29/12/2018

comiat de l'any




Ahir,  els de Vespres Literaris, vam acomiadar l'any com millor sabem: compartint i gaudint en companyia.

Que l'any que ve, en aquests temps cada dia més foscos, ens sigui propici.









20/12/2018

las aventis




por Claudia Cabrera Espinosa


“En la Barcelona de la posguerra,  en la década de 1940, las familias catalanas, como en el resto de España, se enfrentaron con todo tipo de precariedades,  rigideces, ausencias —sobre todo de los padres— y autoritarismo por parte del Gobierno franquista.  Lluís Companys, presidente de la Generalitat,  se exilió en Francia,  en donde fue capturado y repatriado para finalmente ser fusilado en el castillo de Montjuic.  Numerosos intelectuales, como Ramón Xirau, Agustí Bartra y Josep Carner,  entre otros,  se refugiaron en el exilio,  de donde, en muchos casos, no volverían. Ante este escenario, los “niños de la guerra”, así llamados por la escritora Carme Riera, crecieron en una atmósfera de orfandad —tanto biológica como intelectual— que Juan Marsé (Barcelona, 1933) ha retratado en buena parte de sus novelas,  entre las que destaca,  por su crudeza y la complejidad de su trama,  Si te dicen que caí (Editorial Novaro, 1973).  Esta obra,  ganadora del Premio Internacional Novela México,  fue prohibida en España y en un principio sólo pudo ver la luz en nuestro país.  Retrata de manera caleidoscópica la historia de un grupo de jóvenes de un barrio pobre que ya no existe en Barcelona,  en palabras de Marsé,  “los furiosos muchachos de la posguerra que compartieron conmigo las calles leprosas y los juegos atroces,  el miedo,  el hambre y el frío”.

En la década de 1950, los niños de la guerra, nacidos en los años veinte y treinta, retrataron las estrecheces económicas y la represión que habían vivido durante su infancia y que seguían vigentes en buena medida bajo el régimen franquista;  sin embargo,  la distancia les permitió adoptar una postura crítica,  distinta a aquella de los autores que lograron publicar en la inmediata posguerra. Esto propició la producción de una literatura comprometida que plasmó en sus páginas las consecuencias del conflicto bélico no sólo en los planos político y social, sino en el ánimo de los españoles que se veían obligados a aceptar todo tipo de trabajos,  imposiciones —como no hablar su propia lengua—,  privaciones y migrar de una ciudad a otra en busca de oportunidades.  A Barcelona,  por ejemplo,  llegaban migrantes de otras regiones, sobre todo de Andalucía y Murcia, a quienes se denominaba charnegos de manera peyorativa, y a quienes se veía con una mezcla de temor y desprecio, porque aun en situaciones de precariedad hay jerarquías. Uno de los cuentos de Juan Marsé, “El fantasma del cine Roxy”, hace una apología de esta figura al comparar a un inmigrante desempleado con el protagonista del wéstern Shane, el desconocido (George Stevens, 1953). En el relato,  un charnego recién llegado a la ciudad defiende a una madre soltera,  dueña de una librería,  de los Guardias Civiles que le prohíben vender libros en catalán,  reproduciendo diálogos y comportamientos del heroico pistolero del lejano oeste de la película que,  a su vez, defiende a una familia a la que unos bandoleros pretenden quitarle sus tierras.

La Generación del Medio Siglo,  que incluye escritores como Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite, Juan Goytisolo, Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos y Ana María Matute,  entre otros,  se dio a la tarea de retratar esta época de atraso e injusticias por medio de una serie de narraciones entre las que destacan Los bravos (Fernández Santos), Señas de identidad (Goytisolo) y El Jarama (Sánchez Ferlosio), por mencionar algunas.  Sin embargo, esta narrativa,  denominada realismo social,  fue criticada por anteponer la ética a la estética, la ideología a la literatura,  por lo que Marsé procuró dirigir sus líneas hacia otras vertientes e incluso incursionar en lo fantástico en algunos de sus relatos.

En este contexto nacen las aventis,  historias de aventuras que los niños narraban en grupo para entretenerse. Chismes de barrio mezclados con lo que escuchaban en casa,  el regreso de un combatiente que volvía del exilio,  por ejemplo,  aderezados con tramas de películas,  cuentos policiacos,  novelas de vaqueros y tebeos.  Todo aquello que les sirviera para urdir la trama de una historia maravillosa e inverosímil que los alejara de las privaciones de su cotidianidad,  y crear un universo al que pudieran asirse para evadir el mundo hostil en el que vivían.  Se trataba de juegos de la memoria que oscilaban entre la verdad y la mentira,  en los que se introducían a sí mismos como personajes buscando encontrar,  ahí sí,  un final satisfactorio.

Muchos niños de esta generación se criaron en las calles, en una libertad que fue carencia, primero, y paraíso perdido, después. La Barcelona de Juan Marsé es la de los perdedores,  la de chavales haciendo recados por unos centavos en los barrios del Guinardó  y del Carmelo. Como menciona Fernando Valls,  los odios aún frescos de la guerra,  la miseria y la sordidez convierten a estos personajes en “microcosmos de la postrada España del franquismo”.

Las aventis que se gestaron durante esta época se encuentran en la memoria de Marsé,  quien obtuvo el Premio Cervantes en 2008,  y han sido puestas por escrito en los relatos publicados entre 1957 y 1994, reunidos en el volumen Cuentos completos (Austral, 2002). Pero las evocaciones de esos años lo han acompañado por más de seis décadas, creando un cúmulo magnífico que, como la creciente bola de nieve que es la memoria,  según Bergson,  sigue dando frutos.  Desde la aparición de Si te dicen que caí, aquella gran aventi que lleva adentro numerosas pequeñas aventis, el autor catalán no ha cesado en la recuperación de sus recuerdos y los de toda una generación. Las aventis y lo sucedido en aquella posguerra han poblado las páginas de novelas como Un día volveré (1982),  El embrujo de Shanghai (1993),  Rabos de lagartija (2000) y Caligrafía de los sueños (2011),  y se asoman también en su obra más reciente,  Esa puta tan distinguida (2016), entre otras.  Larga vida a Juan Marsé, narrador de aventis. ~


Claudia Cabrera Espinosa es autora del libro 
Una historia de aventis
Revista Este País, 01/04/2017

18/12/2018

el escritor invisible




por Juan Marsé

“A menudo me preguntan cuál es,  en mi caso,  el impulso inicial para comenzar a escribir una novela y lo cierto es que siempre es el mismo:  siento el deseo invencible de escribir una historia y el gusto por contarla,  porque es el mismo gusto que sentía en mi infancia cuando a mí me contaban relatos. Desde niño sentí fascinación además por la literatura de quiosco.  Leía los tebeos,  los libros de aventuras,  e imaginaba que en cada uno de ellos,  en el Guerrero del Antifaz, el Hombre Enmascarado, y también en Verne,  en Salgari,... se escondían historias maravillosas.  Desde entonces me obsesionó la idea de que tenía que arriesgarme a escribir,  a contar aventuras tan extraordinarias como aquellas. Por eso mi relación con la novela de aventuras es fundamental. Me devuelve, insisto, a ese territorio perdido de la infancia que es donde estaba para mí la verdadera aventura. Y esto es tan importante que en Si te dicen que caí los niños cuentan las aventis, que son residuos de aquella nostalgia,  y que resultan de una mezcla de historias de tebeos,  de películas,  de novelas de quiosco,  de tristes realidades de sobremesa, de historias familiares.  En aquel tiempo había que ser brillante a la hora de contarlas para que tus compañeros,  tus amigos,  te diesen la oportunidad de continuar.

Hoy siento lo mismo.  Primero pienso cuál es la mejor manera de contar una historia y a partir de ese momento todo queda en función de esa historia,  e intento buscar los efectos que quiero conseguir echando mano del instrumental que tengo.  Nunca pienso en deslumbrar al lector con el lenguaje porque yo aspiro a ser un escritor invisible,  capaz de atrapar al lector al punto de que éste vaya leyendo casi,  casi, s in darse cuenta.  Cuando la prosa de una novela me deslumbra demasiado y tintinea y refulge,  abandono de inmediato la lectura,  porque me molesta muchísimo que la prosa me salte a la cara y me quiera seducir.  Lo siento,  pero creo que son quienes tienen poco que contar los que insisten en la prosa refulgente y tintineante. Confieso que suelo distinguir los grandes títulos de prestigiosos autores como el Ulises de Joyce de aquellos otros en los que desde el principio siento el latido de lo que puede ser una gran historia.  Esos son los que me gustan,  como lector.

Y como narrador. Como narrador comienzo mis obras siempre con mucha desconfianza,  seguro de que toda novela implica un fracaso porque el resultado final será una sombra de la idea inicial.  Comienzo,  además,  de manera  desorganizada y caótica, y sólo a mitad de la escritura descubro su tono,  y siento que la cocina del narrador que soy,  que estaba hasta ese momento llena de humo y refritos sin identificar,  cobra cuerpo y sentido,  y comienza a tener su propio olor.  Es cuando el libro se impone y comienza a tirar de mí, cuando los personajes comienzan a ser creíbles y,  a veces,  llega el momento doloroso y mágico de tener,  quizás,  que sacrificar un personaje porque la historia se ha impuesto.

En la narrativa española última,  la novela de aventuras ha sido recuperada por gente como Arturo Pérez-Reverte,  con su cuidada forma,  con los detalles precisos,  el lenguaje ágil y robusto que pone relieves a la memoria de manera magistral.  Me gustaría aprovechar esta ocasión para homenajear al autor de La Tabla de Flandes o El Club Dumas y,  a la vez,  para celebrar las aventis,  las historias de la niñez,  antes mencionadas.  Porque también por eso me gusta la obra de Pérez-Reverte,  y por su tensión narrativa,  que él domina como pocos,  y desde el arranque mismo de la novela. Y además, respetando las normas, sin pasarse en florituras o fuegos de artificio idiomáticos, la prosa sonajero,  buscando siempre la palabra precisa.  Y sin olvidar, naturalmente,  la tradición cinematográfica clásica,  con villanos de gran capacidad verbal,  elegancia, ingenio.  Eso que hoy ya casi no existe.  Hoy los caminos de la aventura son cada vez más infranqueables,  más difíciles de llevarnos al territorio añorado que habíamos habitado en la adolescencia.

Dice Arturo Pérez-Reverte que yo lo he conseguido “con tu Pijoaparte de últimas tardes con Teresa”. La crítica lo tildó de personaje decimonónico,  con intención peyorativa, claro.  Era, decían, un personaje antiguo, un planteamiento antiguo. Menos mal que lo hice guapetón.  Tuve mis batallitas y viví situaciones curiosas,  tanto más porque se esperaba de mí que fuera un escritor obrero, por origen y formación.  Y porque la editorial Seix Barral había publicado muchos títulos pertenecientes al llamado realismo social, lleno de generosidad y buenas intenciones socio-políticas,  pero limitado desde el punto de vista literario,  y esperaban que yo siguiera por el camino de las dos primeras novelas.  No se daban cuenta de que yo quería justamente salirme de ese molde,  porque era aburrido y porque no se ajustaba a la realidad (los obreros del realismo social no bebían,  ni fumaban,  ni follaban,  pero yo sabía que sí hacían todo eso).  En fin,  que ese sector intelectual de la izquierda interpretaba mal la realidad.  Y vino a salvarme de todo eso el Pijoaparte,  ese joven sin fortuna que sólo buscaba su lugar en el sol.”

El Cultural
14/11/2002

16/12/2018

tarda de teatre



Gran tarda de teatre, enllacem el debat posterior a la funció.


juan marsé, obra y 8


Esa puta tan distinguida

Juan Marsé

Lumen, 2016


“No es frecuente que una novela empiece con las desenvueltas respuestas de su autor a una hipotética entrevista de la que se han suprimido las preguntas.  Ahí se nos presenta Juan Marsé, en primera persona, autor y protagonista de esta novela,  aunque no sea exactamente autobiográfica. También sabemos que corre el año de 1982,  cuando el escritor ha aceptado el encargo de escribir el esbozo de un guion de cine sobre un asesinato que se cometió en un cine de su barrio,  el Delicias,  en el lejano 1949 (una prostituta,  Carolina Bruil,  murió a manos del proyeccionista Fermín Sicart,  al que frecuentaba,  estrangulada con un trozo de celuloide de Gilda,  la película que se proyectaba aquel día).

Estamos en 1982 pero también en 2015,  por supuesto. Entonces y ahora Marsé estaba (y sigue) enfadado con la Iglesia católica, los políticos españoles en general y el pleito independentista catalán en particular y con quienes le preguntaban sobre sus opiniones al propósito.  En 1982 ya eran así las cosas, pero sólo en 2015 pudo ocurrírsele que — ¡en 1949!— actuaran en un programa de variedades del cine Selecto,  junto a la protagonista de su novela, Patricia Garbancio, “intérprete de tango-sardana”, y Pilar Rajola, “contorsionista verbal”… En 1982,  sin embargo,  sentía que todavía había palabras que la censura tachó y que “parece que hay que sacarlas permanentemente una tras otra de un pozo negro”. Eso le ha impedido continuar una novela que no acaba de salirle (¿quizá Un día volveré, que le salió tan espléndida en 1983?) y por eso ha aceptado escribir las notas del guion que dirigirá un tal Héctor Roldán (muy parecido a Juan Antonio Bardem), quien quería “un docudrama con mucho morbo”, pero que acabará siendo una comedia erótica titulada Los ciegos amores de Manolita, que realizará otro veterano director, José Luis de Prada, “momia del viejo cine de pelucones y pupurrutas imperiales de Cifesa”, que puede ser cualquiera aunque se llame como Sáenz de Heredia.

Pero en 2015 Marsé también sigue enfadado con el cine español, con el que cree haber tenido mala suerte. Pero el cine le encanta y son testimonio los fragmentos del guion escrito que reproduce nuestra novela. Allí se plasma ese modo de revelación sensorial —imágenes, hechos, palabras, sutiles movimientos de perspectiva— que Marsé siempre ha asociado a los dos lenguajes: quizá es el modo ideal de intuir la imagen hojaldrada, contradictoria,  inacabable que nos da lo que llamamos realidad. Por eso juega a las adivinanzas cinematográficas que le propone la criada Felicia, que cree firmemente que en el cine —en una frase,  un actor o un título— está el secreto de vivir.  Y en la entrevista inicial,  lo ha reconocido: “En mis ficciones la vivencia real se somete a la imaginación que es más racional y creíble.  En la parte inventada está mi autobiografía más veraz”.

A Marsé le sigue gustando escribir novelas porque es su forma de respirar la vida y de defenderse de lo que la estorba: en ese sentido son sus autobiografías.  Como le sucedió a Pío Baroja,  estos últimos relatos son más rapsódicos,  más angustiados y a la vez más libres y personales y hasta enfurruñados, porque tiene que saber “qué papel me asigno yo, dónde me sitúo en ese meticuloso recuento de anodinos despropósitos”.  Para saberlo ha regresado de nuevo al tiempo de aquella “España triste, remendada y presumidita de la posguerra” y, como siempre también, con el arma que vence a la erosión del tiempo, la memoria (que es, claro, “esa puta distinguida” del provocativo título).  De esto habla en largas veladas con su personaje Fermín Sicart, el asesino de la prostituta Carol, que presenta una curiosa paradoja del papel de la memoria. Convicto de su crimen, Fermín fue tratado por un psiquiatra militar, el coronel Tejero-Cámara (transparente contrafigura de Antonio Vallejo-Nájera, una especie de doctor Mengele del franquismo), que logró extirparle todo recuerdo de los motivos del asesinato. El guionista y Sicart dialogan, por tanto, sobre un pasado vivaz pero carente de motivos, lleno de presencias, invenciones, inexactitudes y sospechas pero ausente de culpa. Conoceremos muchas cosas pero no sabremos si Carol era confidente de la policía, si quiso a su marido, o si Fermín Sicart mató a la muchacha porque sospechaba ser hijo de una prostituta. La escena final es cine en estado puro: el autor contempla desde su terraza a Sicart encendiendo un cigarrillo, calada la gabardina, al pie de una “farola cegata” y “fiel a un pasado menesteroso, recosido y funesto del que no sabía o no quería desprenderse”. El autor lo ha dicho en la entrevista inicial: intentó hacer “una película sobre la persistencia del deseo y las estrategias del olvido”. A favor de aquella y contra las añagazas de estas se escriben todas las novelas de Juan Marsé.”


José-Carlos Mainer
El País
06/04/2016

15/12/2018

la neta del senyot linh i dos




“Aquell home vell, dret a la popa del vaixell, és el senyor Linh. Marxa del seu poble, del país dels seus avantpassats, que ha quedat devastat per la guerra. Amb una mà agafa una maleta, amb l’altre braç sosté una nena de poques setmanes que s’ha quedat sense pares i que es diu Sang Diû. El vaixell arriba al port d’una ciutat freda i grisa. Hi ha centenars de refugiats.”



fitxa artística

intèrpret:  Lluís Homar

traducció del francès: Sergi Belbel
dramatúrgia: Erwin Jans i Jérôme Kircher
vídeo:  Klaas Verpoest
so:  Diederik De Cock
assessor de vestuari:  Tim Van Steenbergen
ajudanta de direcció:  Ester Nadal
producció tècnica i tècnic de llums:  Jordi Thomàs
tècnic de vídeo:  Francesc Isern
tècnic de so:  Marcel Ferrer
cap de producció: Macarena García
director de producció:  Josep Domènech
ajudanta de direcció de producció:  Clàudia Flores
i els equips del Teatre Lliure
coproducció Teatre Lliure i Temporada Alta a partir de la producció original de Toneelhuis en coproducció amb Espaces Malraux - Chambéry Espaces Pluriels - Pau MC93 - Maison de la Culture de Seine-Saint-Denis La Rose des Vents Villeneuve-d'Ascq Le Phénix, Scène nationale de Valenciennes.