06/02/2021

la cuina de vespres


HIGADITOS DE POLLO EN SALSA

 


   por Juan Mesa


INGREDIENTES:

 1Kg. de hígados de pollo

1 cebolla

1 cabeza de ajos

1 vaso de vino blanco (200ml)

1 vaso de caldo de pollo

½ vaso de aceite de olivaTomates

1 hoja de laurel

1 cucharadita de cúrcuma

Sal y pimienta al gusto

 

 ELABORACIÓN:

 

En una cacerola ponemos aceite, la cebolla picada, la cabeza de ajos y un poco de sal.





Se ha de pochar todo a fuego medio durante unos 15’.




Añadimos los hígados limpios y troceados; el vino, la hoja de laurel, la cúrcuma, sal y pimienta.

 Una vez rehogados y evaporado el alcohol del vino, añadimos el caldo y dejamos cocer, a fuego medio, durante unos 25.

 


 

Buen provecho!!!!! 


la cuina de vespres

 


Patatas a lo pobre

por Andrés

Ingredientes:

El nombre del plato deriva de los años de la postguerra en los que cuando no había nada en la cocina o la despensa, se hacían solas las patatas y se decía que para comer, había patatas a lo pobre, es decir, que la guarnición se convertía en el plato principal o único con el que se alimentaba a toda la familia.

Se preparan con lo que haya en la despensa, en nuestro caso:

Patatas (la base del plato)

Ajos

Aceite

Sal

Pimienta

Tiras de panceta

Huevos

 

Preparación:

 

Pelar y cortar las patatas en rodajas finas. Pelar y picar los dientes de ajo.




En una sartén se calienta el aceite a fuego fuerte, cuando  esté caliente, añadir el ajo y sofreír hasta que cambie de color. ¡Ojo, que no se queme!




Una vez dorado el ajo, añadir las patatas a la sartén y cocinar durante unos veinte minutos a fuego medio. Se han de cocer, no freír, para ello, remover a menudo para que las patatas se cocinen por ambos lados. Si se desea que queden más blandas, tapar la sartén unos minutos.




En una sartén aparte, hacer la panceta y los huevos fritos.




Cuando estén cocinadas las patatas, colocar en un plato y sazonar al gusto. Añadir la panceta y los huevos fritos.



Buen provecho.

 

 


05/02/2021

el psicoanalista, 5

 


el juego

 

“Se echó de nuevo en la cama y contempló el techo blanco y la bombilla desnuda. Notaba que le sudaban las axilas como si hubiese hecho un gran esfuerzo para mantener esa conversación, pero no era un sudor nervioso, sino más bien el resultado de una justicia satisfactoria. En la habitación contigua, la pareja había vuelto a empezar, y por un momento escuchó los ritmos inconfundibles del sexo, que le resultaron divertidos y hasta placenteros.

«Más de uno se lo pasa en grande durante la jornada laboral», pensó.

Luego se levantó y buscó hasta encontrar un pequeño bloc de papel en el cajón de la mesilla de noche y un bolígrafo.

En el papel escribió los nombres y los teléfonos de los dos hombres a los que acababa de llamar. Bajo ellos, anotó «Dinero. Reputación». Puso señales junto a esas palabras y escribió a continuación el nombre del tercer hotel sórdido en el que había hecho una reserva y debajo garabateó la palabra «casa».

Después arrugó el papel y lo lanzó a una papelera de metal. Dudaba que limpiaran con demasiada regularidad la habitación y pensó que había muchas probabilidades de que quien fuera a buscarlo a él encontrara el papel. Además, sería lo bastante listo como para comprobar las llamadas telefónicas de esa habitación, lo que reflejaría los números que acababa de marcar. Relacionar esos números con las conversaciones no era demasiado difícil.

«El mejor juego es aquél en el que no te das cuenta de que estás jugando», pensó.”

 

 

El psicoanalista

John Katzenbach

traducción: Laura Paredes

Ediciones B, 2004

pág: 367

 


04/02/2021

el psicoanalista, 4

 


la visita

 

“—Estoy en desventaja. Parece saber mucho sobre mí y, como mínimo, un poco de lo que pasa aquí, en esta consulta, y yo ni siquiera conozco su nombre. Me gustaría saber a qué se refiere cuando dice que el señor Zimmerman ha terminado su tratamiento, porque el señor Zimmerman no me ha dicho nada. Y me gustaría saber cuál es su conexión con el individuo al que usted llama señor R y que supongo es la misma persona que me mandó la carta amenazadora firmada a nombre de Rumplestiltskin. Quiero que conteste a estas preguntas de inmediato. Si no, llamaré a la policía.

La joven volvió a sonreír. Nada nerviosa.

—¿Vamos a lo práctico?

—Respuestas —la urgió él.

—¿No es eso lo que buscamos todos, Ricky? ¿Todos los que cruzan la puerta de esta consulta? ¿Respuestas?

Él alargó la mano hacia el teléfono. —¿No imaginas que, a su manera, eso es también lo que quiere el señor R? Respuestas a preguntas que lo han atormentado durante años. Vamos, Ricky. ¿No estás de acuerdo en que hasta la venganza más terrible empieza con una simple pregunta?

Ricky pensó que ésa era una idea fascinante. Pero el interés de la observación se vio superado por la creciente irritación que le despertaba la actitud de la joven. Sólo mostraba arrogancia y seguridad. Puso la mano en el auricular. No sabía qué otra cosa hacer.

—Conteste mis preguntas enseguida, por favor —dijo—. De lo contrario llamaré a la policía y dejaré que ella se encargue de todo.

—¿No tienes espíritu deportivo, Ricky? ¿No te interesa participar en el juego?

—No veo qué clase de juego implica enviar pornografía asquerosa y amenazadora a una chica impresionable. Ni tampoco qué tiene de juego pedirme que me suicide.

—Pero, Ricky —sonrió la mujer—, ¿no sería ése el mayor juego de todos? ¿Superar a la muerte?

Eso detuvo la mano de Ricky, aún sobre el teléfono. La joven le señaló la mano.

—Puedes ganar, Ricky. Pero no si descuelgas ese teléfono y llamas a la policía. Entonces alguien, en algún sitio, perderá. La promesa está hecha y te aseguro que se cumplirá. El señor R es un hombre de palabra, y cuando ese alguien pierda, tú también perderás. Estamos sólo en el primer día, Ricky. Rendirte ahora sería como aceptar la derrota antes del saque inicial. Antes de haber tenido tiempo de pasar siquiera del medio campo.

Ricky apartó la mano.

—¿Su nombre? —preguntó.

—Por hoy y con objeto del juego, llámame Virgil. Todo poeta necesita un guía.”

 

El psicoanalista

John Katzenbach

traducción: Laura Paredes

Ediciones B, 2004

pág: 43-44

 


03/02/2021

el psicoanalista, 3

 

la carta

 

"Feliz 53.er cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte.

Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo, por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.

Al principio pensé que debería matarlo para ajustarle las cuentas, sencillamente. Pero me di cuenta de que eso era demasiado sencillo. Es un objetivo patéticamente fácil, doctor. De día, no cierra las puertas con llave. Da siempre el mismo paseo por la misma ruta de lunes a viernes. Los fines de semana sigue siendo de lo más predecible, hasta la salida del domingo por la mañana para comprar el Times y tomar un bollo y un café con dos terrones de azúcar y sin leche en el moderno bar situado dos calles más abajo de su casa.

Demasiado fácil. Acecharlo y matarlo no habría supuesto ningún desafío. Y, dada la facilidad de ese asesinato, no estaba seguro de que me proporcionara la satisfacción necesaria. He decidido que prefiero que se suicide.

Suicídese, doctor.

Tírese desde un puente. Vuélese la tapa de los sesos con una pistola. Arrójese bajo un autobús. Láncese a las vías del metro. Abra el gas de la estufa. Encuentre una buena viga y ahórquese. Puede elegir el método que quiera.

Pero es su mejor oportunidad.

Su suicidio será mucho más adecuado, dadas las circunstancias de nuestra relación. Y, sin duda, una manera más satisfactoria de que pague lo que me debe.

Verá, vamos a jugar a lo siguiente: tiene exactamente quince días, a partir de mañana a las seis de la mañana, para descubrir quién soy. Si lo consigue, tendrá que poner uno de esos pequeños anuncios a una columna que salen en la parte inferior de la portada del New York Times y publicar en él mi nombre. Eso es todo: publique mi nombre.

Si no lo hace… Bueno, ahora viene lo divertido. Observará que en la segunda hoja de esta carta aparecen los nombres de cincuenta y dos parientes suyos. Su edad comprende desde un bebé de seis meses, hijo de su sobrino, hasta su primo, el inversor de Wall Street y extraordinario capitalista, que es tan soso y aburrido como usted. Si no logra poner el anuncio según lo descrito, tiene una opción: suicidarse de inmediato o me encargaré de destruir a una de estas personas inocentes.

Destruir.

Una palabra muy interesante. Podría significar la bancarrota financiera. Podría significar la ruina social. Podría significar la violación psicológica.

También podría significar el asesinato. Es algo que deberá preguntarse. Podría ser alguien joven o alguien viejo. Hombre o mujer. Rico o pobre. Lo único que le prometo es que será la clase de hecho que ellos —sus seres queridos— no superarán nunca, por muchos años que hagan psicoanálisis.

Y usted vivirá hasta el último segundo del último minuto que le quede en este mundo sabiendo que fue el único responsable.

Salvo, por supuesto, que adopte la postura más honorable y se suicide para salvar así de su destino al objetivo que he elegido.

Tiene que decidir entre mi nombre o su necrológica. En el mismo periódico, por supuesto.

Como prueba de mi alcance y del extremo de mi planificación, me he puesto en contacto hoy con uno de los nombres de la lista con un mensaje muy modesto. Le insto a pasar el resto de esta tarde averiguando quién ha sido el destinatario y cómo. Así por la mañana podrá empezar, sin demora, la tarea que le espera. Lo cierto es que no espero que sea capaz de adivinar mi identidad, por supuesto.

Así pues, para demostrarle mi deportividad, he decidido que a lo largo de los próximos quince días voy a proporcionarle una pista. O dos de vez en cuando. Sólo para que las cosas sean más interesantes, aunque alguien intuitivo e inteligente como usted debería suponer que esta carta está llena de pistas. Aun así, ahí va un anticipo, y gratis.

 

La vida era alegre en el pasado:

un retoño y sus padres a su lado.

El padre soltó amarras, se largó,

y entonces todo eso se acabó.

 

La poesía no es mi fuerte.

El odio sí.            

Puede hacer tres preguntas que se contesten con sí o no.

Use el mismo método, los anuncios de la portada del New York Times.

Contestaré a mi propia manera en veinticuatro horas. Buena suerte. Tal vez desee también dedicar tiempo a los preparativos de su funeral. La incineración es probablemente mejor que un entierro tradicional. Sé cuánto le desagradan las iglesias. No creo que sea buena idea llamar a la policía. Lo más seguro es que se burlen de usted, y sospecho que su altanería no lo encajará demasiado bien. Además, podría enfurecerme más; no se imagina usted lo inestable que soy en realidad. Podría reaccionar de modo imprevisible, de muchas formas malvadas. Pero puede estar seguro de algo: mi cólera no conoce límites.”

 

El psicoanalista

John Katzenbach

traducción: Laura Paredes

Ediciones B, 2004

pág: 14-18


02/02/2021

el psicoanalista, 2

 

Freud y la reina que hilaba hierbas de oro        

por Justo Serna

Claves de razón práctica, núm. 135

(2003), págs. 66-70

 

leer el artículo completo

 

(…)

“Todo comenzó con una venganza demorada para hacer pagar a un terapeuta lo que no hizo o hizo mal, un médico que empezó su práctica profesional inspirado por las buenas intenciones que eran propias del radicalismo de los sesenta, pero que pronto se desencantó descuidando a quienes más lo necesitaban. El abandono de la clínica pública y la creación de su consulta privada le permitirán ocuparse del análisis de ricos neuróticos neoyorquinos, esos que consultan la Standard Edition freudiana o que habitan en las películas de Woody Allen. Con el tiempo pagará esta traición al progresismo humanista, primero siendo amenazado, a un paso del precipicio, y después obligándole a rehacer su vida como médico de pobres. ¿Quién le impulsó a hacer ese cambio? Justamente un psicópata: el mayor de tres hermanos, el primogénito de una madre soltera, maltratada, abandonada, una de aquellas personas que Starks desatendió para abrir su consulta privada en la que atender a neuróticos adinerados, un primogénito que nunca perdonará. La novela es eficaz y es posible que entretenga o cultive el narcisismo culto de cierto tipo de lectores. Pero que eso sea así no quiere decir que la narración sea consistente, lograda, memorable. Y no lo es por esos mismos reproches que antes detallaba: por el simbolismo explícito, manifiesto, enfático, y por la vida y las razones enrevesadas de ciertos personajes y la intriga que los rodea.

En efecto, el marcado  simbolismo que envuelve cada uno de los hechos que suceden hace inverosímil a los personajes, de nombres igualmente simbólicos. Frederick “Ricky” Starks sobrevivirá fingiendo un suicidio, cambiando de identidad y desdoblándose en Frederick Lazarus, el hombre duro de acción que resucita armado y amenazador y que resuelve eficazmente el enigma, y en Richard Lively, hombre amable y luego entregado a la vida, a una causa humanitaria. Aquellos que le acosan, la familia Thomas, esos huérfanos de aquella madre soltera, se dan a sí mismos nombres igualmente simbólicos, de resonancias cultas, un guiño quizá enfático para el psicoanalista refinado pero sobre todo una pista del autor puesta al servicio del lector que se deja llevar por estos detalles. La menor, por ejemplo, dice llamarse Virgil (“todos necesitamos un Virgilio que nos guíe hasta el infierno”) y es una actriz, con un probable trastorno narcisista de la personalidad, según el propio diagnóstico al que llega Starks. El mediano se presenta como Merlin (como el mago conocedor de todos los saberes y hacedor de prodigios), y es abogado, un picapleitos sabelotodo, la especie más odiada de los norteamericanos: de quien hablamos es de un individuo, éste en particular, que resulta ser un  neurótico obsesivo-compulsivo. Y, finalmente, tenemos al mayor, al primogénito, que se hace llamar Rumplestiltskin (o Rumpelstikin, según idioma y versiones), como el célebre personaje del cuento de los hermanos Grimm, aquel hombrecillo que tenía poderes para hilar hierba seca y convertirla en oro, aquel que por ayudar a una muchacha campesina a obrar ese prodigio, enamorando así al rey, le arrancó la promesa de darle su primer hijo cuando fuera madre y soberana. Una vez que tal cosa sucedió, el hombrecillo le exigió la entrega del niño, amenaza que sólo le levantaría si lograba adivinar su nombre en el plazo de  tres días. Las pesquisas del mensajero mandado por la campesina-reina fueron infructuosas y sólo al final, al tercer día, en uno de los confines del reino y por pura casualidad logró adivinar su nombre y así se lo hizo saber a la soberana amenazada:

-“No he podido encontrar un sólo nombre nuevo; pero al subir a una altísima montaña, más allá de lo más profundo del bosque, allá donde el zorro y la liebre se dan las buenas noches, vi una casita diminuta. Delante de la puerta ardía una hoguera y, alrededor de ella un hombrecito ridículo brincaba sobre una sola pierna y cantaba: Hoy tomo vino y mañana cerveza, después al niño sin falta traerán. Nunca, se rompan o no la cabeza, el nombre Rumpelstikin adivinarán”.

Gracias a ese hallazgo inesperado, la reina mendaz pudo salvar la vida de su hijo, no entregarlo a ese insidioso hombrecillo, quedando relevada de su engaño y de su compromiso. El diabólico psicópata de tendencias homicidas que idea el plan que arruina la vida apacible de Starks se hace llamar Rumplestiltskin y como el personaje de los Grimm le concede un pequeño plazo para averiguar quién es. Vale decir, el analista es la campesina que prosperó indebidamente, el joven terapeuta lleno de promesas y de buenas intenciones que pronto olvidó, que se aupó hasta el rey con artimañas y con el auxilio de otros, justamente con quienes después ya no quiso aceptar compromisos. La reina se salvó de milagro dentro del plazo, pero fue suficiente para tener su merecido y para no volver a  repetir ese engaño que hizo creer al rey que era capaz hilar hierba convirtiéndola en oro. Salvar a los menesterosos neoyorquinos con una terapia breve y poco cuidadosa es como hilar hierba creyendo convertirla en oro. La reina tuvo una final feliz. ¿Lo tendrá el Doctor Starks?  Al modo de los cuentos de hadas, de los romances de ciego y de la literatura popular, las cosas y las personas son lo que son y, además, significan algo más y de ellas, de su nombre y de su significado, puede extraerse una moraleja. Porque esta novela tiene moraleja literal: la amenaza lleva a la desaparición, a una ascesis, a un renacimiento, y quien descuidó a los pobres propios y a los desheredados de Nueva York, una auténtica negligencia médica, acabará atendiendo en Puerto Príncipe, en Haití, a los más desfavorecidos. Ése será su futuro: la reparación de lo que hizo mal, algo en lo que tenía razón Rumplestiltskin.

Pero hay más. Quizá la vida y los seres humanos sean enrevesados, pero el relato, la intriga y los personajes de una ficción no están obligados a serlo, no están obligados a ser  copia o traslado mimético, si es que tal cosa es posible. Por eso, cosas que nos suceden y que, en efecto, parecen increíbles por numerosas e intrincadas no pueden transportarse impunemente a la novela. Exigen, desde luego, su puesta en orden, una trama que no es la vida, que no se corresponde a la historia. Pero exigen también su depuración narrativa, su transfiguración, su adelgazamiento. Pensemos, por ejemplo, en la figura de este psicópata y sus razones, en el huérfano aquejado de conducta delirante y en la venganza demorada y endemoniada que organiza con el auxilio de sus hermanos. No me refiero sólo a lo verosímil que pueda resultar que un impostor simule una identidad en el curso del tratamiento analítico; me refiero a los modos de ejecución de una venganza o de un crimen. En estos tiempos que corren, y desde que se impusieran como moda cinematográfica las películas de psicópatas, parece obligado idear ficciones con tipos oscuros, refinados, endiablados al modo de Hannibal Lecter. Tanto refinamiento verdaderamente satánico, tanta exquisita maldad –que aquí, en esta novela, también se da cansa , la verdad, y acaba siendo inverosímil y hasta un latazo.

Por eso comparto por completo lo que apostillaba Rafael Reig en el prólogo a una obra de Galdós recientemente exhumada, recuperada, la de las crónicas periodísticas sobre El crimen de la calle de Fuencarral. Leemos en ese texto, titulado “¿Por qué nos interesan tanto los asesinos?”, un juicio sensatísimo que quiero reproducir. “Hoy en día --dice Reig--, cuando la literatura criminal parece haber descrito un círculo (probablemente vicioso), resulta refrescante esta miniatura galdosiana en la que Higinia mata por catorce mil duros, con un cuchillo de cocina y ayudada por su ‘compinche’. En estos tiempos de asesinos psicópatas (...) resulta bastante saludable reencontrarse con criminales que no oyen voces interiores ni pretenden el control absoluto del planeta, que no tienen un cociente intelectual extraordinario ni habilidades circenses y tecnologías vanguardistas: vecinos de enfrente, seres humanos como la Higinia de Galdós, que había vivido ‘maritalmente con un lisiado’, mataba por codicia rudimentaria y era ‘un monstruo de astucia y marrullería’ “. Justamente lo contrario, de ese monstruo exquisita e exageradamente endiablado que Katzenbach nos presenta.

Pero es posible que lo enrevesado del personaje, el detallismo minucioso que lo envuelve, no se deba sólo a la torturada psicología que hemos de suponerle al psicópata, sino que obedezca también a necesidades narrativas. En efecto, parece como si Katzenbach se dirigiera a un público Midcult, necesitado de toda clase de informaciones, de detalles, es como si el narrador se forzara a ser explícito y evidente en algunos de sus enunciados y descripciones, en símiles mil veces empleados y en fórmulas expresivas tópicas, en recursos culturales cuyo guiño sabrán apreciar los lectores satisfechos, los connaisseurs. Tal vez por eso, la novela se nos antoja innecesariamente larga, tediosamente minuciosa, con escasas elipsis. Siendo como es un relato de evidentes influencias cinematográficas, dado que hay situaciones que están presentadas como si de un secuencia se tratara; o, mejor, estando probablemente pensado para poder ser llevado al cine (como así ha sucedido con esa otra narración de Katzenbach que mencionábamos, La guerra de Hart), aún resulta más extraña esa falta de contención, de economía verbal. O tal vez no sorprenda tanto este verbalismo abundante y esta forma de expresarse sea algo así como una extensa acotación hecha para un posible script, todo un regalo para el futuro guionista y productor interesado en comprar los derechos. A pesar de reconocer sus valores, algo de esto decía David Pitt en The Mistery Reader cuando subrayaba el detalle minucioso y la intriga enrevesada, y lo decía pensando en su posible traslado al cine. “No estoy seguro de que esta historia pueda funcionar como película, aunque es absolutamente probable que a alguien se le ocurra llevarla a la pantalla grande (en Hollywood les gusta hacer películas a partir de las novelas de Katzenbach, aunque anunciaron tan mal La guerra de Hart que nadie fue a verla). En una película, la intriga parecería demasiado sofisticada, demasiado inverosímil”). Pues de eso, de la intriga o, mejor, de la trama –según la colección española de Ediciones B— es de lo que está sobrada esta novela: demasiado refinamiento enrevesado finalmente inverosímil, el cargo más grave que cabe hacer a un relato policial, a una narración en la que el crimen y su ejecución y su revelación no precisan tanto, tantísimo artificio.

Habrá que esperar, pues, a que el psicoanalista, neoyorquino o no, tenga su gran relato, ya que éste no lo es; habrá que aguardar a que alguien escriba su novela eficaz y lograda, a que esa esfinge vacía destino de la transferencia, ese relleno sobre el que el paciente vuelca su humor, reciba su propio tratamiento. Tal vez entonces podamos averiguar el gran enigma del terapeuta, ese que se reserva, que difícilmente averigua el paciente y que los expertos llaman contratransferencia. Pero ahora que lo pienso, ahora que me doy cuenta, hemos agotado el tiempo y hemos llegado al final de nuestra sesión. Son cien dólares.”


01/02/2021

el psicoanalista, 1

 

El Psicoanalista,  de John Katzenbach, ofrece una historia redonda…

por EdSQ

cednovelista.blogspot.com

 

 

(…) el salto a la fama de John Katzenbach fue con El Psicoanalista, novela primordial en toda su bibliografía y que bien puede considerarse su sello característico dentro de la literatura. Como podemos apreciar, ni es poca ni es mucha su riqueza literaria, pero sin duda es interesante, porque leer El Psicoanalista resulta un placer para cualquier fan de este escritor.

Siendo honestos, con la presente obra es claro que se nos abre la puerta a una historia dinámica, interesante, con el perfecto suspense narrativo para no soltar el libro y consumir página tras página en la historia de Frederick Starks, un doctor especializado en terapia psicoanalítica recurriendo al famoso "diván" para que el paciente gane confianza y expulse su dolor emocional. El tipo de análisis más famoso entre los casi ocho tipos de psicología que existen.  Katzenbach, con esta obra, se toma su tiempo para construir los giros y las piezas que componen la historia, desde un doctor acostumbrado a la paz, a la tranquilidad, a la rutina y un "villano" producto de su pasado que lleva tiempo preparando su venganza.

(…)

Y esto especialmente porque el autor se sale de la terapia para construir una "carrera" contra reloj donde la relación médico-paciente se transforma en un juego "gato-ratón" y nada es lo que parece; la duda se convierte en la única herramienta segura y la realidad toma un cariz misterioso y fascinante. Visto así, la historia presenta múltiples tonalidades filosóficas (si la psicología es su "hija", no debería sorprender) además de una construcción dinámica. Esto se debe a que la novela aparenta ser lineal, no lo es y desde el instante en que nos imaginamos a Ricky abriendo la carta amenazadora (el detonante, el giro principal), es que lo acompañamos en un recorrido por su pasado, al mismo tiempo que lo vemos enfrentar y superar obstáculos del presente sin vacilación, y sí quizá con miedo.

Mientras que la peligrosidad de la juventud podrían representarse en Virgil, la sutileza, la fuerza del raciocinio le pertenecen a Merlin y la metáfora de que el pasado puede influir en el presente de maneras que ni imaginamos a veces, está plasmada en Rumplestilskin, el mero "villano-víctima" de la historia. Si bien hay giros subyacentes que resultan predecibles y otros no tan creíbles cuando los leemos, esta historia no deja de ser sorprendente, no deja de enganchar al lector (salvo en los momentos donde describe ciertas cosas en el pasado) haciendo que éste disfrute más la historia.

La novela está dividida en tres partes, igual que lo está el guión de una película (tres actos). Así, podemos pensar que el primero es lento al principio y conforme se acerca a su clímax agarra vuelo, toma poder y logra construir la progresión psicológica del protagonista en alguien distinto, creíble. Una alegoría de lo que significa renunciar a la rutina, darle pausa a nuestro camino y decidirse por otro sin más explicación. Ya con Ricky "cediendo" al plan de su perseguidor, lleva a cabo el plan y le dice adiós a todo lo que conoce. Es para este punto que en el segundo acto su vida ya ha cambiado, es alguien diferente y ahora menos ingenuo, preparando su venganza (¿círculo vicioso?) contra el hombre que arruinó su vida, y es aquí donde hurga, escarba en lo que dejó atrás alguna vez y descubre el momento en que le falló a una personaje desesperada, presa de la sociedad y el sistema capital que nos rodea. Mucho se lee en novelas -y se ve en las películas- que el sistema americano de justicia está roto, pero pienso que todo parte desde nuestra posición; si como individuos no comenzamos a darle un pequeño giro a nuestra existencia, desde acciones mínimas hasta enormes y significativas (¿por qué no ahora, que estamos a pocos días de Fin de Año?), no podremos crecer. Ahí tenemos el ejemplo de Ricky, que de ser alguien rutinario transformó su vida, se superó. Aunque llegue a sonar medieval, resulta curioso que la aventura plantee la necesidad del caos en su versión negativa para introducir orden y novedad a algo que ya está acomodado.

 Esto aunque la esencia sea la misma y el producto no se vea mermado por fuerzas externas, El Psicoanalista es una lectura obligada para cualquier fan de Katzenbach, donde la historia del presente y el pasado de un personaje se entrelazan de maneras pocas veces leídas, y donde el aderezo del suspense, de ver el desarrollo de personajes y la enorme psicología que rezuman sus páginas, hacen de este un recorrido inusual y sumamente placentero. Porque, al final, se trata de enmendar los errores que aún tenemos frescos y evitar ser egoístas es una lección importante. Por eso Ricky aprendió de su pasado, se mantiene activo y logró hacer de su debilidad su mayor fortaleza y ésa es una moraleja imprescindible.”