia danubiana,
constituyeron luego el material básico con el que moldeó su producción
literaria.
Se instaló
durante un tiempo en la ciudad francesa de Niza, donde cayó en una profunda depresión que
estuvo a punto de conducirle al suicidio. Se salvó gracias a una confesión epistolar que
envió al novelista y musicólogo francés Romain
Rolland, que entonces gozaba de gran
prestigio en las esferas culturales galas. Rolland quedó impresionado por las ideas y la
prosa de Istrati, y se convirtió en una especie de protector suyo: le presentó
en los círculos literarios franceses y le allanó el camino para que pudiese
publicar su primera novela, Kyra
Kyralina (1924), a la que enseguida
siguió en las prensas francesas su obra más importante, la trilogía conocida como La vida de Adrián Zograffi (1925-1927), compuesta por las novelas Codine, Años oscuros y Mikhaïl.
En estas tres
narraciones, Panait Istrati hace un completo y minucioso repaso de la dramática
situación económico-social en que se encuentran las clases más desfavorecidas
de su país natal, siempre valiéndose de
un estilo ameno y fluido que encuadra sus argumentos y sus personajes en
grandes cuadros paisajísticos.
La culminación
de sus ideas filosófico-estéticas llegó con la novela titulada Les chardons du Baragan (Los cardos de Baragan, 1928),
considerada por críticos y lectores como la obra maestra de Panait Istrati, y una de las obras fundamentales de la
narrativa mundial del siglo XX. Posteriormente publicó Mes départs (Mis salidas,
1928), Le pêcheur d'éponges (El pescador de esponjas, 1930) y Mediterranée (Mediterráneo, 1934).
Desde esta
constante dedicación a la creación literaria, Panait Istrati no abandonó nunca su romántica
lucha revolucionaria, a pesar de que una
larga estancia en la Unión Soviética (1927-1928) le hizo regresar a Francia muy
decepcionado del régimen estalinista que acababa de conocer y sufrir en sus
propias carnes (pues había sido condenado por la férrea burocracia de Stalin, precisamente por haber censurado sus torpezas
e injusticias). De nuevo en suelo galo,
escribió una demoledora crítica de estos excesos cometidos por el Partido
Comunista Soviético (Hacia otra llama,
1927-1929), obra que, en el momento de su aparición, no fue bien recibida en
los cenáculos político-culturales de París.
Tal vez esta
decepción animó a Panait Istrati a regresar definitivamente a su Rumanía natal,
en donde tuvo una gran acogida como
escritor y, sobre todo, como defensor de causas sociales. Empleó sus
tres últimos años de vida en estos compromisos políticos, sin abandonar del
todo la creación literaria, de la que
surgió una nueva novela, La casa de
Turingia (1933).
Fragmentos
de Los
cardos del Baragán:
“Confieso que
yo no tenía sueños de grandeza. Soñaba, eso es todo. Me rebelaba contra todo
ese pescado maloliente, contra esa apatía de los pantanos cenagosos y contras
mis propios padres que, por lo que veía, parecían querer dejarme en herencia su
miserable destino. No conocía ninguno más triste, incluido el de los vendedores
ambulantes de petróleo, cuyo pan estaba impregnado con el olor de su mercancía;
pero al menos comían pan a diario, mientras que nosotros sólo lo probábamos uno
de cada cuatro domingos.”
“Al igual que
el pastor, se tambalean; el moscovita sopla con furia redoblada sobre
su masa compacta, y mientras tanto el Baragán escucha, el cielo plomizo aplasta la tierra, y los
pájaros, desorientados, levantan el
vuelo. Y así durante una semana… El viento sopla… Los cardos resisten, doblándose en todas las direcciones, con la bola unida a un corto tallo, no más grueso que el dedo meñique. […] El pequeño tallo se rompe de golpe, cortado de raíz. Las bolas espinosas se echan a rodar, son miles y miles. Es el gran éxodo de los cardos: “Sabe Dios de
dónde vienen o adónde van”, dicen los
viejos mirando por la ventana. No se van
todos a la vez. Los hay que salen corriendo al primer soplo furioso, verdadera avalancha de ovejas grises. Otros se empeñan en resistir, pero los primeros los enganchan en su
cabalgata intempestiva y los arrastran.”
“—Soy de
Bucarest -les dijo-, y trabajo con las manos como vosotros, pero he aprendido a
conocer a mis enemigos, que no son ni Dios ni sus rayos. Son los amos de los
pueblos y de las ciudades los que nos reducen a la miseria, incluso en los años
de abundancia. Para nosotros nunca los hay.”
“Porque nunca,
desde los tiempos legendarios de la barbarie turca, mi país, dulce y laborioso,
había conocido días tan atroces como los que os relato en esta historia; nunca
mi apacible nación había sufrido tan cruelmente. Pero, ¿qué sabíamos de ello,
nosotros, los niños? Excepto la ingrata existencia de todos los que nacen en
una choza, excepto las privaciones constantes que liman, que modifican al ser
humano pero que, a fuerza de ser habituales, ya no indignan a nadie, ¿qué
sabíamos del gemido universal que se escapaba de millones de pechos campesinos
de una punta a otra de Rumanía?”
01/11/2018
Esperança Castell, ara em sé més fràgil
Compartim l'article que l’Enric
Umbert ha dedicat a l'obra poètica de la nostra companya de Vespres Literaris, Esperança Castell.
Esperança Castell,
ara em sé més fràgil
per Enric Umbert
“Una de les tasques més complicades d’un crític literari és la de
qualificar, posar en valor, un text. Avaluar no és cap trivialitat. “Un dia trobaré
les paraules adequades, i aquestes seran simples”, va deixar escrit el poeta nord-americà Jack Kerouac, coneguda icona de la
generació beat. I ho deia en prendre
consciència que la paraula ho és tot, el
mitjà més immediat d’expressió, el més
valuós. L’afirmació m’ajuda a definir un
patró segons el qual la virtuositat en la comunicació s’assoleix quan s’escriu
amb seductora simplicitat les coses més essencials. Aquest precepte pot ser una
bona vara de mesura, un referent.
Sota aquesta premissa he llegit l’obra de la poeta Esperança Castell (Sant Adrià del Besòs, 1951) que es concreta en
quatre poemaris propis i alguns de col·lectius. Com a poeta es donà a conèixer
el 2011 amb la publicació de Negre i fil
(Montflorit). Poc després publicà Flames a la fosca (Meteora, 2013), Arrels
a la roca (Meteora, 2016) i
recentment, l’excel·lent Blau Argila (Meteora, 2018). Una obra tardana d’una doctora en medicina i
psicoanalista que ha trobat en la poesia un mitjà en el qual mai “no m’hauria imaginat / que els incidents
fortuïts de joventut / reviscolessin com les fulles a les branques”.
A Blau Argila, Esperança Castell escriu, amb senzillesa i molta honestedat, poemes del fet més intrínsec, de la nostra essència, conscient que “la meva màscara de cortesia ja no admet més
impostures”. És deutora de la seva
passió pels estudis de l’intel·lecte, del simbolisme oníric i de la teràpia dels
desajusts emocionals. No és d’estranyar, doncs, que
els misteris insondables que pertanyen a la nostra realitat més pregona siguin
la matèria singular d’uns poemes que transmuten aquestes circumstàncies vitals
en imatges. Una tasca gens senzilla que la poeta resol amb destresa i claredat.
Esperança Castell escolta tant el que aflora com el que rau
submergit en les aigües solitàries de la ment i dels records, de tal manera que la responsabilitat
terapèutica i la creació poètica es nodreixen mútuament. Dos camins de vida i d’aprenentatge indestriables.
“Entre la molsa i les roques del marge /
trio el silenci / per covar-hi el sentit de les paraules”. Emprèn una autoanàlisi quan ens parla dels
fets passats que resten arrelats a la roca o al món vegetal per posar en
evidència les sensacions més ocultes: “La
memòria escombra cap a les habitacions més allunyades de la casa”. Alhora es deixa acaronar per la bellesa del
camí desplegant una poesia plena d’elements naturals, tots ells simbòlics. Un
correlació d’emocions, sovint punyents, suggerida amb senzillesa expressiva: “Les
xemeneies endrecen el dolor fent-lo fonedís”.
En un dels pròlegs, Jordi Llavina diu
que Esperança Castell és una “poeta
de la consciència”. Reblo aquesta afirmació quan observo que del joc de
correspondències i vinculacions d’elements intestins emergeix una poesia
reconfortant. Una poesia que acull al lector amb bellesa i serenor entre versos
que diuen i d’altres que en són el seu eco. “El paisatge és nou, refet, després de tantes nits”.
A Blau argila l’ús extensiu del vers lliure s’entén com
una manca de subordinació a les formes tradicionals amb l’objectiu de ressaltar
el discurs. La música de fons neix del
ritme intern farcit de paral·lelismes gramaticals, recurrències fonètiques, juxtaposicions d’imatges amén d’escollides
metàfores. Una melodia lligada per la
sintaxi que reprodueix el tempo emocional i els impulsos afectius. La música del sentit.
Estableix, així, el centre de gravetat en aquest peculiar imaginari on el
pensament brolla en total llibertat a l’aixopluc d’un vers homogeni i sense
estridències.
Esperança Castell o la simplicitat poètica del que és
essencial.”
Enric Umbert
29/10/2018
a Núvol, el digital de cultura
el ball de la mort
Reus, una ciutat amb una important tradició de
teatre festiu de carrer, a començaments de la dècada de 1980, sortí pels carrers del nucli antic el Ball de la Mort. La peça, que es podria qualificar de ball parlat de
nova creació, volia recrear les danses
de la mort històriques a partir d’un seguit de personatges d’estatus social ben
divers –un rei, un bisbe, un pagès o una jove, entre d’altres– que afrontaven
el seu traspàs a partir d’un diàleg amb el personatge de la Mort. Hi
intervenien també un narrador i la figura de la Vida.
Es va representar per primera vegada l’1 de
novembre de 1980, era encapçalat per una
professó o cercavila d’ànimes, un
seguici de persones amb la cara tapada i els cos cobert per un llençol que, amb
un ciri o atxa a la mà, aportaven una
visió prou impactant al conjunt. Es
representà durant tres o quatre anys pels carrers i places del centre de Reus.
La professó de les ànimes era una desfilada laica.
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