12/11/2018

el hombre que fue Chesterton



Por Fernando Savater


Uno de los empeños más evidentes de Chesterton (Londres, 1874- Beaconsfield, 1936) en casi todas las páginas que escribió es refutar la perspectiva moderna, pero de raíces clásicas, que describe el mundo con tintes lúgubres y pesimistas, un lugar donde incluso los goces sensuales y rebeldes están tocados por el ala negra de la desesperación. Para Chesterton la verdadera herejía moderna no es haber rechazado o ignorar a Dios sino rechazar o ignorar en qué consiste la alegría. No oculta su intención apologética, más bien blasona de ella hasta el punto que a veces su particular cruzada llega a hartar un poco incluso a quienes sentimos mayor simpatía por él. No es que predique con demasiado entusiasmo sino que su enorme entusiasmo sólo alcanza su cénit en el arrebato predicador. Pero no hay que confundir su actitud con una postura conformista que conjura los abismos de la existencia irreligiosa con abluciones de agua bendita. Al contrario, apuesta por la ortodoxia descartada en la era moderna pero desde una orilla trémula e incierta que tras un velo de humor resulta tan inquietante como el peor paganismo. No promete un futuro feliz para tranquilizarnos sino que precisamente nos inquieta por medio de él. Por decirlo con las mismas palabras con que describe la función de la buena poesía, “clama contra todos los mojigatos y progresistas desde las mismísimas profundidades y abismos del corazón destrozado del hombre, que la felicidad no es sólo una esperanza, sino en cierto extraño sentido un recuerdo y que somos reyes en el exilio”.

Es evidente que Chesterton es un escritor lleno de humor, a veces francamente cómico, que incluso diríamos que se pierde —o pierde el hilo de lo que está contando— por un buen chiste o una carambola verbal. Hasta cuando está hablando del tomismo medieval o del militarismo alemán puede ser sumamente divertido. Pero aun reconociendo esa infrecuente virtud, aunque lo leemos con una sonrisa perpetua en los labios y a veces con una abierta carcajada, también es cierto que al cabo de un rato de leerle nos sentimos más fatigados que si hubiéramos tenido entre manos el libro de un autor más aburrido. No trato de plantear una paradoja de apariencia chestertoniana y decir que los autores divertidos cansan antes que los aburridos: esta paradoja no es propia de G. K. Chesterton por la sencilla razón de que es falsa. Luego hablaremos de ello… Lo cierto es que hay una buena razón para que esa paradoja en general falsa sea en su caso verdadera. Y es que cada página, no cada página sino cada párrafo, no cada párrafo sino cada línea o línea y media de Chesterton plantea una polémica. Leerle es participar en un torneo interminable, en una batalla de esas que comienzan al alba y aún sigue entre mandobles y lanzadas cuando llega el crepúsculo. Al levantar con un suspiro la vista de la página que estamos leyendo, tenemos la imaginación llena de tópicos muertos, de evidencias destripadas, de creencias indiscutibles que han sido discutidas hasta que hemos dejado de creer en ellas y yacen yertas. Cada observación aparentemente inocente ha dado lugar a una refriega, cada certeza se ha disuelto en un pulso, cada perspectiva histórica vulgar ha sido arrastrada por las mulillas después de varias estocadas y el correspondiente descabello. El rato que leemos a G. K. Chesterton no estamos disfrutando del sillón en nuestro gabinete sino que hemos galopado en nuestro corcel de guerra por el campo de liza, que no en vano se llamó en tiempos “campo de la verdad”. No es extraño que de vez en cuando tengamos que descansar…

Antes dije que una paradoja falsa o artificiosa no pertenece al género que cultivó Chesterton, cuya maestría en ese campo le envidian incluso quienes le detestan y sobre todo los que pretenden sin éxito imitarle. Borges señaló perspicazmente que una característica de Oscar Wilde que suelen menospreciar hasta los que más festejan sus boutades y trallazos de ingenio es que por lo común además tiene razón. Algo semejante puede decirse del estilo pugnaz de G. K. Chesterton: no busca sobre todo sorprender o desconcertar (aunque es evidente que no le disgusta conseguirlo) sino hacernos pensar dos veces y desde un ángulo menos trillado lo que suponemos obvio… porque vemos a otros aceptarlo como tal. Cuando polemiza con escritores de talento a los que sin duda admira (Chesterton tenía buen ojo literario y nunca desprecia a un autor por no compartir sus ideas) se nota especialmente este tipo de chocante esgrima. Elijo un ejemplo entre mil. Como tantos otros antes o después que él, critica en el gran Rudyard Kipling su adoración del militarismo. Pero se distancia crucialmente de los demás en su argumentación, de acuerdo con su línea paradójica: “El mal del militarismo no es que enseñe a ciertas personas a ser feroces y altaneras y excesivamente belicosas. El mal del militarismo es que enseña a la mayoría de los hombres a ser mansos y tímidos y excesivamente pacíficos. El soldado profesional gana más y más poder a medida que decae el coraje de una comunidad. (…) Los militares ganan el poder civil en la misma proporción en la que los civiles pierden las virtudes militares”. Más adelante señala que nuestra época ha logrado a la vez “el deterioro del hombre y la más increíble perfección de las armas”, lo que ya era cierto en aquellos días y lo es mucho más en los nuestros. El complemento ideal de la beata admiración de los uniformes y la fanfarronería es el repliegue pacifista. Incluso quienes más veneramos a Kipling tenemos que asumir que este sesgo inusual del reproche usual que se le suele hacer es diabólicamente certero…

Podríamos aducir otros muchos casos en que Chesterton, cuando aparta la vista de los elfos y los gerifaltes de antaño, señala con penetración las grietas de la modernidad. A la fascinación del cine le opone que propicia errores irrefutables, sobre todo en materia histórica: cuando alguien escribe disparates en un libro siempre salen otros diez o doce escritores que señalan sus fallos, pero nadie hace otra película para enmendar las equivocaciones filmadas. Es más, los que ven películas no suelen leer además libros para conocer las mentiras de la pantalla, hasta tal punto —señala G. K. Chesterton— que la palabra “pantalla” cobra el extraño sentido de lo que encubre y disimu­la. ¿Qué hubiera dicho ante el actual imperio de la pantalla digital y sus embelecos? También la creciente idolatría de la naturaleza, que ya apuntaba en su tiempo en la aplicación del darwinismo a la moral y en el nuestro en la psicología evolutiva o la ecología, le mueve a reflexiones oportunas: “Basarse en la teoría evolutiva permite ser inhumano o absurdamente humano, pero no humano. Que tú y el tigre seáis lo mismo puede ser un motivo para ser amable con el tigre. O para ser tan cruel como él”. En cuanto a sus ideas políticas, la fundamental para él era la democracia y la entendía del mejor modo posible: “He ahí el primer principio de la democracia: que lo esencial en los hombres es lo que tienen en común y no lo que los separa”. Aún no se había puesto de moda lo de que la mayor riqueza humana es la diversidad y quincalla intelectual semejante…

Chesterton fue un decidido humanista pero convencido de que mejoramos nuestra humanidad al reflejarnos en lo divino. En una vida no excesivamente larga pero muy fecunda escribió narraciones, poemas, piezas teatrales, ensayos y artículos. También unas estupendas biografías, que nada tienen que ver con el puntillismo académico que levanta sesudo inventario de la frecuencia de los alivios intestinales de los personajes estudiados y miserias parecidas. En las suyas, de escritores, santos o artistas, Chesterton realiza a mano alzada un retrato del alma de su biografiado, es decir de aquello que le hizo único y que justifica nuestro interés por su vida. También su memorable autobiografía sigue el mismo criterio. En España tenemos la suerte de contar desde hace décadas con múltiples ediciones de la mayor parte de la obra de G. K. Chesterton. Acantilado ha editado varias, entre ellas últimamente un volumen de Ensayos escogidos seleccionados por W. H. Auden que recomiendo a quienes quieran conocer esta faceta del autor, distinta a su habilidad como articulista. Y Renacimiento se lleva la palma,  con un amplio catálogo que incluye todos los géneros: su publicación más reciente reúne lo mejor que escribió G. K. Chesterton para celebrar la Navidad, una fiesta religiosa y popular, con abundante tradición gastronómica y llena de ilusiones mágicas, que se celebra en familia y disfrutan (¡o disfrutaban!) sobre todos los niños…En una palabra, hecha para gustar al gigante feliz.”

Fernando Savater
El País
01/12/2017




XI Muestra Cine Indígena de Barcelona


XI Muestra Cine Indígena de Barcelona

Teatre Ateneu, Cerdanyola del Vallès, Miércoles 14 noviembre 2018, 19:00 horas

(entrada libre)

Con la participación de Bashe Nuhem, comunicadora indígena del pueblo Qom (Argentina).
Defensora y integrante de la ACIC (Asociación de Comunicación Indígena Comunitaria) y
jurado del XIII Festival Internacional de Cine y Comunicación Indígena FICMAYAB celebrado
por la CLACPI en Guatemala.
Programa:
Identidad
Experimental, 4 minutos, Panamá 2017. Director: Iván Jaripio. Pueblo: Piriatí Emberá.
Grupo Productor: Trece Mundos
Sinopsis:  Una mirada diferente y alucinante que busca contrastar las tradiciones indígenas
frente al mundo contemporáneo ante la amenaza territorial y cultural, urge la resistencia de los
pueblos originario para defender sus tradiciones.
Reconocimientos:
  • Selección oficial Festival Internacional Icaro (Guatemala, 2017)

  • Selección oficial Ganadores del 10° Festival Internacional de Cine de Eco de Kuala Lumpur
    ( Malasia, 2017 )
  • Ganador: Public Service Announcement Award.









10/11/2018

Como hallé al superhombre




Un relato de G.K. Chesterton


“Los lectores de [George] Bernard Shaw y de otros escritores de vanguardia tal vez estén interesados en saber que el Superhombre ha sido hallado. Yo lo encontré; vive en South Croydon. Mi éxito es un gran golpe para Shaw, que ha estado siguiendo una pista falsa y ahora busca a la criatura en Blackpool; y en cuanto a la idea del señor [Herbert George] Wells de extraerlo del aire en su propio laboratorio, siempre creí que estaba condenada al fracaso. Le aseguro a Wells que el Superhombre de Croydon nació de la manera ordinaria, aunque él mismo, por supuesto, es cualquier cosa menos ordinario.

Sus padres, por cierto, no son indignos del maravilloso ser que han dado al mundo. El nombre de Lady Hypathia Smythe-Brown (ahora Lady Hypathia Hagg) nunca será olvidado en East End, donde ella hiciera tan espléndido trabajo social. Su grito de guerra "¡Salven a los niños!" denunciaba la cruel negligencia que compromete la vista de los pequeños al permitirles usar juguetes de colores violentos. Ella citaba incontestables estadísticas que probaban que los niños a los que se les permitía mirar colores como violeta o bermellón a menudo sufrían de visión deficiente en su ancianidad; y fue debido a su incesante cruzada que la pestilencia de las herramientas Monkey-on-the-Stick fue casi eliminada de Hoxton.

La comprometida reformadora recorría las calles incansablemente, llevándose los juguetes de los chicos pobres, quienes a menudo recibían con lágrimas esta demostración de bondad. Sus buenas acciones fueron interrumpidas, en parte, por un nuevo interés en el credo de Zaratustra, y en parte por haber recibido un salvaje golpe dado con un paraguas. Éste le fue infligido por una vendedora de manzanas, una irlandesa libertina que, retornando de alguna orgía a su destartalado departamento, halló a Lady Hypatia en su dormitorio, llevándose cierto óleo que, por decir lo menos, realmente no era edificante.

Entonces esta celta ignorante y parcialmente intoxicada le propinó a la reformadora social un fuerte golpe, añadiendo al mismo una absurda acusación de robo. La mente exquisitamente balanceada de la dama recibió una conmoción, y fue durante el breve período que ésta la afligió que se casó con el señor Hagg.

Del doctor Hagg mismo creo que es innecesario hablar. Cualquiera mínimamente familiarizado con aquellos atrevidos experimentos en Eugenesia Neoindividualista que son hoy el interés exclusivo de la democracia inglesa debería conocer su nombre, así como a menudo encomendarlo a la protección personal de un Poder Impersonal. Temprano en su vida logró esa despiadada comprensión de la historia de las religiones que se obtiene trabajando desde la adolescencia como ingeniero eléctrico. Más tarde se convirtió en uno de nuestros mayores geólogos, y adquirió esa valiente y brillante visión en el futuro del socialismo que sólo la geología puede dar.

A primera vista parecería haber algo así como una desavenencia, una ténue pero perceptible fisura, entre sus ideas y las de su aristocrática esposa. Ella estaba a favor (para usar su propio y poderoso epigrama) de proteger a los pobres de sí mismos, mientras que él declaraba sin pena, usando una nueva y conmocionante metáfora, que los más débiles deben irse a pique. Eventualmente, de todos modos, la pareja percibió una comunión esencial en el carácter inconfundiblemente moderno de ambas visiones, y en esta luminosa y comprehensiva expresión sus almas hallaron paz. El resultado es que esta unión de los dos tipos más elevados de nuestra civilización, la dama elegante y el médico cualquier cosa menos vulgar, ha sido bendecida por el nacimiento del Superhombre, el ser que todos los trabajadores de Battersea esperan día y noche con impaciencia.

Hallé la casa del doctor y de Lady Hypatia Hagg sin demasiada dificultad; está situada en una de las últimas y ya raleadas calles de Croydon, a la vista de una línea de álamos. Llegué a su puerta hacia el crepúsculo, y parecía natural que mi extravagancia percibiera, en la oscuridad creciente, algo sombrío y monstruoso en las formas indistintas de aquella casa donde se albergaba una criatura más maravillosa que los hijos de los hombres. Cuando se me hizo pasar fui recibido con exquisita cortesía por Lady Hypatia y su esposo, pero encontré mucha mayor dificultad para poder ver al Superhombre, que ahora tiene alrededor de quince años y permanece en una habitación apartada. Incluso mi conversación con el padre y la madre no aclaró mucho el carácter de esa misteriosa criatura. Lady Hypatia, que tiene un rostro pálido y conmovido, y viste esos impalpables y patéticos grises y verdes con los que ella ha dado brillo a tantos hogares en Hoxton, no parecía hablar de su vástago ni con un poco de la crasa vanidad de una madre humana ordinaria. Me atreví a preguntar si el Superhombre era bello.

"Usted sabe, él se mide con su propia vara", respondió ella con un ligero suspiro. "En ese plano es más bello que Apolo. Visto desde nuestro plano inferior, por supuesto..." Y ella suspiró otra vez.

Tuve entonces un impulso reprobable, y pregunté de pronto "¿tiene cabello?"

Hubo un largo y dolorido silencio, y entonces el doctor Hagg dijo suavemente: "todo en su plano es diferente; lo que él tiene no es... bueno, no, por supuesto, lo que llamaríamos cabello... pero..."

"¿No piensa usted" - dijo su esposa muy delicadamente - "no piensa usted que realmente, a los fines de dirigirse al mero público, uno podría llamarlo cabello?"

"Tal vez tienes razón" - dijo el doctor tras unos momentos de reflexión - "En relación a un cabello así uno debería hablar en parábolas".

"Bueno, qué diablos es esto" - pregunté algo irritado - "Si no es cabello ¿qué es? ¿Son plumas?"

"No son plumas, tal como entendemos las plumas" - respondió Hagg, con voz tremenda.

La irritación creció en mí. "¿Puedo verlo, en cualquier caso?", pregunté. "Soy un periodista, y no tengo ninguna motivación terrenal, salvo la curiosidad y la vanidad personal. Me gustaría decir que estreché la mano del Superhombre".

El ánimo de ambos estaba por los suelos; permanecían de pie, incómodos. "Bueno, por supuesto, usted sabe" - dijo Lady Hypatia, con esa tan encantadora sonrisa de las anfitrionas aristocráticas - "usted sabe que él no podría estrecharle la mano... manos no, usted sabe... La estructura, por supuesto..."

Rompiendo todas las convenciones sociales, me lancé hacia la puerta de la habitación en la que pensaba que estaba la criatura increíble. Irrumpí en ella; la habitación estaba oscura. De enfrente de mí llegó un pequeño y triste aullido, y de detrás de mí un doble chillido.

"¡Usted lo hizo!" sollozó el doctor Hagg, hundiendo la frente calva en sus manos. "¡Usted hizo que lo alcanzara una corriente de aire, y ahora está muerto!"

Al irme de Croydon esa noche vi hombres de negro llevando un ataúd que no era de forma humana. El viento ululaba sobre mí, agitando los álamos, que se inclinaban y cabeceaban como penachos de algún funeral cósmico.

"Verdaderamente" - dijo el doctor Hagg - "es el universo entero llorando la frustración de su más magnífico nacimiento".

Pero yo creí percibir un tono burlón en el agudo gemido del viento.”

08/11/2018

las claves chesterton


El hombre que fue Chesterton

por Guillermo Cabrera Infante

 “Una tarde de verano, en Sitges, fuimos Fernando Savater, Muñoz Suay, Juan Cueto, Miriam Gómez y yo a ver el monumento a Chesterton,  tal vez el único monumento que tiene Chesterton fuera de estas islas.  Gilbert Keith Chesterton,  más conocido como G. K. Chesterton, fue un formidable escritor inglés de aspecto rotundo,  voz sonora y mente ágil,  que es de los pocos intelectuales ingleses que ha habido. Polemista consumado y católico converso, Chesterton polemizó con casi todo el mundo en Inglaterra y a veces en Irlanda. Fue Bernard Shaw quien bautizó a Chesterton y a su correligionario Hilaire Belloch con el nombre de una máquina para triturar argumentos contrarios,  y la llamó la Chesterbelloc.  Pero Chesterton se podía batir solo contra cualquier oponente.  Su obra maestra,  El hombre que fue Jueves (1908), le hizo famoso,  primero en Inglaterra y luego en todas partes.  Su invención del padre Brown, detective,  consolidó su fama como narrador cuando ya era conocido como un ensayista de primera fila y un periodista de fama.

Otra tarde fuimos a pasear por el barrio Míriam Gómez y mis hijas Ana y Carola,  por los alrededores. Caminando nos llegamos hasta Notting Hill y allí,  muy cerca de la puerta,  que es más conocida que visible, vimos una casa con una de las placas azules que indican que allí vivió alguien famoso.  Ése era,  después de muerto en 1936 (había nacido en 1874),  Chesterton,  que tenía una novela llamada El Napoleón de Notting Hill y era tan absoluto su héroe como su autor. Por ese tiempo,  yo me escribía con Victoria Ocampo,  la dominatriz de la revista y el grupo Sur, y cuando le conté mi descubrimiento me dijo cuánto le habría gustado a Borges ver esa casa y esa placa.  Todos sabemos que Chesterton es uno de los héroes epónimos de Borges,  y cómo ha hecho de un párrafo y una frase de El hombre que fue Jueves casi su divisa.  Dice el párrafo memorable: “Sólo podía fantasear,  como en una fábula del viejo mundo, de un hombre que podía viajar al Occidente,  hasta el fin del mundo,  y encontraría algo -digamos un árbol- que era algo más y algo menos que un árbol,  un árbol poseído por un espíritu;  y si fuera al este del mundo encontraría algo más,  una cosa que sería ahora íntegra -una torre, tal vez-, cuya sola forma era malvada".

Borges tomó la última frase y la devolvió como "una torre cuya sola arquitectura era malvada". Hubo otras variaciones no hechas por Borges, sino por alguno de sus lectores,  yo mismo, y la frase se hizo una divisa. El capítulo comenzaba hablando de "seis hombres que habían jurado destruir el mundo", y acababa: "El fin del mundo se veía venir". Había otros momentos igualmente terribles en que Syme,  el protagonista, "supo que el bullicioso desayuno era el cónclave secreto de los Dinamiteros de Europa". Eran siete los complotados, que culminaban en el portentoso Domingo, con mayúscula, y Syme sería el Jueves, después de cometer alguna infamia en nombre de la ley.  El complot sería "para atacar los sólidos tronos de horribles reyes paganos". Todo el libro,  la novela,  la narración,  tenía ese estilo entre inusitado y tremendo -para conformar la obra maestra de Chesterton-.

Hubo otros libros memorables.  Muchos,  porque Chesterton era un autor prolífico que producía artículos de periódicos hasta formar libros,  y libros que eran argumentos católicos -es decir, universales- sobre santos y hombres no tan santos,  como su biografía de Robert Louis Stevenson. Señalo la obra sobre Stevenson para demostrar que Chesterton no temía a las señales directas, ya que Stevenson es una influencia visible, y El hombre que fue Jueves recuerda,  a veces,  demasiadas veces,  más a Los dinamiteros,  esa obra maestra mal conocida de Stevenson.  Pero,  sobre todo,  porque Chesterton era un original.  Como católico converso, sus argumentos teológicos eran impecables. Implacables,  cuando estos argumentos irrebatibles y condenatorios venían de su personaje más célebre,  el padre Brown.  Chesterton,  que había producido poemas memorables y novelas teológicas, en los cuentos del padre Brown unió su talento para la forma breve con su sentido melodramático de la literatura.  Entre los cuentos del padre Brown hay versiones de ese gran escéptico que fue Sherlock Holmes y sus teorías detectivescas.  Los cuentos,  además,  son ingeniosos y hábiles y están bien contados.  Muchos piensan que le han ganado la inmortalidad que le negaban sus novelas largas y sus versos breves.

El hombre que fue Jueves es la obra maestra de Chesterton y mi encuentro con ella fue extraordinario. Yo no conocía que existiera la novela y casi no sabía que existiera Chesterton. Tenía 14 años y me encontré con ella de manera fortuita. Traía el periódico cubano Información, como obsequio a sus suscriptores,  una novela cada mes.  Eran unos folletones feos,  pero así fue como conocí, por ejemplo, a Ellery Queen.  Fue una novela de crimen y misterio titulada El misterio del ataúd griego. De la misma manera me encontré con El hombre que fue Jueves. Yo tenía 14 años, pero ya era un lector de novelas de misterio. Comencé a leer la novela de Chesterton y su sutil misterio me atrapó, con sus extraños personajes y aún más extraños parajes. Conocí en el trópico a los complotados de Saffron Park y su deambular por calles de sueño y pesadilla y niebla. Fue un libro fascinante,  pero más fascinante aún es la explicación de la novela de aventuras que da su autor,  Chesterton.

"Recurro aquí", escribe Chesterton, "a mi punto de vista personal acerca de la tendencia a fallar en conocer lo que dice el mismo título;  o aun a lo que dice el título... En una columna vagarosa,  si es porque es personal o impersonal,  se permite introducir minucias de uno mismo, como también acerca de otra gente, siempre que sea lo suficientemente obvio que son minucias. Y puedo declarar en conexión,  o en su desconexión,  que yo suelo tener una objeción...

...Es raro que un ejemplo ocurra en mi caso... en un libro llamado El hombre que fue Jueves... Pero este error es debido enteramente dado el hecho de que han leído el libro,  pero no han leído el título que está en la página del título.  En mi caso,  es verdad que se trata de un subtítulo más que de un título.  El libro se llamaba El hombre que fue Jueves: una pesadilla.  No pretendía describir el mundo real tal como es o como yo creía que era, aun cuando mis pensamientos estaban considerablemente menos asentados que lo están ahora. La intención de describir el mundo de una desesperada duda, desespero que los pesimistas describían generalmente por esas fechas; con sólo un rayo de esperanza en el doble sentido de la duda, que aun los pesimistas sentían de una manera irregular".

Estas notas las publicó Gilbert Keith Chesterton en Londres el 13 de junio de 1936. El día antes de morir.

Guillermo Cabrera Infante
El País
25/10/2003

07/11/2018

un poema de chesterton




El burro

Gilbert Keith Chesterton


Cuando peces volaban y andaban las florestas
y los higos crecían entre espinas,
cuando la luna era de sangre, entonces
fue que vine a la vida.

Con monstruosa cabeza, repelente rebuzno
y las orejas como errantes alas,
parodia andante del demonio, en medio
de la restante grey de cuatro patas.

Descastado harapiento de la tierra,
viejo, maligno y terco.
azotadme, burlaos; yo estoy callado,
yo guardo mi secreto.

¡Tontos! sabed que tuve alguna vez mi hora,
una lejana y dulce hora de rapto;
hubo clamores junto a mis oídos
y palmas a mi paso!


traducción de Julio Cortázar


The donkey
 
When fishes flew and forests walked
And figs grew upon thorn
Some moment when de moon was blood
Then surely I was born.

With monstrous head and sickening cry
And ear like errant wings
The devil's walking parody
On all four-footed thins.

The tattered outlaw of the earth
Of ancient crooked will
Starve, scourge, deride me; I am dumb
I keep my secret still.

Fools! for I also had my hour,
One far fierce hour and sweet
There was a shout about my ears
And palms before my feet.

06/11/2018

exposició Marutxi




La nostra companya Marutxi Beaumont inaugura exposició dels seus gravats. L’acte tindrà lloc el dilluns 12 de novembre, a les  20 hores,  a l'Espai Vi, carrer de Les Belles Arts,2  de Cerdanyola del Vallès.

Podreu gaudir de l’exposició fins el dia 9 de desembre de 2018

chesterton por borges


Modos  de  G. K. Chesterton

por Jorge Luis Borges

“Ha muerto (ha padecido ese proceso impuro que se llama morir) el hombre G. K. Cliestertoii, el saludado caballero Gilbert Keith Chesterton: hijo de tales padres que han muerto, cliente de tales abogados, dueño de tales manuscritos, de tales mapas y de tales monedas, dueño de tal enciclopedia sedosa y de tal bastón con la contera un poco gastada,  amigo de tal árbol y de tal río. Quedan las caras de su fama, quedan sus proyecciones inmortales, que estudiaré.  Empiezo por la más divulgada en esta república:

CHESTERTON, PADRE DE LA IGLESIA. Entiendo que para muchos argentinos,  el auténtico es ese Chesterton. Desde luego,  el mero espectáculo de un católico civilizado,  de un hombre que prefiere la persuasión a la intimidación y que no amenaza a sus contendores con el brazo seglar o con el fuego póstumo del Infierno,  compromete mi gratitud.  También,  el de un católico liberal,  el de un creyente que no toma su fe por un método sociológico.  (Es el caso de repetir la buena humorada de Macaulay: Hablar de gobiernos esencialmente protestantes o fundamentalmente cristianos es como hablar de un modo de hacer compotas esencialmente protestante o de una equitación fundamentalmente católica).  Se me recordará que en Inglaterra no hay el catolicismo petulante y autoritario que padece nuestra república —  hecho que anula o disminuye los méritos de la urbanidad polémica del Everlasting Man o de Orthodoxy.  Acepto la enmienda,  pero no dejo de apreciar y de agradecer esos corteses modales de su dialéctica.

Otro evidente agrado: Chesterton recurre a la paradoja y al humour en su vindicación del catolicismo.  Eso importa invertir una tradición,  erigida por Swift,  por Gibbon y por Voltaire. Siempre el ingenio había sido movilizado contra la Iglesia.  El hecho no es casual. La Iglesia — para decirlo con palabras de Apollinaire  -- representaba el Orden;  la Incredulidad,  la Aventura. Más tarde - para decirlo con palabras de Browning o,  si se quiere,  del charlatán de sobremesa Sylvester Blougram — Canjeamos,  a fuerza de negaciones,  una vida piadosa con sobresaltos de incredulidad por una vida incrédula con sobresaltos de fe.  Antes decíamos que el tablero era blanco;  ahora que es negro…  La obra apologética de Chesterton corresponde precisamente a ese canje.  Desde un punto de vista controversial,  corresponde demasiado precisamente.  La certidumbre de que ninguna de las atracciones del cristianismo puede realmente competir con su desaforada inverosimilitud es tan notoria en Chesterton,  que sus más edificantes apologías me recuerdan siempre el Elogio de la locura o El asesinato considerado como una de las bellas artes. Ahora bien, esas defensas paradójicas de causas que no son defendibles,  requieren auditores convencidos de la absurdidad de esas causas.  A un asesino consecuente y trabajador, El asesinato considerado como una de las bellas artes no le haría gracia.  Si yo ensayara una Vindicación del canibalismo y demostrara que es inocente consumir carne humana,  puesto que todos los alimentos del hombre son,  en potencia,  carne humana,  ningún caníbal me concedería una sonrisa,  por risueño que fuera. Temo que a los sinceros católicos les suceda algo parecido con los vastos juegos de Chesterton. Temo que les moleste su ademán de ocurrente defensor de causas perdidas.  Su tono de bromista cuyo honor está en razón inversa de la verdad de los hechos que afirma.

La explicación es fácil: el cristianismo de Chesterton es orgánico;  Chesterton no repite una fórmula con temor evidente de equivocarse;  Chesterton está cómodo.  De ahí,  su empleo casi nulo del dialecto escolástico.  Es,  además,  uno de los pocos cristianos que no sólo creen en el Cielo,  sino que están interesados en él y que abundan,  a su respecto,  en inquietas conjeturas y previsiones.  El hecho es inusual... No olvidaré la visible incomodidad de cierto grupo de católicos,  una tarde que Xul-Solar  habló de ángeles y de sus costumbres y formas.

Chesterton — ¿quién lo ignora? -- fue un incomparable inventor de cuentos fantásticos. Desgraciadamente,  procuraba educirles una moral y rebajarlos de ese modo a meras parábolas. Felizmente,  nunca lo conseguía del todo.

CHESTERTON,  NARRADOR POLICIAL.  Edgar Allan Poe escribió cuentos de puro horror fantástico o de pura bizarrerie;  Edgar Allan Poe fue inventor del cuento policial.  Ello no es menos indudable que el hecho de que no combinó jamás los dos géneros. Nunca invocó el socorro del sedentario caballero francés Augusto Dupin (de la rué Dunot) para determinar el crimen preciso del Hombre de las Multitudes o para elucidar el modus operandi del simulacro que fulminó a los cortesanos de Próspero,  y aun a ese misino dignatario,  durante la famosa epidemia de la Muerte Roja. Chesterton, en las diversas narraciones que integran la quíntuple Saga del Padre Brown y las de Gabriel Cale el poeta y las del Hombre Que Sabía Demasiado, ejecuta,  siempre,  ese tour de force. Presenta un misterio, propone una aclaración sobrenatural y la remplaza luego,  sin pérdida,  con otra de este mundo.  Sus diálogos,  su modo narrativo,  su definición de los personajes y los lugares, son excelentes. Ello,  naturalmente,  ha bastado para que lo acusen de "literatura".  ¡Aciaga acusación para un literato! Oigo de muchas bocas la leyenda de que Chesterton, si se quiere,  escribe con más decoro que Wallace,  pero que éste armaba mejor sus intolerables enredos.  Prometo a mi lector que están mintiendo los que tal cosa dicen y que el octavo círculo del Infierno será su domicilio final.  En los relatos policiales de Chesterton,  todo se justifica: los episodios más fugaces y breves tienen proyección ulterior.  En uno de los cuentos, un desconocido acomete a un desconocido para que no lo embista un camión,  y esa violencia necesaria pero alarmante,  prefigura su acto final de declararlo insano para que no lo puedan ejecutar por un crimen.  En otro, una peligrosa y vasta conspiración integrada por un solo hombre (con socorro de barbas,  de caretas y de seudónimos) es anunciada con tenebrosa exactitud en el dístico:


As all stars shrivel in the single sun,
The words are many, but The Word is one

que viene a descifrarse después, con permutación de mayúsculas:

The words are many, but the word is One.

En un tercero, la maquette inicial — la mención escueta de un indio que arroja su cuchillo a otro y lo mata — es el estricto reverso del argumento: un hombre apuñalado por su amigo con una flecha en lo alto de una torre.  Cuchillo volador,  flecha que se deja empuñar... En otro,  hay una leyenda al principio: Un rey blasfematorio levanta con el socorro satánico una torre sin fin. Dios fulmina la torre y hace de ella un pozo sin fondo,  por donde se despeña para siempre el alma del rey. Esa inversión divina prefigura de algún modo la silenciosa rotación de una biblioteca,  con dos tacitas,  una de café envenenado,  que mata al hombre que la había destinado a su huésped.

CHESTERTON, ESCRITOR. Me consta que es improcedente sospechar o admitir méritos de orden literario en un hombre de letras.  Los críticos realmente informados no dejan nunca de advertir que lo más prescindible de un literato es su literatura y que éste sólo puede interesarles como valor humano - - ¿el arte es inhumano,  por consiguiente? —, como ejemplo de tal país, de tal fecha o de tales enfermedades.  Harto incómodamente para mí, no puedo compartir esos intereses.  Pienso que Chesterton es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo y ello no sólo por su venturosa invención,  por su imaginación visual  y por la felicidad pueril o divina que traslucen todas sus páginas,  sino por sus virtudes retoricas,  por sus puros méritos,  de destreza. Quienes hayan hojeado la obra de Chesterton, no precisarán mi demostración; quienes la ignoren, pueden recorrer los títulos siguientes y percibir su buena economía verbal: El asesino moderado,  El oráculo del perro,  La ensalada del coronel Cray,  La fulminación del libro,  La venganza de la estatua, El dios de los gongs,  El hombre con dos barbas.  El hombre que fue jueves. El jardín de humo.  En aquella famosa Degeneración que tan buenos servicios prestó como antología de los escritores que denigraba,  el doctor Max Nordau pondera los títulos de los simbolistas franceses: Quand les violons sont partis,  Les palais nomades,  Les illuminations. De acuerdo,  pero son poco o nada incitantes.  Pocas personas juzgan necesario o agradable el conocimiento de Les palais nomades;  muchas, el del Oráculo del perro.  Claro que en el estímulo peculiar de los nombres de Chesterton obra nuestra conciencia de que esos nombres no han sido invocados en vano.  Sabemos que en los Palais nomades no hay palacios nómadas;  sabemos que The Oracle of the dog no carecerá de un perro y de un oráculo,  o de un perro concreto y oracular.  Así también,  el Espejo de magistrados que se divulgó en Inglaterra hacia 1560,  no era otra cosa que un espejo alegórico; el Espejo del magistrado de Chesterton,  nombra un espejo real... Lo anterior no quiere insinuar que algunos títulos más o menos paródicos den la medida del estilo de Chesterton.  Quiere decir que ese estilo es omnipresente.

En algún tiempo (y en España) hubo la distraída costumbre de equiparar los nombres y la labor de Gómez de la Serna y de Chesterton. Esa aproximación es del todo inútil.  Los dos perciben (o registran) con intensidad el matiz peculiar de una casa,  de una luz,  de una hora del día,  pero Gómez de la Serna es caótico,  inversamente,  la limpidez y el orden son constantes en las publicaciones de Chesterton. Yo me atrevo a sentir (según la fórmula geográfica de M. Taine) peso y desorden de neblinas británicas en Gómez de la Serna y claridad latina en G. K.

CHESTERTON, POETA.  Hay algo más terrible y maravilloso que ser devorado por un dragón;  es ser un dragón.  Hay algo más extraño que ser un dragón: ser un hombre.  Esa intuición elemental, ese arrebato duradero de asombro (y de gratitud) informa todos los poemas de Chesterton.  Su error (si es que lo tienen) es el haber sido planeados cada uno como una suerte de justificación o parábola.  Han sido ejecutados con esplendor,  pero se nota demasiado en ellos el argumento.  Se nota demasiado la distribución,  el andamio.  Alguna vez,  alguna rara vez,  hay un eco de Kipling:

You have weighed the stars in a balance, and grasped the skies in a span: Take, if you must have answer, the word of a common man.

Creo,  sin embargo,  que Lepanto es una de las páginas de hoy que las generaciones del futuro no dejarán morir. Una parte de vanidad suele incomodar en las odas heroicas; esta celebración inglesa de una victoria de los tercios de España y de la artillería de Italia no corre ese peligro. Su música,  su felicidad,  su mitología,  son admirables.  Es una página que conmueve físicamente,  como la cercanía del mar.”

Jorge Luis Borges
Revista SUR
Buenos Aires, julio de 1936