20 de des. 2018

las aventis




por Claudia Cabrera Espinosa


“En la Barcelona de la posguerra,  en la década de 1940, las familias catalanas, como en el resto de España, se enfrentaron con todo tipo de precariedades,  rigideces, ausencias —sobre todo de los padres— y autoritarismo por parte del Gobierno franquista.  Lluís Companys, presidente de la Generalitat,  se exilió en Francia,  en donde fue capturado y repatriado para finalmente ser fusilado en el castillo de Montjuic.  Numerosos intelectuales, como Ramón Xirau, Agustí Bartra y Josep Carner,  entre otros,  se refugiaron en el exilio,  de donde, en muchos casos, no volverían. Ante este escenario, los “niños de la guerra”, así llamados por la escritora Carme Riera, crecieron en una atmósfera de orfandad —tanto biológica como intelectual— que Juan Marsé (Barcelona, 1933) ha retratado en buena parte de sus novelas,  entre las que destaca,  por su crudeza y la complejidad de su trama,  Si te dicen que caí (Editorial Novaro, 1973).  Esta obra,  ganadora del Premio Internacional Novela México,  fue prohibida en España y en un principio sólo pudo ver la luz en nuestro país.  Retrata de manera caleidoscópica la historia de un grupo de jóvenes de un barrio pobre que ya no existe en Barcelona,  en palabras de Marsé,  “los furiosos muchachos de la posguerra que compartieron conmigo las calles leprosas y los juegos atroces,  el miedo,  el hambre y el frío”.

En la década de 1950, los niños de la guerra, nacidos en los años veinte y treinta, retrataron las estrecheces económicas y la represión que habían vivido durante su infancia y que seguían vigentes en buena medida bajo el régimen franquista;  sin embargo,  la distancia les permitió adoptar una postura crítica,  distinta a aquella de los autores que lograron publicar en la inmediata posguerra. Esto propició la producción de una literatura comprometida que plasmó en sus páginas las consecuencias del conflicto bélico no sólo en los planos político y social, sino en el ánimo de los españoles que se veían obligados a aceptar todo tipo de trabajos,  imposiciones —como no hablar su propia lengua—,  privaciones y migrar de una ciudad a otra en busca de oportunidades.  A Barcelona,  por ejemplo,  llegaban migrantes de otras regiones, sobre todo de Andalucía y Murcia, a quienes se denominaba charnegos de manera peyorativa, y a quienes se veía con una mezcla de temor y desprecio, porque aun en situaciones de precariedad hay jerarquías. Uno de los cuentos de Juan Marsé, “El fantasma del cine Roxy”, hace una apología de esta figura al comparar a un inmigrante desempleado con el protagonista del wéstern Shane, el desconocido (George Stevens, 1953). En el relato,  un charnego recién llegado a la ciudad defiende a una madre soltera,  dueña de una librería,  de los Guardias Civiles que le prohíben vender libros en catalán,  reproduciendo diálogos y comportamientos del heroico pistolero del lejano oeste de la película que,  a su vez, defiende a una familia a la que unos bandoleros pretenden quitarle sus tierras.

La Generación del Medio Siglo,  que incluye escritores como Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite, Juan Goytisolo, Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos y Ana María Matute,  entre otros,  se dio a la tarea de retratar esta época de atraso e injusticias por medio de una serie de narraciones entre las que destacan Los bravos (Fernández Santos), Señas de identidad (Goytisolo) y El Jarama (Sánchez Ferlosio), por mencionar algunas.  Sin embargo, esta narrativa,  denominada realismo social,  fue criticada por anteponer la ética a la estética, la ideología a la literatura,  por lo que Marsé procuró dirigir sus líneas hacia otras vertientes e incluso incursionar en lo fantástico en algunos de sus relatos.

En este contexto nacen las aventis,  historias de aventuras que los niños narraban en grupo para entretenerse. Chismes de barrio mezclados con lo que escuchaban en casa,  el regreso de un combatiente que volvía del exilio,  por ejemplo,  aderezados con tramas de películas,  cuentos policiacos,  novelas de vaqueros y tebeos.  Todo aquello que les sirviera para urdir la trama de una historia maravillosa e inverosímil que los alejara de las privaciones de su cotidianidad,  y crear un universo al que pudieran asirse para evadir el mundo hostil en el que vivían.  Se trataba de juegos de la memoria que oscilaban entre la verdad y la mentira,  en los que se introducían a sí mismos como personajes buscando encontrar,  ahí sí,  un final satisfactorio.

Muchos niños de esta generación se criaron en las calles, en una libertad que fue carencia, primero, y paraíso perdido, después. La Barcelona de Juan Marsé es la de los perdedores,  la de chavales haciendo recados por unos centavos en los barrios del Guinardó  y del Carmelo. Como menciona Fernando Valls,  los odios aún frescos de la guerra,  la miseria y la sordidez convierten a estos personajes en “microcosmos de la postrada España del franquismo”.

Las aventis que se gestaron durante esta época se encuentran en la memoria de Marsé,  quien obtuvo el Premio Cervantes en 2008,  y han sido puestas por escrito en los relatos publicados entre 1957 y 1994, reunidos en el volumen Cuentos completos (Austral, 2002). Pero las evocaciones de esos años lo han acompañado por más de seis décadas, creando un cúmulo magnífico que, como la creciente bola de nieve que es la memoria,  según Bergson,  sigue dando frutos.  Desde la aparición de Si te dicen que caí, aquella gran aventi que lleva adentro numerosas pequeñas aventis, el autor catalán no ha cesado en la recuperación de sus recuerdos y los de toda una generación. Las aventis y lo sucedido en aquella posguerra han poblado las páginas de novelas como Un día volveré (1982),  El embrujo de Shanghai (1993),  Rabos de lagartija (2000) y Caligrafía de los sueños (2011),  y se asoman también en su obra más reciente,  Esa puta tan distinguida (2016), entre otras.  Larga vida a Juan Marsé, narrador de aventis. ~


Claudia Cabrera Espinosa es autora del libro 
Una historia de aventis
Revista Este País, 01/04/2017

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