07/01/2022

fragment 2

 




“En aquella època, respecte al sexe, oscil·lo entre l’omnipotència i l’abúlia. Tan aviat m'omple una sensació d'embriaguesa, quin poder!, que fàcil que es fer content un home. Després, de sobte, al moment culminant, esclato a plorar, aparentment sense motiu. Massa felicitat, es l’únic que se m'acut respondre quan ell s’amoïna per aquells sanglots. Durant dies sencers no suporto que em toqui. I després el cicle infernal torna a començar, recordo la missió que tinc aquí baix a la terra, que es donar plaer als homes. Es la meva condició, el meu estatus. Llavors torno a oferir els meus serveis, amb zel i una convicció fingida de la qual acabo convencent-me a mi mateixa. Ho faig veure. Faig veure que m'agrada fer l'amor, faig veure que en frueixo, faig veure que sé de què van tots aquests gestos. Per dins, em fa vergonya fer-los amb tanta naturalitat, quan d'altres encara estàN amb els primers petons. Noto que m'he saltat una etapa. He anat massa de pressa, massa d'hora, no amb la persona adequada. Tots aquests moments d'intimitat, hauria preferit viure'ls amb en Youri per primera vegada. Que ell hagués estat el meu iniciador, el meu primer amant, el meu primer amor. No goso confessar-ho. Encara no tinc prou confiança en mi, en ell.

I sobretot no puc dir-li que, cada vegada que faig l'amor amb ell, hi ha una imatge que soc incapaç de treure'm del cap: la imatge de G.

I això que G. em va prometre que em deixaria el mes meravellós dels records.”


El consentiment
Vanessa Springora
traducció de Marta Marfany
Empúries, 2020
Pàg: 154-155

06/01/2022

fragment 1

 




“Els contes infantils son una font de saviesa. Si no, com es que perduren a través del temps? La Ventafocs ha de procurar anar-se'n del ball abans de mitjanit; la Caputxeta Vermella no s'ha de refiar del llop ni de la seva veu seductora; la Bella Dorment del Bosc s'ha de guardar prou d'acostar el dit a aquell fus que l'atreu irresistiblement; la Blancaneus s'ha d'allunyar dels caçadors i per res del món ha de mossegar la poma, tan vermella, tan gustosa, que el destí li ofereix...

Tot de consells que les noies farien be de seguir al peu de la lletra.

Un dels primers llibres que recordo es un recull de contes dels germans Grimm. El tenia tan fet malbé que el cosit de sota la tapa gruixuda de cartoné va comentar a esfilagarsar-se i les pagines van anar caient una rere l'altra. Aquesta pèrdua em va deixar desfeta: aquelles histories meravelloses em parlaven de llegendes eternes, però els llibres, en canvi, només eren objectes peribles, que anaven a parar a les escombraries.

Fins i tot abans de saber llegir i escriure, de llibres me'n construïa jo mateixa amb qualsevol cosa que tingues a mà: diaris, revistes, cartró, cel·lo, cordill. Com mes resistents fossin, millor. Primer l'objecte. L'interès pel contingut vindria després.

Avui me'ls miro amb desconfiança. Entre els lli­bres i jo hi ha una paret de vidre. Sé que poden ser un verí. Sé la càrrega tòxica que poden contenir.

M'estic molts anys fent voltes dins la gàbia, els meus somnis son tot crim i venjança. Fins un dia que per fi arriba la solució, com una evidencia: enxampar el caçador amb la seva pròpia trampa, tancar-lo en un llibre.”



El consentiment
Vanessa Springora
traducció de Marta Marfany
Empúries, 2020
Pàg: 9-10

05/01/2022

el consentiment i 5

 



Sexo y ética: más allá del consentimiento

La ley de libertad sexual, pendiente de aprobación en el Congreso, ha puesto el consentimiento en el centro de un debate que va mucho más allá de las leyes: las mujeres (y los hombres) pueden consentir al sexo cuando en realidad no lo quieren, porque creen que es lo que se espera de ellos.

por Begoña Gómez Urzaiz
El País
05/09/2021



"La educadora sexual Eli Soler suele empezar sus charlas con los niños de primeros cursos de la ESO, de 12 y 13 años, hablando de macarrones. Les dice: “Si cuando salimos de aquí vamos a un restaurante, lo normal es que cada uno pida una cosa. Unos querrán hamburguesa, otros pizza… ¿Verdad que no sería normal obligar a alguien a comer macarrones si no los quiere?”. Y de ahí pasa a ponerles el famoso vídeo/meme del té, ese que explica el consentimiento sexual con dos monigotes, uno de los cuales ofrece al otro una taza de té. Si primero dice que sí la quiere y luego cambia de idea, está bien y hay que respetarlo. Si el segundo monigote está inconsciente, no va a querer té. Si un día dijo que quería té, no significa que lo vaya a querer todos los días.

Al contrario que a casi todos los mayores de 20 años, a Soler no le sorprendió en absoluto el vídeo que circuló a principios del verano del tiktoker mallorquín Naim Darrechi, con 26 millones de seguidores en sus distintas plataformas, que presumió en un vídeo con otro influencer, conocido como Mostopapi, de engañar a sus parejas sexuales para practicar sexo sin preservativo.

La difusión del vídeo llevó al Ministerio de Igualdad a presentar una denuncia contra él ante la Fiscalía. “Es un chico de 19 años que no tiene la madurez para saber que está hablando de una agresión sexual”, cree la educadora. “Me encuentro cada día a muchísimos chicos que intentan lo mismo y a chicas que acceden a practicar sexo sin preservativo o a hacer prácticas sexuales que realmente no quieren hacer porque lo han visto en la pornografía”, explica esta psicóloga especializada en adolescentes que trabaja en la provincia de Girona.

El escándalo en torno a Darrechi y, antes, de manera mucho más dramática, el caso de La Manada de Pamplona y sus ramificaciones judiciales pusieron de manifiesto que el debate sobre el consentimiento sexual se está produciendo en tres planos muy separados, que apenas se tocan. Por un lado, está el filosófico o conceptual, donde se discute si la cultura del consentimiento deja suficiente espacio para explorar el placer femenino y el placer a secas. Por otro lado, el judicial, que ha puesto la cuestión del consentimiento en el centro de la nueva ley de libertad sexual, pendiente de aprobación en el Congreso y el Senado. Y lejos, a veces muy lejos de estos debates teóricos, hay todo un mundo de relaciones sexuales en las que poca gente tiene claro todavía que sí es sí y no es no. “Y menos aún lo que es el consentimiento explícito o el consentimiento entusiasta”, como apunta Xavi Tallón, que también imparte talleres a jóvenes con la fundación Sexus.

De entrada, en el plano puramente intelectual, el lugar en el que se encuentran la ética y el sexo vuelve, como en los setenta, a congregar a algunas de las mentes más brillantes en activo, que tratan de discernir cómo se asienta el nuevo contrato sexual. Una de ellas es la de la filósofa estrella Amia Srinivasan, que a los 36 años es a la vez la persona más joven y la primera mujer no blanca en ocupar la cátedra Chichele de Teoría y Política Social en el All Souls College de Oxford, la misma que antes ocupó Isaiah Berlin.

Srinivasan ha escrito The Right to Sex: Feminism in the Twenty-First Century (el derecho al sexo: feminismo en el siglo XXI) (editado por Farrar, Straus and Giroux), una colección de ensayos que la revista Another ha llamado “el ensayo más polarizante de 2021”. Allí argumenta que, de alguna manera, la idea de consentimiento se queda pequeña para aclarar muchas de las fricciones que surgen en el sexo. “En los años setenta, las feministas tuvieron que luchar muy duramente para hacer que fuera la falta de consentimiento, y no la violencia, la condición determinante del abuso sexual”, dice la filósofa en la misma revista. “Fue un giro legal importante, pero a consecuencia de eso nuestras conversaciones sobre el sexo se enfocan de manera monomaniaca en el consentimiento como si fuera el único paradigma útil para pensar sobre ética sexual o política sexual y el Me Too lo ha subrayado. Pero a veces se tienen objeciones sobre sexo que no es no-consensuado, es sexo problemático por otra razón. Creo que las mujeres y los hombres pueden consentir al sexo cuando en realidad no lo quieren, pero creen que se espera de ellos. En esos casos, el sexo es consensuado, pero también está pasando algo problemático”.

La escritora y académica Katherine Angel, experta en historia de la psiquiatría y la sexología, también problematiza la noción habitual de consentimiento en otro libro con su dosis de controversia, El buen sexo mañana (Alpha Decay). “Tendemos a pensar que el consentimiento es ‘el’ lugar en el que todos los problemas de nuestra cultura sexual se van a resolver, y no es así”, aclara Angel por correo electrónico. “La idea legal de consentimiento ha empantanado nuestras ideas sobre el sexo y nos ha hipnotizado cuando tratamos de entender qué es lo que hace que el sexo sea bueno o malo. Mucho sexo consentido es doloroso y poco placentero para las mujeres, o está consentido porque las desigualdades dificultan a muchas mujeres decir sí o no, y es fácil poner el placer femenino en segundo plano. El consentimiento no refleja una realidad, que es que los hombres y las mujeres llegan al sexo con distintas expectativas y experiencias”.

Para la escritora Shaina Joy Machlus, autora del libro La palabra más sexy es sí (Vergara), contraponer consentimiento y deseo femenino plantea una falsa dicotomía. “Creo en eso de que la revolución sea irresistible. El consentimiento sexual es una receta para un sexo alucinante, y punto”. Machlus recuerda también que el concepto de consentimiento es siempre “algo que se da libremente, sin presión, reversible, específico, claro y continuado”.

Mientras en la literatura académica y en la filosofía más o menos mass market se discute si el consentimiento se pasa o se queda corto a la hora de generar buen sexo para el mayor número de personas posible, en el terreno judicial el debate es otro. En el largo proceso de redactado de la ley de libertad sexual, conocida en los medios como ley del solo sí es sí, que aprobó el Consejo de Ministros el pasado julio y está pendiente de ratificación en el Congreso y el Senado, las reticencias del Consejo General del Poder Judicial y el tira y afloja entre ministerios se centraron sobre todo en una cuestión, la llamada inversión de la carga de prueba. Es decir, para algunos jueces el problema de la ley tal y como se planteaba en el anteproyecto de marzo de 2020 radicaba en que el agresor se convertía en un presunto culpable y no en un presunto inocente.

María Acale, jurista que ha participado en la redacción de la ley, cree que con las últimas modificaciones en la letra de la ley se acaban las dudas y, sobre todo, se protege a las víctimas: “Si esta calla o grita de dolor o llora en las concretas circunstancias en las que se produce el acto sexual, esas lágrimas o gritos son pruebas de la falta de consentimiento”. Acale, que es catedrática de Derecho Penal en la Universidad de Jerez, defiende que el espíritu de la ley es el que recoge su nombre oficial, la protección de la libertad sexual “frente a todo tipo de ataques”, sin ignorar que son las mujeres quienes suelen sufrir de manera desproporcionada la violencia sexual. “No se trata de firmar una suerte de acta notarial”, como se ha querido ridiculizar a menudo, pintando el nuevo contrato sexual como un contrato literal, una instancia de varias páginas que deben firmar los participantes antes de ponerse a la tarea, como hace Christian Grey con Anastasia al principio de Cincuenta sombras de Grey. “Se trata de atender a la espontaneidad inherente de las relaciones sexuales consentidas”, aclara la jurista.

En términos de derecho comparado, la ley española se asemeja a la ley sueca, reformada en 2018, que subraya que si una agresión sexual se produce aprovechando que la víctima está drogada, bebida, sometida por alguna circunstancia o incluso “aprovechando una situación de dependencia” (y por tanto no puede pronunciar el famoso “no”), sigue considerándose agresión.

Para la abogada feminista Carla Vall i Duran, la entrada en vigor de la ley supondrá que las víctimas ya no tengan que someterse tanto a según qué interrogatorios en las vistas. “Siempre se les pregunta por lo que no hicieron para preservar su integridad y no por lo que hicieron”. Las famosas preguntas que todavía constan en muchas actas judiciales: si la víctima pidió auxilio de manera clara, si cerró las piernas, si había “jolgorio y regocijo” en el ambiente, como escribió el magistrado Ricardo Gómez en su voto particular en la sentencia de La Manada. “Lo más frecuente en una agresión es que el cuerpo se bloquee. No te puedes mover, no puedes gritar, no puedes huir ni responder físicamente a la agresión. Esto nos permitirá no tener que empezar cada proceso recordando premisas básicas de victimología”, cree la abogada.

En el debate mediático, alentado por una escuela de columnismo de corte canallita, la introducción de la ley de libertad sexual se aprovechó para lamentar que, según algunos, se legislase a favor de un tipo de sexo pacato y mojigato, ajeno a cualquier arrebato. Eso es lo que buscaba transmitir la diputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo cuando en un debate de las elecciones catalanas preguntó a sus adversarias de la izquierda: “¿Ustedes dicen sí, sí, sí, todo el rato hasta el final?”.

“No sé qué tipo de relaciones tiene la señora Álvarez de Toledo, y me sabe mal por ella”, responde Vall i Duran, “pero hemos de pensar que el Código Penal habla de violencia y no de sexo. El sexo es importante para los humanos y no creo que nos conformemos con un sexo no delictivo. Lo queremos placentero. No decir solo sí, sí, sí, sino aquí, allá, de esta manera y de esta otra”. No solo si quieres la hamburguesa o el té, sino cómo los quieres, que diría Eli Soler a sus alumnos."

04/01/2022

el consentiment, 4

 




Vanessa Springora: «Tengo la sensación de haber servido de aval moral a un pederasta»

La editora ha sacudido el panorama intelectual y político francés con 'El consentimiento', donde cuenta la relación que mantuvo a los 14 años con un escritor de 50, Gabriel Matzneff, y el silencio y hasta la connivencia social con un pederasta celebrado en el mundo de las letras hasta hace muy poco.

por Silvia Ayuso
El País
25/08/2020



“A sus 48 años, a Vanessa Springora todavía le cuesta hablar de lo que vivió a los 14, cuando comenzó una relación con un escritor, Gabriel Matzneff, de 50. Tardó años en comprender que no era amor sino abuso sexual y psicológico, y décadas en exorcizarlo todo en un libro, El consentimiento (Lumen). «Normalmente ya no lloro en las entrevistas», dice mientras juguetea con un cigarrillo que no encenderá durante la cita en un café cerca de su casa en París. Ello no impedirá que al término del encuentro sus ojos brillen más de lo normal, aunque consiga no derramar una sola lágrima. Sabe que, pese a todo, es una privilegiada: no es una víctima de trata humana ni vive en la precariedad, como tantas mujeres que sufren violencia sexual, sino que es directora de una prestigiosa editorial de París y lleva una vida «normal», con pareja y un hijo adolescente.

Paradójicamente, esa puede ser una de las claves de por qué El consentimiento ha impactado de tal manera en Francia, donde desde antes de su llegada a las librerías, en enero, sacudió profundamente el mundo intelectual y político como no lo ha conseguido el movimiento MeToo: se ha abierto una investigación judicial y se ha retirado parte de la obra de Matzneff, los diarios íntimos en los que el autor, hoy octogenario, relataba minuciosamente sus aventuras sexuales con menores de ambos sexos. Además, escritores e intelectuales que hasta hace poco se declaraban admiradores del escritor –en 2013 recibió el prestigioso premio Renaudot– se han distanciado del personaje y su obra. «Es una toma de conciencia muy importante», subraya Springora. El efecto de El consentimiento también rebasa fronteras: el libro se prepara para salir en una veintena de países, incluida España, donde llegará a las librerías el 17 de septiembre.

PREGUNTA: ¿Se esperaba este eco internacional?

RESPUESTA: Para nada. Al principio me decía que quizás le interesaría a 150 personas en París, debido al pequeño mundo de la edición, pero ha sido una oleada desde incluso antes de la publicación del libro. Me ha dejado totalmente atónita, pero me he dado cuenta de que esa acogida no está ligada necesariamente a este caso específico, sino que resonaba en muchísimas mujeres, sobre todo jóvenes, con historias que también ellas habían vivido. Hace meses que recibo centenares de cartas de mujeres que no sabían quién era Matzneff, que no son de la misma generación, pero que se han reconocido en este libro porque han vivido historias similares. Creo que no medí bien el aspecto universal de esta historia, y eso es algo que ahora me vuelve como un bumerán. Es algo maravilloso por toda esa gente que me agradece haberlo escrito, pero al mismo tiempo es escalofriante, porque significa que el estado de la sociedad es inquietante.

P: Si hay tantas mujeres y jóvenes que han vivido esta situación, quiere decir que vivimos en una sociedad que de alguna forma sigue estando enferma. ¿Puede deberse el impacto de su historia a que usted es una víctima algo atípica?

R: Es por eso que en las entrevistas hablo sistemáticamente de las personas que no tienen la posibilidad de hablar o escribir, jóvenes de la banlieue [la empobrecida periferia parisina] que se tienen que prostituir o mujeres inmigrantes totalmente invisibles, que no vemos, que son los dominados absolutos porque no tienen forma alguna de defenderse. Yo no quiero un papel de portavoz política porque no soy militante en ese sentido, mi compromiso político está en este libro. Uno de los mayores traumas para mí es que mi historia ha servido para hacer valer a un pederasta que encima practicaba turismo sexual en países del tercer mundo como Filipinas. Hacia los 25 años me di cuenta de que todas esas historias de chicas jóvenes que contaba en sus libros en el fondo le permitían mantener su impunidad, hablar de sodomizar a niños de 9 u 11 años, que es un crimen, sin que a nadie le pareciera mal. Como todo lo embellecía en sus diarios íntimos, donde contaba que eran casi historias de amor para él, tengo la sensación de haber servido de aval moral a un pederasta.

En El consentimiento, Springora acaba con cualquier posibilidad de seguir maquillando los actos de Matzneff, que él continúa defendiendo como «historias de amor». «A los catorce años, se supone que un hombre de cincuenta no te espera a la salida del instituto, se supone que no vives con él en un hotel ni te encuentras en su cama, con su pene en la boca, a la hora de la merienda», escribe en uno de los momentos más paralizantes de un libro que, con su estilo sobrio, se ha convertido en un arma perfecta. «Llevo muchos años dando vueltas en mi jaula, albergando sueños de asesinato y venganza. Hasta el día en que la solución se presenta ante mis ojos como una evidencia: atrapar al cazador en su propia trampa, encerrarlo en un libro», explica en el prólogo. «Quise revertir el arma de la escritura contra él, porque es el arma que él usaba para dominar a las mujeres jóvenes y también a los muchachos con los que tuvo historias», acota en la entrevista. Por eso también optó por un relato «que se pudiera leer como una novela (…) No quería escribirlo bajo la forma de un testimonio brutal, que fuera puramente informativo o como un reportaje. Para mí no es un mero testimonio, es también un relato literario, opté por esa forma justamente porque quería inscribir este libro en el campo literario, para que quede frente a los libros de ese escritor [Matzneff]».

P: A pesar de múltiples denuncias, sobre todo de actrices como Adèle Haenel, en su país el movimiento MeToo no ha tenido mucho impacto. ¿Trata Francia de forma distinta a sus artistas?

R: Hay una tolerancia particular con los artistas a cambio de una obra que puede ser subversiva y que se siente que es necesaria. El problema es que la definición de la subversión es revertir un orden establecido. Pero el orden establecido hoy en día es el famoso orden patriarcal que denuncian todas las feministas. Yo considero que mi libro es mucho más subversivo que la obra de Matzneff. Hoy muchos hombres piensan que el MeToo ha ganado, dicen que están rodeados de mujeres agresivas, de feminazis que quieren impedir que los hombres y las mujeres tengan relaciones, flirteos, cortejos normales, lo que es absolutamente falso. La realidad es que hay que revertir ese orden para lograr una igualdad de relaciones. La conquista de los derechos por la igualdad para las mujeres es una historia larga, pasó primero por los derechos elementales, los jurídicos, el voto, tener una cuenta en el banco. El derecho a no ser utilizada como un objeto, de no ser considerada simplemente como un objeto sexual, es fundamental pero todavía no lo hemos conquistado.

P: Usted dijo que no quería que los libros de Matzneff fueran retirados. ¿Qué le habría gustado que pasara?

R: Lo que me molesta de la censura es que es una forma de hacer revisionismo, es suprimir la carga de la prueba para su editor, hacer como si jamás hubiera existido. Yo preconizo en mi libro otra solución, lo que se llama la contextualización, es decir, reeditar sus obras con una advertencia al lector y con una edición crítica que explique cómo fue posible durante los años setenta, ochenta, noventa y hasta los dos mil publicar obras de esta naturaleza y por qué hoy ya no es posible. Eso es mucho más interesante, es una manera de mostrar cómo progresa una sociedad, cómo lo que era tolerable en una época se hace intolerable en otra. Mi objetivo no es meter a este hombre en prisión, sino suscitar un debate en la sociedad y en este entorno literario sobre esta ceguera que hubo en la época. Y en el medio editorial en general, empezar de cero y reflexionar todos de forma colectiva, editores, medios, periodistas, escritores, todos los intelectuales que lo apoyaron y firmaron sus peticiones sobre la despenalización de las relaciones con menores.

P: Consentimiento parece un concepto sencillo, el famoso «no es no». Pero usted demuestra que es algo mucho más complicado…

R: No soy jurista ni psiquiatra, no tengo un punto de vista de experta sobre la noción de consentimiento. Pero he leído el libro de Geneviève Fraisse Del consentimiento (Editorial Palinodia), que, desde un punto de vista estrictamente filosófico, me parece muy interesante porque dice que hay dos nociones que tienen que entrar en juego en el consentimiento, pero que en general solo usamos una, la de la libertad. Incluso en un contrato hay que ser libre de poder elegir, porque consentir ya es una forma de elegir. Pero hay otra noción, dice, que no se suele incluir y es la de la igualdad. Volvemos ahí a la cuestión de la dominación. ¿Es que una adolescente de 14 años es igual a un hombre de 50? Incluso si su decisión es libre, ¿tiene los medios para consentir, para mantener relaciones sexuales con ese hombre? ¿Es que es igual en materia de madurez sexual, afectiva, intelectual? ¿Es que están al mismo nivel o hay una asimetría?

P: ¿La literatura todavía puede mover el mundo, como ha dicho usted en alguna ocasión?

R: Creo que el éxito de este libro muestra que todavía es posible, que un libro es capaz aún de mover las líneas de la sociedad, sí. Si no creyera que los libros, el arte, pueden cambiar el mundo, no trabajaría en el mundo de la edición.”

03/01/2022

el consentiment, 3

 




Anulan el primer proceso penal por pedofilia contra el escritor Gabriel Matzneff por «vicios de forma»

La policía judicial sigue investigando varias denuncias más contra el autor, que se jactaba en sus libros de como seducía, abusaba y violaba a menores

por Juan Pedro Quiñonero
ABC Cultura
09/10/2021



"El Tribunal de Apelación ha anulado «por vicios de forma», el primer proceso penal contra el escritor pedófilo Gabriel Matzneff (83 años), mientras la policía judicial sigue instruyendo las acusaciones de un caso que transformó radicalmente las vidriosas relaciones entre la edición, la crítica literaria parisinas y un criminal pedófilo convicto y confeso de sus delitos contra niñas menores de edad durante los años 80 del siglo pasado.

En su día, el mes de enero de 2020, la escritora, editora y realizadora Vanessa Springora (49 años) publicó un libro célebre, «El consentimiento», contando por lo menudo como Matzneff había abusado de ella, cuando tenía 14 años y él 49.

El libro de Springora precipitó una tormenta devastadora para el escritor, que llevaba años publicando libros donde contaba por lo menudo como seducía, abusaba y violaba niñas menores, beneficiándose de grandes éxitos de crítica literaria y ventas de libros con mucho morbo vidrioso.

Matzneff llevaba varias décadas «glosando» literariamente la pedofilia. Ganó premios literarios y mucho dinero contando esas historias. El libro de Springora contó la cara menos «literaria» de la pedofilia asumida por el escritor. De la noche a la mañana, los editores borraron a Matzneff de sus catálogos. Periódicos, cadenas de radio y tv, comenzaron a tratarlo agresivamente de criminal pedófilo. Y la asociación Ángel azul presentó una querella jurídica.

Año y medio más tarde, el Tribunal de Apelación ha anulado el primer proceso iniciado por la asociación Ángel azul, estimando que había vicios de forma en su querella.

La policía judicial, por el contrario, sigue investigando las denuncias contra Matzneff. Según las fuentes judiciales, parece previsible que, finalmente, el criminal pedófilo podrá evitar el proceso penal por sus delitos, que pudieran estar prescritos, en todos o casi todos los casos.

Queda la ejemplaridad final de la historia. Matzneff quizá se libre de la justicia. Pero ha sido condenado a un ostracismo cívico y moral sin apelación posible.

Ningún editor quiso publicar su respuesta a las acusaciones de una de sus víctimas. Nadie se ha hecho eco de esa respuesta personal, jaleada por sus íntimos, con ningún éxito. El ministerio de Cultura le ha retirado ayudas y subvenciones. Su caso se ha convertido en el espejo histórico de ciertas perversiones del París literario, que aplaudió y celebró las confesiones de un criminal pedófilo condenado para siempre por el tribunal oficioso de la moral pública.

Matzneff sigue viviendo en un pequeño piso de alquiler muy favorable propiedad de la alcaldía de París, a la altura de la plaza de Maubert - Mutualité, intentando pasar desapercibido detrás de unas gafas negras, caminando lentamente con un bastón, alejándose rápido de cualquiera que lo cruce a menos de cinco metros de distancia.”

02/01/2022

el consentiment, 2

 

Francesca Gee



La víctima de un escritor pedófilo, silenciada desde hace tiempo, por fin cuenta su historia

Durante décadas, el escritor francés utilizó la imagen y las cartas de Francesca Gee para defender su búsqueda sexual de adolescentes. Su versión fue silenciada hasta ahora.

por Norimitsu Onishi
The New York Times
2 de abril de 2020



“En 1983, Francesca Gee paseaba con una amiga un día de finales de otoño en París cuando vieron una nueva librería. Mientras veían el aparador, su amiga de pronto señaló la parte de abajo de la ventana.

“¡Mira, eres tú!”.

El rostro de Gee la miraba desde la portada de una novela, Ivre du vin perdu (Ebrio de vino malogrado), de Gabriel Matzneff, escritor y defensor de la pedofilia.

Una década antes, a sus 15 años, Gee había estado en una relación traumática de tres años con Matzneff, un hombre mucho mayor. Ahora él usaba su rostro adolescente en la portada de la novela y cartas que ella le había escrito en sus páginas sin haberle preguntado si podía hacerlo ni informarle nada al respecto, comentó.

Durante décadas, a pesar de las protestas de Gee, Matzneff usó sus cartas para justificar la pedofilia y lo que describía como las grandes aventuras románticas con chicas adolescentes, siempre respaldado por miembros de la élite literaria, mediática, comercial y política de Francia.

Los libros de Matzneff fueron patrocinados por algunas de las editoriales más prestigiosas de Francia, incluyendo Gallimard, que publicó Ivre du vin perdu durante casi cuatro décadas con la misma portada, usando el rostro de Gee para promover el tipo de relación que ha marcado de por vida a algunas de las víctimas de Matzneff.

“Me persigue esa imagen mía, que es como un doble malévolo”, dijo Gee.

Su caso era el de una mujer incapaz de contar su propia historia… hasta ahora.

Gee, de 62 años, se puso en contacto con The New York Times tras la publicación de un artículo que describía cómo Matzneff tuvo relaciones sexuales con chicas adolescentes y niños prepúberes durante décadas y escribió al respecto de manera abierta.

Después de debatirse angustiosamente con su decisión, Gee, quien tuvo una carrera como periodista y habla inglés, francés, italiano y español de manera fluida, acabó con su silencio de 44 años en una serie de entrevistas a lo largo de dos días en el suroeste de Francia, donde vive.

Esa decisión se vio facilitada por un reciente cambio cultural en Francia.

Matzneff se convirtió en un escritor de renombre en la década de 1970, cuando algunos intelectuales franceses consideraban que la pedofilia era una forma de liberación de la opresión paterna. Aunque esas opiniones dejaron de ser bien vistas en la década de 1990, continuó publicando y prosperando hasta fines del año pasado.

Sin embargo, en el último par de meses, fue acusado de promover el abuso sexual de menores, le quitaron los honores que le había otorgado el Estado francés y dejó de trabajar con sus tres editores.

Gallimard dejó de vender la novela con la imagen de Gee en la portada en enero, después de la publicación de Le consentement (El consentimiento), el primer recuento de una de las víctimas menores de edad de Matzneff, Vanessa Springora.

Le consentement convirtió al renombrado Matzneff en un paria social de la noche a la mañana. Se fue a esconder a Italia, y sus antiguos simpatizantes, que pertenecen a la élite francesa, se han distanciado rigurosamente de él o lo han eliminado de sus círculos.

Gee dijo que, cuando escuchó de la publicación de Le consentement, se sintió “eufórica” de que la “Vanessa” de los libros de Matzneff —alguien a quien nunca había conocido, pero a quien siempre había considerado como una hermanita— estuviera alzando la voz.

“Ella hizo lo que debía, y ya no tengo que preocuparme más por eso”, recuerda haber pensado Gee. “Sin embargo, en una semana o dos, me di cuenta de que desempeñé un gran papel en esa historia”.

De hecho, casi dos décadas antes de que Le consentement sacudiera a Francia, Gee intentó contar su historia en 2004, sin éxito. Escribió un manuscrito en el que, al detallar su relación con Matzneff, abordaba algunos de los mismos temas y usaba el mismo vocabulario que aparece en Le consentement.

Sin embargo, ningún editor aceptó su manuscrito.

En Albin Michel, una de las principales editoriales, un editor pareció dispuesto a publicarlo, pero, cuando llevó el manuscrito de Gee ante un comité, terminaron por rechazarlo.

En la carta de rechazo, el editor, Thierry Pfister, explicó que algunos de los miembros del comité habían expresado sus reservas, señalando que Matzneff era parte de “Saint-Germain-des-Prés”, como se le conoce a la industria editorial francesa concentrada en ese vecindario de París.

“En ese entonces, Matzneff no era el hombre viejo y aislado que es hoy”, comentó Pfister, que ya no trabaja en Albin Michel. “Aún estaba en París con su red, sus amigos”.

“Tomamos la decisión de no enfrentarnos a ese grupo”, recordó. “Había más pérdidas que ganancias. Yo hablé a favor de ella. Los demás no estuvieron de acuerdo conmigo”.

La red de simpatizantes de Matzneff era sorprendentemente vasta.

En 1973, cuando Gee tenía 15 años y Matzneff 37, un amigo del escritor le presentó a una ginecóloga que aceptaba recetarles píldoras anticonceptivas a chicas menores de edad sin la autorización de sus padres, lo que en ese entonces era un delito.

En su diario de ese periodo, Élie et Phaéton, Matzneff escribe que la ginecóloga, Michèle Barzach, “en ningún momento sintió la necesidad de reprender al hombre de 37 años y su amante de 15”.

Gee dijo que vio a Barzach una media docena de veces a lo largo de tres años, siempre acompañada de Matzneff.

“La llamaba, hacía una cita e íbamos”, recordó. “Se quedaba en la sala de espera mientras estaba con ella. Y después entraba, hablaban y le pagaba”.

En sus otros diarios, Matzneff escribe que Barzach fue durante años la ginecóloga de cabecera con la que llevó a las chicas menores de edad con las que salió después de que él y Gee se separaron en 1976.

Barzach, quien también era psicoanalista, fue ministra de Salud de Francia de 1986 a 1988, durante el gobierno del presidente François Mitterrand.

De 2012 a 2015, fue la directora de UNICEF en Francia, la agencia de protección infantil de las Naciones Unidas. Citando motivos de privacidad, UNICEF rehusó proporcionar los datos de contacto de Barzach, quien ya no trabaja ahí. Barzach no respondió a una solicitud de entrevista que UNICEF dijo que le habían enviado.

¿‘Amor’? o ¿‘toma de rehenes’?

Durante décadas, Matzneff afirmó que sus relaciones con chicas menores de edad les fueron de ayuda el resto de sus vidas. Su iniciación en el arte, la literatura, el amor y el sexo, con un hombre mayor, las había dejado más felices y más libres, señaló.

Esa afirmación, que han repetido sus simpatizantes, no se cuestionó sino hasta la publicación en enero de Le consentement, en el que Springora escribe que su relación con Matzneff, que inició a sus 14 años, la dejó con problemas psicológicos durante décadas.

En su manuscrito no publicado de 2004, Gee describió su relación con el autor como un “cataclismo que me destrozó cuando tenía 15 años, y eso cambió el curso de mi vida”, dejándola “avergonzada, amargada y confundida”.

Los relatos de Gee y Springora son particularmente significativos porque Matzneff a menudo ha descrito a ambas como dos de los tres grandes amores de su vida. Les dedicó diarios, novelas, poemas y ensayos a cada mujer, un material que, de acuerdo con grupos antipedofilia, le proveyó una coartada intelectual a muchos hombres para relacionarse con niños prepubescentes o niñas adolescentes.

Gee recuerda haberse encontrado con Matzneff por primera vez en París en 1973 con su madre, quien lo había conocido años atrás.

David Gee, el hermano menor de Gee, dijo que sus padres con frecuencia invitaban al escritor a cenas en su casa. Su presencia agradaba en especial a su padre, un periodista británico afincado en París que buscaba hacerse de una posición en la sociedad francesa.

“Era una de esas cosas muy importantes, en términos sociales, afianzarse entre la intelectualidad”, dijo David Gee. “Eso era más importante que observar los efectos secundarios de la pedofilia”.

Con la aprobación de su padre, Gee se vio con el escritor durante tres años, incapaz de deslindarse de él. El padre de Gee falleció en 2014.

Empleando los mismos métodos que más tarde utilizaría con Springora, Matzneff ejerció su control sobre la chica adolescente. La aisló y le prohibió que socializara con amigos de su edad.

Movió influencias políticas para hacer que transfirieran a Gee a un colegio cerca de su casa, y se jactó al respecto en sus diarios. Después adoptó la costumbre de esperar a Gee fuera de su nueva escuela, el Lycée Montaigne, al lado de los Jardines de Luxemburgo.

“Iba todos los días para asegurarse de que todos entendieran que nadie debía intentar nada conmigo”, recordó Gee. “Era un lugar muy específico donde simplemente se quedaba parado esperándome”.

Gee hace poco se reunió con uno de los detectives que comenzó a investigar a Matzneff y a sus simpatizantes tras la publicación de Le consentement. Después de que detalló su relación con Matzneff durante una reunión de cinco horas en París, el detective describió la situación como una “toma de rehenes”, cuenta Gee.

Atrapada en sus historias

Gee cumplió 18 años en 1976 y, tras varios intentos desesperados, finalmente pudo volverse cada vez más crítica con Matzneff y liberarse de su control. “Básicamente, estaba creciendo”, comentó.

Sin embargo, siguió siendo rehén durante décadas, atrapada en su narrativa y el uso que le dio a sus cartas.

Animada por Matzneff, Gee había escrito cientos de cartas románticas y sexualmente explícitas durante sus tres años juntos.

Él publicó algunas de ellas en 1974, sin su autorización, en su feroz defensa de la pedofilia Les Moins de Seize Ans (Los menores de dieciséis años). Ofrecía esas cartas, según escribió en otro libro titulado Les Passions Schismatiques, como prueba de que “una relación amorosa entre un adulto y un niño podía ser muy fructífera, y la fuente de una plenitud de vida”.

Gee dijo que las palabras en las cartas eran las de una adolescente manipulada por un hombre que tenía la edad de sus padres. Sus cartas también se usaron en Ivre du vin perdu, la novela cuya portada tenía una ilustración suya.

“Ahora considero que fui extorsionada con las cartas y que las usaron como un arma en mi contra”, comentó Gee.

En su manuscrito, Gee escribe que “él me usaba para justificar la explotación sexual de niños y adolescentes”.

Durante años, los sentimientos de Gee respecto a su experiencia con Matzneff estaban “enlodados”. Su comprensión se aclaró a principios de los años noventa.

“Fue solo cuando tenía casi 35 años que entendí que esto no era una historia de amor”, recordó Gee.

En 1992 contactó a Matzneff y le exigió que dejara de usar sus cartas y se las devolviera. Al final, él le envió un montón de fotocopias, una colección seleccionada cuidadosamente que excluía su correspondencia negativa.

Una década más tarde, en 2002, fue Matzneff quien le escribió para pedirle, por primera vez, su permiso para usar viejas fotografías suyas en un libro. Con la tinta azul turquesa que siempre usaba para escribir sus cartas, Matzneff ofreció identificar a la adolescente como “la joven que inspiró al personaje de Angiolina en Ivre du vin perdu”.

Gee no solo rehusó, sino que también volvió a pedirle que en sus libros no aparecieran sus cartas y que quitaran su rostro de la portada de Ivre du vin perdu. También exigió que eliminaran tres fotografías viejas suyas de un sitio web dedicado a Matzneff y creado por un admirador, Frank Laganier. Gee comentó que las fotografías fueron eliminadas siete años después, en 2010, después de que siguió ejerciendo presión.

Laganier, quien ahora vive en París, rechazó ser entrevistado. Su abogado, Emmanuel Pierrat —que representa a Matzneff en un caso de pedofilia y es un antiguo simpatizante del escritor— rechazó ser entrevistado.

En 2004, Gee comenzó a prepararse para demandar a Gallimard, la editorial de Ivre du vin perdu y La passion Francesca, el diario que Matzneff escribió sobre su relación, pero no siguió con el proceso debido a los grandes costos legales. Gallimard no respondió a las solicitudes de una entrevista; Antoine Gallimard, director de la editorial, no respondió a una solicitud de entrevista enviada a su correo electrónico.

Sin poder detener a Matzneff, Gee tampoco podía contar su propia historia.

Después de que Albin Michel rechazó su manuscrito, ella lo presentó —sin éxito— a otras casas editoriales.

Geneviève Jurgensen, quien era editora en Bayard y quien se reunió con Gee en 2004, dijo que el enfoque del manuscrito no iba con la línea de Bayard, que se especializaba en libros juveniles, religión y filosofía.

Después de leer fragmentos del manuscrito recientemente, Jurgensen lo describió como “bien escrito” y que contenía “situaciones que se parecen casi palabra por palabra a las descritas por Vanessa Springora”.

“Obviamente, el problema no era la calidad del libro”, dijo Jurgensen sobre la imposibilidad de Gee para encontrar un editor en 2004. “Claramente, llegó con 15 años de anticipación. El mundo aún no estaba listo”.

El último rechazo fue el de Grasset, la misma editorial que rompió un tabú al publicar Consentimiento de Springora en enero.

Martine Boutang, editora de Grasset, recuerda haberse conmovido por el relato de Gee, dijo, pero no encontró manera de publicarla: el tema era “demasiado sensible” y dos miembros del comité editorial de Grasset eran “cercanos a Matzneff”, dijo.

Gee recuerda haber sentido que Boutang estaba tratando de retrasar el proyecto al pedirle reescribir un manuscrito que no tenía la intención de publicar. Boutang dijo que no recordaba haber pedido una reescritura.

Por el contrario, Matzneff no tuvo problemas en seguir publicando sus escritos, entre ellos Les Moins de Seize Ans, el libro en el que incluía las cartas de Gee para justificar la pedofilia y el sexo con chicas menores de edad.

¿A quién pertenece la historia?

En una entrevista reciente en la Riviera italiana, donde ha estado escondiéndose, Matzneff dijo que, si Gee lo llamara mañana, estaría feliz de verla.

En cambio, a Gee le encantaría que dejaran de recordárselo. En un libro publicado en noviembre pasado, más de cuatro décadas después de que lo dejó, Matzneff la mencionó, por lo menos, una decena de veces. Actualmente, Gee está trabajando en un nuevo manuscrito acerca del escritor.

Con el correr de los años, incidentes inesperados le han recordado que sigue siendo prisionera de la historia de Matzneff.

Hace algunos años se encontraba esperando afuera del Lycée Montaigne, su antigua escuela, donde su sobrina Léila ahora era alumna.

“La espero donde Matzneff me esperaba”, recordó Gee.

Durante el almuerzo, su sobrina, estudiante de Literatura, le contó que estaba “haciendo un trabajo sobre un autor contemporáneo llamado Gabriel Matzneff”.

Así fue como Léila, ahora de 25 años, se enteró de que los libros que había estado leyendo describían “una historia de familia”, dijo. Hasta el día de hoy, dice, ha hablado poco con su tía sobre los días que pasó con Matzneff.

“La mayor parte de lo que sé sobre todo esto lo sé por Gabriel Matzneff, no por mi tía”, dijo. “Y ahí es exactamente donde está el problema”.

01/01/2022

el consentiment, 1

 



Gabriel Matzneff: el escándalo del escritor francés investigado por pederastia tras la publicación del libro de una de sus presuntas víctimas.

Redacció
BBC News Món
10/01/2020

"El mundo de las letras francesas vive días convulsos.

La prestigiosa editorial Gallimard, que puede presumir de publicar a 40 ganadores del Nobel de Literatura, ha interrumpido la producción y comercialización de las obras del célebre escritor Gabriel Matzneff, de 83 años.

Se trata de una decisión inédita, ya que de acuerdo a una fuente interna consultada por la agencia de noticas francesa AFP, en los 140 años de historia de la editorial no se había tomado una medida de este tipo.

El veto de Gallimard a Matzneff se produce pocos días después de que la fiscalía de París abriera una investigación al escritor por una presunta violación de una menor de 15 años.

El escándalo se destapó tras la publicación del libro Le consentement (El consentimiento) de la autora Vanessa Springora, donde relata su la supuesta relación que mantuvo con Matzneff cuando era adolescente.

Springora y Matzneff se conocieron en 1987 cuando ella tenía 13 años y él 50. En el libro, Springora narra la historia de cómo se enamoró de Matzneff, ofreciendo fragmentos explícitos de sus encuentros sexuales y cuestionándose por qué se tolera este tipo de actos cuando se cometen por alguien que pertenece a la élite francesa.

Matzneff ha negado cualquier acto indebido e insiste en que entre él y Springora "existía un amor excepcional". Agrega, además, que la autora quiere retratarle como "un pervertido, manipulador y depravado".

Pero los deseos sexuales de Matzneff ya habían sido relatados por él mismo en el pasado en el ensayo Les moins de seize ans (Las menores de 16), donde describe sus relaciones sexuales con adolescentes.

El autor fue incluso más explícito en 1990 en su libro Mes amour decomposes (Mis amores descompuestos). Entonces, afirmó para la televisión francesa su preferencia "por tener personas en su vida que aún no se han endurecido y que siguen siendo amables".

"Una niña muy joven es más dulce, incluso cuando de repente se pone tan histérica y loca como lo será cuando sea más mayor", añadió.

En Francia es ilegal que un adulto mantenga relaciones sexuales con cualquier menor de 15 años.

Veto

En una entrevista con el diario Le Parisien, Springora se pregunta "¿por qué no se hizo nada?" para detener a Matzneff y acusa la "ceguera" de todo el entorno ante los actos del famoso escritor.

Este caso, según apunta AFP, ha arrojado luz sobre lo que muchos consideran una actitud permisiva contra el acoso sexual y la pedofilia en Francia.

Ahora, casi 35 años después del comienzo de la historia entre Matzneff y Springora, Francia ha decidido tomar cartas en el asunto contra el escritor.

¿Puede una mentira convertir en violación una relación sexual consentida?

La investigación de la fiscalía y el veto de Gallimard también vinieron acompañados del anuncio del ministro de Cultura francés, Franck Riester, de suspender la pensión especial con la que cuenta Matzneff.

Además, también podría perder algunas condecoraciones y reconocimientos recibidos durante su carrera como el de oficial de las Artes y las Letras y caballero de la Orden Nacional del Mérito.”