03/01/2023

laforet articulista, 1

 


Barcelona, fantasma juvenil


por Carmen Laforet
El País
27/03/1983

    "Recuerdo que, a mis veintitrés años, cuando me decían que Nada, mi primera novela, era un libro autobiográfico, me sentía ofendida en mi egolatría de creadora. Estaba bien segura de que, buena o mala, aquella novela era una fabulación de personajes y de ambientes de los que había expurgado mi particular intimidad. Hoy -al cabo de siglos-, cuando la larga vida de ese libro ha provocado innumerables cuestionarios de estudiantes de países diversos (y mi angustia de no contestar a la mayoría de ellos), he llegado a pensar respuestas fijas para preguntas repetidas en distintas generaciones universitarias. Algo que se repite en muchas cartas, o en mi contacto directo con lectores cuando doy conferencias por países extranjeros, es un interés por Barcelona, ciudad en la que, en tiempos de la posguerra civil española, se desarrolla la novela. Los estudiosos de Nada quieren que en su primer viaje a España, su primera visita sea a Barcelona... Porque es la ciudad que describo en mi juventud, porque mis descripciones les atraen... A esto yo no he podido replicar. Y, ya vencida por mis propios recuerdos y por ese aprecio de ellos a través de mi libro, he llegado a confesar que la única autobiografía que hay en Nada es mi descripción de Barcelona. Y, además, he creído que eso era cierto.

    Sinceramente, he creído en esas descripciones (sin tomarme la molestia de comprobarlo en mi novela), porque, aunque nací en Barcelona, viví mi niñez y adolescencia en lugares lejanos y, al regresar a ella, recién terminada la guerra civil, Barcelona tuvo para mí la magia de la primera gran ciudad que pisaban mis zapatos vagabundos. No desbarataba en absoluto la impresión mágica el que Barcelona presentase entonces las cicatrices de la guerra reciente y que el hambre fuese una realidad como la del aire suave, mediterráneo, de sus calles. Ha sido y sigue siendo para mí una ciudad bienamada de asombros y amistades, luces y descubrimientos. He vuelto -vuelvo con frecuencia- a Barcelona y la he visto engrandecerse, borrar cicatrices, destacar sus monumentos, sin que esa magia de los primeros descubrimientos se desdibujase en mi recuerdo. Porque mis recuerdos fueron escritos ("Lo escrito, escrito está"). Escritos, desde luego, en los cuadernos que siempre, en aquella época, llavaba en mi carterón de estudiante, eternamente colgado al hombro. Recuerdos de mis encuentros solitarios con mi ciudad. Aunque yo no era persona retraída y tenía diversos grupos de amistades juveniles y esporádicamente participaba en la comunidad de alguna fiesta tradicional (he bailado una sardana en unión de público desconocido, en la fiesta de barriada de una noche de San Juan), mis encuentros particularísimos con Barcelona no fueron con sus vivencias y tradiciones folklóricas o mercantiles, industriales, excursionistas o musicales... Los encuentros que yo anotaba eran mis descubrimientos en mis andanzas solitarias. Egolatría juvenil. Necesidad de sentirme duende invisible entre la vida y las piedras, deambulando por las Ramblas, llenas de luz, de gente, de flores y libros y pájaros, y entrar por el Arco del Teatro al barrio Chino (donde, por cierto, jamás encontré un solo chino, ni oriental alguno).

    Acompañada, entré en el barrio Chino una sola noche de diablura. Fui con una amiga de mí edad y su hermano quinceañero (respetuoso caballero y guardián de damas en peligro)… Con aire natural, de conocedores del mundo, entramos en un local donde un espectáculo -creo que de travestidos- era la máxima atracción. Nuestro acompañante (no podían entrar mujeres solas) era bastante alto y elegante, con su corbata de seda natural, para que, a nuestro juicio, aparentase lo menos diez años más de los que tenía... Y nosotras nos admirábamos mutuamente como esencia de la frivolidad distinguida, que nos parecía necesaria (llevábamos zapatos con tacones muy altos y varias prendas de ropa pertenecientes a la madre de mi amiga). Así que entramos altivas y sosegadas, nos sentamos a una mesa y pedimos un refresco. En estos tiempos no habría ocurrido nada. Pero entonces, con gran consternación, y rojos de humillación y rabia, nos vimos expulsados ignominiosamente por un gorila del local (al caballero lo agarraron por una oreja). "Hale, hale... Prohibido menores...".

    Aparte de esa noche infausta, yo me paseaba sola por el barrio Chino durante el día; pera ver la vida. Y la veía de verdad, en mercado negro. Comestibles, carbón, cigarrillos... Todo se podía comprar en aquel barrio a precios altos, sin cartilla de racionamiento. Soliaria, buscaba mi Barcelona. y, como he dicho, su vida a mi manera, pero más íntimo aún era mi encuentro con sus piedras viejas, su gran latido de siglos en el barrio Gótico... La Barcelona modernista no tenía cabida en mis itinerarios. La eflorescencia misteriosa de las piedras de Gaudí (que hoy me parecen consustanciales al amplio espíritu de Barcelona) no sólo no llamaba mi atención, sino que quizá, por rebeldía contra mi abuelo (pintor) y mi padre (arquitecto), que lo admiraban, borraba esa arquitectura de un plumazo. Me parecía horrorosa, de mal gusto anticuado. No la veía...

    Por los alrededores de la catedral gótica, junto a las casas de los canónigos, ya escribía mis cuadernos con la sombra de las torres volando casi sobre mi cabeza. Santa María del Mar, con su primitivo gótico catalán, me fascinaba. Los alrededores del puerto. Las Atarazanas (entonces cerradas), la calle de Montcada, con sus viejos palacios semirruinosos. También me sentía orgullosa de pertenecer a una tertulia de chicos que hacían su servicio militar en recuperación artística. En sus horas fuera de servicio podíamos reunirnos nada menos que en el palacio de la Virreina, barroco puro, en la rambla de las flores. Los jóvenes soldados y su jefe inmediato, el crítico de arte Monreal, me hablaron de Barcelona, sus misterios del pasado y los proyectos de sacar a la luz antiguos sillares romanos, cimientos del gótico. También me llevaron a lugares prohibidos al profano, como el monasterio de Pedralbes (en obras de restauración entonces), para admirar los frescos de Ferrer Bassa.

    Cuando escribí Nada, en Madrid, pocos años más tarde, no, hay duda de que palpitaban en mi interior los recuerdos escritos, los nombres de las calles, la plaza del Pino, el misterio de la capilla de los Templarios, la plaza del Rey...

    Como nunca leo mis novelas -si puedo evitarlo- después de escritas y publicadas (guardo mi voracidad de lectora para lo que escriben los demás) no es raro que -como he explicado- al cabo de los años llegase a creer, este último verano, que podía dar una conferencia sobre Barcelona basándome en los textos descriptivos de la ciudad (los de mis viejos cuadernos de estudiante) contenidos en mi novela Nada. Así que abrí un ejemplar del libro para señalar esas descripciones... que no existen en Nada. Barcelona allí es un telón de fondo en el que tintinean tranvías y pasan las luces y colores de las estaciones del año. Nada más. No hay autobiografía. Nunca aproveché mis cuadernos juveniles. Escribo corto, ceñidas las palabras al hilo del relato... Y, sin embargo, de alguna manera misteriosa, Barcelona (la de mis encuentros íntimos) está en Nada. No sólo lo sé porque yo lo vea (yo veo mis propios recuerdos sugeridos), sino porque tantos otros han visto también esos recuerdos míos y me han comunicado su impresión de ellos.

    Naturalmente, no di la conferencia sobre Barcelona como autobiografía.

    Barcelona, en mi obra, es un fantasma que aparece por sugestión singular a los ojos de algunos lectores y, desde luego, a los míos. Pero que cuando quiero apresarla en textos -en un alarde de erudición muy impropio de mí- se esfuma y me deja sin referencias para dar una charla sobre ella."

02/01/2023

el misterio laforet

 




Un misterio llamado Carmen Laforet.

Entró en la historia de la literatura con 23 años, se pasó la vida huyendo del éxito de “Nada” y terminó abandonando la escritura. Una recopilación de sus artículos inaugura su centenario.

por Anna Caballé
El País
05/03/2021

    "De nuevo, Carmen Laforet. Este es el año del centenario de su nacimiento, ocurrido un 6 de septiembre, en Barcelona, en un piso de la calle de Aribau al que volvería de joven huyendo de una experiencia familiar incómoda y que se haría célebre después de Nada. Su padre, Eduardo Laforet, un arquitecto atractivo y seductor, se casó a los pocos meses de quedar viudo de Teodora Díaz, madre de los tres hijos del matrimonio, y el revuelo en Las Palmas, donde vivía la familia desde 1923, fue notable pues era un hombre muy conocido en la ciudad. Sin embargo, los celos y las tiranteces entre la nueva esposa y los todavía muy jóvenes hijos de Teodora hicieron de aquella nueva aventura conyugal una experiencia difícil.

    Sartre escribió acerca de la falta de amor de Flaubert en su niñez: “Cuando el amor está presente, la masa del espíritu sube, y cuando está ausente se hunde”. Así ocurrió, al menos en parte, en la familia Laforet, y la primogénita de los tres hermanos puso mar de por medio a los 18 años —los cumplió durante el viaje— rumbo a Barcelona, donde vivía la familia paterna. Lo hizo siguiendo en parte un amor de juventud, Ricardo Lezcano, al que había conocido en Las Palmas, y, en parte, con el objetivo de dejar atrás el vacío en que estaba creciendo y que recrearía con dureza en su segunda novela, La isla y los demonios (1952). Una obra que, en su momento, decepcionó pues todo el mundo esperaba la continuación de la historia de Andrea.

    Podemos imaginarnos las esperanzas, la rebeldía, el afán de libertad con que aquella soñadora nata que era Carmen Laforet llegó a la capital catalana. En ella vivían todavía sus abuelos, de los que guardaba un gratísimo recuerdo de niñez, y a la ciudad había llegado unos días antes el joven Ricardo para seguir sus estudios en la escuela industrial. De modo que la futura escritora desembarcó esperando vivir los días más felices, pero “nada” saldría como esperaba. “Nada” que ver aquella ciudad medio destruida por los bombardeos y la miseria después de tres años de guerra con los dulces recuerdos que atesoraba de su infancia. El impacto debió de ser considerable si pensamos que en las islas Canarias los años de la guerra fueron solo un leve eco de lo que sucedía en la Península.

    La relación con Ricardo tampoco prosperó y no prosperaron los estudios a los que se había comprometido con su padre. De hecho, la novela, escrita ya en Madrid entre 1942 y 1944 (aunque con esbozos anteriores), resume perfectamente su experiencia real en Barcelona. Aquello no salió bien. O sí. Porque la escritora sabría proyectar literariamente su extraño ánimo (extraño por seductoramente distante y contenido) y en él se fundirían miles de jóvenes que como ella querían pensar en sus vidas en medio de los escombros. En definitiva, Laforet daría forma al desaliento moral que podía sentirse en 1940 sin las estridencias de un Pascual Duarte, por ejemplo.

    Nada es una novela fenomenológica, y lo digo aun siendo consciente de que la escritora no podía conocer esta corriente filosófica que se impuso a comienzos de siglo, pero esa es su intuición y la naturaleza de su mirada, de modo que en lugar de ofrecernos una narración con amplias descripciones de la ciudad, de la acción y los personajes, la autora se centra en contarnos cómo le va a la joven Andrea desde que llega a Barcelona hasta que huye a Madrid siguiendo a su amiga Ena —trasunto de Linka Babecka, una amiga fundamental en su vida—.

    Entre la llegada y la partida se produce el desplome de sus ilusiones. Eso fue lo que ocurrió también en el ánimo de la autora, aunque en el futuro negaría una y otra vez el indudable carácter autobiográfico de la novela. Razonablemente, pues aquel autobiografismo, más que lógico en una autora novel, tendría severas consecuencias familiares. En todo caso, a las ilusiones caídas en Barcelona siguieron otras nuevas florecidas en Madrid. Allí se instala la autora, en el piso de su tía Carmen Díaz, quien ejercería como segunda madre de los hermanos Laforet en los años siguientes.

    La correspondencia a la que pude tener acceso cuando escribía la biografía Una mujer en fuga, en colaboración con Israel Rolón, da idea de los dos años frenéticos que vive en la capital. Se matricula en Derecho, amplía junto a Linka su círculo de amistades —Juan Eduardo Zúñiga lo recordaba muy bien— y se vuelca en un “trabajo fuerte” que solo podía ser la escritura de Nada. Será Linka quien le propone ofrecer su manuscrito a un joven editor y hombre de letras, Manuel Cerezales, entonces director de Pace, una editorial fundada junto a Ricardo Páez (de ahí el acrónimo) y que fenecería pronto. Cerezales quedó prendado del relato de aquella joven que estaba en las nubes y era capaz de sumergir al lector en las andanzas de una adolescente que vive por primera vez la experiencia de su libertad en un medio difícil.

    Al poco tiempo, le propuso presentarla a la primera edición del premio convocado por Destino y probablemente colaboró en su redacción final dándole valiosos consejos. La escritora y otra gran amiga de Laforet aquellos años Lola de la Fe recordaba que, pocos días antes de cerrarse el plazo previsto, las cuartillas mecanografiadas ocupaban todos los espacios libres de la casa de la tía Carmen. Estaban repartidas por el comedor y prendidas con alfileres en la tapicería de sillas y sillones. Aquello era una dura prueba para una joven que no haría del orden su principal virtud, como ella misma reconoce en algunos de sus artículos.

    Casi da apuro escribir que ganó el primer Premio Nadal el 6 de enero de 1945, a los 23 años: es la descripción más desgastada de la historia de la literatura española —la otra es calificarla de “chica rara”, como si no hubiera más ideas en el mundo—. El jurado, estimulado por su principal defensor, el crítico Rafael Vázquez Zamora, apenas dudó entre César González Ruano —quien presentó una novela a medio hacer—, el gallego José María Álvarez Blázquez y Laforet, aunque esta se impuso finalmente por solo tres votos sobre cinco. Josep Vergés votó en la quinta ronda por En el pueblo hay caras nuevas, de Blázquez —para evitar un humillante cinco a cero, pero Juan Ramón Masoliver cambió de opinión inesperadamente y quedaron tres a dos—. Es un dato importante porque no dejaría de traer consecuencias en la relación Vergés-Laforet: ambos serían conscientes en el futuro de la distancia que había impuesto entre ellos el “pecado original”, esto es, que el editor no la hubiera apoyado en la última votación.

    Con los años se produciría una situación paradójica, al tiempo que apasionante, y que recuerda la vivida en 1951 por Salinger a raíz de la publicación de El guardián entre el centeno. Y es que ambos escritores harían lo imposible por desvincularse del éxito obtenido con sus primeras novelas, aunque nunca lograran recuperar su libertad vital. Laforet se vería forzada en lo sucesivo a publicar todo lo que escribía porque le llovían los compromisos. El hecho de verse tratada, de un día para otro, como una escritora profesional, con todas sus exigencias —cuando lo que ella deseaba, dada su juventud, era crecer como persona, ver mundo, tener experiencias y encontrarse a sí misma—, resultaría traumático y Nada se convertiría en una pesadilla, una hipoteca existencial, una carga muy pesada de llevar porque carecía de cierre. Juan Ramón Masoliver, resentido con Laforet, comparaba su obra con la de Álvarez Blázquez escribiendo: “El de Carmen Laforet es un libro bomba, una novela que compromete mucho a su autora para ulteriores salidas. Porque después de Nada no caben fáciles lirismos, ni amores desgraciados y demás historias de jovencita”.

    Este era el contexto crítico. ¿Qué podía hacer Laforet? Tardaría siete años en dar publicidad a una segunda novela, La isla y los demonios, concebida con toda la presión imaginable. En ella daba un paso atrás en el tiempo, regresando a los espacios de su infancia y adolescencia en Las Palmas, con la lógica decepción de sus lectores. Porque, sin desearlo, se había convertido, junto a Camilo José Cela, en el eje de la vida literaria española, una referencia indiscutible cuando se hablaba de la narrativa escrita después de la Guerra Civil, la mejor demostración de que no todo se había perdido con el exilio de tantos valiosos intelectuales. Pero mientras el autor de La familia de Pascual Duarte desplegaba una actividad asombrosa —entre 1942 y 1945 publicó cinco obras— para afirmar su liderazgo literario, Laforet recomendaba los libros de Cela en la revista Destino y lo único que deseaba era tomar un tren y escaparse. Así se lo decía a Elena Fortún, a quien también confesaría sus temores, su precipitado matrimonio con Manuel Cerezales. “Sea usted feliz muchos años y acepte la responsabilidad de vivir una vida que no le estaba destinada”, le responde en un primer momento la autora de Celia, que después cambiaría de opinión.

    Lo cierto es que a partir de Nada cada novela supondría un calvario para la escritora, aturdida por el matrimonio, la maternidad —cinco hijos—, las presiones editoriales, las expectativas de sus lectores, las colaboraciones regulares, las necesidades económicas y los íntimos deseos de libertad y vagabundaje. En 1951, conocería a la tenista Lilí Álvarez, quien había regresado a España después de la guerra abandonando el deporte y volcándose en la gestación de un pensamiento católico seglar que frenara el imperio de la Iglesia en la relación de los creyentes con Dios. La escritora quedó fascinada ante una personalidad tan arrolladora que parecía tener respuestas para todo —un artículo en Destino dedicado a ella marca el comienzo de su amistad—.

    La conversión religiosa propiciada por su amiga y secreto amor explica el giro místico que toma su tercera novela, La mujer nueva (1955), tan distante de Nada, aparentemente. Una obra que trata sobre la sublimación del deseo femenino, explorando, ante el dilema de desear o inhibirse, una tercera vía, y es el encuentro con una misma a través de Dios. ¿Era una opción emancipadora su propuesta? En todo caso, aquel libro fue el preámbulo de la huida que la escritora adoptaría muy pronto en la vida real. Pero no fue todavía su última palabra, la tuvo La insolación (1963), con su valiente defensa de la dignidad homosexual y la denuncia del oscurantismo en que se vivía entonces. Una novela que la enfrentaría, equivocadamente, al mundo editorial catalán por su ruptura con Destino. La publicó Planeta, fruto del nuevo y más sustancioso contrato firmado con José Manuel Lara. En el aventurado prólogo prometía una trilogía, Tres pasos fuera del tiempo, pero ya no pudo ser. La escritora estaba a punto de romperse.

    Cuando en 1965 viaja por Estados Unidos, invitada por su Gobierno en unas condiciones fantásticas, Graciela Palau de Nemes advierte el cambio físico experimentado: “En 1965 no era la misma persona. Me dio la impresión de que había envejecido prematuramente”. De aquel viaje saldría el libro Paralelo 35, escrito con una trágica simplicidad descriptiva. Hasta su muerte, ocurrida el 28 de febrero de 2004, casi 40 años después, la autora intentó rehacer su vida en solitario. En un artículo en La Actualidad Española —agosto de 1966— se enfrentaba valientemente al problema que la inquietaba: “Al ‘tú, calla’ masculino, dicho en público, ha habido la lenta, poderosa, terrible contestación del poder femenino en silencio. El misterio femenino es cierto. Existe y no debería existir”. Ella tenía la idea de abordarlo en un libro titulado El gineceo. No salió, como no salió la segunda entrega de Tres pasos fuera del tiempo, pero hay constancia documental de su íntima necesidad de sincerarse: “Es más urgente descubrir nuestra cara oculta que la cara oculta de la Luna”. Laforet veía el problema al que se enfrentaba como novelista en España con una gran claridad. Pero estaba a un paso del bloqueo literario. Y llegó la etapa oscura."

01/01/2023

concert d'any nou 2023

 



Las novedades del Concierto de Año Nuevo en Viena... 
(que sigue dirigiendo un varón)

por Maricel Chavarría
La Vanguardia
30/12/2022

    “El maestro austríaco Franz Welser-Möst dirige este domingo el Concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena, que desde la Sala Dorada del Musikverein de la capital austríaca será transmitido a más de 90 países. Son ya 83ª ediciones del concierto más popular que han asumido ya dieciocho batutas, todas ellas varones, sin que por el momento haya visos de que una mujer pueda ocupar este codiciado podio. Aunque, ojo, por fin participarán las niñas del reconocido coro infantil de cantores de Viena.

    "Tendremos una mujer directora cuando llegue el momento", alegó esta semana el presidente de la Filarmónica, Daniel Froschauer, durante la presentación del concierto. El responsable de la que es la formación que más ha tardado en incorporar a las mujeres en sus filas tuvo una intervención peculiar ante la prensa al señalar que cuando alguien se hace cargo de ese célebre y tradicional recital, se le compara con los más grandes maestros.

    "Necesitas a alguien que sea un artista consagrado y con mucha experiencia con nuestra orquesta", dijo al ser preguntado por la ausencia de batutas femeninas a lo largo de la historia de esta cita cultural. "Cuando tenemos una relación artística de unos diez años, normalmente los invitamos al Concierto de Año Nuevo", añadió. Para lo cual se deduce que primero deberían comenzar a tener algún tipo de relación artística con alguna directora de orquesta...

    El tiempo parece haberse detenido, efectivamente, en el Musikverein de Viena. Al menos durante la mañana de cada uno de enero, cuando, con puntualidad germánica, televisiones de todo mundo conectan con la sala a las 10 h de la mañana para hacer llegar la tradición musical europea a millones de espectadores. La televisión austriaca ORF coproduce con la Unión Europea de Radiodifusión (UER) este evento, que tiene una audiencia de 55 millones de espectadores en Europa, y que contará este domingo con la realización de Michael Bayer, que repite por séptima vez.

    El periodista de RTVE, especializado en música clásica, Martín Llade comentará por sexta vez el concierto, que se podrá seguir a través de La 1, TVE Internacional (para Europa), Radio Nacional, Radio Clásica, y RTVE Play. Con la Sala Grande o Dorada del Musikverein convenientemente adornada con flores frescas de los parques y jardines de la ciudad, la Filarmónica abordará el tradicional programa de valses y polcas de la saga de los Strauss y de otros autores vieneses de la época, como Carl Michael Ziehrer, Franz von Suppè y Josef Hellmesberger.

    En la primera parte sonará la polca rápida ¿Quién baila?, de Eduard Strauss; el vals Poemas heroicos, de Josef Strauss; la cuadrilla El barón gitano, de Johann Strauss hijo; el vals En una noche acogedora, de Carl Michael Ziehrer y, de nuevo, una polca rápida, ¡Venid con alegría!, de Johann Strauss hijo.

    En la segunda parte, la obertura de la opereta cómica Isabella, de Franz von Suppè, el vals Perlas de amor y la Polca de Angélica, de Josef Strauss; la polca rápida Arriba y lejos, de Eduard Strauss, y la polca francesa de Josef Strauss Espíritus alegres, con los coros de las Niñas y los Niños Cantores de Viena, que actuarán juntos.

    Le seguirán la polca rápida Para siempre y el vals Jilgueros, de Josef Strauss, y la Polca de las campanas y galope del ballet Excelsior, de Joseph Hellmesberger. También de Josef Strauss, el Allegro Fantástico y el Vals de las Acuarelas, que cerrarán esta segunda parte. Todas las piezas, salvo la última, se presentarán por primera vez en un Concierto de Año Nuevo. Y como es tradicional, entre los tres bises no faltará el vals El Danubio Azul, de Johann Strauss hijo, y la famosa Marcha Radetzky, de Johann Strauss padre, que el comedido público de la sala se anima a acompañar con las palmas.

    Por primera vez este año el coro infantil contará con la actuación conjunta de niños y niñas en la polca Espíritus alegres. Las últimas apariciones de los Niños Cantores de Viena en este tradicional concierto fueron en 2012 y 2016, aunque para las niñas supone un debut. Este coro infantil de voces sopranos y altos es uno de los más antiguos y conocidos del mundo. Fue establecido en 1498 por Maximiliano I de Habsburgo y en 2023 cumplirá su 525º aniversario. Tras la caída del imperio austro-húngaro, en 1920, el Coro de los Niños Cantores de Viena se convirtió en entidad privada no lucrativa. Y desde 2012 tiene su propia sala de conciertos: el MuTh (Música y Teatro).

    En la actualidad cuenta con un centenar de niños de entre diez y catorce años, divididos en cuatro grupos. Concilian su formación musical, estudios y tiempo libre como internos en su exclusiva escuela del Palacio Augarten: cada corista dedica cada año un trimestre a giras por todo el mundo y participa en unas 80 actuaciones.

    En cuanto al Coro de Niñas de Viena, se formó en el 2004 y comparte terrenos y director artístico, Gerald Wirth. Son treinta chicas de entre ocho y quince años, que suelen interpretar canciones folclóricas tradicionales austriacas. Y como no podía ser de otro modo, su indumentaria para este uno de enero es especial: saldrán vestidas con inspiración marina por la diseñadora Eva Poleschinski.

    Otra novedad -ya no relativa al sexo de los artistas- es el intervalo entre las dos partes del concierto, que en esta ocasión está dedicado a la Exposición Universal de Viena de 1873, con motivo de su 150º aniversario. El maestro Welser-Möst y varios profesores y ensembles de la Filarmónica llevarán al espectador desde el Musikverein hasta el Prater, por los mágicos lugares de la Expo.

    En cuanto a la parte dancística de la producción televisiva, el Ballet Estatal de Viena contará esta vez con el trabajo coreográfico del británico Ashley Page, que ya está versado en este menester. En las ediciones 2020 y 2021 del Concierto de Año Nuevo fue el ex étoile del Ballet de la Opéra de París y ex director de la Compañía Nacional de Danza, José Carlos Martínez, el que brindó su maestría coreográfica al evento.

    Once bailarines interpretarán tres piezas: el elegante vals de Perlas de amor en el Palacio rococó de Laxenburg, con cuatro parejas de baile deambulando por la que fue la residencia desde 1306 de los Habsburgo al sur de Viena -y donde vivieron de recién casados Francisco José I y Sisi-; la polca rápida Arriba y lejos, con una sola pareja danzando con mucho humor en el pabellón del jardín de la histórica y benedictina Abadía de Melk, del siglo XI, en la orilla derecha del Danubio, y finalmente, en el interior del monasterio de Melk, el hermoso edificio barroco que es Patrimonio Mundial de la Unesco, tendrá lugar la esperada danza del vals En el bello Danubio azul, en la que intervendrán cinco parejas.”

20/12/2022

homenaje a carmen laforet

 




Homenaje organizado por el Instituto Cervantes con motivo del centenario de su nacimiento, 6 de septiembre de 2021.



19/12/2022

nada, cómic

 

Nada (novela gráfica)

Carmen Laforet/Claudio Stassi

Planeta Cómic, 2021

páginas: 208



    Adaptación de la novela homónima de Carmen Laforet a cargo de Claudio Stassi.

    Stassi, nacido el 1.978 en Palermo, vive y trabaja en Barcelona. 

    Ha publicado para numerosas editoriales italianas y extranjeras. Para Sergio Bonelli Editore, dibuja en las series Dylan Dog y Dampyr. En 2007 publica Brancaccio. Historias de la mafia cotidiana, escrita por Giovanni Di Gregorio, y ganó el Premio Micheluzzi y el Premio Boscarato. 

    Su novela gráfica Por esto me llamo Giovanni, publicada por Rizzoli, ya está en su quinta edición. Con Luca Enoch creó La Banda Stern en 2013, un libro que ha sido traducido a cuatro idiomas. Su último trabajo, Rosario. Amor y muerte, basado en textos de Carlos Sampayo, fue publicado en Francia e Italia. 

    En 2020 publico su versión de otro clásico: La ciudad de los prodigios (Planeta Cómic), de Eduardo Mendoza.

    Es profesor de la Escuela de Cómic Joso en Barcelona.

18/12/2022

andrea contra el mundo

 

“Andrea contra el mundo”, el prólogo de Elvira Lindo a “Nada”, de Carmen Laforet



por Elvira Lindo
El País
19/05/2022


    "Hay novelas que nos acompañan toda la vida y que en cada una de las etapas que atravesamos parecen añadir a nuestra percepción primera una nueva cualidad. Así ocurre con Nada, este libro que hoy tengo entre unas manos, las mías, que una vez fueran las de una adolescente de dieciséis años deseosa de encontrar a sus iguales en la literatura. La chica de instituto que fui se sintió inmersa en la peripecia de esa muchacha peculiar y atractiva que llega a Barcelona el primer otoño después de la guerra civil. El hambre, la penuria económica, el frío, la sombra de la guerra eran aspectos menos presentes para mis ojos de entonces que la poderosa sensación de estar unida a esa chica, Andrea, en su soledad frente al mundo hostil, en la búsqueda de amparo en momentos en que las emociones son tan fuertes que casi ni se saben expresar ni se pueden compartir. Esa era mi Andrea de entonces, con la que compartía edad y que me servía como exacta definición de mí misa: una chica rara, de una feminidad no ortodoxa, sensible a la literatura, confusa ante las pulsiones amorosas, deseosa de encontrar almas gemelas que le hicieran más comprensible la naturaleza de adultos amenazantes. El contexto, por tanto, quedaba en mi lectura sepultado por la vida interior de una protagonista con la que me sentía íntimamente identificada. Eso ha sido así entonces y siempre para quien lee en un período de formación: los adolescentes tratan de encontrar su yo en cada historia que leen. No hay aventura literaria a la que una se preste en esos años si no se encuentra el estímulo de la identificación.

    Más allá de aquella primera lectura, los años me han hecho renovar, no una sino varias veces, mi pasión por esta novela y por la mujer de veintitrés años que la había escrito. La historia de la publicación de Nada es en sí misma tan infrecuente en un país como el nuestro que no es posible obviarla por mucho que sea un capítulo tantas veces narrado en prólogos y ensayos que dan cuenta de la trastienda de nuestra literatura. La joven Laforet escribió el libro en Madrid, tras la experiencia de dos años universitarios en Barcelona. Se lo enseñó al único amigo al que podía confiar sus escritos, el periodista y editor Manuel Cerezales, que un tiempo más tarde se convertiría en su esposo y padre de sus hijos. A Cerezales le gustó y la animó a presentarse a un premio que se acababa de convocar por primera vez: el Nadal, impulsado por la revista Destino. Sus convocantes crearon el galardón con la pretensión de renovar el esquilmado panorama literario español tras la guerra, y contribuir a la existencia de nuevas voces que reconstruyeran una suerte de universo cultural en el ambiente asfixiante que trajo consigo la victoria de Franco. El anuncio del premio provocó entusiasmo entre los literatos y se extendió el rumor de que el galardón iría a parar a las manos del periodista César González Ruano. Así hubiera sido de no ser porque a última hora el jurado recibió una novela que, según se narra en la intrahistoria del premio, fue leída casi de un tirón la noche antes del fallo. Nada se sabía de quién podía haber escrito este libro con ecos de las hermanas Brontë y, en cierto sentido, de la Rebeca de Daphne du Maurier. El punto de vista correspondía a la voz inequívoca de una mujer joven, muy joven, que retrataba su paso por una Barcelona aún en ruinas tras la guerra y en la que aparecían, por un lado, personajes heridos por la experiencia, y por otro, jóvenes que trataban de huir de la vulgaridad reinante.

    El jurado, fascinado por aquella extraña voz que contaba con pulso poético un presente que hasta el momento no había sido narrado, decidió guiarse por su olfato y concedió el premio a esta singular historia que resultó haber sido escrita por una mujer solo cinco años mayor que la protagonista de la novela. Al localizar a su autora en Madrid, quedaron fascinados y sorprendidos por la personalidad de una escritora ajena al universo literario, que había escrito la historia guiada por un don innato para el lenguaje, valiéndose de una singular prosa que parecía no contaminada por influencia alguna.

    Los jóvenes que entonces leyeron la peripecia de Andrea se declararon muy orgullosamente miembros de la generación de Nada. Sentían, como así lo han contado los que entonces eran jóvenes en camino de la edad adulta, que el libro los definía, que su vida estaba siendo por primera vez narrada tal cual era. Tal vez esa intensa identificación generacional viniera dada porque el estilo no respondía al más trillado realismo social ni se trataba de una fiel descripción del ambiente de la época, sino que alzaba el vuelo gracias a un lenguaje metafórico, por momentos existencial, por momentos mágico, gótico, tremendista, favoreciendo la libre interpretación de los lectores. Cada uno veía en Nada lo que su corazón solitario buscaba. Esa es la razón por la cual la novela ha navegado de manera ligera a través del tiempo. Su heroína, Andrea, se adecúa a lo que cada lectura exige y hoy adolescentes como la que yo fui experimentan la misma fascinación que a mí me embargó, y los lectores ya en edad adulta se dejan arrastrar por la peripecia de esa chica solitaria.

    No pudo evitar Carmen Laforet sentirse sobrepasada por el éxito abrumador de su primera novela. En un país tan anhelante de rostros nuevos y de aires de esperanza, la joven despertó un interés inédito al cual respondió con timidez, reparo, modestia, a veces con torpeza. No estaba preparada aquella novelista primeriza para enfrentarse a un ambiente tan reacio a la inocencia, como era, y a menudo es, el literario. No pudo evitar convertirse, a pesar de su juventud, en un referente para otras jóvenes escritoras que jamás habían contemplado la posibilidad de presentarse a un premio y ganarlo. Pero su conexión no fue solo con el público juvenil, escritores del exilio y del interior aplaudieron con entusiasmo el estreno de Laforet. Ramón J. Sender, Elena Fortún, Juan Ramón Jiménez, tanto como los jovencísimos Juan Eduardo Zúñiga, Ana María Matute, Josefina Aldecoa o Carmen Martín Gaite, que la bautizaría como «la chica rara», celebraron el éxito de Nada y contribuyeron a colocarla desde un primer momento en un puesto privilegiado en el canon de la novela española de posguerra.

    Lo que vino después de la inmediata popularidad de Nada no carece de misterio. Laforet fue escribiendo paso a paso una obra no escasa a fuerza de luchar contra la presión de la editorial y contra su propio bloqueo emocional, que la conducía a una especie de perfeccionismo paralizante. En estos días tan cercanos al centenario de su nacimiento sería deseable que las novelas que siguieron a aquella primera fueran leídas con el interés que merecen para romper con el inexacto maleficio que ha acabado definiéndola como autora de una sola obra. A pesar de los embarazos, obligaciones domésticas, cinco hijos, divorcio y vida entre bohemia y vagabunda, Carmen Laforet fue siempre escritora, oficio que correspondía a su naturaleza más íntima, aunque su carácter huidizo no favoreciera la difusión que su obra merecía.

    Pensando en ella, trabajando sobre su literatura en este y otros trabajos, he concluido que Laforet fue una mujer anacrónica. No era en absoluto una hija de su tiempo, de tal manera que hubiera sido más comprendida en este presente nuestro; su carácter independiente, puro, reacio a las comidillas culturales, podría haberse movido con comodidad en los márgenes, como a ella le gustaba, respondiendo así al ansia de libertad que impulsaba su motor creativo. Pero no solo fue la época lo que le falló a la joven Laforet, tampoco el país en el que vio florecer su primer éxito era el idóneo para una joven peculiar, que no aceptaba los formalismos que regían la vida de las mujeres. Ese rostro que nos mira desde las fotos de los años cuarenta y cincuenta es el de una mujer de ahora, de belleza poco encorsetada, natural, con una melena corta y despeinada, luciendo una ropa práctica y un calzado cómodo, con aspecto aventurero, como si se encontrara lista para caminar y huir de un lado a otro, para disfrutar del nomadismo, para salir de casa con ansias de mirar nuevos mundos y regresar tiempo después al calor de los suyos. Ese espíritu refractario al tiempo que le tocó vivir, que la privó del futuro donde hubiera encajado la entonces denominada «chica rara», esa falta de encaje en una España donde se asfixiaba, como así escribió a Sender al volver de Estados Unidos, son dos factores que nos ayudan a entenderlas, a ella y a su obra, Nada, donde los personajes son por momentos apariciones fantasmagóricas que amenazan a la joven Andrea con vulnerar su inocencia. ¿Qué es Nada sino la historia de un espíritu puro que no encuentra su lugar en el mundo?"