08/01/2019

rabos de lagartija, 13





“El callejón es como un brazo encogido y sarnoso desgajado del barrio en su extremo más oriental y más despoblado, y a veces, cuando lo transito acurrucado en mi burbuja, yendo o viniendo de la consulta en la Maternidad o de los tenderetes del mercadillo, parece que hasta los gatos lo hayan abandonado. Agosto es un mes que huele a chamusquina por los cuatro costados, nunca me gustó. El corro de chavales sentados en una esquina dirías que no se ha movido de allí en todo el verano y que sigue desovillando la misma enmarañada aventi de siempre bajo el sanguíneo esplendor de una buganvilla, pero David ya no la escucha ni la habita, esa aventi hace tiempo que lo abandonó y ahora él va caminando solo por la calle con las manos en los bolsillos y una margarita en el pelo, siempre con su aire friolero y entumecido a pesar del calor, siempre con esa pinta de niño extraviado en el bosque pero atento a una voz que le guía en la oscuridad, nadie pensaría que camina con un grillo criminal en los oídos y una nube de sangre en el horizonte, indiferente al vecindario y a las consabidas habladurías, pero no a las voces; porque detrás de los dimes y diretes sobre la costurera y el fugitivo señor Bartra había siempre el plañido de una derrota común, la música machacona y triste de un agravio compartido por muchos, y esa música es lo único que él escucha.

Los domingos el callejón se anima y mi hermano pasa rápido evitando el trato de las vecinas deslenguadas y sus preguntas insidiosas, sus conocidos meandros para entablar conversación y tirarle de la lengua con falsas zalamerías, David, guapo, ¿ya sabes que pronto vas a tener un hermanito?, ¿dónde está tu padre?, ¿y qué le quiere a tu madre un día sí y otro también ese policía tan alto y bien plantado?, y a ti, bonito, ¿qué te gustaría ser de mayor?

Shirley Temple con sus tirabuzones de putilla viciosa.

Se ríen de la ocurrencia con la boca torcida. No deseo extenderme aquí sobre este asunto, no sabría, sólo dispongo de rumores —si mi hermano me oyera, me mataría— y en esos rumores me baso. Me habría gustado comentarlo con mamá cuando su pulso latía con el mío, cuando sólo podía escucharme con el corazón. Puesto que eso nunca fue posible, prefiero callarme lo que pienso. Sólo diré que David, cuando se lo proponía, era dulce y cariñoso y el mejor amigo de sus amigos. Si no que lo diga el aprendiz de barbero, el gordito de las maracas.”


Rabos de lagartija
Juan Marsé
Lumen, 2000
página 225-226

07/01/2019

rabos de lagartija, 12



Rabos de lagartija confirma con creces algo que ya sabíamos, que Marsé es uno de esos privilegiados novelistas de raza, como lo fueron en su tiempo Galdós y Baroja, capaces de construir un mundo narrativo personal y coherente en el que el soporte de la realidad y la trama imaginaria de la ficción discurren hermanadas a través del movimiento, elemento esencial del arte novelesco, el cual se enhebra mediante una sólida caracterización de los personajes, el espacio y el tiempo.”

Leer el artículo completo, Marsé no defrauda, de  Santos Alonso en Revista de Libros

rabos de lagartija, 11




 “Dirección General de Seguridad.
Brigada de Información.
Ficha de Víctor Bartra Lángara.
Expedientes F-7 (17-3-40) y F-8 (2-5-45). Resumen para uso interno.

— Nació en Huesca el 4 de abril de 1901. Vivió en Mataró hasta los 12 años.
— Fue seminarista y después «fámulo» en el Colegio de los Jesuítas de la calle Caspe  (presumible origen de su exacerbado anticlericalismo).
— Se le atribuye participación en el secuestro y asesinato del cura párroco de San Jaime de los Domenys (Tarragona) el 20 de julio de 1936. Sin confirmar.
— Durante nuestra guerra de liberación estuvo en el ejército rojo, sirviendo en Sanidad (anestesista) y siendo herido en el frente de Aragón.
— Al terminar la contienda se amparó en el anonimato y trabajó en una fábrica de hilaturas de la barriada de Gracia, entre cuyos obreros intentó inculcar ideas de marcado cariz anarquista revolucionario, instando a sus compañeros a la disconformidad con el actual régimen español.
— Instigador de diversos actos de marcado signo catalanista separatista aprovechando las celebraciones de la Fiesta Mayor de Gracia y del Guinardó, según informes de vecinos.
— En marzo de 1940 es detenido en un piso de la calle Conde del Asalto donde se celebra una reunión clandestina con fines supuestamente altruistas deportivo-sanitarios (en realidad de cariz presuntamente libertario) alegando en su defensa encontrarse allí por error (ver anexo F-7) ya que iba a otra cosa. Sometido a interrogatorio, relata el equívoco con pormenores al parecer convincentes.
— Pasado clandestinamente al sur de Francia a finales de 1942, se le atribuyen misiones de apoyo a la Resistencia francesa, tales como guiar por la frontera a pilotos aliados derribados por los alemanes. Se ha podido colegir por datos y observaciones recogidas, que se relaciona con una organización inglesa clandestina con sede en Marsella, conocida como «Organización Garrow». Vivió en Toulouse en el n° 40 de la rue de Limayrac. Hay indicios de que alternaba estas actividades como guía fronterizo con el tráfico de contrabando. Hay constancia de que dio cobijo en su casa, durante varios días, a un aviador inglés que posteriormente pudo regresar a su unidad vía Lisboa provisto de documentación falsa. Por estas actividades, el susodicho percibía una remuneración estimada de 2.000 francos por persona. Cuando se ha tratado de pasar documentos, ha llegado a cobrar hasta 5.000 francos.
— En círculos libertarios se le considera autor de diversos opúsculos editados por la CNT de España en Francia.
— En octubre de 1943 intenta establecer contactos con el llamado «Gobierno Vasco en el Exilio» y al día siguiente está a punto de ser detenido en un merendero de Las Planas después de asistir a una reunión clandestina, bajo el pretexto de una «costellada» organizada por el llamado «Sindicat d'Espectacles Públics de la CNT», al que están afiliadas gentes de teatro y proyeccionistas de cine y acomodadores, entre ellos su amigo y camarada Germán Augé.
— En 1944, y mediante recomendación del párroco de la Capilla Expiatoria de las Ánimas (el Dr. Masdexexart, pbro.) ingresa en los Servicios de Higiene del Ayuntamiento para trabajos de Desinfección y Desratización de salas cinematográficas y demás. Afiliado al clandestino Sindicato de Espectáculos Públicos de la CNT, se encarga de repartir prensa y propaganda subversiva camuflada en las sacas donde se reparten las bobinas de las películas.
— Miembro destacado del MLR (Moviment Llibertari de Resistencia) hasta febrero del año en curso, en que fue expulsado por insubordinación y malversación de «fondos revolucionarios», así llamadas las recaudaciones de los afiliados.
— Desaparecido de su domicilio con fecha aproximada de marzo del presente año.”


Rabos de lagartija
Juan Marsé
Lumen, 2000
página 176-177

06/01/2019

rabos de lagartija, 10




“En la novela Rabos de Lagartija (2000), Juan Marsé recrea el escenario de la posguerra en un margen de Barcelona a través de los ojos de un niño. Un constante zumbido en sus oídos convoca voces que le propondrán relatos alternativos, diversos, del contexto precario que lo rodea. El tópico del aparecido, recurrente en la narrativa de la memoria, se construye aquí con una lógica inversa a los relatos ya canónicos sobre la posguerra, dado que la presencia del padre desarma el relato heroico con el que la imaginación del niño trata de fortalecer su identidad como sujeto. En esta exposición analizaremos el uso del tópico puesto en relación con la poética del autor”

Leer el artículo completo “La voz del aparecido en Rabos de lagartijade Juan Marsé “, de Natalia Corbellini, de la Universidad Nacional de La Plata

rabos de lagartija, 9


“En este momento oye a su espalda el clinc de la botella al chocar con las piedras,  y enseguida la voz de vidrios rotos.

Necesito un pañuelo limpio,  hijo.  Y un cinturón.  Y un buen remiendo. Nuestra costurera está tardando en volver a casa más de la cuenta.

De su boca sale un vaho que huele fuertemente a cloroformo. La penetrante mirada de David, pugnando a contraluz entre los párpados semicerrados, sólo capta una cara jocosa cuyas facciones abotagadas y grisáceas parecen confundirse con las mismas piedras pulidas y uniformes del lecho del torrente. Con barba de varios días y ojos amarillos, la colilla de Chester apagada en la comisura sonriente y la botella de coñac en el sobaco, papá se agacha sobre el turbio estiaje desplegando un pañuelo manchado de sangre. Se le cae la botella casi vacía y rebota otra vez en las piedras.

También a ésta se le ve ya el culo, qué lástima, añade haciéndose rápidamente con la botella. En torno a él, semienterradas en el lecho del torrente, asoman algunas ramas y troncos pelados, calcinados por el sol. Arqueando el lomo, Chispa suelta una tifa líquida, como un puré verde. David se sienta en una roca ladeando la cabeza sobre el hombro y se oye decir:

Te veo borroso, padre.

Tendrás que conformarte con eso. Es más de lo que mereces ver.

En mis sueños te veía de otra manera...

Pues esto es lo que hay, muchacho. O lo tomas o lo dejas. Así que abre bien los ojos. No eres tú quien me sueña.

No te entiendo.

No importa. Yo veo muchos huevos fritos en mis sueños, pero los únicos que me comería a gusto son los huevos de Velázquez.

Y pensando también en el inspector Galván, el cual probablemente ahora mismo estaría plantado en alguna esquina o detrás de los cristales de una taberna acechando el paso de mamá, pero que igualmente podía andar husmeando por aquí cerca, David se agacha y escoge cinco guijarros puntiagudos y se los guarda en el bolsillo. Los ojos amarillos del tigre nos miran fijamente, pero saldremos de ésta, padre, ya verás.

No escapé por temor a eso. Ni por salvarme yo, ni por salvar a unos compañeros o algunos papeles comprometedores. No me rajé el trasero como un cerdo por miedo a que me pillaran, añade con la voz fugitiva. Sin incorporarse todavía, se desplaza de lado dando saltitos como los monos, buscando algún arroyo de aguas no estancadas en el estiaje del torrente, descalzo y despeinado, con la camisa fuera del pantalón y apretando el pañuelo ensangrentado en la raja escalofriante de su nalga izquierda. No abandoné a tu madre por nada de eso. Lo hice porque la quería mucho. Y aún la quiero.

A David sus movimientos le recuerdan la última lagartija cazada por Paulino aquí mismo hace unos días: cortado el bicho por la mitad con la navaja barbera, las dos partes, cada una con sus dos patas, estuvieron dando saltitos y retorciéndose convulsivamente sobre una roca plana mientras él y Pauli esperaban a ver cuál se moría antes, y fue la parte de la cabeza. El rabo siguió serpenteando mucho rato en la palma de la mano de David. De nada te sirvió pensar, pobre lagartija. ¿Quién decide ahora estas contorsiones, qué cabeza las piensa si ya no tienes cabeza?

Ella sabe que la quiero, a pesar de todo, añade papá mientras lava el pañuelo en el recuerdo de otras aguas, en el caudal crespo y veloz de otros tiempos, otros amores. El desgarro del pantalón deja entrever el mal aspecto de la herida.

Sangras mucho, dice David. Se te va a infectar.

Tonterías. La sangre derramada por la patria no se infecta jamás, es inmune a cualquier microbio, porque ya está podrida y bien podrida.

A madre no le gustaría oírte hablar así. Soy un hombre derrotado. Qué quieres. Un hombre derrotado no va por ahí presumiendo de nada. Vaya papelón el mío, con el culo al aire y sangrando como un gorrino. Yo pensaba entregarlo todo por la patria, todo menos el trasero... Y hablando de traseros, juraría que tu amigo Paulino lo está pasando francamente mal con el suyo... Te supongo enterado.

No queremos hablar de eso con nadie, dice David. Observa que papá lleva la dentadura postiza mal encajada, y a ratos le castañetea. Ten cuidado no pierdas la dentadura. Y te ruego por favor que no vayas más arriba por ese torrente. Créeme, padre, aquí estás bien. Media legua, media legua, media legua más arriba, más allá de la calavera que asoma en la arena con un agujero en la frente, junto a las huertas, podría verte algún vecino.

No me reconocería. Estos últimos tiempos me han cambiado mucho, hijo. Hoy mi lema es: la puñetera verdad te enseñará a dudar de todo. Y a propósito, he visto esa jodida calavera con el agujero de bala y creo que es de una cabra, dice chasqueando la lengua, sin darse cuenta de que su voz rota causa un efecto especial en David. Es una voz que no se dirige a los oídos como las demás voces, en línea digamos recta, sino que primero da un amplio rodeo en torno a la febril y orgullosa cabeza de David, como si quisiera marearla un poco. Pero David parece conforme en que sea así.

En fin, concluye papá incorporándose con el pañuelo apretado al trasero. ¿Qué hay de nuevo, hijo?

Estás sangrando mucho.

Dime algo que no sepa, coño.

Qué quieres que te diga. Tuviste mala suerte, padre.

La que merezco. Esa cuchillada traidora en la nalga me la gané a pulso. Se queda un rato pensando, simulando una expresión de fatalismo y moviendo la colilla de un lado a otro de la boca, y añade: La que merezco.

Pero por qué.

Por algo malo que hice una vez, en nombre de elevados ideales, ¿sabes qué cosa es?

Parece una adivinanza...

Pues no. Con el tiempo se convertirá en una siniestra adivinanza (el cura de un pueblo arrodillado en una cuneta, en la tonsura de su coronilla se pasea una hormiga, en su nuca temblorosa un dedo apuntándole, ¿de quién es ese dedo?), una pesadilla que debería quitarle el sueño a más de uno, pero que de momento sólo me incordia a mí... Sería la tapa de una lata de sardinas que tiré yo mismo en el barranco, quién sabe. Sería eso lo que me rajó el culo.

No fue una lata de sardinas, dice David. Fue un cristal grueso y afilado clavado en tierra, seguramente una esquirla de sifón. De una botella de vodka habría sido lo más apropiado...

Qué más da.

Hombre, en algo deben basarse los de la Brigada Social para decir que soy un bolchevique fiel a mis ideales... Je je. Bien, hablemos de ti y de tu madre. ¿Qué tenéis hoy para cenar? ¿Lentejas?

Patatas viudas.

Estupendo. ¿Y tú qué haces, ya trabajas?

Soy el ayudante del señor Marimón, ¿ya no te acuerdas?, dice David sin mucho entusiasmo. El señor Marimón es el fotógrafo de la parroquia de Cristo Rey. Y en casa a veces pedaleo en la máquina de coser de mamá, cosas sencillas; también coso botones y bolsillos en batas de colegiales, en faldas y blusas para muñecas, y repaso la costura de cuellos y puños. Y también a veces hago las entregas en el mercadillo y en los tenderetes de la Travesera de Gracia.

Eso está bien, hijo.

David observa la mano que ciñe con fuerza el cuello de la botella.

Las manos te delatarán, padre. ¿Ya no recuerdas que tus manos siempre olían a éter? Y ahora que lo pienso, ¿no podrías anestesiarte la herida y así te dolería menos? Madre dice  que eras un buen anestesista cuando te conoció y se enamoró de ti...

Ya no lo soy. ¿Para qué sirve hoy un anestesista? Hoy todo el mundo vive con la boca y los ojos cerrados y los oídos sordos. Mis servicios ya no hacen ninguna falta. ¿Y cómo le va a la intrépida pelirroja?, ¿qué hace todo el día metida en casa?

Pues coser y barrer y fregar y lavar y planchar, farfulla David. Y fumar y beber mucho café. Pero sobre todo, lavar y coser, lavar y coser.

Rosa Bartra, llevas mal camino, entona papá en tono lúgubre. ¡Ay ay, cómo duele esto...! Y dime, ¿ya te acuerdas de visitar a la abuela Tecla de vez en cuando?

Mañana voy. Pero la abuela no me habla. Y me mira siempre de refilón. Como ese policía.

¡Ay ay, qué dolor más puñetero!, gime papá dando media vuelta y caminando hacia los helechos de la orilla con el pañuelo bien apretado a la nalga. Los esfuerzos que hace por mantenerse erguido, en una postura bastante precaria, pero en algún sentido todavía digna, realzan por un breve instante su robusta figura, aquella prestancia y aquella fortaleza imbatibles que David le otorgó hasta el día de la fuga.  Ahora le ve sentado sobre la nalga sana en la ribera del torrente, echando un trago con la botella en alto. Sabiendo lo que ahora sé, no me cuesta nada imaginar a David acuclillado sobre las piedras calientes y con la cabeza gacha, viéndole sin querer verle, oyéndole decir con su voz desmenuzada, atomizada en el aire: Todavía no le has dado a tu madre el libro que ese poli recogió de la calle y se tomó la molestia de forrar y de traer a casa. Mal hecho, hijo.

Es que le tengo mucha tirria al guripa. Me cae gordo. No hace falta que lo jures. Prueba inútilmente de encender la colilla con fósforos húmedos, y desiste. Maldita sea mi suerte... En cambio, el inspector Galván tiene un encendedor de marca, de los caros.

Es falso, padre. Un Dupont falso. No vale nada. Todo lo que tiene que ver con ese tío es una trola descomunal, todo lo que hace y todo lo que dice es puro camelo. Fíjate, parece un hombre tratable, ¿verdad? Pues un día, en la plaza Sanllehy, Paulino Bardolet le vio atizar una patada a una paloma vieja y enferma que se moría acurrucada en el suelo. David se interrumpe y piensa un rato antes de añadir: Y la pobre paloma además estaba ciega y coja.

También tú vas por mal camino, David Bartra.

¡Te digo la verdad!

Seguro. Pero es demasiado lo de ciega y coja. No hacía falta.

No te entiendo.

Te daré un consejo de hombre maldiciente, experimentado y cabrón. Si has de desacreditar a alguien, no acumules datos veraces. Siempre acaban por levantar sospechas. Es mejor inventarlo todo. Si es verdad que tienes alma de artista, muchacho, como soñaba tu madre antes ya de echarte al mundo, si es verdad que la tienes, algún día entenderás lo que te digo.

Yo no soy el que tiene alma de artista, dice David con la voz afligida, acariciando el lomo de Chispa. Siempre te confundes, padre. El que ha de nacer es quien tiene alma de artista. Eso dice madre. También lo decía del pobre Juan, ¿ya no te acuerdas? De mí nunca lo dijo.

Bueno, qué más da. No debes entristecerte por eso. Hoy no sirven de gran cosa los artistas, diga lo que diga tu madre... Ahora me tengo que ir. Si vuelves por aquí me traes cerillas. Y un pañuelo limpio. ¿Es tuyo ese perro que te sigue a todos lados arrastrando la barriga por el suelo?

Es el Chispa. Era del señor Auge. ¿No lo has reconocido? Ahora es mío.

El pobre está más acabado que yo. Deberías sacrificarlo... No me mires así, hijo. Ahora los matan sin tener que reventarlos con estricnina. He leído en alguna parte que los alemanes han inventado una inyección letal. Les inyectan bencina o qué sé yo directamente en el corazón y la diñan sin sufrir. Mira de enterarte. Ahora vuelve a casa y no te preocupes por mí. Sueño verdaderos horrores, pero me despierto muerto de risa.”


Rabos de lagartija 
Juan Marsé
Lumen, 2000
página 79-85


05/01/2019

rabos de lagartija, 8




“La condición de excelente narrador de Juan Marsé,  escritor de formación autodidacta nacido en la Barcelona de 1933, se manifiesta desde sus inicios (…)

No obstante, es su último libro el que eclipsa nuestra atención, al presentarse como una novela realista – con una gran riqueza espacial – en la que, a su vez, juegan un notable papel la fantasía y el humor. Rabos de lagartija….”

leer el estudio completo de Natalia Álvarez Méndez, de la Universidad de León: “El espacionarrativo en Rabos de lagartija de Juan Marsé: del hogar natal al útero materno”


rabos de lagartija, 7


 “Nunca veré los ojos de mi madre,  pero sé que bizquean un poco y que su mirada es risueña y clara,  del mismo color del infinito, sobre todo cuando escucha una explicación más o menos fantasiosa de David o cuando sus pensamientos se pierden en pos de mi padre. Y sé también que su piel es muy blanca y que su hermosa cabellera roja es digna de verse.  Por eso, en nuestra calle y en el mercadillo,  en los puestos de venta de ropa infantil donde la conocen, la llaman la pelirroja.

El último sábado de este remoto mes de agosto que está resultando tan caluroso y que acabará siendo tan distinguido, tan desdichadamente memorable,  a media mañana flota todavía en la atmósfera el azufre atomicio con su repelente olor y su desfile fantasmal de muertos como fundidos en plomo, tiesos y despellejados y sin nariz y sin ojos,  pero más tarde vienen nubarrones negros atropellándose,  el cielo se desploma y el tufo a pelo churruscado y a huesos calcinados se desvanece bajo la lluvia.  Después ha diluviado un buen rato sin parar,  y ahora vuelve el bochorno y la luz de la tarde parece un estropajo.

En la cocina llena de humo la pelirroja sufre un mareo y se escalda la mano al derramar agua hirviendo,  poco después Chispa vomita en el pasillo aquejado de interminables espasmos,  y acto seguido,  mientras mamá fregotea el vómito con la bayeta,  arrodillada sobre las baldosas y canturreando duerme duerme mi niño querido,  una tonadilla que se pega al oído más que el sindeticón,  sufre de repente otro de sus fortísimos dolores de cabeza y se le nubla la vista,  y encima en este momento a David se le ocurre comentar algo acerca del desconocido que se ahorcó debajo de una glorieta en una azotea de la calle Legalidad,  asegura que de noche a veces se le aparece el ahorcado con la lengua fuera,  con su pijama y sus zapatillas de fieltro,  un suicida tan señor de su casa,  tan pulcro y aseado,  hace ya dos meses de aquello pero a David le obsesiona aquel muerto que sigue girando en el aire con la cuerda al cuello y sacando una lengua como un zapato,  hasta que mamá lo manda callar.

—Ahora no, hijo, por favor, olvida a ese desdichado y ayuda a levantarme.

—Aupa, madre.

—Eso es, buen chico.

Más tarde David le quita las legañas a Chispa con una gasa húmeda y le susurra tontas promesas de juegos y correrías. Sentada a la mesa,  mientras expurga un plato de lentejas con los dedos escaldados,  ella siente el mareo que arrecia de nuevo y los insectos de luz que vuelven,  y se levanta,  entra en el dormitorio y se recuesta en la cama.  Esperando que se le pase, habla un rato con la foto de su marido enmarcada en plata sobre la mesilla, una fotografía de estudio retocada y pulcra, nuestro borrachito y simpático padre siempre de medio perfil, siempre con su aire pistonudo y sus negros cabellos planchados de brillantina y su sonrisa debajo del bigote bien recortado; una sonrisa ladeada y guapa,  con su rabillo de chunga en la comisura.  No tendré ocasión de verla nunca al natural y de cerca,  pero sé que es una sonrisa aparente y falaz, o mejor dicho,  sé que no es exactamente suya,  que su blancura y perfección no le corresponden;  porque esa sonrisa,  al igual que la más viril y seductora sonrisa que triunfa en las películas,  la que precisamente más gusta a la pelirroja,  la de Clark Gable,  resulta que no es otra cosa que una prótesis dental.

—¡No puede ser!

—Lo he leído en una revista.

No pasa nada,  señor Bartra,  le está diciendo ahora desde la cama, he tenido otro mareo y han vuelto esas moscas de luz revoloteando ante mis ojos,  pero tú tranquilo que no es nada, dondequiera que estés puedes seguir empinando el codo y ojalá tus penas se ahoguen en la botella que te llevaste,  puñetero amor mío, junto con tu dentadura y tus queridos ideales,  si te quedan,  por mí no debes inquietarte,  que ahora mismo se me pasa y me pongo guapa,  me secaré las lágrimas,  me peinaré, me daré colorete en las mejillas y carmín en los labios y hala,  a la calle. También hay,  en la mesilla de noche,  una pequeña foto coloreada de nuestro hermano Juan en la escuela,  está sentado detrás de un pupitre y empuña una pluma de afiligranado mango de marfil sobre un cuaderno abierto, con el mapa de España colgado a su espalda.  Sonríe y nos mira,  pero la pelirroja no le dice nada esta vez.

Después que David se ha ido a pasear a Chispa, ella se peina y se pinta los labios,  con algún esfuerzo se calza las botas katiuskas,  aunque sabe que ha dejado de llover —es que las katiuskas tienen mejor aspecto que sus zapatos,  ya para tirar de viejos—,  y coge el paraguas. Sale a la calle y la sorprende un sol intermitente y picajoso,  radiante en medio del tumulto de nubes,  y animosamente echa a caminar hacia la Avenida,  y entonces yo,  que no soy más que un oscuro designio en su conciencia y en la de mi hermano David,  y probablemente ni eso en la desolación postrera del pobre Chispa,  recibo a través del cordón umbilical el coletazo alegre de su indomable voluntad de vivir,  de superar penas y añagazas y desdenes vengan de donde vengan,  fortaleciendo día tras día su firme propósito de no dejarse vencer por la soledad y el miedo,  la enfermedad y un embarazo no deseado, la pobreza y el desamor y lo que el destino le depare.

Juraría que esta tarde,  si hubiese podido,  al salir para que la viera el médico, de buena gana me habría dejado en casa. Pero cómo saberlo. Yo estaba por aquel entonces balanceándome al borde de la vida y a un paso de la muerte,  de espaldas al mundo y seguramente cabeza abajo.  El renacuajo ya presentía la vida en torno,  pero solamente como una llamarada fugaz,  como zarpazos de luz.”

Rabos de lagartija

Juan Marsé
Lumen, 2000
página 65-68