07/04/2022

propostes curs 2022-2023, 19

 

Largo pétalo de mar

Isabel Allende


primera edició: mayo 2019

384 pàgines

proposa: Cesa

En plena Guerra Civil española, el joven médico Víctor Dalmau, junto a su amiga pianista Roser Bruguera, se ven obligados a abandonar Barcelona, exiliarse y cruzar los Pirineos rumbo a Francia.

A bordo del Wínnipeg, un navío fletado por el poeta Pablo Neruda que llevó a más de dos mil españoles rumbo a Valparaíso, embarcarán en busca de la paz y la libertad que no tuvieron en su país. Recibidos como héroes en Chile -ese “largo pétalo de mar y nieve”, en palabras del poeta chileno-, se integrarán en la vida social del país durante varias décadas hasta el golpe de Estado que derrocó al doctor Salvador Allende, amigo de Víctor por su común afición al ajedrez.

Víctor y Roser se encontrarán nuevamente desarraigados, pero como dice la autora: “si uno vive lo suficiente, todos los círculos se cierran”. Un viaje a través de la historia del siglo XX de la mano de unos personajes inolvidables que descubrirán que en una sola vida caben muchas vidas y que, a veces, lo difícil no es huir sino volver.

06/04/2022

el viajero, 4

 
Javier Reverte: el viaje, la literatura y el libro



por Julio Peñate Rivero
Universidad de Friburgo
en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
(3ª parte)



"La visión del mundo que manifiesta Javier Reverte es tan desengañada como clara y terminante. Lo mismo se puede decir de la identidad del arte: «La existencia es puro caos y el arte no es, nada más ni tampoco nada menos, que un propósito de dar sentido a la vida». La función del arte (y de la literatura como parte de él) no sólo es pertinente sino de algún modo necesaria como tentativa para comprender la existencia. Esa alta función artística la comparte la literatura con la tradición filosófica occidental. Resumiendo con brevedad los propósitos de Reverte a este respecto, la filosofía griega nace con la pretensión de Tales de Mileto de dar sentido al caos buscando la hipotética unidad que lo sustenta.

Es pues en la tradición clásica donde se inserta la gran literatura, investigando en el territorio que le es tal vez más propio: el de la condición del hombre (en su estatuto ontológico, inmutable, al que está condenado por el hecho de existir) y, de forma más concreta, el del misterio del alma humana y de su funcionamiento histórico. De ahí quizás el atractivo que Conrad ejerce sobre nuestro autor, en particular a través de Corazón de tinieblas, donde el personaje de Kurtz, culto y bárbaro al mismo tiempo, aparece como inquietante paradigma de la historia contemporánea y muestra la degradación que acecha al ser humano por muy alejado de ella que inicialmente pueda estar: «La gran literatura se asoma siempre a los abismos del alma aunque ponga en medio un paisaje».

De ahí también otra constante en el pensamiento de Reverte: su concepción de la perplejidad como una de las características del hombre, acentuada en la sociedad actual, una vez desacreditadas las grandes teorías religiosas, políticas y económicas en que se había basado el optimismo de la modernidad. Como resultado de la historia reciente, el individuo se halla desorientado, sin referentes sólidos, sin seguridades en las que apoyarse... excepto tal vez en la literatura, que al menos trata de comprenderle dirigiéndose a todos su sentidos, a su mente y a sus sentimientos, a su razón tanto como a su sensibilidad. Precisamente ése es el propósito esencial que confiesa tener nuestro autor: «comprender la existencia humana y explicarla a los otros, al mismo tiempo que me la explico a mí mismo».

No se trata, por lo tanto, de una forma más o menos larvada de didactismo sino más bien de interacción simbólica mediante la creación literaria: escribiendo sobre los demás, se escribe en definitiva sobre sí mismo y la comprensión que resulta del acto de escribir es comunicable del autor al lector. Ello no obstante, Reverte no rehúye el alcance ético de la obra literaria, según afirma de manera inequívoca: «No concibo la literatura que no lleve en su interior un trasfondo que nos haga mejorar». En una época de incertidumbres como la nuestra, la base de esa afirmación puede localizarse en su firme confianza en la capacidad del hombre para construir espacios de dignidad, incluso en las circunstancias más desfavorables (el autor lo ejemplifica de forma relevante en La noche detenida): esa nobleza fundamental es quizás uno de los pocos valores seguros que la historia ha confirmado. Y precisamente en este punto se encuentra quizás lo más significativo de la herencia griega considerada en su conjunto (arte y filosofía). La cita, aunque extensa, merece la pena:

Es el noble empeño de todas las edades: buscar la alegría desde el escepticismo, desde la desesperanza; arrojarse a los caminos del dolor con el ánimo de la libertad y de la valentía; soñar una vida mejor desde la comprensión de que casi todo es indigno; indagar en el corazón de los hombres en busca de aquello que nos hace nobles, mientras nadamos en una sucia charca rodeados de otros hombres innobles. Esa fue la gran tarea de la literatura y el pensamiento griegos, y ésa será siempre la tarea de la cultura de cualquier tiempo esperanzado.

Relacionando ahora este apartado con el anterior («En el principio fue el viaje») conviene destacar cómo la escritura viene a ser la culminación del camino realizado: en el acto de escribir se concretiza ese estadio superior de formación humana que aporta el viaje. Sólo cuando se ha completado el trayecto se puede tener una visión global del mismo y asimilar su significación. Mientras se escribe sobre el recorrido, otro nuevo se realiza, ahora a través de la memoria y de la emoción. La afirmación siguiente podría aplicarse por extensión a todo auténtico viaje: «Quien visita África una larga temporada ya no es el mismo a su regreso. Y se siente empujado a escribir, como si escribir fuera la única forma de descargar la intensidad de sus emociones». Esa última etapa recompone la experiencia anterior, interpretándola, sintetizándola, convirtiéndola en discurso artístico, y se termina solamente al concluir el texto que le da forma y sentido. De ese modo, el libro viene a ser la traducción literaria de una experiencia vital y, como toda traducción, aporta algo nuevo: una visión estructurada del trayecto recorrido y de sí mismo como actor de ese trayecto, modificado por él y también por el ejercicio gozoso y exigente de la escritura. Hablemos, pues, de ella.

Las dos nociones primordiales para la confección del texto, las que van a darle entidad literaria, son la imaginación y la organización. La primera es la herramienta intelectual que busca y encuentra soluciones para condensar, sintetizar y dar sentido a la masa enorme y desordenada de informaciones y de sensaciones que han golpeado la sensibilidad del escritor. La segunda es el resultado concreto de esa actividad, la forma que ha tomado en el texto: la multiplicidad se convierte en unidad esencial y el caos en orden y sentido, sentido dentro del texto que viene a ser una proposición de sentido para el mundo. Si se vence el desafío que implica llevar a cabo tal empresa, se ha logrado una obra artística, un texto auténticamente literario. He aquí algo fundamental en la poética revertiana ya que dicha empresa es común al texto ficcional (novelístico en su caso) y al referencial (el relato de un viaje efectivamente realizado): ambos son igualmente literatura- uno y otro no son «más que» variantes literarias. Teniéndolo en cuenta empezamos a apreciar el mérito de los textos de Reverte (particularmente los referenciales) ya que, según se constata fácilmente en su lectura, parten al menos de cuatro tipos de material: los generados directamente por el propio recorrido, los documentos históricos y asociados (biografías, memorias, reportajes periodísticos, correspondencias), los literarios que habían procurado la emoción inicial incitadora del viaje (novelas, relatos de viaje, etc.) y otros pertenecientes al bagaje cultural propio, sin relación directa con el viaje pero que nutren espiritualmente a su autor (filosóficos, poéticos y literarios en general). Ese material, ingente y diverso, es seleccionado, sintetizado y distribuido a lo largo del discurso textual con las referencias bibliográficas pertinentes. Para organizar materialmente un texto de tal complejidad, el autor acude a una amplia paleta de procedimientos, variables en cada obra, algunos de los cuales podemos presentar aquí a título de ejemplo:

Combinación narrativa de la experiencia del propio viaje y de la historia (en sentido amplio: documentos históricos y literarios, esencialmente de los viajeros anteriores, literatos o no) leída sobre el territorio visitado. Formalmente, ello se logra mediante una alternancia -o fragmentación- sistemática de ambos discursos, que aparecen así trenzados a lo largo del texto con el concurso, además, de otro ingrediente común a ambos: las reflexiones del autor sobre lo que cuenta de su propio viaje o de las lecturas realizadas. Experiencia, historia y deliberación reunidas otorgan al texto la estructura unitaria que subyace bajo la multiplicidad de los elementos que lo componen.

Juego de intrigas: el procedimiento anterior desemboca en una retención de la información y, por consiguiente, se convierte en generador de intriga narrativa. Pero ésta también es producida por otros recursos tales como la prolepsis, empleada sistemáticamente en Vagabundo en África y, con menor asiduidad aunque con notable eficacia, en obras como El río de la desolación, por ejemplo.

Alternancia temporal: la combinación de textos se convierte de hecho en una alternancia de tiempos que actúa con tres variantes: el pasado reciente, el del viaje realizado por el autor; el pasado anterior, el de los documentos consultados relativos a historiadores y a otros viajeros; y el presente de la escritura, en el que suelen situarse las deliberaciones antes citadas, como leemos en la pág. 233 de Los caminos perdidos de África: «Repasando ahora las notas y mientras escribo el libro sobre aquel viaje, pienso [...]».

Combinación de discursos textuales múltiples: la narración (de las propias peripecias, de la historia pasada, de anécdotas varias), la descripción externa (lo que se percibe con los diferentes sentidos) e interna (la impresión interior de lo que se percibe externamente), el diálogo con los personajes que transitan por el texto en compañía del narrador y el discurso deliberativo ya citado.

Seriación del viaje: Reverte no relata sólo su propia experiencia. La suya se inserta en una amplia serie de expediciones previas al mismo espacio, efectuadas por escritores, exploradores, científicos, militares, etc. Introduciendo esos otros viajes, el suyo cobra perspectiva dentro del conjunto (de algún modo, justifica el interés de haberlo realizado) a la del narrador como único viajero.

Descentración discursiva: la gran cantidad de diálogos existente en los textos de Reverte funcionan, desde luego, como una estrategia que proporciona variedad, frescura, humor, etc., al texto pero sobre todo permite dar cauce a la voz del Otro y, como en el caso anterior, contribuye a la descentración de la perspectiva, aquí mediante el discurso directo de interlocutores locales o viajeros. Notemos también la presencia de otro recurso que permite la descentración: el humor aplicado por el narrador a sí mismo.

Reajustes estructurales: entra aquí todo «arreglo» consciente de los materiales que ofrece la realidad para que encajen mejor en la narración, para que el relato cobre coherencia y gane en eficacia cara al lector. Se trata principalmente de adiciones o de supresiones en diálogos y peripecias, de reducciones de varios hechos a uno, de modificaciones temporales, espaciales, de personajes, etc. El arreglo se ejerce sobre el material en sí mismo y en su articulación dentro del conjunto: «A veces hay que ajustar la realidad a la imaginación para aproximarse mejor a la verdad», afirma el escritor.

En definitiva, se utilizan sistemáticamente procedimientos de ficcionalización para contar una historia a partir del punto de vista que la preside (Reverte procura relativizarlo multiplicando las voces y mostrando claramente la individualidad, es decir, la subjetividad, de la suya). No sólo la frontera no es nítida entre novela (de viaje) y libro de viaje sino que no existe en cuanto tal: ambos pueden compartir un amplio territorio común hecho de procedimientos compositivos, anécdota narrativa, descripciones o personajes. Sin embargo, no basta leer algo como ficcional para que sea automáticamente incluido dentro del género novelístico. Hay elementos extratextuales que ayudan a situar la obra (la historia literaria, las instituciones culturales, la propia industria editorial) y también textuales: en el libro de viajes encontramos habitualmente la identidad entre autor, narrador y protagonista; el trayecto es presentado como real (apoyado incluso en documentos gráficos, ilustraciones, bibliografía, otras referencias); el viaje se da por terminado, presuponiendo la ida y la vuelta (es una de las condiciones del libro: se prepara y se publica una vez realizado el periplo, lo que implica la supervivencia de su protagonista); por ello, si la novela contiene (por lo general) el desenlace de una intriga, en el libro de viaje encontramos básicamente la conclusión de un recorrido; si la novela es un instrumento de investigación y de transmisión de conocimiento, el libro de viaje aporta más conocimientos (en el sentido de información); si la primera se centra en la interpretación de la realidad, el segundo se basa más bien en la exposición de un aspecto de ésta directamente experimentado por su autor; por ello mismo, si la convención implícita entre autor y lector se limita en la novela a una credulidad temporal, en el libro de viaje abarca también la de la Habilidad de lo narrado. Así pues, no extraña que el propio Reverte acuda a la novela para desarrollar un asunto ya tratado en un relato de viaje: La noche detenida (2002) y Bienvenidos al infierno (1994) respectivamente.

¿Y por qué hacerlo de esta manera, por qué transformar en novela la realidad? Por una razón: porque muchos hombres y mujeres vivos no alcanzan a decirnos tan sólo por sí mismos cuanto oculta una historia verdadera; y por ello precisamos de personajes imaginarios que nos expliquen con mayor hondura la médula de la existencia humana. A veces, para aproximarse mejor a la verdad, es necesario recurrir a la ficción.

De lo anterior podemos retener la pertinencia de incluir en el mismo campo de estudio tanto novela como libro de viaje, la necesidad de tener no obstante en cuenta la especificidad de cada uno y la posibilidad de aplicar herramientas de análisis en gran medida comunes a ambos dada la «infraestructura» básica que los reúne. Consideremos ahora de manera rápida y sin duda incompleta los principales puntos de análisis sobre los que conviene fijar nuestra atención: se trata de retomar una breve serie de dimensiones narrativas elementales que, puestas en relación con la obra de Javier Reverte, nos ayudarán a percibir cómo se integran sus textos en la literatura viajera y cómo la enriquecen en cada caso con la diversidad de su aportación."

propostes curs 2022-2023, 18

 

Primavera con una esquina rota

Mario Benedetti


primera edición, 1982

224 pàgines

proposa: Jesús



Una visión humana sobre el exilio y la dictadura en la que, curiosamente, no llegamos a perder la esperanza.

Primavera con una esquina rota es un testimonio directo y dolorido que trata de una sociedad escindida, fracturada por la represión y el autoritarismo, e intenta ser un puente entre dos regiones -el Uruguay bajo la dictadura y el Uruguay del exilio- que constituyen un solo y lacerado país.

Más allá de los acontecimientos políticos, la novela se centra en la profunda conmoción que estos provocan en las relaciones humanas de los individuos que los sufren.

Como en el resto de su obra, Mario Benedetti combina aquí ternura, denuncia, pasión, amor e Historia para transmitir al lector un mensaje de esperanza: la primavera, aunque mutilada, relevará por fin a un invierno que se anunciaba inacabable.

05/04/2022

el viajero, 3

 



Javier Reverte: el viaje, la literatura y el libro



por Julio Peñate Rivero
Universidad de Friburgo
en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
(2ª parte)



"Nos interesa aquí el viaje como condición inicial de la existencia del libro y también para distinguirlo de él: son dos entidades diferentes aunque en nuestro caso estrechamente ligadas. Por muy densa que sea, la primera puede darse perfectamente sin la segunda y pertenece exclusivamente a su autor. Éste, convertido en escritor, puede darle forma gráfica a partir de su propia experiencia pero también (lo que en Reverte es particularmente visible) con materiales de diverso origen: cartografía, literatura, reportajes, guías, informaciones orales, etc. El público, por su parte, sólo lee el libro aunque, impregnado de su atmósfera, tenga la impresión de vivir el viaje mismo (y el mismo viaje que el escritor). Evidente en principio, esta diferencia de naturaleza se olvida con frecuencia incluso a la hora del análisis, de tal modo que, creyendo referirnos al libro, de hecho hablamos del viaje. No obstante, esa distinción es capital puesto que, en cierto sentido, en ella reside el carácter literario del texto leído: en el modo como su autor ha compuesto un discurso narrativo en torno a la experiencia del viaje. Es por lo tanto necesario referirse primero a éste aunque, por supuesto, en relación con la obra a la que ha dado lugar.

El desplazamiento voluntario, la modalidad practicada por Reverte, corresponde quizás a la que genera el libro de viaje más característico: no está lastrada por exigencias vitales (el exilio para evitar la muerte) ni por obligaciones materiales (emigración económica), diplomáticas, comerciales, científicas u otras. Esta variante es posiblemente la más abierta a los múltiples estímulos y vivencias que el trayecto es capaz de ofrecer, muchas veces de forma imprevista. Además, la disponibilidad del viajero propicia desvíos de la ruta inicial, prolongaciones del camino y vivencias inesperadas que pueden ser lo más enriquecedor del viaje y del libro al que eventualmente dé lugar: «Esa es la mejor sensación de libertad, por no decir la única: viajar por viajar, y no para llegar a un sitio». Ello no implica que se viaje sin ningún objetivo: de cualquier modo, se busca algo, por impreciso que sea y sin garantías de hallarlo. En Javier Reverte, el punto de partida es una ilusión, un afán, una necesidad de cumplir un sueño: un acto de coherencia entre pensamiento y acción, lo que viene a ser la exigencia fundamental del ser humano, «la única obligación», según afirma textualmente nuestro autor.

A esa necesidad se une otra de orden más profundamente existencial: el viaje puede ser percibido como una forma de detener la muerte, no en el sentido de prolongar cuantitativamente la vida sino en el de colmarla de espacios, de personas, de sensaciones y de experiencias que la vuelven cualitativamente distinta y al menos dan la impresión de ganar tiempo a la muerte en nuestra lucha por detenerla. Esta convicción, que Reverte comparte con autores como Graham Greene o Paul Emil Victor, la encontramos repetidamente en sus escritos y comentarios viajeros e incluso, de modo larvado pero persistente, en su obra poética recopilada en Trazas de polizón: irse vale siempre como una alternativa, aunque sólo sea «para viajar en busca de la nada / a llenarla de rostros y de nombres».

Según muestra otra «evidencia» convertida hoy en lugar común, ya no queda nada por descubrir en nuestra época, marcada por la globalización y la teórica posibilidad de acceso a cualquier rincón del planeta. Reverte, en cambio, justifica el viaje por el carácter irreemplazable de la experiencia directa: para captar la realidad de un espacio determinado no basta con la simple lectura o con el ejercicio de un solo sentido (visión de un documental, audición de voces o de música); hace falta una vivencia personal, material, sensible. Nuestro cuerpo, como único soporte de nuestros sentidos, es insustituible para percibir toda la riqueza de emanaciones visuales, olfativas, táctiles, auditivas, gustativas, etc., que se desprenden del nuevo ámbito y que actúan conjuntamente sobre el viajero, generando en él sensaciones inéditas, múltiples y diversas («El viaje es sobre todo un ejercicio sentimental», nos dice Reverte. Entendido así, como semillero de sentimientos y de sensaciones, el periplo contiene materiales artísticos inestimables que, llegado el caso, pueden desembocar en una obra literaria (pero todavía no estamos ahí). En resumen, viajamos literaria y sensualmente; por lo tanto, la experiencia del viaje personal no es comparable con la que se limita, estática y mediatizada por terceros, a una sola parte de los sentidos.

Ahora bien, viajar literariamente (imagen que Reverte toma de Bruce Chatwin), es decir, a partir de los libros de viajeros anteriores, también implica cierta mediatización. A ello nuestro autor contesta que sus viajes intentan precisamente contrastar las lecturas previas con la propia experiencia, comprobar cómo se han impregnado los escritores del secreto de un lugar y cómo lo han traducido en sus textos. No se trata de buscar la adaptación idealista de la realidad a la imaginación sino de verificar cómo ésta ha captado aquella y la ha transmitido. Baste un ejemplo: si en Vagabundo en África admira la capacidad de Joseph Conrad para lograrlo, no duda en cuestionar las apreciaciones de Alberto Moravia a propósito de dicho continente.

Esa doble apertura (a los textos y a su confrontación con la realidad) supone una posición decidida de reconocimiento del Otro, en oposición al etnocentrismo que lo considera como inexistente hasta que lo descubre, es decir, en cierto modo, «lo inventa», y lo renominaliza, actitud habitual del explorador y del conquistador. El viaje implica un ejercicio de alteridad a veces gozoso a veces exigente pero intenso y continuado. La atracción no se dirige sin embargo a cualquier Otro: en Reverte son más bien los humildes los que retienen la atención, según se observa en sus textos y en las ilustraciones que los acompañan. Tal vez se deba a que percibe en sus personas, oficios y actividades, manifestaciones admirables de decoro y dignidad humana, a pesar de las condiciones de vida en las que las circunstancias personales e históricas los han situado.

Todavía en relación con este punto señalemos dos elementos; en primer lugar, la posibilidad de una comunicación privilegiada con el Otro, precisamente gracias al viaje: Reverte sostiene que con las gentes encontradas en el camino «el grado de comunicación suele ser tan intenso como breve, tan fugaz como hondo». Quizás el estar fuera de la cotidianidad habitual y, en particular, la certeza de no volver a encontrarse, ayudan a que las almas se desnuden más espontáneamente y se muestren con una autenticidad impensable entre interlocutores habituales. Por ello, aunque viajar físicamente solos es otra premisa de Reverte (por la libertad y la necesidad de contactos que implica), la soledad del viajero en realidad no existe, dada la calidad de relación que el viaje permite establecer. El segundo elemento es la confianza en el Otro, postulado también clave en nuestro autor y que de algún modo resulta necesario en la filosofía del viajero: lejos de estar naturalmente pervertido, el ser humano es básicamente positivo e incluso solidario ante la dificultad o ignorancia del extranjero y esto en cualquiera de las regiones visitadas (a un acto de solidaridad deberá Reverte haber salvado su vida navegando el río Congo, según narra en Vagabundo en África). Por supuesto que el respeto a la diferencia es clave en el comportamiento del viajero, aunque ésta no debe ocultar la unidad esencial de la colectividad humana: recordemos la confidencia de la viajera inglesa citada en El río de la desolación: «Antes, cuando viajaba, procuraba fijarme en lo que me diferenciaba de los otros. Ahora, sólo me intereso en lo que nos parecemos».

De este modo, viajar se convierte en una particular forma de conocimiento: permite, como pocas, adentrarse en las profundidades de la existencia. No olvidemos, sin embargo, que el periplo se alimenta de la lectura previa de grandes autores, acaso los más adecuados para comprender la realidad y cuya obra sigue siendo válida a lo largo del tiempo (complementariamente, una obra importante es aquella y sólo aquella que bucea con rigor en la realidad). Pero lo que destacaríamos aquí es la estimulante asociación que hace Reverte entre conocer, aventura y escritura: el proceso del conocimiento es una forma de aventura, puesto que supone internarse por caminos al menos parcialmente ignorados, sin seguridad de no perderse ni de llegar al final deseado. Ese proceso es también comparable con el de la creación literaria: por un lado, la búsqueda de la palabra o de la estructura adecuada a lo que se pretende decir con el riesgo de no encontrarla; por otro lado, la búsqueda, aún más problemática, de una claridad mayor en la percepción del mundo. El viaje también posee esa doble perspectiva: internarse físicamente por un determinado camino con el riesgo de equivocarse y, con la experiencia adquirida, ampliar el conocimiento de la realidad si el camino no ha sido errado. Vemos, pues, la relación, «casi natural», entre aventura, viaje y escritura, reunidos bajo el prisma del conocimiento. Precisemos que la aventura de viajar está muy lejos de la gratuidad de jugarse alegremente la vida; es algo bastante más serio y satisfactorio humanamente, resumido por Reverte en estos términos: «[...] consiste en ser capaz de vivir como un evento extraordinario la vida cotidiana de otras gentes en parajes lejanos a tu hogar».

Consecuencia final del viaje (y en cierto sentido, prueba de que se ha viajado) es el cambio que opera en quien lo realiza. Reverte insiste con frecuencia en este punto básico, que él vincula al primer gran viajero de la tradición occidental: «Los viajes nos cambian y Ulises fue el primer viajero que supo entenderlo». No puede ser menos, dado que modifica nuestra visión del mundo y nuestra posición en él, convierte nuestras verdades absolutas en teorías relativas, detiene nuestro tiempo interior llenando la vida de experiencias y nos procura unas sensaciones de libertad que pocas veces la existencia llega a otorgar. El viaje es una forma incomparable de enriquecimiento interior que, por cierto, vuelve superflua la acumulación externa de pruebas de haber viajado: «Yo regreso siempre con el equipaje menos pesado que cuando partí»".

propostes curs 2022-2023, 17

 

Laëtitia o el fin de los hombres.

Ivan Jablonka


traducción: Agustina Blanco

títol original: Laëtitia ou la fin des hommes, 2016

296 pàgines

proposa :Andrés


Ivan Jablonka (París, 1973) es profesor de Historia en la Universidad París XIII y codirector de la colección «La République des Idées» de la editorial Seuil.

En sus libros, nos propone una tercera vía, entre literatura y historia, una revolución que permita tomar en cuenta todos los parámetros necesarios para hacer una buena historia.

En este libro que os propongo, Jablonka lo pone en práctica de forma ejemplar, como dice Elvira Lindo:

“Hay libros que merecerían ser recomendados con fervor para que el lector atento no se los perdiera. Eso es lo que debería ocurrirle a Laëtitia o el fin de los hombres, la desgarradora crónica del asesinato y posterior descuartizamiento de una chica de 18 años que tuvo lugar en Nantes en 2011, escrita por el historiador y sociólogo Ivan Jablonka.”

Jordi Amat nos dice del libro: “Empecemos con una confesión: mi agradecimiento a Ivan Jablonka es ilimitado. Si la mejor literatura tiene la virtualidad de transformar la conciencia del lector, después de pasar por Laëtitia o el fin de los hombres yo fui otro. La posición honesta desde la que el autor relataba la tragedia de esa chica asesinada en 2011, la precisión con la que mostraba el fracaso del Estado del bienestar francés a la hora de proteger a una joven que quiso una vida corriente, aunque era hija de la derrota familiar y material, me obligaron a intentar comprender las leyes del destino individual y la posibilidad tan real y tan insoportable de que la sociedad y la política fracasaran en su intento por modificarlas. La literatura que narra la realidad ya no podía salvarla, porque el crimen es siempre un punto sin retorno, pero a partir de su final esta literatura podía actuar como la mejor herramienta de la disciplina histórica para, al menos, transmitir una lección moral sobre nuestro tiempo. Llamémosle reparación.

Esta función democrática de la literatura de lo real no era algo que Jablonka hubiese improvisado. De entrada, imaginé que era el resultado de una meditación sobre su oficio, plasmada en 2014 en el ensayo La historia es una literatura contemporánea

04/04/2022

el viajero, 2

 

Javier Reverte: el viaje, la literatura y el libro

por Julio Peñate Rivero
Universidad de Friburgo
en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes



“El viaje es una dimensión inherente a la historia de las diferentes sociedades humanas, que se han ido recomponiendo y desarrollando gracias a los desplazamientos y al intercambio que éstos han generado. La cultura occidental se ha enriquecido con las referencias transmitidas por múltiples documentos históricos, religiosos, literarios (la Anábasis, la Biblia, la Odisea) y otros cuyo estatuto ha evolucionado con los siglos, como El libro de las maravillas de Marco Polo, leído hoy más como discurso literario que como documento histórico. Esta dimensión también se halla firmemente arraigada en la literatura española (Poema del Cid, el Lazarillo, el Quijote) y cultivada con especial énfasis en los últimos siglos (Alarcón, Pardo Bazán, Galdós, Unamuno, Cela, Leguineche).

La gran cantidad de textos existentes, ficcionales o referenciales, en aumento constante, contrasta con la relativa escasez de estudios dedicados a un componente tan sistemático de la producción literaria, acaso precisamente por serlo: dado que su presencia es evidente, casi inevitable1, resulta «innecesario» ocuparse de ella. Otra «evidencia» ampliamente compartida es que la temática del viaje ha dado, por lo general, textos de interés más bien secundario, no comparables con los de la literatura de creación. Sin embargo, y como debe ser regla en todo tipo de investigación (literaria, de ciencias humanas o de ciencias «duras»), el cuestionamiento de las evidencias constituye un requisito previo para el progreso del conocimiento. En cuanto a la primera (la presencia casi inevitable del viaje), basta precisar por ahora que no se pretende extender la reflexión a todo texto que contenga un desplazamiento de personajes sino a aquellos en los que el viaje constituya un elemento central, con influencia en sus protagonistas, en la acción y en el conjunto del discurso textual. Referente a la segunda, notemos que, por un lado, tal vez cae en una simplificación abusiva (retener como corpus de estudio sólo los libros no ficcionales, olvidando que el Quijote puede ser leído también en clave viajera) y, por otro, jerarquiza la calidad literaria poniendo la ficción como cima de la misma (con lo que buena parte de la poesía lírica debería ser catalogada como secundaria).

Para contribuir a avanzar por este inmenso y atractivo campo de estudio, empezamos hace algunos años una investigación cuyos primeros resultados se plasmaron en el volumen colectivo Relato de viaje y literaturas hispánicas, resultado directo del congreso celebrado con el mismo nombre en la Universidad de Friburgo en mayo de 2004. Junto con una serie de elementos teóricos destinados al análisis textual, presentamos allí un amplio panorama de las letras hispánicas que demostraba el alcance del fenómeno desde la Edad Media hasta la actualidad. La etapa siguiente habría de ser el paso de la panorámica y de los conceptos generales al estudio de un «caso» concreto que permitiera profundizar, comprobar y matizar lo allí observado. El problema fundamental era la elección de un autor suficientemente representativo de nuestro campo de estudio, con una obra madurada y consistente y, a ser posible, dispuesto a colaborar en nuestra investigación respondiendo a las interrogaciones que se le formularan.

Javier Reverte se impuso enseguida como el autor idóneo para nuestro proyecto: en movimiento casi continuo desde su juventud, ha convertido el viajar en filosofía, arte y medio de vida. El viaje preside, de una forma o de otra, el conjunto de su producción literaria: tanto la modalidad textual más visible en este campo (la del relato de un viaje realmente efectuado a algún lugar del planeta) como la creación ficcional en la que el viaje y sus implicaciones se convierten en elemento dinámico esencial de la narración. Dentro de la ficción abarca igualmente obras en las que el viaje aparece en modalidades diferentes: llevado a cabo por los protagonistas (Trilogía de Centroamérica), ansiado pero sin realizarse (Todos los sueños del mundo, Lord Paco) o tratado, con el mismo fondo temático pero bajo forma diferente en la obra ficcional y en el relato de viaje (La noche detenida y Bienvenidos al infierno: en ambos casos, el drama de Sarajevo martirizado por la guerra). Añadamos que incluso la creación poética de Reverte (recogida en Trazas de polizón) aparece en cierto modo guiada por la inquietud del viaje, tanto a nivel argumental como de problemática interna. Por otra parte, el rigor y la amplitud de su cultura viajera, presentes en cada una de sus publicaciones, manifiestan hasta qué punto su percepción del mundo es tributaria de los viajes realizados o leídos.

Por todo ello, no extraña que nuestro autor posea una visión (casi diríamos una «poética») del viaje particularmente madurada según se puede percibir en sus diversos libros, artículos y entrevistas y con una coherencia admirable. Precisamente esta «poética» va a ser el asunto de las líneas siguientes: el objetivo no es repetir lo que Reverte dice en este mismo libro sino desarrollar algunos elementos allí presentes y ofrecerlos al lector de tal modo que perciba la continuidad y la coherencia del pensamiento literario del escritor, así como su inserción en nuestra problemática y el interés que presenta para avanzar en ella.

Digamos antes que Javier Reverte tiene el gran mérito, compartido con muy pocos escritores, de actualizar y de renovar la literatura de viajes en España: recordemos el rechazo editorial en 1994 de El sueño de África, motivado en parte porque «los libros de viaje no interesaban al lector de hoy». A partir de su publicación en 1996, y gracias en buena medida a la demanda de los lectores, la literatura viajera se afirma con múltiples novedades, reediciones, colecciones, premios, secciones en la prensa diaria, revistas y espacios televisivos: el libro de viajes no sólo interesa sino que se ha convertido en uno de los fenómenos editoriales más llamativos de nuestros días. “

propostes curs 2022-2023, 16

 

El fill del xofer

Jordi Amat


primera edició : novembre 2020

264 pàgines

proposa : Josep Mª Riera

Jordi Amat i Fusté (Barcelona, 12 d'octubre de 1978) és un escriptor, filòleg i crític literari català.

Llicenciat en filologia hispànica per la Universitat de Barcelona (2001) i format a la Unidad de Estudios Biográficos, les seves línies de recerca principals han estat la literatura autobiogràfica i la història intel·lectual catalana i espanyola del segle xx

Arran de la figura fosca i perversa d'Alfons Quintà (Figueres 1943-Barcelona 2016) periodista, advocat, oficial de la Marina Mercant i jutge, que el 19 de desembre de 2016 va assassinar la seva dona i després es va suïcidar amb una escopeta de caça, Jordi Amat, un dels observadors més lúcids i transversals del moment , fa una reflexió sobre el poder en forma de narració.

Darrere d'una carrera periodística fulgurant (que transcorre per la direcció de TV3 o les tertúlies d'Intereconomía) s'oculta una trajectòria fosca plena de xantatges, persecucions sexuals, abusos d'autoritat i tripijocs diversos, que mostra com funcionen les clavegueres del poder a Catalunya: un relat magistral de periodisme testimonial.